El lunes por la mañana Nick se obligó a levantarse temprano, y cuando pensó en todo lo que tenía que hacer casi se enterró de nuevo bajo las sábanas. Su único consuelo era que después de su visita el abuelo mejoraría casi con toda seguridad, lo que significaría una carga menos sobre los hombros de Miley. Le resultaba agradablemente extraño tener a alguien de quien preocuparse. Su tío Sanderson había sido autosuficiente e independiente hasta el momento en que un ataque al corazón acabó con su vida de forma instantánea. Nick nunca se había responsabilizado de nadie, excepto de sí mismo. Pero a partir de ese momento tenía que pensar en Miley y el niño. Y, a causa de ellos, en Clay, el abuelo y Mack. Sonrió al recordar las exclamaciones de Mack en el coche, el repentino derroche de genio del abuelo y la tardía actitud amistosa de Clay. No le sentaba nada mal tener una familia, aunque él se hubiera convertido de repente en el cabeza de sus miembros y la mitad de ellos le odiase.
Entonces recordó su último encuentro amoroso con Miley y sintió que le ardía todo el cuerpo. Con ella hacer el amor era mágico. La deseaba de forma intensa y casi dolorosa. Si pudiera hacerle comprender que tenía derecho a su propia vida, que no era un error anteponer su felicidad a la de los demás.
Lamentó haberla obligado a elegir entre él y su familia, pero era el único modo de abrirle los ojos, y aunque ya tenía bastante presión, no había que olvidar que el bebé crecía día a día. Debía llevarla ante un cura, y pronto.
Resolvió temprano los asuntos más urgentes en el trabajo, y se dedicó a buscar un nuevo compañero de celda para Clay. No solía interferir en la forma en que el departamento del comisario del condado llevaba la prisión, pero se trataba de circunstancias especiales. Le explicó el problema al comisario, al que conocía desde hacía años, y éste lo resolvió de inmediato.
—¿Qué opinas de la gente que hace cheques sin fondos? —preguntó a Miley cuando se dirigían a la residencia a recoger al abuelo. La había ido a buscar a su oficina, y la mirada curiosa pero interesada de Maggie le había hecho sonreír.
—Bueno, creo que no conozco a nadie que haya hecho cheques sin fondos. —Llevaba un vestido estampado en tonos verdes que la hacía parecer todavía más joven, y aunque aún estaba algo demacrada, esa mañana tenía mejor aspecto—. Pero supongo que se trata dé individuos movidos por la desesperación ¿no?
Nick rió y se llevó el purito a los labios.
—Más bien les suele mover la codicia —rectificó, y la miró de soslayo—. Pero son mejores compañeros de celda que los violadores. Acabo de trasladar a uno con tu hermano. Puedes ir a verlo cuando quieras.
—¿Al de los cheques sin fondo o a mi hermano? —preguntó ella intencionadamente. Era el primer signo de humor que Nick percibía en Miley desde hacía bastante tiempo.
—A cualquiera de ellos o a ambos —contestó. La miró y sonrió—. ¿Te encuentras mejor?
—Sí —admitió ella.
Buscó los ojos de él con timidez, pero luego desvió la mirada hacia la ventana al invadirla vívidos recuerdos de lo que había sucedido entre ellos dos días antes. La pasión de Nick parecía crecer y ella no era capaz de rechazarle. Esperaba que no la juzgara duramente por su incapacidad de decir no, pero se sentía demasiado insegura para preguntárselo.
—Le diste al abuelo una razón para vivir. Creo que antes de hablar contigo pretendía quedarse tendido en aquella cama y morir.
—Sí, eso me pareció. Se divertirá mucho más discutiendo conmigo cuando se recupere. —Miró a Miley y esbozó una amplia sonrisa—. Ahora tiene una misión en la vida: salvarte de mis malvadas intenciones.
—Llega un poco tarde, ¿no crees? —murmuró ella—. Especialmente desde el sábado.
—Lo del sábado fue mágico —dijo él dulcemente, y sus manos apretaron con más fuerza el volante . Soñé con ello toda la noche.
—No me diste la oportunidad de decir que no —dijo Miley con tirantez y sin mirarlo.
—No fue deliberado, Miley. Sólo que después de besarte una vez ya no pude detenerme.
—No fue deliberado, Miley. Sólo que después de besarte una vez ya no pude detenerme.
A Miley le tembló el labio inferior. Tampoco ella había podido, pero no pensaba admitirlo. Le parecía indecente desear a alguien con tanta intensidad, especialmente en su condición actual.
—Bueno, al menos podrías haber esperado a que accediera a casarme contigo —murmuró ella.
—Para entonces quizá sería demasiado viejo. —Arqueó una ceja—. Adelante. Lacera mi conciencia. Todo el mundo se ensaña con el pobre fiscal de distrito.
—¡Bueno, tengo mis razones! —exclamó Miley—. Me metiste en un buen lío.
—Te dejé embarazada, lo cual es completamente distinto. Considerando que lo hice a la primera, me siento bastante orgulloso de ello.
