martes, 6 de marzo de 2012

Capitulo 8.-

Alguien le estaba gritando a Miley, la sacudía. La joven tosió y jadeó espasmódicamente en accesos que sacudieron todo su cuerpo. Sólo por el tacto reconoció los brazos de Nick. Abrió los ojos y vio una noche desdibujada que le recordó el infiernno. Ya no estaba oscuro. Escuchó un estrépito. Era el crujido y el crepitar de las llamas anaranjadas y amarillas que se perdían en el cielo y que enviaban en todas direcciones chispas de todos colores. No podía ver el albergue, y mucho menos comprender qué era lo que alimentaba ese fuego.
En seguida se produjo un fuerte resplandor y un gran ruido. Entonces escondió la cabeza en la chaqueta de Nick. Él temblaba y ella podía percibir la ira feroz que se esforzaba por contener. Alguien la envolvió en una sábana.
Miley no estaba segura de si ese alguien había sido Nick u otra persona. Aunque no lo veía, sentía su presencia.
-Sí -farfulló sin pensar-. He dicho sí.
De repente apareció en una habitación extraña y muy iluminada. Centró la mirada en Nick; estaba dis­cutiendo acerca de algo. Una mujer con una bata blan­ca, de complexión robusta, le decía en voz alta que no hiciera tanto ruido, pero Miley no pudo mantener abiertos los ojos. Con una sonrisa se dio la vuelta.
-¿Cómo te sientes?
Vio una carita angustiada que se cernía sobre ella. «¿Tina?», se preguntó. Quejándose, movió la cabeza.
-¿De verdad vas a vivir en mi casa para siempre? -le preguntó Tina con voz excitada.
-Déjala descansar, aún no se encuentra bien -Nick apareció de pronto y apartó con delicadeza a Tina de la cama. La levantó en brazos y luego volvió a dejarla en el suelo-. Por favor, ve a pedirle a Jessie que nos traiga una taza de té.
Miley miró con agrado lo que la rodeaba: muebles agradables, pero desconocidos para ella.
-¿Dónde estoy? -susurró.
-En Torbeck. Son las cinco de la tarde del día siguiente al del incendio.
Miley frunció el ceño. Tenía recuerdos muy vagos de todo, retazos sueltos que carecían de sentido.
-¿Ha habido un incendio?
-O lo hubo o se trata de un montón de gente que sufrió una alucinación masiva -sentado al pie de la cama, Nick la contempló y puso atención especial a su palidez-. Me he pasado casi todo el día hablando con la policía y los bomberos. Según parece, llegaron dema­siado tarde. La casa es un montón de ruinas. Todo se ha perdido. ¿Te das cuenta de lo afortunada que eres por estar viva?
Miley se llevó una mano temblorosa a la cabeza.
-¡Dios mío! Lo último que recuerdo es estar senta­da en el sofá... y tal vez dos o tres cosas más.
-El incendio comenzó en tu cuarto. Nada te habría salvado si hubieras estado allí.

-Me dejé encendida la calefacción eléctrica -mur­muró ella.
-Te corrijo. Te dejaste encendida la calefacción eléctrica defectuosa. Tu abuela sabía que era peligrosa, para también era lo suficientemente tacaña como para no arreglarla. Si no hubiera estado cerrada la puerta que comunicaba la cocina con el vestíbulo, ahora mis­mo estarías muerta.
-Por favor, ya no lo digas.
-Sólo quiero recalcarlo. Te salvé por cuestión de minutos.
-Me sentía muy mal. Me olvidé de apagar la ca­lefacción.
-Provocaste un buen incendio, te lo concedo -re­puso él con voz apagada-. Ya te advertí acerca del estado de la instalación eléctrica.
-Está bien, tú me salvaste. Arriesgaste tu vida... -declaró tajante, pues quería hablar de otra cosa.
Había cierta violencia en la mirada de Nick.
-No hubo nada de heroico en lo que hice... No recuerdo cómo salí del coche, ni cuándo rompí la ventana. Lo único que recuerdo es que pensé que había sacado un cadáver.
