martes, 6 de marzo de 2012

Capitulo 9.-

-No, no lo haría -replicó Nick con dureza-. Pero cuando compre Lower Ridge; el dinero irá a parar a manos de Maxwell. El la com­pró para ti.
-¡Dios Santo! -exclamó Miley-. ¡No me había dado cuenta de que estaba tratando con un verdadero troglodita! Por lo que veo, quieres una novia a la anti­gua usanza, ¿no es así?
Nick hizo un ademán de abrazarla, pero ella se reti­ró violentamente.
-¿No vas a tranquilizarte?
Ante su escrutadora e incrédula mirada, el sacó las llaves de su coche.
-¿Sabes qué es lo que tienes de malo? Que te has convertido en una mujer mimada. Te guste o no, tengo compromisos que están más allá de ti, de modo que no podré estar aquí cada vez que lo desees.
Miley guardó silencio. Aunque Nick no había desea­do una esposa rica, eso era precisamente lo que estaba recibiendo. «Muy bien», pensó; tarde o temprano de­bería decirle que Grant era su padre y también hablarle de la finca. Debía encontrar un método sutil de hacer­lo, ya que aturdirlo con una serie continua de sorpresas era una idea muy infantil. Quizá se enfadaría, pero no por mucho tiempo.

Tina se estaba esforzando en levantar una pesada caja.
-Tenía que haberle pedido a papá que me ayudara, pero entró dando un portazo. Debe de estar cansado -comentó en voz alta.
Jessie observó el ruborizado rostro de Miley y repu­so secamente:
-Hoy por la mañana no lo estaba.
Miley terminó de deshacer el equipaje, con Tina observándola. Cuando bajó al vestíbulo, Jessie la miró con aire cansado.
-¿Estás lista para probarte este vestido? Voy a man­darlo a planchar.
La anciana se tomó el tiempo necesario en cuanto a la prueba final, sin hacer caso de las protestas de Miley. Cuando terminó, sacudió la cabeza con aire reproba­dor.
-De verdad no sé por qué vosotros dos os habéis metido en esto. No te está haciendo feliz, ¿no es cierto? -afirmó en un tono que más bien parecía de castigo.
Merrill llegó a la hora del té para encargarse de Tina, y Jessie aprovechó para irse a su casa. Miley hojeó una revista y en vano trató de ver la televisión; luego se dedicó a recorrer la casa. Le llamó la atención una serie de fotos de la familia en la sala principal de Sofía. Las observó con sumo cuidado, pero no encon­tró ninguna de Tina ni de su madre.
En la habitación de Nick tomó una camisa de él. Aspiró su aroma varonil, con lágrimas en los ojos. Lo amaba, lo amaba tanto que no estaba dispuesta a decir o hacer algo que pudiera evitar que se casaran al día siguiente.
 En la habitación de Tina halló lo que tanto temía encontrar. Una fotografía enmarcada sobre el tocador.
Debía de ser Selena: una bella jovencita de ojos azules y cabello rubio.
-¡Miley! -la llamó Nick.
Rápidamente la joven dejó la foto en su sitio y se dirigió a la planta baja. Él ya estaba subiendo las es­caleras.
-No vi ninguna luz en la parte delantera de la casa.
La manera en que lo dijo le pareció a Miley un tanto ofensiva. En seguida percibió el problema cuando se encontró con su mirada cargada de reproches. Nick aspiró profundamente y frunció el ceño.
-¿Me esperabas arriba?
-No son ni las diez. Jessie te ha dejado algo de cenar.
-Ya he cenado. ¿Quieres una copa? Aplacará tus nervios.
-Mis nervios están perfectamente -respondió ella con tono irascible. Deseó no haber pronunciado esas palabras. Sin embargo, en ese momento todavía tenía un la cabeza el rostro de Selena.
El rubor coloreó sus mejillas. Sintiendo que él no dejaba de mirarla, recorrió el recibidor encendiendo mas las lámparas, aun cuando una sola habría bastado.
-Debería ser más comprensiva acerca del tiempo que le dedicas a tu trabajo -observó ella con aire conciliador.
