Nick no quería pensar en cómo su padre bebía a través de una pajita, porque no podía beber de un vaso sin mancharse entero. No quería pensar en que tenían que servirle la comida en pequeños pedazos porque no podía manejar un cuchillo. No quería pensar sobre lo que le pasaría a Yates Jonas cuando él regresara a Miami. No quería pensar en nada.
Lo que quería y necesitaba era otra noche de se.xo para distraerse del dolor que le había provocado volver a ver a su padre. Además, quería seguir intentando convencer a Miley de que se mudara con él a Miami.
En el camino de cemento que llevaba a su casa, Miley se detuvo en una de las duchas para quitarse la arena de los pies. Nick acercó sus pies a los de ella bajo el chorro de agua y le acarició el tobillo, el talón, la planta… Ella contuvo el aliento.
—¿Qué estás haciendo?
Nick le tocó la mano, con sus cuerpos separados sólo por unos milímetros.
—Lavándome los pies. Y los tuyos.
—No lo hagas, Nick —rogó ella, sintiendo que su libido estaba a punto de traicionarla.
—¿Hacer qué?
—No me tientes para llevarme a la cama.
—¿Es eso lo que estoy haciendo? —preguntó él con una sonrisa maliciosa.
Miley dio un paso atrás, poniendo distancia entre ellos, y lo miró a los ojos.
—Sé que estás disgustado. La noche de hoy debe de haber sido difícil para ti, pero no estoy interesada en tener una aventura temporal.
—¿Quién dijo nada de temporal? —dijo él, tras cerrar el grifo del agua.
—Tú. Has dicho que vas a irte.
—Ven conmigo a Miami —pidió él, mirándola a los ojos.
Miley abrió los ojos como platos. Antes de que pudiera comenzar con su retahila de objeciones, Nick le tapó la boca con un beso. Al entrar en contacto con sus suaves labios, el deseo lo atravesó. Se apretó más contra ella, tomándola por la cintura.
Quería que Miley notara su erección. La deseaba mucho. Ninguna otra mujer había sido capaz de producir en él esa respuesta tan inmediata. Si eso no era amor, ¿qué era?
Sus lenguas se entrelazaron con ansiedad. Nick tomó uno de los pechos de ella y le acarició el pezón con el pulgar. Ella gimió y apartó la boca, ofreciéndole el cuello. Él disfrutó saboreándola. ¿Cómo había podido vivir sin ella ocho años?, se preguntó.
—¡Para! —ordenó Miley, apartándose de pronto.
—¿Parar qué? ¿Esto? —dijo él, y le mordisqueó con suavidad el lóbulo de la oreja—. ¿O esto? —preguntó, y le acarició el pezón con el pulgar.
—La… las dos cosas —balbuceó ella, sonrosada por el deseo.
—Déjame hacerte sentir bien, Miley.
—¿Para qué? ¿Para que luego puedas volver a lastimarme?
—No te lastimaré, cariño. Confía en mí.
Miley se soltó de su abrazo y corrió escaleras arriba. Luego, se giró para verlo subir, despacio.
—Ése es el problema, Nick. Ya no confío en ti y nunca volveré a hacerlo —dijo ella, y abrió la puerta de su casa. Recogió del suelo los zapatos de Nick y se los lanzó—. Vete.
—Miley…
—Vete, Nick.
De acuerdo, quizá estaba yendo demasiado rápido para ella, se dijo Nick. Le quedaban seis semanas para hacerle cambiar de opinión. Podía permitirse un poco de paciencia.
—Te veré por la mañana.
—No, si puedo evitarlo —refunfuñó ella antes de cerrar la puerta de su casa de un portazo.
Miley consiguió evitar a Nick durante un día y medio. Aquellas treinta y seis horas a él le parecieron semanas. Se sentía inquieto, no podía disfrutar de su trabajo. Y pretendía poner punto y final a las tácticas evasivas de ella. Entró en su despacho, tomándola por sorpresa.
