El domingo Miley se levantó para ir a la iglesia. Pero justo cuando acababa de vestirse Mack entró con el periódico de la mañana. Cuando Miley leyó los titulares, se sentó y se echó a llorar.
—No llores, Miles —rogó Mack sentándose junto a ella para tratar torpemente de consolarla—. No llores.
Pero ella no podía reprimir su llanto. Le resultaban demasiado embarazosas las acusaciones de J. Lincon Davis de que Nick había encubierto el tráfico de drogas en la escuela primaria para proteger al hermano de su novia. El artículo no la tildaba de amante de Nick, pero informaba a los lectores que el fiscal no había llevado adelante las investigaciones sobre el caso de la muerte de Dennis para proteger a Clay. Allí estaban en letras enormes, su nombre y el de Clay para que los vieran los vecinos, los amigos y aún peor, sus jefes.
—Voy a perder mi empleo —se lamentó mientras se secaba las lágrimas con el dorso de la mano—. Mis jefes no aprobarán esta clase de notoriedad. Tendrán que despedirme Mack, ¿qué vamos a hacer? —sollozó, presa del pánico por primera vez, que ella recordara.
—Miley, estás demasiado nerviosa —dijo Mack tratando de aparentar tranquilidad. Ver llorar a su hermana lo asustaba, porque ella siempre era la más fuerte de la familia—. Han sido dos días muy malos, pero las cosas se arreglarán. Tú siempre lo dices.
—Nuestros nombres en la primera plana del periódico —gimió—. El abuelo nunca lo superará, si es que vive para verlo.
—Vivirá —afirmó Mack—. Y a Clay le irá bien. Miley, voy a vestirme y nos vamos a la iglesia.
Se quedó boquiabierta. Sólo tenía diez años, y sin embargo poseía una gran seguridad en sí mismo. Le pareció fuerte y un gran consuelo.
—Vamos —insistió Mack—. Nadie nos señalará o criticará. La iglesia es una buena medicina ¿recuerdas? Es algo que tú también dices siempre —añadió con una sonrisa.
Miley rió a pesar de su desgracia.
Miley rió a pesar de su desgracia.
—Sí, señor Cyrus, iré. Y me enorgullecerá ir a la iglesia con usted.
—Ésta se parece más a mi hermana —concluyó el niño. Le guiñó un ojo y se marchó a su habitación para vestirse.
De modo que Miley acudió al oficio del domingo. Y como Mack había advertido, nadie cuchicheó. Sí recibieron en cambio ofertas de ayuda, y mientras volvía a casa se alegró de que Mack la hubiera convencido de ir. Había encontrado la fuerza que necesitaba para enfrentarse a todos los problemas que se avecinaban.
El lunes por la mañana Miley condujo hasta la oficina. Entró en el vestíbulo y oprimió el botón del ascensor. Por primera vez se alegró de que Nick hubiera vuelto a su oficina en los juzgados; pues así se libraba de un embarazoso encuentro con él. No la había llamado, por lo menos no lo hizo mientras ella y Mack estuvieron en casa. Se había llevado a Mack con ella al hospital la noche anterior.
Bueno, y ¿por qué había de hacerlo?, se cuestionó con amargura. La había seducido para meter a Clay en la cárcel. Ya lo había cogido e iba a procesarlo, de modo que ¿para qué necesitaba a Miley? Y como ya había satisfecho sus deseos de poseerla, estaba segura de que no se acercaría más a ella. Se lamentó por lo que había sucedido. Se había entregado a él sin oponer resistencia. De hecho, ella lo había empezado todo. Había escrito sus principios en la arena de una playa con la marea baja, y sólo habían sido válidos hasta que había llegado la primera ola. Se sintió avergonzada, pero había algo que le preocupaba más: ¿qué haría si había quedado embarazada?
Rehusó considerar tal posibilidad mientras entraba en su oficina. No serviría de nada preocuparse antes de tiempo. Por otro lado, si sus jefes pretendían despedirla, pues bien, que lo hicieran. Sabía escribir a máquina y taquigrafía, de modo que sería capaz de encontrar otro trabajo, aunque no le pagaran tan bien. Con ese firme convencimiento, descubrió la máquina de escribir y se dirigió al despacho de Bob Malcolm para hacer frente a las circunstancias.
—¡Hola, Miley! —dijo Malcolm con una amigable sonrisa—. Esperaba saber de ti el sábado por la mañana. Quiero que sepas que estaré más que satisfecho de aceptar a Clay como cliente y que si es necesario, puedes pagarme a razón de un dólar al mes.
Miley tuvo que esforzarse en reprimir las lágrimas. Ya había llorado suficiente.
—Señor Malcolm gracias. Es usted muy amable —dijo con suavidad—. Creí que quizá quería despedirme.
Él enarcó las cejas.
—¿Con ciento cincuenta pulsaciones por minuto? ¡Dios santo!
—Los periódicos del sábado me describían como una pérfida mujer, y a Clay como a un asesino sin escrúpulos...