Nick descorchó una botella de brandy y sirvió dos copas.
-Mira, no quiero en nuestras vidas nada de lo que Maxwell te haya regalado. No veo nada irrazonable en todo esto -afirmó con calma.
Miley se inclinó hacia adelante y contuvo una respuesta impulsiva.
-Por lo demás, tienes toda la razón. El matrimonio es compartir y no hay ninguna otra cosa que no quiera compartir contigo.
-¿Así era la relación que mantenías con Selena? -pre­guntó Miley de repente.
-No, no era así -le sostuvo la mirada.
Se hizo un silencio. Miley aspiró profundamente y abordó el tema desde otro ángulo.
-Contéstame a una pregunta. ¿Habrías vuelto con ella si no hubiera muerto?
-No sé. Debía pensar en Tina, y por otra parte, Selena la habría utilizado como un arma. Así pues, consideré que todo el problema fue culpa mía.
-¿Por qué? ¿Es que además le fuiste infiel?
-No -contestó, pasándose una mano por el cabe­llo-. De verdad, no quiero que hablemos de Selena en este momento. Hay razones...
Ella no lo escuchó. Estaba descubriendo que podía amarlo con una especie de desesperación desafiante, pero que ese amor no bastaba para derretir el pequeño nudo de amargura que albergaba en su interior.
La generosidad de Nick con Selena había sido inmensa. Miley no podía olvidar la angustia que había pasado sola, y todo por una mujer que él no había amado. Una mujer que al poco tiempo de su boda le fue infiel. En ese momento Miley tenía plena conciencia del inmenso abismo que los había separado cuando ella era una adolescente.
-Dime, ¿Tina tiene parientes por parte de su ma­dre?
-Ninguno. Los padres de Selena murieron antes de que yo la conociera. Espero que aceptes una familia ya hecha. Me doy cuenta de que te estoy pidiendo mu­chísimo.
-Es una niña muy cariñosa -Miley bajó la mirada-. Será fácil amarla. ¿Por qué tu madre no se lleva bien con ella?
-Ella ve a Selena en Tina. La huida de Selena fue la comidilla del pueblo, algo que Sofía nunca ha podido olvidar.
-No a todas las mujeres les gustan los niños -ob­servó Miley.
Nick sonrió, desarmándola.
-Me gustaría que tú y yo tuviéramos un hijo -al ver que ella palidecía, entrecerró los ojos-. O tal vez nun­ca, ya que parece que la idea te llena de horror.
Mortificación y dolor estuvieron apunto de ahogar­la en medio de aquel silencio. Pensó que él, en otro tiempo, ni siquiera había admitido la idea de dar a su hijo la posibilidad de nacer. Ella no quería recordar ese hecho, pero era una terrible realidad. Y en ese momen­to lo odió tanto como lo amaba.
-Mucho me temo que no quiero tener hijos -mur­muró con la cabeza inclinada-. Y si las cosas no nos salen bien, será mucho mejor que no los tengamos.
-Como pensamiento, en la víspera de nuestra boda, me parece terriblemente pesimista -replicó él con as­pereza.
-Me voy a la cama -pasó tan deprisa frente a él, que Nick no pudo percibir las lágrimas que inundaban sus ojos.
La amenaza de ver que su castillo se desmoronaba la hizo reflexionar. No pudo conciliar el sueño. Había descubierto que todavía podía llorar por aquel peque­ño ser que había perdido.
Finalmente, se levantó de la cama. Eran las cuatro de la madrugada y la casa estaba muy fría. Frotándose los brazos se asomó al cuarto de Nick. La cama estaba hecha, sin usar. Había dormido en el sofá del vestíbulo. La chica no pudo evitar sentir remordimientos de con­ciencia.
Como medida de autodefensa ella se había retirado para curarse las heridas en privado, y él había hecho lo mismo. Ninguno de los dos había buscado al otro. Nick no sabía por qué Miley había reaccionado de esa forma, y quizá había llegado el momento de que lo supiera. Quería liberarse de esa vieja angustia y mientras no hablara con él continuaría teniéndola, alimentando siempre su inseguridad.
