sábado, 17 de marzo de 2012

Capitulo 2.-

Nick sintió que regresar a Yates Jonas era como volver a casa. Pero él ya no tenía hogar al que volver.
Desde la puerta de entrada, se giró para verlo todo. Había una serie de edificios metálicos de diversas formas y tamaños, distribuidos a lo largo de la orilla del río. Cada edificio albergaba una fase de producción y él había trabajado en cada uno de ellos.
Había varios muelles en la orilla del río. En ellos, había yates casi terminados. A menos que las cosas hubieran cambiado en ocho años, el muelle que había justo detrás de la oficina de ventas estaba reservado para los veleros acabados y en espera de ser entregados. El suyo y otro más ocupaban ese espacio.
Nick recorrió el lugar con la mirada una vez más y la tristeza se apoderó de él. En el pasado, se había enorgullecido de pensar que todo aquello sería suyo algún día. Pero había renunciado a todo, cuando había decidido huir de la verdad.
Intentando librarse de los recuerdos y de la rabia que le producían, abrió la puerta y entró en la recepción. Todo parecía cambiado. Lo que en su día había sido una recepción poco iluminada y sencilla tenía un aspecto lujoso y lleno de clase.
La luz del sol entraba a raudales por las ventanas, reflejándose en un elegante suelo de teca. Una mesa de recepción con forma curvada había reemplazado el viejo escritorio de metal y detrás de ella, una gran pared de cristal separaba la entrada de la zona de despachos.
La joven recepcionista lo miró y le dedicó una sonrisa de anuncio de dentífrico.
—Buenos días, señor. ¿Puedo ayudarle?
—Soy Nicholas Jonas.
—Un momento, por favor. Avisaré a la señorita Cyrus de que ha llegado usted. Puede tomar asiento mientras espera —indicó la joven, señalando hacia unos sofás de cuero nuevos.
—No es necesario. Iré a buscarla.
La recepcionista se levantó de su asiento a toda velocidad y le bloqueó el paso.
—Lo siento, señor Jonas, tendrá que esperar hasta que la señorita Cyrus lo autorice.
—¿Qué? ¿Autorizarlo?
—Necesitará un pase de seguridad —informó ella, y apretó un botón de los auriculares, casi invisibles, que llevaba puestos—. El señor Nicholas ha llegado.
¿Qué había sucedido? Cuando Nick se había ido hacía ocho años, no había habido otra medida de seguridad que cerrar los edificios con llave por la noche. Aquella mañana, había encontrado cerrada la puerta trasera que daba a los muelles. Y el día anterior, había tenido un desagradable encontronazo con varios guardias de seguridad cuando había salido en su moto del barco. Los guardias habían llamado a su madre antes de dejarlo salir.
—Enseguida viene la señorita Cyrus, señor Jonas —informó la recepcionista, sonriendo de nuevo.
Algo se movió detrás de la pared de cristal, captando su atención. Miley se acercaba a él con un traje de chaqueta ajustado de color verde, tan profesional como sexy había sido el vestido del día anterior. La sofisticada mujer que tenía delante no se parecía en nada a la joven insegura que había dejado atrás.
—Gracias, Eva. Yo me encargo —dijo Miley a la recepcionista—. Buenos días, Nick. Por favor, ven conmigo.
Miley comenzó a caminar hacia los despachos antes de que Nick tuviera tiempo de responder. De forma automática, él posó la mirada en las caderas de ella y la siguió por el pasillo. Miley siempre había tenido unos andares muy provocativos. Su perfume era muy sensual. No era el dulce aroma a flores que recordaba. Era una fragancia especiada y tentadora.
Nick maldijo para sus adentros. No tenía ninguna intención de revivir la llama del pasado. No podía quedarse en Wilmington y enfrentarse a la mentira que seguía erosionando su alma a diario.
¿Habría mantenido su padre su palabra? Nick no podía preguntárselo en persona y dudaba obtener una respuesta sincera si lo hiciera. ¿Cómo podía volver a confiar en su padre? ¿Cómo podía confiar en sí mismo siendo hijo de quien era?
