A él no se le ocurrió una respuesta inmediata. Se preguntó si Mack se había ido dé la lengua, pero resolvió que no era probable, pues de haberlo hecho, Miley estaría haciendo algo más que sospechar. Se tranquilizó un poco porque había presionado lo suficiente a su hermano como para asegurarse su silencio. Sin embargo, Mack no había dado su brazo a torcer, y Clay tuvo que conseguir otro contacto en la escuela primaria, donde los Harris ya tenían montado un auténtico negocio. Clay no quería sentirse culpable. Después de todo, los niños conseguirían el crack de todas formas, así pues, qué importaba que él fuera quien se lo proporcionara y no cualquier otro. Además, él no era exactamente un traficante de drogas, sólo pasaba la mercancía a los vendedores. Ésta era su única intervención en el asunto, y no podía acarrearle demasiados problemas.
—¿Qué importa dónde? —preguntó desafiante—. Ahora que puedo permitirme ropa decente tengo una chica.
Miley adoptó una actitud tensa.
—Escucha, niñato —dijo alzando la cabeza—, una chica que en lo primero que se fija es en el precio de tu ropa no te conviene.
—¡No seas absurda! —exclamó Clay enrojeciendo de rabia—. ¡Las chicas dan importancia a esas cosas! Antes Francine ni siquiera me hubiera dirigido la palabra y ahora quiere salir conmigo.
—¿La chica del deportivo? —preguntó Miley.
—Sí, pero no es asunto tuyo —contestó él con tono gélido.
—Claro que lo es. ¿Quién te libró de la cárcel? —inquirió ella mirándolo fijamente—. Mientras vivas aquí, todo lo que hagas es asunto mío. Y quiero saber más acerca de tu trabajo.
—¡Maldita sea, ya basta! Voy a recoger mis cosas y me largo.
—¡Estupendo! —Vació el bol de pienso en el suelo—. Adelante. Diré a Nick que has quebrantado el acuerdo de permanecer bajo mi custodia, y ¡por mí puedes irte de cabeza a la cárcel!
Clay tragó saliva. La expectativa no le pareció muy agradable. Tenía los ojos desorbitados.
—Estoy harta de ti— continuó Miley, temblando por la rabia contenida—. Os he dedicado a ti, a Mack y al abuelo toda mi atención, todo mi tiempo, y al parecer debo seguir haciéndolo hasta que me muera. Y ¿qué recibo a cambio? Un hermano que hace novillos y está con un pie en la cárcel, otro que cree que los duendes le harán los deberes y un abuelo que pretende que le diga por escrito con quién paso mi tiempo libre. ¡Por no mencionar a un padre sin el menor sentido del honor!
—¡Miley! —exclamó Clay.
—Bien, puedes irte al infierno —le espetó—. ¡Tú y tus amigos narcotraficantes podéis dar con vuestros huesos en la cárcel y salir de ella solitos!
Las lágrimas rodaban por sus mejillas. Clay se sintió desesperado, culpable y furioso a la vez. No se le ocurrió nada que decir.
Por fin soltó una maldición y se precipitó hacia la casa.
—¿Dónde crees que vas ahora? —preguntó Miley, incapaz de razonar con él.
—¿Dónde crees que vas ahora? —preguntó Miley, incapaz de razonar con él.
—¡Adivínalo! —gruñó Clay por encima del hombro.
Miley, temblando de rabia, arrojó el bol al suelo. Clay se le iba de las manos, era demasiado para ella. Todo parecía desbordarla esos días. La actitud de Clay iba a preocupar al abuelo y ella tendría que pasarse el resto de la noche escuchando sus reproches. Temía que el disgusto le provocara otro ataque al corazón. Si pudiera dejarlo todo y largarse, poner la carga en la espalda de otro y abandonar. Pero la vida no era tan sencilla. Debió haber razonado con Clay y no discutir con él desde el principio, pero no tenía por qué dejar de ir a la escuela, andar por ahí con chicas en coches caros ni llevar ropa de marca, cuando ella, con su salario, casi no podía permitirse comprar saldos para el resto de la familia. Clay tenía gustos caros y a Miley le preocupaba qué sería capaz de hacer su hermano para satisfacerlos.