Miley sintió que sus mejillas enrojecían. Nunca había discutido esa clase de cosas con nadie. Además se había quedado embarazada sin estar casada, por no mencionar el hecho de haberse entregado a él con vergonzosa facilidad, lo cual la hacía sentirse incómoda. Y allí estaba el causante de todo, vanagloriándose de sus proezas!
—¡Nunca he ... — empezó acalorada.
—Oh, sí, sí que lo has hecho —la interrumpió él secamente—. Cuatro veces ya.
Miley enrojeció y abandonó su propósito de discutir con él. Cada vez le extrañaba menos que fuera tan buen fiscal de distrito. Aferró con fuerza su libro de bolsillo y apretó los dientes. Hablar con él no la llevaría a ningún sitio. Trataría de ignorarlo para ver si eso funcionaba.
Pero no fue así. Él encendió la radio y tarareó la canción popular country que sonaba en ese momento.
—¿Ya has pensado en algún nombre? —preguntó de repente cuando entraban en el aparcamiento de la residencia—. A mí me gustan Todd para niño y Gwen para niña.
—Es mi bebé —contestó ella obstinada—. Yo decidiré el nombre.
—Tan sólo eres propietaria de la mitad —dijo Nick mientras aparcaba y apagaba el motor—. Tienes que decidir la mitad del nombre.
—Tan sólo eres propietaria de la mitad —dijo Nick mientras aparcaba y apagaba el motor—. Tienes que decidir la mitad del nombre.
—Nick...
Él puso el dedo índice sobre sus labios y la hizo callar. En la amparadora intimidad del coche, sus ojos cafés miraron fijamente los azules de ella haciéndole recordar la dulzura de sus besos.
—De todas las cosas que dos personas hacen juntas, creo que tener un hijo es la más entrañable —dijo él con suavidad—. Quiero compartir cada uno de los pasos contigo, desde el malestar por las mañanas hasta el parto. —Tendió una mano y le acarició la mejilla con una leve presión mientras buscaba su mirada—. Nunca he tenido a alguien de mi propia sangre. No me dejes al margen, Miley.
Ella deseó rendirse. Quería echarse en sus brazos y decirle que haría todo lo que quisiera, pero ya había sufrido demasiadas decepciones, y demasiadas mentiras. No confiaba en él. Quería al niño, pero eso no significaba que la amase. Además, no creía que deseara realmente hacerse cargo de toda su familia sólo para ser padre. La brillante perspectiva de la paternidad lo tenía embelesado, pero más tarde podía llegar el desencanto. Aún peor, siempre existía el riesgo de perder al niño en los primeros meses del embarazo. No podía dejar que se acercara demasiado a ella hasta estar segura de sus motivos. Además, Nick nunca había mencionado la palabra amor, ni siquiera en los momentos de mayor intimidad, como los vividos el sábado anterior. Los hombres podían sentir deseo sin amar, ¿no era así?
Bajó la mirada hasta su corbata.
—Muy bien. No te dejaré al margen. Pero tampoco te permitiré que asumas el mando, Nick.
—Me parece justo —contestó él con expresión solemne . Ahora vayamos a recoger a tu abuelo. Espero que hayas traído las cuerdas y las cadenas —añadió con malicia, mientras la ayudaba a salir del coche . No apostaría ni cinco centavos a que se deje meter en el coche sin oponer resistencia.
—¿No? Yo sí —murmuró ella mientras caminaba junto a él hacia la entrada de la residencia—. Respeta a la gente a la que no puede intimidar.
Él la miró cálidamente y pensó que le gustaba verla caminar junto a él. Sintió una punzada de auténtica posesión. Era su mujer, y su hijo crecía dentro de ella. Era suficiente para hacer que un hombre se sintiera orgulloso.
Él la miró cálidamente y pensó que le gustaba verla caminar junto a él. Sintió una punzada de auténtica posesión. Era su mujer, y su hijo crecía dentro de ella. Era suficiente para hacer que un hombre se sintiera orgulloso.
Miley se percató del modo en que lo miraban las mujeres mientras recorrían el inmaculado pasillo hacia la habitación del abuelo. Era un hombre muy atractivo, sensual y de espíritu malicioso. Era mucho más alto que ella, y estar junto a él la hacía sentirse delicada y femenina. Le agradaba la forma en que el traje gris caía sobre las poderosas curvas de su cuerpo, destacando su masculinidad. Era un hombre fuerte, y no sólo física mente. Por un dulce instante se preguntó si el bebé sería un niño, y si se parecería a su padre.
El abuelo esperaba impaciente en su silla. El doctor Miller ya le había dado permiso para marcharse. Una vez Miley hubiera firmado el alta, podría salir de la residencia y arreglar el desaguisado que Nick Jonas había armado en su familia.
—Ya era hora —dijo furioso a Miley, y miró hacia Nick cuando éste entró tras ella—. ¿Usted, otra vez?
—Yo también me alegro de verle —contestó Nick imperturbable. Luego sonriendo añadió—: Miley ha firmado el alta antes de subir. Si está listo, pediré a la enfermera que traiga la silla de ruedas.
