Miley dejó la carretera para andar por campo abierto. Todas esas vidas afectadas, todo ese sufrimiento... Nick la había amado y su madre había convertido ese amor en un sentimiento prohibido que debía eliminarse. Estando a punto de perder a su marido, Sofía había luchado por no perder también a su hijo.
Empezó a llorar. ¿Cuánto la habría amado Nick? De no haber intervenido Sofía, ¿qué habría ocurrido entre ellos? ¿Habría aceptado Nick a su hijo? ¿Le habría propuesto matrimonio?
Hizo a pie todo el trayecto hasta Lower Ridge. No quería ver a nadie mientras no se hubiera recuperado. Pensó que Sofía había alterado todo el curso de su vida. Ocho años atrás Nick se habría casado con ella, aun contra la voluntad de su madre, sencillamente porque la había dejado embarazada.
El padre de Miley se había avergonzado de ella. Y Nick, ¿se habría avergonzado también?
Se preguntó qué demonios estaba haciendo allí. Ella misma era su peor enemigo. ¿Qué sentido tenía seguir atormentándose pensando en lo que pudo haber sido y no fue? Se dirigió hacia la casa. Tenía tanto que decirle, tanto que preguntarle... El todoterreno estaba en el patio. Contenta por saber que había vuelto, entró por la puerta trasera. Se quitó las botas, llenas de barro, y detectó un agradable olor a cordero asado. Se encontró con Nick en el vestíbulo.
-¿Dónde demonios has estado?
-En casa de Merrill -contestó aturdida.
Con expresión airada, él la tomó de un brazo y la hizo entrar en el salón, cerrando de golpe la puerta. Sin duda Nick no se daba cuenta de su fuerza, ya que al soltarla, Miley se frotó el brazo, dolorida y asombrada.
-¿Qué sucede?
Cuando sus ojos se fijaron en ella, a Miley se le aceleró el corazón.
-El jefe de Bob Creighton estuvo ayer en la granja con un equipo de agrimensores. Al parecer, Barker mencionó tu nombre en la conversación y luego le exigió a Creighton que guardara el secreto.
En el angustioso silencio que siguió una oleada de rubor tiñó las mejillas de Miley, que desvió la mirada.
-¡Dios mío! -susurró Nick entre dientes-. Es verdad. Tú estás detrás de Colwell Holdings. Tú eres la dueña de la finca.
-No me ha gustado que lo hayas averiguado de ese modo. Quería... darte una sorpresa.
-¿Sorpresa? ¿Querías sorprenderme con la noticia de que puedes comprarme y venderme diez veces? -su dura incredulidad la desgarró.
-¿Quién te lo dijo?
-Creighton. Teme por la seguridad de su trabajo. Se acercó a mí, ya que le llegó la noticia de nuestro matrimonio. Él pensaba que yo me haría cargo de la finca. Me dan ganas de estrangularte -declaró molesto-. Todo lo que has hecho desde que volviste se ha basado en mentiras. Dime, ¿es que necesitas recurrir a eso para ponerme en ridículo?
-Claro que no. Simplemente no sabía cómo decírtelo -logró decir, aterrada por las sospechas que él abrigaba para explicar su silencio-. Es tu casa, Nick, y quiero que sea la nuestra. Simplemente quería que volviera a tus manos.
-Querías que volviera a mis manos... ¿Y de verdad esperabas que la aceptaría? -preguntó furioso-. ¿Es que no se te ocurrió pensar que podría abrigar ciertas reservas en cuanto a vivir del producto de operaciones inmorales?
-¿Qué quieres decir?
-Cyrus-Maxwell -pronunció lentamente en tono irónico- Sin la menor duda pagó generosamente por el placer que consiguió. No puedo creer que me hayas concedido el mismo privilegio sin ponerle precio. Tienes los principios de una mujerzuela, Miley. Y de una vez por todas te digo que no voy a convivir con ellos.
-Tienes que escucharme, Nick. Esto ya ha ido demasiado lejos. Grant no es mi...
Pero él la obligó a aguardar silencio.
-¿Es que realmente piensas que me importa? La semana anterior te dije cómo me sentía. Puedes coger tus mal habidas ganancias e irte a la granja, pero te advierto que lo harás sola.
