martes, 13 de marzo de 2012

Capitulo 21.- ¡FIN!

Davis nunca supo con exactitud cómo lo habían conseguido Nick y su séquito de policías fuera de servicio. Pero a altas horas de la noche del jueves siguiente fue llamado a comparecer en el despacho de Nick. Allí sentados se hallaban los hermanos Harris, su padre, el fiscal de distrito que llevaba el caso de Clay, el señor James Garraway, dos policías de uniforme y Nick.
—Me parece que no conoces a Jim, ¿verdad, Davis? —Nick le presentó al fiscal, mucho mayor que él.
—Su reputación le precede, señor Davis. —Garraway esbozó una amplia sonrisa—. Encantado de conocerlo. Éstos son los hermanos Harris y su padre —añadió indicándolos con la cabeza—. Acaban de confesar que involucraron a su cliente en un falso asalto con agravantes, así como en violaciones infundadas de la Ley para el Control de las Sustancias Nocivas de Georgia.
—En otras palabras —intervino Nick exhalando una bocanada de humo—. Clay se libra de los cuatro cargos. En cuanto acabemos con el papeleo, puede marcharse a casa.
—Tenemos la confesión en una cinta de vídeo —prosiguió Garraway—. Tendré la demanda de supresión de los cargos a primera hora de la mañana sobre la mesa del juez Kilmer.
—Por suerte, no te has quedado sin trabajo —comentó Nick con un sonrisa—. Aún tienes que procesar a estos tres individuos —dijo mirando fijamente a los Harris con rabia contenida—. Estaré encantado de actuar como testigo de la acusación.
—No podrá retenernos —replicó con aspereza el padre Harris—. Nos soltarán por la mañana.
—Bajo fianza —contestó Nick.— Pero habéis cometido varios estúpidos errores y tendréis que pagar por ellos. Una vez volváis a estar en la calle, deberéis enfrentaros a vuestra suerte. —Se inclinó—. Será mejor que recordéis lo que ya hemos discutido —añadió percatándose de la súbita palidez de sus rostros—. Habéis puesto a vuestros colegas en un aprieto y ya sabéis que no os perdonarán con facilidad. Al soltaros, les daremos la jugosa oportunidad de desquitarse.
—Podemos rechazar la fianza —intervino Son con desánimo—. ¡Maldita sea Nick! ¡No tenía derecho a meternos en este lío!
—Vosotros no teníais derecho a matar a mi perro —replicó Nick con voz gélida—. Os arrepentiréis de ello durante años.
—Nos prometió un trato— se quejó Son volviéndose hacia Garraway.
—Y lo tendréis —prometió el anciano—. A cambio de vuestro testimonio. Si decidís delatar a los que os suministran, creo que podremos conseguir que los federales os ofrezcan una custodia de protección. Vuestra red es una de las mayores del estado y estamos dispuestos a acabar con ella.
—¿Custodia de protección? —preguntó el señor Harris aguzando la mirada.
—Ya sabes, una nueva identidad, un comienzo desde cero para los tres —explicó Nick. Pensad en ello. Quizá no tengáis otra oportunidad.
Tras decir esto, salió al pasillo con Davis dejando a los demás en el despacho.
—No hagas, preguntas —dijo al abogado cuando éste abrió la boca—. Es suficiente que haya funcionado. Llámalo riesgo calculado. Además, creo que Turk ya puede irse a casa.
—¿Vas a dejar a Miley sin protección? —preguntó Davis horrorizado.
—No exactamente —murmuró con aspereza—. En realidad vamos a casarnos mañana por la tarde. Después del banquete de la noche, volaremos a Nassau para pasar dos días de luna de miel. He contratado a una enfermera—asistenta para que cuide del abuelo y de Mack, y supongo que también de Clay.
—Bueno, bueno... Miley y un bebé. —Negó con la cabeza—. Tienes más suerte de la que mereces, Nick. —Y añadió fijando en él una mirada intensa: ¿Vas a presentarte a las elecciones?
—Espera a mañana por la noche y lo sabrás. —Nick se alejó sonriendo.
El banquete en honor al juez Kilmer ya estaba muy avanzado cuando Nick, sentado junto a una Miley radiante con su vestido negro, una talla mayor que el anterior, y una flamante alianza de boda, fue invitado a subir al estrado.
Estaba muy elegante. Llevaba traje oscuro y corbata negra, y el blanco inmaculado de su camisa resaltaba aún más el color moreno de su piel.