—Detesto tener que darle las gracias —gruñó el abuelo minutos después, sentado con rigidez en el asiento delantero del coche de Nick, mientras Miley y Mack, al que habían recogido en casa de la señora Addington de vuelta a casa, se hallaban arrellanados en el asiento trasero.
—Ya me lo figuro —contestó Nick con un aplomo que hizo que Miley sintiera deseos de reír.
—Y detesto esos malditos cigarros que fuma —añadió el anciano.
—Yo también —replicó Nick dando otra calada mientras se desviaba hacia campo abierto y tomaba el camino de la granja.
El abuelo lo miró ceñudo. Trató de pensar en alguna otra cosa de que quejarse, pero cada vez le costaba un poco más tener ciertas ocurrencias. Suspiro y miró por la ventanilla.
—Bonito coche —murmuró.
—A mí me gusta —contestó Nick—. Tiene algunas ventajas respecto al Mercedes—Benz, porque es más moderno. Pero echo de menos a mi perro.
—Qué acto tan bajo y tan ruin, el de matar al perro de un hombre —opinó el abuelo de mala gana.
—Sí.
—¿Cómo está MacTavish? —preguntó Miley.
Nick miró hacia atrás.
—Está bien. Echa de menos las excursiones y las salidas al parque, pero se va adaptando.
Miley volvió la mirada hacia la granja que se perfilaba en la distancia.
—Es preciso hacer algo con ese techo —advirtió Nick mientras aparcaba frente a la casa—. Las tejas de encima de porche caerán en cuanto sople un poco de viento.
—No puedo trepar hasta ahí arriba —se quejó el abuelo herido en su orgullo.
—Yo sí —dijo Nick—. Me ocuparé de ello. No podemos dejar que a Miley le caiga una teja encima en su estado.
El abuelo buscó con aparente incomodidad la manecilla de la puerta.
—Qué vergüenza, dejarla embarazada sin casarse —susurró en voz casi inaudible.
—Estoy de acuerdo. Quizá pueda utilizar sus influencias para convencerla de que yo sería un excelente marido y padre —replicó Nick, y Mack esa vez sí rió.
—Debes casarte con él, si está dispuesto a ello —dijo el abuelo a Miley cuando hubieron descendido del coche, tener un bebé sin marido es un escándalo.
—Además, le gustan los trenes y el baloncesto —intervino Mack.
—Además, le gustan los trenes y el baloncesto —intervino Mack.
Miley los miró con expresión ceñuda.
—Tan sólo hace un mes lo odiabais —les recordó.
—¿Acaso he dicho que ahora me guste? —inquinió impaciente el abuelo—. Sólo he dicho que deberías casarte con él.
—A mí sí me gusta —dijo Mack encogiéndose de hombros.
—Gracias, Mack —dijo Nick palmeando con su enorme mano el hombro del muchacho—. Es agradable tener amigos.
Más tarde sintió que precisaba más de uno. Miley fue amable y se mostró agradecida por lo que él había hecho, pero estuvo muy distante en todos los demás sentidos. Pensó que quizá la había presionado en exceso. Haber vuelto a seducirla les había distanciado más que nunca. Debió haber recordado su tenaz orgullo. Probablemente lo había herido al hacerla rendirse de nuevo con tanta facilidad a sus caricias. Al parecer Miley se sentía aún más culpable porque no podía decirle que no. Estaba casi seguro de que le amaba, pero hasta que ella lo admitiera y él fuera capaz de demostrarle lo que sentía, se hallarían en un punto muerto.
Acudió a ver a Clay, para ver cómo era su nuevo compañero de celda. El autor de los cheques sin fondos sólo era un poco mayor que Clay y no demostraba rebeldía o rudeza. Nick pensó que a Miley le pareceria bien el cambio.
Cómo van las cosas? —preguntó a Clay cuándo se hallaron en una celda de interrogatorios para disponer de privacidad.
—Despacio —contestó Clay—. ¿Siempre son tan lentos los trámites legales?
—Despacio —contestó Clay—. ¿Siempre son tan lentos los trámites legales?
Nick encendió un purito y asintió.
—Bienvenido al sistema de justicia criminal.
—Quisiera haber tenido el sentido común de no meterme en líos —murmuró Clay—. Este sitio es un infierno. ¿Cómo está Miley? No ha vuelto, y me figuro que a causa del elemento que metieron en mi celda; pero esta mañana lo han trasladado y han traído a ese tipo nuevo. ¿Está bien mi hermana? ¿Y el abuelo y Mack?
Nick se reclinó peligrosamente en la silla y cruzó sus largas piernas sobre la mesa.
—Te han tenido en la oscuridad, ¿eh? —murmuró secamente. Exhaló una nube de humo—. El abuelo está en casa. Se enfureció de veras cuando descubrió que Miley estaba embarazada, y ha decidido no morir porque ella no quiere casarse conmigo. Opina que los bebés deben nacer cuando la gente está casada.
—Te han tenido en la oscuridad, ¿eh? —murmuró secamente. Exhaló una nube de humo—. El abuelo está en casa. Se enfureció de veras cuando descubrió que Miley estaba embarazada, y ha decidido no morir porque ella no quiere casarse conmigo. Opina que los bebés deben nacer cuando la gente está casada.
