sábado, 3 de marzo de 2012

Capitulo 1.-

-¿Nos conocemos? -preguntó el jovencito de la tienda, mirándola fijamente.
La joven se guardó el cambio en su bolso.
-No lo creo.
De pronto, el chico sonrió. Su duda se había des­vanecido.
-Ahora sé de qué se trata. Te pareces mucho a Miley Cyrus. Es la que interpreta el papel de Cielo en la telenovela Los Triunfadores. Mi madre nunca se la pierde. Se toma muy en serio esas telenovelas y le preocupa mucho que hayan matado a Cielo -señaló el empleado, tomando la bolsa con la mercancía que aca­baba de comprar la joven.
-Yo la llevaré -indicó la chica-. No pesa mucho.
-Es muy pesada para una mujer de tu estatura -le sonrió-. Estoy seguro de que con frecuencia te confun­den con Miley Cyrus.
-No, esta es la primera vez -repuso al abrir la puerta.
-También estoy seguro de que tiene un Mercedes -bromeó, al mismo tiempo que abría el maletero del Ford aparcado frente a la puerta del supermercado-. Aunque tampoco tengo ninguna duda de que nadie querría estar en su pellejo ahora: Se ha quedado sin trabajo. Creo que si tenía un Mercedes, va a necesitar cambiarlo por un coche más modesto.
-Gracias -expresó ella, antes de cerrar la puerta.
-¿Estás alojada cerca de aquí?
-No, estoy de paso.
-¡Cómo me gustaría hacer lo mismo! -expresó mientras contemplaba la solitaria carretera.
Cuando Miley se alejó, estaba temblando. «¡Vaya un disfraz!», pensó. Se quitó el gorrito de lana y lo arrojó al asiento trasero, al tiempo que se echaba la melena rubia hacia atrás.
Fijó sus hermosos ojos azules en el horizonte que se abría ante ella. Los duendecillos de su conciencia no la dejarían en paz. Volvía a casa tras ocho años de ausen­cia y volvía demasiado tarde. Jamás podría cambiar ese hecho.
Apenas cuatro días antes, ni siquiera sospechaba lo que le esperaba. Durante el viaje en avión desde Los Ángeles, lo único que había ocupado su mente era la novela que tanto había deseado escribir, pero nada más entrar en su casa de Londres, su optimismo se hizo pedazos.
Grant le notificó la muerte de su abuela con un mes de retraso. Demasiado tarde para asistir al funeral.
-Murió mientras dormía -le había comentado-. No habrías conseguido una reconciliación en su lecho de muerte.
Deliberadamente, Grant no le había informado an­tes acerca del fallecimiento. Si ella hubiera abandonado el rodaje de Los Triunfadores para volar de regreso a Inglaterra, habría trastornado el calendario de produc­ción. Y tampoco habría participado en la última pelí­cula de Grant. Pero esa no fue la única razón por la que él guardó silencio acerca de la muerte de Martha Cyrus.
Inevitablemente ella le recriminó su comportamien­to y tuvo lugar una violenta polémica.
Los dos se dije­ron cosas que nunca debieron decirse. Rara vez Grant aceptaba la censura. Era una estrella internacionalmen­te reconocida, que contaba con veinte años de sólido prestigio. La humildad le era casi desconocida, y cuan­do alguien se le enfrentaba, recurría a la malicia de un niño caprichoso. Lo cierto era que la brecha existente en su relación databa de muchos años atrás, algo que Miley aceptaba con desagrado.
Ninguno de los dos se enteró de que el sirviente los estaba espiando y escuchando detrás de la puerta, ni que obtuvo mucho dinero vendiendo a los periódicos las insólitas revelaciones de su vida privada.
 La noticia de su ruptura figuró en los titulares de los diarios del día siguiente. La víspera, ella había abando­nado su residencia para refugiarse en un hotel. En cuanto a Grant, se fue al sur de Francia con Emma Simons, una compañera de rodaje. Las noticias sensa­cionalistas siguieron apareciendo en los diarios a lo largo de tres días.
