domingo, 11 de marzo de 2012

Capitulo 3.-

Hacía una hermosa mañana de primavera. Nick miró por la ventana de su casa, un elegante edificio de obra vista en una de las calles más tranquilas de Curry Station. Se sentía un poco culpable por quedarse en casa un sábado en lugar de ir a la oficina, pero a Gus le hacía falta un poco de ejercicio y él se había levantado con dolor de cabeza, nada sorprendente, pues se había pasado casi toda la noche revisando informes de casos pendientes.
Gus ladró. Nick se inclinó para acariciar el pelaje tostado del enorme pastor alemán.
—Impaciente por salir, ¿eh? Daremos un paseo. Deja que me vista.
Llevaba sólo unos vaqueros e iba descalzo, con el velludo pecho al descubierto. Su desayuno había consistido en una coca—cola light y un donut endurecido. A veces deseaba haber conservado a Matilda, su antigua criada en lugar de despedirla cuando empezó a desvelar a la prensa detalles de su trabajo. Era la mejor cocinera y la chismosa mas empedernida que había conocido jamás. La casa estaba silenciosa sin ella, y sus experimentos culinarios iban a matarlo uno de esos días.
Se  puso una sudadera blanca, calcetines y las zapatillas de deporte y peinó su espeso cabello negro. Contempló su imagen en el espejo arqueando una ceja. Pensó que no era Mr. América, pero que se conservaba bastante bien. De todos modos, no se divertía demasiado. Las mujeres se habían convertido en un lujo, pues pasaba la mayor parte de su tiempo trabajando. De repente pensó en Miley Cyrus, y trató de imaginársela en su cama. Ridículo, porque, en primer lugar, casi con toda seguridad era virgen y en segundo lugar, su familia se interpondría entre ella y cualquier posible pretendiente. Además, tenían sus razones para no querer saber nada de él. No, ella era inaccesible. Tendría que recordárselo a menudo.
Observó el ambiente lujoso en que vivía con una débil sonrisa, pensando en qué extraño era que el hijo ilegítimo de un importante hombre de negocios y una india cherokee hubiera acabado en una casa como ésa. Sólo alguien tan impetuoso como su tío, Sanderson Nick, habría tenido el valor de desafiar a la sociedad a rechazar a Nick.
Tío Sanderson. Rió a su pesar. Nadie que observara el retrato sobre la chimenea de aquel serio y digno anciano podría sospechar jamás que tuviera un amargo sentido del humor y un corazón que era pura mantequilla. Sin embargo, fue él quien le enseñó todo lo sabía sobre el cariño y el amor. La muerte de sus padres le había resultado traumática. Su infancia había sido una especie de pesadilla, en especial la escuela. Pero su tío siempre había estado junto a él, forzándolo a aceptar su ascendencia y a enorgullecerse de ella. Le había inculcado los conceptos de coraje, determinación y honor. El tío Sanderson era un juez de jueces un ejemplo brillante de lo mejor de la profesión legal.
Fue su ejemplo el que le motivó a estudiar derecho que lo catapultó públicamente al puesto de fiscal de distrito. "Sal ahí afuera y haz algo de provecho — había  dicho tío Sanderson—. El dinero no lo es todo. Los criminales cada vez tienen más poder. Haz el trabajo que esta sociedad necesita."
Bien, pues lo estaba haciendo. No le gustó convertirse en una figura pública y, tras el año en que había ejercido su función durante la legislatura de su predecesor, la campaña electoral constituyó un infierno. Pero asombrosamente, incluso para él, había ganado, y le gustaba creer que desde entonces había sacado de las calles a algunos de los peores criminales. Su principal objetivo era el tráfico de drogas, por ello era muy meticuloso a la hora de preparar un caso. Los informes de Nick no omitían ni dejaban nada al azar. Su tío le había inculcado la necesidad de preparar concienzudamente  los casos; por eso, jamás olvidaba nada, lo que desesperaba a la mayoría de los abogados de a los encumbrados hombres de leyes.
A Nick siempre le sorprendió que su tío cultivara un sentimiento de orgullo por su herencia cherokee. Se aseguró de que nunca tratara de ocultarla o rechazarla.