Recogió el pesado bol de barro que había tirado, sorprendida de que no se hubiera roto. Aunque estaba de tan mal humor que no le habría importado mucho. Si tuviera a quién acudir, alguien que la aconsejara sobre cómo tratar a Clay antes de que se metiera en problemas graves y ya no hubiera salvación posible para él.
"Pero sí que hay alguien", se dijo deteniéndose. Estaba Nick, que la había invitado de nuevo a comer y a quien de hecho si parecía importarle un poco.
Al menos disfrutaba con su compañía, y eso significaba que le complacería escuchar sus problemas.
Pero no se aprovecharía de él, se prometió, animada al pensar en pedirle consejo. Seguro que Nick se había enfrentado antes con adolescentes problemáticos y no le importaría darle su opinión. Si a Clay no le gustaba, peor para él. Ya era hora de ser menos indulgente con él y darle más responsabilidad.
Clay se fue sin decir una palabra antes de que la cena estuviera lista en la mesa. Miley no lo mencionó. Mack y el abuelo parecían tan reacios a hablar como ella, de modo que la conversación giró en torno a temas intrascendentes. Llegó la hora de irse a dormir, pero Clay no había vuelto. Miley permaneció tumbada y despierta, preguntándose en qué se había equivocado con él. El único aspecto positivo era que Clay parecía estar sobrio con mayor frecuencia últimamente. Quizá fuera una buena señal.
Nick fue a buscar a Miley a su oficina para ir a comer, lo que causó expresiones de sorpresa en todo el bufete. La evidente turbación de ella le hizo sonreír, al tiempo que sus ojos oscuros recorrían su cuerpo delgado y admiraban el vestido floreado y la cabellera suelta. Parecía más joven y bonita que nunca; el suave rubor de sus mejillas le confería un aspecto radiante.
—¿No es tan fácil como creías? —preguntó mirando por encima del hombro a una de las secretarias que los observaba con descaro, y añadió—: No tengo una novia formal, por, eso, cuando llevo a una dama a comer, la gente lo nota.
—Oh. —Miley no supo qué decir. Se preguntó si tenía una amante o alguna relación seria con otra mujer, pero no se atrevió a preguntar por si en efecto la tenía. La asombró descubrir cuán importante era para ella que no fuese así.
Todavía reflexionaba sobre sus sentimientos, cuando tomaron asiento en la cafetería con sus bandejas. Lo observó mientras vaciaba la suya y la apartaba. Era tan atractivo. Nick la sorprendió mirándolo y sonrió débilmente.
—¿Cómo te van las cosas? —preguntó con naturalidad mientras empezaba a dar cuenta de la ensalada.
—¿No es tan fácil como creías? —preguntó mirando por encima del hombro a una de las secretarias que los observaba con descaro, y añadió—: No tengo una novia formal, por, eso, cuando llevo a una dama a comer, la gente lo nota.
—Oh. —Miley no supo qué decir. Se preguntó si tenía una amante o alguna relación seria con otra mujer, pero no se atrevió a preguntar por si en efecto la tenía. La asombró descubrir cuán importante era para ella que no fuese así.
Todavía reflexionaba sobre sus sentimientos, cuando tomaron asiento en la cafetería con sus bandejas. Lo observó mientras vaciaba la suya y la apartaba. Era tan atractivo. Nick la sorprendió mirándolo y sonrió débilmente.
—¿Cómo te van las cosas? —preguntó con naturalidad mientras empezaba a dar cuenta de la ensalada.
—Muy bien —mintió Miley. Sonrió e hizo un esfuerzo—para no llorar en su hombro por los problemas que le causaba Clay. Podría arreglárselas. Hablarle de su hermano quizá le haría creer que habían ulteriores motivos en su interés por él. Incluso podría pensar que Clay le había pedido que lo presionara. No permitiría que eso ocurriera; no en esa frágil etapa de su relación. A su vez preguntó—: ¿Y a ti? ¿Ya has ... ? Bueno, ¿has descubierto quién trató de matarte?