Clay miró atónito a Nick.
—¿El abuelo ha vuelto a casa porque Ash está embarazada?
Nick arrojó la ceniza en un cenicero de cristal repleto de colillas que había sobre la mesa.
—Exacto.
—¿Mi hermana va a tener un niño? —exclamó Clay con los ojos muy abiertos.
—Sí —contestó Nick y frunció el entrecejo pensativo—. Quizá más de uno. Creo que hubo gemelos en mi familia hace unas cuantas generaciones. Tendré que preguntar a Miley si los hubo en la vuestra.
Las cejas de Clay se arquearon.
—¿El niño es de usted?
Nick le dirigió una mirada colérica.
—¿Qué clase de mujer te has creído que es tu hermana? Por supuesto que es mío.
—Pero Miley no hace esa clase de cosas —puntualizó Clay tratando de hacer que Nick comprendiera que no era posible que fuera a tener un hijo—. Ni siquiera sale con hombres y va a la iglesia los domingos, y se enfurece cuando la gente habla de abortos y de vivir juntos...
—Sí, lo sé.
—¡No va por ahí quedándose embarazada sin casarse! —dijo Clay finalmente.
Nick esbozó una amplia sonrisa y sujetó el purito entre los dientes.
—Sí, sí que lo hace.
—Bueno, ¿y qué piensa hacer al respecto?
—Lo he pensado seriamente —contestó Nick—. Y considerando lo obstinada que es, he decidido que la única forma de llevarla ante un cura es organizar la boda, con todos los invitados, y arrastrarla hasta el altar. No será fácil —añadió pensativo—. Pero ponerle unas esposas quizá resulte exagerado y supongo que la gente se escandalizaría si la amordazo.
Clay no pudo evitar una amplia sonrisa. Todavía no podía creerlo. Iba a ser tío.
—¿Cómo se lo ha tomado el abuelo?
—Se levantó de la cama del asilo y exigió que lo llevaran a casa para salvar a Mi de mis garras. Entonces, cuando se enteró de que estaba embarazada, exigió que lo llevaran a casa para obligarla a casarse conmigo.
—¿No quiere hacerlo?
Nick negó con la cabeza.
—En realidad no la culpo. Cree que salía con ella para sacarle información sobre ti. De hecho, lo hacía, pero me enamoré. —Sonrió sin alegría—. El bebé es el premio gordo. Cuando lo supe, me sentí como si fuera Navidad.
Clay suspiró. Nunca había considerado que Nick fuera un hombre paternal, pero nadie podía acusarle de abrigar malas intenciones. Si sólo le hubiera interesado una aventura con Miley, con toda certeza no estaría tan entusiasmado por el embarazo o decidido a casarse con ella. Por unos instantes observó detenidamente a Nick. Había algo que le preocupaba profundamente en esos días.
—El señor Davis me habló de refutar las pruebas de la acusación. Por mi no me importaría. Pero ¿qué pasaría con Miley, el abuelo y Mack?
—Tu abuelo preguntó lo mismo —contestó Nick—. No te prometo nada, pero quizá haya otra manera. Hablaré con Davis. El hecho de que tú testificaras contra los Harris puede ocasionar ciertas consecuencias graves. Si pudiéramos convencer a tus amigos de que confesaran que te tendieron una trampa, quizá consiguiéramos sacarte con una sentencia suspendida.
—Lo cual es más de lo que merezco —opinó Clay. Había tenido mucho tiempo para pensar, y los últimos meses le parecían una pesadilla. Aún no podía creer que hubiera sido tan estúpido y tan cruel—. Si tengo que cumplir condena, me parecerá bien, señor Nick—añadió en tono sumiso—. Me figuro que asumir los errores es propio de un hombre.
Nick sonrió.
—Sí, es propio de un hombre.
No contó a Miley de la conversación que había mantenido con Clay, ni lo que planeaba hacer con los Harris. Cuanto menos supiera, más segura estaría. Los Harris probablemente ya estaban convencidos de que Clay se iría de la lengua, por eso se habían ofrecido para testificar en su contra. Tenía un as en la manga e iba a utilizarlo.
Al abuelo le llevó casi una semana recuperar las fuerzas, pero comía como un lobo y maldecía a Nick por deporte. Éste iba y venía cuando su tiempo libre se lo permitía, sin tener en cuenta la fría amabilidad de Miley y el antagonismo reprimido del abuelo. Un sábado por la tarde reparó las tejas del porche. Se había presentado con unos vaqueros viejos y desteñidos, una deslucida sudadera blanca y una caja de herramientas.
Mack estuvo fuera, al pie de la escalera, para ayudarlo, mientras hablaba entusiasmado de baloncesto, una pasión que compartía con Nick.
Miley había tratado de ignorar que estaba allí, a pesar de los frenéticos latidos de su corazón y la furiosa excitación que su presencia generaba en ella. Quiso tener un aspecto juvenil, y para ello se recogió el cabello en dos trenzas y se puso una falda larga y estampada con la cintura desabrochada y una enorme camiseta con un dibujo del portaaviones Enterprise en el pecho. También iba descalza, como solía hacerlo cuando estaba en casa.