—Sólo son calumnias —repuso él con calma—. Se trataba de Lincon Davis intentando obtener la cabellera de Nick antes de que lleguen las elecciones. Y es obvio que no has leído la refutación de Nick. Échale un vistazo —añadió empujando hacia ella el diario vespertino.
Miley leyó el artículo con sorpresa. Evidentemente, Nick tampoco tenía reparos en propinar golpes bajos. Consideró los ataques de su adversario bajo otra perspectiva y lo acusó a su vez de política de explotación y sensacionalismo. Lo hizo con frialdad y concisión, y cada una de sus frases, breves y agudas, garantizaba una respuesta por parte del señor J. Davis. Mencionó el ataque al corazón del abuelo de Miley y añadió que él era soltero y libre de salir con quien se le antojara. Además, aseguró al reportero que le había entrevistado que la señorita Cyrus era una dama, y si Davis no se retractaba de sus insinuaciones sobre su conducta, Nick se sentiría complacido de recitarle las leyes acerca de la difamación en presencia de un tribunal. Al final del largo artículo se incluía un breve comunicado en que el citado señor Davis acusaba al periódico matutino de malinterpretar sus declaraciones y se disculpaba públicamente ante la señorita Cyrus.
—¡Por el amor de Dios! —exclamó Miley con voz ronca.
—Nuestro señor Nick es formidable— dijo Malcolm con una sonrisa—. Aunque en los juicios sienta ganas de estrangularle, tengo que reconocer su ocasional elocuencia. Le ha dado una patada en el trasero al respetable señor Davis.
—Ha sido muy amable al defenderme —intervino Miley, y pensó que difícilmente encajaba ya en la descripción que Nick había hecho de ella en el periódico. La insinuación de Davis era más acertada después de su conducta del sábado por la noche.
—Tú le gustas —afirmó Malcolm, sorprendido por la expresión de su rostro—. Todos hemos empezado a consideraros una pareja. Habéis sido inseparables durante semanas.
Bajó la mirada hacia el periódico pero sin verlo.
—Bueno, no parece que vaya a continuar siendo así —contestó Miley con rudeza—. No voy a volver a verlo.
—No tienes que hacer esa clase de sacrificio —opinó tranquilamente su jefe— sólo para aplacar a Davis. Si no es tu hermano, encontrará cualquier otra cosa para atacar a Nick; espera y verás. Es una actitud muy noble por tu parte, pero permanecer alejada de Nick a causa del arresto de tu hermano no afectará a sus posibilidades de resultar reelegido —añadió Malcolm con una sonrisa.
Había malinterpretado sus motivos, pero antes de que pudiera sacarle de su error, el teléfono sonó y parte del personal invadió el despacho. Significaba la vuelta al trabajo, y se sintió agradecida por ello. Nunca se planteó que la relación de Nick con ella o su familia pudiera afectarle políticamente. Había dicho que no presentaría una nueva, candidatura, pero Miley sabía que había gente que trataba de hacerle cambiar de opinión. Pensó que si su única intención hubiera sido la de tener controlado a Clay, seguramente no habría arriesgado sus esperanzas de reelección dejando que lo vieran con ella. No, si estaba seguro de que Clay al final sería arrestado.
Cuantas más vueltas le daba al asunto, más confusa se sentía. Sólo deseaba que Nick volviera a llamarla. Recordó, sin embargo, haberle dicho que lo odiaba cuando la había acompañado a su casa. Esbozó una mueca. Nick había velado por todos ellos aquella noche, incluso había ido al hospital a interesarse por el abuelo, y ella ni siquiera se lo había agradecido. A pesar de lo que había sucedido entre ellos, era triste comer sola de nuevo. Era como si de repente se hubiera visto reducida a la mitad, sobre todo después de conocerlo tan íntimamente. Al cerrar los ojos, lo sentía, lo saboreaba, revivía cada una de las emociones de aquella noche. Su mente se rebelaba contra los recuerdos, pero su cuerpo los ansiaba. Lo deseaba. Pero la había traicionado y ya no sería capaz de confiar de nuevo en él. Clay podía acabar en la silla eléctrica o encerrado de por vida. Debía recordar que Nick lo había metido en la cárcel y que lucharía por mantenerlo en ella.
Además, se dijo con amargura, si yo le importara realmente, ya habría dado señales de vida. Me habría llamado. Terminó su solitario almuerzo y volvió a la oficina. Por lo menos, pensó agradecida, todavía tengo un empleo.
Maggie había demostrado su apoyo y comprensión durante todo el día.
—Lo que te resulta más difícil de todo es pensar en Nick, ¿verdad, Miles? —preguntó a la hora de marcharse con una mirada comprensiva—. Supongo que estás convencida de que sólo salía contigo para llegar hasta tu hermano.
—Y es cierto —contestó Miley. Se sentía cansada—. Ni siquiera me ha telefoneado desde esa noche.