Se dijo que nada de eso afectaría a Grant: A excep­ción de la filtración de su última aventura, consideraba positivo cualquier tipo de publicidad, amén de que no pensaba que la reputación de una mujer fuera algo importante.
A pesar de todo, a Miley le divertía el hecho de que la prensa todavía no hubiera revelado el mayor de sus secretos.
Había sufrido mucho a raíz de los últimos aconteci­mientos, cuando se dio cuenta que había estado viviendo una mentira.
Su coche seguía devorando kilómetros. A las doce del día el sol deshacía las nubes, mientras Miley se acercaba cada vez más a su destino.
Dos realidades habían ensombrecido su infancia. Por un lado, la muerte de su madre al nacer ella; por otro, el hecho de que Jenny Cyrus no se hubiera casado. Los abuelos Cyrus se hicieron cargo de ella, tan sólo por obligación. En su educación, el amor había representado una mínima parte. Como era una niña solitaria, pasó inadvertida en el hogar y con dificultad consiguió entablar relaciones con los otros niños de la escuela de la localidad.
Los recuerdos volvían a ella, entretejidos con las hermosas facciones de un hombre: Nick. Furiosa, se rebeló contra su propia sensibilidad. Nick Jonas ha­bía ocupado sus pensamientos de adolescente en una medida mucho mayor de la que estaba dispuesta a aceptar.
Sus abuelos habían sido los inquilinos más pobres de la finca Jonas. Su abuelo fue un hombre amargado­ y huraño, que culpaba a los dueños de la tierra y a sus vecinos de sus ineficaces métodos de cultivo. Miley tenía cinco años cuando habló por primera vez con Nick, un joven delgado de unos diez años, que le inspi­raba temor.
En aquel tiempo, Nick estudiaba en una escuela cara, y los fines de semana los dedicaba a divertirse a su modo. Después del terror que le había inspirado a Miley en su primer encuentro, fueron necesarios varios meses para que ella volviera a acercársele.
Nick la había inducido a que confiara en él, y para ello había colocado golosinas en lugares estratégicos, los que ella prefería. Tenía el temperamento violento, desconfiado y tímido de un animal, pues no estaba acostumbrada a recibir atenciones ni a tener compañía. Años después, Nick le confesó que había utilizado el mismo método con un zorro, aunque había fracasado con él.
Como estaba hambrienta de afecto, Nick se ganó facilmente su devoción. La sacó de su aislamiento y, gracias a eso, la escuela no fue una dura prueba para ella. El había mejorado sus escasos conocimientos de gramática; la había ayudado a leer. Después Miley si­guió todos sus pasos.
Para ella, amarlo fue una cosa tan natural como respirar. Ni siquiera recordaba el momento en que la admiración infantil se convirtió en algo más profundo, en algo poderoso. En todo caso, no fue un enamora­miento repentino.
Desde muy joven aprendió a distinguir las diferen­cias que los separaban. Todavía podía recordar la cara de la madre de Nick, mirándola con repulsión desde el umbral de su elegante casa.
-No puedes meter en casa a esa sucia mocosa, Nick. Que te espere fuera. De verdad, debo establecer una línea divisora -comentaba Sofía Jonas.
Jessie, el ama de llaves de la casa, le había dado a Miley un vaso de leche, en la escalinata posterior de la cocina, cuando la pequeña oyó a la señora Jonas regañándola:
-No sé qué es lo que ve en esa niña... Sí, lo sé, está  abandonada. Es terriblemente doloroso, pero me niego a que entre en mi casa. Conoces bien a la familia, Jessie. Una gente muy extraña, según me han dicho. Llévales alguna ropa de la que ya no nos ponemos. Me siento obligada a hacer algo.
Miley quiso escapar, desahogar su corazón, pero no lo hizo porque estaba esperando a Nick. El respeto a sí misma era muy importante para ella, y Sofía Jonas lo había advertido.
