Miley lo miró y supo que esperaría toda la vida si eso significaba volver a sentir algo parecido. Entonces él bajó la cabeza y le rozó los labios con los suyos, tan suavemente que pudo notar su respiración.
—Preciosa... —susurró mirándola fijamente—. Espérame.
Después desapareció de su lado y fue como quedarse en el vacío más absoluto. Se había ido y de pronto ella tenía frío, la había privado de su calor. Pero iba a volver, había prometido que volvería y eso la hacía sentir menos frío. Se quedó allí parada unos segundos. Sólo serían diez o veinte minutos, pero no sabía qué hacer, dónde esperarlo para estar segura de que la encontraría.
Se fue a la barra y pidió una botella de agua. Lo mejor sería no pensar en el tiempo, así transcurriría más rápido... pero cada minuto se le hacía eterno.
El grupo dejó de tocar y salió al escenario un hombre que agarró el micrófono. Estupendo, un monólogo cómico, al menos eso la distraería del paso de los segundos.
Nick maldijo en voz alta tapando el auricular del teléfono. La crisis era mayor de lo que había pensado. Enid estaba a su lado armada de lápiz y papel y haciendo oídos sordos a sus comentarios. Su eficiente secretaria había improvisado una oficina en una pequeña habitación en la que había colocado un par de sillas, un teléfono y un fax. No necesitaba ordenador porque no era momento para recibir o mandar e-mails. Lo que quería era acción.
La agencia del Reino Unido había elegido el mejor momento del mundo para venirse abajo. La noticia había aparecido en la prensa y ahora había cientos de clientes exigiendo ayuda. Bueno, había cosas peores; ya había tenido que enfrentarse a caos mayores, igual que sin duda los habría en el futuro, pero... ¿por qué justo esa noche? Ya llevaba allí cuarenta minutos y no podría irse hasta localizar al director de la oficina inglesa al que tenía que hacer algunas preguntas.
Agarró un lapicero y comenzó a dar golpecitos en la mesa con nerviosismo. Justo entonces se oyeron risas procedentes del salón de baile y la mente de Nick fue hasta la mujer que había dejado allí, esperándolo. O eso esperaba.
Todavía podía sentirla en sus brazos, recordaba la magia con la que sus cuerpos habían flotado juntos, moviéndose al ritmo de la música. Ahora quería que aquella curvilínea figura se moviera con él a otro ritmo muy diferente, un ritmo que crearían juntos. Algo le dolía al imaginarlo. Él era un tipo normal al que le gustaba el sexo, pero lo cierto era que hacía mucho tiempo que no había deseado a nadie con tanta fuerza como deseaba a esa mujer.
Había algo especial en ella. Ese cuerpo, esos labios carnosos... Iba disfrazada de Cleopatra y él de Marco Antonio, debía de ser cosa del destino.
Volvió a mirar el reloj. ¿Qué pasaría si conocía a otro? La idea de verla con otro hombre, bailando, abrazándose y quizá incluso… hacía que le rechinaran los dientes. Era tan encantadora, sus labios eran tan dulces, que la idea de que alguien pudiera saborear su boca y algo más...
El lápiz se partió en dos.
La llamada se cortó al otro lado. Nick colgó el teléfono y buscó otro número al que llamar. Iba a localizar a ese tipo e iba a conseguir que se hiciera responsable de lo ocurrido.
No iba a volver. La triste realidad la golpeó como un mazazo. Hacía casi dos horas que se había ido; el humorista había terminado su monólogo y la actuación de la banda había dejado paso a la música grabada. O la llamada que tenía que atender lo había entretenido más de lo que él había pensado, o había encontrado a otra persona y había cambiado de opinión.
No había ninguna duda sobre cuál de las dos cosas era la más probable. Se había estado engañando al creerse tan especial. Se estaba haciendo tarde, así que se marcharía a casa. Quedarse allí más tiempo no haría más que aumentar la sensación de frustración que había sustituido a la euforia.
No iba a volver.