Nick bajó una hora después, justo cuando cesaron los golpes, martillazos y maldiciones. Tenía un corte en la muñeca, que tendió hacia Miley con tanta naturalidad como si llevaran casados veinte años y estuviera acostumbrado a que ella curara sus heridas.
—Tengo algún antiséptico y tiritas en la cocina —dijo ella con dulzura.
—¡No olvides darle un besito como a los niños para que se cure! —exclamó Mack mientras tomaba asiento junto al abuelo para ver una vieja película de vaqueros en la televisión.
Miley sacó el botiquín de uno de los armarios de la cocina. Nick cerró discretamente la puerta con llave antes de reunirse con ella ante el fregadero.
—Mack ha hecho una buena sugerencia —murmuró con sequedad mientras Miley limpiaba la herida y aplicaba una pomada antibiótica sobre el espeso vello de su piel morena.
—No necesitas ningún besito —puntualizó ella—. ¿Te duele?
—No. Los fiscales de distrito somos tipos duros. Depredadores, ya sabes. —Se inclinó—. ¿Sabes por qué los tiburones no devoran a los abogados?
Miley alzó la mirada con cautela.
—No. ¿Porqué?
—Cortesía profesional.
Miley no pudo reprimir una sonrisa, y su rostro resplandeció. Las pecas destacaban en su nariz y sus ojos color zafiro eran dulces, radiantes y enormes.
Nick enmarcó su rostro con las manos y se inclinó para posar su boca abierta sobre la de ella en un ligero roce juguetón que la hizo excitarse de inmediato.
Miley emitió una leve queja sorprendida por la punzada de placer que despertó una caricia tan leve.
Él la miró a los ojos, y luego dejó que su mirada descendiera hasta sus labios entreabiertos. La besó de nuevo y sintió cómo el cuerpo de Miley se tensaba cuando él deslizó las manos hasta sus caderas y la atrajo hacia sí. Un sonido gutural se escapó de sus labios y casi a la vez sus bocas se unieron con fuerza e insistencia.
Miley ni siquiera fingió la más mínima resistencia. La noche anterior sus sueños habían sido ardientes y reveladores, el recuerdo de la ternura con que habían hecho el amor la última vez estaba demasiado fresco en su memoria. Su cuerpo ya conocía el placer que él era capaz de proporcionarle; no la dejaría luchar.
El sabor a tabaco de su boca le pareció celestial; la posesiva ferocidad de sus brazos, cercana al éxtasis.
La hizo moverse hasta tenerla contra la pared, fría y dura, y apoyó las manos a los lados de su cabeza mientras se agachaba y su cuerpo se apretaba contra el de ella en descarada intimidad.
Miley dejó escapar un suspiro, y entonces él pudo explorar aún más profundamente su boca, introduciendo en ella su lengua inquisitiva. Miley arañó la espalda de Nick cuando la fiebre empezó a inflamar su cuerpo.
No abrió los ojos hasta que sintió sus manos bajo la falda. Los ojos de él se habían vuelto casi negros; su rostro, rígido; su miembro erecto y exigente contra su vientre.
—¿Aquí? —gimió Miley casi sin aliento.
Los ojos de él brillaron.
—Aquí y ahora —dijo él clavando su mirada en la de ella, se agachó y de un tirón bajó las bragas por sus esbeltos muslos, y entonces sus labios siguieron a la prenda en una caricia tan sensual que la obligó a respirar profundamente.
Volvió a ascender por las piernas levantando con descaro la falda y luego la camiseta hasta debajo de su mentón para que su boca tuviera libre acceso a la piel ardiente de Miley. Asió alternativamente los pezones con los labios y los torturó, mientras con un brazo sostenía casi todo el peso del cuerpo arqueado de Miley. La hebilla del cinturón de Nick produjo un sonido metálico al caer al suelo y él se incorporó con suavidad y reajustó su peso hasta que sus piernas estuvieron entre las de ella.
Clavó la mirada en los ojos abiertos y húmedos de Miley y empujó, penetrándola.
—¡Nick! —se lamentó ella, casi con dolor, estremeciéndose.
—Aguanta —susurró él con aspereza, mientras apoyaba las manos contra la pared a la altura de su cabeza y empezaba a moverse. Va a ser violento y rápido, y sentirás deseos de gritar. Pero no lo hagas. Te oirían.
Nick cubrió con su boca la de ella, sin escuchar sus incrédulas protestas. Por supuesto que lo que hacían era insensato, pero su cuerpo era presa del deseo y ella no hacía nada por rechazarlo.
—No podemos —musitó Ash cuando él se movió rítmicamente contra ella. Pero sus caderas se elevaron hacia él para ayudarle y su boca se abrió en un mudo lamento. Vio que el rostro de Nick se endurecía, lo sintió formar parte de su propio cuerpo y se desesperó cuando el ritmo de sus embestidas se convirtió en un placer atormentado.