Miley sintió un intenso escalofrío.
-Me gritaste...
-Tal vez te sorprenda, pero la posibilidad de vivir sin ti no me entusiasmó en absoluto. Grité después, cuando ya habías vuelto a la vida. No me enteré de que estabas enferma hasta que te abrazaste a mí.
-Lo siento.
-Yo no. Ahora estás bajo mi techo -suspiró Nick. Se sentó en el borde de la cama y la atrajo hacia sí. Con un breve suspiro ella se apretó contra él y la envolvió el aroma familiar de su cuerpo, encantadora­mente familiar.
Trató de calibrar el hecho de que hubiera arriesgado su propia vida por ella. Frustrada, se preguntó si no habría explicación para el modo en que la había trata­do. Sus labios resecos se atrevieron a formular una pregunta clave.
-Dime, ¿es realmente tan importante para ti tener­me bajo tu techo?
Con voz pausada él respondió:
-Entre marido y mujer es una necesidad absoluta.
-¿Marido y mujer? -repitió.
-Dijiste que te casarías conmigo.
-¿Sí...? -murmuró estupefacta.
-Sí. Lo dijiste. Sabía que lo dirías -mientras con­firmaba sus palabras, la apartó un poco para mirarla mejor-. Y vas a mantener tu palabra. No me he pasa­do todo el día de ayer haciendo los preparativos de nuestra boda, simplemente para que a última hora de­cidas cambiar de opinión.
-¿Preparativos de nuestra boda? ¿Ayer? -un débil rubor se extendió por sus mejillas.
-Es que no veía ninguna razón para posponer las cosas. Debes descansar -le hizo apoyar de nuevo la cabeza sobre la almohada y le preguntó-: ¿Por qué estaba la máquina de escribir dentro de tu coche?
-No tengo la menor idea. No sé qué es lo que hice anoche -por alguna razón las lágrimas inundaron sus ojos y corrieron por sus mejillas-. No me sentía bien. No era yo misma.
-Probablemente eras más tú misma de lo que ha­bías sido durante mucho tiempo. Me sonreías. ¿Con qué razón voy a quejarme si necesitas una temperatura de más de cien grados para hacerlo?
La consoló diciéndole que era perfectamente normal que llorara, pero ella no lo escuchaba. El incendio le preocupaba menos que la bomba que él había dejado estallar en su desprevenida cabecita. ¿Le habría dicho realmente que quería casarse con ella?
-El doctor Cates, el médico de tu familia, te exami­nó anoche. Supuse que no querrías ir al hospital, a menos que fuera estrictamente necesario. Así la prensa no se enteraría de lo sucedido.
-Pero correrá la noticia del incendio.
-Es posible, pero nadie ha realizado un verdadero reportaje. John, el marido de Merrill, llegó a Lower Ridge antes que la policía. Le rogué que trajera tu coche ya que el vehículo era la única prueba de que estabas en la casa en el momento del incendio. Las autoridades no te han molestado porque, según creen, estabas fuera de la casa desde hacía varios días.
Su respuesta inmediata a la posibilidad de que la prensa se enterara del caos de la noche anterior la sorprendió.
-¿Creen que me fui dejando algo encendido?
-Han ocurrido cosas aún más extrañas. Sea como fuere, la policía perdió todo interés en cuanto se dio cuenta de que no había sospechosos en el incendio. Pero de todos modos los periodistas sitiarán la casa, clamando por una entrevista contigo. A ti seguramente te agradaría su atención, pero no a mí. No entra en mis planes casarme un miércoles y saber que a la salida me está esperando una jauría de periodistas.
-¿Un miércoles? -exclamó Miley-. Faltan apenas tres días.
Su incredulidad no lo impresionó. La miró fijamen­te.
-¿Es que tienes algo mejor que hacer?
-Cuando hablaste de preparativos para la boda, nunca imaginé que tú...
-¿Que sería tan pronto? Amor mío, recuerda que mi tío es obispo. Ayer le expliqué la situación. Enten­dió nuestra necesidad de una ceremonia rápida y tran­quila. Tenemos un permiso especial.