Echó un vistazo a su alrededor, la fiesta estaba en su apogeo; se oía la música, risas y conversaciones por todas partes. La velada no había sido una pérdida de tiempo; había charlado con varias personas, se había reído con el humorista y hasta había sido divertido acercarse a las mesas de comida y fijarse en todos aquellos pequeños canapés y aperitivos. Al menos todo ello la había distraído del paso del tiempo.
Pero ahora había llegado el momento de irse a casa. No había ningún motivo para quedarse.
— ¿Bailas?
Se trataba de un canguro de metro ochenta de estatura.
—Me iba ya.
— ¿Sólo un baile antes de marcharte? Será divertido. ¿O es que alguna vez has bailado con un canguro?
—Pues no, la verdad.
—Entonces no puedes dejar pasar la oportunidad —sentenció el canguro tendiéndole la pata.
Miley aceptó la invitación riéndose. Un baile no podía hacerle daño a nadie, desde luego no sería nada parecido al que había compartido con Nick, pero podría ser divertido y además, así tendría algo que contarle a su madre por la mañana. Seguro que se reiría al saber que su hija había estado bailando con un enorme canguro.
Y lo cierto fue que se rió mucho intentando evitar los pisotazos de sus patas traseras y los empujones de su cola, era imposible no divertirse.
Todavía estaba allí.
Al principio no la había encontrado y se había temido que se hubiera marchado sin decirle quién era, pero entonces la vio en la pista de baile. Dios. Era aún más bella de lo que recordaba. Tenía una sonrisa que le iluminaba todo el rostro y se movía deliciosamente al ritmo del rock and roll que estaba sonando.
Comprobó sin preocupación alguna quién era su acompañante, un canguro no era problema para él. Se había enfrentado a adversarios mucho más fuertes, como el director de la agencia de Londres con el que por fin había conseguido hablar y que ya era historia en el mundo de los negocios.
Se acercó rápidamente antes de que acabara el tema y alguien tuviera oportunidad de pedirle el siguiente baile. Ya habían perdido demasiado tiempo en lo que iba de noche. Había llegado el momento de hacerla suya.
¿Qué la hizo volverse a mirar? No podía haber oído nada por encima del sonido atronador de la música, pero algo la había impulsado a girarse. Algo la había hecho mirar.
No, no había sido algo sino alguien.
Nick. Había vuelto e iba directo hacia ella. Había vuelto por ella. Se le cortó la respiración al verlo atravesar la pista de baile con paso decidido, parecía un general que regresaba triunfante de la batalla. No se dio cuenta de que había dejado de bailar hasta que el canguro le dio un golpecito en el hombro.
— ¿Estás cansada? Aquí hace un calor insoportable. Voy por algo de beber, ¿quieres algo?
Sabía que estaba negando con la cabeza, pero poco más. Toda su atención se centraba en Nick; seguía llevando el antifaz, pero podía sentir su mirada sobre ella. Se sentía poderosa al comprobar que no podía apartar los ojos de ella igual que ella no podía apartarlos de él.
—Bueno, gracias por el baile —se despidió el pobre canguro al darse cuenta de que no estaba haciéndole el menor caso.
Con el último paso, Nick se quedó a sólo unos centímetros y le agarró la mano para llevársela a los labios.—Bueno —susurró cuando por fin retiró la boca—. ¿Dónde nos habíamos quedado?
El rock and roll dio paso a una suave balada de Robbie Williams que le dio a Nick la excusa perfecta para acercarla a su cuerpo. Todo en ella reaccionó de inmediato; se le puso la piel de gallina y los pezones se endurecieron al notar que su presencia la acariciaba en lugares que sus ojos no podían alcanzar. De pronto la tenía abrazada y Miley no pudo hacer otra cosa que rendirse a la agradable sensación de poder descansar la cabeza sobre su pecho. La rígida pechera del traje no era muy cómoda, pero cuando respiraba podía notar aquel aroma natural y masculino que estaba volviéndola loca.
