Miley los vio salir, agradecida por la actitud de Mack. Se dirigió a su habitación para ponerse unos pantalones vaqueros y un viejo jersey amarillo de cuello redondo. Ya no se avergonzaba como antes de su vestuario, pues a Nick no parecía importarle qué ropa llevaba o cuán a menudo se la ponía.
Mack enchufó el tren eléctrico Y Nick se sentó a mirarlo con expresión expectante.
—Son preciosos —dijo al niño—. Cuando tenía tu edad, me encantaban los trenes, Pero mi tío Sanderson era muy estricto. Creía que un niño no debía tener cosas que lo distrajeran de los estudios, de modo que no disponía de muchos juguetes.
—¿No vivía con sus padres? —preguntó Mack con curiosidad
Nick negó con la cabeza.
—Murieron cuando era muy pequeño. Mi tío fue el único pariente que quiso adoptarme, de no haber sido por él, hubiera tenido que vivir en la reserva cherokee. No sé, tal vez me hubiera divertido más en el pueblo de mi madre.
—¡Es usted indio! —exclamó Mack.
—Tengo sangre cherokee por parte de madre, pero también tengo ascendencia irlandesa.
—¡Estamos estudiando al pueblo cherokee! Utilizaban una especie de cerbatanas para cazar, y Sequoya les proporcionó su propio alfabeto y su lenguaje escrito. —Se serenó—. Tras el juicio de las Lágrimas, fueron expulsados de Georgia en 1838. Nuestro profesor nos explicó que los echaron de sus tierras porque había oro en ellas y algunos hombres codiciosos quisieron apoderarse de él.
—Es una versión simplificada de los lechos, pero sí, más o menos, fue lo que sucedió. El Tribunal Supremo consideró que el pueblo cherokee debía permanecer en Georgia, pero el presidente Andrew Jackson los expulsó de todos modos. El juez que presidía el Tribunal Supremo, John Marshall, denunció públicamente al presidente por negarse a obedecer la ley. Fue un hecho sin precedentes.
—Sin embargo, un indio cherokee llamado Junaluska había salvado en una ocasión la vida del presidente Jackson —añadió Mack sorprendiendo a Nick con su conocimiento del tema—. Vaya demostracion de gratitud, ¿eh?
Nick reprimió una carcajada.
—Eres ingenioso —murmuró.
—No lo suficiente —dijo Mack. Hundió los hombros y continuó manipulando los trenes con expresión ausente—. Señor Nick, si uno sabe que alguien está haciendo algo malo y no lo dice, ¿es también culpable?
Antes de contestar, Nick miró con curiosidad al chico.
—Si alguien comete un delito y tú lo sabes, te conviertes en cómplice. Pero debes recordar, Mack, que a veces existen circunstancias atenuantes que el tribunal siempre tiene en consideración. Nada es exactamente blanco o negro.
—Billy Dennis era mi amigo —dijo Mack alzando su mirada hasta el rostro moreno de Nick—. Ni siquiera sabía que consumía drogas. No se parecía a los chicos que las toman.
—En realidad no hay una clase determinada de personas que se droguen —replicó Nick—. Cualquier persona puede sentir en un momento determinado la necesidad de recurrir al alcohol o las drogas.
—Estoy seguro de que usted nunca lo haría.
—No lo creas, también he pasado por momentos difíciles. Cuando mi tío Sanderson murió, pasé casi toda la noche en un bar del centro, bebiendo hasta quedar inconsciente. No soy un bebedor pero le tenía cariño al viejo bribón, y no me gusto perderlo.
Era mi única familia. Ninguno de los parientes de mi madre sigue con vida y mi tío Sanderson era el último miembro vivo de la familia de mi padre.
—¿Quiere decir que está solo en el mundo? —preguntó Mack con el entrecejo fruncido—. ¿No tiene a nadie?
Nick se levanto metió las manos en los bolsillos y observó el tren eléctrico con expresión ausente.
—Tenia un perro, hasta que esa bomba explotó en mi coche. Él era mi familia.
—Siento muchísimo lo que ocurrió —dijo Mack—. En casa nos sentimos muy tristes cuando el cartero atropello a Blue. Era parte de la familia.
Nick asintió. Quiso preguntar a Mack qué sabía, porque estaba seguro de que había algo que preocupaba realmente al chico. Pero era demasiado pronto.
No se atrevió a correr el riesgo por el momento.
No se atrevió a correr el riesgo por el momento.
