viernes, 30 de marzo de 2012

Capitulo 8.-

Nick se recordó a sí mismo que tenía que decirle un par de cosas a Sam sobre la política de seguridad de la empresa; mientras no podía dejar de pensar en darle un buen puñetazo a ese Bryce por haber besado a Miley. Lo que no entendía era por qué ella parecía tan sorprendida de ver al padre de su hijo... ¿a menos que hubieran roto después de haber concebido al bebé? Vaya, parecía que el Ratoncillo Marrón tenía más capas de lo que él habría pensado.
—Bryce, ¿qué haces aquí? Esto no tiene ningún sentido.
Aquel tipo desoyó su protesta y, a pesar de la hora que era, descorchó la botella de champagne para después servirlo en dos copas que se sacó del bolsillo. Le dio una a Miley y él dio un trago de la otra sin apartar un momento la mirada de los ojos de ella.
—Entonces vámonos a buscarle el sentido a un lugar más privado —sugirió en tono seductor.
Nick no aguantaba más en silencio; fuera quien fuera ese tipo, no iba a permitirle que se llevara a Miley en horas de trabajo.
—Ella no va a irse a ningún sitio.
Bryce se volvió a mirarlo ostensiblemente contrariado de verlo después de haberlo obviado desde su llegada.
—Perdone, pero esto es una conversación privada.
—Fíjese qué casualidad porque todos los demás pensamos que es usted el que está interrumpiendo una conversación privada —replicó Nick con aparente tranquilidad.
Bryce sonrió con evidente falsedad.
—Agradezco que se preocupe por Miley, pero está a salvo conmigo, ¿verdad, Miley?
Ella lo miró detenidamente mientras dejaba las gafas sobre la mesa. A pesar de la sorpresa, lo primero que había pensado al verlo era que estaba guapísimo y había sentido una terrible sensación de pérdida. Había amado a aquel hombre perfecto y lo había perdido. Pero entonces había recordado cómo trataba a la gente, cómo pasaba por encima de todo aquél que no le fuera de alguna utilidad. Le indignaba que hubiera dado por hecho que caería rendida en sus brazos, sin preguntarle siquiera qué era lo que ella deseaba.
¿Por qué lo había aguantado tanto tiempo? Debía de haber estado desesperada por tener un hijo; tanto, que se había cegado. Ahora sin embargo, lo veía todo con claridad.
— ¿Miley? —dijo Bryce.
Se volvió a mirar a Nick. Parecía a punto de levantarse y lanzarse sobre Bryce y Enid, que seguía en la puerta, parecía dispuesta a ayudar a su jefe. Resultaba reconfortante tenerlos allí, pero aquello era algo que tenía que hacer sola. Además, si tenía que hablar con Bryce del embarazo, sería mejor que Nick no estuviera presente. Miley respiró hondo y se dirigió a Enid y a Nick.
—Lo siento mucho, no sé qué está pasando pero si me dais un minuto, lo resolveré enseguida. Gracias por vuestro apoyo, pero creo que necesitamos un poco de privacidad. Si no os importa, continuaremos la conversación en mi despacho.
Enid y Nick se miraron el uno al otro como si ninguno quisiera ser el primero en marcharse.
— ¿Estás segura? —le preguntó Nick.
—Sí.
—Mejor quedaos aquí, yo estaré ahí fuera por si necesitas algo.
—Gracias —respondió sonriendo y sin poder dejar de mirarlo a los ojos, donde encontró un maravilloso mensaje de tranquilidad. Una cálida sensación se instaló en su cuerpo en lugares a los que sólo él parecía llegar.
— ¡Muy bien! —exclamó Bryce sujetándoles la puerta—. Han sido un público estupendo, pero el espectáculo ha terminado.
Nick se puso en pie, visiblemente enfadado, pero sin apresurarse a salir.
—Ya ha oído, necesitamos un poco de privacidad —continuó presionando Bryce.
Miley tenía la sensación de que Nick quería hacer algo, pero no sabía qué; lo que sí sabía era que estaba muy tenso. Entonces apreció el contraste que había entre aquellos dos hombres. Allí estaba Bryce, tan elegante como siempre; guapo, pero débil por dentro. Y Nick, sólido como una roca, transmitía más poder con sus ojos de lo que Bryce podría transmitir con todo el cuerpo.
Y se dio cuenta de algo increíble.
¡Nick estaba defendiéndola!
La misma sensación cálida la rodeó de un modo tan eficiente como si él la estuviera abrazando realmente. Entonces supo que él cuidaría de ella, y eso la hizo sentirse agradablemente segura.
—Estaré fuera —le dijo antes de salir.
Y se quedó a solas con Bryce.
—Vaya, parece que está tenso por algo —comentó encogiéndose de hombros—. Miley, ¿por qué no agarras tu bolso y nos vamos de esta casa de locos? Podemos buscar ese restaurante romántico.