Cuando Miley cumplió dieciséis años, la madre de Nick la acorraló y fue aún más dura con ella.
-Estás asediando a Nick de una forma ridícula, y te aseguro que no te dará resultado -le dijo con dureza-. Una cosa es una amistad duradera y otra este penoso enamoramiento. Miley, no deseo verte sufrir. Lo que quiero decirte es que no pertenecéis al mismo ambiente social. Te estás comportando como una estúpida. ¡Qué pena que no tengas una madre para que te haga ver estas cosas!
Pero Miley no le hizo ningún caso. Con la tenacidad e indiferencia propias de la juventud, se aferró a su amor y a sus sueños. ¿Quién podía haber imaginado en ese momento que su peor enemigo le había dado el consejo más sensato y conveniente?
Despreciándose a sí misma, Miley volvió a la reali­dad. Su coche cruzó con rapidez el puente de piedra que llevaba a la aldea. Mirsby era un disperso conjunto de casas de granito. Hundió el pie en el acelerador para tomar la empinada cuesta. Al llegar a la cima, viró hacia el austero edificio de la iglesia y aparcó frente al cementerio.
El viento le revolvió el cabello, y el frío intenso la hizo temblar. Todos los Cyrus estaban sepultados en la parte más antigua del cementerio. Miley era la última Cyrus, e irónicamente, la única dueña de la tierra. Cuando la finca Jonas fue vendida, su abuelo viajó a Londres para pedirle dinero para comprar la hacienda, pero por orgullo le dijo que pondría la tierra a nombre de ella.
Una de las cartas que había recibido de su abogado contenía una oferta para comprar Lower Ridge. La expresión de su rostro se tornó amarga. No vendería. Lower Ridge nunca volvería a ser de los Jonas.
Arregló los rosales de la tumba. Lo único que podía ofrecer era ese pequeño detalle. Todo lo que su abuelo le había  pedido. Nada más. Respeto y obediencia.
Al salir fue cuando descubrió el viejo Land Rover, aparcado detrás de un coche. Un gran árbol le había ocultado el vehículo así como a su conductor: un hombre moreno, alto y delgado. Los Jonas solían decir que un antepasado suyo se casó con una mujer de estirpe gitana. Nick Jonas tenía todo el porte de esa herencia gitana, que contrastaba con la fisonomía de sus parientes. Su cabello era negro y con rizos, y tenía los ojos oscuros.
Miley procuró disimular su nerviosismo. Eso era lo único que le importaba: no mostrar nunca debilidad ante un enemigo.
Respuesta de la sorpresa inicial, se acercó a él. Nick extendió una mano y cubrió con ella la de Miley, que mantenía cerrada sobre su regazo. Sorprendida, miró su mano, reflexionó sobre ese gesto de simpatía expresada en silencio. Ese mismo hombre la había desdeña­do seis años atrás, en el sepelio de su abuelo. Instinti­vamente retrocedió y rompió el contacto.
-Te vi cuando atravesabas el pueblo en coche.
La voz profunda y distinguida que ella recordaba tan bien, en ese momento le pareció singularmente débil.
Miley arqueó una ceja.
-¿Y? -preguntó, retadora.
-¿Tuve yo la culpa de que no asistieras al sepelio de tu abuela?
-¿Tú?-expresó-. Sigues siendo un Jonas hasta la médula. Sigues engañándote sobre tu propia importancia. No asistí al entierro, Nick, simplemente porque no me enteré.
Nick metió las manos en los bolsillos de la chaqueta.
-Hablé con Maxwell por teléfono unas horas des­pués del sepelio. Pensaba que estabas en Londres, por­que te vi en una entrevista de televisión.
-Había sido grabada previamente.
-Te aseguro que quise hablar contigo personalmen­te, pero Maxwell no me ayudó -declaró, bastante mo­lesto-. Sin embargo, supuse que te transmitiría el men­saje.
Miley encogió los hombros.
