— ¿QUÉ TAL está? —le preguntó Enid en cuanto lo vio aparecer.
—Se ha ido a casa —respondió él—. Y si tiene un poco de sentido común, se quedará allí.
Enid lo miró intentando entender su mal humor.
—Lo comprendo.
— ¿Ah, sí? Pues a mí me encantaría hacerlo. No me pases ninguna llamada, Enid.
—Muy bien –dijo su secretaria justo antes de que él cerrara la puerta de su despacho.
Por una vez, Nick pasó la mesa de largo y se dirigió a la ventana por la que podía asomarse al mundo exterior, intentado encontrar una respuesta entre los edificios de oficinas. El mar se extendía en calma a lo lejos.
Aquél estaba siendo un día terrible. Había encontrado por fin a la mujer con la que llevaba semanas obsesionado, sólo para descubrir que se trataba de Miley. Bueno, y que estaba embarazada.
Iba a ser padre.
La idea resultaba tan emocionante como aterradora. Él no deseaba tener un hijo, nunca lo había deseado. Había sobrevivido todo ese tiempo sin familia y ahora no la necesitaba.
¿Por qué entonces había algo dentro de sí que se empeñaba en hacerle sentir orgulloso? Llevaba toda la vida evitando ese tipo de responsabilidades y no entendía por qué ahora no le angustiaba la idea de ser padre. Iba a tener un hijo y, dijese lo que dijese Miley, se aseguraría de que no le faltase de nada.
¿Qué demonios le ocurría a esa mujer? Le había ofrecido una casa, dinero y todas las comodidades del mundo para ella, para su hijo y para su madre. Era una oferta inmejorable. ¿Por qué no podía aceptarla? ¿Qué quería entonces?
Lanzó un suspiro al tiempo que apoyaba la frente y las manos en el cristal de la ventana. Miró hacia abajo, estaba a una gran altura; pero había estado allí abajo, sin nada, sin dinero, sin futuro, sin el apoyo de nadie... Y había conseguido llegar hasta allí arriba. Sin la ayuda de nadie, al contrario, lo único que había tenido había sido una madre adoptiva que se había gastado todo su dinero en alcohol... y el recuerdo de una tragedia que lo había obligado a acostumbrarse a no acercarse jamás a nadie.
¿Qué le pasaba? Hacía años que no pensaba tanto en su familia y sin embargó aquélla era la segunda vez que dejaba que sus pensamientos hicieran tan doloroso viaje. Había hablado de ello después de disfrutar del mejor sexo desde el encuentro en la sala de juntas... en realidad, había sido el único sexo desde la noche del baile.
Anduvo de un lado a otro del despacho, tratando de borrar las imágenes que aparecían en su mente y que llevaba años evitando. Aquellas viejas fotografías de su padre, alto y fuerte, con el pelo siempre peinado hacia atrás. O de sus hermanos, escandalosos y de hombros anchos como su padre; siempre peleándose en lugar de hacer los deberes. Y su madre, morena y guapa, con los ojos llenos de amor y orgullo; regañando a sus hijos mayores, a los que solía dejar riendo a carcajadas cuando regresaba a la cocina.
Nick cerró los ojos con la respiración entrecortada, pero las imágenes no desaparecían, sino que además llevaban consigo un torrente de recuerdos que no podía arrinconar como si fueran cajas viejas.
Aquellas tres personas habían sido su familia y ahora no estaban. Él había hecho todo lo posible por olvidarlo, había cambiado de ciudad, de estado... Un escalofrío le recorrió el cuerpo dejándolo paralizado.
Tenía que salir de allí. Tenía que ir a algún lugar, a cualquier lugar. Abrió la puerta justo para encontrarse con Miley, que estaba dejando unos papeles sobre la mesa de Enid. Al principio se dio media vuelta evitando mirarlo, pero después le echó un vistazo y frunció el ceño.
— ¿Estás bien? —le preguntó dando un paso hacia él.
— ¿Qué haces aquí? Te dije que te fueras a casa.
Miley se quedó inmóvil.
—Llevo dos semanas de vacaciones. Tengo mucho trabajo.
—No estás bien para trabajar.
—Estoy embarazada —dijo poniéndose tan recta como podía—, no enferma.
— ¿Y cómo llamas a lo de esta mañana?
Alzó el rostro ruborizado.
—Yo creo que sexo sería la palabra más adecuada.
—No me refería a eso —espetó él—. Cuando te has desmayado.
