Ella no trató de fingir que no sabía a qué se refería.
—No —contestó suavemente. Sentía el aroma a café de su aliento sobre sus labios, casi podía saborearlo en el súbito silencio del despacho cerrado. Él acarició su espalda y sus pechos se endurecieron al apretarse contra él.
—Estaba decidido a no volver a verte —dijo repentinamente serio y buscando su mirada—. Tú y yo vivimos en mundos distintos, y no me refiero sólo al aspecto económico.
—Pero has vuelto —susurró ella.
Él asintió. La atrajo más hacia sí e inclinó la cabeza.
—Porque no importa lo imposible que sea —susurró junto a su boca—, te deseo, Mi.
Ella contuvo el aliento cuando la boca de Nick se abrió sobre la suya, presionando con destreza para separarle los labios. Cerró los ojos y lo rodeó con sus brazos. Tenia un cuerpo poderoso. Miley sintió la tensión de los músculos mientras lo abrazaba, sintió su fortaleza. Le pareció flotar entre el cielo y la tierra, y su cuerpo se tensó de una forma casi dolorosa que no había experimentado hasta entonces.
Como si hubiera percibido su excitación, Nick deslizó una mano hasta la base de su espalda y atrajo sus caderas contra las de él, para que Miley sintiera por primera vez en su vida la excitación física de un hombre.
Ella suspiró ahogadamente y Nick alzó la cabeza. Su mirada era más oscura que nunca, profunda, intensa. Miley trató de apartarse, pero la mano incrementó la íntima presión en sus caderas, reteniéndola.
Él observó cómo enrojecía, con las pecas destacándose vívidamente en sus mejillas. Clavó su mirada en la de ella de forma implacable hasta que la sintió temblar.
Entonces volvió a inclinarse y jugueteó con sus labios y los besó hasta que Miley se relajó y se rindió a él completamente. Ya no luchaba contra la presión del abrazo. Su boca se abrió a la persuasión de los labios de Nick y aspiró su aliento, sintió que le infundía vida, en un estado de despreocupado placer.
Cuando él volvió a alzar la cabeza, los párpados de Miley apenas se abrieron. Lo miró, aturdida, con los labios hinchados y enrojecidos, el rostro inexpresivo, y la mirada dulce y sumisa.
Las manos de Nick habían descendido hasta sus caderas mientras la besaba. Sostuvo su mirada y luego la apartó deliberadamente de sí, para observar con sus ojos oscuros la desesperada reacción de Miley al alejarla de él.
—Da gracias al cielo de que tengo conciencia —dijo con voz áspera y profunda—. Porque cuando se llega tan lejos... Maldita sea, la mayoría de hombres inventaría una excusa para llegar hasta el final.
—¿De verdad crees que hubiera podido detenerte? —susurró Miley.
Él esbozó una dulce sonrisa.
—No habrías querido hacerlo —corrigió él—. Pero después... ¿Qué habrías sentido después, Miley?
Trató de concentrar su confusa mente y comprendió a qué se refería. Culpa. Vergüenza. Todo eso vendría después, porque su código moral no le permitía mantener relaciones íntimas. Para ella, sexo y matrimonio eran dos conceptos interrelacionados e inseparables. Bajó la mirada y él se apartó, renuente, y se alejó para encender un purito.
—¿Tu madre te habló alguna vez sobre las relaciones sexuales? —preguntó por fin, mirando hacia la calle por la ventana.
—Por entonces yo no salía con nadie, de modo que supongo que no lo creyó necesario. El abuelo siempre nos ha dicho que seamos prudentes y en la escuela teníamos charlas sobre los riesgos de la promiscuidad. —Se encogió de hombros—. Aprendí más de las novelas de amor que de cualquier miembro de mi familia. Algunas de ellas resultan realmente educativas —añadió con una sonrisita maliciosa.
Nick se volvió y la expresión de los ojos de Miley le hizo reír. Lo embrujaba. Incluso enloquecido de deseo como estaba, ella tenía el don innegable de hacerle reír.
—Pero no quieres ser moderna y liberada, ¿eh?
Ella negó con la cabeza.
—No, cuando lo pienso detenidamente, no. —Siguió con un dedo el dibujo de su falda—. No sé demasiado sobre los hombres, o sobre qué precisa una mujer para ser liberada.
—Te refieres a los anticonceptivos —dijo él despacio mirándola fijamente.