—Estoy lista —dijo Miley desde la puerta.
Nick la miró y sus ojos oscuros sonrieron al verla con su atuendo informal y el largo cabello suelto sobre los hombros. Se la veía joven, despreocupada, y muy hermosa.
—Al Señor Nick le gustan los trenes —comentó Mack.
—Es cierto —dijo Nick—. Tanto que es posible que compre uno en cuanto salga.
Mack y Miley rieron. Nick tomó la mano de Miley e hizo que la risa se desvaneciera para convertirse en ardiente excitación.
—Vamos a echar un vistazo a la granja —dijo Nick a Mack—. ¿Quieres venir?
—Me gustaría, pero debo cuidar del abuelo. Soy su médico cuando Miley no está, y me ocupo de darle las medicinas.
—Seguro que le alegra tenerte cerca —comentó Nick. Gracias por dejarme ver el tren, está impecable.
—Vuelva cuando quiera —dijo Mack, y añadió titubeante—: Si se compra usted uno, ¿me lo enseñará?
—Desde luego —contestó Nick con sencillez, y sonrió.
—¡Fantástico!
—No nos alejaremos mucho —dijo Miley— llámame si necesitas algo.
Miley guió a Nick al exterior, al granero que compartían las gallinas y las dos vacas. El heno del año anterior se amontonaba desde el henil hasta el suelo del desvencijado granero, pero las reservas iban menguando y Miley se preguntó preocupada cómo haría acopio de más sin la ayuda del abuelo.
—¿Te encargas tú de ordeñar las vacas? —preguntó Nick.
—Sí, pero Mack también me ayuda; lo hace bastante bien. Además, preparamos nata y mantequilla.
Él se detuvo, todavía con la delicada mano de Miley en la suya, grande y fuerte, y la miró.
—¿Por gusto?
Ella sonrió y negó con la cabeza.
—Por necesidad. Nuestro presupuesto es muy apretado, aunque contamos con la pensión del abuelo. Antes también me confeccionaba la ropa, pero ahora, tal como han subido los precios de las telas, resulta más barato comprarla hecha. Hago conservas en verano y las guardo en la despensa, compramos media ternera y la congelamos, horneo mi propio pan... Salimos adelante.
—Supongo que la ropa que los chicos necesitan para la escuela te supone horas extras.
—La de Mack, sí. Pero últimamente Clay se compra la suya —añadió con inesperada amargura—. Ropa de marca. No le gustaba la que yo le compraba.
—Ya tiene edad suficiente para comprarse la ropa —dijo él—. Además, significa un gasto menos para ti.
—Sí, pero...
La mirada de Nick se hizo más penetrante.
—Pero ¿qué?
Ella alzó la vista. Deseaba confiar en él, pero no podía revelarle sus sospechas. Antes que cualquier otra cosa, Clay era su hermano.
—Nada. —Esbozó una sonrisa forzada—. El granero se remonta a principios de siglo. El original se incendió en 1898, pero tenemos una fotografía de él, y también la sociedad histórica local guarda una en sus archivos. Éste es una vieja réplica del original, aunque, claro no es tan antiguo.
Nick dejó que cambiara de tema sin hacer comentario alguno, sonriendo mientras caminaba junto a ella. Se dijo que ya habría tiempo. Entretanto, disfrutaba de su compañía. La mayoría de domingos los pasaba solo, trabajando. Estar con Miley suponía un cambio refrescante.
Ella lo guió a través de los campos cubiertos de maleza seca hasta un bosquecillo de robles y nogales por el que discurría un riachuelo, cerca del cual se hallaba el tocón de un viejo roble, que Miley golpeó con el pie.
Ella lo guió a través de los campos cubiertos de maleza seca hasta un bosquecillo de robles y nogales por el que discurría un riachuelo, cerca del cual se hallaba el tocón de un viejo roble, que Miley golpeó con el pie.
—Éste es el tocón de los lamentos del abuelo —dijo miéntras tomaba asiento en él y tiraba de Nick para que se sentara junto a ella. Había espacio de sobra porque había sido un árbol enorme—. Lo taló porque quería un lugar cerca del río para sentarse y pescar, pero solía decirnos que era su tocón de los lamentos, donde se sentaba cuando la abuela lo volvía loco. —Añadió con una sonrisa—. Aunque siempre regresaba a casa cuando estaba hambriento.
—¿Cómo era tu abuela? —preguntó Nick.