—Ya estoy bien. No volverá a ocurrir.
—Ya veremos —miró a su alrededor, no había ni rastro de su secretaria—. ¿Puedes decirle a Enid que me he ido?
— ¿Cuándo volverás?
—No lo sé —respondió entrando en el ascensor—. No lo sé.
No SABÍA adónde iba. A cualquier lugar.
No importaba. Condujo sin pensar hasta que algo le hizo dirigirse a la costa. Hacia sol y llevaba la capota del coche abierta, lo que atraía las miradas envidiosas de los hombres y el deseo de las mujeres. En cualquier otra ocasión, habría disfrutado de la sensación de éxito.
Éxito.
¿Cómo se medía el éxito? ¿En dólares y centavos, en edificios, en coches de lujo? Si era así, muy bien, era un tipo con éxito. No había ninguna duda.
Pero si se medía el éxito en términos más humanos, de acuerdo a sus relaciones sociales y sentimentales, se daba cuenta de que en lo que había tenido éxito había sido en evitar todo aquello. Sin embargo ahora iba a ser padre y lo que había eludido durante tanto tiempo iba a ocurrir.
¿Por qué el hecho de ser padre tenía que cambiar tanto las cosas? ¿Por qué de pronto le parecía que su éxito empresarial era algo vacío y sin sentido?
Por fin abandonó la autopista y cruzó las vías del tren antes de meterse en una calle y detenerse frente a una estropeada casa de ladrillo. ¿Qué estaba haciendo allí? Jamás había estado en aquel barrio, sólo había leído la dirección en unos documentos que vio un día sobre la mesa de Enid. Era curioso que la hubiera recordado desde entonces.
Era evidente que la casa había conocido mejores tiempos, a juzgar por el aspecto de la fachada e incluso el de las plantas que se balanceaban lánguidamente al ritmo de la brisa. Al salir del coche, notó el olor a mar, a sal y algas, aunque la playa se encontraba al otro lado de las vías del tren y desde allí no era más que una promesa.
Nunca le había preguntado por su casa, nunca le había preguntado qué tal estaba su madre. No se le había ocurrido. Pero de pronto le parecía importante. Quería saber más de ella, de la madre de su hijo y de su familia.
Llamó a la puerta y esperó.
Se oyó el sonido de un tren acercarse, el silbido que avisaba el fin de la parada en la estación y después el ruido se desvaneció en la distancia. Pensó en marcharse, pero no sabía adonde ir.
La puerta se abrió justo en ese momento. En el hueco que permitía la cadena todavía enganchada de uno de los cerrojos, pudo ver unos ojos oscuros que parecían demasiado grandes para el rostro en el que estaban.
— ¿Señora Cyrus?
—Sí —dijo con voz débil y sorprendida; obviamente no acostumbraba a recibir muchas visitas.
—Soy Nick Jonas. Miley trabaja...
— ¡Ay Dios! —exclamó con pánico al tiempo que abría la cadena y la puerta—. ¿Está bien? ¿Le ha ocurrido algo?
—No, no, está perfectamente —se apresuró a decir Nick impresionado por la intensidad del miedo que había visto en sus ojos en sólo una décima de segundo—. No quería asustarla —añadió odiándose por ser tan estúpido—. Sólo pasaba por aquí... y pensé en visitarla... para hablar un rato.
Se pasó una mano por el pelo mortecino mientras con la otra se apoyaba en un bastón.
Cáncer. Tenía cáncer y había perdido casi todo el pelo por culpa de la quimioterapia. Era diminuta, una versión más pequeña y más delgada de Miley. ¿Por qué no se lo habría contado? ¿Cómo demonios se las arreglaba para cuidar de su madre y tener un empleo a tiempo completo?
—Bueno, no estoy vestida para recibir visitas —dijo con voz débil, pero mucho más joven de lo que aparentaba—. Pero es un placer conocerlo. Llámeme Daphne. He oído hablar mucho de usted.
— ¿Ah, sí?
—Claro. Es usted un joven con mucho talento, por lo que cuentan. Destiny dice que le gusta llevar la batuta. ¿Le apetece un té?
Nick asintió mientras trataba de asimilar el breve e inesperado resumen de su personalidad.
—Gracias.
—Siento mucho haber tardado tanto en abrir la puerta —se disculpó llevándolo hacia la cocina—. No soy tan rápida como antes.
La observó moverse a duras penas con el bastón y hacer un esfuerzo por disimular el dolor que le provocaba cada paso.