—Sí.
—No deseo engendrar un niño más de lo que lo deseas tú, Miley —explicó él al cabo de unos instantes—. Estoy seguro de que sabes que un hombre puede tomar precauciones, al igual que una mujer.
Ella se ruborizó. Le parecía un tema muy íntimo para conversar sobre él, en especial con un hombre. Se sentó en la silla que había frente al escritorio.
—Dicen que nada es totalmente seguro. Y hay... otras cosas.
—Enfermedades venéreas.
Miley asintió.
Él emitió una risa ahogada.
—Eres tan prudente como yo. —Arqueó las cejas al ver su expresión incrédula—. Si crees que los hombres no nos preocupamos por esas cosas, ya puedes cambiar de idea. Quiero que sepas que yo no me acuesto con cualquiera.
Ella lo miró fijamente. Estaba segura de que había tenido relaciones con varias mujeres. A su edad, con toda seguridad no era virgen.
—Antes sí lo hacía —continuó Nick exhalando una bocanada de humo mientras se acercaba al escritorio y se apoyaba en él—. Pero un hombre se vuelve más sabio con la edad. El sexo sin participación emocional es como un pastel sin azúcar. Ahora soy prudente, y hasta diría que especialmente meticuloso.
—Quizá sólo te atraiga por mi inexperiencia —aventuró Miley mirándolo insegura.
—Quizá me atraigas porque eres como eres —rectificó él con tono profundo y comedido. Dejó que su mirada la recorriera con descaro, desde el largo cabello cobrizo, los ojos castaños y la tierna boca, hasta la prominencia de sus pechos y la estrecha cintura—. Creo que tú y yo acabaremos acostándonos juntos, Miley —prosiguió con suavidad—. Pero, tanto si lo hacemos como si no— vamos a ser amigos. He estado solo mucho tiempo, y he llegado a esa edad en que ya no se disfruta de la soledad. Al menos podemos salir juntos por ahí.
El corazón de Miley dio un vuelco.
—Me encantaría salir por ahí contigo —dijo ella con una sonrisa—. Pero respecto a... —Frunció él entrecejo preocupada—. Soy una cobarde. Si ocurriera algo, si algo fuera mal, yo no abortaría. Ni siquiera soy capaz de matar una mosca.
Él tomó su mano y la hizo levantarse, de modo que quedó entre sus piernas, los ojos al mismo nivel que los suyos.
—Yo tampoco soy partidario del aborto —dijo con tono tranquilo—. Creo, eso sí, que se deben tomar las precauciones necesarias. Pero cada cosa a su tiempo, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
La rodeó con un brazo y la atrajo hacia sí. Sus labios buscaron los de Miley con suavidad en un beso dulce y tierno que contrastaba con los anteriores, feroces y apasionados. Luego la dejó ir, sonriendo, y se dirigió a la puerta.
—Será mejor que te siga hasta casa —dijo Nick suavemente—. Ha sido un día muy largo para ambos y necesitamos descansar.
—No es necesario que recorras todo el trayecto hasta la granja... —dijo Miley.
—He dicho que te seguiré —la interrumpió él.
Ella alzó las manos.
—No me extraña que seas un buen fiscal de distrito. Nunca renuncias.
—Cuenta con ello —replicó Nick sin sonreír.
La siguió hasta su casa y la observó abrir la puerta desde el coche; entonces se alejó agitando la mano en señal de despedida.
Miley se fue enseguida a la cama. Afortunadamente todos parecían estar ya acostados.
Al día siguiente, durante el desayuno, anunció que Nick iría a comer el domingo. Clay no dijo una palabra, temía que si protestaba, Miley cumpliría sus amenazas. Simplemente se encogió de hombros. Esa noche tenía una cita con Francine y debía dar explicaciones a los Harris sobre Nick, algo que no iba a resultar fácil. Trataría de convencerles de que la amistad del fiscal con su hermana constituía una ventaja, pues así podía enterarse por Miley de lo que Nick se llevaba entre manos. Su rostro se iluminó. ¡Claro que sí! ¡A los Harris les encantaría! Se tranquilizó y disfrutó del desayuno.
—¿A comer? —musitó el abuelo. Suspiró profundamente y al ver la expresión de Miley añadió—: Bueno, supongo que podré soportarlo. Pero no esperes una conversación brillante.
Ella le sonrió.