-Me lo dio cuando le convino. No sabía que habías telefoneado. Fue un detalle por tu parte, propio de la benevolencia de un Jonas hacia los más desafortuna­dos de la comunidad.
-Recuerda que yo era vuestro vecino más cercano -la interrumpió con acritud.
-En la medida de lo que vale... -suspendió la fra­se-. Gracias.
Nick apoyó una mano en la jamba de la puerta, con lo cual la acorraló con su cuerpo.
-Mira, no creas que te he seguido hasta aquí para jugar a las preguntas y respuestas.
Contenta de haberlo molestado, Miley se apoyó con­tra la jamba de la puerta.
-Dime exactamente por qué razón me has seguido.
Lanzándole una mirada dura, se alejó de ella.
-Muy bien, te debo una disculpa por lo que dije en el entierro de Nat -el tono de su voz era áspero, sin nada de disculpa.
-¿Algo más? -inquirió con frialdad-. Debo ver al cliente de Grant.
-Sucede que yo tengo el único juego de llaves de Lower Ridge.
-¿Por qué? -preguntó con incredulidad.
-He estado vigilando este lugar, no por gusto, sino por que tu abuela me nombró albacea de su testamento.
Miley soltó una risita nerviosa.
-¿De verdad?
-Yo no lo supe hasta que compraste la finca para ellos. De dónde sacaron el dinero para comprarla siempre fue un misterio. Tú sabes que quiero comprar Lower Ridge. La oferta está por encima del precio del mercado. Personalmente, Morgan lo comprobó antes de notificártelo.
-Él se tomó muchas atribuciones sin contar con mi aprobación -observó con tono incisivo-. Hace ocho años fue difícil vender esa finca -replicó-. Y no comprendo por qué la quieres ahora -lo miró desafiante y añadí:. -No, Rodeo Drive encaja mejor con mi perso­nalidad. Es algo propio de mi clase -con amarga satis­facción pronunció las mismas palabras que él le espetó en el sepelio de su abuelo-. ¿Qué derecho tuviste para decirme, eso?
-Tal vez ninguno, pero era la verdad -se mantuvo inflexible-. ¿Qué clase de recibimiento esperabas cuan­do te exhibías en una limusina perseguida por una jauría de periodistas? Pudiste venir recatadamente, pero no lo hiciste. Lograste convertir una ocasión so­lemne en  una escandalosa sesión de publicidad.
-Fue un accidente -exclamó en un impulso-. No sabía lo que hacía.
Ante la mirada fría e inexpresiva de Nick, volvió la cabeza  y miro sin ver los eriales.
-Creo que no llevo las llaves en este momento, pero si las necesitas... -murmuró él.
-Las necesito.
-Volveré a Torbeck a buscarlas.
-Muy bien.
Sin la menor advertencia miró hacia atrás y descu­brió el feroz destello que brilló en la mirada de Nick, antes de que pudiera disimularlo. Incontables hombres habían mirado con deseo a Miley, pero ninguno le había provocado el menor interés. Ese instante de titubeo de Nick la llenó de emoción. «Llora amargamente, Nick. Mira bien lo que dejaste escapar», pronunció la joven en silencio.
-¡Por Dios, Miley, recuerda que fuimos buenos ami­gos! -protestó él.
-Eso pertenece al pasado.
-¿Ya has comido? -preguntó de golpe, lanzando un vistazo a su reloj.
-No, pero te sugiero que vayas a hacerlo con tu esposa -respondió-. Ahí es donde debes estar.
La mirada de Nick se endureció. En el aire flotaba una ardiente hostilidad.
-Selena está muerta, Miley. Falleció en un accidente hace dos años.
Siguió un tenso silencio y Miley lo miró impasible Con un control absoluto sobre sus facciones. «Muer­ta», pensó, pero se negó a reflexionar sobre ese hecho. No llegó a conocer a Selena Jonas. Aquella mujer se las había arreglado para vivir y morir sin enterarse de cuánto la había odiado Miley Cyrus por haberse apro­piado de lo que tan estúpidamente creyó suyo. Había superado ese odio. ¿Por qué odiar a una persona cuyo rostro ni siquiera había llegado a conocer?