—Por favor, es culpa mía por presentarme sin avisar. ¿Por qué no me deja que yo prepare el té? Siéntese.
Daphne lo miró sorprendida, como si tal ofrecimiento fuera lo último que esperaba oír. ¿Qué le habría contado Miley de él?
—Gracias —respondió con una luminosa sonrisa—. Me vendría bien sentarme un poco, aunque es lo que hago durante todo el día —desde la silla, le fue diciendo dónde estaba todo—. Tengo que darle las gracias por enviar a Marjorie mientras Destiny no estaba —dijo cuando Nick le sirvió la taza de té y se sentó frente a ella—. Fue una estupenda compañía.
Tuvo que hacer un esfuerzo para saber de quién le estaba hablando, pero finalmente cayó en la cuenta. El viaje a Queensland, la enfermera que había contratado Enid.
—No se preocupe –dijo fijándose en los cacharros del desayuno que había en la pila sin fregar y la bandeja con la comida casi sin tocar. Estaba claro que a Daphne no le vendría mal un poco de ayuda—. ¿Cómo se las arregla aquí usted sola durante el día?
—Destiny me deja todo preparado por las mañanas —explicó después de tomar un sorbo de té—. Si tengo un buen día, intentó empezar a preparar la cena para ayudarla cuando viene del trabajo, pero a veces me resulta imposible.
Nick asintió. Aquélla no era manera de vivir. Miley no podía dejar a su madre sola todo el día mientras ella trabajaba a más de veinte kilómetros de distancia. Aun así había rechazado todo lo que él le había ofrecido y lo había hecho de un modo tajante. ¿Acaso creía que aquello era mejor que lo que él podía ofrecerles? Estaba loca si eso era lo que pensaba.
¿Qué pensaría su madre de vivir en una casa atendida por un ama de llaves y quizá una enfermera y con su hija? Echando un vistazo a la casa, limpia y ordenada pero muy necesitada de ciertas reparaciones, pensó que seguramente no le habría parecido tan terrible como a su hija. Pero no se trataba únicamente de Miley y de su madre, estaba también su futuro hijo; cuando se viera obligada a criarlo allí, se pensaría mejor las cosas.
—Debe de resultarle muy difícil.
—Es peor para Destiny. Ahora ella es mi única hija —añadió con los ojos llenos de dolor—. ¿Sabía...?
—Sí, lo sé —casi podía sentir el dolor de su pérdida, o quizá era que le recordaba a lo que él mismo había sufrido porque su sufrimiento estaba de pronto a flor de piel.
Y todo por Miley. Había sido ella la que había llevado aquellos sentimientos a la superficie cuando lo mejor habría sido dejarlos enterrados para siempre. Tragó saliva como si con ello pudiera también tragarse el dolor acumulado. Conocía el sentimiento de pérdida tan bien como la mujer que tenía frente a él. Era algo que se apoderaba de la vida de uno; por mucho que intentase esconderlo, siempre acababa saliendo, como le había pasado a él ese día.
—Debió de ser terrible para usted.
Las lágrimas que se agolpaban en los ojos de Daphne le dieron la razón.
—Destiny tiene que encargarse de todo. Ella sabe que quiero estar en casa tanto como sea posible.
— ¿Dónde iba a ir si no? —preguntó Nick sin comprender.
—Los médicos dicen que dentro de unos meses tendrán que ingresarme... no se puede hacer nada más. Pronto Destiny no podrá cuidar de mí y yo no voy a pedírselo. Así que, si le preocupa que yo pueda interponerme en su carrera... ¿Supongo que eso es lo que lo ha traído hasta aquí?
Se estaba muriendo. Debería haberlo imaginado nada más verla… su delgadez, la palidez de su rostro, las sombras bajo los ojos... Pero claro, Nick tenía mucha experiencia en ignorar la muerte.
Ella se moría y creía que él estaba allí para asegurarse de que Miley seguiría siendo una buena empleada.
—No —dijo poniéndose en pie—. Ése no es el motivo por el que he venido.
Dio unos pasos por la pequeña cocina, intentando deshacerse de los nervios que le agarrotaban el cuerpo. ¿Por qué estaba allí? ¿Qué pretendía lograr? Seguramente algo más que esa sensación de desesperanza y tristeza, esa desesperación por encontrar la respuesta a preguntas que ni siquiera era capaz de formular... algo que le hiciera dejar de atormentarse por una necesidad que no podía explicar.