Quizá se siente culpable —sugirió la mujer—. Es posible que crea que no quieres saber nada de él. Y ¿quién puede reprochárselo? Hizo que arrestaran a tu hermano y va a procesarlo. Sabe que tu abuelo lo odia, y que además está enfermo. —Añadió con solemnidad—: Es posible que se mantenga al margen para protegerte, Miley. La prensa lo está acosando, gracias al señor Davis. Los Periodistas se pegarán a él como sanguijuelas hasta que el ambiente se enfríe. Está tratando de evitar que seas el blanco de la atención pública, querida.
Miley no se había planteado esta posibilidad. Y era la más reconfortante de todas.
Transcurrió una semana. Nick llevó a cabo su trabajo en los tribunales con una actitud estoica y de muy mal humor. Davis fue su adversario en uno de los casos, y entre los dos hicieron que la atmósfera de la sala estuviera tan cargada que el juez hubo de llamarlos aparte y advertirles que cesaran los desórdenes.
Nick no esquivó a la prensa, pero lo cierto era que no precisaba hacerlo. Davis acaparó la atención pública con la habilidad de un artista consumado. Manipuló ventajosamente para él sus enfrentamientos con Nick, blandiendo estadísticas criminales y registros de condenas ante las narices de los medios informativos de Atlanta. Apareció en dos ocasiones en el informativo de las seis. Nick le dio a MacTavish un pedazo de hamburguesa y roció la pantalla con salsa de tomate, pues pensó que la barba roja le sentaba de maravilla al respetable abogado.
Pero bajo su aspecto aparentemente tranquilo, aún le dolían las amargas palabras de Miley. Evidentemente, su familia era más importante para ella de lo que él lo sería jamás. Le dolió advertir que era el último en su lista de prioridades. Había creído que estaban tan unidos que el mundo se centraba en ellos dos, pero el arresto de Clay le demostró que no era así. Ella había puesto de inmediato el bienestar de Clay por encima del de él, como si lo ocurrido en su casa no hubiera tenido importancia alguna.
Sorbió el café y dirigió su fría mirada hacia la ventana. Ella era virgen y él había traicionado su confianza.
Había dejado que las cosas llegaran demasiado lejos, pero Miley le había ayudado. ¡Él no lo había hecho solo!
Se levantó y se sirvió otra taza de café, mientras miraba con expresión ausente cómo comía MacTavish. Después de pasar solo tantos años, no entendía que últimamente le resultara tan difícil vivir así. Él y Miley habían hecho muchas cosas juntos. Disfrutaba estando con ella. Y después de descubrir su naturaleza apasionada, estaba seguro de que lo amaba. Ella se lo había dicho. Pero desde entonces todo lo que sentía por él era odio. Estaba seguro de que lo maldecía por seducirla y lo culpaba del arresto de Clay.
Había querido llamarla. De hecho, lo había intentado un par de veces el último domingo, pero no había habido respuesta. Después se había convencido de que ella no quería saber nada más de él. Sabía que Miley habría leído los artículos del periódico, y si quería creer que se había alejado de ella para salvaguardar su empleo, no le importaba. Se las arreglaría solo, como siempre lo había hecho, y ella podía irse a...
Suspiró profundamente, con los ojos cerrados. ¿Podía irse adónde? Llevaba una enorme carga sobre los hombros. Se lo había dicho una vez, hacía mucho tiempo. Era el único apoyo de su familia, ella los animaba, curaba las heridas, hacía las tareas del hogar y se ocupaba de que todo marchara bien. Sólo ella podía ocuparse de Clay. Tendría que visitar a su abuelo todos los días, además de su trabajo y la casa y la preocupación por el juicio de Clay. Ya la había visto derrumbarse una vez. ¿Qué le ocurriría si el abuelo moría o Clay era condenado?
Nick rehusaría ejercer de fiscal cuando se fijara la fecha del juicio de Clay. Pero al dar el caso a uno de sus colegas, se pondría en tela de juicio a toda la oficina, pues Davis le acusaría de presionar a sus colaboradores para inclinar el caso en favor de Miley.
Su mirada se hizo más penetrante. Bueno, quizá hubiera una salida. Podía hacer que el gobernador designara un fiscal especial para el caso, y eso satisfaría a todo el mundo. Pero aún quedaba por resolver el asunto de la culpabilidad o la inocencia de Clay. Mack había dicho que había actuado bajo amenazas y coacción. Si eso era cierto, y el chico no era en realidad el cabecilla de la operación, ¿dejaría que fuera a parar a la cárcel? Era en efecto posible que Clay no hubiera saboteado su coche o vendido crack al pequeño Dennis. Si era verdad, los Harris podían estar utilizando a Clay dé cabeza de turco para librarse de la cárcel.