Ella se recostó sobre el respaldo de la silla. Ya estaba dándole órdenes y sólo hacía diez minutos que había reaparecido en su vida.
—Podemos hablar aquí. Lo que tengo que decirte no te resultará más agradable aunque vaya acompañado de comida y vino.
Bryce se acercó a ella y le tomó las manos.
—Vamos, Miley. ¿Es que no podemos dejar atrás el pasado? Cometí un error, eso es todo. Pero te compensaré por ello.
—Bryce, sinceramente no creo que...
—Escucha, jamás te habría abandonado si Muriel no me hubiera dicho que estaba embarazada. Pero me mintió. ¡El niño no era mío! Me engañó para que me fuera a vivir con ella. Todo fue culpa suya.
—Me estuviste engañando con ella más de un año hasta que ocurrió todo eso. ¿Quieres que también me olvide de eso?
Bryce meneó la cabeza como si se sintiera herido.
—Pero esto era lo que tú querías. Cuando me llamaste y me dijiste que harías cualquier cosa con tal de recuperarme, no te importaba que hubiera tenido una aventura insignificante.
Eso era cierto. Los primeros días después de que la abandonara, no había deseado otra cosa excepto que regresara a su lado, aunque para ello tuviera que pasar por alto que la hubiera engañado con otra.
Lo curioso era que no recordaba oírlo decir que iba a ver qué tal le iba con Muriel y si no funcionaba, volvería con ella. Lo que recordaba era que le había dicho que lo dejara en paz.
—Eso fue hace mucho. No creo que ahora pudiera olvidarlo tan fácilmente.
—Es el pasado. ¿No podemos continuar y dejarlo atrás?
Miley se detuvo a mirarlo un segundo. Ahora que lo observaba detenidamente, veía los signos del cansancio y la tensión acumulada. Parecía que últimamente no lo había estado pasando bien y había acudido a ella en busca de comprensión. Pero no iba a encontrarla.
—Yo ya lo he dejado atrás, y no quiero volver.
— ¿Estás saliendo con alguien entonces?
Miley se echó a reír. De pronto parecía preocupado después de haber dado por hecho que seguiría disponible y dispuesta a recibirlo con los brazos abiertos.
—No exactamente...
— ¿Entonces por qué no puedes darme otra oportunidad?
— ¿Y quién me dice que no volverías a engañarme?
—He aprendido la lección, me quedaré con lo que conozco y sé que funciona.
— ¡Vaya! Gracias por el cumplido —dijo ella con ironía—. Eso me hace sentir muy especial.
—Es que eres especial, Miley. Eres dulce, inteligente y me quieres. ¿Qué más podría pedir?
—No funcionaría, ahora no.
— ¿Porque no puedes perdonarme?
Por un momento, tuvo la tentación de contarle que estaba embarazada. Después del tiempo que había estado con él, estaba acostumbrada a contarle sus secretos. Pero eso había cambiado. Ahora no era más que parte del pasado. No tenía por qué saber lo del bebé. Seguramente dejaría de interesarse por ella si lo sabía, pero quería convencerlo de que no lo quería, estuviese embarazada o no.
—No. Porque ya no te quiero y no estoy segura de haberlo hecho alguna vez. He tardado algún tiempo en darme cuenta, pero he conseguido reorganizar mi vida y no hay sitio para ti.
La miró silencioso unos segundos antes de sonreír.
—Estás bromeando, ¿verdad?
—No.
Bryce bajó la cabeza y dio algunos pasos por el despacho. De pronto se detuvo y la miró.
— ¿Y qué se supone que debo hacer? Perdí mi apartamento cuando me fui a vivir con Muriel. No tengo ningún lugar al que ir.
Miley estuvo a punto de echarse a reír, pero se dio cuenta de que estaba hablando en serio.
—No creo que eso sea problema mío.
Hizo una extraña mueca.
—Pues piénsalo bien, cariño, porque me mudo a tu casa esta misma noche.
Tenía que salir de allí inmediatamente. Con lo orgullosa que estaba de no conocer las famosas náuseas matutinas, aquel día parecía que iba a compensar por las seis semanas que llevaba sin sufrirlas.
—Perdona —se disculpó antes de salir del despacho. Al salir, se encontró cara a cara con Nick y casi olvidó la urgencia; pero no tardó en tener que huir corriendo al cuarto de baño.
— ¿Qué demonios ocurre? —preguntó Bryce—. Miley, ¿dónde estás? —añadió saliendo del despacho.
—Iré a ver qué tal está —se ofreció Enid.
— ¡De eso nada! Yo iré —afirmó Bryce echándola a un lado.
Regresó casi de inmediato, después de oírla vomitar y ver la palidez de su rostro.
