lunes, 12 de marzo de 2012

Capitulo 10.-

Berry empezó a hablar, pero Nick ya había salido y se encaminaba directamente a la oficina de Miley. "Al infierno con los nobles principios", se dijo.
Abrió la puerta y entró. Miley estaba inclinada sobre la máquina de escribir. Las otras secretarias dejaron de trabajar para mirarlo.
Nick se apoyó en el escritorio de Miley y esperó hasta que ella alzó la vista, primero con expresión de asombro, y enseguida de radiante alegría.
Él esbozó una amplia sonrisa.
—¿Te alegra verme? Yo estoy encantado de verte de nuevo. Esta semana tengo mucho trabajo en los juzgados, pero podríamos cenar juntos el viernes. ¿Comida china o griega? Siempre disfruto de una buena moussaka y un buen vino resinado, pero también me gusta el cerdo agridulce
—Nunca he comido en un restaurante griego... ni en uno chino —admitió Miley, sin poder disimular su confusión.
—Lo discutiremos por el camino. Tengo que marcharme. Voy a interrogar a un hombre que amenazó con sacarme las tripas y colgarlas en un poste de teléfonos.
Miley reprimió un grito.
—Tranquila— dijo él al tiempo que se ponía derecho. —No creo que lo haga. No tiene idea de electrónica, ni desea complicarse la vida
—¿Ya miras el coche antes de... ? empezó Miley.
—Tú y Berry —interrumpió Nick mirándola—. Por el amor de Dios, ¿acaso creéis que no me gusta vivir? Por supuesto que miro el coche antes de montarme en él, y mi puerta, y mi lavabo, e incluso tengo un gato que cata mi comida antes de que yo la pruebe. ¿Satisfecha?
Nick rió a su pesar, y se percató de que Maggie ahogaba una risita.
—Ya he vivido casi treinta y seis años solito —murmuró—. Y pienso llegar a los cuarenta. —Luego añadió: ¿Se enfadaron contigo en casa?
—Al principio, hasta que dije a Clay que podía marcharse y arreglárselas solo a partir de ahora. Estuvo furioso el resto del fin de semana. También Mack estaba abatido. —Emitió un largo suspiro y añadió—— Conocía al niño que murió. Pobre pequeño, qué edad tan terrible para morir.
—Cualquier edad lo es, si la muerte no tiene sentido.
La miró fijamente y percibió la pena que la afligía. "Le importan incluso los extraños", pensó, y se preguntó si la otra noche había malinterpretado sus palabras. Eso le preocupó, pues sabía que deseaba mucho más de ella que una distante actitud compasiva.
—Tengo que irme —dijo bruscamente—. Ya nos veremos.
—Sí —contestó Miley de corazón mientras observaba cómo se alejaba. Le pareció una buena señal que no mirara atrás. Sonrió y después se echó a reír. Había estado triste todo el fin de semana creyendo que la despedida del sábado había sido definitiva, y había resultado tan sólo un principio.
—Bueno, bueno, así que tengo a Cenicienta en mi propio despacho —se burló Maggie, y añadió—:Me parece que le gustas.
—Espero que así sea —dijo Miley con suavidad—. El tiempo lo dirá.
Los días siguientes pasaron volando. Con el tribunal reunido, Miley estuvo muy atareada archivando y pasando informes a máquina, al igual que Maggie y las otras empleadas de la oficina. Pero el exceso de trabajo la ayudó en cierto modo, pues desvió sus pensamientos de Nick.
En casa la situación era distinta. No lograba concentrarse en nada. La sorprendía cuán nuevo y maravilloso parecía el mundo desde que tenía alguien con quien soñar. El abuelo y Mack no hicieron comentario alguno cuando les dijo que iba a salir con Nick el viernes. Clay tampoco dijo nada, aunque la sangre se le congeló en las venas. No sabía qué ocurriría, pero el hecho de que el fiscal del distrito saliera con su hermana iba a causarle un montón de problemas. Se preguntó qué serían capaces de hacer los Harrís cuando se enteraran. Si alguien se metía en líos, él sería la primera persona de la que sospecharían.
Desde el principio, Nick estuvo prácticamente seguro de que Harvey Blair no pretendía matarle, pero esta creencia se convirtió en certeza después de visitar al ex presidiario.
Blair, un hombre corpulento y desmañado, de cabello oscuro y ojos claros, ni siquiera se mostró hostil cuando abrió la puerta de su apartamento en el destartalado edificio de protección oficial y se encontró cara a cara con Nick.
