Violentamente, Miley volvió la cabeza. Un amargo resentimiento recorría todo su ser luchaba por aflorar, a pesar de todos sus esfuerzos por contenerlo.
-Sólo actúo para mis amigos, y tú no figuras entre ellos. Desde que entraste en esta casa, tu hipocresía me ha sorprendido. En primer lugar, te recordaré que nunca quisiste a mis abuelos. Pero al menos hace ocho años tenías valor para reconocerlo. Pensabas que Nat era terriblemente conflictivo y que Martha era una mujer fría y amargada. Y tenías razón... en ambas cosas.
Nick estaba dominando la situación. Con expresión sombría y controlada, empezó a decir:
-Martha se suavizó muchísimo después de la muerte de Nat.
-No conmigo. Eso no.
-Estás trastornada. No he debido haberte acompañado.
Miley cerró con violencia la puerta y le dijo:
-No, no te irás hasta que oigas lo que tengo que decirte. ¿Por qué has decidido volver a escribir el pasado a tu conveniencia? Aquí viví la infancia más amarga del mundo, y tú lo sabes. Sólo una vez en diecisiete años mi abuela me abrazó, y era tan pequeña que ni siquiera me acuerdo. Pero sí recuerdo haber sido una carga. Como mi abuelo no podía castigar a mi madre, se desquitaba conmigo... -se volvió hacia la ventana y agregó con voz quebrada-: Lo recuerdo perfectamente -murmuró entre dientes-. Como si fuera ayer.
-¿Por qué has venido?
-Simplemente porque quería ver esto otra vez -declaró, recobrando la compostura.
-Bueno... Ya lo has visto.
-¿Tienes hijos, Nick? -se arrepintió de haber hecho la pregunta.
-Una niña. Tiene cuatro años.
Un súbito dolor traspasó el pecho de Miley.
-Si no te importa, quiero quedarme sola.
-En absoluto. Tengo un compromiso para comer -repuso con tono cortante.
El hecho de que no recordara haberla invitado a comer le causó a Miley una gran angustia. Pero también le habría gustado que se lo pidiera para así poder negarse.
-¿Con quién? -preguntó ella, sin darle importan.
-Se llama Paula. Es enfermera en el hospital de la localidad.
-¿Cómo es? -preguntó Miley, sonriendo. Una asfixiante tensión crecía entre los dos.
-¿Vas a preguntarme si me he acostado con ella?
Miley se quedó callada. Nick subió a su automóvil y se alejó. La joven suspiró, tranquilizada. Sabía que él estaba soltero, aunque con un compromiso. ¿Qué importaba? No era posible que estuviera celosa, no después de tantos años.
Se dejó caer en un sillón. Nick no le había dicho adiós, pero lo cierto era que nunca se habían despedido de verdad. Al parecer perduraba esa costumbre. Miley se vio arrastrada a las consecuencias de la noche que pasó en sus brazos.
Se había sentido culpable, pero de ningún modo avergonzada. En aquel entonces, confiando en la confesión que Nick le había hecho, había creído que no había de qué avergonzarse cuando había de por medio amor.
Tardó veinticuatro horas en buscarla... un Nick que le resultó totalmente extraño. Una amarga desesperación penetró en lo más profundo de su alma. Con dolor, recordó sus palabras:
-Lo que ocurrió entre nosotros estuvo muy mal. Deseo con toda mi alma poder borrarlo, pero no es posible. Tus abuelos confiaron en mí y yo traicioné esa confianza. No tengo excusa. Te llevo cinco años. Nunca debí tocarte.
-Si me amas, entonces...
-Eso es lo malo, que no te amo como debiera. Te quiero muchísimo como a una amiga, como a una hermana si lo prefieres.
-Yo te quiero -había susurrado ella, sin prestar atención a lo que Nick le decía.
-Es un capricho y así terminará -declaró con firmeza-. Lo de anoche fue un error, Miley. Estaba ebrio. Eso no me disculpa, pero es la única razón que lo explica. No fue culpa tuya, sino mía. En caso de que haya consecuencias...