—Supongo que todos esperan que haga un anuncio —comentó tras hacer algunos comentarios halagadores sobre el juez Kilmer y varios chistes sobre sus fracasos en los tribunales—. Bueno, pues sí, pero no es la clase de anuncio que algunos de ustedes esperan. He disfrutado de mi trabajo y espero haberlo hecho bien, pero he aprendido algunas lecciones muy duras durante los últimos meses sobre los apuros de la gente que se ve involucrada en el sistema judicial y tiene que arreglárselas sin apoyo económico.
—La ley —continuó metiéndose las manos en los bolsillos sólo es justa si ofrece iguales posibilidades de defensa a los ricos y a los pobres. Una ley que favorezca a los ricos, o que restrinja los derechos de los pobres, no puede considerarse ley. He estado en el equipo de los ganadores durante siete años. Ahora quiero ver la sala del tribunal desde el otro lado. Voy a colgar mi traje de fiscal para dedicarme a la práctica privada y espero especializarme en la defensa de menores.
Se oyeron murmullos y varias protestas, aunque ninguna de ellas procedía del radiante J. Lincoln Davis, que ocupaba una de las mesas del frente.
Nick rió.
—Me siento halagado por las diferencias de opinión. Pero déjenme añadir que ahora tengo una esposa y un bebé en camino —continuó sonriendo en dirección a Miley—. Así pues, mis prioridades han cambiado y tengo mis razones para desear pasar en casa las noches en lugar de en la oficina.
Hubo risas y aplausos. Nick guiñó un ojo a Miley, muy elegante con el vestido negro y el largo y cobrizo cabello suelto sobre los hombros y ella se ruborizó.
—No diré que haya sido una decisión fácil. He disfrutado con mi trabajo en la oficina del fiscal. Mi personal es estupendo y he trabajado con gente competente. Pero —añadió mirando a Miley sin sonreír— mi esposa es ahora mi mundo. No hay otro ser humano sobre la tierra al que ame tan intensamente. De ahora en adelante voy a ser un hombre hogareño. —Apartó la mirada de los ojos embelesados de Miley y la dirigió a la audiencia—. Así pues, supongo que no les importará que ofrezca mi apoyo a J. Lincon Davis, sentado en primera fila tratando de que no se note que se le han puesto los dientes largos.
Todos rieron, incluso Davis. Se hallaba sentado junto a una deliciosamente bonita Maggie, que lo miraba como a un dios —También quiero agradecer públicamente a J. Lincon Davis la ejemplar defensa que ha llevado a cabo en el caso de mi cuñado. Me atrevo a afirmar que no precisará hacerlo de nuevo.
Davis alzó el pulgar y asintió. Nick continuó hablando algunos minutos más, pero Miley no oyó lo que decía. Estaba tratando de asimilar maravillada el hecho de que él hubiera admitido públicamente que la amaba, algo que nunca había hecho en privado. Tuvo que luchar para contener las lágrimas. Ya no había más barreras. Incluso la que él creía que quedaba, se había desmoronado la noche anterior, pues Mack le había confesado llorando que él había proporcionado a Nick la información que había llevado al arresto de Clay. Tendría que decir a Nick que lo sabía, pero no de inmediato. Había otras cosas de qué hablar.
Clay regresó a su casa ésa tarde temprano, sumiso y feliz, acompañado de Francine, y Miley pensó que aprendería a quererla. Clay hablaba de buscar trabajo y ayudar en la granja, y lo decía en serio.
Miley apenas podía creer que fuera tan feliz, después de haber sufrido tanto. Acarició la suave curva de su vientre y miró a Nick. El amor la hacia parecer aún más bella. Nick la miró y sonrió, y ella tuvo que aferrarse a la mesa para no elevarse flotando hasta las luces del techo. "La vida —se dijo— está llena de sorpresas. Todo lo que hay que hacer es capear las tempestades. Al otro lado, siempre espera el sol."
Miley siempre pensaba en secreto que la parte más aburrida del sistema legal la constituían las instrucciones que el juez impartía al jurado. Eran incomprensibles, se hacían eternas y con un bebé impaciente en el regazo llegaban a ser irritantes.