Fue al piso superior por una manta. Se envolvió en ella y, frente al sofá donde se encontraba dormido Nick, titubeó por un momento. Luego, con delicadeza se acomodó junto a él. En pocos minutos se quedó dormida.
Sintió un leve beso en el cuello. Cambió de posición, sucumbiendo a una invitación a la comodidad.
-Vuelve a dormirte -el tranquilizador susurro de Nick tuvo en ella un efecto hipnótico.
Cuando Jessie la despertó, se quedó sorprendida al darse cuenta de que se hallaba nuevamente en su cama. La mujer le puso sobre las piernas la bandeja del desa­yuno, diciéndole que Nick había insistido en que la dejaran dormir, pero que Merrill estaba en la planta baja esperándola. Iban a dar las nueve.
-¿Dónde está Nick?
-Afuera, ayudando a John. No va a subir. No le verás hasta llegar a la iglesia.
-¿Cómo voy a ir hasta allí?
-Merrill nos llevará. Luego yo me iré a mi casa. Seguramente querrás estar a solas.
Merrill le regaló un liguero de encaje y unas medias a juego.
-Jane me las regaló por Navidad, pero resulta que son dos tallas más pequeñas, y aunque fueran de mi medida, definitivamente estas cosas no son para mí.
Una hora después, Miley se miró en el espejo. El vestido de la bisabuela de Jonas era una prenda ver­daderamente romántica. La seda de Mantua reverbera­ba con sus delicados encajes. Miley estaba embelesada. Jessie le cubrió los hombros con un chal.
-Es para que no cojas una pulmonía.
Tina puso en sus manos un puñado de flores de azafrán.
-Son de la maceta de la ventana -explicó-. Algu­nas están rotas.
-Tienen un color bellísimo. Hacen juego con mi vestido.



El vicario la recibió en el atrio de la iglesia. Al comienzo de la pequeña nave, sintió que se le doblaban las rodillas cuando el organista interpretó un trozo de Lohengrin. «¡Dios mío! ¿Qué estoy haciendo?», se pre­guntó, pero de inmediato su mirada se centró en la elegante figura de Nick. Sólo el mesurado paso del vicario impidió que ella llegara al altar antes que él.
Aparte de un rápido vistazo a Sofía y Grant, senta­dos en uno de los últimos bancos, Miley se sintió poseí­da durante la ceremonia por una singular tranquilidad. En cuanto fueron pronunciadas las últimas palabras, Nick se volvió y la abrazó. La estrechó con fuerza y la besó hasta que la sangre le hirvió en las venas.
-Si alguna vez se hace una segunda versión de Lo que el viento se llevó... -murmuró la hermana de Nick-, presentaos como candidatos.
Un hombre robusto, de cabello castaño, estrechó la mano de Miley y se presentó como John. Hasta ese momento había sido un verdadero desconocido para ella.
Los invitaron a ir a la casa de Merrill para brindar. En cuanto Miley tuvo una copa entre las manos, La hermana de Nick la llevó a conocer la casa. Cuando llegaron al cuarto de los niños, ya preparado para el niño que se esperaba, Miley observó disimuladamente a su cuñada, que aprovechó ese momento para hablar.
-Espero no ofenderte, pero quiero hablarte en pri­vado acerca de mi madre -se detuvo para aspirar pro­fundamente y luego prosiguió-: Le preocupa la posi­bilidad de que esta boda la aparte por completo de Nick. No se llevan muy bien, hay que reconocerlo.
-Ya me había dado cuenta -repuso Miley con frial­dad.
Merrill continuó:
-Durante años las cosas han estado del lado de Nick. Ella se ha entrometido una y otra vez en su vida privada y él no es de los que aguantan. Pero no se le puede acusar de haber sentido aversión por Selena. Ade­más, después de todo el tiempo transcurrido es necesa­rio que Nick supere el pasado.
-No estoy en situación de hacer comentarios -mur­muró Miley-. Supongo que a tu madre la ha trastorna­do mucho nuestra boda.
