lunes, 19 de marzo de 2012

Capitulo 5.-

—¿Acaso crees que me gustó lastimarte o dejarte? —preguntó él, acariciándole el brazo.
—¿Entonces por qué lo hiciste? —replicó ella, intentando apartarse—. Me alegro de que te resultara tan fácil seguir con tu vida y olvidarte de nosotros. Ahora, déjame salir de este camarote.
—Escucha…
—Déjame salir, Nick. La tripulación…
—¿Oyes eso?
—¿Oír qué? —dijo ella.
Lo único que oía era el mar y el martilleo de su propio pulso en los oídos.
—Las olas rompiendo en el casco del barco. Cada vez que oigo ese sonido, me acuerdo de cuando estábamos en el Sea Scout. Calientes. Sudorosos. Desnudos.
—No te atrevas a hablarme de eso —dijo ella.
No era justo, pensó.
—No he olvidado nada, Miley —aseguró él, y le tomó la cara entre las manos.
Algo dentro de Miley se derritió. Aquello no era parte de su plan…
Entonces, Nick la besó y ella olvidó todas sus objeciones. Fue un beso profundo y hambriento.
Sin poder evitarlo, Miley le rodeó la cintura con las manos y se apretó contra él. Sus pechos se apretaron contra el pecho de él. Dardos de deseo la atravesaron, trazando el camino hasta su vientre. Había olvidado aquella maravillosa sensación de excitación. Había olvidado cómo era sentir el aliento de Nick en su mejilla, el roce de su barba de media tarde. Y el fuerte aguijón del deseo. ¿Por qué ningún otro hombre le hacía sentirse así?
Nicks bajó las manos hasta el trasero de Miley, acariciándola, y la acercó más aún, apretándola contra su rígida erección.
Al menos, él no era inmune a la atracción que había entre ellos, se dijo Miley, y se puso de puntillas para rodearle el cuello con los brazos. Nick le recorrió las caderas, la cintura y los pechos. La tela ligera de su vestido no ofrecía ninguna protección. Con el dedo pulgar, jugó con el pezón de ella, haciéndola gemir.
A continuación, Nick se concentró en su cuello. La besó, la lamió, la chupó. La guió hacia atrás, hasta que toparon con la litera del camarote.
De pronto, Miley salió de su ensimismamiento. Se acercaban pisadas. Alejó a Nick de su lado y se limpió la boca una milésima de segundo antes de que la puerta se abriera.
Peter se detuvo en seco, observando cómo jadeaban los dos ocupantes del camarote.
—He traído una copia de la lista de cosas que tenemos que probar. Nick, te necesitamos en cubierta —dijo Peter con expresión sombría.
Nick lanzó a Miley una mirada indescifrable, le arrancó a Peter la lista de la mano y salió.
Miley exhaló y miró al hombre que había sido su más firme aliado en Yates Jonas, además de Paul. La decepción que vio en los ojos de Peter le caló hondo, pero no tan hondo como sus propios remordimientos por lo que acababa de hacer.

¿En qué diablos estaba pensando?, se reprendió Nick a sí mismo.
Ninguna de las amantes que había tenido en los últimos ocho años lo había excitado y satisfecho tanto como Miley. Pero no debía empezar con ella una relación que no sería capaz de terminar. Entonces, ¿por qué torturarse?
Porque quedarse sentado en su yate cada noche y escuchar cómo ella reía con el piloto de carreras en el barco de al lado, sí que era una tortura.
Miley le había llamado idio*ta por no haberse despedido de ella en persona y no podía hacerla cambiar de opinión. No podía explicarle por qué había huido aquella mañana de Yates Jonas, por qué se había subido a su coche, había conducido hasta quedarse sin gasolina y se había sentado durante horas en el arcén de la autopista pensando en las repercusiones de su descubrimiento. Se había quedado allí hasta que un coche de policía se había detenido detrás de él y había llamado a una grúa.
Había necesitado hablar con alguien en ese momento pero, ¿a quién podía haber llamado? En quien más había confiado había sido en Miley, pero no había podido contárselo a ella. Le había dejado el mensaje en el contestador porque no se había creído capaz de mirarla a los ojos y no revelarle la dolorosa verdad sobre sus padres.