—Voy a llevar a Tim a pescar esta tarde —dijo él.
—¿Por qué?
—No tenemos nada planeado y Tim dijo el otro día que le encantaba pescar —respondió él.
—Pero Tim está en la escuela.
—Tu madre va a traerlo cuando termine la escuela.
—¿Mi madre está de acuerdo contigo? —preguntó Miley, parpadeando con incredulidad.
—Sí —repuso Nick, pensando que Elaine no se había atrevido a negarse—. ¿Quieres venir?
—Pero yo…
—No tienes nada en tu agenda para estar tarde —interrumpió Nick—. Le he pedido a Fran que lo compruebe.
Nick se fijó en el traje pantalón que ella llevaba, todo negro. Si Miley pensaba que vistiéndose de monja le haría olvidar lo bien que estaban los dos juntos, cuerpo a cuerpo, se equivocaba.
—Eve me dijo además que en el despacho guardas un traje de baño y crema protectora para el sol.
—Nick, no es buena idea. Quizá en otra ocasión…
—Estate en el muelle a las tres o nos iremos sin ti —dijo Nick, se dio media vuelta y se fue.
¿Cómo se había podido dejar convencer?, se preguntó Miley, en el muelle. Porque no quería que Tim se apegara más a Nick. Nick se iría y Tim sufriría. Así que se embarcó con ellos.
Nick echó el ancla en una pequeña cala en la isla Masonboro. No había ni un alma a la vista, a excepción de algún barco ocasional frente a la orilla.
Nick llevaba pantalones cortos rojos, dejando al descubierto sus piernas bronceadas y musculosas. Cada vez que pasaba frente a Miley, se las arreglaba para rozarla, despertándole la libido. Aquel hombre producía un efecto fatal en sus hormonas, se dijo ella.
Tim estaba en la gloria. No había dejado de charlar desde que habían salido del muelle. Y Nick… Miley se dio cuenta de que no había esperado que Nick tuviera la paciencia de un santo y que respondiera a todas las preguntas de Tim, por muy tontas y repetitivas que fueran. Sería un buen padre, se dijo.
Miley intentó quitarse el pensamiento de la cabeza. Hacía ocho años, había pensado en Nick como padre de sus hijos. Pero se había equivocado. Y había sido muy doloroso.
Tim ladeó la cabeza y rió por algo que Nick había dicho. Miley los miró y contuvo la respiración un momento al comprobar lo mucho que los dos se parecían. Pensó que la culpa la tenía Nick por haber pensado que Tim era hijo suyo. Desde entonces, ella no había dejado de encontrar similitudes en los gestos, en la sonrisa, el brillo de los ojos… Se dijo que no era más que fruto de su imaginación.
—Te estás poniendo roja —observó Nick, sacándola de sus ensoñaciones.
—Olvidé ponerme crema protectora —repuso ella, y sacó un tubo de su bolso.
Nick se lo quitó de la mano.
—Yo puedo hacerlo —protestó ella.
—No puedes ponértela en la espalda. Date la vuelta.
No era buena idea. Nada buena, pensó Miley. Pero Tim la estaba observando y no podía negarse sin parecer grosera. Con reticencia, se giró. Nick se sentó tras ella. Con sus manos grandes y un poco ásperas le recorrió los hombros y ella se quedó sin aliento.
Cuando comenzó a masajearle la espalda, Miley se maldijo en silencio porque su reacción la traicionaba y se cruzó de brazos para ocultar el endurecimiento de sus pezones. Cuando Nick le recorrió los costados, pasando muy cerca de sus pechos, algo se humedeció dentro de su bikini.
Se sorprendió a sí misma recostándose sobre Nick, abrió los ojos de golpe y se puso en pie. No tenía ninguna fuerza de voluntad en lo que se refería a Nicholas Jonas. No era justo que el único hombre en quien no podía confiar tuviera tanto poder sobre ella.