Nick apretó los dientes.
—Dios —susurró con la respiración entrecortada—. ¡Miley, no puedo parar! —Su rostro se contorsionó. Respiró profundamente. Su cuerpo le dominaba y se movía rítmicamente dentro del de ella, mientras con los ojos cerrados luchaba porque el aire entrara en sus pulmones—. ¡Ayúdame! —gruñó, y se detuvo unos instantes para que ella se sintiera completamente poseída, mientras él la atormentaba con su mirada—. Haz que deje de sufrir, Miley —susurró junto a su boca—. Dame la plenitud.
Miley lo observó, impresionada por lo que estaba ocurriendo, deleitándose con el feroz placer de Nick y tratando desesperadamente de satisfacerle.
—¿Te gusta? —preguntó tímidamente.
—Es puro éxtasis —consiguió contestar él. Abrió los ojos y sostuvo la mirada de Miley—. Tócame —musitó tembloroso, y casi sin aliento.
La asombraba que pudiera rendirse a sus exigencias con tanta pasión y tan frenética ansiedad. Él contuvo el aliento cuando sintió sus tímidas manos. Luego las cubrió con las suyas y le mostró cómo debía acariciarle.
El placer que sentía al estar dentro de ella era como si unas manos laceraran sus entrañas, y por su parte, Miley se sentía tan poseída y salvaje como él. La respiración de Nick era audible, atormentada, mientras se movía contra ella con rudeza y avidez, sin que sus ojos dejaran de mirarla.
—Mírame— exigió Nick cuando el estremecimiento de placer lo sacudió.
Esa vez Miley no apartó la vista de él. En el rostro de Nick se dibujó el placer angustioso que le produjo su mirada voraz entonces fijó sus ojos negros en los de ella.
Miley oía los jadeos de Nick y los latidos de su corazón. De repente él empujó con fuerza, una vez más desesperadamente, y un ronco suspiro escapó de su garganta mientras echaba la cabeza hacia atrás y apretaba los dientes tras la angustiosa consumación. Entonces, de forma increíble, Miley alcanzó contemplándolo la cumbre del placer, de modo que el mismo gozo la recorrió como una llamarada, mientras Nick se convulsionaba sobre ella en ciego éxtasis. Unos segundos después, su cuerpo se desplomó y la hundió contra la pared. Miley abrió los ojos y lo miró con asombro y admiración.
Los latidos de su corazón la estremecieron. Tragó saliva, atónita por cómo habían hecho el amor y dónde. Sus enormes ojos azules lo miraron con absoluta incredulidad.
Ninguno de los dos respiraba con normalidad y ella oía y sentía los latidos de su corazón contra sus senos desnudos. Miley alzó aturdida la mirada hasta su cabello húmedo.
—Ahora ya lo sabes —bromeó Nick tembloroso—. Es posible hacer el amor de pie cuando estás demasiado desesperado para llegar a un lugar más cómodo.
—No me parece motivo de broma —contestó, ella apesadumbrada, perturbada por la rápida recuperación.
Él le acarició la mejilla con dulzura.
—No bromeo. Te deseo tanto que no me importa dónde o cuándo puedo poseerte y éste es el motivo de que no te prometiera lo que me pedías la otra noche. Tú tampoco puedes rechazarme. Es una fiebre tan ardiente e intensa que el hielo no podría aplacarla.
—Es un error —susurró ella.
—¿Por qué? ¿Porque no estamos casados? —Se inclinó y rozó sus párpados con los labios—. Eso no es culpa mía. Quiero casarme contigo, eres tú la que te niegas.
—Supongo que he sido yo la que te ha seducido, ¿no? —preguntó con ligera acritud.
Él arqueó una ceja y la miró. Miley se ruborizó intensamente. Entonces él se apartó y ella se ruborizó aún más mientras estiraba sus ropas al igual que Nick.
—Qué suerte que ya estés embarazada —murmuró él observando sus frenéticos movimientos y admirando su rostro radiante . No tenemos que preocuparnos por eso.
Ella le dirigió una mirada asesina.
—¡Tienes que dejar de acosarme!
—Hago lo que puedo. ¿Qué voy a hacer si eres tan atractiva que no puedo estar a menos de tres metros de ti sin excitarme?
Era un pregunta difícil de contestar. En su estado, no constituía exactamente un insulto que la consideraran atractiva, y debía admitir que Nick trataba de convencerla por todos los medios para que se casara con él. Sus motivos constituían un gran obstáculo para ella. Nick no era capaz de decirle lo que sentía en realidad, y ella no podía casarse con él hasta saberlo. "Hombres", pensó furiosa.
—Vaya, ¿qué ocurre? —murmuró Nick sonriendo con placentero cansancio mientras se metía la camisa en los pantalones y se inclinaba para besarla en la nariz.
—En la cocina, de pie y sin echar la llave... —empezó Miley con voz tensa.
—Están tan enfrascados en esa película que no se han podido enterar, y creo que no les importa lo más mínimo lo que ocurre aquí dentro —la interrumpió él—. Pero sólo para que te sientas tranquila...