-Pero el miércoles... -repitió incrédula.
-En la iglesia del pueblo, a las once. No veo el problema.
Miley podía percibir el tono de advertencia de su voz.
-No pensaba que sería tan pronto.
-A nadie debemos complacer... A no ser que quie­ras mantener abiertas otras puertas...
Levantó la mirada, pues comprendió el significado de sus palabras. La piel se le encendió de nuevo, su pulso se aceleró y su racionalidad se esfumó a la misma velocidad. Le daba vueltas la cabeza. Nick era demasia­do eficiente en todo. Su propuesta era fría y práctica, pero en su mirada no había el menor vestigio de frial­dad.
-Debo levantarme -musitó al tiempo que hacía a un lado las sábanas, pero se mareó en seguida.
-Ordenes del médico. Todavía no debes levantarte -declaró Nick, volviéndola a acostar-. Estás muy del­gada y en los últimos días te has descuidado mucho. No te recuperarás tan rápido como Tina.
No tenía fuerzas para oponerse. Jessie entró con una bandeja y Miley hizo lo imposible por comerse lo que le habían preparado.
Durmió durante un buen rato, y al despertar ya había oscurecido.
-¿Estás bien? -un hilillo de luz dibujaba la silueta de Ncik.
-He tenido un sueño... -comentó.
-Lo sé. Gritabas con todas tus fuerzas -divertido se sentó a su lado.
-No sabía dónde estabas.
-Te sentirás mejor mañana.
-Ya me siento mejor -sonrió.
La despertó con una taza de té. Ya estaba totalmen­te vestido, pero con el cabello todavía húmedo. Miley alisó la almohada, que indicaba que no había dormido
-Jessie no es una mujer liberada -explicó ella. -Pero nosotros... -se apoderó de sus labios con una dulzura arrolladora, que la hizo perder la cordura.
-Merrill va a venir para tranquilizarte.
-¡Oh! -exclamó, examinando con cuidado el cami­són que llevaba puesto-. Dime, ¿es de ella?
-No. Es de Sofía.
-¿Ya se lo has dicho?
-¿A Merrill?
-No, a tu madre -murmuró.
-¿Por qué? -la miró fijamente-. ¿Crees que debo pedirle permiso? Lo anuncié anteayer, estando en York..
-Debe de haberse sentido... escandalizada.
-Si se escandalizó, no lo dijo. No te preocupes por Sofía. Después de todo no vivirá aquí, lo cual cierta­mente no será para ella ningún sacrificio.
-¿Estás insinuando que nunca me aceptará?
-Lo que estoy tratando de decirte es que me tiene absolutamente sin cuidado que te acepte o no.
-Pero yo no quiero ser causa de problemas entre vosotros.
Nick se dirigió hacia la puerta.
-Debo irme. Te veré después.
Miley pensó que en los últimos años se había acen­tuado mucho el aspecto violento y hasta agresivo de la personalidad de Nick. ¿Se debía a Selena? ¿Lo habría convertido ella en un hijo indiferente hacia los senti­mientos de su madre, o todo eso era obra de Sofía?
Se levantó, sintiéndose débil y temblorosa. Se metió en el baño y tomó una ducha. Estaba cepillándose el cabello cuando entró una mujer rubia, de complexión fuerte, llevando una bandeja.
-¡Vaya! Creí que todavía estarías en la cama.
Su exclamación hizo reír a Miley.
-¿Eres Merrill? Estás igual que siempre.
-No digas eso. La verdad es que he engordado bastante. La gente se cruza conmigo por la calle sin reconocerme. Mi problema es que no puedo mantener una dieta.
Su comportamiento fue una verdadera sorpresa para la joven. De niña la hermana de Nick había imita­do fielmente a su madre en cuanto a tratar a Miley como a alguien de condición inferior.
-Estás muy pálida -observó Merrill-. ¿Cómo te sientes?
-No del todo bien -respondió mientras aceptaba la bandeja.
Merrill se sentó en una silla.
