domingo, 11 de marzo de 2012

Capitulo 5.-

A veces Nick se preguntaba por qué seguía teniendo a Gus. El enorme pastor alemán subió de un salto al interior del Mercedes y volvió a salir. Le llevó cinco minutos conseguir que el animal se quedara quieto en el asiento, y ya se le hacía tarde. Había decidido llevar a Gus a la perrera para unas sesiones de entrenamiento canino. A ese paso tendría suerte si llegaba a la oficina antes de la hora de comer.
—Gus, eres un pesado —regañó al animal.
Gus ladró. Estaba extrañamente inquieto, como si sucediera algo. Pero Nick no vio a nadie cerca del coche.
Buscó su pitillera, no la encontró y, con un suspiro de resignación, salió del coche para ir por ella. Cerró de un portazo, dejando a Gus en el interior. Cuando llegó a la entrada de la casa, la bomba explotó, convirtiendo el flamante Mercedes en un amasijo de metal chamuscado.
Miley supo que algo sucedía por la agitación de la gente en el edificio. Vio policías que iban y venían y el sonido de las sirenas era casi continuo.
—¿Sabes qué ha pasado? —preguntó a Maggie mientras trataba de ver la calle por las ventanas con visillos. Era la hora de almorzar y los abogados y los pasantes habían salido. Maggie y Miley estaban solas en la oficina, pues las otras secretarias y la recepcionista comían ese día en el primer turno.
La menuda y morena Maggie se acercó a ella, curiosa.
—No lo sé, pero algo pasa —confirmó—. Ésa es la patrulla antiexplosivos, conozco el coche. —Frunció el entrecejo—. ¿Qué demonios hace aquí?
El señor Malcolm se precipitó en la oficina como un huracán. Se le veía preocupado y nervioso.
—¿Han estado aquí? —quiso saber.
—¿Quiénes? —preguntó Maggie arqueando las cejas.
—Los de antiexplosivos. Están registrando el edificio. Dios mío, ¿no os habéis enterado aún? ¡Alguien ha intentado matar al fiscal del distrito esta mañana! ¡Han puesto una bomba en su coche!
Miley palideció y se apoyó contra la pared.
—¿Está muerto? —preguntó, y contuvo la respiración temiendo la respuesta.
—No —contestó Malcolm observándola con curiosidad—. Pero han matado a su perro. —Se dirigió a su despacho—. Tengo que hacer un par de llamadas. No temáis, no creo que haya de qué preocuparse en este edificio, pero es mejor tomar precauciones.
—Sí, por supuesto —repuso Maggie. Esperó a que el jefe hubiera cerrado la puerta y rodeó con un brazo los hombros de Miley—. Vaya, vaya. —Esbozo una amable sonrisa de complicidad—. De modo que así están las cosas.
—No lo conozco muy bien —se defendió Miley—, pero fue muy amable con lo de mi hermano y... Bueno, lo veo de vez en cuando por el edificio.
—Ya entiendo. —Maggie la abrazó suavemente y se apartó—. Es indestructible, ¿sabes? —afirmó con una sonrisa—. Anda, ve a arreglarte.
—Sí, claro. —Miley se dirigió aturdida hacia los servicios y permaneció allí mientras los agentes antiexplosivos registraban la oficina. No encontraron nada. Cuando acabaron, ya era la hora del almuerzo. Miley se retrasó fingiendo una excusa, y unos segundos después de que Maggie hubiera salido, subió a la oficina de Nick.
Él estaba hablando con unos hombres, pero cuando vio su pálido rostro y la expresión de sus enormes ojos castaños los despidió, la cogió del brazo sin decir una palabra, la empujó al interior de su despacho y cerró la puerta.
Miley no se detuvo a considerar las consecuencias. Se abrazó a él, temblando de alivio. No emitió sonido alguno, ni tan sólo un sollozo o un jadeo. Simplemente le estrechó, se apoyó contra él con las manos bajo su americana y los ojos cerrados con firmeza, e inhaló el aroma exquisito de su colonia en el silencio que les rodeaba.
Nick, que nunca se quedaba sin habla, lo hizo por primera vez en mucho tiempo. La precipitada aparición de Miley, el horror reflejado en sus dulces ojos le desarmaron. La abrazó.
—Estoy bien —susurró con dulzura.
—Eso me han dicho, pero tenía que comprobarlo por mí misma. Acabo de enterarme. —Se apretó más contra él—. Siento lo de tu perro.
Él inspiró profundamente.
—Yo también. Era un maldito pelma, pero voy a echarle mucho de menos. —Apretó los dientes y reclinó su cabeza sobre la de Miley. La estrechó con fuerza y apoyó los labios en la suave piel de su cuello—. ¿Por qué has venido?
—Pensé que... quizá necesitaras a alguien —susurró ella—. Sé que ha sido muy presuntuoso por mi parte y siento haber irrumpido así...
—No creo que debas disculparte por estar preocupada por mí —interrumpió él con su voz profunda. Alzó la cabeza y buscó con la mirada sus ojos dulces e inquietos—. Dios mío, hacía años que nadie se preocupaba por mí. —Frunció el entrecejo y apartó un largo mechón de cabello del rostro de Mi— . No estoy seguro de que me guste.
—¿Por qué no? —preguntó ella.
—Soy un solitario por naturaleza —respondió él llanamente . No quiero ataduras.
Miley sonrió sin alegría.