Nick descansó la cabeza sobre la de ella mientras sus manos la apretaban juntando sus cuerpos tanto como era posible sin quitarse la ropa. Respiró hondo intentando identificar su perfume, pero no pudo dar con él. Además llevaba peluca, lo cual no era de mucha ayuda... Era un aroma intenso y sofisticado, igual que ella. Pero había algo más, algo que lo despistaba enormemente. Lo único que sabía con seguridad era que olía a mujer y eso le encantaba.
Además sus cuerpos parecían encajar a la perfección y algo le hacía pensar que encajarían igual de bien en todo. Ella se amoldaba a su cuerpo como si fuera su lugar natural. Sus pechos tersos pero firmes, la delicadeza de su cintura y la curva de sus caderas. Era perfecta.
Movió las manos lentamente explorando su espalda y disfrutando de la sensual reacción que percibía en ella. Lo único que no le gustaba era aquella máscara, la despojaría de ella en cuanto tuviera la menor oportunidad.
Quería verle los ojos al alcanzar el clímax.
Aquel pensamiento le hizo ponerse en tensión y darse cuenta de dónde estaban. No sabía qué habría hecho un romano de la antigüedad en su situación, pero desde luego a él no le gustaba nada la idea de que su traje delatara el deseo que sentía en mitad de la pista de baile, frente a quinientos empleados. Tenían que salir de allí en aquel momento que todavía podía pensar con claridad.
—Vámonos de aquí —le susurró al oído.
Miley se sentía demasiado débil como para contestar, estaba perdida entre tantas sensaciones nuevas y maravillosas. ¿Sería aquello lo que provocaba la seducción? Desde luego ella jamás había experimentado la sensación de tener fuego líquido recorriéndole el cuerpo, ni la ausencia total de pensamientos reales. Todo su ser estaba concentrado en la idea de continuar sintiendo hasta alcanzar algo irresistible... e inevitable.Deseaba más, quería que siguiera haciéndola sentir así. Lo deseaba a él.
Aquello era totalmente nuevo para ella. Nunca había experimentado tal ansia por un hombre. Bryce jamás la había hecho sentir así en los dos años que había durado su relación. Con él siempre había visto el sexo como una especie de obligación.
Lo que estaba ocurriéndole ahora con Nick era algo muy diferente. Hacer el amor con él parecía parte de su destino, un destino que no podía negar ni cambiar. Y dejó que él la dirigiera hacia dicho destino del mismo modo que la dirigió hacia la puerta del salón y después a una de las habitaciones cercanas.
Él cerró la puerta y, con la misma pasión y rapidez, hizo que ella se quedara con la espalda pegada a una pared. En sólo una décima de segundo, sus bocas se juntaron ansiosamente, sus lenguas se unieron en un baile frenético.
El sabor intenso y masculino de sus labios, de su lengua hizo que Miley se dejara llevar por la deliciosa sensación. Una de sus manos se apoderó de su pecho mientras la otra le agarraba la nalga dejándola sin respiración. Todos sus músculos se pusieron en tensión y él recibió encantado el roce de su vientre contra su creciente excitación.
Nick rugió con tensión e impaciencia por encontrar el alivio a tanto deseo, mientras ella gemía y su cuerpo se estremecía bajo sus manos.
Entonces se abrió la puerta de la habitación y alguien murmuró una disculpa apresurada antes de desaparecer. Nick retiró la boca y le agarró la mano.
—Vamos —dijo sacándola de allí.
Lo siguió por los pasillos de la primera planta del edificio hasta llegar a dos enormes puertas de madera. Era la sala de juntas. Él sacó la tarjeta que le permitía abrir todas las puertas de la empresa y que les dio paso al interior. El sonido del cerrojo resonó en la habitación vacía.
Miley respiró hondo y trató de pensar con lógica. Ya no había marcha atrás, ni posibilidad de cambiar de opinión. Claro que tampoco tenía intención de hacerlo, de ningún modo iba a perderse el placer de continuar hasta llegar al momento inevitable.