-No. Debo decir que no lo estoy -sonrió-. Lo cual se debe probablemente a que cuando éramos jóvenes siempre pensé que Nick y tú terminaríais juntos -al darse cuenta del alcance de lo que había dicho, se sonrojó y añadió-: Una lección elemental es no meter­nos en lo que no nos concierne. Voy a decírtelo de otro modo. Si estás preparada para casarte con mi hermano y para vivir aquí, debes de estar muy interesada en él. Lo que te espera no se parecerá a lo que has estado acostumbrada. Este es un mundo extraño. ¿No te pare­ce? Tú te escapaste y conseguiste fama y fortuna, mien­tras que los Jonas conocieron tiempos difíciles. En todo esto bien puede haber una moraleja.
-Fue una cuestión de mala suerte -suspiró.
-No del todo. Si Nick no hubiera estado tan decidi­do a que nosotros recibiéramos algo de efectivo, podría haber conservado la granja. Para Nick habría sido una verdadera batalla, pero lo malo es que el banco perdió la confianza en él. En mi opinión, su mala suerte se debió a que tenía aquel sentido de la responsabilidad demasiado elevada. Aunque en aquel entonces no se lo agradecimos.
Sintiéndose muy incómoda por las desagradables confidencias de Merrill, le preguntó:
-¿Trabajas?
-Ahora no, pero sí lo hice para el padre de John, como secretaria -sonrió-. ¿Cómo es posible que estés tan tranquila? ¿No te importa qué ropa te vas a poner el miércoles? En el incendio has debido de perderlo todo.
-Casi toda mi ropa está en Londres -sonrió Miley-. Si telefoneo a mi ama de llaves me la enviará.
-Pero eso tardará días.
-Voy a hacerlo ahora mismo. La enviará en se­guida.
-El miércoles deberás llevar algo muy especial -in­sistió la joven-. Es decir... un vestido de novia. -¿Un vestido de novia? No creo que Nick espere algo así.
-Se supone que no debo decírtelo -sonrió Merrill-, pero la idea fue suya.

Se trataba del antiguo vestido que había pertenecido a la bisabuela de Nick; al parecer, podría arreglarse. La idea era buena, y Miley sonrió para sí misma. Se negaba a aceptar que su matrimonio afectara a su padre y a su futura suegra, pero llegado el momento se enfrentaría con ambos problemas. Se prometió que nada enturbia­ría los próximos días.
Desde un teléfono que estaba junto a su cama llamó a la señora Stuart para pedirle sus vestidos. Después pensó en hacer otra llamada. Se sentía desbordada de emoción. Merrill le llevó unas revistas y Jessie un pan­talón y una camiseta.
-Nick dejó esta ropa la última vez que estuvo aquí, aunque no creo que debas levantarte antes de comer -le indicó Jessie con tono autoritario.
En cuanto Miley se quedó sola, tomó el teléfono. El señor Barker, que estaba a cargo de Colwell Holdings, se quedó muy desconcertado cuando recibió su llama­da. Ella le pidió que mandara a un especialista a la granja y determinara qué innovaciones y reparaciones serían necesarias para dejar la casa en orden.
-Le advierto que se trata de algo muy caro, señorita Cyrus.
-Hablaré con mi contable. No habrá escasez de fondos -afirmó y luego agregó-: Por cierto, me inte­resa mucho que el trabajo empiece cuanto antes.
Se quedó adormilada durante un rato, y al despertar se sintió incómoda. Tina entró en si habitación, precisamente cuando acababa de vestirse.
Jessie te pondrá la comida en una bandeja. Se supone que debes guardar cama.
-¿Qué has hecho en toda la mañana?
-Trabajo en equipo. Papá me dijo que debía irme.
-Estás en tu casa -aclaró Miley, en tono alegre. A Tina se le iluminó el rostro de alegría y le pregun­to si quería ver a su gatito. Jessie se asomó desde la cocina, molesta porque Miley se había levantado de la cama.
Jessie, de haberme quedado más tiempo en la cama me habrían salido raíces.
-Deberías descansar más -replicó la mujer con el ceño fruncido.