Ella le sonrió.
—De acuerdo. Gracias, abuelo.
—Le enseñaré mi tren eléctrico —sugirió Mack. Se sentía orgulloso del viejo tren Lionel a escala que un amigo del abuelo le había regalado de forma inesperada por Navidad hacía tres años. Miley había llorado, porque ella nunca se lo hubiera podido comprar, aun sabiendo que su hermano sentía tanta pasión por los trenes como su abuelo.
—Estoy segura de que le encantará, Mack —respondió Miley, y dirigiéndose a Clay y al abuelo añadió—: No es mal hombre. Es divertido cuando llegas a conocerlo y a su modo, se preocupa de los demás.
—Tengo que irme —interrumpió Clay levantándose—. Hoy voy a ayudar al padre de Francine a reparar su coche.
—Que te diviertas —dijo Miley—. ¿Cómo te va el trabajo?
Clay la miró fijamente; sus ojos reflejaron preocupación, y su rostro, vulnerabilidad.
—Bien —mintió. Miró a Mack y observó que el rostro del niño se endurecía en una mueca de disgusto. Se volvió para marcharse.
—Hasta luego.
Miley observó a Mack y la inquietó su expresión.
—¿Habéis discutido tú y Clay?
—Quería que hiciera algo por él y me negué —respondió Mack con brevedad, y añadió en forma de defensa—: Bueno, no es mi jefe. —Dejó los cubiertos—. ¿Quieres que ordeñe las vacas, Miley? He estado practicando, y ya lo hago muy bien, ¿verdad, abuelo?
—Sí, ya es todo un experto —tuvo que admitir el hombre. Le sonrió a Mack—. He estado enseñándole. Creí que te sería de ayuda si aprendía.
—Estupendo— dijo Miley. Se levantó y besó al abuelo en la mejilla. ¡La vida se estaba volviendo más fácil cada día!—. Gracias.
—Es agradable verte tan contenta —añadió el anciano con una sonrisa—. Estás resplandeciente.
—Es verdad —convino Mack. Sonrió ampliamente—. Debe de ser el amor. —Adoptó una pose afectada, con las manos sobre el corazón—. ¡Oh, Romeo!
—¡Largo de aquí antes de que te tire el resto de los huevos! —exclamó Miley—. Shakespeare debe de estar revolviéndose en su tumba
—De puros celos —puntualizó Mack. Asió el cubo de ordeñar y salió precipitadamente por la puerta trasera.
Miley hizo un gesto de negación con la cabeza y se levantó para fregar los platos. El abuelo permaneció sentado, parecía más débil de lo habitual.
—¿Preocupado? —preguntó ella con suavidad.
El anciano encogió sus hombros enjutos.
—Es Clay —admitió—. Él y Mack estaban muy unidos, y ahora ni siquiera se hablan. —Alzó la mirada—. Ese chico anda metido en un problema, serio, Mi. Tiene el mismo aspecto que solía tener tu padre cuando había hecho algo que no debía.
—Quizá cuando advierta que el lío en que se ha metido puede traerle graves consecuencias se eche atrás —comentó Miley esperanzada, aunque sin creer en lo que decía.
El abuelo negó con la cabeza.
—Ahora que tiene novia, no. Es una mala chica, de esa clase de jovencitas que utilizan cualquier recurso para conservar a un hombre entre sus garras. Y oye bien lo que te digo: Harris la metió en esto. Todo el mundo sabe lo que hacen esos chicos y, tarde o temprano, Clay va a pagar por ello. No se da cuenta de lo que pretenden, y cuando lo haga tal vez sea demasiado tarde.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó Miley.
—No lo sé. —El abuelo se levantó con lentitud—. Soy un anciano. Me alegra que no me quede mucho tiempo de vida. El mundo ya no es bueno, Miley. Hay demasiada avaricia, demasiada porquería ahí afuera. Crecí en una época más fácil, en que la gente tenia orgullo y honor, y un apellido significaba algo. Es por la presión y el ritmo de la vida, ¿no lo ves? Antes, cuando los hombres trabajaban la tierra, dependían de Dios. Ahora trabajan para las máquinas y dependen de ellas. —Se encogió de hombros—. Las máquinas se detienen cuando el suministro eléctrico se interrumpe; Dios, no. Pero quizá los hombres tengan que descubrirlo por sí mismos. Voy a tumbarme un ratito.