-Más bien parece haberla aterrorizado -aceptó Merrill-. Nick dice que no tuvieron problemas cuando la visitó en York, pero no le creo. Es muy susceptible cuando se trata de ti. Si mi madre dice algo en contra o sin tacto, él en seguida pierde el control. Me pareció que estaba muy trastornada cuando habló conmigo por teléfono, la otra noche. Dijo que en unos cuantos días quiere encontrarte aquí, en mi casa...
-¿Aquí? -exclamó Miley, desconcertada-. ¿Por qué?
-Creo que quiere hacer las paces contigo, pero prefiere que Nick no esté presente.
-Pero tu madre no necesita hacer las paces conmi­go -replicó Miley, disgustada.
-Entonces, lo más probable es que quiera hablar contigo. Te pido que seas generosa. Si procuras suavi­zar la situación entre Nick y ella, te lo agradecería infinitamente. Puedes razonar con él, tienes más in­fluencia sobre Nick que nadie.
Antes de que Miley pudiera asimilar esa afirmación, la puerta se abrió y apareció Nick, con una sonrisa fría, irónica.
-No me digas que te interesa tanto la habitación de los niños.
Merrill no se molestó por la interrupción y respon­dió con tono de broma:
-¿Te sientes marginado?
En el coche, Nick se aflojó la corbata y dirigió a Miley una mirada inquisitiva.
-¿Puedes decirme de qué demonios habéis estado hablando?
El rubor cubrió sus mejillas. ¿Por qué había menti­do a Nick de ese modo? Tarde o temprano hablarían y debería confesárselo todo, pero no en ese momento. No se sentía con ánimos de enfrentarse a un pasado que quería olvidar, en un día tan feliz.
-De nada importante.
-Me gusta que Merrill y tú os llevéis bien.
-Me llevo bien con casi todo el mundo. Creo que si se me da una oportunidad, podría llevarme bien inclu­so con tu madre.
-Así que se trata de eso... Merrill no tiene ni la menor idea de lo que está hablando. Pero tendrás tu oportunidad, aunque me sorprendería mucho que salie­ras de la batalla sintiéndote tan generosa como hasta ahora.
Esa respuesta la hizo sentirse como una estúpida. Sofía había dicho cosas horribles de ella. Sin la menor duda, la madre de Nick querría verla en la casa de Merrill únicamente para poder atacarla. A pesar de ello, Miley se oponía a que tal cosa la privara de su felicidad.
De vuelta en Torbeck, Nick la abrazó; mirándola de forma posesiva.
-¿Cómo se siente la señora Jonas?
-Sigues estando a prueba -repuso ella con firmeza.
-Va a ser perfecto -le prometió, besándole la fren­te con ternura.
Miley se aferró con las dos manos a la solapas del traje de Nick.
-La paciencia es una gran virtud -apuntó él.
-No creo tenerla.
Su expresión de disgusto lo divirtió. Una pasión irresistible se había apoderado de ella. Él deslizó las manos por su espalda hasta llegar a la cintura, para empezar a desabrocharle el vestido. Cuando terminó, el aire frío tocó su ardiente piel. Entonces Nick se echó hacia atrás sin hacer caso de su exclamación de protes­ta y siguió desnudándola.
Mientras la desnudaba, se detuvo un momento para contemplar su ropa interior de encaje. Sus brillantes ojos la devoraron.
-Un regalo de tu hermana -musitó ella con tono incierto.
-Muchas gracias a Merrill, aunque en realidad no necesitaba este tipo de estímulo -le tendió una mano. - ­Acércate.
Ella no recordó después haber dado ese paso. Sus tímidos esfuerzos por quitarle la camisa, terminaron cuando su boca exigió satisfacción. La levantó en bra­zos, la tumbó sobre la cama y luego se apartó para quitarse la ropa que aún llevaba puesta.