En ese momento entró Nick, y Miley sintió un deseo irresistible de lanzarse a sus brazos. Turbada por la fuerza de su propia ansiedad, le brindó una sonrisa maliciosa.
-No me volveré a acostar.
-Magnífico -una sonrisa sensual se dibujó en su boca-. Tengo toda la tarde libre.
Tina parloteó durante toda la comida y Miley, bajo la implacable mirada de Nick, comió con mucho apeti­to, hasta dejar el plato limpió. Jessie insistió en llevar­les el café al salón. Miley se sentó en un cómodo sillón y miró a su alrededor. Se puso a imaginar la restaura­ción de la granja.
Ruborizada, se dijo que se estaba adelantando a los acontecimientos.
-¿Vendiste todos los muebles sobrantes cuando vi­niste para aquí?
-Sí. Sofía quería venderlos, pero la persuadí de que la subasta era lo más conveniente. El producto de esa venta le permitió tener unos ingresos decorosos. Los retratos de la familia están en el desván. Selena me pidió que los conservara, pero aquí no hay lugar para ellos.
Miley disimuló una sonrisa, pues con agrado seguía pensando en la restauración de la granja. Tina se les unió con su gatito.
-No hay problema alguno en traerlo cuando Granny no está aquí, pero no se lo diréis, ¿verdad?- inquirió la niña.
Desde su asiento, Miley sacudió la cabeza para de­saprobar que una mujer fuera capaz de inducir tanto miedo a una pequeña.
-Será nuestro secreto -prometió.
Tina se apresuró a sacar ventaja de la situación que se le ofrecía. Bajó sus juguetes preferidos para enseñár­selos. A las nueve, Miley se sentía otra vez agotada. Nick le dijo que debería irse a su cuarto.
-Sí, quiero acostarme temprano -bostezó Miley.
-Sería mucho egoísmo de mi parte decirte qué es lo que deseo hacer.
Nick se acercó a ella y Miley tembló, seducida por su insinuación.
-¿Lo sería? -musitó, inclinándose ligeramente ha­cia él, débil por el deseo que despertaba en ella con tanta facilidad.
Como su cuerpo reaccionó involuntariamente a su cercanía, Nick musitó una imprecación a la vez que se retiraba sonriendo.
-Lo sería... si te tocara ahora mismo, pasaría toda la noche contigo y no dormirías nada. Bueno, la verdad es que dentro de dos días estaremos casados y entonces estoy seguro de que lo haré como un verdadero artista.
Su alejamiento la dejó desconcertada. Ella era de­masiado sensible a cualquier tipo de rechazo.
Nick leyó en sus ojos la sorpresa y el dolor, como si los hubiera expresado en voz alta, y entonces la apretó contra sí, besándola con ansia. Ella se quedó tan debi­litada después de ese apasionado asalto que se abando­nó ligeramente, sobre todo cuando Nick le acarició una de sus ardientes mejillas.
-Hasta mañana, mi amor.



Al día siguiente llegó Merrill.
-Todo saldrá bien. Los preparativos están casi ul­timados.
El antiguo vestido que había pertenecido a la bisa­buela de Nick resultó ser demasiado largo, lo cual no desalentó a Jessie y a Merrill. La hermana de Nick se quedó a comer y cuando se iba le aseguró a Miley que regresaría más tarde a buscar a Tina.
-Papá lo ha resuelto todo -repuso Tina, pesaro­sa-. Deberé tener paciencia una semana más.
-Todo se arreglará -susurró Miley, abrazándola. No quería entrometerse en los planes de Nick, pero estaba preocupada por la reacción de Tina, que tenía la sensación de que nadie le hacia caso.
La ropa de Miley llegó y las cajas ocuparon todo el vestíbulo.
-¿Es que nunca tiras nada? -le preguntó él.
-Es sólo cuestión de escoger lo más útil.
Cuando tomó una prenda que no era del agrado de Nick, Miley se defendió diciendo que la había usado en una premier de Grant.
-Eso significa que fue él quien te compró toda esa ropa -le espetó Nick.
-Sí -respondió Miley, desviando la mirada.