Tiró de ella hasta el centro de la habitación, aunque ella no necesitaba que la persuadiera. Estaban solos en aquella habitación, casi a oscuras, iluminada sólo por la luz de la luna que se colaba por las persianas venecianas de las ventanas.
La vista de Miley se adaptó en seguida a la falta de luz y de pronto tuvo la sensación de viajar en el tiempo. En ese momento ella era Cleopatra y él su Marco Antonio.Él levantó una mano hasta rozar su máscara.
— ¡No! —susurró ella alejando el rostro. No podía engañarse, él jamás estaría allí si supiera quién era ella. Sólo cuando todo hubiera acabado y ya no pudiera cambiar de opinión, le dejaría que le quitara la máscara.
Sin duda se enfadaría con ella; peor aún, se sentiría decepcionado. Su fantasía acabaría de golpe, pero al menos tendría aquel recuerdo para siempre.
A la pálida luz de la luna, vio una incipiente sonrisa en su rostro.
—Muy bien, como tú quieras. Ahora hay cosas más urgentes.
Poniéndole las manos en la cintura, la levantó del suelo y la sentó sobre la enorme mesa de madera como si fuera una pluma. Después le bajó el vestido hasta dejarle los pechos al aire. Sólo con sentir su mirada sobre ellos, Miley notó cómo se le endurecían los pezones. Él emitió un rugido de placer justo antes de inclinarse sobre ella y llevarse a la boca la rosácea cumbre de uno de sus senos. Los pulmones se le llenaron de aire de golpe, haciendo que sus pechos se levantaran aún más y se acercaran a él. Podía sentir su lengua paseándose por su pecho y dándole el mismo placer que sus manos acariciándole los muslos, separándolos para hacerse un hueco entre ellos.
Ella le pasó las manos por la cabeza y después por el cuello, hasta llegar a aquellos hombros anchos y fuertes.
— ¡Dios! —exclamó él al alcanzar la tela húmeda de su tanga.
Pero la diminuta prenda no fue obstáculo para seguir explorando la parte más íntima del cuerpo femenino. Arrastrada por la oleada de placer, ella deseó poder tocar también cada centímetro de su piel, pero su traje se lo impedía causándole una tremenda frustración.
Él no tardó en darse cuenta y dar un paso hacia atrás para despojarse de la pechera y de la túnica. Regresó a su lado casi desnudo, sólo llevaba unos calzoncillos negros y las sandalias de cuero. Miley tiró de él y dio rienda suelta a sus ansias de explorar aquella piel aceitunada y tersa mientras él reanudaba las caricias que estaban haciéndola perder el sentido.
—Eres tan bonita —murmuró con la boca pegada a su pecho al tiempo que sumergía las manos en la humedad de su cuerpo.
La levantó de la mesa suavemente para poder quitarle el tanga y tirar de ella hasta el borde del tablero, hasta que estuvo a sólo unos milímetros de la erección que su ropa interior no podía ocultar.
Era tan grande.
La impaciencia se apoderó de ella. Deseaba sentirlo dentro de sí, y él debía sentir lo mismo porque en un rápido movimiento, se despojó de los calzoncillos y quedó libre. Incluso en la oscuridad, se le veía magnífico, poderoso, lleno de energía. Miley alargó la mano para poder sentir ese poder, para guiarlo hasta ella. Apretó la mano hasta hacerle gemir.Aquella mujer era una fantasía hecha realidad, una fantasía que no iba a escapársele. Tenía que poseerla, tenía que sentirla rodeándolo con sus piernas, apretándolo por dentro, deshaciéndose en espasmos de placer.
Su mano se movió con más rapidez y... adiós a todo pensamiento racional.Le agarró la muñeca para poder retirar la mano que le impedía acercarse a ella, sumergirse en la humedad de aquel cuerpo que lo recibió como si fuera su hogar natural. No necesitaba más invitación. Entró en ella con rapidez y suavidad. Ella gritó algo incomprensible, pero él reconoció la expresión del éxtasis que él también había sentido al unirse sus cuerpos.