Echó una ojeada a Todd, sentado junto a ella, que ya tenía ocho años y se portaba muy bien. Observaba admirado a su padre, pues era la primera vez que lo dejaban asistir a un juicio sumario. En realidad, se dijo Miley, por primera vez lo consideraban suficientemente maduro como para permanecer sentado todo el proceso. Era un chico brillante, pero había heredado la impulsiva e impaciente naturaleza que Nick y Miley compartían. La pequeña Teresa, que se retorcía en el regazo de su madre, también parecía tener el mismo carácter.
Al otro lado de Todd, estaban Clay y Francine. Todavía no tenían niños. Sólo llevaban casados dos años. Clay estaba pendiente de un ascenso en la cadena de supermercados donde trabajaba como ayudante del director de compras y Francine casi había terminado sus cursos en un instituto de belleza.
Mack, sentado junto a Clay, era media cabeza más alto que su hermano. Estudiaba el primer año de derecho en la Universidad de Georgia, siguiendo los pasos de su adorado cuñado. Miley no cabía en sí de orgullo. Él y Nick estaban muy unidos, lo que hacía que en casa las cosas fueran mucho más fáciles.
El abuelo vivía en una residencia. Unos días estaba lúcido y otros apenas los conocía. Todos acudían a verlo con regularidad y eso hacía llevadero el dolor de la separación. Se hallaba demasiado débil para tenerlo en casa sin una enfermera que lo atendiera. De hecho, había sido suya la idea de ir a una residencia. Dos de sus camaradas de guerra estaban allí, y hasta el año anterior había disfrutado de su estancia. Ahora sólo era cuestión de tiempo. La vieja semilla se hundiría en la tierra para que pudieran brotar las nuevas y el invierno se llevaría los vestigios de los viejos para hacer sitio a la nueva generación. Se trataba, en otras palabras, del ciclo de la vida en toda su fiera belleza. Al final, todo volvía a la tierra de donde había brotado. Era ley de vida.
Nick se lo había explicado a Todd una noche.
—Brotamos de una semilla —dijo sonriente a su hijo—. Crecemos, florecemos y damos fruto. Luego el fruto se seca y cae a la tierra para producir la siguiente cosecha. No es tanto que la vieja planta muere como que se entrega a la tierra para nutrir a la nueva planta. Ya que la energía no se crea ni se destruye, sólo se altera, la muerte es la otra cara de la moneda de la vida. En realidad, no tiene por qué inspirar miedo. Después de todo, hijo mío, todos pasamos de esta etapa a otra. Es inevitable, igual que el arco iris después de la tormenta.
—Qué bonito —había dicho el niño— ¿El abuelo se convertirá en un arco iris?
—Espero —había contestado Nick con expresión solemne— que se convierta en el más espléndido de todos.
Al mirar a Todd, Miley se sintió agradecida por la habilidad que su marido tenía para explicar las cosas. En el rostro del niño ya no se percibía la expresión compungida que había adoptado desde que le habían dicho que al abuelo no le quedaba mucho tiempo de vida. Miley sonrió. Nick también conseguía que para ella las cosas fueran más fáciles. Él probablemente lo sabía. Era un hombre muy sensible, capaz de leer sus pensamientos la mayoría de las veces.