-Seguramente también las joyas.
-Sí; las tengo en Londres.
-Y allí se van a quedar.
Asombrada, Miley levantó la cabeza.
-De ningún modo voy a renunciar a mis joyas.
-Te lo diré de otro modo. O esas joyas o yo. De­cide.
Antes de que pudiera articular una furiosa respues­ta, sonó el teléfono y él fue a contestar. Ella lo siguió con la mirada. Pensó que con unas cuantas palabras podría hacer desaparecer la vieja antipatía que Nick sentía por Grant, pero debido a su carácter testarudo, era incapaz de pronunciarlas.
Se dijo que Nick no estaba completamente seguro de ella, lo cual significaba una ventaja, que a su juicio necesitaría para retenerlo. Si abiertamente le cedía su amor, su lealtad, y se le entregaba totalmente, ¿valora­ría él esa entrega? ¿Acaso lo había hecho en el pasado?
Pensó que el intenso deseo de Nick por ella no duraría toda la vida. Siendo un adolescente, le había bastado con chasquear los dedos para atraer a la joven que le daba la gana. Habían sido tantas, que Miley se alegraba del hecho de que ninguna de ellas hubiera podido retenerlo. Pero en ese momento no se alegraba. Tampoco ella había podido retener su interés. Se estre­meció, sintió frío. Cuando un hombre ya había recha­zado una vez a una mujer, seguramente le resultaba más fácil hacerlo una segunda vez.
¿Habría ocurrido eso con Selena? Miley se había conso­lado a sí misma haciéndose a la idea de que Nick se había casado con Selena por su dinero. ¿Cómo había po­dido llegar a creer eso? Nick había vendido la finca para mantener a su familia. Su propia naturaleza sen­sual probablemente lo empujó a los brazos de Selena, del mismo modo que lo empujó en otra ocasión a una estrecha cama en una buhardilla. ¿Habría querido real­mente a alguna mujer?
Nick volvió a su lado.
-Era Barney -se refería a un compañero veterina­rio que ella aún no conocía-. Según parece, tendré que sustituirlo esta noche.
-¿Esta noche? -preguntó desalentada-. Ibamos a salir a cenar...
-Su padre ha sufrido un ataque cardíaco y es pro­bable que muera. Dejaremos la cena para otra ocasión -se detuvo y luego continuó con renuncia-: Creo que no tendré el tiempo libre que había planeado para la próxima semana.
-Me estás tomando el pelo -repuso ella, incrédula.
-Actualmente tenemos mucho trabajo. Drew no puede cumplir con lo suyo y yo debo ayudarlo. Mañana me encargaré de ordeñar el ganado para que John pueda descansar.
Por primera vez, la dura realidad irrumpía en la conciencia de Miley. Nick se inclinó para abrazarla. Con el fin de ganar tiempo, la joven apoyó la palma de la mano en su pecho.
-He estado pensando...
Nick le retiró la mano y se habría apoderado de su boca si ella no se hubiera vuelto en ese preciso instante.
-Evidentemente no has pensado en lo mismo que yo.
-Sería ridículo que me compraras Lower Ridge. Dedica ese dinero a contratar a un empleado para John. Recuerda que no eres agricultor, sino veterina­rio.
-Dime -preguntó con tono cortante-. ¿Estás pla­neando vender tus joyas y darme ese dinero? Creo que no te serviría de mucho aquí.
-Ahora que lo dices... no, pero...
-Pero nada -la interrumpió-. Dejemos bien senta­da esta situación. Yo te mantendré a ti, y no al revés.
-¿Se trata de otro de tus anticuados y rancios prin­cipios?
-Así es -le lanzó una fiera mirada-. Puedes meter el dinero en un banco. No lo tocaré.
-¿Qué sucedería si tuviera ya mucho dinero? pre­guntó irritada.
-Es una pregunta ilógica -la interrumpió con im­paciencia-. No lo tienes, y si lo tuvieras no te habría pedido que te casaras conmigo.
-¿De verdad? -preguntó Miley, absolutamente in­crédula.

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