Sus músculos se tensaron cuando se acercó al despacho de su padre. Luchó por controlar los sentimientos que lo asediaban y se detuvo en medio del pasillo.
La última vez que había hecho el mismo recorrido, había ido a pedirle a su padre que lo acompañara a comprar el anillo de boda de Miley. Entonces, había abierto la puerta del despacho de su padre sin llamar y su mundo se había venido abajo.
Nick se forzó a centrarse en el presente. Cada pieza del viejo despacho, incluido el sofá donde había sorprendido a su padre teniendo se_xo con la madre de Miley, había sido reemplazada por muebles de aspecto caro.
—¿A qué viene tanta seguridad? —le preguntó Nick tras un momento.
—Estamos protegiendo nuestros productos. Nuestros yates más baratos cuestan un millón de dólares. La mayoría de los modelos que construimos exceden esa cifra. No podemos arriesgarnos a sufrir robos o ataques vandálicos —respondió ella, y le tendió unas hojas—. Necesito que leas y firmes estos papeles.
—¿Qué es esto? —preguntó él tras leer algunos párrafos.
—Una cláusula de no competencia. Nada de lo que veas y aprendas aquí podrá ser usado para competir con los diseños de Yates Jonas.
—¿Estás de broma?
—No. Eres un arquitecto naval con tu propia empresa de diseño, pero tienes aquí un empleo temporal. Necesitamos tomar precauciones para que nuestras ideas no sean pirateadas.
—Esperas que dirija esto, pero estos papeles dicen que no confías en mí —repuso él, intentando controlar su enfado.
—Es cuestión de negocios, Nick. Los sentimientos no tienen nada que ver.
—¿Ha sido idea de mi padre? —quiso saber Nick.
—No. Ha sido idea mía —repuso Miley con mirada desafiante.
Aquello aplacó la rabia de Nick. No tenía motivos para quejarse. Se había ganado a pulso la desconfianza de Miley. Ojeó las páginas, firmó en la línea del final y se las pasó a ella.
—He dejado el informe de pedidos y un paquete de información para ponerte al día. Necesitarás familiarizarte con nuestros clientes actuales, pues se les permite pasarse por aquí en cualquier momento para comprobar en qué estado está su yate. Te sugiero que eches un vistazo a esos documentos hasta que Fran, tu secretaria, llegue. Llega a las nueve. Su despacho está aquí —indicó ella.
Miley actuaba como una azafata, señalando aquí y allí, evitando el contacto visual. Pero Nick percibió que le temblaban un poco las manos al sujetar los papeles. Sintió cierto arrepentimiento. En otros tiempos, habían estado muy cómodos juntos, como amantes.
—Cuando Fran llegue, te hará tu tarjeta de identificación para seguridad. Tendrás que mostrarla para acceder a las áreas restringidas y al pasar por la entrada. Tenemos que hacer una entrega mañana y otra la semana que viene. Fran te pondrá al día. Te he preparado una visita a la zona de producción para las tres de la tarde. Mi despacho está donde siempre, por si me necesitas.
—Miley, no voy a trabajar aquí. Mi despacho está fuera —dijo, y señaló a hacia la ventana, hacia el mar.
El expatriado, uno de sus propios diseños, flotaba en el muelle.
—¿Esperas que yo vaya corriendo hasta el muelle cada vez que tenga que hablar contigo? —preguntó ella, levantando las cejas.
—También puedes llamarme al móvil —repuso Nick, y escribió su número en el reverso de su tarjeta de visita.
Se la dio y sus dedos se rozaron. Sintió el contacto como una descarga eléctrica.
—Veré si los de mantenimiento pueden extender una línea de teléfono hasta tu barco.
—Dijiste que el nombre de mi secretaria era Fran. ¿Tu madre ya no trabaja aquí?
—No. Mi madre dejó el puesto hace años.
Bien, pensó Nick. Un fantasma menos al que enfrentarse.
***


Día uno. Miley había conseguido superar con éxito seis horas de trabajo y le quedaban tres más, incluida la visita de Nick a las instalaciones, para terminar la jornada.
