miércoles, 21 de marzo de 2012

Capitulo 8.-

Nick hizo un alto en su carrera matutina para comprar el periódico del sábado. Después de comprobar el resultado del partido que habían jugado los Marlins, se dirigió a la columna de Octavia Jenkins para ver lo que había escrito sobre ellos.
«Nicholas Jonas parece ansioso por monopolizar a Miley Cyrus. Según mis fuentes, los antiguos amantes han agotado cuatro de sus siete citas en sólo dos semanas. ¿Será porque Nick teme al sexy competidor por los encantos de Miley o porque las viejas cenizas no están tan frías como dicen ? Según hemos averiguado, la pareja no sólo ha compartido algunos atardeceres, sino también un par de amaneceres.»
Miley iba a querer matarlo. Ese artículo iba a gustarle mucho menos que el anterior, se dijo Nick, y siguió corriendo.
Se había propuesto descubrir más cosas sobre la paternidad de Tim. Como aún no se sentía preparado para enfrentarse con su padre, sólo le quedaba Elaine Cyrus. Nick pretendía arrinconarla lo antes posible y tenía la excusa perfecta. Tim se había dejado en el yate su consola de videojuegos el día anterior.
Dos horas más tarde, Nick llamó a la puerta de los Cyrus. Elaine abrió la puerta. Sus ojos, azules como los de Miley, brillaron con una mezcla de sorpresa y miedo.
—¡Nicholas! Me alegro de verte —mintió ella.
—¿Puedo pasar? —preguntó él, ocultando la tensión que sentía—. Tengo el aparato de videojuegos de Tim.
—Tim y su padre se han ido a pescar. Yo se la daré cuando regrese. Gracias por traerla —repuso Elaine, y trató de agarrar la maquinita.
—¿Su padre? —preguntó él con sarcasmo.
—Entra —dijo ella, con el rostro tenso y pálido.
Elaine lo guió hasta el cuarto de estar.
—¿Quieres algo de beber?
—¿Lo sabe mi padre? —preguntó él a su vez.
No estaba de humor para cortesías.
—¿Saber qué? —replicó ella, fingiendo ignorancia, nerviosa.
—No juegues conmigo, Elaine. Tim es hijo de mi padre.
—Estás equivocado —afirmó ella, levantando la barbilla—. Harrison es el padre de Tim, en todos los sentidos. Su nombre está en el certificado de nacimiento.
—Eso le hace responsable de Tim ante la ley, pero el niño lleva los genes de los Jonas.
Elaine abrió la boca para hablar, pero Nick la cortó.
—No pierdas tiempo con mentiras. Quiero saber quién lo sabe y por qué mi padre no hizo nada.
—¿Y qué quieres que hiciera él? ¿Forzarme a abortar? ¿Divorciarse de tu madre, la mujer a la que amaba con toda su alma, y destruir dos familias por la posibilidad de que Tim fuera suyo? —le espetó Elaine.
¿Qué derecho tenía ella a enojarse?, se dijo Nick. Era Elaine quien le había arruinado la vida a él y no al revés.
—No somos perfectos, Nick. Ninguno de nosotros. Y eso te incluye —afirmó ella, y se dejó caer en una silla—. Todos cometemos errores. No culpes a tu padre por esto. Fue culpa mía.
—Para hacer lo que hicisteis, hacen falta dos.
—No lo entiendes.
—Entonces, explícamelo. ¿Cómo pudiste traicionar a tu esposo y a tu mejor amiga? ¿Cuánto tiempo duró la aventura?
—Sólo pasó una vez —respondió ella tras unos segundos—. Tu padre y yo nos arrepentimos de inmediato. Él sabía lo mucho que podía costarle nuestro egoísmo y juró que nunca volvería a pasar. Lo que viste ese día nunca debió haber sucedido.
—Si amabas tanto a tu marido, ¿por qué te arriesgaste a tener una aventura?
—Porque hace mucho tiempo, estuve enamorada de tu padre —confesó Elaine con tristeza—. Luego, él conoció a mi mejor amiga y desde aquel momento, no tuvo ojos para nadie más.
Sorprendido, Nick se dejó caer en el sofá. Sus padres nunca le habían contado esa historia.
—Te casaste con otro hombre.