-Bien podría hacerlo -replicó, amenazadora. De un tirón, él abrió la puerta.
-Ve. Y cuando estés allí recuerda algunas de las maneras más elementales que te enseñé. Discúlpate con tu administrador. Los empleados merecen algo de consideración y respeto.
-Eres un cerdo. Te mandaría al diablo ahora mismo.
Rápidamente subió al piso superior. Después de entrar en su dormitorio, dio un portazo que resonó en toda la casa. Un minuto después la puerta se abrió de par en par.
-Maldigo la hora en que me casé contigo -expresó con dolor.
-Y a mí me gustaría saber por qué lo hiciste. ¿Se trataba acaso de satisfacer tu vanidad? No te casaste conmigo por ninguna de las razones usuales, puesto que no necesitas seguridad económica ni quieres tener hijos? ¿Acaso podrías resistir la tentación de acostarte con alguien más joven y atractivo que yo? -preguntó con fiereza.
A Miley le ardían los ojos por las lágrimas. Nick se irguió ante ella.
-Sostengo lo que dije hace unos días -afirmó él.
Una mezcla de ira y de dolor la ahogaban.
-¡Anoche no pecaste precisamente de delicado!
Nick metió una mano en uno de sus bolsillos. Un puñado de billetes cayó sobre la cama.
-Lamento no conocer la tarifa vigente -pronunció con indecisión-. Pero no quiero que pienses que admiré tu hermoso cuerpo menos que Maxwell, aun cuando él no era tan escrupuloso. Entonces, ¿por qué habría de serlo yo?
Desesperada de dolor, Miley se encontró con unos ojos centelleantes que no tenían ni pizca de compasión. Al tratar de escapar de la cama, él la sujetó y la mantuvo boca arriba.
-Según parece, ésta es la única forma de comunicación que entiendes -afirmó-. Entérate. Vamos a comunicarnos.
-No te atreverás -replicó jadeante.
-Creía que la relación entre sexo y dinero era tu principal vicio. Pero cometiste un error fenomenal. No estoy en venta. Esta será la última jugada de nuestro juego, Miley. Y es mía. Es una lástima que no seas el brillante premio que creía que eras.
Miley se dijo que él la estaba rechazando. El hecho de que la deseara no era más que una manera cruel y sutil de agravar su castigo.
Con todo, su cuerpo se encendía cuando él la tocaba. No diferenciaba entre ira y pasión. Derribó sus defensas y no tuvo la fortaleza para resistir. La cegó el brillo de una estrella fugaz, y luego, nada. Y ella se encontraba perdida en el aterrador vacío que estaba a punto de devorarla.
Hasta que Nick se marchó, fingió estar dormida. Como pudo se levantó. Lo único que la impulsaba era una poderosísima necesidad de irse antes de que él regresara. Sin ningún orden guardó su ropa en una maleta.
-¿Qué rayos estás haciendo? -susurró Jessie, desde el corredor.
-Me voy -la voz de Miley sonaba distante.
-Se ha dejado llevar por su temperamento. No cree ni una sola palabra de lo que te ha dicho -declaró Jessie, desesperada-. Me preguntó si yo sabía lo de la finca. Creo que rezaba al cielo para que todo fuera un malentendido. ¿Por qué no se lo dijiste, Miley? Heriste su orgullo y eso es lo peor que podrás hacerle.
La voz de Jessie era un zumbido monótono en los oídos de la joven. Mientras cerraba la maleta le dedicó una mirada inexpresiva. Nick la había herido en los momentos en que más lo había amado. La despreciaba.
Jessie seguía hablándole cuando ella subió a su coche. Ya entrada la noche, llegó a Londres. La señora Stuart la recibió sin hacer ningún comentario.
El día siguiente pasó sin pena ni gloria. No comió nada. Por la noche se presentó la señora Stuart, diciéndole que quería hablar con ella.
-El señor Maxwell ha hecho todos los preparativos necesarios para que tome un avión para Francia, mañana por la tarde, señorita Cyrus.
-¿Cómo ha sabido que estoy aquí? -preguntó Miley con el ceño fruncido.