Se retiró ligeramente sólo para volver a adentrarse en aquella delicia. Ella apoyó las manos en la mesa y echó la cabeza hacia atrás haciendo que la falsa melena larga cayera en cascada.
Era un placer verla moverse estando dentro de ella. Le besó el cuello, en el mismo punto en el que podía ver moverse su pulso y al notar cómo se aceleraba supo que, aunque deseaba que la sensación se prolongara lo máximo posible, no podría aguantar mucho más.
Era imposible.
No podía hacer nada por controlar lo que ya se había desatado dentro de su cuerpo, sobre todo cuando se dio cuenta de que ella estaba experimentando las inconfundibles sacudidas del clímax. Al vaciar su interior en ella, emitió un grito espontáneo y primitivo.Tiró de ella hasta sentarse en una de las butacas de piel con ella en el regazo.¡Dios!
Miley no había sabido qué esperar, pero desde luego no se había preparado para algo así. Su cuerpo seguía acalorado mientras su pulso y su respiración intentaban recuperar el ritmo normal... Y su cerebro trataba de volver a la realidad.
¿Qué había hecho?
Respiró hondo y trató de buscar la lógica a lo que acababa de suceder. Acababa de hacer el amor con el jefe, y no se trataba de un jefe cualquiera, sino de Nick Jonas.
Y lo que era más, no habían utilizado protección. Nada. Ni siquiera se habían detenido a pensar en ello. Debía de haberse vuelto loca. Ella no era tan imprudente y sin embargo un momento de pasión, una caricia de Nick y el sentido común la había abandonado por completo.Debía de estar loca.
Él seguía acunándola en su regazo, acariciándole la espalda mientras su cuerpo ya daba signos de haberse recuperado.
La lánguida sensación de placer fue desapareciendo a medida que la realidad se impuso en su mente. Intentó levantarse sin tocarlo demasiado. ¿Cómo iba a explicar lo que había sucedido? ¿Cómo iba a poder volver a mirarlo a la cara? La vergüenza y el sentimiento de culpabilidad se apoderó de ella.
Tenía que salir de allí inmediatamente, antes de que descubriera quién era. Podría llegar a perder el trabajo por algo así..., quién sabía cómo reaccionaría Nick. No podía permitirse tal riesgo en la situación en la que se encontraba su madre y con todos los gastos hospitalarios que se avecinaban.Tenía que irse enseguida.
— ¿Qué ocurre?
Miró a la puerta y el corazón le dio un vuelco al pensar en lo que iba a hacer. Él estaba desnudo, así que podría alejarse antes de que tuviera la oportunidad de vestirse y seguirla.
—Tengo... sed.
—Yo tengo la solución a tus problemas —dijo poniéndose en pie y dándole la ocasión perfecta para subirse el vestido y ponerse la ropa interior—. No te lo pongas —le pidió acercándose a darle un beso en los labios todavía enrojecidos—. Todavía no hemos terminado el uno con el otro. Yo diría que nos queda mucho que explorar...
Miley se aferró a la tela del vestido como si fuera un salvavidas, intentando no hacer caso del deseo que despertaban sus palabras en ella.
Quería poseerla de nuevo.
Ojala no se lo hubiera dicho, porque no quería arrepentirse de nada... pero tampoco quería pasar las noches en vela, en su cama vacía pensando en los placeres que se había perdido.
Nick cruzó la habitación desnudo hasta el mueble bar que había al fondo. Ella lo observó maravillada, no podía apartar la mirada de él. Pero aquélla era la oportunidad perfecta.
Salió corriendo de allí, cerrando la puerta con un portazo. Oyó el grito que la llamaba, pero sabía que no podía detenerse. Corrió por el largo pasillo en el que retumbaba el sonido de sus tacones e incluso habría jurado que también lo hacían los latidos de su corazón.
Alcanzó la puerta principal y se volvió a comprobar con alivio que nadie la seguía. Lo había conseguido.
Estaba a salvo.
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