—Yo me parezco bastante a ella. No era guapa, pero tenía sentido del humor y era una cocinera excepcional. Cuando se enfadaba con el abuelo, le gustaba tirarle cosas: cacerolas, sartenes... Una vez le lanzó una fuente de sopa y le dio de pleno, convirtiendo al abuelo en una porquería andante.
Nick echó hacia atrás la cabeza y soltó una carcajada.
—¿Qué hizo él?
—Se dio un baño —contestó Miley—. Después él y la abuela se encerraron en su habitación, y no se oyó nada durante mucho rato. —Suspiró—. Eran muy felices. Creo que el hecho de que la relación de mis padres fuera tan desgraciada les hería profundamente. Mi padre siempre se metía en líos y tenía problemas con la ley, o con algún acreedor, o con el marido de alguna mujer. Siempre defraudaba a mi madre. Creo que eso fue lo que la mató. La neumonía la dejó postrada en la cama hasta que murió. El doctor la atendió desde el primer momento y le administramos las medicinas necesarias, pero, en realidad, ella no deseaba vivir.
—Algunos hombres nunca deberían casarse —opinó Nick con aspereza. Encendió un purito Y exhaló una bocanada de humo—. Es una lástima que tu padre no se percatara de ello antes de dar el paso decisivo.
—El abuelo es de la misma opinión. —Sonrió sin alegría. A pesar de todo sigue siendo mi padre, no importa lo que haya hecho. — Sin embargo, siempre temía que apareciera por casa, pues sólo lo hacía cuando necesitaba dinero Y esperaba que nosotros se lo diéramos. A veces ayudarle significó quitarnos la comida de la boca, pero el abuelo nunca le negó nada —Miley bajó la mirada a los Pantalones vaqueros, ajena a la expresión hostil de Nick—. Supongo que yo actuaría igual que si se tratara de mis hijos, de modo que no puedo culpar al abuelo.
Él no dijo nada. Miró a Miley y trató de imaginar lo duro que había sido para ella salir adelante. Nunca se quejaba de la vida que le había tocado vivir e incluso era capaz de defender a un hombre como su padre. Increíble. Él no perdonaba, y mucho menos comprendía con tanta facilidad. Habría disfrutado encerrando a ese hombre de por vida.
—Tú sí lo culpas, ¿verdad? —preguntó Miley de repente al alzar la vista y percibir la dureza de su rostro y su mirada sombría. Eres demasiado leal a tus principios, señor fiscal.
—Sí, es cierto —convino él sin discutir—. Me han tildado de inflexible muchas veces. Pero, Miley, alguien tiene que presentar batalla a los que quebrantan la ley, y no rendirse. De otro modo, los criminales dominarían al resto de los hombres. Los políticos liberales de corazón blando pretenden hacernos creer que el mundo funcionaría mejor si legalizáramos cosas como las drogas.
Pero con ello conseguiríamos que las calles convirtieran en una jungla, un mundo salvaje. ¿Y quien ostenta mayor poder en una jungla?
—El depredador, el más fuerte y sediento de sangre respondió ella sin pensar, y se estremeció ante las imágenes que poblaron su mente. Me cuesta imaginar a la clase de persona que mata sin escrúpulos, pero supongo que tú has visto a muchas.
Nick asintió.
—Padres que han violado a sus hijas, mujeres que han estrangulado a sus propios niños, conocí a un hombre que disparó y mató a otro porque había ocupado su plaza de aparcamiento. —Sonrió ante la expresión de horror de Miley—. ¿Impresionada? Así se siente la mayoría de la gente decente cuando se entera de crímenes como esos. De hecho, algunas de esas personas forman parte de los jurados y emiten veredictos de inocencia en casos similares, porque no pueden creer que un ser humano sea capaz de hacer algo así a otro.
—Lo comprendo. —Sintió un ligero mareo—. Debe de resultar duro para ti cuando procesas a uno de esos criminales y lo sueltan.
—No puedes hacerte una idea. —Sus ojos ardieron al recordar la cantidad de ocasiones en que algo así había sucedido—. El rey Enrique VIII de Inglaterra contaba con lo que llamaba la Cámara Estrellada, un grupo de hombres que representaban la ley por encima de la ley. Tenían el poder de dictaminar la vida o la muerte de los criminales que eran puestos en libertad aunque fueran culpables. No lo apruebo, pero comprendo la naturaleza de esa institución. Es increíble la corrupción que existe en los organismos estatales.