Mientras se dirigía hacia el muelle, al «despacho» de Nick, estudió las soberbias líneas del velero de pesca que él mismo había diseñado. Era bonito, se dijo.
Miley solía guardar sus mejores trajes para las celebraciones en las que el equipo de Yates Jonas festejaba junto al cliente la entrega de un nuevo yate. Ese día no había ninguna celebración, pero Miley había tenido un ataque de vanidad, sabiendo que era el primer día de trabajo de Nick.
Antes de hacer el recorrido por las áreas de producción y de presentar a Nick a los diversos encargados, tendría que ponerse las botas de goma. No sería la primera vez que llevara botas de goma con un traje de diseño.
Vio a Nick a través de la puerta de cristal que daba a la cabina principal. Tenía el portátil sobre una mesa y estaba revisando un montón de folletos. Folletos que ella había diseñado.
Miley sintió una combinación de orgullo y ansiedad. Yates Jonas había recorrido un largo camino después de que Nick se hubiera ido y Miley estaba orgullosa de haber ayudado en su evolución. Ella se había volcado en actualizar su página web, el área de recepción, los despachos y los folletos que Nick tenía en las manos.
Miley llamó a la puerta y Chris levantó la vista. Al encontrarse con los ojos castaños de él, se quedó un momento sin aliento. «¡Maldición!», se dijo ella. Debía controlarse.
Nick se levantó y se acercó. Miley tuvo dificultades en ignorar lo bien que le sentaba aquella camiseta ajustada de manga corta, marcando un pecho musculoso y anchos hombros. Y la forma en que los pantalones resaltaban sus fuertes y largas piernas. No era justo que le siguiera pareciendo atractivo, después de todo el tiempo que había perdido sufriendo por él.
—¿Puedo pasar? Tenemos que hablar sobre la imagen que queremos darle a la periodista —dijo Miley—. Soy consciente de que estamos en horario de trabajo y no deberíamos hablar de temas personales, pero tengo planes para esta noche.
—¿Qué periodista? —preguntó Nick, inquieto.
—¿No sabías que el periódico local va a hacer una crónica diaria de cada pareja salida de la subasta?
Nick se pasó una mano por el cabello despeinado y la dejó pasar. Ella cerró la puerta.
—No. Mi madre me lió para hacer esto. Pasé la tarde del sábado buscando un esmoquin y llegué al club minutos antes de tener que subir al escenario, demasiado tarde como para leer la letra pequeña del contrato. Mi madre no me dijo nada de periodistas ni sé en qué consiste el paquete de venta. Lo único que sé es lo que le oí decir al presentador.
—¿Tienes acceso a Internet? —preguntó ella, señalando hacia el portátil.
—Sí. Inalámbrico.
—¿Puedo? —preguntó Miley, y como Nick asintió, tecleó una dirección de Internet en el ordenador. Poco después, leyó en voz alta—: «La afortunada que compre al soltero número trece tiene derecho a siete seductores atardeceres, incluido un paseo en un carruaje a caballos por la zona histórica de la ciudad, montar a caballo en una playa local, cena en un crucero, un paseo en globo, cena y baile en Devil 's Shoals Steakhouse, un paseo en velero y una hoguera privada en la playa.»
A Miley le pareció que Nick maldecía en voz baja.
—¿Estás dispuesta a renunciar a las citas? Te devolveré el dinero que pagaste en la subasta.
—Intenta explicarle eso a la periodista. No quedaría bien.
—¿No hay modo de escapar de esto? —preguntó él con la mandíbula apretada.
—Salir conmigo no solía resultarte tan desagradable.
—No. No lo era.
Miley lo miró y se sintió capturada por la intensidad de sus ojos. No, se dijo. No debía sucumbir de nuevo.
—Pero eso es pasado. Ahora somos dos profesionales que podemos ganar algo de publicidad positiva si nos comportamos de forma apropiada.
—¿Eso es lo que esto es para ti? ¿Un reclamo publicitario? —le espetó él.
—Sí, además de una oportunidad para que ambos dejemos atrás el pasado —añadió ella, y señaló a su alrededor—. Esto parece bastante… Acogedor.