Y estaban también sus propias dudas. ¿Sería él capaz de comprometerse con una mujer para siempre? ¿O sería tan débil como su padre? Había decidido no saberlo nunca.
—Hecho —dijo Nick en cubierta, después de comprobar que todo en su lista estaba correcto.
Su pulso se aceleró al encontrarse con la mirada de Miley. Ella apartó la mirada.
¿Y si le contaba por qué se había ido? Nick se había formulado esa pregunta a sí mismo miles de veces. ¿Podría ella perdonarlo por estropear el concepto que tenía de su madre y de su mentor?
—Vamos a llevarla a tierra —dijo Stark al capitán—. Miley tiene planes para esta noche y no queremos que llegue tarde.
—¿Con Haynes? —preguntó Nick, tenso.
—No. Con mi madre. Todos los viernes salimos a cenar las mujeres. Además, no es asunto tuyo.
Nick recordó que era una tradición que arrancaba de sus días de universidad, cuando Mileye se había mudado a un apartamento con Demi y Selena.
—¿Cuánto tiempo tardaremos en terminar los arreglos en el barco de Haynes? —dijo Nick a Peter.
—Una semana más —repuso el director de producción con desaprobación.
—Pues aceleradlo. Tenemos otra entrega para el próximo viernes. Necesitamos que ese yate zarpe cuanto antes.
—Podemos llevarlo a otro muelle. O tú puedes mover el tuyo —repuso Stark con beligerancia.
—Haz tu trabajo, Peter. Pide voluntarios para que hagan turnos extra si es necesario —ordenó Nick.
Mientras tanto, Nick decidió que mantendría a Miley ocupada y programaría todas las citas posibles del paquete de la subasta mientras Haynes estuviera allí.

«Tanto el hijo pródigo, Nicholas Jonas, como Miley Cyrus, su antiguo gran amor, juran que están extinguidas las cenizas de su pasado, pero esta periodista cree que el romance está servido. ¿Llevará la señorita Cyrus las cerillas? ¿Y sobrevivirá al calor del señor Jonas cuando este dúo dinámico se prenda de nuevo?»
—¡Oh, cielos! —rugió Mileye, dejando caer el periódico del sábado en la mesa de la cocina.
El primer artículo de Octavia Jenkins en el periódico de Wilmington le resultaba más embarazoso de lo que podía describir. Sintió nauseas. ¿Cómo iba a ser capaz de mantener alta la cabeza en el trabajo?
Miró de nuevo el periódico, que mostraba a la pareja besándose a bordo del Georgina. ¿Quién había tomado esa foto? Ella no había visto a ningún fotógrafo en el barco.
Rabiosa, se dirigió a la ducha y se vistió. Era todo culpa de Nick. Condujo hasta Yates Jonas y no paró el coche hasta llegar frente al yate de Nick. Llamó a la puerta de cristal de la cabina con el puño. Nick tardó un rato en responder. Por su aspecto cuando emergió del camarote, se acababa de despertar.
¿Cómo podía estar tan sexy recién levantado?, se preguntó Miley. Con barba incipiente. Descalzo. Y con una erección mañanera que sus calzoncillos no podían ocultar.
—¿Qué pasa? —preguntó él.
—Léelo —dijo ella, lanzándole el periódico—. Peor aún, mira la foto. No quiero que todo el mundo me tenga lástima otra vez cuando te vayas. Ya pasé por eso una vez.
Nick tomó el periódico y echó una mirada al artículo.
—Tienes que dejar de besarme —dijo ella, enojada.
—Pues deja tú de devolverme los besos.
—Tú… —balbuceó ella, furiosa, a punto de estallar—. ¿Cómo te atreves a echarme la culpa a mí?
—¿No eres tú quien se pone incitantes vestidos y provocadores tacones todos los días para ir a trabajar?
—Me visto para gustarme a mí misma —repuso ella, sonrojada.
—Sí, ya. O quieres llamar mi atención o la de Haynes. ¿Cuál de los dos? —Miley lo miró rabiosa—. ¿Sabes qué hora es, Miley?
—Yo… —comenzó a decir ella. Había olvidado mirar el reloj. Apenas estaba amaneciendo—. No.
