lunes, 26 de marzo de 2012

Capitulo 3.-

— ¡PARECES una princesa!
Miley sonrió e hizo una reverencia antes de entrar al dormitorio de su madre.
— ¿No te parece demasiado? La de la tienda de disfraces dijo que estaba muy bien.
—No, querida, no es demasiado, es perfecto. Vas a ser las más bella del baile.
—No sé —dijo pasándose la mano por la larga peluca negra.
—Ah, tengo un perfume que nunca me pongo que le irá muy bien a ese traje —recordó su madre señalando hacia la cómoda.
Miley aceptó la sugerencia y se echó unas gotas en el cuello y en las muñecas. Era un aroma exótico, muy diferente al perfume de albaricoque que solía utilizar ella. Bueno, parecía que aquélla sería una noche de cambios.
Ahuecó los almohadones sobre los que descansaba la espalda su madre para asegurarse de que estaba cómoda antes de llevarle un té. Después se sentó junto a ella y le fue dando las pastillas que tenía que tomarse.
—Todavía no sé por qué voy a ese baile. Si tú quieres, me quedo en casa encantada.
—De eso nada —respondió su madre agarrando una de las cápsulas de colores—. Tienes que salir ahora que tienes oportunidad.
—Me parece que no me interesa mucho salir —admitió Miley encogiéndose de hombros.
—Pues debería. No es natural que una mujer joven como tú se aísle del mundo cuando debería estar pasándolo bien y conociendo gente.
—Conozco mucha gente en la oficina.
Su madre se metió en la boca las dos últimas pastillas antes de decirle:
—No seguirás pensando en ese Bryce, ¿verdad?
Miley no contestó inmediatamente. Claro que le había dolido que la abandonara por otra mujer justo antes de la boda... otra mujer con la que se había estado viendo desde hacía más de un año y a la que había dejado embarazada. Se había sentido estúpida y tremendamente herida. Sobre todo había sentido como si le hubiera arrebatado el hijo que tanto deseaba tener, un hijo que le había dado a esa otra mujer. Y durante un tiempo deseó que Bryce volviera con ella. Pero sólo durante un tiempo.
—No —respondió por fin con un suspiro, pero con la seguridad de estar diciendo la verdad.
Bryce la había abandonado una semana antes de la boda y había supuesto una enorme decepción que había hecho mella en su confianza en sí misma, pero sabía que el fracaso de la relación no había sido sólo culpa de Bryce.
Ella había seguido sus planes de boda, en realidad había seguido todos sus planes porque le había convenido. Y aunque había creído estar enamorada de él, ahora se daba cuenta de que se había convencido a sí misma de que era así porque eso era lo que deseaba; deseaba casarse y tener una familia con él.
Pero en realidad iba a casarse con él por motivos equivocados.
—Casarme con Bryce habría sido un gran error, ahora lo sé —aseguró estrechando la mano de su madre—. Nos hizo un favor a los dos abandonándome cuando lo hizo.
Su madre asintió con ternura.
—Él no era el hombre adecuado para ti, pero tu hombre existe, está por ahí. Acuérdate de Monty; salió con decenas de chicas hasta que encontró a la definitiva. Annelise era un encanto y eran muy felices juntos.
Ambas volvieron la mirada a la foto enmarcada que ocupaba un lugar de honor en la mesilla de noche. La sonriente pareja resplandecía de felicidad mostrando orgullosos a su hijo recién nacido a la cámara. Pero la felicidad no había durado mucho. Al día siguiente, cuando iban a presentarle el bebé a la abuela, sus vidas quedaron segadas por un trágico accidente de avión.