Entonces, Miley recordó su propuesta de que lo acompañara a Miami. Se dijo que si de veras quisiera estar con ella, le contaría la verdad. Y hasta que ella no supiera la verdad, no podía arriesgarse a tropezar dos veces con la misma piedra. Lo que había causado que Nick se marchara hacía ocho años era como un fantasma que la acosaba en las sombras.
—Yo puedo ponerme la loción por delante —dijo ella, quitándole la loción para el sol.
Nick posó su mirada en el rostro de ella, bajando hacia sus pechos, su cintura y más abajo. El cuerpo de Miley reaccionó como si la hubiera tocado.
—¿Seguro que no quieres que te ayude? —preguntó Nick con voz ronca.
—No.
—Si cambias de idea, dímelo.
—No cambiaré de idea —replicó ella, aunque deseaba hacerlo.
—¡He pescado algo! —gritó Tim.
Nick corrió al lado de niño para ayudarle con la caña. Con alivio, Miley se tumbó de nuevo. No tenía ni idea de cómo iba a poder sobrevivir seis semanas más sin lanzarse a los brazos de Nicholas Jonas.
—Necesito un favor…
Miley levantó la vista del informe que estaba leyendo. Selena Gomez, una de sus mejores amigas y compañera de subasta, estaba en la puerta de su despacho.
—Claro. Dime.
—Rex se niega a verme —dijo Sel tras cerrar la puerta—. Sé que suena infantil, pero es muy, muy importante. Necesito que vayas a su bar y compruebes si él está allí. Te esperaré fuera. Si lo ves, llámame a mi móvil y yo entraré antes de que él pueda esconderse de nuevo.
Sel, consultora de un banco, había comprado al «chico malo» de Nashville con la esperanza de aprender a divertirse, pero por la expresión de estrés que mostraba, no parecía estar divirtiéndose mucho.
—Parece fácil. ¿Estás bien? Estás pálida.
—Sí. No. No lo sé —respondió Selena—. No puedo hablarte de ello todavía. Pronto lo haré, ¿de acuerdo?
Miley necesitaba, más que nunca, hablar con sus amigas.
—¿Y Nick y tú? —preguntó Selena, como si le hubiera leído el pensamiento.
—Dormí con él —confesó Miley, sin saber por dónde empezar—. Fue… Increíble. Pero no puedo arriesgarme a amarlo de nuevo porque él sólo habla de volver a Miami. Incluso me pidió que me fuera con él.
—¿Estarías dispuesta a irte con él? —inquirió Sel, arqueando las cejas.
—Claro que no. Todo lo que me importa, mis amigas, mi familia, mi trabajo, está aquí en Wilmington. Y no puedo dejar a Paul en un momento como éste. Además, Nick no lo dice en serio. Sólo quiere llevarme otra vez a la cama.
—Y tú también quieres.
—Bueno… Sí. Pero él se va a ir —repitió Miley—. Otra vez.
—¿No fuiste tú quien me aconsejó comprar un soltero sólo para disfrutar de tener buen se.xo?
—Sí —admitió Miley—. Pero fue porque estás a punto de comprometerte con un soso. Con él nunca tendrás buen se.xo, así que es mejor que conozcas lo que es antes de renunciar a ello.
—¿Y no eres tú quien dijo que las mujeres deberían ser como los hombres y aprender a mantener separados el se.xo y el amor? —continuó Selena—. ¿No fuiste tú quien dijo que no había razón para limitarse a los orgasmos autoinducidos cuando había hombres muy capaces ahí fuera?
—Quizá yo dije eso, pero…
—Nada de peros —le espetó Selena—. Practica tus creencias y duerme con Nick mientras tengas la oportunidad. Sólo se.xo, del bueno. Pero temporal. Como unas vacaciones de se.xo.
—¿Por qué has cambiado tanto? —preguntó Miley a su amiga, frunciendo el ceño—. ¿Qué has hecho con mi conservadora amiga? ¿Es que el se.xo con Rex es tan bueno?