-La secretaria del señor Maxwell telefoneó esta mañana -explicó la señora Stuart, olvidando agregar que Becky había telefoneado todos los días para saber si Miley había llegado o no.
Grant la recibió en el aeropuerto de Niza. Miley experimentó una fugaz alegría y luego nada.
Sus fieles admiradores y muchos fotógrafos los recibieron. Mientras los guardias de seguridad mantenían en orden a la multitud, Miley sentía unas tremendas ganas de gritar. Se había convencido dolorosamente de que acababa de recibir otra demostración paterna de cómo utilizar la publicidad para su propio beneficio.
Con discreción, su padre no le preguntó nada acerca de su estado de ánimo. Sin preocuparse por sus respuestas monosilábicas, se las arregló para llevar el peso principal de una conversación trivial, en la parte posterior de la limusina que los llevaría a la villa donde vivirían.
El palacio en cuestión, que le había prestado un buen amigo, se hallaba oculto detrás de altos muros y puertas electrónicas.
-Querrás refrescarte antes de ir a cenar -le dijo él en el vestíbulo-. Iremos a comer a La Chevre d'Or. Ante la mirada desalentadora de Miley, le besó la mano a la manera francesa.
-Y será una cena que nunca olvidarás -dijo una voz desconocida y muy agradable desde lo alto de la escalera.
Grant se dio la vuelta. Su carismática sonrisa se evaporó con una rapidez casi cómica.
-¿Qué estás haciendo aquí? -preguntó con tono cortante.
Una atractiva joven morena, vestida de azul, bajaba la escalera con actitud parsimoniosa, sabiendo que todas las miradas estaban centradas en ella. Miley la reconoció en el acto. Yolanda Simons, la estrella de Grant.
-Ya he reservado una mesa en la Chevre d'Or -anunció Yolanda, dirigiendo una mirada asesina a Miley-. Quiero advertirte que la compartirás con una tercera persona: yo. No estoy preparada para que me margines públicamente durante el rodaje de una película. Por favor, deja de mirarme así, Grant. Pareces un chico malhumorado. Deberías entender que es una cuestión de imagen. No es nada personal.
Miley lanzó a su avergonzado padre una mirada de disgusto.
-Cuéntaselo.
-¿Contarle qué? -preguntó Grant alzando la voz para intimidar.
Pero Miley estaba más allá de toda intimidación.
-Señorita Simons, sucede que Grant es mi padre, y no tengo ninguna intención de estropearle la cena. Cenaré en casa.
Durante algunos segundos, Yolanda se quedó boquiabierta. Miley no se atrevió a mirar a su padre y subió las escaleras en busca de su equipaje.
-¿Tu hija? ¡Tu hija! -gritó Yolanda, rabiosa-. Y me hiciste creer...
Miley se dijo que Grant se llevaría su merecido.
Esperaba que entrara en la habitación de un momento a otro. Como no lo hizo, se preguntó si después de todo llevaría a Yolanda a cenar. Conocía la pasmosa habilidad de su padre para aplacar a las mujeres más furiosas.
A las once se acostó. Una serie de dudas le provocaron una gran inquietud.
Nick había pasado sobre ella como si fuera una apisonadora. Pero, ¿no había ella misma contribuido a su derrumbe? La sinceridad habría resuelto el conflicto entre ellos. Reconoció que en medio de esa violenta polémica no había hecho el menor esfuerzo por contarle a Nick la verdad acerca de Grant.
Le había resultado muy fácil decírselo a Yolanda, pero no al hombre al que amaba. Los celos habían deformado la opinión que Nick tenía de ella. Miley había guardado silencio. Él había querido desquitarse y ella había perdido los estribos, cosa que, según él, hacía con mucha facilidad.
Cuando las fotos que le habían hecho con Grant aparecieron publicadas en los periódicos, comprendió que su separación se volvería permanente. La invadió una sensación muy parecida al pánico y el anhelo por Nick quedó fijado en su pensamiento. Recordó cuán paciente y bondadoso había sido con ella, a pesar de sus insultos, cuando se presentó por primera vez en Lower Ridge. Cuando recordó cómo se internó en la casa en llamas para salvarla, estalló en sollozos y no oyó que llamaban a la puerta.