Introdujo a su sobrino en los círculos sociales de Atlanta, donde Nick descubrió que la mayoría de la gente no le prejuzgaba por su ascendencia, la encontraba interesante. Aunque, de haber sido de otro modo, no le hubiera importado demasiado, pues había heredado el coraje del tío Sanderson y nunca y hubiera aceptado un insulto. Era bueno con los puños, lo sabía porque había tenido que utilizarlos en varias ocasiones a lo largo de los años.
Con los años comprendía mucho mejor al orgulloso anciano. El abuelo irlandés Sanderson Jonas llegó a América sin un centavo y su vida había estado llena de desgracias y tragedias. Tad, el primer miembro de la generación americana, abrió un pequeño comercio que significó el comienzo de la cadena de tiendas Jonas.  Sanderson era uno de los dos hijos supervivientes de la familia, y para él fue un duro golpe a su orgullo descubrir que era estéril. Pero al menos su hermano había engendrado un hijo, el único heredero: Nick. La cadena de tiendas había ido lentamente a la quiebra. Tío Sanderson ahorró lo suficiente para dejar bien situado a Nick, pero el apellido Jonas y su respeto por varías generaciones eran mas o menos la suma total de su herencia. Y como Nick jamás dijo nada respecto a su situación económica, el secreto familiar nunca se aireó. Se ganaba bien la vida y sabía cómo invertir el dinero, pero no era millonario. El Mercedes Benz del tío Sanderson y la elegante y antigua mansión familiar, libres de deudas, eran los únicos vestigios de un pasado más próspero.
Gus ladró justo antes de que sonara el timbre.
—Tranquilo —dijo mientras se dirigía a la entrada caminando descalzo sobre la mullida y suave alfombra beige.
Nick abrió la contrapuerta y vio a Dan Berry gesticular tras la verja.
—Hola, jefe —saludó alegremente el investigador esbozando una sonrisa—. ¿Tienes un segundo?
—Claro. Déjame coger la correa de Gus y hablaremos mientras damos un paseo.—Observó su cuerpo rechoncho—. Un poco de ejercicio no te hará ningún daño.
Dan hizo una mueca.
—Me temía que dijeras eso. ¿Qué tal la jaqueca?
—Mejor. Las aspirinas y las compresas frías han podido con ella. —Sujetó a Gus con la correa y abrió la puerta. En primavera hacía frío por las mañanas y Dan temblaba. Las ramas de los árboles todavía estaban desnudas, pero en poco más de un mes se cubrirían de fragantes flores.
Nick echó a andar por la acera dejando que Gus encabezara la marcha.
—¿Qué hay de nuevo? —preguntó cuando habían recorrido media manzana.
—Mucho. El comisario ha recibido una queja esta mañana acerca de la escuela primaria de Curry Station. Una de las madres llamó porque su hijo vio a uno de los traficantes de marihuana discutir con Bubba Harris durante el recreo. Por el momento están tratando con marihuana, pero quién sabe si más adelante...
Nick se detuvo en seco y lo miró fijamente con sus ojos oscuros.
—¿Quieres decir que los Harris intentan introducir crack en ese territorio?
—Eso creemos —contestó Berry—. Aún no tenemos pruebas, pero voy a interrogar a algunos de los estudiantes para recabar datos. También estamos organizando un registro con ayuda de la policía local. Si encontramos crack, sabremos quién está involucrado en este asunto.
—Eso no les hará mucha gracia a los padres —murmuro.
—Sí, ya lo sé, pero ya nos las apañaremos. —Miró de soslayo a Nick cuando echaron a andar de nuevo—. Ese chico, Cyrus, fue visto con Son Harris en uno de los tugurios del centro de Atlanta. Son íntimos.
El rostro de Nick se tensó.
—Eso he oído.
—Ya sé que no tenías bastantes pruebas para llevarlo a juicio —continuó Berry—, pero si estuviera en tu lugar no perdería de vista a ese chico. Si jugamos bien nuestras cartas, podría conducirnos directamente hasta los Harris.
Nick pensó en ello con el entrecejo fruncido. Si intimaba con Miles, podría controlar a Clay con facilidad. ¿Se trataba de eso?, se dijo, ¿o estaba racionalizando una manera de ver a Mi? Debía pensarlo detenidamente antes de tomar una decisión.