-¿Consecuencias? -preguntó, confusa.
-Si te quedas embarazada contarás conmigo. Hablaré con tus abuelos, pero no me casaré contigo. Un matrimonio entre nosotros no funcionaría. El riesgo de embarazo no es muy grande, pero si ocurre me ocuparé de todo.
Algún tiempo después, sin ninguna ceremonia y en secreto, se casó con Selena, en Londres. Ningún familiar asistió a la boda.
A Miley se le rompió el corazón. La noticia de la boda de Nick la dejó destrozada. Una cosa era admitir que no la amaba, y otra muy diferente que podía amar a otra. Miley había perdido mucho más que a un amante. Él había estado mucho más cerca de ella que su propia familia, había sido su único amigo.
Otros recuerdos acudieron a su mente, por más que hizo por desecharlos: ella le mintió cuando le dijo a Nick que no esperaba un hijo suyo. Claro que le mintió.
No tenía otra opción. Aunque esa mentira no significó ninguna diferencia, pues a los pocos meses sufrió un aborto.
Grant le había dicho que eso era lo mejor que pudo haber ocurrido, pues no comprendía hasta qué punto ella había deseado tener un hijo de Nick, después de su boda con Selena. Ashley había querido a ese hijo más que cualquier otra cosa en el mundo. Lentamente, volvió a la realidad, enjugándose las lágrimas con las manos.
Sin darse cuenta, poco a poco se fue quedando dormida.
Había caído la noche cuando despertó sintiendo mucho frío. A tientas buscó el interruptor de la luz, pero no funcionó. «Tonta», se dijo cuando recordó que no había electricidad. Afortunadamente, encontró una lámpara de petróleo en la cocina. Iban a dar las diez de la noche, demasiado tarde para buscar un hotel. Sacó la comida que tenía en el coche, encendió la chimenea y a eso de la medianoche estaba sentada sobre una improvisada cama, comiendo una lasaña y bebiendo jerez.
Se levantó para sacar un camisón de seda de su maleta, preguntándose molesta cuánto tiempo tardaría en dormirse. Después de servirse otra copa de jerez, estaba empezando a concentrarse en la trama del libro que pensaba escribir cuando un débil ruido la hizo levantar la cabeza de su cuaderno de notas. Con las pupilas dilatadas, ahogó un grito de terror. Una enorme sombra se dibujaba en la puerta de la cocina.
-No puedo creerlo -exclamó Nick, entrando en el cuarto-. Desde la carretera vi luz y pensé que alguien se había metido.
El corazón de Miley seguía latiendo aceleradamente.
-¿Cómo has entrado? Todas las puertas están aseguradas.
-Me he metido por la ventana de la despensa.
-Ahora puedes irte por la puerta principal. Me siento menos hospitalaria que esta tarde. Me has dado un susto mayúsculo.
-Agradece que haya sido yo y no un intruso. Oye, no puedes pensar en quedarte aquí a pasar la noche.
-¿Por qué no sigues tu camino y preguntas a tus vecinos qué es lo que hacen en sus casas a medianoche? No tienes derecho a estar aquí.
-Ya te lo he dicho. No tenía ni idea de que estuvieras en casa.
-Muy bien, ahora que ya te has cerciorado de ello, puedes y debes irte.
Nick tomó la botella de jerez. Después de examinarla, se irguió y le dirigió una dura mirada.
-Has contraído vicios poco sanos desde que saliste de casa.
-Te agradará saber que uno de ellos no es invitar a desconocidos a beber conmigo. Ahora, vete ya -su voz se tornó aguda.
Nick se sentó con toda tranquilidad en la silla que estaba al pie de la cama. Cruzó una pierna y se echó hacia atrás, relajado. Miley lo miró fijamente y se incorporó.
-¿No has oído lo que te he dicho?
La luz de la chimenea arrancó reflejos a la seda roja de su camisón, que apenas le cubría los muslos. Además, la fina tela dejaba ver la forma de sus senos. En cuanto se dio cuenta de que la estaba observando, Miley sintió que la cara le ardía. Volvió a sentarse, mientras en su interior sonaba una alarma.