Nick aguzó la mirada y la clavó en la de ella.
—Todavía no —dijo al cabo de unos segundos—. Pero lo haré. —Se llenó la boca de ensalada.
Miley pensó en lo cerca que había estado de morir y se estremeció. Él observó la débil reacción y malinterpretó su causa, pues creyó que se debía a que Miley temía que consiguiera su propósito de detener al culpable. Se preguntó hasta qué punto estaría implicado su hermano y cuánto, sabía ella sobre lo sucedido. Si conseguía ganarse su confianza, quizá se lo dijera algún día.
—El pastel estaba muy bueno —comentó él de forma inesperada y sonrió—. Pensé que iba a durarme una semana, pero me lo acabé anoche.
—¿Todo? —exclamó Miley, y se interrumpió avergonzada al advertir la falta de delicadeza de su pregunta.
Pero él rió y no se mostró ofendido.
—Lo que quedaba —corrigió—. Mi secretaria y el detective que colabora conmigo cayeron sobre él mientras yo estaba en un juicio. —Se inclinó—. De hecho, me temo que en realidad la señora Delancy utilizó un pedazo para tentar a su marido y ponerle en una situación comprometida.
—¡No puedo creerlo! —exclamó Miley reprimiendo una sonrisa.
—Bueno, lo cierto es que era un bocado exquisito —concluyó. Terminó la ensalada.
—Me alegro de que os gustara —afirmó ella. Jugueteó con la ensalada—. ¿Estás a salvo ahora? —se obligó a preguntar con tono inseguro. Alzó la mirada, sin ser consciente del miedo que se reflejaba en ella—. ¿Volverán a intentarlo?
—No lo creo —replicó él mirándola a los ojos—. La noticia ha salido en todos los periódicos locales y cadenas de televisión; incluso lo han retransmitido en la televisión nacional por cable. A los matones, aunque no sean profesionales, no les gusta esa clase de popularidad. Permanecerán quietecitos, por lo menos hasta que cese la publicidad.
Quiza para entonces los hayas atrapado —dijo ella animada.
—¿Estás preocupada por mí, Miles? —preguntó Nick con una vaga sonrisa.
—Sí —respondió ella honestamente. Sus mejillas habían palidecido y sus enormes ojos azules buscaron los de él—. Supongo que al menos miras bajo el capó, ¿no?
—Cuando pienso en ello —murmuró con aspereza—. Deja de mirarme así; no soy un suicida.
—Perseguir a traficantes de drogas es, de hecho, un acto suicida —insistió Miley—. Leí un artículo del National Geographic sobre un magnate de la droga que mataba a todo el que trataba de detenerlo. Tenía miles de millones de dólares. ¿Cómo se puede luchar contra alguien con tanto poder y dinero?
—La mejor forma de hacerlo es acabar con los motivos que llevan a la gente a consumir drogas —explicó Nick muy serio—. El narcotráfico existe porque las personas sufrimos una fuerte presión en nuestras vidas diarias. La gente tiene que contar con una vía de escape. El crack es barato: quince gramos cuestan unos cincuenta dólares, mientras que treinta gramos de cocaína valen mil quinientos dólares en la calle. Es más caro que emborracharse, pero es lo que está de moda ahora. La marihuana es incluso más barata y evita las náuseas si se abusa de la cerveza o del vino. —Suspiró—. La prohibición del alcohol no detuvo su venta. Para reducir el tráfico de drogas, se debe luchar para que la demanda sea menor. —Aguzó la mirada—. ¿Cómo se puede ayudar a un niño cuyo padre alcohólico pega a su madre?, ¿o a un chico que sufre los abusos sexuales de uno de sus progenitores? ¿Cómo se puede alimentar a una familia de cinco hijos con el único sustento de una madre que trabaja en una fábrica textil? ¿Cómo poner en libertad bajo fianza a un padre de familia que no puede pagar ni el transporte para ir al trabajo? ¿Cómo sacar a un mendigo de la calle y de la caja de cartón en que vive? Estamos hablando de desesperanza, Miley. La gente que no puede soportar la realidad debe tener una vía de salida. Algunos leen libros, otros ven películas o la televisión. Muchos de ellos recurren a una botella o a una dosis de cocaína. La presión de la vida moderna es sencillamente demasiado intensa para un gran sector de la sociedad. Cuando ya no pueden soportar más esa presión, caen, y finalmente, vienen a parar a mis manos.