—No puedes hacerte una idea. —Sus ojos ardieron al recordar la cantidad de ocasiones en que algo así había sucedido—. El rey Enrique VIII de Inglaterra contaba con lo que llamaba la Cámara Estrellada, un grupo de hombres que representaban la ley por encima de la ley. Tenían el poder de dictaminar la vida o la muerte de los criminales que eran puestos en libertad aunque fueran culpables. No lo apruebo, pero comprendo la naturaleza de esa institución. Es increíble la corrupción que existe en los organismos estatales.
—¿Por qué no hace alguien algo? —preguntó Miley con inocencia.
—Es una buena pregunta. Algunos lo intentamos. Pero resulta escabroso cuando el poder y el dinero están en las manos de la gente a la que pretendemos condenar.
—Creo que empiezo a entenderlo.
—Bien, en ese caso, hablemos de algo más agradable —propuso, y dio una calada al cigarro—. ¿Dónde quieres comer mañana?
—¿Comer? ¿Otra vez? —preguntó ella débilmente.
Él rió.
—¿Ya te has cansado de mí?
—No, claro que no. —exclamó Miley con tal fervor que Nick se sintió culpable por hostigarla. Bajó la mirada hacia sus dulces ojos y sintió que se sumergía en ellos. Ojos que le hacían evocar un lecho. Ígneos ojos zafiros capaces de hacer que un hombre ardiera para siempre. Ya no sentía deseos de escapar de ellos.
Se levantó con lentitud y aplastó el purito con un pie. El bosque estaba tan silencioso que sólo se oía el rumor del riachuelo acallando los latidos del corazón de Miley cuando la atrajo hacia sí. Ella no opuso resistencia. Apoyó las manos sobre su pecho, y sintió la calidez de sus músculos bajo el tejido del jersey. Sintió latir su corazón, casi tan fuerte y rápidamente como el suyo. Alzó la mirada, intimidada por la insondable oscuridad de sus ojos, por la dureza de su rostro anguloso.
Nick la cogió por la cintura y la apretó contra él. Sostuvo su mirada hasta que ella se sintió como si tocara un cable de alta tensión.
—No, mírame —exigió Nick con aspereza cuando ella trató de apartar los ojos.
—No puedo —susurró temblorosa.
—Sí, sí que puedes. —Su respiración se volvió audible—. Casi puedo ver tu alma.
—Nick... —musitó Miley.
—Muérdeme —susurró él, y apoyó los labios sobre los de ella.
La había besado antes, pero esa pasión era nueva. Hizo que Miley sintiera deseos de morder y arañar. Excitó algo en su interior que no había sido capaz de alcanzar antes.
Le obedeció y mordisqueó su labio inferior, lo asió entre los dientes. Sus uñas le recorrieron la camisa y él se estremeció.
—Levántala exigió con aspereza—. Tócame.
La besó con una fiereza que la habría asustado sólo una semana antes. Pero ahora también ella sentía un ardiente deseo, ansiaba conocerlo de todas las formas posibles, recorrer el camino hasta el final. Tiró de la camisa hasta que consiguió sacarla de los pantalones y deslizó las manos por su torso hasta la masa de vello rizado que cubría su pecho cálido y firme. La intimidad del contacto la enardeció, mientras su mente trataba de imponerle cordura y su cuerpo la rechazaba. Se apretó aún más contra él, sin necesidad de que las manos de Nick la indujeran a hacerlo, y sintió las piernas de él contra las suyas, la súbita dureza de su miembro contra su vientre, la urgencia de sus labios que invadía su boca.
—Miles —susurró él, presa de la angustia. Deslizó las manos hasta sus nalgas y la alzó, para que el contacto del cuerpo de Miley con su evidente virilidad fuera total.
Ella emitió un suspiro ahogado que no era de protesta. No podía serlo. Parecían unidos por un impulso eléctrico que la empujaba a un sensual abandono y la hacía temblar entre sus brazos.
Nick dejó súbitamente que Miley se deslizara hasta el suelo y se volvió para apoyar las manos en el tronco de un enorme roble. Inspiró profundamente y el deseo frustrado le hizo temblar. Le estaba resultando cada vez más difícil frenar sus deseos. No recordaba haber tenido que hacerlo antes, excepto con su prometida. Pero Miley no era como ella. Miley le daría todo lo que pidiera; allí mismo, en ese preciso momento, de pie, si así lo deseaba. Era suya si quería poseerla. Pero no era de esa clase de mujer y no quería forzarla a hacer algo que la atormentaría después. Era capaz de serenarse; sólo tenía que recitar mentalmente artículos del código penal hasta que el sufrimiento cesara.