—Tu conservadora amiga está empezando a abrirse un poco. Y sí, hacer el amor con Rex es mejor que cualquier fantasía que yo pudiera haber imaginado. Nunca volveré a ser feliz con menos —afirmó Selena—. Bueno… ¿Puedes escaparte ahora? Tengo que hablar con Rex.
—Iré a por mis llaves.
* * *
—¿Qué está pasando? —preguntó Miley al ver a Nick en el pasillo, con una carretilla elevadora llena de cajas.
—Voy a mudar mis cosas al despacho de mi padre —repuso Nick.
Nick odiaba trabajar en el despacho de su padre, pero pensó que era una mejor manera de ganarse a Miley que estando en el muelle.
—¿Puedo hablar contigo cuando tengas un momento? —preguntó Miley.
—Ahora puedo.
Nick la siguió a su despacho. Ella cerró la puerta.
—He cambiado de opinión respecto a la cena.
—¿Por qué? —preguntó él, sorprendido.
—¿Es necesario tener una razón?
—Miley, tú siempre tienes una razón, si no una lista completa de razones.
—Sí. Bueno —dijo ella, sonrojada—. Me gusta terminar lo que empiezo. Te compré en la subasta y seguiré con mi paquete de citas hasta el final.
—Reservaré mesa en el restaurante —dijo él, pensando que tenía que aprovechar la oportunidad.
—Pero quiero pedirte algo. Me gustaría que lo que pase entre nosotros no llegue a oídos de los empleados ni de Octavia Jenkins. Mi vida personal es estrictamente personal.
Nick se sintió culpable. Cuando había dejado a Miley, su relación había sido la comidilla de todos en Yates Jonas. Pero Miley ya no tendría que soportar los desagradables cotilleos, porque pensaba llevársela a Miami.
—De acuerdo. Será algo privado. ¿Cuándo quieres que salgamos?
—Cuanto antes, mejor.
—¿Esta noche? —preguntó él, sorprendido.
—De acuerdo —respondió ella, y lo miró a los ojos—. Y prepara tus cosas para pasar la noche fuera.
Nick se quedó boquiabierto, su sangre se calentó. No sabía a qué estaba jugando Miley, pero no tenía ninguna intención de discutir, pues estaba de acuerdo del todo en pasar la noche con ella.
—Sí, señora.
Unas vacaciones de se.xo, se dijo Miley. Era la cosa más loca que había hecho nunca. Tener puro se.xo, nada más. Ella sabía que una mujer podía irse a la cama con un hombre sin esperar campanas de boda, pero nunca había intentado tener una aventura sin significado. Hasta ese momento.
Miley se puso la mano en el pecho, tomó aliento y abrió la puerta de su casa. Nick estaba allí, con una pequeña bolsa de viaje al hombro y dos bolsas de la compra en las manos. Estaba muy guapo, con una camisa blanca y pantalones negros. Y olía de maravilla, a limpio, con un toque de lima.
—¿Qué es todo eso? —preguntó ella, señalando las bolsas.
—Nuestra cena.
—¿No vamos a ir a Devil's Shoals?
—Pensé que podríamos pasar la noche en casa —replicó él con una seductora sonrisa.
—Pues espero que hayas comprado bastante comida porque no tengo nada en la cocina.
—Tengo comida… Y más cosas —afirmó él—. Estás muy hermosa y muy sensual, señorita Cyrus.
—En… entra —invitó ella, sonrojada y excitada por cómo la miraba.
—La cocina está por aquí. Deja que te ayude a sacar las cosas.
—No.
—¿Cómo?
—Yo haré todo. Tú ve al sofá y relájate —dijo él, y la llevó hasta el salón—. Siéntate. Te traeré un vaso de vino.
Miley se sentó. El sofá estaba de espaldas a la puerta. Oyó el sonido de una tela detrás de ella y sintió algo sobre los ojos. ¿Una venda?
—Espera un momento —dijo ella, y se llevó las manos a la tela que le tapaba los ojos.