—¿Por consumir drogas?
—Por todo lo que hacen para permitirse el lujo de las drogas —corrigió él—. Incluso los más buenos robarían para satisfacer un hábito de cien dólares al día.
—¡Cien dólares al día! —exclamó Miley horrorizada.
—Eso es en el mejor de los casos —explicó él con amabilidad—. Alguien realmente adicto se puede llegar a gastar mil dólares diarios.
Miley sintió náuseas. Sabía que Clay había consumido cocaina porque él mismo se lo había dicho. No creía que todavía lo hiciera, pero se preguntó si estaría vendiéndola para permitirse la ropa cara que llevaba.
—Los traficantes ¿ganan mucho dinero? Me refiero a los que hace poco que lo son —puntualizó titubeante.
—Los traficantes ¿ganan mucho dinero? Me refiero a los que hace poco que lo son —puntualizó titubeante.
—Si te refieres a los Harris, por el Corvette que Son conduce puedes deducir cuánto dinero manejan.
—Sí, lo he visto —comentó ella con cansancio—. La cocaína es muy adictiva, ¿verdad? —dijo pensando en la gente que la compraba. Estaba casi segura de que Clay no consumía droga esos días.
Él apretó los labios.
—¿Sabes cómo se comporta un alcohólico?
—Más o menos —admitió, pues había visto a Clay borracho un par de veces—. Se ríe sin motivo y actúa de forma extraña, balbucea y sus ojos están inyectados en sangre.
—Pues en líneas generales es lo mismo.
—¿Tiene remedio? —quiso saber Miley.
—En la etapa inicial, pero la proporción de éxitos no es muy segura. No es fácil enfrentarse a la adicción, ni vencerla. —Jugueteó con la taza de café buscando su mirada—. Es mejor no empezar.
Ella titubeó.
—Estoy segura —convino, y añadió—. Los niños pequeños ¿se vuelven adictos como los adultos?
—De hecho algunos nacen adictos —puntualizó él con suavidad—. Un mundo en que los padres no se preocupan de sus hijos es un infierno, ¿no te parece?
—Es todavía peor un mundo en que se vende esa porquería a los niños de la escuela primaría. Mack me ha contado que registraron las taquillas en su colegio y encontraron crack
Nick la miró con suspicacia y replicó:,
—Se está llevando a cabo una especie de batalla campal. Los traficantes de marihuana se disputan el terreno con los de crack, mucho más duros.
—¡Dios mío! —Los dedos de Miley se crisparon sobre la servilleta hasta casi desgarrarla. Él le asió una mano sus dedos morenos contrastaron la piel rosácea de ella.
—Será mejor que hablemos de algo más agradable.
Miley forzó una sonrisa.
—Estoy de acuerdo.
Él asintió y retiró la mano.
—Me parece que esta ternera murió de vieja antes de llegar hasta aquí —murmuró ceñudo observando su bistec. Lo pinchó con el tenedor—, ¿Ves? No le queda un hálito de vida. No se mueve.
Ella rió.
—Bromeas, ¿no? ¿No esperarás de verdad que se mueva?
Él la miró.
—¿Por qué no? Un buen pedazo de carne debería ser fibroso, lleno de nervio. Detesto comer algo tan mustio. —Volvió a pincharlo y suspiró dejando el tenedor—. Al infierno con él. Me comeré una ración de gelatina.