Durante unos momentos la dominó la impaciencia.
-Te veré en Lower Ridge dentro de media hora, con las llaves.
Miley asintió mientras él subía de un salto al LandRover. En cuanto se fue, la joven subió a su coche. Le temblaban las manos. Debilitada, descansó la cabeza en el respaldo. Tenía un nudo en la garganta.
Sus abuelos habían insistido en que dejara de asistir a la escuela a los dieciséis años, pero en aquel entonces era difícil conseguir empleo. Por sugerencia de Sofía, estuvo trabajando alguna tarde que otra en la granja­
Nick estudiaba entonces en la universidad y con frecuencia invitaba a sus amigos a pasar allí los fines de semana. Una dimensión nueva y perturbadora había invadido su otrora estrecha amistad, creando barreras que antes no existían.
Nick la rehuía. Cuando la veía, su renuencia a tocar­la era evidente. Interpretaba correctamente esa tensión sexual que la había llevado a comprender la fuerza de sus sentimientos.
Así, analizando el pasado, dejó atrás sus fantasías adolescentes. Ella ni siquiera contaba con el indis­pensable origen social para aspirar a ser una amiga ocasional aceptable. A Nick le había molestado que ella trabajara en las labores domésticas, pero no se lo había dicho explícitamente. Él sabía que sus abuelos habían luchado mucho para sobrevivir.
¿Fue por conmiseración por lo que se presentó en su casa, con un regalo para ella, aquella noche de Navidad? Un brazalete de plata, encantador y delicado. En sus ojos apareció un extraño brillo mientras recibía el regalo, un brillo que había desmentido sus palabras, que no eran sinceras.
Todas las noches de Año Nuevo, los Jonas abrían las puertas de su casa a la mitad del condado. Jessie había persuadido a Martha Cyrus para que Miley durmiera en la granja, porque la fiesta se prolongaría más allá de la medianoche.
Sofía Jonas se encontraba de mal humor aquella noche, porque su marido no había aparecido en todo el día. Continuamente le había telefoneado a Londres, y al no encontrarlo, se había dedicado a descargar su ira entre los sirvientes. Para entonces, Miley ya se había enterado de que los padres de Nick vivían casi separa­dos, debido a las infidelidades de su padre.
Poco antes de la medianoche, un huésped ebrio arrinconó a Miley en el vestíbulo y trató de besarla. Nick lo impidió violentamente, estrellándolo contra una pared.
-No te atrevas a tocarla -rugió.
Mientras el hombre se marchaba, Nick se volvió hacia Miley y la besó inesperadamente, abrazándola, con misma prontitud, se apartó; la joven percibió su aliento a whisky.
-No soy mejor que ese cochino de quien te acabo de librar -pronunció, furioso consigo mismo-. Eres sólo una niña.
-Voy a cumplir dieciocho años -replicó ella.
-Te faltan seis meses para cumplirlos -repuso él, apretando los dientes. Al ver que ella parecía querer refugiarse entre sus brazos, la sujetó de las muñecas-. No. ¿A quién se le ocurrió traerte esta noche? Todo el mundo está ebrio y tú deberías estar en la cama.
Nick se mantuvo imperturbable.
-Estoy muy débil; no he probado bocado -declaró Miley, llorando.
No pudo precisar la hora en que la fiesta terminó. Nick la despertó cuando la llevó algo de comer. Arre­batada y entusiasmada, bajó de la cama para colocar el plato en la bandeja. Al volver, misteriosamente estaban más cerca el uno del otro.
-Bésame –musitó Miley, tímidamente.
-Te daré un beso de buenas noches -repuso él, con la respiración entrecortada-. ¡Por Dios, Miley! -mur­muró trémulo, mientras se acercaba a los labios que lo esperaban ansiosos-. Te amo.