Lo irritaba de verdad dejar que esos traficantes se salieran con la suya. Quizá fuera capaz de indagar un poco más hondo. Pero, aunque lo hiciera, los abogados de oficio estaban sobrecargados de trabajo y mal pagados. Así pues, en cualquier caso, ¿cómo iba a tener Clay una oportunidad? Un buen abogado defensor significaría una gran ventaja para el muchacho, pero Miley no podía permitirse esa clase de representación. Un defensor público sería todo lo que tendrían los Cyrus. Se sentó de nuevo y se mesó, inquieto, el cabello oscuro. Encendió un cigarrillo y permaneció sentado, sumido en sus pensamientos. La vista preliminar del caso de Clay sería al cabo de dos semanas. El eran jurado ya había formulado una demanda judicial en su contra, la fianza había sido fijada en la citación, pero Clay la había rechazado. Al parecer no iba a dejar que Miley la pagara. Además, en la cárcel estaba a salvo de los Harris.
Soltó un juramento. La vida había sido tan sencilla tres meses antes... Su mundo se estaba volviendo amargo, y todo a causa de una anticuada jovencita de campo que le había preparado pasteles de limón y le había hecho reír. Se preguntó entonces si volvería a reír alguna vez.
Miley había acudido a ver al abuelo todas las noches, pero continuaba postrado en la cama del hospital sin mostrar el más mínimo interés por la vida. El médico sabía que pagar la factura iba a suponer un enorme esfuerzo para Miley, aunque Nick Jonas hubiera prometido hacerse cargo de la mayor parte de la cuenta. Finalmente, recomendó trasladar al anciano a una unidad de vigilancia intermedia.
—Será lo mejor, por el momento explicó a Miley—. Creo que podremos conseguir financiación pública. Haré las gestiones necesarias. No está respondiendo tan rápidamente como quisiera, y no creo que pudieras atenderle en casa por ahora.
—Podría, intentarlo... ——dijo ella.
—Miley, Mack va a la escuela y Clay está en la cárcel. Tú debes acudir a tu trabajo y francamente, no tienes buen aspecto —añadió mirando su rostro contraído y pálido—. Me gustaría que pasaras por mi consultorio para un chequeo rutinario.
Miley tragó saliva, tratando de aparentar calma. Tenía un montón de razones para no querer que la examinara, la principal de ellas que su período se retrasaba ya dos semanas y esa mañana había vomitado después de desayunar. Estaba sometida a un enorme estrés que podía causar esa clase de síntomas, pero casi podía asegurar que no respondían simplemente al estado emocional en que se hallaba.
—No puedo permitírmelo en este momento, doctor Miller —dijo aparentemente tranquila.
—Lo pondremos en la cuenta, Miley —insistió él—. No aceptaré un no por respuesta.
—Me siento débil y cansada —trató de excusarse.
—Te he visto nacer —dijo él. Sus penetrantes ojos azules parecieron ver su interior—. El diagnóstico quedará entre tú, yo y Ruthie —añadió. Ruthie había sido su enfermera durante treinta años, y aunque hubiera sabido todos los entresijos de la consulta, nadie hubiera conseguido arrancarle una palabra.
—De acuerdo —se rindió Miley con cansancio—. Pediré hora.
—Y procura acudir —murmuró él—. Ahora, con respecto a tu abuelo, creo que podemos conseguirle una plaza en HealthRex, ya sabes, el nuevo asilo del condado. Es moderno y no muy caro, y quizá unas cuantas semanas allí sea lo que necesita. Estará rodeado de gente de su edad. Tal vez el cambio le despierte los deseos de vivir.
—¿Y si no?
El médico se encogió de hombros.
—Miley, no puedo recetarle nada para que desee continuar viviendo. Ha tenido una vida difícil y su corazón no es fuerte. Necesita una razón para recuperarse y ahora no cree tener ninguna.
Miley esbozó una mueca.
—Ojalá supiera qué hacer.
—Eso nos sucede a todos. Cuídate. Me gustaría que pidieras hora para el lunes. Te informaré sobre lo de tu abuelo en cuanto pueda enterarme de las posibilidades, ¿de acuerdo?
—De acuerdo. —Sonrió—. Gracias.
—Aún no he hecho nada. Ya me lo agradecerás después. Intenta descansar. Pareces agotada.
—Han sido dos semanas muy largas, pero lo intentaré.
—¿Cómo está Clay?
Miley negó con la cabeza.
—Deprimido y decepcionado. He hablado con el abogado de oficio. —Esbozó una mueca—. Es joven y enérgico, pero el volumen de su agenda de casos es abrumador. No dispondrá de tiempo para preparar una defensa adecuada y Clay pagará por ello. Quisiera poder permitirme un buen abogado.
—Trabajas para uno —recordó él.
Miley asintió.
—Pero no puedo dejar que el señor Malcolm sacrifique tanto tiempo si no puedo pagarle. —Apretó los puños—. El mundo se mueve por dinero, ¿no cree? —Preguntó con amargura mirando a la gente pobre reunida en el vestíbulo: blancos, negros, hispanos y orientales, viejos y jóvenes; todos esperando en la sala pública de urgencias para ver a un médico—. Mírelos. Algunos de ellos morirán porque no pueden pagar las medicinas, el hospital o un buen médico. Otros se dejarán la piel en alimentar a sus familias porque no pueden permitirse ayuda alguna. La mayoría morirá en una institución benéfica. —Adoptó una expresión compungida—. Es como la cárcel. Si eres pobre, cumples la condena; si eres rico, dispones de un buen abogado y una buena oportunidad. ¿En qué clase de mundo vivimos?