—Y yo no puedo permitírmelas. Mi familia constituye toda la responsabilidad que soy capaz de asumir. Pero siento lo de tu perro, y me alegra que estés a salvo.
—Esos malditos cigarros que tanto detestas fueron mi salvación —murmuró, y pensó con amargura que el hecho no dejaba de tener cierta gracia—. Volví a casa para buscarlos. Por lo visto, quien saboteó mi coche no era muy experto. Había una mala conexión en el detonador.
—Vaya, ¿no estaba conectado a la puerta o al pedal del acelerador?
Él le dirigió una mirada ceñuda.
—No tienes idea sobre los explosivos plásticos C—4 y los detonadores electrónicos, ¿verdad?
—En realidad, siempre he estado en contra de esa clase de violencia, de modo que no me he molestado nunca en saber demasiado sobre esas cosas.
—Qué error más ingenuo —murmuró Nick. De repente clavó la mirada en su boca. Se inclinó sin pensarlo dos veces y la besó apasionadamente, sólo unos segundos, sin dar tiempo a Miley para saborear la calidez de sus labios, y volvió a comportarse como si nada hubiera ocurrido. La apartó de sí con manos firmes—. Vete. Me espera una procesión de detectives y agentes federales.
—¡El FBI!
—Actos terroristas —replicó— y crimen organizado. A estas alturas es un asunto nacional. Te explicaré todo eso algún día.
—Me iré. Espero no haberte puesto en una situación embarazosa —dijo Miley, un poco avergonzada después de haberse recobrado del susto.
—En absoluto. Mi secretaria está acostumbrada a que aparezcan por aquí rubias histéricas y se me echen encima —bromeó. Era el primer signo de buen humor desde la angustiosa experiencia de esa mañana. Su mirada aún era triste, a pesar de que dirigió a Miley una sonrisa—. Mi querida corazoncito de algodón... Vuelva al trabajo, señorita Cyrus. No estoy hecho a prueba de bombas, pero hay alguien allá arriba a quien le caigo simpático.
—Me inclino a estar de acuerdo. —Se alejó de él de mala gana y se detuvo en la puerta—. Adiós.
—Gracias —añadió Nick con aspereza y le dio la espalda. Le había afectado profundamente que a ella le importara si vivía o moría. Había pasado mucho tiempo desde que alguien se había preocupado de esa forma por él. En realidad, ninguna otra mujer lo había hecho, se dijo con serenidad.
Aún reflexionaba acerca de ello, cuando entró Dan Berry y cerró la puerta tras él.
—¿No era la hermana de Cyrus la que acaba de salir? —preguntó—. ¿Ha venido a ver si el chico lo había conseguido?
Nick permaneció de pie e inmóvil.
—Explícate— exigió  con aspereza 
—Cyrus es un hacha con la electrónica —explicó Berry—. El año pasado ganó un premio en la feria de la ciencia con un explosivo con detonador. Creo que los Harris le ayudaron a montarlo. Estamos seguros de que están implicados, pero no podemos probarlo.
Nick encendió un purito y se apoyó en su escritorio. Se sentía deprimido y frustrado. ¿Era ésa la razón por la que Miley había acudido a toda prisa a su oficina? ¿Habría confiado Clay en ella? ¿Sabía Miley algo sobre el atentado? Estas dudas hicieron que parte del placer que había sentido cuando ella se había precipitado en sus brazos se desvaneciera; a partir de ese momento debía preguntarse si ella estaba implicada.
Alzó la vista hacia Berry.
—¿Qué has descubierto?
—Era un detonador muy primitivo. No era obra de un profesional, eso es un hecho. Si lo hubiera sido, estarías muerto. Se trataba de una auténtica chapuza. Ni siquiera debía haber explotado.
Nick exhaló una nube de humo. Entrecerró los ojos con expresión pensativa y estiró sus largas piernas mientras reflexionaba.