El jurado se retiró a deliberar y el juicio se aplazó hasta que se alcanzara un veredicto. Nick recogió su maletín, estrechó la mano del sonriente J. Lincon Davis y se reunió con su familia.
—El padrino de los niños quiere que vayamos a cenar esta noche —dijo a Miley mientras la besaba con dulzura—. Él y Maggie tienen que anunciarnos algo.
—Está embarazada —susurró Miley en su oído. Rió ante su expresión—. Increíble, ¿verdad? Está impresionada, encantada y muerta de miedo. Pero ambos lo desean, y mucho.
—Todo irá bien. Davis se asegurará de ello —comentó Nick sofocando una risilla. Se dirigió a toda la familia—. Muy bien, pandilla ¿quién se apunta a una hamburguesa?
—Para mí con queso —dijo Mack arrollando casi a su hermano cuando salía—. Por cierto, ¿por qué no protestaste cuando el señor Davis se refirió a ese viejo caso? Estoy seguro de que podrías haber dicho que...
—Dios nos libre de los estudiantes de derecho —le interrumpió Nick con una mirada crítica—. ¡Dos meses en la universidad y ya se cree F. Lee Bailey!
—Tres meses —corrigió Mack—. Y tengo un profesor muy bueno. Ahora, dime, sobre ese caso...
—Francine y yo tenemos que volver corriendo al supermercado —interrumpió Clay con prisas. Apretó la mano de Francine—. ¿Verdad, cariño?
—Sí, claro —tartamudeó, y mientras Clay tiraba de ella, añadió—. ¡Te llamaré luego, Miley!
—Cobardes —gruñó Mack viendo cómo se alejaban—. No tenéis estómago para las arengas, ¿eh?
—Después de la barbacoa exclamó Clay volviéndose—. ¡Quizá haya arengas de postre!
—¿Podéis creerlo? —Mack alzó las manos mientras se sumergían en la multitud—. ¡Mi hermano cree que una arenga es algo que se toma con el café!
—No todo el mundo comparte tu fervor por las leyes, viejo amigo —dijo Davis con una sonrisa al unirse a ellos. Palmeó a Mack en la espalda y añadió—: ¿Qué tal te va?
—¡Estupendamente! Hasta ahora voy derecho por el sobresaliente.
—Más te vale después del tiempo que Nick y yo hemos invertido en ti —replicó Davis, y luego dirigiéndose a Nick con el semblante serio, dijo—: Quiero hablar contigo del caso Lindsey. Quizá seamos capaces de encontrar alguna solución.
—No durante la comida —rogó Miley, alzando en brazos a Teresa mientras Todd jugueteaba con Mack.
Davis miró a la escurridiza chiquilla y sonrió. Tendió los brazos y Teresa se arrojó riendo en ellos.
—La estás malcriando —lo acusó Miley cuando Davis sacó un caramelo.
—Silencio —intervino Nick —con severidad—. No le ofendas hasta después de que negocie la declaración de culpabilidad.
—Lo siento —dijo Miley tapándose la boca con una mano.
—Vayamos a comer ¿eh? —se quejó Mack—. ¡Estoy muerto de hambre!
—¿Alguna vez no lo estás? —dijo Nick sonriendo—. Todd, deja ya de dar patadas de karate a tu tío.
—Aprendí viendo Karate Kid —protestó Todd, al tiempo que demostraba de nuevo sus habilidades con otra patada—. Es estupendo.
—Ve a ver Batman —sugirió Mack—. Aprenderás a volar.
—Cómprame una batcapa y ya verás qué bien lo hago —prometió Todd—. Mami, ¿puedo tomar un batido con la comida? ¿Por qué no vamos a un restaurante? Estoy cansado de las hamburguesas. Mira, ¿no es ése Big Bob Hauser, el campeón de lucha libre? —dijo señalando a un hombre corpulento que se hallaba al otro lado de la sala.
Todd y Mack discutían sobre la identidad del hombre y J. Lincon Davis le hablaba en un extraño lenguaje a Teresa, mientras se sumergieron en la multitud camino del pasillo.
Miley se colocó junto a Nick y se apretó contra su hombro. Él le dirigió una mirada posesiva y en sus ojos oscuros parecieron reflejarse suaves y dulces recuerdos. Su mirada se concentró en la boca de Miley.
—No puedes —susurró ella sonriendo.
—Sí, sí que puedo —replicó él inclinándose.
Y la besó.
             
                              FIN

No hay comentarios:

Publicar un comentario