El doctor Miller le rodeó los hombros con un brazo.
—¿Por qué no me alegras un poco hablándome de Mack?
Miley forzó una sonrisa.
—Bueno, de hecho, parece que aprobará las matemáticas... —empezó.
—¿Mack? ¡Increíble!
—Sí, eso pensé yo —convino. Estaba inquieta, angustiada. Hablaba mecánicamente, pensando en su abuelo, en Clay y en el inevitable examen médico que iba a cambiar su vida. No sabía cómo iba a sobrellevarlo todo. De alguna manera tendría que encontrar las fuerzas para hacer frente a los próximos meses.
Por fortuna, cuando llamó a la consulta del doctor Miller para pedir hora, le dijeron que no podría verla hasta un mes más tarde. Se sintió aliviada. Era una cobardía alegrarse de posponer la noticia de su embarazo, pero hasta entonces podía fingir que todo iba bien. No debía pensar en ello hasta que no le confirmaran que era cierto, y quizá ocurriera un milagro. Cabía la posibilidad de que no estuviera embarazada. Al menos tenía algo a lo que aferrarse.
Nick no estaba seguro de por qué lo hacía, pero se dirigió a la oficina de Miley el lunes siguiente. Bob Malcolm deseaba verle para discutir una declaración de culpabilidad. Habitualmente era Malcolm quien acudía al despacho de Nick, pero hacía casi tres semanas que no veía a Miley, y la visita de Clay se había fijado para ese viernes. Quería verla para saber cómo le iban las cosas.
Cuando Miley alzó la vista de su máquina de escribir y lo vio, sintió cómo el rubor cubría sus mejillas, luego se quedó pálida como un fantasma. Estaba demacrada, Nick pensó que seguramente no comía adecuadamente. Reconoció el vestido gris, que seguramente Miley había llevado en alguna de sus citas. Su cabello castaño cobrizo estaba recogido en un moño y sólo llevaba un ligero toque de maquillaje que ni siquiera disimulaba sus pecas. Se llenó los ojos de ella.
Miley apenas podía respirar. No se planteó en esos días la posibilidad de que Nick acudiera a su oficina. Al principio no pudo moverse. Permaneció sentada mirándolo, ajena a todo lo que la rodeaba. No le pareció muy afectado por todo lo sucedido. Le dio la impresión de que ni la echaba de menos, ni pensaba en ella. Tenía el mismo aspecto de siempre: oscuro, ligeramente sombrío y amenazador.
Él se apoyó en el escritorio.
—La vista preliminar es el viernes —dijo—. Hay otros abogados de oficio.
Miley bajó la mirada hasta su boca y se estremeció internamente al recordar con qué pasión se habían besado aquella noche. Se tragó la amargura.
—El que tiene es un buen abogado. A Clay le gusta.
—¿Y a ti? —preguntó él con aspereza—. La vida de tu hermano puede depender de ello.
—¿Qué puede importarte la vida de Clay? —preguntó enfurecida, al tiempo que alzaba sus hirientes y airados ojos azules—. ¡Tú eres quien va a enviarle a la cárcel! ¿Por qué te interesas por su defensa?
—Siempre agradezco tener un contrincante de altura en los tribunales —contestó con nerviosismo—. Detesto ganar un caso con demasiada facilidad.
A Miley le tembló el labio inferior. Apartó la mirada.
—No tienes por qué preocuparte. Clay sólo será un caso más en la lista de tus éxitos que podrás blandir contra el señor Davis en tu campaña. Trató de matarte, ¿recuerdas?
Nick, ajeno a las curiosas miradas de los compañeros de Miley, cogió un clip y lo retorció entre sus largos y morenos dedos.
—Tú no crees que lo hiciera.
—No —contestó ella simplemente—. Quizá sea más ciega que un topo en algunos aspectos, pero conozco a mí hermano y sé de lo que es capaz. jamás le quitaría la vida a otra persona.
Él siguió retorciendo el clip.
—¿Cómo está tu abuelo?
—Lo han trasladado a un asilo —dijo sin alterarse—. Se ha rendido.
Nick alzó la mirada y la clavó en la de ella.
—Y tú, ¿cómo estás?
Ella no pudo evitar ruborizarse. La expresión de sus ojos no se adecuaba a sus palabras. Le sugerían recuerdos oscuros, de una sensualidad que había provocado en ella un torrente de emociones desconocidas hasta entonces, pero no se aventuraría a abandonarse a ellos.
—Estoy bien —contestó de forma evasiva.
—Si no lo estás, espero que me lo digas —insistió Nick con expresión muy severa—. ¿Está claro, Miley?
Ella apretó la mandíbula.