Miley movió la cabeza. Le divertía estar con él. Antes de conocerlo, pensaba que era serio y malhumorado, pero no era cierto. Tenía un ácido sentido del humor y una actitud del todo razonable ante la vida. Disfrutaba con su compañía más que con la de cualquier otro.
La semana siguiente Miley comió con Nick todos los días. No había sido tan feliz en toda su vida. Sólo había un inconveniente, y era que no podía contárselo a su familia. Ya le habían causado bastantes quebraderos de cabeza la primera vez que había almorzado con él, de modo que no les dijo que se veían tan a menudo.
Entretanto, Clay se marchaba cada noche a su supuesto trabajo y pasaba casi todo el fin de semana en compañía de Francine, la belleza morena del coche deportivo. Clay nunca la llevaba a casa. Miley pensaba con acritud que probablemente le avergonzaba que la muchacha viera el estropeado linóleo del suelo y la pintura desconchada de las paredes. Pero Francine lo llevaba al trabajo y lo traía de vuelta, así que Miley suponía que debía sentirse agradecida por ello, pues significaba que su hermano no pretendía comprarse un coche que hiciera conjunto con su ropa cara. Además permanecía sobrio.
Le había preguntado dónde trabajaba, pero él sólo le había dicho que lo hacía en un comercio de la calle Diez. No había insistido porque no quería descubrir si mentía. Si lo hacía, y ella se enteraba, tendrían muchos problemas. Y ya había tenido tantos que se sentía incapaz de enfrentarse a más. Era más fácil creer que se había reformado, que su interés en Francine le había hecho retomar el camino correcto. Aunque el hecho de que una adolescente condujera un Corvette preocupaba a Miley, especialmente desde que había descubierto por casualidad que su familia trabajaba en un molino.
Mack también estaba muy calmado esos días. Estudiaba matemáticas sin necesidad de que se lo dijeran y evitaba a Clay. Miley advirtió estos y otros cambios sutiles que la preocupaban, aunque no sabía qué hacer al respecto. No podía confiar en Nick, porque cualquier comentario sobre las compañías que Clay frecuentaba o la ropa que llevaba podía hacer que su hermano pequeño acabara en la cárcel.
Ya no era posible hablar con Clay, de modo que trató de fingir que todo iba bien. Se sentía viva por primera vez y no quería que su felicidad se viera enturbiada por asuntos desagradables. Así pues, decidió que si ignoraba lo que sucedía en torno a ella simplemente no la afectaría.
Nick la miraba de un modo que le parecía delicioso y excitante. La mirada de sus ojos oscuros se dirigía con frecuencia a sus pechos y a sus labios, e incluso el tono de su voz parecía cambiar de forma paulatina. Le hablaba de forma distinta que al resto de la gente. Hasta Maggie se había percatado de ello.
—Parece ronronear cuando te habla —dijo esa misma mañana con una sonrisa traviesa—. Cuando ha llamado para quedar contigo en el aparcamiento, he advertido que su tono cambiaba al descolgar tú. Sí, está interesado, muy interesado. Imagínate, nuestra pequeña y tímida solterona llevándose al fiscal más atractivo del distrito.
—Basta ya —dijo Miley sonriendo—. No lo he llevado a ninguna parte. Y comer con él es simplemente agradable. Le preparé un pastel, ¿sabes?
—Todo el mundo sabe que le trajiste un pastel —le informó Maggie—. Los que no se enteraron por él, lo hicieron por su secretaria. Me sorprende que los chicos de la prensa no te hayan entrevistado aún sobre tus capacidades culinarias.
—Ya está bien, Maggie —se quejó Miley.
—Ten cuidado con esos documentos —advirtió Maggie . Yo en tu lugar iría un poco más tarde a casa para ir de compras al centro. Tengo la sensación de que vas a necesitar algún vestido de fiesta muy pronto.
Miley frunció el entrecejo y echó hacia atrás un mechón de cabello, últimamente lo llevaba siempre suelto porque era como a Nick le gustaba. También se maquillaba con mayor detenimiento y llevaba para trabajar la ropa más bonita y femenina de su vestuario. Esto debía de haberlo impresionado, porque esos días Nick la miraba más que nunca.