—Son las cinco y veinte de la madrugada. Demasiado temprano para tener una pelea en la cabina del barco. Entra. Haré café.
Miley se quedó parada, preguntándose si era inteligente seguirlo.
Por una parte, Nick no estaba vestido. Por otra parte, él tenía un aspecto delicioso. En tercer lugar, odiaba sentirse tan atraída hacia él. Por último, los empleados de Yates Jonas leerían su artículo y pensarían que era una tonta por salir con él de nuevo. Perdería el respeto que tanto le había costado ganarse.
—Cierra la puerta. Están entrando los mosquitos —dijo él.
A pesar de que sabía que no era buena idea, Miley entró y cerró la puerta. Una cosa era hablar de trabajo con él cuando los dos estaban vestidos y otra cosa era hacerlo cuando él aún tenía marcas de la almohada en el hombro y en la mejilla.
—Éste no es el tipo de publicidad que nos conviene, Nick.
—No. ¿Pero qué podemos hacer? Es ella quien escribe la historia.
—Podemos dejar de darle de qué hablar.
—Eres tú quien insistió en que saliéramos —le recordó él, y encendió la cafetera.
—Tenemos que seguir con las citas —dijo ella—. Le estaríamos dando más de qué hablar si no lo hiciéramos.
—Hablando de citas, había pensado llamarte hoy. Había planeado un paseo en globo para mañana por la mañana, si estás disponible —señaló él, y se apoyó semidesnudo en la mesa.
En el pasado, habían tenido incontables charlas mientras habían estado desnudos, recordó Miley.
¿Por qué le seguía hipnotizando verlo sólo en calzoncillos? No era justo, se dijo.
Tras recorrer con la mirada el velludo torso de Nick, Miley levantó la vista y se dio cuenta de que él la había sorprendido observándolo. Se sonrojó.
—Estoy disponible. Para el paseo en globo. ¿Por qué no te pones algo de ropa?
Nick la miró a los ojos durante diez segundos antes de dirigirse a su camarote. Miley intentó apartar la mirada, pero la visión de la cama deshecha la cautivó. Recordó el beso que habían compartido la noche anterior y la temperatura de su cuerpo subió peligrosamente.
¿Cómo podía ser tan estúpida?, se reprendió a sí misma. Pero tenía que seguir con su plan. Aún no se había sacado a Nick de la cabeza y aún no había averiguado por qué la había dejado.

—No puedo creer que me hayas convencido para hacer esto —dijo Miley al salir del coche—. De todas las citas estipuladas en la subasta, ésta es la que más temía.
—¿Tienes miedo de las alturas? —preguntó Nick con una sonrisa.
Miley miró hacia el campo donde el globo los esperaba. Había cuatro personas sentadas alrededor. Pronto, Nick y ella estarían volando en esa cosa.
—Quizá. Un poco. Y lo estipulado en la subasta era ir al atardecer, no al amanecer.
—Pero tú prefieres los amaneceres.
Miley se sintió conmovida porque él recordara sus preferencias, pero no tenía ninguna intención de dejarse caer en el romanticismo.
—No tiene volante ni paracaídas —observó ella mientras se acercaban.
—Los globos de aire caliente llevan funcionando desde el siglo XVIII. Y nuestro piloto es un veterano con veinte años de experiencia.
—Ésa es la única razón por la que accedí —repuso Miley, preguntándose aún si sería una locura.
—Buenos días —saludó un hombre—. Soy Owen, vuestro piloto, y éstos son Denise, Larry y Hank, nuestro equipo de tierra. Nos recogerán cuando aterricemos y os traerán hasta vuestro coche. Si estáis listos para ver el mundo como los pájaros, subid abordo.
Nick entró primero en la cesta del globo y se giró para tenderle una mano a Miley. Ella subió por las escaleras de cuerda que habían preparado. Lo primero en que reparó fue en que había muy poco espacio.
—¿Listos para despegar? —preguntó Owen.
Miley asintió, tensa. Su corazón latió con una mezcla de excitación y miedo. La cesta comenzó a moverse.
Miley tragó saliva y cerró los ojos. El estruendo del calentador de propano le obligó a abrirlos de nuevo. Despacio, el globo comenzó a elevarse.