—¡Sé cuidar de mí misma!
Nick suspiró con acritud.
—Claro que sí!. Ambos sabemos cuán cuidadosas pueden llegar a ser dos personas, ¿verdad?
Miley enrojeció intensamente. Retorció las manos en el regazo y no se atrevió a comprobar si alguien los observaba.
—Por favor, vete —susurró.
—En realidad he venido a ver a tu jefe —puntualizó él sin delicadeza, y se incorporó—. ¿Está en su despacho?
Ella negó con la cabeza.
Ella negó con la cabeza.
—Esta mañana está en los juzgados.
—Entonces le telefonearé en lugar de volver por aquí. —Metió las manos en los bolsillos y la observó con una ceñuda y penetrante mirada—. Dijiste que me odiabas. ¿Es cierto?
Miley no fue capaz de alzar la mirada.
—¿Vas a procesar a mi hermano como a un adulto?
El rostro de Nick se endureció.
—¿Es ésa tu condición para que cese el fuego entre nosotros? —preguntó con una sonrisa burlona—. Lo siento, Miley, no acepto sobornos. Sí, le procesaré como a un adulto. Si, me parece que es culpable. Sí, creo que conseguiré que lo condenen.
En los ojos de Miley brilló el odio. Detestaba su expresión arrogante y burlona. Lo había subestimado, y tanto ella como Clay debían pagar las consecuencias.
—Quizá el jurado no esté de acuerdo contigo.
Él se encogió de hombros.
—Es posible, por supuesto, pero no probable. —Apretó los dientes—. Un niño de diez años murió a causa de la avaricia de tu hermano. No lo olvidaré jamás.
—No fue culpa de Clay —dijo ella con voz ronca—. ¡Él no es culpable!
—Incluso trató de involucrar a Mack, ¿lo sabías?
—Incluso trató de involucrar a Mack, ¿lo sabías?
Ella cerró los ojos para borrar la mirada acusadora de Nick.
—Sí —susurró—. Clay me lo dijo. —No se cuestionó cómo lo sabía Nick. El tono acre de su voz la distrajo.
—Puedes justificar su conducta, si así lo deseas —prosiguió él al cabo de unos instantes—. Pero el hecho es que Clay sabía con exactitud lo que hacía y las consecuencias a que debería enfrentarse si lo cogían. Va a cumplir condena como se merece. No me disculparé por mi colaboración en su arresto. Volvería a actuar de la misma manera si las circunstancias se repitieran. Miley, haría exactamente lo mismo.
—Clay no colocó la bomba en tu coche —insistió ella con energía—. No le vendió droga a Dennis. Quizá sea culpable de los otros cargos, pero no de éstos.
—No piensas ceder, ¿verdad?—la regañó con aspereza—. Los Harris y otros dos testigos lo vieron traficar con droga. jurarán que lo hizo, también hay un testigo que lo vio vender crack a Dennis —añadió. Detestaba tener que decírselo, pero Dan Berry había extraído esa información de una entrevista con algunos adolescentes de la escuela superior.
—Es mentira —replicó Miley. Mantuvo su mirada—. No me importa cuánta gente diga lo contrario. Clay me ha dicho que es inocente. Puede mentirle a los demás, pero yo siempre fui capaz de ver en su interior; no está mintiendo.
Nick tan sólo negó con la cabeza.
—Dios, qué terca eres —murmuró—. Muy bien, sigue haciéndote ilusiones.
—Gracias por su actitud permisiva, señor Nick —dijo ella con fingida dulzura—. Ahora, si me lo permite, tengo trabajo que hacer.
Se volvió hacia su máquina de escribir. Nick permaneció de pie y la observó durante unos segundos. Había pretendido suavizar las cosas, pero sólo había conseguido que empeoraran. Miley nunca creería que Clay era culpable.
Se volvió y salió de la oficina. Mientras co Miley le había dicho. Estaba tan preocupado que pasó de largo el edificio de los juzgados y se dirigió a la cárcel del condado donde estaba encerrado Clay.
No había planeado ver al chico. Miley no sabía que había rechazado procesarle y había estado demasiado furioso para decírselo. Todavía creía culpable a Clay, pero quizá se dejaba influenciar por el encuentro que años atrás tuvo con su padre. El refrán "de tal palo tal astilla" quizá no fuera correcto en ese caso.
Siempre había visto las cosas en blanco y negro, pero le gustara o no, se había involucrado demasiado en la familia de Miley. Ya que su colaboración había sido decisiva para que Clay estuviese en la cárcel, quizá fuera mejor asegurarse de que, su actuación estaba justificada.
Clay enrojeció cuando lo vio. Le dirigió una furiosa mirada cuando entró en la celda con un purito en la mano.
—Salve, héroe conquistador —se burló cuando el guardia los dejó solos—. Espero que esté satisfecho ahora que me tiene donde quería. He oído que me acusan de todo menos de homicidio voluntario, además de considerarme un importante traficante. ¿Porqué no envía a un policía con una pistola cargada y le ahorra dinero a los contribuyentes?