—Colabora con la policía y comprueba si pueden averiguar de dónde procedían los explosivos. Quiero que se vigile a Clay Cyrus.
—¿Intervenimos su teléfono?
—No conseguiremos la orden para poder hacerlo. ¡Maldita sea!, no tenemos pruebas, sólo sospechas, y éstas no bastan para intervenir teléfonos o solicitar patrullas de vigilancia. No podemos hacer nada ni con Cyrus ni con los Harris.
—¿Entonces?
—Deja que los federales se ocupen del asunto —propuso Nick de mala gana.
—¿Con el volúmen de casos que tienen? Seguro. Disponen de todo el tiempo del mundo para seguir a dos traficantes aficionados por toda Atlanta.
Nick lo miró fijamente.
—Ya pensaré en algo.
Berry se encogió de hombros.
—Qué pena que no te guste un poquito la hermana de Clay Cyrus. Sería una fuente inapreciable... sobre todo si tú le gustaras. —Le dirigió una mirada cómplice—. Sólo era una idea.
—Vete a trabajar —espetó Nick sin mirarlo. También él había pensado en ello, pero le parecía cobarde y deshonesto. Toda su vida se había guiado por un rígido código de honor, y actuar de otra forma iba contra sus principios. Se preguntó si el fin justificaba los medios. ¿Tenía derecho a utilizar a Miley para obtener una información que llevaría a su hermano a la cárcel? Volvió a su escritorio y profirió un gruñido de auténtico disgusto.
Miley, que afortunadamente ignoraba la conversación que Nick había mantenido con su detective, se marchó a casa esa tarde en un estado de pánico. Estaba preocupada. Si alguien había tratado de matarlo una vez, ¿no volvería a intentarlo?
El abuelo y los chicos notaron su sombría expresión durante la cena.
—¿Qué ocurre? —preguntó Clay.
—Alguien ha intentado hacer volar por los aires al señor Nick esta mañana —contestó sin pensar.
Clay palideció intensamente. Se levantó balbuciendo que le dolía el estómago y se marchó. Mack permaneció en su sitio con los ojos muy abiertos.
—Entiendo que sus enemigos desearan deshacerse de él —opinó el abuelo—. Pero ésa es una forma muy cobarde de matar a un hombre. Y hacer volar a su perro... Sí, maldita sea, muy cobarde.
—Sí —convino Miley  con calma. Miró hacia la salita, donde Clay estaba entonces—. Clay tiene mal aspecto. ¿Creéis que se encuentra bien?
—Claro que sí —dijo Mack con rapidez—. Iré a ver cómo está, ¿de acuerdo?
—Mack, no te has comido las espinacas...
—¡Después! —exclamó mientras salía.
—¡Cobarde! ——espetó Miley.
El abuelo cruzó con ella una significativa mirada.
—Quisiera mantener alejado a Clay de los hermanos Harris —comentó con tono mísero.
—Yo también, pero ¿cómo? ¿Atándole a la verja? —Miley dejó la servilleta en la mesa y se cubrió el rostro con las manos.
—No te estarás ablandando con Nick, ¿verdad? —preguntó de repente el abuelo con una mirada suspicaz—. Pareces muy preocupada por lo que le ha pasado.
Miley levantó la cabeza. Era lo último que esperaba oír.
—Tengo perfecto derecho a que me guste quien me dé la gana —dijo—. Si me gusta el señor Nick, es asunto mío y de nadie más.
El abuelo se aclaró la garganta y apartó la mirada.
—¿Me pasas un poco más de maíz? Está buenísimo.
Miley sintió un atisbo de culpabilidad por lo que había dicho. Pero le estaba resultando demasiado difícil hacer todos los sacrificios que hacía sin que nadie se lo agradeciera. Bullía por dentro como una olla a presión. Se sentía despreocupada y rebelde y, por una vez, no le importaba realmente si  con su actitud molestaba a alguien.

No hay comentarios:

Publicar un comentario