—Parece que no se encuentra bien.
—Pues no parece que le importe mucho —le reprendió Enid.
Nick se unió a ellos en la puerta del servicio.
—Seguramente ya se encontraba lo bastante mal con el embarazo y has tenido que aparecer tú a molestarla.
— ¿Qué?
Nick no se molestó en contestar, se quedó en silencio hasta que apareció Miley, que casi no podía sostenerse en pie.
—Parece que se acabó la crisis.
—Apóyate en mí —dijo Nick tendiéndole un brazo. Miley se agarró a él y se dejó llevar hasta la sala de espera, donde se sentó en un cómodo sillón.
—Te vendría bien una buena taza de té —sugirió Enid antes de marcharse hacia la pequeña cocina que había al lado de la sala de espera.
Bryce no podía dejar de mirar a Miley y a Nick.
— ¿Se puede saber qué está pasando?
Miley levantó la mirada hacia él.
—Bryce, no hay sitio para ti en mi vida. No pensaba decírtelo porque no es asunto tuyo, pero estoy embarazada.
Miró hacia todos lados con el pánico reflejado en el rostro.
—Pero… no es posible. No hemos... yo siempre me puse... ¡Hace meses!
—No te preocupes —dijo ella—. No he dicho que fuera tuyo.
— ¿Y entonces con quién te has acostado?
Nick no aguantaba más. No tenía la menor idea de quién era el padre de aquel bebé, pero desde luego se alegraba de que no fuera aquel cretino.
— ¡No esperarás que Miley te responda a esa pregunta!
—Quiero saberlo. Me doy la vuelta y al minuto siguiente se queda embarazada. ¿De quién es?
—Ya te ha dicho que no es asunto tuyo —le recordó Nick a punto de perder la paciencia—. Puede que debas empezar a pensar en marcharte, pero esta vez para siempre.
— ¿Por qué no nos dejas en paz? —le pidió Bryce con los ojos llenos de odio antes de caer en la cuenta de algo: Espera un momento...
Miró a Miley y después de nuevo a Nick.
—Nick tiene razón —intervino ella—. Deberías marcharte.
— Él es el padre, ¿verdad? —dijo de pronto Bryce—. Seguro que estabas deseando que yo desapareciera de tu vida; de hecho, seguro que empezó antes de que yo te abandonara. Por eso te han ascendido tan rápido, te has ganado el ascenso a pulso. Vamos, niégalo.
Miley cerró los ojos deseando poder hacer lo mismo con los oídos. Aquello no podía estar pasándole realmente.
— ¿Por qué negarlo? —preguntó Nick enfurecido—. Es hijo mío.
El corazón le dio un vuelco dentro del pecho al oír aquello.
—Nick...
—Así que, hazme caso cuanto te digo —continuó Nick empujando a Bryce hacia el ascensor sin rozarlo siquiera— que te alejes de Miley. No quiero volver a verte cerca de ella. ¿Entendido?
Las puertas del ascensor se abrieron detrás de Bryce y, con un solo movimiento, Nick lo obligó a entrar. Un segundo después, la puerta se cerró y Bryce había desaparecido.
Miley miró a Nick y vio la ternura en sus ojos, una ternura que le estremeció el alma. Era fantástico. ¿Tendría idea de lo que acababa de hacer? Ella jamás habría podido enfrentarse a Bryce, no habría podido negarle la entrada en su casa y su madre no habría podido soportar la tensión. Pero gracias a Nick, eso no iba a ocurrir; a Bryce ya no se le ocurriría acercarse a su casa. Las había salvado a las dos.
Y entonces descubrió algo increíble. Lo que sentía por Nick era algo más que agradecimiento...
Lo que sentía era amor.
Amaba al padre de su hijo.
Y él lo sabía. De algún modo, Nick sabía la verdad y quizá eso allanara el camino de su futuro juntos. Lo miró sonriendo. Se sentía muy débil, pero no podía evitar sonreír con la emoción recién descubierta.
— ¿Desde cuándo lo sabes? —le preguntó.
Él frunció el ceño.
— ¿El qué?
—Ya sabes. Lo del b...
Entonces cayó en la cuenta de lo que había hecho realmente. Sólo había dicho que el bebé era suyo para librarse de Bryce. Y había funcionado, tan bien que ella también se lo había creído.
—Dios mío.
Nick la agarró de los brazos, obligándola a ponerse en pie y mirarlo a los ojos.
— ¿Desde cuándo sé qué? —le preguntó buscando una respuesta.
—Me haces daño.
La soltó tan de repente, que las piernas no le respondieron y perdió el equilibrio. Afortunadamente, él estaba allí para agarrarla antes de caer. Apoyó la cabeza en su pecho. Su olor masculino y natural fue lo último que percibió antes de que todo se volviera negro.

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