Nick ignoró el sarcástico comentario y se sentó en el camastro. Estaba acostumbrado a esa clase de explosiones. Había pasado la mayor parte de los siete años anteriores tratando con hombres coléricos.
—Pongamos las cosas claras —dijo a Clay—. Creo que eres culpable, por lo menos de asociación indebida. —Su mirada pareció taladrar la de Clay—. Muchos chicos como tú han pasado ante mis ojos. Eres demasiado perezoso para luchar honestamente por lo que quieres, y demasiado impaciente para esperar. Lo quieres todo ahora, así pues, optas por el dinero fácil. No te importa cuántas vidas destruyas, cuánta gente inocente sufra. Lo único que cuenta son tus propias necesidades, tu comodidad, tu placer. —Sonrió sin alegría—. Felicidades. Te tocó el premio gordo. Pero éste es el precio.
Clay se apoyó contra la pared y suspiró con acritud.
—Gracias por el sermón. Miley ya hizo lo propio, y el cura de la prisión añadió otra espina a mi corona. —Apartó la mirada—. Dicen que mi hermano pequeño ni siquiera habla de mí. Nick despacio. Apretó los dientes cuando Clay lo miró con mal disimulada esperanza—. Mack trató de convencerme de que los Harris te obligaron mediante amenazas a realizar la última compra. No quise escucharle.
—¿Por qué había de hacerlo? —preguntó Clay sin mirarlo. Pensó que Mack no debía de odiarlo tanto si lo había defendido ante Nick. Bajó la mirada hasta el suelo, y añadió sin emoción—: Al principio sólo era cerveza y un poco de crack. No era muy afortunado haciendo amigos en la escuela. Todo el mundo sabía que mi padre había tenido problemas con la ley y a muchas familias no les gustaba que sus hijos se relacionaran conmigo. A los hermanos Harris parecía caerles simpático. Me invitaron a salir con ellos, y empecé a beber y consumir drogas. ¡Las cosas eran tan difíciles en casa! —continuó con tono áspero—. El abuelo había tenido un ataque al corazón y su salud era muy delicada. Miley no hacía más que trabajar y hacerme la vida imposible obligándome a estudiar, y nunca teníamos dinero. Siempre igual: trabajar y trabajar, apretarnos el cinturón y hacer malabarismos para llegar a fin de mes. —Alzó la vista al techo—. ¡Dios, cómo odiaba ser pobre!. Había una chica que me gustaba y ni siquiera me miraba. Quería comprarme cosas. Quería que la gente dejara de mirarme por encima del hombro porque mi padre era un delincuente y mi familia no tenía dinero.
Nick frunció el entrecejo.
—¿Nunca pensaste en Miles?
—Pensé en ella cuando me arrestaron. —Rió con amargura—. Pensé en lo duramente que había trabajado por todos nosotros, en los sacrificios que había hecho. Nunca había salido con nadie hasta que usted apareció, pero también entonces se lo pusimos difícil. Le amargamos la vida, porque yo estaba seguro de que sólo salía con ella para atraparme. —Sostuvo la mirada de Nick y preguntó—: Y era cierto, ¿no es así?
—Al principio, quizá —convino él—. Después... —Dio una calada al cigarro—. Miley no es como la mayoría de las mujeres. Tiene un gran corazón. Es detallista y protectora por naturaleza. Se preocupa de que lleves chaqueta cuando hace frío y no te mojes los pies cuando llueve. Te prepara sopa caliente cuando te encuentras mal y te arropa por las noches. —Bajó la mirada—. Me odia a muerte. Eso debería alegrarte un poco.
Clay no supo muy bien qué decir. Había visto los ojos de Nick antes de que desviara la mirada y le había sorprendido la amargura que reflejaban.
Se apartó de la pared.
—Yo no coloqué la bomba en su coche —dijo titubeante.
Nick alzó los ojos.
—Tenías motivos para hacerlo —dijo mirándolo fijamente.
—Me gustan los perros —murmuró Clay—. Le odiaba, pero nunca hubiera matado a su perro
Nick no pudo evitar una sonrisa.
—¡Dios mío!
—Se me da bien la electrónica —prosiguió Clay—. Pero los explosivos plásticos son complicados y no sé mucho sobre ellos. —Miró a Nick deseando que le creyera—. Tampoco vendí crack a ese chico de la escuela. Mack cree que lo hice —añadió con honestidad—. No era muy consciente de mis actos mientras trabajé para los Harris, por eso es verdad que presioné a Mack para que me ayudara a encontrar contactos en su escuela, pero nunca llevé a cabo una venta directa. —Se encogió de hombros con impotencia—. No quise volver a hacerlo después de la primera vez que me obligaron a actuar de intermediario en una compra. Así fue como me atraparon. Dijeron que policías de paisano me habían visto entregar el dinero. Entonces sabotearon su coche y me amenazaron con hacerme parecer culpable del atentado. Dijeron que si no convencía a Mack me delatarían y... ¡Qué más da! —Alzó las manos en un gesto de indiferencia y se dirigió a la ventana—. Nadie va a creerme. —Sus dedos asieron con fuerza los fríos barrotes—. Nadie creerá que me forzaron a hacerlo, que soy el cabeza de turco de este asunto. Los Harris han sobornado a suficientes testigos para mandarme a la silla eléctrica. Me van a freír, y usted pagará la factura de la electricidad, ¿verdad?