Se apartó de ella y se llevó un dedo a los labios mientras giraba suavemente la llave de la puerta.
—¡Habías cerrado con llave! —exclamó Miley a punto de desmayarse de alivio.
—Por supuesto que sí —dijo volviendo junto a ella. Recorrió sus gruesos labios con el dedo índice—. No soy un pervertido. Al menos, no tan pervertido. ¿Te he hecho daño?
—No, pero no deberías... —se interrumpió insegura.
—Si no quieres que te hagan el amor en lugares inusuales, cásate conmigo y lo haremos como las parejas normales, en la cama y por las noches. Te deseo. No puedo encender y apagar el interruptor cuando quiero.
—¡Es sólo sexo! —exclamó Miley.
Él negó despacio con la cabeza.
—Es algo profundo, enriquecedor, y duradero. Detesto estar lejos de ti especialmente ahora que llevas a mi hijo en tus entrañas.
Era capaz de decirle cosas que la hacían derretirse. Lo miró sintiéndose indefensa.
—Aunque pudiera abandonar a Clay a su suerte, nunca podría irme sin más y dejar al abuelo y a Mack. ¿No lo entiendes? El abuelo veló por todos nosotros cuando mamá murió y papá se marchó. Mack es más un hijo que un hermano para mí. Lo he hecho todo por ellos y les he cuidado y querido durante toda mi vida. Son mi familia.
Nick se acercó y cogió su rostro entre sus manos largas y cálidas.
—Yo también —susurró—. El bebé y yo también somos tu familia.
Nick percibió al mirarla cuán herida se sentía. Era consciente de que la estaba colocando en una posición imposible.
—No puedo elegir —musitó ella bajando la mirada hasta su pecho—. Me gustaría poder hacerte entender que no se trata de elegir. No se puede prescindir de las personas que se aman cuando se interponen en lo que se quiere hacer. De hecho, creo que éste es uno de los grandes errores de la sociedad actual. Todo el mundo antepone su propio placer, y desprecia todo lo que le impide conseguirlo. Yo no puedo actuar así.
Nick frunció el entrecejo mientras miraba detenidamente su rostro.
—¿Me estás diciendo que sí puedes prescindir de mí, Miley? —preguntó con suavidad.
—Nick, si envío al abuelo a un asilo y a Mack a un hogar de adopción, ¿cómo voy a vivir con esa culpa? —Bajó la mirada—. Respecto a ellos, no tienes por qué sentirte obligado a hacer nada.
Su mirada recorrió lentamente el cuerpo de Miley. Aunque había satisfecho su deseo, el mero hecho de contemplarla todavía lo excitaba. No le agradaba perder el dominio de sí mismo, pero últimamente era presa del deseo cuando estaba con ella. Hacerle el amor incrementaba el sentimiento de culpa de Miley y afirmaba su sospecha de que lo único que él quería era sexo. Nick tan sólo deseaba saber qué sentía Miley por él.
Sus dudas le hacían sentirse irritable.
—Llevas a mi hijo dentro de ti. Me siento responsable de él y también de ti por seducirte y dejarte embarazada. Haré lo que pueda por conseguir que este lugar esté en condiciones —dijo— y miró con desaprobación las paredes desconchadas, se lo debo al niño.
—Miley ¿qué hay de la comida? —exclamó repentinamente el abuelo desde la salita de estar.
Ella sintió que se marcaba.
—Tengo que preparar algo de comer —musitó.
— ¡Miley! ¿Y la comida? —repitió el abuelo.
—¿Qué pasa con la comida? —contestó ella enfurecida por las incontenibles emociones que la confundían.
—¿Qué está haciendo usted en la cocina? —preguntó furioso el anciano.
Miley se apartó de Nick y se negó a mirarlo. Los hombres le parecían absolutos demonios y estaba segura de que ya no le amaba.
—¡Estoy desnudando al señor Jonas y adobándolo para el horno! —exclamó Miley—. ¿Qué creías que hacía?
—No quiero comer fiscal de distrito horneado —intervino Mack asomando la cabeza en la puerta de la cocina—.¿No puedo tomar un perrito caliente?
Miley hizo un ademán exasperado.
—Sí, puedes tomar un perrito caliente.
—Sí, puedes tomar un perrito caliente.
Nick observó la rígida espalda de Miley con ligero remordimiento. De repente recordó que él ni siquiera había desayunado. Quizá ella aceptara una tregua mientras comía algo.
—¿Puedo tomar uno yo también?
—Ella le dirigió una mirada asesina, que Nick pretendió ignorar mientras se sentaba a la mesa y encendía un purito.
—Me gusta hecho con mucha mostaza y salsa de tomate, muy sazonado y acompañado de chile o ensalada.
—No tengo chile y no pienso preparar una ensalada —contestó ella, y con movimientos deliberadamente bruscos colocó un cazo bajo el grifo para llenarlo de agua.
—Anoche sobró un poco. Está en la nevera —indicó Mack.