—Confía en mí —susurró él.
Nerviosa, Miley bajó las manos. Aquella noche debía concentrarse sólo en el placer físico. Y si Nick quería practicar juegos se.xuales, ella le seguiría el juego. Él le anudó el antifaz detrás de la cabeza.
—Es una locura —dijo ella.
—Confía en mí —repitió Nick, y le recorrió el lóbulo de la oreja con la lengua.
El problema era que no confiaba en él. No del todo. Sabía que no la lastimaría físicamente, pero no podía confiarle su corazón. Sin embargo, esa noche su corazón no tendría nada que ver, se recordó a sí misma. Lo había puesto a buen recaudo, ¿o no?
Nada de amor. Sólo se.xo. Si se lo repetía lo suficiente, acabaría convenciéndose, se dijo ella.
Entonces, Nick comenzó a besarle el cuello y Miley perdió su capacidad de pensar. Con la punta de los dedos, él le acarició los hombros, las clavículas y el borde del escote del vestido. A ella se le tensaron los pezones, pero Nick apartó las manos, dejándola con un hambre insatisfecha.
Miley oyó las pisadas de Nick hacia la cocina. Oyó cómo abría y cerraba armarios y cómo descorchaba una botella. Oyó acercarse las pisadas y se le aceleró el pulso. El borde de un vaso tocó sus labios. Ella bebió con cautela. Era un chardonnay frío, del bueno. Nick le tomó la mano y le colocó en ella el vaso. Luego, regresó a la cocina.
Miley bebió vino mientras escuchaba los sonidos poco familiares de un hombre en su cocina.
A continuación, Nick se reunió con ella y sentó a su lado. Miley inspiró, pero antes de que pudiera identificar los tentadores aromas que la rodeaban, algo templado y húmedo le rozó el labio. Sacó la lengua para probarlo. ¿Sería mantequilla?
—Abre.
Miley obedeció y Nick le dio un pedacito. Ella sólo tardó dos segundos en identificar su comida favorita, langosta con mantequilla. El siguiente bocado era de judías verdes chinas, sazonadas con salsa de soja y jengibre, seguido de una cucharada de arroz con pasas y almendras. Nick había recordado cuáles eran sus platos favoritos.
Bocado tras bocado, Nick acrecentó en ella otro tipo de apetito, al sentirlo tan cerca, con sus muslos rozándose y los dedos de él tocándole de vez en cuando el labio.
Cuando Nick la dejó de nuevo, Miley se acomodó en el sofá y apretó los muslos. ¿Cómo podía dejarse seducir por aquel juego de niños? Era ridículo lo fácilmente que él la manipulaba. Si tuviera dos dedos de frente, se quitaría el antifaz y…
Miley notó que Nick volvía a sentarse a su lado y el pulso volvió a acelerársele. Algo frío tocó sus labios. Abrió la boca. Un pedazo de helado de vainilla, rico, cremoso y delicioso, se derritió en su lengua. Pero tras un par de cucharadas más, levantó la mano.
—Ya no puedo comer más.
Nick dejó el plato en la mesita y sus labios se apoderaron de los de ella, con un beso caliente en contraste con el postre frío. Miley apretó los puños, forzándose a no rodearlo con sus brazos. El deseo le nubló la razón. Sólo se.xo, se recordó ella.
—Enseguida vuelvo —dijo Nick, tras apartar su boca.
Miley lo oyó moverse en la cocina. Lo oyó sacar algo de una bolsa y subir las escaleras. ¿Qué estaba haciendo? ¿Y por qué no se sentía molesta por tenerlo andando a sus anchas por su casa?
Confiar en él, se dijo ella. Y se dio cuenta de que confiaba en él de un modo en que nunca había confiado en ningún hombre.
Después de cinco minutos que duraron una eternidad, Nick se acercó, la tomó de las manos y la puso en pie.