Nick siguió fumando tranquilamente, pensando. —¿Qué hiciste exactamente?
—Actué como intermediario en una ocasión, y después distribuí la mercancía entre los vendedores.
—¿Has efectuado alguna venta? —preguntó mirando fijamente a Clay.
—No.
—¿Entregaste alguna vez pequeñas dosis para crear adicción en potenciales clientes?
—No.
—Pero ¿tú sí has consumido droga?
Clay esbozó una mueca.
—Sí. En alguna ocasión. Sobre todo bebía cerveza y fumaba marihuana. He tomado un poco de crack, pero lo dejé porque no me gustaron sus efectos alucinógenos.
—¿Has llevado alguna vez más de treinta gramos encima?
—Bueno, la noche en que fui arrestado. Lo recuerda ¿no? Llenaron mis bolsillos de esa basura.
—Aparte de esa noche.
Clay negó con la cabeza.
—Siempre llevaba un poco de marihuana para fumar, nada más. e incluso me arrepiento de ello.
Nick continuó fumando y exhaló una densa nube de humo.
—¿Asistías regularmente a las compras?
—Sólo aquella vez que me forzaron a hacerlo. Se aseguraron de que no me enterara de nada de lo que hacían. Solamente supe una cosa, y ni siquiera a ciencia cierta, que pretendían atentar contra usted. Pero creí que no hablaban en serio, ya sabe. Salí de mi error cuando Miley llegó aquel día y nos contó lo que le había sucedido. Dios mío, nunca me había sentido tan mal, tan asustado... y esa noche me amenazaron con involucrarme en el asunto si no hacía exactamente lo que me decían. —Miró fijamente a Nick— Eso me convierte en cómplice de homicidio premeditado, ¿verdad?
—No— dijo lentamente Nick— Recorrió varias veces la pequeña celda durante unos segundos y se detuvo junto a la puerta—. Pero a menos que te consigas un abogado endiabladamente bueno toda la honestidad del mundo no te librará de la cárcel, aunque decidan no culparte de la muerte del pequeño Dennis.
—No puedo pedir más sacrificios a Miley... —empezó Clay.
—¡Oh, al infierno con eso! —le interrumpió—. Yo me encargaré de este asunto. Pero es algo que debe quedar entre tú y yo. No quiero que Miley se entere de que hemos tenido esta conversación, ¿me entiendes? —Finalmente añadió——: No tiene que saber nada acerca de los detalles.
—Pero ¿qué puede hacer usted? ¡Usted es el fiscal! —exclamó Clay.
Nick hizo un gesto de negación con la cabeza.
—Hice que me desestimaran como tal, a mí y a mi oficina. El gobernador ha nombrado a otro fiscal de distrito para este caso.
—¿Porqué?
—Si lo perdía, Davis me habría acusado de perder deliberadamente a causa de Miley —explicó Nick. Y lo mismo hubiera dicho si el caso lo hubiera llevado alguno de mis colaboradores. Eso hubiera puesto a Miley en el meollo del asunto, y ya ha recibido bastante veneno de la prensa por mi causa.
Clay aguzó la mirada mientras observaba a Nick.
—Ella le importa, ¿verdad? —preguntó con astucia.
El rostro de Nick era impenetrable.
—La respeto —aceptó—. Lo cierto es que ya ha tenido suficientes problemas. No entiendo cómo ha aguantado tanto.
—Es fuerte— explicó Clay—. Se ha visto obligada a serlo.
—No es invulnerable —recordó Nick. Si por algún milagro consigues salir de ésta, deberías plantearte echarle una mano.
—Ojalá lo hubiera hecho antes —admítió—. Traté de convencerme de que mi trabajo con los Harris era para ayudar a Miley, pero no era verdad. Lo hacía en mi propio beneficio.
—Al menos has aprendido algo. —Nick llamó al guardia—. Me pondré en contacto contigo a través de alguien —dijo antes de salir—. No le digas a Miley que he estado aquí o que tengo alguna relación con la defensa de tu caso. Es mi única condición.
—Muy bien, pero ¿por qué?
—Tengo mis razones. Y, sobre todo, no hables con la prensa —añadió secamente.
—Eso puedo prometérselo —aseguró Clay.
Nick asintió y salió de la celda. Cuando se hubo marchado, Clay recordó que ni siquiera le había dado las gracias. Le parecía increíble que Nick tratara de ayudarle. ¿Era posible que fuera a causa de Miley? Quizá el fiscal estuviera más emocionalmente involucrado de lo que creía.
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