—Sí, y amo a Harrison, pero no era el mismo amor que sentía por tu padre. Nunca se olvida al primer amor. Por eso, tú nunca olvidarás a Miley ni ella a ti. Cuando llegué a los cuarenta, empecé a preguntarme qué me había perdido por no haber sido amante de tu padre cuando había tenido la oportunidad. Fui una estúpida por centrarme en lo que podía haber sido cuando lo tenía todo. Un marido que me adora. Una hija maravillosa. Una casa de un millón de dólares. Y… —comenzó a decir, y se interrumpió un momento—. Seduje a tu padre, Nick. Yo tenía cuarenta y siete años. Nunca pensé que pudiera quedarme embarazada. Cuando el médico me dio la noticia, me alegré mucho. Tardé un tiempo en caer en la cuenta de que no sabía quién era su padre. Podría haber sido cualquiera de los dos. Tuve un embarazo difícil desde el comienzo, así que dejé el trabajo. Y fue un alivio, la verdad, porque eso me evitaba tener que ver a Paul cada día. Estaba más preocupada por la salud de mi hijo que por su ADN. Cuando Tim nació, fue como una bendición. No fue hasta su tercer cumpleaños en que me di cuenta de que sus ojos y su cabello se parecían a los de tu padre.
Muy a su pesar, Nick sintió un poco de compasión por ella.
—¿Lo sabe mi padre? ¿Y tu marido?
—Nunca me lo han preguntado y yo nunca se lo he dicho.
—¿Cómo puede la gente mirar a Tim y no darse cuenta del parecido?
—Tim se parece mucho a mí también. Y, además, el amor es muy poderoso. Puede hacerte ignorar lo obvio. De hecho, nadie sabe seguro quién es el padre de Tim.
—¿Sabe tu esposo que le fuiste infiel? ¿Y Miley?
—No. No era posible dar marcha atrás. Y tampoco iba a volver a repetirse. Al contárselo, sólo hubiera logrado entristecerlos. Así que no lo hice. Harrison adora a Tim. Nunca haría nada para separarlos.
Nick pensó que lo mismo le pasaba a él. No podía contarle a Miley por qué se había ido.
—Amo a tu hija.
—¿Sí? —preguntó Elaine con escepticismo.
—No me iré de Wilmington sin ella esta vez.
—Si la amaras lo suficiente, no la habrías dejado atrás la última vez.
Nick tragó saliva ante el ataque inesperado.
—Y si amaras a tu padre, lo perdonarías por no ser perfecto y dejarías de castigar a tu madre por algo que no fue culpa suya —continuó Elaine.
Nick no pensaba dejar que esa mujer le diera lecciones. Se levantó y se dirigió a la puerta.
—Tú eras lo más importante en la vida de Patricia, Nick. Puedes odiarme a mí si quieres, pero ella no merece lo que le hiciste. Y Miley, tampoco.
Nick la miró, abrió la puerta y salió. La verdad era dolorosa.


Miley recopiló los documentos necesarios y bajó hasta el muelle. Tenía una reunión de trabajo con Nick. Llevaba pantalones y botas de goma. No más faldas cortas ni zapatos de tacón. Ya había cumplido su misión. Había conseguido que Nick la deseara. Pero le había salido el tiro por la culata porque ella también lo deseaba.
Gracias al último artículo de Octavia, Miley estaba de un humor de perros. Subió al yate de Nick y llamó a la puerta de cristal de la cabina con más fuerza de la necesaria.
Con un gesto, Nick la invitó a entrar.
—Siéntate. ¿Has traído la lista de futuros clientes?
Miley depositó los papeles frente a él y se sentó en la silla más alejada.
—Los Langford nos visitarán mañana para encargarnos un pesquero deportivo de setenta pies de eslora. Los Richardson vendrán el viernes. No están seguros de qué modelo quieren, pero pueden permitirse cualquier cosa.
Nick echó un vistazo a los papeles y los apartó.
—He hecho reservas en el asador Devil's Shoals para mañana por la noche.
—No.
—¿Qué quieres decir?
—Los empleados me miran con compasión por culpa del artículo de Octavia. No saldré contigo. No quiero que piensen que soy tan estúpida como para volver a enamorarme de ti.
—Nos quedan tres citas.
—Como soy quien hizo la compra, tengo derecho a cancelar el acuerdo. Eso es lo que estoy haciendo.
—¿Y la publicidad?
—Olvídalo. Prefiero no tener publicidad antes que pasar por esto.
Nick acarició la pluma que tenía en las manos, igual que había acariciado los pezones de ella la noche anterior. Miley se sonrojó y apartó la mirada, sintiendo una súbita oleada de deseo.
—Mi madre me ha invitado a cenar —dijo Nick con calma.
—Eso está muy bien.
—No quiero ir solo.
—Estoy segura de que alguien podrá acompañarte —dijo Miley, tensa.
—Sólo iré si tú vienes conmigo.
—No seas ridículo. Tus padres quieren verte a ti, no a mí.
