ESTABA casada. Ya no era la señorita Cyrus, ahora era la señora Jonas, esposa de Nick. Llevaba su anillo en el dedo, con sus nombres escritos dentro.
Teringa Park, la casa que tenía en el campo, había sido el escenario perfecto para los votos matrimoniales. Se había imaginado otra casa lujosa de ejecutivo, pero se había equivocado; se trataba de una construcción de la época colonial, una muestra del éxito y la riqueza del propietario original. Igual que la boda había sido una muestra del éxito y la riqueza del propietario actual.
Habían colocado una enorme carpa blanca en medio de la explanada de césped y habían adornado todo el jardín con globos dorados y ramos de rosas. Había sido una ceremonia breve, pero con muchos invitados teniendo en cuenta el reducido número de familiares que tenían entre los dos. Para compensar, había asistido la flor y nata de la sociedad de Melbourne, además de algunos periodistas y todos ellos habían querido conocer personalmente a la mujer que había conseguido casar al soltero más solicitado de la ciudad.
Al final del día, Miley estaba agotada, física y psíquicamente. Miró al hombre al que había unido su vida y de pronto cayó sobre sus hombros la magnitud de lo que acababa de hacer. Tenía el marido perfecto: rico, inteligente, increíblemente guapo. Era la envidia de cualquier mujer, sin duda lo era de todas las asistentes, a juzgar por el modo en que la miraban. Tenía todo lo que podría desear, o eso pensaban ellas. Y sin embargo se sentía vacía. Era curioso cómo todas aquellas cosas que habrían bastado para hacer feliz a cualquiera, no eran suficientes para llenar el hueco que sentía.
El lado bueno era su madre, que seguía sentada a la sombra sin poder borrar la sonrisa de la cara. Parecía serena, incluso guapa, con el traje color aguamarina que Nick había elegido personalmente para ella con mucho acierto. El maquillaje la favorecía enormemente y parecía más fuerte y sana que nunca.
Nick tenía razón. Aunque Miley sabía que la noticia del embarazo habría supuesto una enorme alegría, el hecho de saber que su hija estaba casada y que aquel niño se criaría en un entorno familiar adecuado, la haría aún más especial. Desde luego la felicidad que se reflejaba en su rostro ya era bastante para que hubiera merecido la pena casarse de aquel modo. Y no era sólo el aspecto, hasta los médicos estaban sorprendidos por su repentina mejoría. En resumen, su madre parecía una mujer completamente nueva.
Miley se dejó llenar por la alegría de tal pensamiento y a la vez pensaba cuánto más iba a mejorar cuando se enterara de que iba a tener un nieto. Y dada la evolución de las últimas semanas, seguro que podría llegar a conocer a ese nieto.
Aquello la hizo pensar en lo sorprendente que era el comportamiento de Nick para alguien que no había tenido la menor intención de casarse. Incluso había conseguido localizar a Marjorie y contratarla como enfermera de su madre a tiempo completo. Volvió a mirarlo y se dio cuenta de que aquel hombre seguía confundiéndola enormemente. La confundía y la sorprendía con cosas como la sincera y tierna amistad que había trabado con su madre desde el principio.
¿Acaso había cambiado? ¿Habría alguna posibilidad de que esa ternura llegara también a su relación con Miley? Las últimas semanas había estado muy distante, concentrado en el trabajo... como si ahora que había aceptado ser su esposa, hubiera dejado de necesitarla. ¿Sería posible que algún día el amor que sentía por él fuera correspondido? ¿Podría algún día llegar a ver aquel matrimonio como algo más que el medio de controlar la educación de su hijo?
Justo entonces sintió la mano de Nick apretándole la suya e interrumpiendo sus pensamientos.
— ¿Te he dicho lo guapa que estás hoy?
Notó el rubor que le inundaba las mejillas bajo su atenta mirada. Lo cierto era que el diseño color marfil había sido todo un acierto pues le marcaba el torso y la cintura y luego se abría en una falda con vuelo que la favorecía mucho. Sólo con llevarlo se sentía bella, pero si además se lo decíaNick, el placer era aún mayor.
—Tengo algo para ti —le dijo sonriendo después de que se marchara el último grupo de invitados—. Ven conmigo.