—No quiero problemas, Nick ——dijo al instante—. Leo los periódicos y sé qué te pasó. Pero yo no lo hice.
Nunca he creído que fueras tú —dijo—. Pero comprobar todas las posibles pistas es parte de mi trabajo. ¿Qué tal van las cosas?
Blair se apartó para dejar entrar al fiscal, que le sobrepasaba en altura. Era un apartamento limpio y ordenado, pero ruidoso. Una mujer delgada y tres niños pequeños estaban sentados en el suelo jugando con bloques de construcción. Alzaron la vista y sonrieron con timidez, luego siguieron con su fascinante ocupación.
—Mi hija y mis nietos —explicó Blair con una sonrisa radiante—. Vivo con ellos. Mi yerno murió en un accidente de trabajo el año pasado y desde entonces yo me ocupo de ellos. Es sorprendente cómo la responsabilidad hace que el instinto criminal desaparezca de las personas. —Suspiró profundamente y metió las manos en los bolsillos—. He conseguido un empleo público de camionero. Pagan bien y no les importa que sea un ex presidiario. Incluso tengo seguridad social. —Dirigió una sonrisa a Nick—. ¿Qué te parece como pago por mis crímenes?
Nick no pudo contener la risa.
—Me alegra que te hayan salido bien las cosas —dijo. De todos los casos que he llevado, el tuyo fue el que más sentí ganar.
—Gracias, pero, aunque al final obtuviera el perdón, era más culpable que el demonio. El caso es que quiero conservar este trabajo —añadió con seriedad—. Me han dado una segunda oportunidad para convertirme en alguien respetable; esta vez no la desperdiciaré.
—No, no creo que lo hagas.
Nick tendió la mano y Blair se la estrechó.
Dejo el apartamento seguro de que su antiguo enemigo no había puesto la bomba en su coche.
Tenía demasiado que perder— Sin embargo, Clay Cyrus seguía siendo sospechoso, y no podía decir a Miley que las evidencias lo implicaban como cómplice en ese asunto y en la muerte de Dennis. ¡Dios, algunos días eran especialmente duros!
Pasó el resto de la semana sentado en los juzgados asistiendo con cansancio al procedimiento de las tomas de juramento de los miembros del jurado hasta que sintió deseos de gritar. El proceso requería que formulara a cada jurado las preguntas que atañían a las habituales consideraciones judiciales. ¿Tiene usted alguna relación con el fiscal, alguno de los testigos o alguno de los abogados? ¿Está familiarizado con el caso en cuestión? ¿Tiene algún pariente que estuviera involucrado? Una y otra vez formuló las mismas cuestiones a los cinco jurados de doce miembros de manera alternativa y durante la mayor parte de las jornadas. Debía recordar el nombre de cada miembro de los jurados y tomar nota inmediata de cualquier detalle que pudiera utilizarse contra su caso. Entonces venía el golpe decisivo, en que él y el abogado de oficio recorrían las filas de los jurados y eliminaban a las personas que consideraban perjudiciales para el caso, hasta que ambos estaban convencidos de la imparcialidad de los restantes hombres y mujeres que compondrían el jurado,
Un jurado imparcial era importante, pero también lo era un juez imparcial. Tuvo suerte de que se tratara del juez Lawrence Kentner, un hombre mayor, gran conocedor de las leyes. Confería credibilidad al foro y Nick lo respetaba. Si obtenía un veredicto de culpabilidad bajo la batuta de Kentner, existían muy pocas posibilidades de que algún abogado defensor hábil encontrara el más mínimo detalle impropio en los procedimientos judiciales.
J. Lincon Davis había aparecido en el juzgado durante un receso para presentar una moción de continuidad de uno de sus propios casos. Se detuvo arrogante ante el asiento de Nick y dijo:
—Supongo que te has enterado de que voy a presentar mi candidatura.
Nick sonrió ampliamente.
—Me he enterado. Buena suerte.
—Espero que luches limpiamente —musitó David.
—¿Por qué lo dices, Jasper? ¿Acaso no lo he hecho siempre? —preguntó Nick con expresión inocente.
—No utilices ese nombre —gruñó Davis, y miró alrededor para asegurarse de que los ujieres y el ayudante del fiscal, que hablaba con el encargado del archivo, no le habían oído—. Ya sabes que lo detesto.
—A tu madre le gustaba. Debería avergonzarte esconderlo tras una inicial.
—Espera a que nos enfrentemos en un debate televisivo —amenazó Davis sonriendo ante la perspectiva—. Mi personal está investigando todos tus casos.