La llevó escaleras arriba y Miley percibió el sonido de agua corriendo. En el baño, inhaló una mezcla de especias y flores. No eran su perfume ni sus sales de baño. Nick la soltó para cerrar el grifo. Luego, le acarició la espalda, los hombros y los brazos. Se acercó a ella por detrás y le rozó con su erección. Ella gimió, llena de deseo.
Nick le bajó la cremallera del vestido. Ella tembló al sentir el aire en la espalda. Nick le quitó los tirantes y le dio la mano mientras ella sacaba los pies del vestido, dejándolo en el suelo.
Miley enderezó la espalda. ¿Qué pensaría él de su ropa interior minúscula y negra? El gemido que Nick emitió le sirvió de respuesta.
—Eres ahora todavía más hermosa que hace ocho años.
El recuerdo de otros tiempos hizo que Miley se sintiera un poco incómoda, pero luchó para ocultarlo. Se recordó a sí misma que debía seguir con el juego de seducción.
Miley sintió el roce de la camisa de él mientras se agachaba y el contacto de sus dedos alrededor del tobillo. Le quitó un zapato y luego el otro. Le recorrió las piernas con los dedos, levantándose. Volvió a colocarse tras ella y le puso las palmas de las manos sobre el vientre, apretándola de nuevo contra su erección. Miley se movió hacia él e imaginó cómo Nick los estaría viendo, reflejados en el gran espejo del baño. ¿La acompañaría él en la bañera?
El deseo la poseyó con una fuerza avasalladora. Nunca había estado tan excitada en toda su vida. Sintió ganas de tomarle la mano y llevársela entre las piernas para mostrárselo.
La cadencia de la respiración de Nick se aceleró y se hizo más profunda. Introdujo los dedos por el borde de la ropa interior de ella. Miley se contrajo y tomó aliento. Él le desabrochó el sujetador y tomó ambos pechos en las manos. Ella se recostó en él, saboreando sus caricias y sintiendo cómo el corazón de su amante también se aceleraba. Levantó la mano para acariciarle la cara y se encontró con una piel suave y recién afeitada.
Nick le acarició los pezones con los pulgares, haciéndole gemir. Luego, le quitó el sujetador de los hombros, le besó la nuca y fue bajando vértebra a vértebra, hasta llegar a sus braguitas y las bajó por las piernas de ella. Miley sacó los pies del pedazo de tela y se quedó esperando, temblando al pensar en cuál sería el próximo movimiento de su amante.
—Entra en el agua —ordenó él, tras llevarla hasta la bañera.
No la soltó hasta que Miley se hubo sumergido en el agua caliente. Comenzaron a funcionar las burbujas del hidromasaje. Pero ella no quería burbujas. Quería a Nick.
—Volveré dentro de diez minutos. Relájate —dijo él, la besó con intensidad y le puso el vaso de vino entre los dedos—. Déjate el antifaz y no te muevas. No quiero que te hagas daño.
Entonces, Nick se retiró. Miley se incorporó un poco y se levantó una esquina del antifaz. El baño estaba iluminado por una docena de velas, cada una en un plato de plata. Nick debía de haberlas traído. El romántico gesto le llegó al corazón.
Miley se dijo que no debía enamorarse de él de nuevo. Lo más probable era que toda aquella demostración no fuera más que algo que Nick había aprendido a hacer con más de una docena de mujeres después de haberla dejado a ella.
Se recostó en la bañera e intentó recordar todo el dolor y la confusión que había sentido cuando él se había ido, pero ya no podía recordarlo con tanta nitidez como antes.
Se colocó de nuevo el antifaz y dejó el vaso de vino a un lado. Si Nick pretendía seducirla, lo estaba haciendo muy bien, ¿pero por qué se molestaba él en hacerlo cuando ya sabía por anticipado que iban a terminar en la cama?
Miley sintió un soplo de aire en los hombros y las burbujas se apagaron. Nick había vuelto. Se le aceleró el pulso. ¿Qué sucedería a continuación? ¿Qué habría planeado?
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