Miley respiró hondo y miró a su madre que seguía con la vista fija en la fotografía, pensando y recordando a su hijo mientras dos lágrimas le recorrían las mejillas.
—Querida, me encantaría verte feliz y con pareja antes de... —dejó la frase a medias, pero no era necesario que terminara de decir aquellas palabras, Miley sabía perfectamente lo que había querido decir; las palabras no pronunciadas quedaron en el aire con el peso de lo inevitable.
«Antes de morir».
Algo le oprimió el pecho.
Le quedaban menos de doce meses de vida. Su madre merecía un poco de felicidad, algo que desear y a lo que mirar con esperanza y que la hiciera distraerse un poco del triste pronóstico que le habían dado los médicos. Algo que la ayudara... no a olvidar, jamás podría olvidar, pero al menos que mitigara el dolor de aquellas muertes prematuras.
Pero se estaba rindiendo a la enfermedad, parecía haber aceptado su sino como si estuviera deseando reunirse con su difunto marido y sobre todo con Monty, con su esposa y con el nieto al que conocía sólo por aquella única fotografía.
Los médicos habían sido muy comprensivos cuando los medicamentos parecían no servir de nada para detener la enfermedad.
—Ella tiene que desear vivir —habían dicho una y mil veces—. A veces se necesita una razón para vivir, algo que te dé esperanzas para sobrevivir.
Miley le había fallado. Le había prometido darle un nieto, pero su proyecto de matrimonio se había arruinado y ni siquiera era apta para la fecundación in vitro. Así que parecía que se había quedado sin opciones; cabía la posibilidad de que encontrara novio en ese tiempo, pero desde luego era impensable que pudiera enamorarse y formar una familia tan rápido... por tanto sería imposible alegrar los últimos meses de vida de su madre con la promesa de un bebé.
Además, ¿qué posibilidad real tenía de encontrar novio? Últimamente, cada vez que pensaba en hombres o en salir con alguno, sólo uno aparecía en su mente. Todos los demás hombres que conocía palidecían a su lado. El era más guapo, más inteligente, tenía mejor cuerpo y un carisma que la atraía como un imán.
Miley meneó la cabeza con rabia. Debía de estar obsesionada con el trabajo porque no podía quitarse la imagen de Nick Jonas de la cabeza. De acuerdo, tenía buenos genes, pero si seguía comparando con él a todos los hombres que conocía, no encontraría a nadie que estuviese a su altura. Lo curioso era que ni siquiera podía decir que le gustase... era demasiado arrogante y autoritario, aunque seguro que también tenía montones de cualidades.
¿De qué iría vestido esa noche? Un disfraz de pirata no le iría nada mal con su aspecto, un bucanero intrépido y peligroso… con una camisa de tela fina arremangada y desabotonada; el blanco inmaculado contrastaría con su pelo oscuro y su piel aceitunada y los pantalones estrechos...
Su madre sacó un pañuelo de papel de la caja y la arrancó de sus pensamientos. Estaba claro que la idea de asistir al baile de la empresa la tenía nerviosa. Ahora le daba por imaginar cosas disparatadas.
—Lo siento, querida, me estoy poniendo llorona —dijo su madre secándose las lágrimas—. No me hagas caso, es que estoy cansada.
—Entonces te vendrá bien dormir un poco —sugirió Miley apretándole la mano al tiempo que se inclinaba para darle un beso en la mejilla—. No vendré tarde.
 