-¿Qué estás haciendo aquí? -volvió a preguntarle Nick.
-Tal vez tenga demasiada pereza para mudarme a un hotel.
-Pensé que tu afición a la comodidad te induciría a buscar un sitio mejor -la miró descaradamente-. Dime qué planes tienes ahora que te han echado de la telenovela.
-Si me he quedado fuera, ha sido por mi propia voluntad.
-Por lo que sé, Maxwell te dijo que si tenía alguna influencia, nunca más volverías a trabajar -le recordó Nick, con una calma que fue una burla de su furia.
-Pedí un descanso. No he tenido vacaciones desde la última vez que nos vimos.
-Este es un lugar muy peculiar para pasar unas vacaciones.
-Sobre gustos no hay nada escrito -no le importaba ni le diría que se iría a primera hora.
-¿Por qué tienes un coche tan viejo?
-Camuflaje. Eso es todo -repuso con soberbia.
-Como camuflaje es excesivo.
-Bueno, tal vez esté arruinada -declaró con tono sarcástico.
El brillo de su mirada la desconcertó.
-Es malo que ahogues tus penas sola -echó la cabeza hacia atrás.
-Hago toda clase de cosas malas estando sola. Suelen ser muy divertidas.
-¿Sabe Maxwell dónde estás?
-Le dije que me dirigía hacia el norte.
-Supongo que terminaste tu relación con él.
Miley dejó que el jerez humedeciera su garganta y dijo:
-Eres libre de suponer lo que te dé la gana. Grant y yo nos atenemos a esta norma inflexible. No hablamos de nosotros con desconocidos. Esa es una de las razones de que haya tanta basura en los diarios, tantos chismes. Lo que no se logra en una entrevista legítima, se inventa.
-Entonces, ¿la revelación extraordinaria de las habitaciones separadas fue un invento? -preguntó Nick-. Dejando al margen las obvias exageraciones, salta a la vista que la relación está muerta de tu lado, desde hace mucho. Entonces, ¿por qué razón te quedaste tanto tiempo?
-Así que leíste los periódicos. Supongo que habría sido mucho esperar que quisieras satisfacer tu curiosidad recurriendo a la propia fuente.
-Fascinación sería el nombre más exacto de mis sentimientos. Algunas de las cosas relacionadas con Maxwell me divirtieron, pero otras tuvieron su lado trágico -murmuró Nick con tono sombrío-. Pero si finalmente te dio una patada en el trasero, te hizo un favor.
-¿Cómo te atreves a decir eso? –estalló Miley-. No sabes nada de mi vida con Grant. ¡Nada!
La miró con gran atención.
-No irás a decirme que has sido feliz con un hombre que ha estado corriendo detrás de otras mujeres desde que lo conociste.
Ella miró fijamente el fuego de la chimenea. Volvió a escuchar las violentas acusaciones de ingratitud de Grant. Pero su rabia era perfectamente explicable. La había enseñado, alentado, animado a seguir cuando podía haberse derrumbado. Todo lo que había conseguido se lo debía a él. No obstante, Grant no le dio lo que ella realmente quería de él: el amor de un padre.
De pronto, los ojos se le llenaron de lágrimas. Quizá no fue culpa de su padre, sino más bien de ella.
-Miley...
-¡Oh, por favor! Vete y déjame sola -alcanzó a decir, molesta por su tono de conmiseración -ya me has abrumado con tu sermón y ahora te pido que te vayas.
Él se inclinó hacia adelante, colocándose en el borde mismo del colchón, para ponerle una mano sobre el brazo.
-No era mi intención parecer superior ni alardear...
-¿De verdad?
-Dios sabe que no me causa ninguna satisfacción verte como estás. Simplemente creo que no deberías ser tan independiente ahora.
El contacto de su mano la había puesto rígidamente a la defensiva. Cuando le quitó la copa de vino, le preguntó:
-¿Qué demonios crees que estás haciendo?