-Vi que tenías encendida la luz -explicó Grant, al mismo tiempo que ella volvía la cabeza para ocultar sus lágrimas-. Esto me recuerda algo que sucedió hace años, una época que no quisiera volver a vivir contigo.
Se levantó de un salto, perpleja. Grant siempre bebía agua mineral, pero ahora tenía en las manos una copa de brandy.
-He pensado en enviar a la prensa un informe acerca de nosotros en cuanto termine la película.
-¿De verdad?
-Realmente no sé por qué he dejado que continuara esta farsa durante tanto tiempo. Bueno... miento, la verdad es que me ha divertido bastante.
Miley no estaba acostumbrada a ver a su padre con una actitud tan pesimista.
-¿Has tranquilizado a Yolanda?
-No lo necesitaba. Se fue de aquí riendo con todas sus ganas -repuso en tono serio-. Yo me he pasado toda la tarde intentando elaborar un comunicado de prensa acerca de mi hija perdida desde hace mucho tiempo. Espero que no busques razones, pues no las hay. Yo abandoné a tu madre de mala manera. Mañana cumplo cincuenta y dos años y tú eres en mi vida la única persona que me ha importado. Un rastro, una huella de mí, ¿no es cierto?
-Cincuenta y dos -repitió.
Él titubeó y comentó, haciendo girar su copa:
-Háblame de él.
Miley tragó saliva con dificultad.
-No quiero aburrirte.
-Haz que me olvide de lo de mi cumpleaños -la invitó.
Ella empezó por el principio. Grant fue a buscar otra botella y otra copa. Miley le contó tantas cosas acerca de la boda que casi se olvidó de lo demás. Cuando mencionó lo del incendio, Grant la miró horrorizado y soltó un comentario mordaz sobre su gran bondad al mantenerlo informado. Cuando finalmente calló, lloró de nuevo.
-Al menos no va detrás de tu dinero -comentó Grant, sonriente.
-¿Es eso lo único que se te ocurre decir? -le preguntó estupefacta.
-Pienso que Romeo y Julieta dieron con la solución perfecta, pero no lo consideres un buen consejo -repuso en tono de broma-. ¿Por qué no le dijiste que soy tu padre? En realidad le retorciste el cuello en mi nombre y en el tuyo. Ahora también tengo que cargar con eso en mi conciencia.
En ese momento sonó el teléfono. Grant fue a contestar. Su gesto de impaciencia se desvaneció lentamente y fue sustituido por una expresión cada vez más divertida. Interesada en otra cosa, Miley no escuchó ni una sola palabra de lo que decía su padre.
-Lávate la cara -le indicó él bruscamente cuando colgó el auricular-. La tienes manchada.
Herida, se bajó de la cama y se refugió en el baño. El agua fría apaciguó el ardor de su piel. Se arregló el cabello y entró de nuevo en el cuarto.
-Suponiendo que suba las escaleras a paso normal, dentro de tres minutos tu marido entrará por esta puerta -observó Grant.
-¿Per...dón? -tartamudeó.
-Ha dominado al guardia de seguridad de la puerta y lo ha obligado a usar el teléfono -explicó; le brillaban los ojos de entusiasmo-. No se necesita ser Sherlock Holmes para deducir que Nick ha venido para rescatarte de tu escondrijo y a pasar por encima de mi cadáver. Por nada del mundo me perdería lo que va a pasar aquí.
-¿Nick está aquí? -consternada, Miley volvió a saltar fuera de la cama.
No hubo una llamada a la puerta que anunciara la precipitada entrada de Nick. En cuanto entró, miró fijamente la inmóvil figura de Miley y la de Grant al otro extremo de la habitación. Miley lo observó mientras la invadía una oleada de debilidad.
Lo que Grant leyó en la mirada de Nick lo dejó más que satisfecho.
-Antes de que se forme una idea equivocada... -empezó a decir.
-Es mi mujer y voy a llevármela a casa -afirmó Nick con dureza-. Pero antes de irme, quiero...
-Soy el padre de Miley -se apresuró a expilcar Grant.
Nick, con la mandíbula tensa, no dijo nada.
-Es evidente que hay cierto parecido. Siempre me sorprende que lo note tan poca gente.