 
 
No debería haber ido.
Echó un vistazo al salón a través de la máscara y se encontró con toda aquella variedad de personajes ataviados con trajes extraños y bailando al ritmo de la música... Fue entonces cuando se dio cuenta de que debería haberse quedado en casa.
¿Qué estaba haciendo allí?
Se quedó allí, en el vestíbulo, decidiendo si entraba o no a la fiesta. Había estado bien arreglarse un poco, ponerse ropa bonita en lugar de uno de los recatados trajes que utilizaba para ir al trabajo. Dios sabía cuánto tiempo hacía que no prestaba algo de atención a su imagen. Pero, ¿qué esperaba conseguir con ello? ¿A quién creía que iba a impresionar? ¿A Nick? Craso error. Él ni siquiera sabía que existía como mujer aparte de como empleada, y si lo sabía, seguro que no le importaba lo más mínimo. Se lo había dejado muy claro al hacerla sentirse tan irrelevante durante la presentación... Era una locura que podría causarle impresión esa noche.
Como si a él le importara.
No, no iba a entrar. No tenía ningún sentido. Al margen del deseo de vengarse del hombre que la había hecho sentirse tan insignificante como un mosquito, esas cosas no se le daban nada bien. Socializar con desconocidos no era su fuerte precisamente. Bien era cierto que había conocido gente muy agradable en los pocos meses que llevaba trabajando en Delucatek, pero nadie al que se atreviera a considerar su amigo. Aunque también debía admitir que eso no era culpa de nadie sino suya; ella había sido la que había rechazado todas las invitaciones para tomar algo los viernes después del trabajo, porque siempre estaba impaciente por llegar a casa y ver a su madre.
Y, por supuesto, después del desengaño de Bryce, le costaba mucho confiar en la gente. El hecho de que hubiese tomado la decisión adecuada al anular la boda no quería decir que ella hubiera olvidado el dolor que había sentido al tener que cancelar la fiesta y la ceremonia en la iglesia, o al tener que explicar lo sucedido a los invitados.
La puerta de la calle se abrió a sus espaldas para recibir a varios invitados y, al hacerlo, entró el aire de aquella noche veraniega y le provocó un escalofrío. Se pasó las manos por los brazos que el ajustado vestido dejaba al descubierto.
¡Debía de haberse vuelto loca!
En cuanto esa gente entrara en el salón del baile, se marcharía a casa sin llamar la atención.
— ¡Hola! ¿A quién tenemos aquí? No me lo digas... Cleopatra, ¿verdad?
Levantó la mirada hacia la brusca voz que provenía de una monja con bigote y con un puro en la boca que no le quitaba la vista de encima. Lo peor era que aquella monja guardaba un enorme parecido con Sam Morgan.
 — ¡Estás estupenda! ¿No eres Silvia, de Contabilidad? —le preguntó agarrándole el brazo con aquellas manos rollizas.
Miley lo miró, completamente incapaz de hablar; lo acompañaban un koala gris, el conejo de la suerte y un hombre de hojalata.
—Silvia, ¿eres tú la que se esconde bajo ese disfraz tan sexy?
Se limitó a negar con la cabeza para no desvelar su identidad. Si se iba a ir a casa, lo último que deseaba era que el lunes Sam la interrogara sobre su temprana marcha. Prefería que todo el mundo pensara que ni siquiera había asistido.
—Mmm... Marie, de la oficina de Sydney —se decidió a responder por fin.
— ¡Bienvenida, Marie! —dijo la monja—. Por eso eres tan tímida. ¿Por qué no entras con nosotros? Nosotros cuidaremos de ti, ¿verdad hombre de hojalata?
Antes de que pudiera protestar y zafarse de la mano de Sam, el conejo de la suerte la condujo al interior del salón.
—No hagas caso al hombre de hojalata y al koala, son recién casados —le dijo agarrándola del brazo en un gesto de camaradería—. Se supone que no podemos quitamos las máscaras hasta las doce, pero te diré que me llamo Julia. Si te pierdes o necesitas ayuda, busca a Sor Sam –dijo señalando a la monja—, o a mí. Y ahora unámonos a la fiesta.
Y en un abrir y cerrar de ojos se encontró en mitad de la multitud y tuvo que cambiar de plan. Se escabulliría tan pronto como pudiese, mientras todos estaban distraídos bailando; darían por hecho que se había puesto a hablar con otro grupo de invitados y no volverían a preguntarse por ella. Mientras planeaba la huida pensó en la mala suerte que había tenido al toparse con Sam precisamente. Al menos no la había reconocido.
Entonces vio a alguien disfrazado con un enorme reloj al cuello, acababan de dar las nueve. Esperaría unos minutos y se marcharía a casa.
 
 
 ¡Era una diosa!
Estaba caminando entre la gente, disfrutando del anonimato que le proporcionaba el disfraz, cuando la vio. Resplandecía incluso entre el maremágnum de colores de los trajes. ¿Cómo no iba a resplandecer, si era una reina egipcia?
No era muy alta, pero debía de tener unas piernas sensacionales que se adivinaban debajo de la tela ajustada y ligera. El vestido realzaba sus curvas, tanto las de las caderas como las de los pechos; tenía un escote sin mangas pero con un complicado diseño que le hizo preguntarse cuánto tiempo tardaría en desabrochar. Tenía los labios rojos, de un rojo intenso y seductor que contrastaban con el negro azabache de la melena que caía sobre los hombros desnudos. Llevaba varios brazaletes en los brazos y unas sandalias doradas en los pies.
El disfraz era inconfundible, era Cleopatra, la Reina del Nilo. No era de extrañar que los emperadores hubieran caído rendidos a sus pies. Observó hasta el más mínimo detalle hasta confirmar lo que había sabido nada más verla.
La deseaba.
¿Quién era? Con la máscara que le tapaba los ojos, no había manera de adivinar su identidad. ¿Trabajaba para él o sería la acompañante de alguien? Miró detenidamente al grupo de personas con las que estaba, pero nadie parecía tenerla agarrada, ni comportarse como un novio o marido. Tenía que estar sola. Nadie en su sano juicio la dejaría marchar sola con tal atuendo. Si estuviera con él, jamás la perdería de vista.
¿A quién quería engañar? Si estuviese con él, no la dejaría salir de la cama.
Tenía que conocerla.
 