—Bien. Les diré que no puedo.
Miley apretó los puños. Se había prometido hacer cualquier cosa para reunir a Nick y a Paul de nuevo. Ir a cenar sería una buena forma. Con un poco de suerte, podría mantenerse más distante que la noche anterior.
—Bien. Pero no es una cita. Nos vemos allí.
—No hay trato. Me harás ir y tú no irás. Te recogeré a las seis e iremos juntos. Si no, no voy.
—Está bien.
A Nick le temblaron las manos al mirar hacia el gran caserón colonial donde se había criado. Si fuera más listo, daría marcha atrás y se iría, se dijo. A pesar de que Miley estaba sentada a su lado, preciosa con un sexy vestido amarillo, tuvo la intuición de que iba a ser una noche desagradable.
—¿Nick?
Nick parpadeó. Miley estaba parada a su lado. Ni siquiera se había dado cuenta de cuándo ella se había bajado del coche.
La puerta principal de la casa se abrió y la madre de Nick salió al porche a recibirlos.
No había modo de dar marcha atrás. Había llegado hasta allí. Y no era un maldito cobarde. Aquella noche, estaba decidido a enfrentarse a su padre en el momento en que se quedaran a solas.
Así que abrió la puerta del coche y bajó. Se reunió con Miley y caminaron hacia la casa.
—Hola, tesoro —saludó Patricia a Miley, y la besó en la mejilla. Luego, se giró hacia Nick y lo abrazó con fuerza. Tenía lágrimas en los ojos—. Bienvenido a casa.
Nick sintió el aguijón de la culpa mientras recordaba las palabras de Elaine. Su madre no merecía lo que le había hecho.
—Mamá, me alegro de verte.
—Entrad. Llevo todo el día cocinando. He hecho tus platos favoritos, Nick.
Patricia se dirigió al salón, lo que sorprendió a Nick. Su familia siempre había preferido reunirse en el estudio, en vez de la habitación formal que era el salón. Los muebles habían sido movidos a los lados de la habitación y ya no había mesita de café.
Entonces, Nick vio a su padre y se quedó de piedra. Dejó de oír la conversación de su madre y Miley. El viejo que había en la silla no se parecía en nada al hombre robusto al que Nick había estado maldiciendo durante años.
Su padre esbozó una pequeña sonrisa ladeada, dejando adivinar que tenía paralizados los músculos del lado derecho de la cara. Patricia lo ayudó a levantarse.
—Hola, guapo. He oído que tienes a tus pies a la terapeuta —dijo Miley a Paul, abrazándolo.
—Eso intento. No sabes por lo que me hace pasar —repuso Paul con voz débil.
No tenía nada que ver con el vozarrón que Nick recordaba y sí con cómo lo había oído por teléfono. Entonces, reparó en el andador metálico que había detrás de la silla.
Miley se echó a un lado pero no se apartó. Sujetaba a Paul por la cintura mientras el viejo le tendía la mano a Nick.
—Me alegro de tenerte en casa, hijo —dijo Paul, y los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Papá —saludó Nick, sorprendido por la debilidad de su padre, y apartó la mirada.
De pronto, Nick comprendió por qué estaban en el salón. Lo más probable era que su padre no pudiera bajar los tres escalones que llevaban al estudio.
—¿Por qué no te sientas y te pones cómodo? —invitó su madre, señalando hacia la silla que había al lado de la de su padre.
Las dos mujeres intentaron ayudar a Paul a sentarse, pero él se negó. Se sentó solo, con lentitud.
—Querida, me vendría bien tu ayuda en la cocina —le dijo Patricia a Miley.
Nick miró a Miley. Encontró en sus ojos compasión y comprensión.
La puerta de la cocina se cerró detrás de las mujeres. Al fin estaban solos. Nick apretó los puños y respiró hondo antes de encarar a su padre.
Pero no tuvo fuerzas. Era incapaz de desahogar su rabia con el hombre débil que tenía delante. Lo haría más tarde. Cuando su padre estuviera más fuerte, le contaría cómo había destrozado su vida. Por el momento, se limitaría a hablar de algo menos doloroso.


Preocupada por el silencio de Nick, Miley se giró hacia él, en la puerta de su casa.
—Nick, ¿estás bien?
—No sabía que mi padre estaba tan mal —dijo él con gesto triste.
Miley había esperado que Nick se sintiera conmocionado y culpable por no haber ido a ver a su padre después del infarto. Pero en lugar de sentirse satisfecha por el dolor que él sentía, se compadeció de él.
—Su pronóstico es bueno —dijo Miley.