—¿Vestido de fiesta?
—Nick suele asistir a las cenas que ofrecen las autoridades políticas explico Maggie—. Tratan de convencerlo para que presente su tercera candidatura. Estoy segura de que disfrutarás de esas veladas.
—No soy lo bastante sofisticada para esa clase de ambiente.
—No tienes que serlo, querida. Sólo debes ser tú misma —dijo Maggie con firmeza—. No eres arrogante, por eso le gustas a la gente. Eres simplemente tú misma. No te preocupes, lo harás muy bien.
—¿Lo crees de veras? —preguntó Miley con los ojos muy abiertos.
—Naturalmente. Ahora empólvate la nariz y vete a comer. No queremos disgustar al fiscal del distrito cuando están pendientes de juicio para el mes que viene todos esos casos importantes —añadió con una sonrisa maliciosa.
—Dios no lo quiera —convino Miley. Abrazó impulsivamente a Maggie y se escabulló antes de que la situación se volviera embarazosa.
Nick estaba apoyado contra el capó de un sedán negro, silbando suavemente y con las largas piernas cruzadas. Llevaba unos pantalones grises, cazadora ligera y corbata rojo cereza. Miles suspiró cuando lo vio.
Él alzó la vista sonriente mientras ella se acercaba. Sus ojos oscuros recorrieron la figura de Miley. Vestía un sobrio traje blanco y blusa rosa, llevaba medias oscuras y zapatos blancos de tacón de aguja. Con el largo cabello cobrizo suelto sobre los hombros y el rostro radiante de felicidad se la veía francamente bella.
Nick lanzó un silbido de admiración y rió al ver que ella se sonrojaba.
—¿Dónde vamos? —preguntó Miley.
—Es una sorpresa. Entra —dijo mientras sostenía la puerta, luego rodeó el coche y se sentó tras el volante. Buscó la llave, pero se detuvo al ver la expresión del rostro de Miley
—Ya lo he comprobado —susurró inclinándose hacia ella—. El contacto, el capó... todo, ¿de acuerdo?
Ella se cubrió la cara con las manos.
—Soy una beep.
—No, claro que no. Y si mi secretaria no estuviera observando con medio cuerpo fuera de la ventana, te besaría hasta que gritaras rogando piedad —añadió con una sonrisa lasciva.
Miley sintió el rubor en sus mejillas, y su mirada se fijó de forma involuntaria en la boca gruesa y bien cincelada de Nick. Recordó la vez en que la había besado y cómo se había sentido, cómo los labios le habían hormigueado durante todo el día rememorando ese beso. Quiso que la besara otra vez, pero no le pareció sensato que supiera cuánto lo deseaba.
—Me gusta tu secretaria —comentó tratando de tranquilizarse.
Él sofocó una risilla al ver que cambiaba de tema.
—A mí también. Será mejor que nos vayamos. —dijo poniendo el motor en marcha.
La llevó a un restaurante especializado en crépes. Miley se relamió cuando vio la carta. Era el lugar más encantador en que había estado, y dedicó unos minutos a registrar cada detalle para contárselo a Maggie cuando volviera a la oficina. Probablemente su compañera había estado en sitios como ése tan a menudo que no les daría importancia, pero la cafetería del edificio y el local de comida rápida próximo a su trabajo representaban toda su experiencia en restaurantes.
—¿Nunca habías estado en una crepería? —preguntó Nick ante su evidente fascinación.
—Bueno, no. —Se removió en el asiento y sonrió sin apenas advertirlo—. Mi presupuesto no me permite comer en sitios como éste, de todas formas, tendría que venir con toda la familia y resultaría bastante caro. Mack se comería lo que hemos pedido tú y yo y aún querría postre.
—¿Mack?
—El pequeño de mis hermanos —explicó—. Sólo tiene diez años.
—¿Se parece a ti? —preguntó él con suavidad.