Se dedicó a acariciarle con los labios los pezones erectos, mientras deslizaba una mano por su vientre, camino de un destino más íntimo. Luego la tomó entre sus brazos con un áspero gemido de satisfacción, y de inmediato se introdujo en ella. Miley se arqueó dando una feliz bienvenida a su posesión, abandonándose a la apasionada unión de sus cuerpos. La llenó con su tibie­za y la joven se sintió más completa y feliz de lo que nunca antes se había sentido en la vida.
Saciada, le alisó el cabello húmedo y besó las puntas de los dedos que suavemente le acariciaban las mejillas. Pero allí, junto a él, los secretos que le había ocultado tan celosamente asomaron por los bordes de su alegría. Aceptar que durante todo ese tiempo no había habido ningún otro hombre... sería decirle demasiado. Tanta sinceridad implicaría confesarle su amor y ella no esta­ba preparada para aceptar su debilidad. ¿Durante cuánto tiempo podría mantener ese secreto? Sin duda ese no era el momento oportuno. Tal vez dentro de unos días...
Más tarde, encontraron un guiso que Jessie había dejado en el frigorífico.
-Para alguien que está escribiendo un libro, eres notablemente reservada respecto al tema. ¿Es que nun­ca vas a contarme de qué se trata?
-Es acerca de un asesinato -explicó ella con re­nuencia.
-¿Un asesinato? -echándose hacia atrás en su silla, con gesto indolente, la contempló muy divertido-. Si me pidieras que adivinara de qué se trata, te diría que es un tema histórico con una trama amorosa.
-No vas desencaminado.
-Para pasar después del primer capítulo, segura­mente has tenido que haber dado rienda suelta a tu imaginación -apuntó Nick con una sonrisa perezosa. -­¿Cuándo podré leerlo?
Para disimular su confusión, Miley se levantó para limpiar la mesa.
-He escrito muy poco.
La mirada de Nick desbordaba buen humor.
-Mis poderes de concentración han estado algo mermados últimamente.
-¿De verdad? -la tomó repentinamente de los bra­zos, la sentó sobre sus piernas y musitó contra su cabello-: Nunca te daré motivos para arrepentirte.
Esa noche volvieron a hacer el amor, y él la arrastró a un mundo de olvido apasionado.
Por la mañana, observó aturdida que se encontraba sola. En la planta baja encontró a Jessie limpiando el suelo con la aspiradora.
-Ha salido a atender un asunto de la finca -explicó la mujer-. No tenía ganas de ir, pero Drew lo necesita. Además Merrill telefoneó -terminó con tono molesto.
-¿Merrill?
-Sí, para preguntar si podrías ir a visitar a Tina esta mañana. Yo no veo la razón de tanta urgencia, la verdad.
-Debe de estar preocupada por algo -murmuró Miley, pensativa.

Después de desayunar, decidió ir andando hasta la casa de Merrill. Hacia una mañana hermosa y fresca, con la promesa de la primavera en el aire.
Un coche rojo, desconocido, estaba aparcado frente a la puerta de la casa y Miley dudó entre llamar o no, pensando que debía haber telefoneado antes.
Merrill abrió la puerta. Parecía inquieta.
-De verdad, lo siento mucho. Te he llamado porque ella insistía mucho. Además, no esperaba que regresara tan pronto. No sabía qué hacer, pero entonces vi que Nick se iba y...
-No entiendo...
-Mi madre está aquí. Está en el recibidor.
Miley pareció quedarse congelada por un momento.
-¿Tu madre? Pero...
-Mira voy a llevarme a Tina a jugar y luego estaré una hora en casa de una amiga.
Eso os dará tiempo de sobra para hablar con tranquilidad.
Merrill la miró con inquietud y fue hacia su coche. Miley aspiró profundamente y entró en la casa, forzan­do una sonrisa. Una mujer alta, delgada, con el cabello teñido de rubio, se dio la vuelta para mirarla a placer. Los rasgos finos y bien definidos de Sofía se habían desdibujado con el tiempo. Había desaparecido la mu­jer esbelta y atractiva que un día fue; aparentaba tener más de sesenta años.