-Es cierto -intervino ella-. Es mi padre.
-Mañana apareceré en público. En otra ocasión nos conoceremos, cuando haya tenido tiempo de asimilar el hecho de pertenecer a nuestra familia. Ciao, yo me voy a la cama.
Salió de la habitación bajo la mirada penetrante de Nick, que después se volvió para mirar a Miley.
-¿De verdad eres su hija? ¿Cómo demonios es posible?
-Mi madre trabajaba como recepcionista en un hotel cuando lo conoció. Todavía no era famoso. Era miembro de una compañía teatral que hacía giras por el norte. La convenció de que volviera a Londres con él. A mi padre le ofrecieron un papel en una serie de televisión en Nueva York y la dejó en Londres, prometiéndole que le enviaría dinero, pero no cumplió su promesa.
Nick tomó la botella y se sirvió una copa.
-Él siempre ha sostenido que sí le escribió, pero yo no le creo. Cuando mi madre decidió volver a casa estaba embarazada. Comenzó con los dolores antes de llegar al hospital. Cuando mis abuelos llegaron, ella ya había muerto. Grant les escribió meses después, preguntándoles por ella, pero ellos no contestaron. Guardaron la carta. En ella estaba el nombre y la dirección... -titubeó-. Debí decírtelo... Ahora sé que debí contarte todo esto.
-Te pareces a él. ¿Sabes acaso lo que he sufrido durante estos ocho largos años? -exclamó, pasándose una mano por el cabello-. Y durante todo este tiempo... ¡Qué horror! Cuando entré en este cuarto y lo encontré... -sacudió la cabeza-. A pesar de todo, quería llevarte conmigo a casa.
-¿Sí?
-En Londres te estuve buscando durante horas. Creo que al ama de llaves le caí bien. Me invitó a entrar, me dijo dónde estabas y me ofreció el teléfono. Percibí con bastante claridad que esperaba que tu padre saliera con la nariz rota. Temía no contar con el cariño suficiente de parte tuya para...
A Miley la torturó el reconocimiento del sufrimiento de Nick. El se alejó unos cuantos pasos y luego se volvió hacia ella.
-Cuando me enteré de que te habías ido me derrumbé. Considerando mi conducta, tal vez te preguntes por el motivo, pero la verdad es que en ningún momento quise que te fueras. Sólo quería que tomaras la decisión de expulsar de nuestras vidas a Maxwell y a todo lo relacionado con él. Eso significaba mortificarte pero no me importaba.
A Miley le brillaron los ojos.
-Entiendo bien eso, pero creo que ha llegado el momento de que te diga lo que realmente ocurrió... Quiero decir, por qué terminé con Grant. Mis abuelos escribieron a su representante y me enviaron a él. No le quedó más remedio que aceptar responsabilizarse de mí. Bueno, nunca me escapé. Me ordenaron ir y también no volver.
Nick la escuchaba interesado.
-Pero, ¿por qué? ¿Por qué lo hicieron?
A Miley se le inundaron los ojos de lágrimas.
-Te mentí, Nick. ¿No lo entiendes? Te mentí cuando te dije que no estaba... embarazada-siguió un tenso silencio; luego prosiguió-: No sabía qué hacer ni a quién recurrir. Fingí que no me estaba ocurriendo a mí, pero luego no pude seguir mintiendo.
Nick la abrazó.
-¡Oh Dios! ¿Por qué no podemos hacer retroceder el tiempo? -le acarició el cabello hasta que ella se calmó-. ¿Por qué continuaste protegiéndome? Me mentiste, cierto, pero yo debí haber comprendido que lo hacías. No eras más que una niña y debiste enfrentarte a todo sola...
-Jamás deseé nada con tanta intensidad como ese hijo -confesó conmocionada-. Cuando lo perdí no lo quise aceptar.
-Lo sé, lo sé -musitó emocionado-. Estabas esperando a mi hijo y yo debí haber estado contigo. Eso nunca me lo perdonaré.
-Pero no tuviste la culpa...
-Iba a casarme contigo al terminar los estudios. Todo lo tenía previsto. Jamás imaginé un futuro sin ti.
-No, por favor. Hablé con tu madre y sé por qué me trataste así.