—Diles que se diviertan —se burló Nick con tono amable.
—Para ser un hombre que pretende salir reelegido, tu actitud es insufriblemente despreocupada.
Nick no pretendía salir reelegido, pero ¿por qué estropear la diversión de Davis admitiéndolo? Tan sólo sonrió.
—Que pases un buen día —dijo.
Davis esbozó una mueca y se alejó balanceando el maletín.
Nick se sintió ligeramente avergonzado por hostigarle. Davis era un buen tipo y, desde luego, un estupendo abogado. Pero a veces resultaba bastante insoportable.
Recogió sus papeles y dejó el juzgado. Eran las cinco y todavía le quedaban dos horas de trabajo rutinario en la oficina antes de que pudiera irse a casa. Pero era viernes y le había prometido a Miley llevarla a cenar. No quería decepcionarla, pero no podía hacer nada. El trabajo era lo primero.
De camino a su oficina se detuvo en la de Miley, donde todos, excepto ella, que aún estaba inclinada sobre la maquina de escribir, se preparaban para marcharse. Habló un momento con Bob Malcolm y luego tomó asiento en el escritorio junto al de Miley.
—Tengo al menos para dos horas más en mi despacho —dijo con tono irritado—. Ha sido una semana de locos.
—Y no puedes salir esta noche —aventuró Miley sonriendo para no mostrar su decepción—. No importa, de verdad.
Él suspiró con acritud.
—Sí, sí que importa. Ve a casa y prepara la cena a tu familia. —Contempló su pálido rostro—. Quizá cenemos un poco tarde —titubeó—, pero si después quieres volver y sentarte conmigo mientras termino, todavía podremos ir a tomar algo.
El corazón de Miley dio un vuelco y la tristeza desapareció de su cara.
—Me encantaría. A menos que estés muy cansado para...
—También yo tengo que cenar algo, Miles —interrumpió—. No estoy tan cansado. Pon los seguros del coche cuando vuelvas. Yo te seguiré hasta casa cuando terminemos.
—Muy bien. No tardaré mucho.
Nick se levantó sonriendo; parecía tan contenta como un niño en el circo.
—Y no dejes que te encierren en un armario.
—Ni en broma — respondió ella con toda sinceridad.
Se marchó a casa segura de que habría discusiones. Ya había advertido la noche anterior que saldría a cenar con Nick, pero esta vez el abuelo dijo encontrarse mal y gimió y se lamentó.
Miley fue presa del pánico. Lo ayudó a acostarse y se retorció las manos, sin saber qué decisión tomar. El médico vendría si lo llamaba, pero significaría un buen pellizco del presupuesto de la casa, que no quería gastar si el abuelo sólo estaba fingiendo, y era imposible saber si lo hacía o no.
Le dijeron que Clay había salido y no sabían dónde estaba. Mack estaba viendo la televisión y sería imposible arrancarlo de la pantalla. Todo parecía indicar que Miley no acudiría a su cita.
Miley se sentó junto al lecho del abuelo con el rostro entre las manos. Cada vez que él sufría un ataque, ella se sentía aterrorizada. No podía soportar tener toda la responsabilidad de la vida de otra persona. Si no hacía lo correcto su abuelo podía morir, y nunca se lo perdonaría. Por otro lado, no estaba segura de que no estuviera fingiendo para alejarla de Nick, porque era un hombre que detestaba.
—No te preocupes, querida —dijo el abuelo esbozando una mueca ante la expresión del rostro de su nieta—. No voy a morir.
Miley negó con la cabeza.
—Ya lo sé, es sólo que... —Encogió sus hombros estrechos y sonrió con dulzura—. ¿Sabes? nunca he tenido un auténtico admirador. No he gustado a alguien lo suficiente como para invitarme a salir dos veces. Nick sabe que no soy una chica moderna y, sin embargo, se siente atraído por mí. —Bajó la mirada hasta el cubrecama—. Y es agradable que desee estar conmigo.
El abuelo suspiró con acritud.
—Te romperá el corazón —se obstinó—. Quizá te esté utilizando para llegar hasta Clay. El chico está metido en algún lío, Miley; tú y yo lo sabemos, y apostaría la cabeza a que Nick también. Tú eres la vía más directa para tener vigilado a Clay.
—Siempre dices lo mismo. Pero entonces ¿por qué él nunca menciona a Clay cuando salimos?
—A eso no puedo contestarte —dijo incorporándose, y se mesó el blanco cabello—. Ya estoy bien. Márchate. Mack puede avisar al médico si lo necesito. Es un buen chico.
—Sí, lo sé.