-¿Quieres sentarte? -le sugirió Sofía con frialdad­-. Tuve que convencer a Merrill de que se fuera. No podía permitir que oyera lo que debo decirte.
Finalmente Miley se sentó.
-Oiga, ¿no sería mejor no decirlo, sea lo que fuere?
-¿Crees que yo quería este encuentro? ¿Crees que he tenido otra elección? -Sofía la miró con una mezcla curiosa de desagrado y desesperación-. Sabía que es­tabas en Lower Ridge antes de irme. Eso explica que fuera a ver a mi hermana. No quería estar aquí cuando hablaras con Nick, pero todavía no se lo habías dicho cuando él vino a verme... de manera que tal vez no sea demasiado tarde.
Miley tuvo la desagradable impresión de que estaba tratando con alguien que no estaba en sus cabales. Centró su atención en las inquietas manos de Sofía.
-Discúlpeme, pero no la entiendo. ¿Qué es lo que no quería que le dijera a Nick?
-Si le dices que estabas embarazada cuando se casó con Selena, también me echará la culpa de eso. Y yo no quiero. ¿Me oyes? No quiero. Ya has causado dema­siados problemas.
La sorpresa había dilatado los ojos de Miley. Miró hacia otra parte para ocultar su angustia. Una sensa­ción de amarga humillación la atenazaba.
-¿Cómo lo averiguó? -preguntó cuando pudo recu­perar el control.
-Tu abuela me lo dijo, pero ya era demasiado tar­de... Le ofrecí dinero pero no lo aceptó. No se lo dije a Nick. Por supuesto que no. ¡Dios santo! Nunca creí que volverías.
Miley inclinó la cabeza. No deseaba verla.
-¿Qué le pasó a tu hijo? -le preguntó secamente Sofía-. ¿Lo entregaste en adopción? Supongo que te deshiciste de él en seguida.
Miley cerró los ojos, deseando ardientemente poder acallar con la misma facilidad esa voz histérica y chi­llona.
-Lo perdí.
-¡Esa maldita mujer! Todos estos años... Pudo ha­bérmelo dicho en vez de dejarme con la duda.
-Antes dijo que Nick le echaría la culpa a usted -le recordó Miley con tono áspero-. No veo por qué. Ni siquiera veo por qué debemos hablar de esto. Es algo que sucedió hace muchos años.
-¿El niño era o no de él? -le preguntó con cierto placer ofensivo.
Miley le sostuvo la mirada.
-Sí, era de Nick. Por eso no le dije nada.
Sofía se volvió hacia la ventana. Sus movimientos denunciaban que se hallaba todavía en un estado muy inquieto.
-¿Sabías que tu madre trabajó un tiempo en las oficinas de la finca?
-¿Mi madre?
Miley la miró fijamente.
-No, no lo sabía.
-Nick apenas tenía dos años -prosiguió la mujer, con los labios apretados-. Por mi parte yo conservaba todavía intactas las ilusiones de mi matrimonio. Fue tu madre la que me decantó. Charles resultó humillado, quedó en ridículo a consecuencia de lo que ella me dijo.
Miley frunció el ceño.
-No entiendo -repuso, aun cuando sabía que tenía un miedo terrible de entender.
-¿No entiendes? -preguntó Sofía con gran disgus­to-. Creo que ahora lo llaman acoso sexual. El la doblaba en edad, era lo suficientemente maduro como para saber lo que hacía. Tu madre se quedó muy im­presionada por su conducta.
-¿Qué sucedió? -murmuró Miley, intranquila.
-Ella me lo contó. Nunca olvidaré su mirada cuan­do me dijo que se iba. Sintió tristeza y pesar por mí, pero yo la desprecié por lo que había hecho.
-Pero si ella no alentó a su marido...
-¿Crees que por eso la situación era menos humillante para mí? ¿Crees que nadie se dio cuenta de cuál era su conducta? Tu madre me convirtió en el haz­merreír de la gente. No faltó quien dijera que no había fuego sin humo. Me alegré mucho de que se fuera.
En otras palabras, pensó Miley, su madre había pa­decido las consecuencias de algo que no había hecho. Desesperada, trató de cambiar de tema.