Dos minutos más. Sólo dos minutos y se marcharía poniendo como excusa un terrible dolor de cabeza, aunque estaba segura de que nadie se daría cuenta de que se había ido.
Dejó sobre la bandeja de un camarero que pasaba la copa de champagne que apenas había tocado y se sumergió entre la multitud, camino de la puerta. Pero la mano que la agarró de pronto le dio a entender que su plan no era tan bueno como había creído.
— ¿No irás a marcharte?
Se quedó paralizada al notar un intenso estremecimiento. ¡Era él!
Habría reconocido la autoritaria voz de Nick Jonas en cualquier sitio. Aunque esa vez había algo más en sus palabras... ¿interés? ¿deseo? Se dio media vuelta y se quedó petrificada. Afortunadamente, la máscara impedía que él viera la expresión de sus ojos... lo miró de arriba abajo con verdadero deleite. Estaba increíble con aquella túnica que le llegaba por encima de las rodillas y la pechera de metal que le dejaba los brazos al aire. ¿Un gladiador romano o un emperador dirigiendo sus tropas hacia la guerra? Desde luego el disfraz le iba a la perfección, con el color de su piel y los marcados rasgos de su rostro sólo parcialmente cubierto por un antifaz.
Si al verlo con traje le había parecido que desprendía masculinidad y atractivo, así era pura testosterona.
Respiró hondo y miró hacia la puerta, pero seguía teniendo su mano en el brazo.
—Quédate, Cleopatra —le susurró de un modo casi reverencial—. Llevo más de dos mil años esperando volver a encontrarte.
Ahí estaba otra vez aquel estremecimiento, era como si sus palabras propagaran el calor por su cuerpo, un calor que despertaba cada centímetro de su piel.
— ¿No me reconoces? Soy Marco Antonio.
Aquella pregunta y el modo en que inclinó la cabeza al hacerla, impulsaron a Miley a permitirse una sonrisa. Era Nick, de verdad era él... y se había fijado en ella entre tanta gente. Y no sólo se había fijado en ella, sino que, si mucho no se equivocaba, estaba flirteando con ella.
También ella inclinó la cabeza porque no podía hablar; su cerebro tenía demasiada información que procesar como para además intentar mantener una conversación. Además, ¿por qué romper la magia? Él pensaba que acababa de encontrar a Cleopatra, ¿por qué decirle que no era más que Miley, de Marketing? Si lo hacía, no tardaría más de un minuto en irse. Así que esa noche, sería Cleopatra.
—Ven —le dijo él agarrándola de la mano y acercándola a su cuerpo, a la fuente que provocaba tanto calor—. Baila conmigo.
No tuvo que pararse a pensar si debía o no hacerlo, porque sus pies comenzaron a moverse por decisión propia, haciéndola olvidar automáticamente sus planes de huida. La llevó hasta la pista de baile y la estrechó contra él.
—Eres preciosa.
Aquellas palabras susurrantes le llegaron al corazón. Preciosa. Hacía tanto tiempo que nadie le decía algo así. Tenía que recordarse respirar y, cuando lo hacía, lo único que percibía era aquel aroma masculino que le embriagaba los sentidos, y no sólo el olfato porque tenía la sensación de poder percibir el sabor de su piel.
Comenzaron a moverse al ritmo de la música, sus cuerpos se balanceaban al unísono como si lo hubieran ensayado millones de veces.
Era como estar en el cielo. Algo así debía de ser el paraíso. Cerró los ojos y disfrutó de la bendición que era sentir sus brazos rodeándola con fuerza y ternura al mismo tiempo.
Pero de pronto se detuvo haciéndola abrir los ojos. Seguía sonando la música, pero él estaba hablando con alguien; parecía una geisha, pero la voz era indudablemente la de Enid. Miley oyó algo de una crisis en Londres, Nick respondió algo y la geisha desapareció.
—Tengo que atender una llamada —le dijo con evidente tensión; sin embargo no la soltaba, parecía estar debatiéndose entre la llamada y la mujer—. Volveré en diez minutos… quizá veinte.

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