-Creo que has bebido más que suficiente. El alcohol te causará más depresión.
La irritaba darse cuenta de que la costumbre de comportarse como Nick le decía había sobrevivido durante todos esos años. No pudo evitar replicar:
-Dos copitas de jerez no son suficientes para emborracharse y no estoy deprimida.
-¿De verdad?
-No. Lo que sucede es que he tenido dos días muy difíciles.
Él le puso una mano sobre un hombro. Confundida e inquieta por su perturbadora cercanía, sintió un cosquilleo en la garganta. El silencio se hizo más denso aún. Apenas lo rompía el crepitar del fuego de la chimenea. Miley se humedeció el labio inferior con la punta de la lengua.
Nick emitió un gemido. Algo más fuerte y más antiguo, e infinitamente más poderoso que ella, la mantenía quieta mientras él enterraba los dedos en su cabello y acercaba su rostro al suyo.
Con impaciencia, deslizó la otra mano por su espalda y con la lengua le hizo entreabrir los labios, provocándole sensaciones que recorrieron su ser como una respuesta salvaje y primitiva. De pronto Miley lo abrazó, como signo de aceptación y entrega.
Conforme se deslizaba hacia él, Nick la recibía. Hambriento, siguió sondeando su boca y le acarició los senos hasta provocarle una excitación que la hizo emitir sonidos inarticulados.
El viejo reloj, situado sobre la chimenea, dio la una de la madrugada. Al instante los dos se quedaron paralizados. Nick se puso de pie, para echar el cuerpo hacia atrás, con la respiración entrecortada. Le lanzó una mirada ardiente.
Miley se sentó, estremecida. Se alisó la ropa con manos temblorosas.
-Como de costumbre, lo que quieres decir es: «¡Dios mío! ¿Qué he hecho?» -pronunció ella con sarcasmo.
-¿Por qué demonios decidiste regresar? -le preguntó, violento.
Una antipatía tan poderosa como la pasión que habían compartido surgió con igual brusquedad.
-Descuida, no se lo diré a Paula. Las mujeres son seres notablemente rencorosos -replicó ella.
El rubor tiñó las mejillas de Nick y acentuó el brillo de sus ojos. Finalmente dijo con tono burlón:
-De verdad, estaba preocupado por ti.
-No necesitas una copa de jerez para tener una excusa esta vez.
A la propia Miley le dolió ese comentario, y Nick palideció.
-¡Maldita bruja venenosa! Si crees que he olvidado esa noche, estás en un error. Nunca me ha dejado.
Pero Miley pensó que a él no le había afectado tanto como a ella. Nick se había casado, tenía una hija y estaba enfrascado en otra relación. ¿Dónde estaban sus cicatrices? No existían. Con la cabeza inclinada, su largo cabello ocultó su dolida expresión. ¿Por qué no se sintió físicamente enferma cuando la tocó?
-Vete -susurró.
-No necesitaba tu invitación -al salir cerró de golpe la puerta.
Cuando se mudó a la casa de la ciudad, nunca se le ocurrió que todo el mundo supondría que era la amante de Grant. Con toda sinceridad había creído que en cuanto estuviera presentable, Grant se mostraría muy dispuesto a aceptar abiertamente su relación. Pero él nunca aceptaría la paternidad. Era muy susceptible en cuanto a su edad, y más aún en cuanto a su personalidad. El hecho de que tenía más de cincuenta años era un secreto tan grande como el que tenía una hija de más de veinticinco. Y Miley se había convertido en un escudo defensivo contra las mujeres demasiado irritantes. Sin embargo, aun cuando él había negado con vehemencia la acusación, Miley era su disculpa cuando alguna de sus amigas se ponía demasiado pesada. Durante mucho tiempo había concentrado sus energías en su trabajo. Si ella no había tenido la menor prisa en someterse a prueba como una mujer sin compromisos, en gran parte se debía a la falta de interés y a la sospecha de que era una mujer frígida.