—Hay otra complicación —prosiguió Berry con las manos en los bolsillos mientras alzaba la vista hacia Nick—. Tu contrincante se prepara para anunciar su campaña.
—¿Davis? —preguntó, porque también él había oído rumores. Davis no le había dicho nada en los juzgados, pero era típico de él sacar un conejo del sombrero en el momento más inesperado. Hizo una mueca—. Ganará, si no me equivoco. Hay muchos aspirantes a mi puesto, pero Davis es una auténtica sanguijuela.
—Irá directo a tu garganta, en el sentido profesional, claro.
—Sólo para conseguir publicidad —aseguró Nick—. Todavía no he decidido si me presentaré a la tercera candidatura. —Se desperezó y bostezó—. Dejemos que haga lo que pueda; la verdad es que no me importa demasiado.
—¿Quieres que sea un día redondo? —murmuró Berry con una mirada amarga—. Pues ahí va el último chismorreo: el lunes sueltan a Harvey Blair.
—Blair... —Frunció el entrecejo— Sí, ya me acuerdo. Hice que lo encerraran por robo a mano armada hace seis años. ¿Por qué demonios lo sueltan?
—Su abogado le ha conseguido el perdón del gobernador. —Alzó la mano—. No me culpes a mí; yo no te escondo el correo. Tu secretaria es la culpable. Me dijo que olvidó mencionártelo y estabas demasiado ocupado en el juicio para leer la correspondencia.
Nick reprimió un insulto.
—Blair. ¡Maldita sea! Es la persona que menos se merece el perdón... ¡Es tan culpable como el demonio!
—Desde luego que sí. —Berry se detuvo, parecía incómodo—. Amenazó con matarte si salía alguna vez. Deberías cerrar bien las puertas, sólo por si acaso.
—No le tengo miedo —replicó Nick y aguzó la mirada—. Que lo intente si puede. No será el primero.
Era cierto. El fiscal del distrito había sido el objetivo de dos atentados. La primera vez un delincuente furioso que había sido condenado gracias a su pericia le había disparado; la segunda, un acusado desequilibrado le había atacado con un cuchillo en pleno juicio. Ninguno de los presentes ese día olvidaría jamás la reacción de Nick. Había rechazado sin esfuerzo la arremetida y reducido a su atacante hasta dejarlo tendido sobre una mesa. Era ex miembro de las Fuerzas Especiales y tan duro como ellos, pero Berry creía secretamente que había heredado de sus antepasados —los indios eran estupendos luchadores, lo llevaban en la sangre— su capacidad de lucha.
Nick se despidió de Dan y él y Gus continuaron su paseo diario de un par de kilómetros. Estaba físicamente en forma: acudía a un gimnasio cada semana y jugaba squash. El paseo era más por el bien de Gus que por el suyo propio, pues el perro tenía diez años y llevaba una vida sedentaria. Con Nick en la oficina seis días por semana y a veces, cuando el calendario era apretado en los tribunales, siete, el animal no hacia demasiado ejercicio en su recinto cercado del patio trasero.
Pensó en lo que Dan le había contado y su rostro se contrajo en una mueca. Blair iba a volver a las calles y trataria de matarle. No le sorprendía, como tampoco le cogía desprevenido la información acerca de los Harris. Una guerra territorial entre camellos era precisamente lo que necesitaba en esos momentos, con el chico Cyrus en medio.
Recordaba al padre de éste; un hombre tosco, de mirada fría y reacio a cooperar. No parecía que hubiera podido engendrar a una mujer como Miley, de corazón tierno y dulces ojos, pero era más increíble que la hubiera abandonado de esa manera. Movió la cabeza en un gesto de negación. De una u otra forma, la vida de esa chica tenía todos los visos de ir a peor, especialmente con un hermano como Clay. Tiró de la correa de Gus y anduvieron de regreso a casa.

Era la medianoche del domingo y Clay Cyrus todavía no había vuelto a casa. Él y los hermanos Harris hablaban de dinero, mucho dinero, y estaba imaginando cuánto iba a ganar.
—Es muy fácil —explicó Son sin darle importancia—. Todo lo que tienes que hacer es pasarles un poco a los niños más ricos. Lo probarán y pagarán lo que sea por conseguir más. Así de simple.