-Todo lo nuestro se vino abajo de la noche a la mañana. Mi madre lo mató. ¿Sabes por qué le creí? Porque estábamos muy cerca el uno del otro. No acudí a mi padre... Esa es la razón de que me casara con Selena. Utilizándola como escudo, pensé que podría seguir viéndote como una amiga...
Ella se estremeció, herida por la amargura que entrañaban sus últimas palabras.
-Como era de esperar, el matrimonio fue un desastre. Tú habías desaparecido y yo estaba muy preocupado. Cuando me enteré de toda la verdad, me sentí desolado, engañado. A Selena nunca le mentí, nunca fingí que la quería. La verdad es que se merecía un mejor destino.
-Éramos muy jóvenes. Probablemente no habría funcionado -expresó ella.
-Pero nuestro amor era tan grande que pudo haberlo salvado todo. No recuerdo ni un solo instante en que no te haya amado. Aun cuando no podía estar cerca de ti y aun cuando los celos me roían, puse mi corazón a tus pies desde el primer día...
-¿Por qué no me dijiste lo que hizo tu madre? -preguntó frustrada.
-Al principio pensé que me estaba poniendo en ridículo. Tú no querías saber nada de mí. Y entonces, aquel día en la granja recordé cómo me había sentido esa noche y quise decírtelo.
-Pero te interrumpí. Estaba asustada.
-Eso nos iguala -contestó Nick-. Pero cuando entré contigo en la iglesia, jamás pensé que pudiera haber algo que nos separara de nuevo.
-Y yo permití que Grant se interpusiera entre nosotros. Supuse que mientras pensaras que alguien estaba interesado en mí, más me querrías. Me aterraba la idea de perderte.
-Miley... -le reprochó con dolor-. Nunca me perdiste, ni una sola vez en todos estos años. No tenía ningún derecho a sentir celos, pero el solo pensamiento de imaginarte con otro hombre me enloquecía. Ya no insistiré más. No te estoy preguntando nada.
-Nunca hubo otro hombre, Nick. Siempre te he amado y siempre lo haré.
Con hambre de pasión, él se apoderó de sus labios. Luego le abrió la bata y empezó a acariciarla. A su vez, ella le desabrochó la camisa, buscando ansiosa el contacto de su piel.
Con un gemido de frustración, Nick levantó la cabeza.
-Si no dejas de hacer lo que estás haciendo no me podré controlar.
-Que deje de hacer, ¿qué?
Nick interceptó la mano que se deslizaba más abajo de su cintura.
-Podrías empezar exactamente en el mismo sitio en que te quedaste hace un rato -le dijo con firmeza-. El año pasado, cuando cumplí treinta años, heredé la fortuna de mi abuela. Mi padre había sido un gran problema para ella, de modo que antes de morir lo borró de su testamento y me nombró su heredero. Entonces yo era un niño, y ella dejó una cláusula según la cual no podría disponer de un solo céntimo antes de cumplir los treinta años.
-Tu padre debió ponerse furioso.
Nick sonrió con aire triste.
-Impugnó el testamento, pero fue en vano. Después de su muerte, el banco habría desaparecido de no haber sido por la herencia que me esperaba. Por mi parte, no podía obligar a mi madre y a mis hermanas a vivir de la caridad. No habría sido justo, y por ese motivo vendí mis derechos. Sin embargo, cuando la granja quedó vacía, empecé a acariciar la idea de recuperarla -se interrumpió y continuó-: Cuando me enteré de que eras la dueña, todo explotó en mi interior. El pensamiento de que el dinero de Maxwell había sido el primero en llegar, fue la gota que colmó al vaso -reconoció con sinceridad-. Dime, ¿me tienes reservadas más sorpresas?
-Tengo un Ferrari.
Riendo, la tumbó boca arriba.
-Puedo vivir con eso. Siempre y cuando te tenga a ti, puedo vivir con cualquier cosa.
-¿Un hijo? -Miley se sonrojó-. Hablo de futuras posibilidades.
Ante su tono discreto, Nick volvió a reír.
-Miley... llevamos casados unos cuantos días.
-No soy muy paciente.
-Bueno, ahora que lo dices, yo tampoco.
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