Abrumada por su confesión, Miley se abrazó con fuerza a él. El primer beso se prolongó mucho más de lo que habrían podido imaginar.
Miley sintió mucho más dolor que placer, pero no le importó. Le había bastado con pertenecer a Nick,for­mar parte de él. Nunca pudo imaginar que aquella noche no hizo otra cosa más que satisfacer una necesi­dad de Nick.
Fue después cuando se dio cuenta de que Nick había estado más ebrio de lo que había creído. Sobrecogiéndose con dificultad a sus desagradables recuerdos, Miley continuó su camino. Bajó el cristal de la ventanilla para que el frío viento devolviera el color a sus pálidas mejillas. Las vidas de los dos cambiaron de rumbo en las siguientes semanas.
El padre de Nick murió repentinamente, dejando tras de sí muchísimas deudas.
Nick se vio obligado a dejar la universidad, a aban­donar sus estudios como cirujano veterinario. No tuvo alternativa. Sobre sus hombros recayó la responsabili­dad de mantener a su madre y hermanas. Fue preciso vender la finca, ya que nadie la habría salvado. Miley se preguntó dónde vivirían en ese momento; no podía imaginar a la madre de Nick viviendo en una casa ordinaria.
El camino a Lower Ridge se encontraba en muy mal estado. ¿Cómo se le había ocurrido que podría escribir allí su libro?
-¿Qué significa ese deseo de remover tus raíces? -recordó Miley que le había preguntado Grant, furio­so-. Déjalas enterradas como están.
Con repentina resolución, Miley volvió a su coche, dispuesta a marcharse, pero antes de que pudiera efec­tuar su cobarde retirada, apareció el vehículo todo­terreno de Nick.
¿Así que hablaba en serio cuando la invitó a comer? Al parecer, no se sentía asqueado por la leyenda de miley Cyrus, la *** symbol de moda. Si la situación no fuera tan trágica, habría sido histéricamente divertida. Su imagen provocativa no era otra cosa que una ilu­sión, un engaño.
Nick abrió la puerta principal, al tiempo que mur­muraba una disculpa por haber tardado tanto en en­contrar las llaves. ¿Había tardado más de media hora? Miley no se había dado cuenta. Cuando abandonó el cementerio, el tiempo perdió todo significado para ella.
-Tal vez prefieras quedarte sola. No quiero entro­meterme.
-No lo estás haciendo. Simplemente me evocas re­cuerdos que en realidad no valen nada -repuso en son de burla, conteniendo el aliento y dominando la emo­ción que sentía al entrar de nuevo en su antigua casa.
Entró en el pequeño salón. Aquella sala de la casa era muy vieja, pero debido a su poco uso conservaba una buena apariencia. Era una habitación muy extraña que había sido reservada para recibir visitas en una casa en la que nunca hubo visitantes.
Subió las escaleras. El tiempo no había tratado mal a su antigua habitación.
Luego pasó a la habitación de sus abuelos. Estaba igual. La cama alta, el suelo cuarteado. Nick se mantu­vo discretamente tras ella, pero Miley sentía su proxi­midad y automáticamente se alejó de él mientras baja­ba las escaleras.
Sólo quedaba un cuarto: la cocina-comedor donde solía pasar la mayor parte del tiempo. En un esfuerzo por sobreponerse a su excesiva sensibilidad, abrió la puerta de golpe. Nick se le adelantó para abrir las cortinas. La luz dio de lleno en los mosaicos del suelo, destacando la modestia de los muebles.
-Sabía que volverías -repuso secamente.
Ella levantó la barbilla, negando la tensión que sen­tía.
-¿Así soy de predecible?
-Esa no es la palabra que yo elegiría -la miró con aspereza.
-Aquí nada parece haber cambiado -ruborizada, esquivó su mirada y se las arregló para sonreír.
-¿Creías que habría cambiado, que a ti simplemen­te te bastaría con representar el papel de dama ge­nerosa?