—Te encuentras bien? —preguntó Miley titubeante.
El abuelo se detuvo en el umbral y sonrió.
—Lo haré. A pesar de todas esas píldoras que tú y el doctor me habéis hecho tragar, aún no habéis acabado conmigo.
—Me alegro —contestó ella sonriente.
Él asintió y se alejó arrastrando los pies hacia su habitación. Miley arregló la casa y salió a dar de comer a las gallinas. La brisa de principios de primavera era cálida y resultaba agradable en los brazos desnudos. Llevaba unos pantalones vaqueros y una camiseta de tirantes y el cabello recogido en una larga coleta, pero se sentía la mujer más afortunada del mundo. Por ese día, sus problemas no existían. Y al día siguiente ¡Nick comería en la granja!
—¿Qué es eso de que el fiscal va a ir a comer a tu casa? —preguntó Son furioso cuando se encontró con Clay y Francine en el taller.
—Le gusta mi hermana —contestó Clay tratando de parecer despreocupado—. ¡Es genial! Miley se pasa el día hablando de ese tipo. Podremos saber qué hace Nick en cada momento porque ella me lo contará. —Miró a Son para comprobar el efecto de sus palabras—. Es como tener nuestra propia fuente de información en el despacho del fiscal del distrito.
—¿No se te ha ocurrido que es posible que vaya a por nosotros y te tenga controlado a través de tu hermana? —interrumpió Bubba con el rostro aún más enrojecido de lo normal.
—Ella no puede decirle nada —replicó Clay—. Además, está tan colada por él que me hubiera dicho algo si Nick sospechara de nosotros.
—Oye, Cyrus, tienes suerte de que no diéramos el chivatazo sobre lo tuyo con el coche del fiscal —amenazó Son con una mirada gélida—. Tu hermanito no ha querido seguimos el juego, y si no hubiera sido por ese amigo tuyo que nos pasó información sobre la escuela primaria, ¡habríamos perdido un mercado estupendo!
—Un niño murió a causa del crack... ——dijo Clay.
—De modo que murió un niño. Tomó demasiado, eso pasa muy a menudo. No te nos pongas sentimental —se burló Son—. Si no tienes agallas para ensuciarte las manos, no nos sirves. Y si decidimos deshacernos de ti, lo haremos con estilo— recurriremos al amiguito de tu hermana y así permanecerás para siempre entre rejas.
—Exacto —convino Bubba.
Francine se cogió del brazo de Clay y agitó su larga melena morena.
—Dejadle en paz. No es un chivato.
—No he dicho nada a nadie —corroboró Clay—. Mirad, me gusta tener dinero en el bolsillo y llevar ropa decente —murmuró, sin poder evitar sentirse algo culpable porque sabía cuán duramente trabajaba Miley por él y los demás.
—Entonces no mates a la gallina de los huevos de oro —contestó Son—. Cumple con tu parte. Habrá una entrega dentro de un par de semanas. Esperamos que nos ayudes a distribuir la mercancía entre los vendedores locales.
—Claro. Haré mi trabajo —aseguró Clay forzando una sonrisa. Había descubierto que era mucho más sencillo salirse de la ley que volver a ella. Había cerrado todas las puertas tras él. Rodeó a Francine con un brazo y la acompañó de vuelta al coche.
—Todo va bien —lo tranquilizó ella con dulzura cuando Clay le abrió la portezuela, pero parecía preocupada—, No te delatarán.
—¿Seguro? —Aspiró profundamente—. Dios mío, si me acusan de volar el coche de Nick, Miley nunca me lo perdonará. Les creerá, y yo no lo hice, Francine, ¡tú sabes que no!
Ella miró por encima del hombro hacia sus primos. Al principio había querido ayudarles, pero últimamente salía con Clay por una razón enteramente distinta. La trataba como a una dama, le compraba cosas... Nadie había sido nunca tan amable con ella.
—Escucha, te ayudaré, intentaré ayudarte. Pero Clay, no hagas ninguna estupidez, ¿me oyes? —Sus Ojos le suplicaban—. No te dejes llevar por tus emociones y cuentes a tu hermana lo que ocurre. Si tan sólo lo sospecharan, Son y Bubba te delatarían y conseguirían que te encerraran de por vida.
—Si lo hicieran, ellos también irían a la cárcel —advirtió Clay.