Nick dejó súbitamente que Miley se deslizara hasta el suelo y se volvió para apoyar las manos en el tronco de un enorme roble. Inspiró profundamente y el deseo frustrado le hizo temblar. Le estaba resultando cada vez más difícil frenar sus deseos. No recordaba haber tenido que hacerlo antes, excepto con su prometida. Pero Miley no era como ella. Miley le daría todo lo que pidiera; allí mismo, en ese preciso momento, de pie, si así lo deseaba. Era suya si quería poseerla. Pero no era de esa clase de mujer y no quería forzarla a hacer algo que la atormentaría después. Era capaz de serenarse; sólo tenía que recitar mentalmente artículos del código penal hasta que el sufrimiento cesara.
Miley se sentó pesadamente sobre el tocón estrechándose a sí misma con los brazos y mirando el suelo cubierto de hojas. Sabía que se encaminaban al desastre. A él le dolía reprimir su deseo, aunque la respetara lo suficiente para no exigirle que lo satisfaciera. Se sintió culpable. No era justa con él si dejaba que continuara esa relación sin salida. La amistad no sería suficiente. Le había dicho que hacía tiempo que no estaba con una mujer, y el solo hecho avivaría su pasión hasta que no pudiera soportarlo más.
—No deberías volver a verme, Nick —dijo ella sin convicción y sin mirarle a los ojos—. Esto no va a funcionar.
Él se apartó del árbol y se volvió para mirarla. Estaba pálido, pero había recuperado el control de sí mismo.
—¿Ah, no? Me parece que acabo de probarte todo lo contrario.
—No es justo pedir a un hombre que se torture sólo por compañerismo. —Mantuvo la mirada fija en el suelo—. Ya tengo demasiados problemas, más de los que soy capaz de asumir... El abuelo, Clay, y Mack. A pesar de mis principios, no creo que fuera lo bastante fuerte para rechazarte. Pero...
Nick se sentó junto a ella y con una mano volvió dulcemente su rostro para que lo mirara.
—No te estoy pidiendo nada, Miley —dijo con suavidad—. Saldremos adelante. —Torció la boca en una sonrisa—. Nunca he disfrutado tanto de algo como de tu compañía. —Añadió con tristeza—: Excepto, quizá, de tus aptitudes culinarias. Puedo dominarme. Cuando no sea así, te lo diré.
Miley, poco convencida, frunció el entrecejo.
—Te está resultando doloroso. ¿Crees que no lo sé? Nick, soy antediluviana. Ni siquiera estoy preparada para el mundo real, Y he vivido como una reclusa durante todos estos años. Te mereces a alguien mucho mejor que yo.
—Enmarcó el rostro de Miley entre sus manos y la besó con dulzura, su aliento a tabaco se mezcló con el de ella—. Pues yo tengo bastante contigo gracias. De todas formas, será mejor que desde ahora no pasemos mucho tiempo solos.
Miley buscó su mirada y preguntó de todo corazón:
—Nick, ¿estás seguro?
Él asintió y su rostro adquirió una expresión solemne.
—Sí, estoy seguro —afirmó con fervor—. Ahora ¿quieres dejar de suspirar por mí y considerar la posibilidad de una segunda ración de ese fabuloso pastel que has hecho de postre? ¡Me muero de hambre!
Ella rió y toda la tensión desapareció de su cuerpo.
—De acuerdo.
Le tomó la mano y anduvieron de vuelta a la casa, y durante el resto de la tarde ninguno de los dos mencionó lo que había pasado en el bosque. Sin embargo, Miley soñó despierta con ello, En sus sueños no se detenían. Nick la tendía sobre el lecho de hojas y le quitaba la ropa. Ella yacía allí, sin aliento y presa de deseo, y observaba cómo él se desnudaba. Pero esa parte resultó un poco confusa, porque Miley nunca había visto a un hombre desnudo. Lo que sucedía después también lo era. Una vez había visto una película ligeramente atrevida con Maggie, pero sólo vio dos cuerpos bajo una sábana emitiendo suspiros y arrullos con las manos unidas, tenía el presentimiento de que hacer el amor era mucho más que eso. En algún momento, en medio del sueño, se quedó dormida.
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