-Realmente no sé de qué estás hablando -mintió.
-Martha bien pudo haberte echado del entierro de Nat llevada por un desmedido sentimiento de lealtad hacia él. Estoy seguro de que se arrepintió.
-No -negó de inmediato.
-¿Cómo lo sabes? Jamás volviste para averiguarlo. ¿Era tan grande tu orgullo que en seis años no pudiste darle otra oportunidad?
Su incisiva crítica la hirió. Independientemente de lo que hubieran dicho sus abuelos, a Miley la habían echado a la calle, advirtiéndole que no debía volver nunca. Pero no había ninguna razón para defenderse, lo cual sólo habría provocado más preguntas sin respuestas. Nick querría saber por qué le habían hecho eso.
-Supuse que no me dejarían entrar y no quise correr el riesgo -declaró en tono áspero-. Le escribí... no sé cuántas veces y nunca contestó mis cartas. Su silencio fue muy elocuente. Siempre fue una mujer de pocas palabras.
-¿Le escribiste? -inquirió, frunciendo el ceño.
-¿Tampoco te enteraste de eso?
-Creía que no reaccionaría como Nat -la respuesta de Nick no tuvo el mismo sarcasmo que la de Miley.
-No hables de mis abuelos como si los hubieras conocido. Nunca los conociste de igual a igual. Para ellos siempre fuiste un Jonas, una estirpe aparte. Estoy segura de que nunca mantuviste una conversa­ción sincera con ninguno de los dos -la ira la hizo palidecer.
-Hablas como si estuviéramos en el siglo pasado.
-En esta casa vivíamos así.
«Y también en la tuya», pensó, dejando entrever sus pensamientos con una sarcástica mirada.
-Tal vez te guste saber cómo llegué a comprar este lugar -continuó ella con tono indiferente-. Mi abuelo me fue a ver a Londres y me pidió que lo comprara. Me dijo que era lo menos que podía hacer por ellos.

-¿Lo culpas por eso? Recuerda que te largaste sin decir nada. Dos años después, apareciste en los perió­dicos como estrella de cine, en una premier con Max­well.
«Y me gustó muchísimo», se dijo para sí. «Collares de diamantes, un vestido de diseñador, en fin, todas las cosas de que están hechos los sueños».
-Supongo que todo esto puso a la gente de aquí en su lugar -respondió burlona.
-Por supuesto. Durante meses fuiste el tema prefe­rido de conversación. De la pobreza a la riqueza.
-No fue esa mi intención. A mucha gente le aburre el cuento de la Cenicienta -sonrió.
-¿Estás hablando de Maxwell como si fuera tu hada madrina o el príncipe deslumbrante? De un modo u otro fue un compañero apropiado, pero muy sórdido para una jovencita de diecinueve años. Y no creo que tuvieras el dinero suficiente para comprar esta finca, en esa etapa tan temprana de tu carrera.
-Yo no la compré. Grant lo hizo por mí -«y te sorprenderías si supieras lo que su representante com­pró al mismo tiempo», pensó Miley, divertida.
-Muy generoso de su parte.
-Es generosísimo -pensó que si algo lo molestaba, lo resolvía con un cheque; así era Grant. Por desgracia le daba resultado, y en aquellos días también a Miley. Ella confundió generosidad con atención. Un grave error.
-Me tratas como a un enemigo -la miró dolido.
-¿De verdad? -preguntó riendo y añadió-: Ahora somos dos extraños, nick.
-Miley, nunca fue mi intención hacerte daño.
-¿Hacerme daño tú? -replicó, ladeando la cabeza.
-Por favor, deja de comportarte como en las tele­novelas. ¿O es que has interiorizado el papel de bruja ninfómana que sueles representar? -preguntó con tono sarcástico-. Aquí no hay ni cámaras ni micrófo­nos. ¿Crees que Miley podrá salir de su encierro, tan sólo por cinco minutos?

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