La luz del ocaso estaba retirándose rápidamente a medida que la noche se apoderaba del cielo. Marjorie había acompañado a su madre al interior de la casa. Miley siguió a su flamante esposo hasta el garaje, donde había un coche deportivo color champagne. Parecía que alguien había dejado el coche allí aparcado, pero... Un momento. Estaba atado con un enorme lazo rojo.
Miró a Nick confundida.
— ¿Te gusta?
— ¿Que si me gusta? —debía de ser una broma—. ¿Quieres decir que...? —miró al coche y después otra vez a Nick—. ¿Quieres decir que es mío?
—Es un regalo de bodas.
Pensó en el viejo automóvil de su madre que utilizaba para ir de compras y para algún viaje ocasional, parecía imposible que ambas máquinas pertenecieran a la misma especie.
—No sé si sabré llevarlo.
—Yo te enseñaré. Mañana empezaremos las clases —añadió colgándole al cuello la llave, que también tenía un lazo rojo.
—Pero yo no tengo nada para ti —se disculpó con culpabilidad.
Nick tiró de ella hasta que el latido de sus corazones sólo quedó separado por la tela de sus trajes.
—Puedes hacerme un regalo… esta noche —susurró justo antes de besarla suavemente en los labios, una suavidad que escondía todo el deseo y la pasión que podía ver en sus ojos—. Pero ahora deberíamos ir a ver a tu madre antes de que se acueste... y a darle la noticia.
—Ha sido un día perfecto —dijo su madre con una sonrisa resplandeciente en cuanto los vio entrar en el salón—. Gracias por hacerme tan feliz.
Aquello bastaba para que Miley sintiera que, al menos por ella, había hecho lo correcto al casarse con Nick.
—Tenemos más noticias que darte —anunció Nick agachándose a darle un beso en la mejilla, como había hecho Miley—. Si no estás muy cansada.
—Estoy cansada, pero no quiero que el día acabe todavía. Aunque no sé qué podéis decirme después de tantas emociones y alegrías.
Nick miró a Miley y asintió en un gesto que significaba que le dejaba a ella el honor de darle la buena nueva.
—Mamá —comenzó a decir observando a su madre—. Puede que esto te sorprenda... vamos a tener un bebé. Estoy embarazada.
Daphne le soltó las manos a su hija para llevárselas a la boca. Un segundo después, tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Qué maravilla. Es maravilloso.
Nick se agachó a su lado.
— ¿No estás decepcionada? Nos hemos adelantado un poco, teniendo en cuenta que nos hemos casado hoy mismo —le preguntó él.
— ¿Cómo iba a estar decepcionada? –dijo enjugándose las lágrimas—. No creas que no sé lo que es estar tan enamorado que resulte imposible esperar hasta después de la boda. Yo también fui joven y amé con todo mi corazón.
Podría haberle dicho que era él el que no sabía nada del amor, y que el amor no tenía nada que ver con aquel bebé, pero no habría sido adecuado. Además, tampoco significaba que no sintiera nada por Miley; la deseaba con todas sus fuerzas, dentro y fuera de la cama y, por algún motivo, saber que ahora sus vidas estaban unidas resultaba mucho más satisfactorio de lo que habría imaginado.
Pero eso no era amor...
Daphne se fundió en un abrazo con su hija, un abrazo lleno de llanto y risas al mismo tiempo. Al ver a aquellas dos mujeres compartir tanta alegría después de haber compartido tanto sufrimiento, hizo que se le cortara la respiración, de pronto tuvo la sensación de que algo dentro de sí había quedado libre. Miley la miró y en su rostro apareció una sonrisa que lo llenó de luz y ternura. Se sentía satisfecho y orgulloso de ser parte de un momento tan familiar y emotivo.
—Es increíble —dijo Daphne soltando a su hija lo bastante para mirarla a los ojos—. ¿Te acuerdas de esa promesa que me hiciste? En su momento me pareció maravilloso que te preocuparas tanto por mí como para prometerme algo así, pero jamás creí que ocurriría de verdad.
— ¿Qué promesa? —intervino Nick consciente de que algo había hecho que Miley se pusiera en tensión—. ¿A qué te refieres?
—Ahora parece una tontería —respondió Miley tratando de quitarle importancia.
— ¿Una tontería? —repitió su madre—. ¿Cómo puede ser una tontería que tu hija te prometa algo que crees que no podría pasar a no ser que ocurriera un milagro y acabe sucediendo? Es un verdadero milagro.