—Sí, pero los soltarían enseguida. Disponen de dinero para comprar a la gente, Clay. ¿Es que aún no entiendes cómo funciona todo esto? Pueden sobornar a policías, funcionarios, jueces... No hay nadie a quien no puedan llegar. Pero tú no cuentas con esa clase de influencias. Tú cumplirías tu condena. Por favor, Clay, ¡mantén tus manos limpias!
Él sonrió.
—¿Preocupada por mí?
—Sí, beep —contestó furiosa—. Dios sabrá por qué, pero te quiero. —Lo besó apasionadamente, entró en el coche y se alejó antes de que él tuviera tiempo de reaccionar.
Clay sintió que flotaba. Volvió al taller para hablar con Son, pero oyó sólo a medias lo que éste le contaba sobre la organización de la compra.
Se marchó a casa en un estado de aturdimiento. No había tenido contacto alguno con las drogas desde hacía tiempo, excepto como intermediario. Desde que había aparecido Francine ya no las necesitaba.
Cuando Clay llegó, Mack jugaba con sus trenes. Se asomó a su habitación y lo observó, pero el pequeño lo ignoró.
—Oye, ¿no puedes perdonarme? —preguntó Clay.
—Tú y tus mezquinos amigos matasteis a mi amigo —contestó Mack mirándole fijamente.
—No fui yo —musitó Clay echando una ojeada a la puerta abierta para asegurarse de que no había nadie lo suficientemente cerca para escucharle—. Oye, me he metido en un lío espantoso. Dejé que me convencieran para realizar una compra y ahora me amenazan con meterme en la cárcel para siempre. No pretendía hacer daño a nadie. Gané un montón de dinero.
—El dinero no le devolverá la vida a Dennis —replicó Mack con frialdad—. Y si Mi se entera, de lo que has estado haciendo, te echará de casa.
—Probablemente debería hacerlo —contestó Clay con cansancio. Se sintió viejo. Un error le había hecho incurrir en tantos otros que no sabía si cesarían alguna vez. Metió las manos en los bolsillos.
—Mack, yo no vendí crack en tu escuela. Tienes que creerme. Soy malo, pero no tanto.
Mack cogió la locomotora y jugueteó con ella.
—Eres un traficante de droga. No te quiero en mi habitación.
Clay abrió la boca para hablar, pero cambió de opinión y se marchó con tanto sigilo como había llegado. No recordó haberse sentido nunca tan solo o tan avergonzado de sí mismo.
Miley se sentía torpe mientras preparaba la comida del domingo. Acababa de llegar de la iglesia, y todavía llevaba el vestido gris de punto y las medias con que había asistido a misa, aunque se había calzado unas viejas zapatillas azules para andar por la cocina tratando de organizar a tiempo el almuerzo.
Supuso que Nick llegarla temprano, y así fue. Cuando oyó el coche, salió corriendo a recibirlo olvidándose de las ollas burbujeantes en los fogones, pero Mack se le había adelantado para abrir la puerta; al menos se comportaba con educación, pensó Miley.
—Está en la cocina, señor Nick —dijo el niño.
—No, estoy aquí. —Miley irrumpió con excitación. Sonrió a Nick y le pareció que los pantalones marrones, el jersey amarillo y la cazadora a cuadros en tonos tostados le sentaban muy bien, además de ser un atuendo informal muy apropiado.
—Ve a vigilar la comida, jovencita. Mack y yo atenderemos al señor Nick —intervino el abuelo desde su mecedora, pero sus ojos dijeron mucho más, y nada precisamente halagador.
—Si quieres venir a la cocina conmigo... —sugirió Miley titubeante.
—Ni hablar. Se te quemaría la comida —gruñó el abuelo—. Siéntese, señor Nick. Quizá no esté acostumbrado a esta clase de mobiliario, pero estoy seguro de que la silla aguantará.
Nick miró al anciano con los labios apretados.
—No se muerde la lengua, ¿eh? Pues yo tampoco. ¿Le dejan fumar o el médico opina que un cigarrillo le mataría?
El abuelo pareció desconcertado. Miley se escabulló en la cocina. "Qué ingenua he sido —se dijo— al temer que el abuelo intimidaría a Nick."
Preparó la comida lo más rápido que pudo. Oyó elevarse el tono de las voces en la salita, y luego hubo un silencio seguido de una conversación apagada. Cuando asomó la cabeza para pedirles que se sentaran a la mesa, el abuelo parecía malhumorado y Nick fumaba tranquilamente un cigarro y sonreía.