—Sí —contestó ella con una sonrisa—. Le encanta ayudarme en el huerto. últimamente es el único que lo hace. El abuelo no puede y Clay... ha encontrado un trabajo —dijo.
Él enarcó una ceja.
—Estupendo.
—También tiene novia, aunque no he tenido oportunidad de conocerla —añadió con nerviosismo—. Nunca la trae a casa.
—Quizá no sea la clase de novia que le apetezca llevar a casa —murmuró Nick observando la expresión de asombro de ella—. Miley, a su edad, el sexo es nuevo y excitante, y a los chicos no les gusta que los adultos sepan lo que hacen. No es sorprendente que no te la haya presentado.
Miley sintió una oleada de alivio ¿Sería eso? ¿Sería que a Clay le avergonzaba que su hermana supiera que se acostaba con alguien? La respuesta era obvia: su hermano sabía que ella tenía ideas anticuadas y que iba a la iglesia. ¡No era de extrañar que no quisiera que conociese a Francine!
—¿De modo que es así de simple? —preguntó ausente—. Creí que se avergonzaba de nosotros.
Él frunció el entrecejo.
—¿Avergonzarse? ¿Por qué había de hacerlo?
Miles titubeó y bajó la mirada hacia la taza de café.
—Nick, somos gente de campo. La casa es vieja y se está cayendo a pedazos y no hay nada moderno en ella. Un chico que trate de impresionar a su novia quizá no quiera que ella compruebe la... frugalidad con que vive.
—Estoy seguro de que cualquier lugar a tu cuidado brilla como los chorros del oro —comentó él al cabo de unos segundos, con tono dulce y calmado—. Y no puédo imaginar que alguien se avergüence de ti.
Ella se ruborizó y sonrió.
—Gracias.
—Hablo en serio —respondió él con sinceridad. La miró largo rato, y cayó por fin en una tentación a la que no podía resistirse más—. Me gustaría que cenaras conmigo el sábado. ¿Te va bien?
Miley fue consciente de que no se había movido un milímetro. Lo miró fijamente con el corazón desbocado.
—¿Qué?
—Quisiera salir contigo una noche, a cenar y al cine, o a bailar, si lo prefieres —insistió, y añadió—: Si no te da miedo, claro, pues puedo ser de nuevo el objetivo de un atentado. Entiendo que tal vez prefieras esperar a que el ambiente se apacigüe.
—¡No! —interrumpió Miley sin aliento—. No, yo no... quiero decir, no tengo miedo. En absoluto. Me encantaría salir contigo.
Nick alzó la taza y sorbió un poco del aromático café.
—A tu familia no le gustará.
—Pues que no les guste —dijo ella en tono desafiante. Tengo derecho a salir vez en cuando.
—Me halaga que estés decidida a enfrentarte a ellos por mí —comentó él con un brillo peculiar en sus ojos oscuros.
Miley se sonrojó.
—¿A qué hora?
—Sobre las seis —murmuró él reprimiendo la risa ante su expresión—. Ponte algo atrevido.
—No tengo nada atrevido —admitió Miley. Sonrió con picardía—. Pero lo tendré el sábado por la noche.
—Ésta es mi chica. —Terminó el café—. Y ahora ¿qué me dices de un postre?
El resto de la semana pasó volando. Miley se quedó hasta tarde en la oficina y fue de compras con Maggie en busca de un vestido adecuado para la cena. Lo encontraron en una tienda pequeña, rebajado al cincuenta por ciento. Miley no podía creer que fuera realmente la dueña de un traje de fiesta como aquél. Era de canalé negro, con corpiño ajustado y una vistosa falda con vuelo de crespón, el vestido más fascinante que Miley hubiera visto jamás.
—Tengo unos zapatos que hacen conjunto —comentó Maggie. Por suerte calzamos el mismo número, así que no hay necesidad de que compres un par cuando tengo unos casi nuevos para prestarte.
Miley titubeó.
—¿Seguro que no te importa?