— ¿Qué te prometió, Daphne?
—Nick—dijo Miley agarrándolo de la mano—. Mamá parece muy cansada. Yo te lo contaré más tarde.
—Cuéntame, Daphne —siguió él desoyendo la petición de Miley—. Dime qué te prometió mi esposa.
Daphne puso una mano sobre la de él al tiempo que los ojos volvían a llenársele de lágrimas.
—Fue después de la muerte de Monty, Annelise y el pequeño Thomas. Yo estaba destrozada por haber perdido a casi toda la familia y a mi nieto. Me parecía tan injusto, eran tan jóvenes. Y me sentía engañada, me habían hecho abuela y ni siquiera había tenido oportunidad de conocer a mi nieto, de tenerlo en brazos y besarle la mejilla.
Nick le apretó la mano, aunque un oscuro pálpito se había apoderado de él borrando el sentimiento de alegría y esperanza que había sentido sólo unos minutos antes.
—No hay un solo día que no piense cómo habría sido aquel niño al crecer. Ni pasa un día sin que sienta el dolor de la pérdida.
Suspiró profundamente y miró a Nick.
—Cuando descubrieron que la enfermedad estaba en fase terminal, pensé que jamás tendría oportunidad de tener un nieto. Pero Destiny sabía cuánto lo deseaba y me hizo una promesa. Ahora parece una locura, pero en aquel momento significó mucho para mí. Recuerdo que era mi cumpleaños y yo estaba especialmente triste; ella me prometió que haría cualquier cosa para hacerme feliz y que no me iba a ir de este mundo sin conocer a su hijo.
— ¿Dijo que haría cualquier cosa? —le preguntó él a Daphne aunque tenía los ojos clavados en Miley, esperando que ella lo negara, pero sabiendo por la expresión de sus ojos que no podía hacerlo.
—Sí —respondió su madre encantada y completamente ajena a la tensión de los novios—. No sé qué tendría en la cabeza. Cuando se fue al traste la boda con Bryce, pensé que ya no había ninguna esperanza; pero afortunadamente apareciste tú.
—Afortunadamente.
La voz de Nick sonó fría como el hielo y Miley sintió que se alejaba de ella irremediablemente.
—Me siento una mujer muy dichosa. Bueno, creo que ahora debo irme a descansar. Si me disculpáis.
—Te acompaño a la habitación —se ofreció Miley deseosa de librarse de la mirada acusadora de Nick.
—No te preocupes, Marjorie me ayudará. Después de todo, es vuestra noche de bodas.
En cuanto salió de la habitación, Miley se volvió a mirar a su marido.
—Nick, no es como piensas. Tenemos que hablar.
Sin mirarla siquiera, él pasó a su lado y salió de la habitación, pero Miley fue tras él levantando la enorme falda del vestido. Entraron en la habitación que iba a haber sido la suya, en el centro de la cual había una enorme cama de madera con dosel que se suponía debían compartir los novios en su noche de bodas.
Pero Nick pasó de largo y fue directo al armario, de donde sacó una bolsa de viaje y comenzó a meter ropa.
— ¿Qué haces? —le preguntó ella.
— ¿A ti qué te parece? Me marcho.
—Nick, déjame que te explique. No es lo que piensas.
— ¿Ah, no? ¿Acaso no le hiciste una promesa a tu madre?
—Sí, pero eso no significa...
— ¿No dijiste que harías cualquier cosa?
—Nick, no se trata de eso.
—Prometiste que harías todo lo que pudieras para darle un nieto a tu madre. Cuando se acabó lo tuyo con Bryce, te diste cuenta de que tenías que encontrar rápidamente otra manera de cumplir la promesa. Y entonces me encontraste a mí —atravesó la habitación a grandes zancadas para sacar más cosas de la cómoda—. Ya lo ha dicho tu madre: «afortunadamente, apareciste tú».
—No, Nick. No fue así. Ya te lo expliqué.
— ¿Sí? Pues parece que te olvidaste de algunos detalles esenciales. Se te olvidó decirme lo desesperada que estabas por tener un hijo... fuera de quien fuera. Aquella noche en el baile, ibas en busca de un donante de semen.
Sus palabras se le clavaron en el alma como un puñal.