—Es mi hogar.
—Por ahora, quieres decir.
—Vivo en El expatriado.
—¿De forma permanente? —inquirió ella, sin dar crédito.
—Sí.
Miley miró a su alrededor de nuevo, buscando señales de una ocupante femenina.
—¿Necesitas que te haga un pase de puerta para alguien más que viva contigo?
—Vivo solo.
Miley se sintió aliviada, aunque no tenía por qué, se dijo.
—¿Alguna vez has comprado una casa que no fuera este barco?
En una ocasión, los dos habían hablado de comprar una casa en la playa con un terreno de arena donde los perros y sus hijos pudieran corretear. Ella había comprado la casa, pero carecía de perros y de niños.
—Tuve un apartamento junto al mar cuando me fui a Miami. Después de diseñar y construir mi primer yate, me mudé a vivir en él. Desde entonces, siempre he vivido en el agua.
—Eso hace que sea más fácil moverse —dijo ella de forma impulsiva.
—¿Quieres decir que es más fácil irse? —preguntó él con gesto duro.
—No he dicho eso —replicó ella, intentando evitar una discusión.
—¿Quieres pelea?
—¿Cómo dices?
Nick la recorrió con la mirada. Como resultado, algo se calentó en el interior de Miley.
—Tienes apretados los puños e incluso los dedos de los pies. ¿Estás preparándote para una pelea, Miley?
—Claro que no —respondió ella, y se obligó a aflojar los dedos.
«¿Cuándo había perdido el control de la situación?», se preguntó ella, y se dijo que debía decir lo que había ido a decir e irse.
—Necesitamos tener una estrategia para las entrevistas. Es importante que Octavia Jenkins no note ninguna tensión entre nosotros. Es una periodista de pueblo con grandes aspiraciones, deseosa de sacar a relucir trapos sucios siempre que pueda.
—¿Tú tienes trapos sucios? —quiso saber él.
«¿Aparte de relaciones fracasadas y de una relación inestable con uno de los clientes de Yates Jonas?», se dijo ella.
—¿Yo? No. Mi vida es un libro abierto. ¿Y tú?
—No personalmente —respondió él tras titubear.
¿Qué significaba aquello?, se preguntó Miley. Por primera vez, se preguntó si algo o alguien aparte de ella lo había impulsado a irse de Wilmington. Pero no. Tenía que ceñirse a los hechos que conocía. La madre de Nick podía tragarse la historia de que él se había ido de casa porque no se llevaba bien con su padre, pero a ella no le convencía. Los hombres Jonas solían discutir mucho y a menudo. Pero su vínculo siempre había sido fuerte, a pesar de las disputas.
—Milet, éramos amantes. Si Jenkins es tan ambiciosa como dices, no tendrá que investigar mucho para averiguarlo.
—No. Pero eso ya lo sabe todo el mundo.
—¿Es una periodista muy agresiva? —inquirió él.
—No lo sé. ¿Por qué? —quiso saber Miley, preguntándose qué tipo de secretos escondería Nick.
Como única respuesta, él sacudió la cabeza.
Miley se apartó del ordenador y miró hacia las otras estancias. Allí estaba la habitación de Nick. Al verla, le temblaron las rodillas. Estar a diez pasos del dormitorio de él le impactó. ¿Por qué?, se dijo. No tenía ninguna intención de volver a su cama. Pero algo le dolió por dentro. Era simple nostalgia, pensó ella. Y debía ignorarla.

Nick apagó enfadado su teléfono móvil. La insistente periodista había echado al traste su plan de retrasar las citas todo lo posible. Si encontraba un director interino deprisa, podría regresar a Miami sin tener que cumplir con el paquete de la subasta.
¿Era un cobarde? Lo más probable era que sí. Pero no sabía si era capaz de salir con Miley, pasar horas con ella a la luz de las velas e irse de nuevo. No, no seguía enamorado de ella, pero se sentía demasiado atraído por ella. Sería demasiado fácil enamorarse otra vez. Pero nada había cambiado. De hecho, desde que había dejado a Miley, su incapacidad de salir con una misma mujer más de unos pocos meses reforzaba su idea de que tal vez era como su padre, incapaz de ser fiel.