-Creo que debemos concentrarnos en el presente, señora Jonas -repuso con suavidad, porque tenía la impresión de que Sofía le daba la espalda para disimu­lar que estaba llorando.
-Pero las cosas son así de simples. Tal vez no me creas, pero no me caías mal cuando eras niña. No me preocupó demasiado. Me pareció normal que te ena­moraras de mi hijo. No me importó gran cosa porque no creía que él pudiera correr peligro. Después de todo, yo había hecho todo lo posible por inculcarle la idea de que tú nunca encajarías en nuestras vidas, y creí haberlo logrado hasta que lo vi besarte en nuestra fiesta de Año Nuevo. Me quedé consternada, pero te eché la culpa a ti.
-Efectivamente -expresó Miley, preguntándose cuándo empezarían a tener sentido las divagaciones de Sofía.
-Créeme, incluso sin eso -explicó con amargura-, fue una noche terrible. Todo el mundo quería saber dónde estaba Charles y yo no podía decirlo. Antes me había comentado que quería divorciarse, pero no me di cuenta de que hablaba en serio hasta que volvió a casa para la reunión. Lo último que necesitaba esa noche era verte en brazos de mi hijo.
De manera inesperada, Miley sintió una oleada de compasión. Bajó los ojos, pues comprendía que no era el momento de mostrar simpatía. Sofía se desplomo en una silla, llevándose un pañuelo a la boca.
-Pensé que era un enamoramiento que se le pasaría pronto, pero me equivoqué. Creí que tú lo estabas incitando a comportarse así, pero debes aceptar que nunca imaginé que se hubiera acostado contigo o que estuvieras embarazada. Sabía que él no me escucharía si le pedía que dejara de verte. Por eso me vi obligada a decirle algo para que se alejara de ti. Fue por su propio bien. Lo hice por él...
-¿Qué hizo usted? -preguntó Miley en un murmu­llo.
-Lo único que quería era expulsar de su cabeza cualquier idea estúpida que pudiera tener acerca de ti. Estaba resuelta de detenerlo. Nadie sabía quién era tu padre y no me importó mentirle. Sabía que la situación no avanzaría más. Le dije a Nick que los dos teníais el mismo padre. Le dije que tú eras su hermana.
En medio de un horror y de una incredulidad enfermiza, Miley miró fijamente a Sofía, pero la mujer desviaba la mirada.
-Sabía también que si Nick se dirigía a Charles, él lo negaría. Pero mi marido negaría cualquier cosa pa­recida. Sabía que Nick seguiría creyéndome -afirmó. Lo hice por él, y entonces rompió contigo y se casó con Selena porque no podía tenerte a ti.
-¿Y entonces la creyó a usted? -le preguntó Miley, asqueada.
-Sí. Elaboré toda una historia con muchos detalles -reconoció Sofía sin el menor remordimiento, enju­gándose las lágrimas, ya más calmada-. Lo convencí­
-¿Y cuándo le dijo la verdad? -le preguntó con repentina violencia.
-Cuando estuve enferma. No quería decírselo, pero el caso es que lo hice -lanzó a Miley una mirada de odio mal disimulada-. Me acusó de haberle destrozado la vida. Si no hubiera sido por ti, mi hijo y yo ahora estaríamos muy unidos.
-¿Por qué Nick nunca me habló de esto?
Sofía se puso rígida.
-Yo le rogué que no te lo dijera. Lo convencí de que lo justo era que yo te lo explicara todo. Me lo prometió.
-Porque temía que yo le contara lo de mi hijo -Miley se sentía muy dolida.
-¿Por qué deberías decírselo? -estalló-. Ahora es tuyo. ¿No te basta con eso? Yo soy la única que está sufriendo.
Miley se levantó, demasiado confundida para sentir rabia, para querer escapar de la venenosa presencia de Sofía.
-Supongo que no se encontraba bien en aquel tiem­po -concedió Miley-. Pero no me culpe por crear problemas entre Nick y usted. Eso no se me puede achacar a mí.

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