—Ya, pero ¿cómo sé a quiénes debo venderles? ¿Como averiguo quienes no me denunciarán? —preguntó Clay.
—Tienes a un hermano en la escuela primaria de Curry Station. Pregúntaselo. Podríamos darle una dosis —sugirió Son con una mueca.
Clay se sintió inquieto, pero no dijo nada. Pensar en todo ese dinero fácil le aturdía. Francine había empezado a prestarle atención desde que se había hecho amigo de sus primos, los Harris. Francine, con su hermoso cabello negro y sus sensuales ojos azules, podía elegir entre los mayores. A Clay le gustaba muchísimo, estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para despertar su interés. Se dijo que las drogas no eran tan malas. Después de todo, la gente que las consumía las conseguiría de cualquier otro si no lo hacía a través de él. Sin embargo, no podía evitar sentirse culpable...
—Mañana se lo preguntaré a Mack —prometió.
Son le dirigió una aguda mirada con sus ojos pequeños.
—Una cosa más. Asegúrate de que tu hermana no se entere. Trabaja para un grupito de abogados y el fiscal del distrito está en el mismo edificio.
—Mi no lo descubrirá —aseguró Clay.
—De acuerdo. Hasta mañana.
Clay se apeó del coche. Esa noche no se había metido en líos para que Miley no sospechara. "Debía mantenerla al margen, algo que —pensó—, no sería difícil, pues lo quería y eso la hacía vulnerable. "
Al día siguiente, mientras Miley estaba en el piso de arriba vistiéndose para ir a trabajar, Clay acorralo a Mack.
—¿ Quieres ganar un poco de dinero? —preguntó a su hermano menor con una mirada calculadora.
—¿Cómo? —quiso saber Mack.
—¿Alguno de tus amigos toma drogas?
Mack titubeó.
—Me parece que no.
—Ya. —Clay se preguntó si debía insistir, pero oyó las pisadas de Miley y decidió no hacerlo—. Hablaremos más tarde. No digas nada a Miley.
Cuando ella entró en la habitación, Mack parecía abatido y Clay nervioso. Llevaba un vestido azul de punto y unos zapatos de tacón de charol negro. No tenia un gran vestuario, pero nadie en el trabajo mencionaba el tema. Eran gente comprensiva y Miley iba arreglada y limpia, a pesar de no tener un presupuesto para ropa como el de Maggie o Tess.
Se retocó el apretado moño y acabó de envolver el almuerzo de Mack justo a tiempo de que subiera al autobús. Frunció el entrecejo cuando vio que Clay no iba con él.
—¿Cómo vas a ir a la escuela? —preguntó.
—Francine viene a recogerme. Conduce un corvette. Un coche estupendo y nuevo de trinca.
Ella lo miró con suspicacia.
Te mantienes alejado de los Harris como te dije? —preguntó.
—Por supuesto —respondió con tono inocente.
Era más fácil mentir que provocar una pelea. Además, su hermana nunca parecía saber cuándo mentía.
Miley se sintió algo más tranquila, a pesar de que esos días no confiaba del todo en él.
—¿Y las sesiones orientativas?
Clay la miró.
—No necesito que me orienten.
—No me importa en absoluto tu opinión —replicó con firmeza—. Nick dice que tienes que ir.
Él se movió, inquieto, y contestó con acritud:
—De acuerdo. Tengo una hora mañana con el psicólogo. Iré.
Miley suspiró.
—Muy bien. Eso está mejor, Clay.
Él le dirigió una mirada pétrea.
—Pero deja de dar órdenes, Miley. Soy un hombre, no un niño al que puedas decirle qué ha de hacer.
Antes de que ella pudiera replicar, Clay salió de la casa, y en ese momento rugió el motor del Corvette. Se subió y el coche desapareció rápidamente en la distancia.
Unos días más tarde Miley llamó al director de la escuela de Clay para asegurarse de que iba. Le dijeron que asistía con regularidad. También acudía a las sesiones orientativas, aunque Miley ignoraba que hacía caso omiso de los consejos del psicólogo. Habían transcurrido tres semanas desde su arresto y aparentemente cumplía con sus obligaciones. Gracias a Dios. Dejó bien instalado al abuelo y se fue a trabajar, sin dejar de pensar en Nick.
ultimamente no se había encontrado con él en el ascensor. Se preguntaba si se había trasladado ya al edificio de los juzgados cuando lo vio de lejos a la hora del almuerzo. Se fijó con cierta tristeza en su curiosa forma de andar, ligera y elegante a la vez. Le encantaba ver cómo se movía.