Miley pensó que no había necesidad de preguntar quién se había impuesto en la discusión. Llevó la comida a la mesa y el abuelo la bendijo. No había rastro de Clay. Probablemente había pensado que no sería capaz de enfrentarse al fiscal del distrito durante la comida. De todas formas, era mejor así, porque ya resultaba bastante difícil soportar el malhumor del abuelo.
Comieron prácticamente en silencio, roto de vez en cuando por algún comentario elogioso de Nick sobre la comida. Al terminar, el abuelo se excusó y se encerró en su habitación. "Menos mal que había prometido ser amable", pensó Miley con amargura. Mack salió a dar de comer a las gallinas y la dejó a solas con Nick en la cocina mientras fregaba los platos.
Inclinó la cabeza sobre el fregadero y la larga melena oscureció parcialmente su rostro.
—Lo siento —se disculpó exhalando un profundo suspiro—. Creí que serían más educados. Supongo que pedí demasiado.
—Temen perderte —puntualizó Nick, y la miró mientras secaba los platos y los cubiertos que ella fregaba y aclaraba—. No creo que debas culparles. Están acostumbrados a tenerte cerca para hacer el trabajo.
Miley alzó los ojos hacia él y su mirada fue más elocuente de lo que creía.
—También las asistentas del hogar disfrutan de un día libre a la semana.
Él se inclinó y la besó con dulzura.
—Tú no eres sólo una asistenta para ellos. No quieren que caigas en las garras de un hombre que sólo piensa en el sexo.
—¿Y es así? —preguntó Miley suavemente buscando su mirada.
"Esos ojos —se dijo él casi con dolor—, esos ojos dulces y seductores." Causaban estragos en él.
—La mayor parte del tiempo sólo pienso en problemas legales —murmuró— secamente—. Supongo que el sexo también me preocupa. Pero ya te he dicho que abrigo malas intenciones con respecto a ti, ¿no?
Ella rió divertida.
—De modo que ésas tenemos. La honestidad por encima de todo, ¿eh?
—Exacto. Planeo llevarte mediante engaños hasta mi escondite secreto y aprovecharme de ti.
—Qué excitante. ¿Vamos en tu coche o en el mío?
Le dirigió una mirada colérica.
—Se supone que no irás voluntariamente. Eres una mujer de principios y yo un libertino.
—Oh, perdón, —Torció el gesto—. ¿En qué coche prefieres raptarme, en el tuyo o en el mío?
Él la golpeó en la cabeza con el trapo.
—Concéntrate en el trabajo, mujer desequilibrada.
Miley rió con nerviosismo, algo que no recordaba haber hecho desde que era una niña
—Eso me coloca en el lugar que me corresponde.
—Procura que no te coloque yo en el lugar que te corresponde —musitó él—. Dios es testigo, nunca imagine que tratarías de seducirme frente a una pila de platos sucios. ¿Es que no tienes delicadeza?
—No. ¿Acaso hay un sitio mejor?
—Desde luego. Te lo mostraré algún día. Te has dejado un plato.
—Parece que sí. —Continuaron fregando y secando en silenciosa armonía durante unos minutos. —Finalmente, Miley preguntó—: ¿Cómo te ha ido con el abuelo?
—No le gusta tenerme aquí, y yo no le culpo por ello. He contribuido de forma inevitable a alterar su vida en varias ocasiones.
—Sólo hacías tu trabajo. Yo no te culpo.
Él sonrió.
—Ya, pero tu abuelo no disfruta tanto besándome como tú, de modo que él sí me cree culpable.
Miley se ruborizó y luego replicó:
—Eso no es justo.
Nick ahogó una carcajada.
—¿Sabes que me río más contigo de lo que lo he hecho jamás con nadie? Pensé que ya no sabría hacerlo. El trabajo de fiscal es demasiado sombrío, y con el tiempo, es fácil perder el sentido del humor.
—Antes de conocerte, pensaba que eras un hombre muy serio —dijo ella con una amplia sonrisa.
—¿Porque te hostigaba en el ascensor? —Le devolvió la sonrisa—. La verdad es que disfrutaba haciéndolo. Llegó a un punto en que trataba deliberadamente de toparme contigo. Significaba un cambio tan refrescante...