Titubeó y el abuelo pareció sentirse culpable.
—He dicho que estoy bien. No apruebo que salgas con ese hombre, pero debo admitir que es agradable verte sonreír por fin. No diré una palabra mientras le mantengas fuera de tu mundo. Sólo asegúrate de que no trata de engañarte, ni de aprovecharse de ti.
—Lo haré. —Esbozó una radiante sonrisa, se inclinó y le besó—. Acabaré de preparar la cena antes de irme. Volveré pronto a casa.
—Eres una buena chica —dijo el abuelo frunciendo el entrecejo cuando ella abrió la puerta para salir—. Supongo que ha sido muy duro para ti. Siempre he dado por hecho que debías dedicarte a nosotros, Miley; no debiste dejar que lo hiciera.
—Alguien tiene que cuidar de ti y los chicos —dijo ella con dulzura—. No me importa hacerlo. —Sonrió y añadió—: Os quiero.
—También nosotros te queremos —dijo él con cierta rudeza, desviando la mirada—. Incluso Clay, pero aún tiene que aprender qué es el cariño.
—Esperemos que no resulte una lección demasiado dolorosa —puntualizó Miley. Salió y cerró la puerta.
Mientras acababa de preparar la cena, se percató de que llegaría, por lo menos, una hora tarde a su cita. Nick se hartaría de esperar Y peor aún, ya era tarde para cenar otra cosa que no fuera una hamburguesa, y un hombre que trabajaba tanto necesitaba comer bien.
Miley buscó la vieja y usada cesta de jira y metió en ella galletas caseras, ensalada de patatas y jamón cocido, además de dos raciones del pastel de manzana que había hecho un par de días antes. Sirvió la cena a Mack y al abuelo y añadió un termo de café recién hecho a la cesta antes de marcharse. Tanto su hermano pequeño como su abuelo estuvieron muy amables con ella, en especial Mack, que no parecía en absoluto enojado con ella. Y el abuelo se comportó de manera casi jovial. Se preguntó en broma si habían tenido tiempo de envenenar la cena de Nick.
La estaba esperando, mirando impaciente el reloj, pues ya pasaba de las dos horas que había dicho que precisaba para acabar el trabajo.
—Lo siento —se disculpó Miley con timidez mientras permanecía de pie y arrebujada en el abrigo. Fuera había llovido y el ambiente era frío—. El abuelo se sintió indispuesto y tuve que sentarme junto a él hasta asegurarme de que estaba bien.
—Y ¿cómo se encuentra?
—Mejor. Pero siento haber llegado tarde. ¿Creías que no vendría? —Balanceó la cesta que llevaba junto al bolso.
Él se levantó sonriente. Se había quitado la americana y arremangado las mangas de la camisa hasta los codos.
—No, no lo creía. Habrías telefoneado hace rato si no hubieras podido venir.
—Parece que me conoces bastante bien —dijo Miley sonriendo.
—No tan bien como quisiera. ¿Qué prefieres, comida china o griega?
—¿Y qué tal un poco de comida casera? preguntó Miley mostrando la cesta—. Pensé que sería demasiado tarde para cenar fuera. Supuse que te apetecería jamón, ensalada de patatas y pastel de manzana.
—¡Eres un ángel! exclamó Nick mientras ella colocaba la cesta sobre su escritorio y la abría. Un delicioso aroma llenó el despacho—. Ya me había resignado a la idea de cenar una hamburguesa. Esto es un festín.
—Son los restos de la cena —corrigió ella mientras extraía platos, vasos y cubiertos. Miley notó que él fruncía el entrecejo al verla sacar la vajilla de cristal irrompible y se sonrojó ligeramente. Le costaba admitir que no podía permitirse comprar platos y cubiertos de plástico.
Sin embargo, Nick ya lo había imaginado. Sonrió con amabilidad e hizo espacio en la mesa para que ella sirviera la comida.
—Estaba delicioso —dijo él cuando llegaron al postre. Se reclinó, sorbiendo el humeante café, mientras ella desenvolvía el pastel y lo repartía en dos platos—. . Miley, eres una cocinera estupenda.
—Me gusta cocinar —admitió ella—. Mi madre me enseñó. Era una experta.
—Su muerte debió de suponer un golpe muy duro para ti —apuntó él observándola mientras comía.