Ajeno al escrutinio del que estaba siendo objeto, Nick retiró el Mercedes azul del aparcamiento y se dirigió al taller de coches que el padre de los Harris, al que llamaban C.T., utilizaba como tapadera del tráfico de drogas. Era un hecho conocido, pero hacía falta probarlo. Harris era un sesentón casi calvo, con una gran barriga de bebedor de cerveza, grandes ojeras y una nariz perpetuamente enrojecida. Nunca se afeitaba. Observó al joven Nick, más alto que él, apearse del coche en la rampa.
—El mismísimo gran hombre —se burló con acritud—. ¿Busca algo, fiscal?
—No lo encontraría —contestó Nick. Se detuvo ante Harris y encendió un purito con deliberada lentitud Encargué a mi investigador que comprobara si ciertos rumores que no me gustaban eran ciertos, y lo que descubrió me gusta menos todavía. Así pues, decidí venir y averiguar yo mismo qué está pasando.
—¿Qué clase de rumores?
—Que tú y Morrely os estáis preparando para una territorial. Y que vas a dedicarte a los niños de la escuela primaria local.
—¿Quién, yo? ¡Eso es pura basura! —exclamó Harris con fingida indignación—. Yo no negocio con los niños.
—No, no tienes que hacerlo. Tus hijos lo hacen por ti.
—Exhaló una nube de humo intencionadamente hacia el rostro de Harris—. Por eso he venido a decirte que vigilo la escuela y te vigilo a ti. Si algún niño recibe una raya de coca o un gramo de crack, voy a encerraros a ti y a tus chicos. Cueste lo que cueste, no importa qué tenga que hacer, te cogeré. Quería darte el mensaje en persona.   
—Gracias por la advertencia, pero se ha equivocado de tipo. Yo no tengo nada que ver con las drogas. Tengo un taller, me dedico a reparar coches. —Harris miró más allá de Nick hacia el Mercedes—. Bonito cacharro. Me gustan los coches extranjeros. Podría arreglárselo.
—No es necesario. Pero me acordaré de ti —se burló Nick.
—Hágalo. Venga cuando quiera.
Nick saludó secamente con la cabeza y subió al coche. Harris lo observó con expresión furiosa mientras se internaba de nuevo en el tráfico.
Más tarde, Harris reunió a sus dos hijos.
—Nick va por mí. No podemos permitirnos ninguna equivocación. ¿Estáis seguros de que ese Cyrus es de fiar?
—¡Desde luego! —exclamó Son con una sonrisa torva. Era más alto que su padre y tenía el cabello oscuro y los ojos azules. Con su aspecto agradable eclipsaba a su hermano menor, rechoncho y sonrosado.
—Dejará de serlo si el fiscal del distrito se entromete demasiado —comentó el padre con tono sombrío—. ¿Tenéis prevista esa complicación?
No hay problema —contestó Son con tranquilidad—. Por eso dejamos que le cogieran con los bolsillos llenos de crack. Aunque no lo encerraran, no se olvidarán de él. La próxima vez podemos ponerle una soga al cuello, si es preciso.
—Pueden utilizar sus antecedentes en un tribunal de menores —recordó el hermano menor.
—Escuchad —dijo Harris a sus hijos—. Si Nick le vuelve a poner las manos encima a ese chico, podéis apostar a que lo tratará como a un adulto. Simplemente aseguraos de tenerlo bajo control. Entretanto —añadió pensativo—, trataré de mantener alejado a Nick. Sería conveniente quitarle de en medio antes de que nos hinque los dientes.
—Mike, el del almacén de heno, sabrá quién puede ocuparse de ese asunto —sugirió Son con una mirada aguda.
—Bien. Pregúntale —dijo, y añadió—: Hazlo esta noche. La legislatura de Nick termina este año tiene que darse prisa. Puede que seamos su baza par ganar las elecciones.
—Cyrus dice que no volverá a presentarse replico Son.