Miley sintió deseos de apretarse contra Nick, pero no se atrevió a moverse, para no desequilibrar el globo. Además, Nick la había acusado ya de intentar seducirlo. Así que se agarró con fuerza el borde de la cesta y se concentró en respirar con normalidad.
—Volaremos a una altura entre quinientos y mil quinientos pies —informó Owen.
Alto. Demasiado alto, pensó Miley, que hubiera preferido no saberlo. Nick le cubrió una mano con la suya y ella agradeció su apoyo silencioso. Pasaron unos minutos interminables.
—Mira —le dijo Nick al oído.
Miley se obligó a mirar hacia abajo y se sorprendió al no sentirse mareada. El sol brillaba como un gran melocotón en el horizonte. Su miedo fue desvaneciéndose.
—¿Ves tu casa? —preguntó Nick.
El aliento de él hizo que a Miley se le pusiera la piel de gallina. Nick le rodeó los hombros con un brazo y señaló hacia abajo.
Miley tragó saliva e intentó frenar el cosquilleo que sentía entre los muslos. Miró en la dirección que Nick indicaba, hasta que encontró su casa.
—Sí.
Entonces, Owen apagó el quemador y se hizo el silencio.
—Es hermoso —dijo ella, relajándose—. ¿Tú ya habías montado en globo? —preguntó a Nick.
—Rod, mi antiguo jefe, ama las carreras de globos. A veces, he formado parte de su tripulación. No hay nada como el silencio y la sensación de flotar en una corriente del viento.
—Nunca te hubiera imaginado montando en globo y dejando que el viento te llevara a su antojo.
—Las personas cambian, Miley. Y aquí arriba tienes más control sobre la dirección del vuelo de lo que crees. Las corrientes de aire viajan en diferentes direcciones a diferentes alturas. Así puedes elegir tu camino.
Miley asintió. Nick había cambiado y ella también. Había dejado de ser una persona confiada e inocente para volverse más sofisticada y reservada. Había dejado de creer en cuentos de hadas. Por eso había trazado el plan de la subasta de solteros, se recordó a sí misma. Para tomar el control sobre su vida y ponerla en la dirección correcta. Y pensaba conseguirlo costara lo que costara.
* * *
—¿Puedes entrar un momento? —pidió Miley cuando Nick la llevó a casa.
—Claro.
Nick la siguió hacia la puerta principal.
—Entra y siéntate. ¿Quieres algo de beber? —ofreció ella tras guiarlo al salón, con una gran ventana con vistas a las dunas.
—No. Estoy bien.
—Discúlpame un momento —dijo ella, y subió las escaleras.
Nick se quedó esperándola junto a la ventana, sintiendo un nudo de arrepentimiento en el estómago. Los suelos de la casa estaban cubiertos con azulejos color arena y los tonos de color azul océano dominaban las tapicerías. Las mesas eran de cristal. La decoración también tenía toques de color naranja y melocotón, como reminiscencias del amanecer. Era la casa de los sueños de Miley, la casa que los dos habían planeado compartir.
Ella regresó minutos después, se acercó y le tendió la mano.
—Creo que es hora de que te devuelva esto. Siento no habértelo mandado antes, pero no tenía tu dirección de correo en Florida.
Con curiosidad, Nick extendió su mano. Ella abrió la suya, dejando caer en la palma de él un objeto pequeño y liviano. Era un pequeño diamante. Él se quedó sin aliento. Su anillo de compromiso. El que le había regalado la noche que habían hecho el amor por primera vez, la misma noche de su fiesta de graduación del instituto. Entonces, se habían prometido pasar juntos el resto de sus vidas.
El anillo simbolizaba una promesa rota y todo lo que Nick había perdido.
Nick no fue capaz de encontrar las palabras para describir lo que sentía. Y de todos modos, el nudo que sentía en la garganta no le hubiera permitido hablar. Cerró la mano alrededor del anillo y tragó saliva.
—Tenemos que olvidar el pasado, Nick —dijo ella con ojos llenos de tristeza.
—Sí. Pero puedes quedarte esto.
—No lo quiero. No quiero más recuerdos.
Nick tampoco quería recordar. Pero no podía olvidar.

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