—También tengo un bolso de fiesta que quedaría bien —continuó Maggie. ¿Tienes joyas?
—Una cruz de oro que me dejó mi madre.
—El toque perfecto —opinó Maggie con una sonrisa—. Hará que Nick se comporte honestamente.
—¡Eres un demonio!— Exclamó Miley.
—El demonio es Nick, no lo olvides. Por muy bueno que sea, cualquier hombre tomará todo lo que tú le des. No te dejes embrujar bajo la luz de la luna.
—No lo haré —prometió Miley sin mucha convicción. Tenía la impresión de que si alguna vez Nick iba demasiado lejos, ella caería sin remedio.
Fueron a casa de Maggie para que Miley recogiera los zapatos altos de terciopelo negro listado y el bolso de fiesta de lentejuelas también negro. Vivía en un espacioso apartamento con vistas al hotel Hyatt Regency en el centro de Atlanta.
—Me encanta la vista —comentó Miley con un suspiro al mirar las calles atestadas por la ventana enmarcada—, pero no tu mascota —añadió con una mueca observando la cría de serpiente pitón que Maggie conservaba en un terrario.
—No te morderá. Ignórala. Deberías disfrutar de esta vista por la noche. Es mágica. —Maggie se interrumpió, y añadió finalmente : Necesitas tu propio apartamento, Miley, Tu propia vida.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó Miley con suavidad—. El abuelo no puede ocuparse solo de los chicos, Si me fuera, no tendrían dinero para una asistenta o una enfermera. —Negó con la cabeza—. Son mi familia y les quiero.
—El amor puede convertirse en una prision, no lo olvides —puntualizó Maggie con firmeza—. Lo sé muy bien. Te hablaré de ello algún día.
Pareció perturbada unos instantes y Miley sintió una oleada de afecto hacia su compañera.,
—¿Por qué eres tan amable conmigo? —preguntó.
Maggie sonrió.
—Porque no es difícil ser amable con alguien tan encantadora como tú, querida. No hago amigos con facilidad, soy demasiado independiente y me gusta mi modo de hacer las cosas. Pero tú eres especial. Me gustas.
—Tú también a mí —intervino Miley—. Y no sólo porque me obligues a ponerme un bolso y unos zapatos.
—Es agradable saberlo —comentó Maggie sonriendo—. Bueno, será mejor que te acompañe al aparcamiento. Pero tienes que volver un sábado por la tarde para ir de compras conmigo. Te enseñaré dónde tienen las mejores gangas.
—Me encantaría, de verdad —afirmó Miley.
—A mí también.
Maggie la dejó en el aparcamiento y Miley condujo hasta casa de mala gana. Bien, tenía todavía hasta la tarde del día siguiente para revelar la noticia de su cita con Nick. Quizá reuniera el valor suficiente para entonces.
Preparó la cena, pero sólo estaban en casa Mack y el abuelo.
—¿Clay se ha ido a trabajar? —preguntó Miley.
El abuelo enarcó una ceja. Mack se estremeció.
—Bueno, ¿ha estado en casa al menos? —insistió ella.
—Ha pasado por aquí —contestó Mack—. Él y su novia han venido a recoger unas cosas de su habitación. Ha dicho que volvería tarde, si volvía. —Frunció el entrecejo—. Ella no me gusta. Llevaba unos pantalones vaqueros apretados y una camiseta transparente, y lo miraba todo por encima del hombro.
Miley sintió que ardía por dentro.
—Por lo que he oído, sus padres no tienen mucho dinero.
—No lo necesita —comentó el abuelo—. Es la sobrina del viejo Harris.
Miley notó que le temblaban las rodillas.
—¿De verdad?
El abuelo asintió. Cortó un pedazo de bistec y lo masticó lentamente.
—Clay va a meterse en serios problemas si no anda con ojo.
—Quizá es sólo un capricho —sugirió Miley esperanzada.
—Quizá no —replicó el abuelo. Dejó los cubiertos—. ¿Por qué no hablas con él, Miley? Tal vez a ti te escuche.
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