El viejo Harris lo miró fijamente.
—Todo el mundo lo dice, pero yo no me lo trago. ¿Qué hay de la operación en la escuela?
Está todo resuelto —aseguró Son—. Contamos con Cyrus para llevarla a cabo. Su hermano pequeño estudia allí.
—¿Y el pequeño está de acuerdo?
Son alzó la vista.
—Tengo una solución para eso. Dejaremos que Cyrus nos acompañe en una operación de compra, de modo que el proveedor pueda echarle un buen vistazo. Después el chico estará en mis manos.
—Buena idea —opinó el viejo con una sonrisa—. Podrias jurar que fue el cerebro del asunto y Nick se lo tragaría. Adelante, pues.
—Eso está hecho, papá.

Una tarde, al volver del trabajo, Miley vio a Clay hablar seriamente con Mack. Éste soltó un improperio y salió a toda prisa. Clay parecía incómodo cuando la miró, Miley se preguntó qué ocurría. Probablemente otra pelea
Los chicos nunca parecían estar de acuerdo esos días. Puso la lavadora y preparó la cena. Entretanto soñaba despierta con el fiscal del distrito y se imaginaba hermosa, radiante y rica.
—Tengo que ir a la biblioteca, Miley —exclamó Clay mientras se dirigía a la puerta.
—¿Está abierta hasta tan tarde ... ? —empezó , pero la interrumpió un portazo, luego otro y, finalmente, oyó el rugido del motor de un coche.
Corrió hacia la ventana. "Los hermanos Harris", se dijo furiosa. Le habían dicho que se mantuviera alejado de ellos. El señor Brady le había prevenido, y también ella. Pero, a menos que lo atara, le era imposible retener a Clay. No podía decírselo al abuelo porque había pasado un mal día y se había acostado temprano. Si al menos tuviera con quien hablar...
Mack estaba sentado a la mesa de la cocina haciendo sus deberes de matemáticas sin una queja, extrañamente silencioso e inquieto.
—¿Quieres que te ayude en algo? —preguntó Miley deteniéndose junto a él.

—No. Es sólo que Clay me ha pedido que hiciera algo y le he dicho que no. —Le dio vueltas al lápiz entre los dedos—. Miley, si sabes que algo malo va a ocurrir y no se lo dices a nadie, ¿también eres culpable?
—¿A qué te refieres?
—Oh, a nada en particular —dijo Mack de forma evasiva.
Miley titubeó.
—Bueno, si uno sabe que algo malo está pasando, debe decirlo. No creo que haya que ser un chivato, pero si se trata de algo peligroso se debe informar de ello.
—Me parece que tienes razón. —Volvió a concentrarse en sus deberes dejándola tan intrigada como antes.
Clay acompañó a los hermanos Harris a recoger una entrega de crack. En las últimas tres semanas había aprendido mucho sobre cómo encontrar compradores para los Harris. Sabía qué niños eran maltratados en casa, quiénes tenían problemas con los estudios, quienes se sentían atraídos por cualquier cosa que estuviera fuera de la ley. Ya había realizado un par de ventas y le parecía increíble el dinero obtenido, incluso con su pequeña comisión. Por primera vez tenía dinero para lucirse y Francine estaba pendiente de él. Se había comprado unas cuantas cosas, como camisetas y vaqueros de marca, aunque las guardaba en la taquilla de la escuela para que Miley no se enterase. Ahora quería un coche, pero no estaba seguro de cómo impedir que Miley lo descubriera. Pensó que podía dejarlo en casa de los Harris. Sí, era una buena idea. O en la de Francine.
Todavía estaba indignado por la actitud de Mack. Le había pedido que lo ayudara a encontrar compradores en la escuela primaria, pero su hermano, furioso,se había negado a hacer tal cosa. Además, le amenazó con decírselo a Miley, pero Clay le había desafiado a hacerlo. Sabía ciertas cosas de Mack que podía revelar, como esas revistas eróticas que escondía en el armario o la navaja que había obtenido mediante un trueque en la escuela y cuya existencia Miley desconocía. Mack se había echado atrás, pero la forma en que había reaccionado hizo que Clay se sintiera algo inquieto. No creía que su hermano le acusara, pero siempre es difícil prever como van a actuar los niños.