Miley preparó las salchichas y calentó el chile sin decir una palabra, furiosa por la discusión con Nick. su principal preocupación era cuál sería su temeraria respuesta a la pregunta de Nick. Ahí estaba él sentado, con esa maldita expresión arrogante en los ojos. Miley sabía que también pensaba en lo mismo. Parecía a punto de ronronear de satisfacción.
Bueno, pues no iba a abandonar a Mack y al abuelo, así que podía tragarse su arrogancia. Pensó que de cualquier modo estaría mejor sin él. Si no hubiera trabajado en ese bufete, ¡ni siquiera lo habría conocido!
—¿Qué estaba haciendo usted en la cocina? —exigió el abuelo cuando Miley los llamó a la mesa.
—Adivínelo —murmuró Nick con una significativa mirada a Miley.
Ella enrojeció y fue incapaz de mirar a nadie. ¿ Cómo podía avergonzarla de ese modo? Por supuesto, fue sólo más tarde que comprendió que nadie habría creído lo que habían hecho. La expresión de Nick sólo había hecho suponer al abuelo que se habían estado besando.
Nick insistió en ayudarla a recoger. Y entonces mostró dos entradas para un partido de exhibición de los Atlanta Hawks esa noche.
—¡Las Fuerzas Aéreas de Atlanta!— exclamó Mack, utilizando el apodo publicitario de los Hawks en los anuncios de televisión. Se entusiasmó al momento y pidió a Miley que le dejara ir—. ¡Por favor!¡Me moriré si no me dejas! —dijo.
—¿Quieres cargar con la muerte de tu hermano en tu conciencia? —preguntó Nick.
Miley movió la cabeza en un gesto de negación.
—Dios me libre. Muy bien, puedes ir.
—Yo no le he dado permiso —intervino el abuelo con tono sombrío.
Mack se acercó a él y le asió de los brazos.
¡Tienes que dejarme ir! —repitió—. ¡Me moriré si no lo haces! —Miró a Nick sin una pizca de remordimiento y explico—: El baloncesto es mi vida.
—Ve, por el amor de Dios. —El anciano se rindió tan rápidamente como Miley.
—Tengo que ir a casa a cambiarme— dijo Nick a Mack—. Te recogeré a las seis.
—¡Estaré listo! —contestó Mack entusiasmado.
—Gracias por arreglar el tejado —intervino el abuelo sin mirarle.
—Ha sido un placer. —Se dirigió a Miley—: Gracias por el perrito caliente. Serás una buena esposa para algún hombre afortunado.
—No para ti, por supuesto —respondió ella con aspereza, aún dolorida por la discusión y la negativa de Nick a comprender cuánto la necesitaban en la granja.
—No he dicho que vayas a ser una buena esposa para mí —dijo arqueando las cejas—. Ya sé que no quieres casarte conmigo, así que no te preocupes, no volveré a pedírtelo.
Miley bajó los ojos, consciente de la crítica mirada del abuelo.
—Es tu hijo —dijo el anciano a Nick—. No llevará tu apellido.
—Miley ya lo sabe. Si así lo quiere, ¿quién soy yo para contradecirla? Aunque la escuela será un infierno para ese pobre niño. Para mí lo fue.
—Miley ya lo sabe. Si así lo quiere, ¿quién soy yo para contradecirla? Aunque la escuela será un infierno para ese pobre niño. Para mí lo fue.
—¿Por qué? —preguntó el abuelo.
—Soy hijo ilegítimo —explicó al anciano sin una huella de emoción en el rostro—. Mi padre, según me han dicho, no creía en el matrimonio.
—Era un beep —opinó el abuelo. Lo miró y luego apartó de nuevo la mirada—. Un niño debe tener apellido.
Miley se removió incómoda. Estaban haciendo que se sintiera fatal. Pero... ¡era culpa de Nick! Él la estaba obligando a una elección imposible. Se volvió para marcharse.
—Voy a ver qué ropa se pone Mack.
Nick la observó mientras salía de la habitación. Deseó no haberla acorralado de esa manera, pues sólo había conseguido empeorar las cosas.
En realidad no le suponía un problema hacerse cargo de su familia, pero no se lo había dicho. La había hecho creer que iba a alejarla de ellos para dejar que se hundieran o nadaran por sí mismos.
No consideró cómo se tomaría Miley una propuesta de esa clase. Lo que había pretendido decir era que quería ser amado. Quería importarle de tal forma que el resto del mundo fuera secundario para ella. Pero Miley no lo había entendido y las cosas habían empeorado entre ellos.
Además, el haberla seducido añadía todavía más complicaciones. Ella se había enfurecido y había llegado a decirle que su interés en ella era sobre todo sexual, de modo que hacerle el amor ocasionalmente no iba a mejorar las cosas. Tendría que dominarse y pensar antes de hablar o jamás acabarían juntos.
Recogió la caja de herramientas y se marchó para cambiarse para el partido. Miley no salió a despedirlo y lo evitó durante el resto de la noche. Él y Mack volvieron a casa tarde y el abuelo les dijo que Miley se había ido a la cama con dolor de cabeza. A Nick también le dolía, pero sólo él era el causante. No podía culpar de ello a Miley o a su familia.
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