—El fin del mundo —reconoció Miley—. al menos en ese momento. Mack tenía sólo dos años y Clay nueve. Papá no estaba demasiado en casa; digamos que iba y venía, pero, gracias al abuelo, salimos adelante. Me las arreglé para acabar los estudios, mientras la señorita White, una vecina, se ocupaba de Mack. Por entonces mi abuelo todavía trabajaba en la compañía de ferrocarril. —Sonrió sin alegría—. Era divertido cuidar de un niño pequeño. Mack y yo estamos tan unidos porque me considera más una madre que una hermana. Pero Clay... Bueno, desde niño siempre ha estado metiéndose en líos, y ha ido a peor. Odia la autoridad.
—Debe de hacerte la vida imposible desde que sales conmigo, ¿no?
—Por supuesto. Tanto él como el abuelo. Mack es el único al que parezco importarle —añadió, y terminó el pastel y el café.
  
—¿Eras una niña intrépida? —preguntó. La imaginó trepando a los árboles y jugando al béisbol.
Miley rió.
—sí, el hecho de tener dos hermanos te predispone a ello. Aún puedo batear y conducir el tractor, aunque no me guste hacerlo. —Su sonrisa se desvaneció al pensar en la siembra de primavera—. Este año, sin el abuelo para ayudar en la siembra, va a ser duro. Aparte del pequeño huerto de la cocina, siempre hemos sembrado un campo de hortalizas, pero este año, no lo sé. Clay no me ayuda demasiado y Mack es muy pequeño todavía.
—¿Tu padre no contribuye en la manutención de los chicos? —preguntó Nick.
Miley negó con la cabeza..
—No tiene sentido alguno de la responsabilidad. Siempre le gustó el dinero fácil.
Él jugueteó con la servilleta blanca.
—Me parece que lo recuerdo. Se parecía mucho a Clay.
—¿Irreverente, arrogante y  reacio a cooperar? —aventuró ella.
Él rió divertido.
—Sí, en efecto.
—Ése es papá. —Retiró los platos y cubiertos y miró a Nick con una mueca—. Me alegro de parecerme a mi madre. Era rigurosamente honesta. Mack va a ser así, de hecho, ya lo es. Está furioso por lo que le ha sucedido a su amigo Dennis.
—¿Cómo se llevan él y Clay? —preguntó, pensando en voz alta.
—Últimamente bastante mal —contestó mientras colocaba los restos de la cena en la cesta y la cerraba—. Desde el fin de semana pasado, Mack ni siquiera dirige la palabra a Clay. —Frunció el entrecejo—. No consigo que me diga por qué.  
—Los hermanos siempre se pelean —dijo él tratando de no ahondar en el asunto. Era demasiado pronto para tantear el terreno.
—No tienes hermanos, ¿verdad? —preguntó Miley con suavidad.
Él movió la cabeza en un gesto de negación.
—No. Siempre he sido un solitario, y supongo que siempre lo seré.
Se levantó para desperezarse y la camisa blanca se pegó a su piel revelando la musculatura y la sombra oscura de su pecho velludo. Miley se fijó en el negro y rizado vello que sobresalía del cuello de la camisa. Se avergonzó y bajó la mirada. Nick concluyó con una sonrisa perezosa.
—La próxima vez cenaremos fuera. —Su mirada se concentró en la boca de Miley y recordó cómo se había sentido al besarla.
—Podrías venir a comer a la granja el domingo —sugirió ella titubeante, e inmediatamente se ruborizó, pues temió haber sido demasiado atrevida—. Si te apetece, claro. Será como ir desarmado al territorio enemigo.
—Nunca voy desarmado —contestó él—. Me gustaría mucho. ¿A qué hora?
—¿Te va bien a la una?
—¿Tendrás tiempo de preparar la comida al volver de la iglesia?
—Si no, siempre puedes sentarte en la cocina y charlar conmigo mientras la preparo.
—¿Para salvarme del resto de la familia? —dijo sonriendo—. De acuerdo. Sobreviví dos años en Vietnam, de modo que supongo que puedo sobrevivir a una tarde con Clay y tu abuelo.
—¿Estuviste en Vietnam? —preguntó Miley.
—Sí, aunque prefiero no hablar de ello —contestó con suavidad.
Ella sonrió.
—Entonces no haré más preguntas al respecto. ¿Te gusta el pollo frito?
—Mucho. —Se dirigió hacia ella. Dada la sonrisa y la cálida expresión de sus ojos oscuros, la lentitud de sus pasos constituyó una amenaza. La cogió de la cintura y la atrajo hacia sí, la sonrisa se desvaneció cuando su mirada se apartó de los grandes ojos de Miley para posarse en su nariz pecosa y recta y después en su dulce boca—. No te asusté la otra noche, ¿verdad?

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