Nick miró su reloj. ¡Maldición! Llegaba tarde a su reunión con Miley. Agarró las gafas protectoras que tenía que ponerse para visitar la zona de producción. Miley lo estaba esperando al final del muelle.
¿Cómo podía una mujer ser atractiva con gafas protectoras y botas de goma? Aun así, Miley lo era.
Nick se puso las gafas y maldijo a sus hormonas.
—Siento haberte hecho esperar. Me llamaron por teléfono. ¿Puedes cambiar tus planes para esta noche?
—¿Por qué?
—Porque la periodista quiere que le dé una entrevista para hablar sobre nuestra primera cita. Eso significa que tenemos que salir juntos al menos una vez.
—¡Ah! —repuso ella—. Supongo que lo podría arreglar.
Miley no parecía nada emocionada por la idea.
—El crucero-restaurante tiene plazas para esta noche. ¿Dónde vives?
—Tengo una casa en la playa Wrightsville.
—Te recogeré a las siete. El barco sale a las siete y media. Tienes que darme indicaciones de cómo ir a tu casa.
—Prefiero quedar contigo en el muelle. Así tendremos los dos más tiempo para prepararnos.
La puerta del edificio de producción se abrió antes de que Nick pudiera contestar. Miley saludó al hombre que había ante ellos y luego se giró hacia Nick.
—Recuerdas a Peter Stark, ¿no es así? Ahora es nuestro director de producción.
—Me alegro de verte de nuevo, Peter —saludó Nick, y le tendió la mano.
El otro hombre titubeó un momento antes de estrecharle la mano.
Aquel frío saludo no debía de haber sorprendido a Nick, pero lo hizo. Peter había sido su mentor y protector desde el primer día en que él había entrado en Yates Jonas. Estaba claro, sin embargo, que se había pasado al lado de Miley.
—¿Cómo te va, Peter? —preguntó Miley.
—Vamos bien, excepto por esos armarios —informó Peter—. La madera preciosa que pidió el cliente no ha llegado todavía.
—Llamaré a… —comenzó a decir Miley, pero se interrumpió al darse cuenta de que ese trabajo le correspondería a Nick—. Nick puede llamar al distribuidor para comprobar el estado del pedido cuando volvamos a la oficina.
—Podríamos arreglárnosla con madera de caoba —insistió Peter.
—Mi abuelo siempre decía que el cliente no paga para que nos las arreglemos. Nos paga para hacer lo que nos pidió —señaló Nick, que se guiaba por aquella máxima, a pesar de que sus clientes a menudo le pedían diseños ilógicos.
—Sí, bueno, pero el retraso en la madera está retrasando todo lo demás.
—Veré qué puedo hacer hoy mismo. Si todo lo demás falla, cancelaré el pedido y recurriremos a mis proveedores.
—A tu padre no le gustaría eso —le retó Peter—. Llevamos veinte años tratando con estos proveedores.
—Mi padre no está a cargo del proyecto por ahora. Yo sí. Si una compañía no provee los suministros a tiempo, encontraremos otra que sí lo haga, de la misma forma que harían nuestros clientes con nosotros si no les entregáramos lo que nos piden. Si el retraso es un problema, entonces salta al siguiente pedido. Me encargaré de que el cliente entienda lo que ha pasado.
La escena con Peter se repitió una y otra vez mientras Nick recorría el complejo y se encontraba con caras familiares. Los empleados eran leales a Miley y dirigían a ella sus informes. Ella los redirigía a Nick. Cuando terminaron la visita, él se preguntó por qué su madre le habría rogado que volviera a casa. Los empleados confiaban en Miley, no en él.
Teniendo en cuenta que Nick se había ido de la ciudad para no tener que vivir una mentira o para no arriesgarse a fallarle a Miley igual que su padre había fallado a su madre, la falta de confianza de los empleados le sentó como un puñado de sal en una herida abierta.

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