—¿Con respecto a qué?
—Con respecto a que las mujeres se arrancaran las ropas y saltaran sobre mi escritorio para lanzarse sobre mí —respondió con el semblante serio.
—¡Seguro que sí!
—Eras como un rayo de sol, Mi —dijo, y no sonrió—. La parte más agradable de la jornada. Quise invitarte a salir el día que me revelaste la situación en tu casa, pero no quería esa clase de complicaciones en mi vida.
—¿Y ahora sí?
Él se encogió de hombros.
—No exactamente. —La observó mientras secaba el último plato y lo colocaba en la pila—. Pero ya no tengo elección, y creo que tú tampoco. Hemos dejado atrás el punto en que es posible el retorno. Nos estamos acostumbrando el uno al otro.
—¿Tan malo es eso? —preguntó Miley.
—Soy el blanco de un asesino —le recordó—. ¿No se te ha ocurrido que el hecho de que te vean conmigo puede poner en peligro tu vida?
—No, y de todas formas no me importaría.
—También podría tener consecuencias de otra clase —prosiguió Nick . Como paso tanto tiempo contigo, los hermanos Harris podrían creer que Clay me facilita información.
Miley contuvo el aliento. No se le había ocurrido esa posibilidad.
—No te preocupes —dijo él con dulzura—. Creo que Clay les convencería de lo contrario. Pero veo ciertas cosas que tú no ves. Además, están los problemas que mi amistad te acarrea, porque tu familia no me acepta. Tu abuelo y tus hermanos no me quieren ver por aquí, y eso te va a hacer la vida más difícil.
—Ya les he dicho que tengo derecho a salir cuando me apetece —dijo Miley con firmeza—. Tú me has mostrado que la gente puede esclavizarte si se lo permites. He permanecido aquí como una esclava la mayor parte de mi vida porque he dejado que mi familia dependiera de mí. Ahora estoy pagando el precio. La culpa no es un arma agradable, pero las personas la utilizamos cuando todo lo demás falla.
—Tienes razón —convino él—. ¿Qué quieres hacer cuando terminemos con esto?
—Bueno, si nos sentamos a ver la televisión, el abuelo irá al salón y tratará de amargarnos la tarde. —Guardó el último plato—. Te enseñaré la granja; no hay mucho que ver, pero ha pertenecido a nuestra familia durante más de cien años.
Nick sonrió.
—Estupendo. Aunque hace mucho tiempo que vivo en una Ciudad, me gusta el campo. De todas formas, si no viviera en un vecindario tranquilo, creo que me habría vuelto loco. Le doy de comer a los pájaros y les construyo nidos. Y cuando tengo tiempo cuido de mis rosales..
—Vaya, ésa debe de ser tu parte irlandesa —se burló Miley con dulzura—. La parte que siente apego por la tierra y los cultivos. Mi bisabuela era una O´Hara del condado de Cork, así que mi amor a la tierra lo heredé de ella.
—Mis dos abuelas eran irlandesas —dijo Nick.
—¿Una de ellas no era cherokee?
—Mi abuelo era irlandés, y se casó con una joven de ascendencia cherokee. Pero mi madre parecía más cherokee que irlandesa. Casi no la recuerdo, tampoco a mi padre. Mi tío Sanderson me contó que, aunque mi padre no quiso casarse, se querían mucho. —Suspiró profundamente . Ahora no me importa demasiado ser ilegítimo, pero de niño era algo que me atormentaba. No quisiera que un hijo mío tuviera que vivir algo así.
—Tampoco yo —convino Miley—. Dame, colgaré ese trapo y saldremos a dar un paseo.
—¿No deberías cambiarte primero? —preguntó Nick indicando con la cabeza su bonito vestido de punto.
Miley rió y exclamó:
—¿Y dejarte a merced del abuelo?
—No te preocupes, Mi, yo le protegeré intervino Mack, que había aparecido repentinamente en el umbral—. ¿Le gustan los trenes eléctricos, señor Nick;? Tengo algunos vagones y una locomotora del antiguo Lionel a escala que me regaló un amigo del abuelo.
—Me gustan los trenes —asintió Nick asombrado del enorme parecido del chico con Miley—. Muy amable de tu parte sacrificarte por mí, joven Mack.
El niño rió.
—No tiene importancia. Miley también se ha sacrificado por mí algunas veces. ¿Vamos?
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