—Dios mío —continuó diciendo él—. Cuando pienso que estuve a punto de creerte. Pensé que sólo querías guardar el embarazo en secreto... pero claro, luego te diste cuenta de que podías tenerlo todo. El bebé y una vida de lujo... todo por el trabajo de una sola noche.
Levantó la mirada de la bolsa y se dirigió a ella.
—Puede que seas una hija maravillosa, pero eres una esposa deplorable.
—Nick, por favor, tienes que escucharme.
— ¿Por qué iba a hacerlo? Llevas mintiéndome desde que te conocí, fingiendo ser algo que no eres, la virgen inocente y tímida, la hija responsable. Pero no es cierto, la realidad es que no eres ni tímida ni responsable. Eres manipuladora y retorcida.
—Yo jamás he fingido ser ninguna de esas cosas, especialmente virgen e inocente. Yo nunca he dicho nada parecido.
—No hacía falta que dijeras nada. Con esos trajes enormes y esas gafas... parecías un ratoncillo asustado, pero lo tenías todo planeado.
— ¿Qué? Escucha lo que estás diciendo, Nick. No tiene ningún sentido.
—Pues a mí me parece que estoy descubriendo cosas que debería haber visto hace mucho tiempo.
Se colgó la bolsa al hombro y se dirigió hacia la puerta de la habitación.
— ¿Dónde vas?
—A cualquier sitio donde no estés tú.
—Pero no puedes irte.
— ¿Por qué no? Ya tienes lo que querías... el niño, un marido, un lugar donde tu madre estará cómoda y bien cuidada. Has cumplido tu promesa, ya no me necesitas.
—Eso no es cierto. Claro que te necesito.
— ¿Por qué? ¿Has hecho alguna otra promesa que no me hayas contado? —siguió acusándola mientras salía de la casa y ella lo seguía hasta el garaje.
— ¡No! Pero te necesito, Nick. Yo... te amo.
Se quedó inmóvil en la puerta del garaje mientras ella esperaba algún tipo de reacción. Sin embargo él esperó a que se abriera del todo la puerta automática y después se metió en el coche.
—Me decepcionas, Miley. Para una mujer que ha llegado tan lejos para quedarse embarazada, esa frase no es nada original. Parece que te estás quedando sin ideas.
Encendió el motor haciendo que ella tuviera que gritar por encima del ruido de tan potente máquina:
—Nick, es la verdad. No me importa que no quieras mi amor o que no lo necesites, te amo. Ni siquiera sé por qué, pero es cierto. Te amo.
Bajó la ventanilla con una mano en el volante y la otra en la palanca de cambios, listo para partir.
—No te molestes, Miley. No creo que eso vaya a cambiar las cosas; no lo haría aunque te creyera.
Se marchó dejándola allí, gritando su nombre hasta que el coche desapareció de su vista. ¡No podía marcharse de esa manera! Tenía que creerla, tenía que convencerlo. ¿Pero cómo? Al mirar a su alrededor vio el deportivo dorado todavía aparcado en el garaje con el enorme lazo. Tocó la llave que llevaba al cuello, la llave que le había dado Nick.
Seguramente había ido al apartamento con la intención de estar solo. Necesitaba hablar con él, tener la oportunidad de explicárselo todo.
Retiró el lazo y se metió dentro tratando de no pensar que no estaba familiarizada con el funcionamiento de aquel vehículo que en nada se parecía a su pequeño utilitario, y que además estaba empezando a llover. No podía pararse a pensar en eso, tenía que llegar a Nick.
Condujo contando cada kilómetro que la separaba de él; sólo tenía que ir hasta la autopista y después directa al centro de la ciudad. Justo en el momento que más llovía, vio un coche oscuro parado en el arcén de la carretera y pensó que era Nick; enseguida se dio cuenta de que se trataba de un vehículo mucho más viejo, tenía el capó abierto y había una mujer mirando el motor.
Al principio Miley pensó continuar, pero llovía mucho y le dio lástima aquella pobre mujer sola en mitad de la noche. Además, con las prisas, no llevaba el móvil para llamar a la policía y pedir que acudieran en su ayuda.
— ¿Puedo llevarla a algún sitio? —le preguntó al detenerse junto a ella.
—Puedes hacer algo mejor —respondió la mujer abriendo la puerta del coche y poniéndole algo duro y frío en la mejilla—. Puedes darme el coche.
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