—Apenas puede andar. No puede usar su mano izquierda.
—Los cambios físicos mejorarán con la terapia. Ya ha hecho grandes avances.
—¿Ha estado peor que ahora? —preguntó él, pasándose la mano por el cabello.
—Sí. Los médicos dicen que la mayor parte de la recuperación tendrá lugar en los primeros meses y que continuará a un paso más lento a partir del primer año.
—Gracias por acompañarme —dijo él tras un momento.
—De nada. ¿Vas a volver a tu yate ahora?
—Tengo que… Pensar. Voy a dar una vuelta en coche —repuso él.
Miley pensó que no sería seguro que condujera en ese estado. Las calles estaban llenas de turistas que no tenían ni idea de a donde iban. Hacía falta estar muy concentrado para no atropellarlos.
Sin duda, Nick necesitaba consuelo, pero Miley temía que si lo invitaba a entrar a su casa, sus hormonas querrían consolarlo en la cama. A pesar de haber cambiado las sábanas y haber perfumado la habitación, él habitaba sus sueños nocturnos. No podía dejar de pensar en él, en su contacto, en la calidez de su aliento y en lo mucho que lo deseaba. Sintió un escalofrío.
—¿Quieres dar un paseo por la playa? —propuso ella.
—Claro —respondió Nick.
Atravesaron la casa de Miley hasta la playa. Ella se quitó las sandalias. Nick se quitó los zapatos y se remangó los pantalones. La luna bañaba el mar y el calor del día vibraba en la arena. Una brisa balsámica los envolvía, revolviendo sus cabellos.
Caminaron un rato en silencio, muy juntos, como solían hacer en el pasado. Pero sin darse la mano.
—Cuéntame qué pasó —dijo él al fin.
—Paul tuvo una embolia pulmonar. Eso produjo un coágulo que viajó por el torrente sanguíneo y se alojó en el cerebro, afectando al flujo sanguíneo y dañando algunas células.
—¿Quién lo encontró?
—Yo. Íbamos a hacer la prueba de un barco después del almuerzo. Paul se estaba retrasando, pero pensé que estaría hablando por teléfono con algún cliente. Cuando al final fui a buscarlo, lo encontré de rodillas en medio de su despacho —explicó ella, sintiéndose culpable—. Si yo hubiera llegado antes…
—No puedes culparte por eso —dijo Nick, tomándola el brazo.
—Paul nunca llega tarde. Debí haber sospechado algo.
—¿Por qué él no llamó para pedir ayuda?
—No pudo. Perdió el habla. Por suerte, las medicinas que le han estado dando han arreglado eso. Tarda un poco en encontrar las palabras, pero las encuentra y piensa con claridad.
—Lo he visto muy… Sensible.
—Otro efecto secundario del infarto es que tiene problemas para controlar sus emociones. Eso también mejorará con el tiempo.
—No podrá volver a trabajar dentro de dos semanas —observó Nick.
—Los médicos dicen que igual sí, pero con sus capacidades mermadas. Necesita tu ayuda, Nick, todo el tiempo que puedas dársela.
—¡Mal_dición! Tengo mi propia empresa que dirigir. No puedo quedarme aquí.
—¿No podrías mudar aquí tu empresa? —preguntó Miley, y se arrepintió al instante, pensando que era mejor para ella tenerlo lejos.
—Voy a volver a Miami. No puedo… Quedarme aquí.
Miley tenía las manos sudorosas y el corazón acelerado. Amaba a Patricia y a Paul Jonas casi tanto como a sus propios padres. Los Jonas estarían felices de tener a Nick de vuelta en Wilmington y en Yates Jonas. Ella tenía que hacer todo lo que pudiera para convencerlo.
—¿Te quedarías aquí si yo dimitiera? —preguntó ella al fin, tragando saliva.
—Miley, mal_dición, ya te he dicho que no eres tú la causa de que yo me fuera.
—Pero tampoco quieres explicarme cuál fue la causa. Así que hasta que te sinceres conmigo, Nick, tendré que ceñirme a los hechos.
Nick apretó las mandíbulas y frunció el ceño. Durante unos segundos, la miró a los ojos.
—Quiero hablar con su médico —dijo Nick.
Miley parpadeó ante el súbito cambio de tema y se desinfló.
—Estoy segura de que puede arreglarse. Dile a tu madre que te pida una cita. Y ya de paso, podrías ofrecerte para cuidar a tu padre de vez en cuando. Patricia no se ha apartado apenas de su lado y necesita tomarse un descanso.
—Hablaré con ella para que contrate una enfermera.
Miley suspiró. Nick seguía sin querer quedarse con su padre.

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