«Frígida», repitió con tristeza, mientras un calor vergonzoso recorría su cuerpo en oleadas. En los brazos de Nick no había sentido repulsión ni inhibición alguna. Durante todos esos años no había olvidado la lección que su humillación y su rechazo le habían enseñado, lo cual había hecho que reprimiera para siempre su propia sexualidad. Había temido vincularse con otro hombre, pero ahora debía enfrentarse a la verdad.
Olía a café cuando despertó. Oyó un ruido de platos y tazas, y palpó con los dedos una manta que no recordaba haber cogido. También el colchón había cambiado de lugar; en ese momento estaba más alejado del fuego. Pero toda pregunta por el responsable de esos cambios perdió importancia cuando vio a Nick salir de la parte trasera de la cocina, llevando dos tazas en las manos.
-¿Qué demonios...? -empezó a decir, incrédula.
-Me quedé preocupado y volví -declaró, poniendo una de las tazas en el suelo, a un lado de ella.
-¿Qué hora es?
-Las ocho y media.
Miley se pasó una mano por el cabello.
-Estabas dormida como un tronco cuando regresé. ¿Según tu opinión hay algo de malo en dormir de madrugada? -le espetó.
Tenía la boca amarga.
-Debiste haberte despertado cuando regresé pero no lo hiciste. Obviamente continuaste bebiendo después de que me fui.
-¿Yo qué?
-Me has oído bien -recalcó cada sílaba.
-¿Por qué no te tragas tus propias conclusiones? No bebí ni una sola gota más -concluyó furiosa.
-¿De verdad?
-¡No! -repitió indignada-. ¿Te has preguntado cuánto tiempo hace que no disfruto de una buena noche de sueño? Estaba agotada. Me quedé dormida en cuanto te fuiste.
La miró entre burlón y desafiante.
-Deberías agradecerme que haya vuelto. Te dejaste las velas encendidas. Ni siquiera tomaste precauciones con la chimenea. Esta casa tiene los tabiques de madera.
Pálida, se acurrucó bajo la sábana.
-No suelo ser tan descuidada, pero si lo que buscas mi gratitud, te has equivocado. Nadie te pidió que te metieras. ¿Desde qué hora llevas aquí?
-Desde las tres. No me atraía la idea de irme hasta no estar seguro de que todo estaba bien.
Sintiéndose en desventaja, Miley lo atacó:
-¿Te has vuelto noctámbulo? ¿No te ha echado nadie de menos?
-Sofía está acostumbrada a mis ausencias nocturnas.
Miley se quedó sorprendida al deducir que Nick solía pasar las noches con Paula. Las cosas habían cambiado en Mirsby.
-Ponte algo de ropa. Te llevaré a casa a desayunar. Considéralo una obra de buen vecino -aclaró secamente.
-¿Desayuno? -preguntó Miley, a punto de atragantarse con el café.
Bruscamente, Nick se sentó en el colchón para estar al mismo nivel que ella. Le advirtió con tono irritado:
-Ya he tenido bastantes melodramas en las últimas veinticuatro horas, como para todo el resto del siglo. También tengo una sugerencia que quiero que oigas.
-Guárdatela. Y también el desayuno -le aconsejó, esquivando su mirada.
-¿Realmente te resulta tan difícil ser amable conmigo?
Miley cerró los ojos. Todos los instantes que estuviera cerca de él acrecentarían su inquietud interior. La atenazaba que descubriera su vulnerabilidad en ese terreno. Nunca lo perdonaría por haberle planteado la imposible elección que en otro tiempo le hizo. ¿Cómo podría olvidar la agonía de haber perdido a su hijo?
Tenía los ojos inundados de lágrimas. Ese era un período de su vida que no quería recordar en presencia de Nick. La volvía demasiado vulnerable.
Nick respiró profundamente, tratando de descifrar la tensión que revelaba su rostro. Luego le dijo:
-Mira, comprendo que estés muy sensible, pero tienes que aceptar que no soy tu enemigo.
Con un refunfuño de desacuerdo, ella hizo a un lado las sábanas.
-Dame cinco minutos.
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