Llegaron al punto de encuentro, una pequeña cafeteria abandonada en las afueras, en la que esperaba una  pareja de proveedores en un todo terreno. Clay pensó que los Harris se comportaban de manera extraña, pues habia advertido la forma en que intercambiaban miradas. Además habían dejado el motor en marcha. Se pregunto si estaba viendo fantasmas.
Adelántate tú con el dinero —dijo Son a Clay dandole una palmada en la espalda—. No hay de qué preocuparse. Siempre actuamos con cautela, por si acaso los polis tratan de cogernos, pero esta noche está despejado.Así pues, ve hasta ahí y entrega el dinero. Clay titubeó. Hasta entonces sólo se había tratado de pequeñas cantidades de cocaína. Esta operación lo convertía en un comprador, un traficante, y lo encerrarían durante años si lo cogían. Por un instante sintió pánico al imaginar cómo afectaría algo así a Miley y al abuelo. Pero se dominó y alzó el saco de lona que contenía el dinero. No le cogerían. Los Harris conocían bien su terreno. Todo saldría bien. Y ese proveedor no estaría muy ansioso por delatarle porque Clay podía devolverle el favor.
Para cuando se aproximó a la figura de negro, con una cazadora anticuada, que permanecía de pie junto al Mercedes—Benz último modelo, casi alardeaba de autoconfianza. No dijo una palabra al proveedor. Tendió el dinero, que fue comprobado, y le entregaron la cocaína en otro saco. En la televisión, había visto a los camellos comprobar la mercancía, pero al parecer en la vida real la calidad de la droga estaba garantizada. Los hermanos Harris no parecieron preocuparse en absoluto al respecto. Clay cogió la bolsa, asintió con la cabeza y, con el corazón palpitándole aceleradamente y la respiración entrecortada, volvió a donde Son y su hermano esperaban. Era como un "viaje", algo alucinante: había superado su propio miedo y por una vez había hecho algo peligroso. Le brillaban los ojos cuando llegó al coche.
—Bien. —Son esbozó una amplia sonrisa—. Buen tío. Ahora eres uno de los nuestros.
—¿Lo soy? —preguntó Clay con tono dubitativo.
—Claro. Eres un traficante, exactamente como nosotros. Y si no cooperas, Bubba y yo juraremos que eras el cerebro de la operación y que tú planeaste esta compra.
—El proveedor sabe que no es así —apuntó Clay.
Son soltó una carcajada.
—No es un proveedor —comentó mirándose las uñas—. Es uno de los trabajadores de papá. ¿Por qué crees que no comprobamos la mercancía antes de que entregaras el dinero?
—Si sólo es uno de los empleados de vuestro padre... —Clay trataba de entenderlo.
—Había una patrulla de vigilancia al otro lado de la calle —comentó Son sin darle importancia—. Te tienen fichado. No podían detenerte porque no había tiempo para conseguir refuerzos y sabían que correrías. Pero disponen de una filmación, probablemente con sonido, y todo lo que necesitan es una declaración de los testigos para tener un caso sólido en tu contra. Has comprado cocaína, un montón de cocaína. Al empleado de papá no le importaría pasar un tiempo a la sombra, pues se le pagaría por ello. Además, siempre podemos sobornar a alguien para que salga. Contigo no seremos tan considerados, por supuesto.
Clay sintió que su cuerpo se tensaba.
—¡Creía que confiabais en mí!
—Es sólo para estar bien seguros, amigo  puntualizo Son—. Queremos que tu hermanito indague un poco por nosotros en la escuela primaria. Si coopera, tú te librarás de la cárcel.
—Mack ha dicho que no. ¡Ya ha dicho que no!— empezaba a sentirse histérico.
—Entonces será mejor que le hagas cambiar de opinión no crees? —ironizó Son con una mirada aguda y amenazadora Si no, acabarás en la sombra durante mucho, mucho tiempo.
Así de fácil, estaba en sus manos, no podía saber que los supuestos patrulleros no eran más que unos amigos de los Harris, inofensivos, ni que habían persuadido a Francine para que fuera amable con él y así tenerle bien atado. Sí, el pez había mordido el doble anzuelo y ni siquiera podía sospechar lo atrapado que estaba en realidad. Todavía no.

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