Se detuvo frente a unas fotografías que había sobre el aparador. Tenía delante la historia de aquella familia. Una antigua foto de boda en la que se veía a una jovencísima Daphne junto a su difunto marido; ambos sonreían a la cámara llenos de felicidad e ilusiones. Otra imagen de la familia al completo, un niño de menos de un año y su hermana mayor, de unos seis o siete años, con dos coletas y un vestido de volantes.
Miley.
Entonces no era más una niña delgaducha, pero ya se podían reconocer sus ojos y su barbilla desafiante como lo era en la actualidad. Ahora era una mujer, una mujer apasionada, como había quedado más que claro esa misma mañana. ¿Qué la había hecho rechazarlo de ese modo? Era la tercera vez que se le había escapado entre las manos pues ya lo había hecho la noche del baile y en el hotel de Queensland.
Pero la conseguiría fuera como fuera. No había fracasado en nada en la vida y Miley no iba a ser una excepción.
Echó un vistazo a las fotografías de graduación de los dos hijos y después a la imagen de otra boda más reciente; sin duda era Monty con su esposa, mirándose a los ojos como si la cámara no estuviera allí. Y la última, otra familia joven con un pequeño bebé al que los papás sostenían orgullosos.
Aquellas fotografías trasmitían tantas emociones. Se trataba de los momentos más preciados de una familia y todos juntos formaban la historia de un grupo de personas que se querían. Por alguna razón, le llamó la atención especialmente la imagen de aquel bebé, con su cara regordeta y las manitas asomando por encima de la mantita.
Él no sabía nada sobre niños, jamás había sentido el menor interés; pero de pronto ahora se había despertado en él una enorme fascinación. Ante sí se había abierto una puerta tras la que se encontraba un mundo completamente nuevo que quería explorar. Y había sido Miley la que había abierto esa puerta.
—Es el pequeño Thomas —informó Daphne con la voz empapada de tristeza—. La semana pasada habría cumplido dos años. No puedo evitar imaginar qué estaría haciendo si siguiera vivo, seguramente juguetear por ahí, haciendo travesuras.
—Debe echarlos mucho de menos —dijo mirando aquella pequeña mujer cuya tristeza era ya parte de ella.
—Sí —admitió con la mirada fija en el suelo—. Es que un bebé es algo muy especial. Creo que eso es casi lo que más añoro... la maravilla de una nueva vida, la esperanza del futuro. Yo ya no podré sentirlo nunca más.
Suspiró muy hondo y se limpió los ojos con un pañuelo.
—Vaya, parezco una vieja loca.
Pero Nick seguía pensando en lo que acababa de decir. No lo sabía. Miley no le había dicho que estaba embarazada. ¿Por qué no lo habría hecho? Estaba claro que significaba mucho para ella.
Miró de nuevo al aparador, imaginando la fotografía del nuevo bebé en los brazos de su madre. ¿Por qué no habría querido compartir con su madre la noticia de una nueva vida llena de esperanza? Quizá le preocupaba que no hubiera otra foto antes, la de su boda. Quizá el motivo por el que no se lo había contado era que tenía miedo de disgustar a su madre porque el niño era ilegítimo.
¿Estaba intentando proteger a su madre de la verdad?
De pronto algo cambió dentro de él; fue como una revelación que lo ayudó a encontrar una solución que sólo una hora antes le habría resultado impensable y que sin embargo ahora le parecía llena de lógica. Podía ayudar a aquella familia y quería hacerlo. Y además conseguiría a Miley.
—Puede que no todo esté perdido —dijo de pronto tomándole las manos a Daphne y sentándose a su lado—. Puede que todavía haya esperanza para que suceda algo bueno que nos llene de ilusión a todos.
La señora lo miró con curiosidad y ternura al mismo tiempo.
— ¿Qué quiere decir? ¿Por qué ha venido a verme, señor Jonas?
—Tengo algo que decirle —comenzó a decir impresionado por la fragilidad de las manos que sostenía entre las suyas—. En realidad quiero pedirle algo.
Hizo una pausa para preguntarse si estaba haciendo lo correcto y, con sólo mirar a los ojos de aquella mujer, supo que por primera vez en mucho tiempo, en toda una eternidad, estaba haciendo algo importante, algo bueno. Y que además le daría lo que él deseaba.
Respiró hondo antes de continuar:
—Señora Cyrus, ¿me haría el honor de concederme la mano de su hija?
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