viernes, 16 de marzo de 2012

Capitulo 7.-

Después del almuerzo, Demi se había quedado dormida viendo una película en la televisión, y Miley, que quería estirar las piernas, había salido, asegurándose antes de que Nick no andaba cerca. El cielo se había nublado, y ella se preguntó si llovería. Llevaba varios días sin caer una gota, y sin duda los campos lo agradecerían.
Había empezado a caminar sin rumbo fijo, y sus pasos la habían llevado cerca del establo. Oyó voces dentro, voces de hombres, y en cuanto vio salir a Nick se paró en seco, giró en redondo, y comenzó a desandar el camino con prisa.
-¡Miley, espera! -la llamó él, yendo tras ella.
La joven se detuvo, y se volvió hacia él con los brazos cruzados, mirándolo cautelosa. Nick avanzaba hacia ella con las facciones rígidas. Parecía de mal humor... como de costumbre.
-No sabía que estabas por aquí -dijo ella poniéndose a la defensiva y sonrojándose ante su fija mirada.
-Oh, ya lo imagino -masculló él-: cuando yo entro en una habitación tú sales de ella; por la mañana te quedas en tu habitación hasta que yo ya he desayunado y he salido; ¡y si crees que yo pueda estar a menos de un kilómetro de la casa, ni sales al porche!
Los labios de la joven se entreabrieron, dejando escapar un suspiro tembloroso, y dio un paso atrás, asustada.
-¡No...! -le rogó él, queriendo abofetearse por haberse dejado llevar por su mal genio-. Está bien, no pasa nada. Perdona que haya sido tan brusco -le dijo, obligándose a hablar con suavidad.
Miley cruzó los brazos sobre el pecho y lo miró aprehensiva. Él se quitó el sombrero y se secó la frente con la manga.
-¿Te acuerdas de Amarillo, el caballo que solías montar cuando venías al rancho a ver a Demi? Lo cruzamos con Medianoche, y nació una potrilla a la que llamamos Chistera. ¿Te gustaría verla?
Su tono más amable pareció relajar un poco a la joven, quien asintió con la cabeza.
-Estupendo, vamos -dijo Nick.
Le tendió una mano, pero ella no descruzó los brazos, así que echó a andar y ella lo siguió.
En uno de los pesebres al fondo del establo- estaba la joven yegua. Era de color negro, con una mancha blanca alargada en la frente, y marcas blancas también en las patas hasta las rodillas.
-Hola, Chistera, hola, bonita... -la saludó Nick.
Abrió la puerta de madera, e hizo un gesto a Miley para que entrara con él. La joven estaba extasiada mirando a la yegua, y comenzó a acariciarla tiernamente.
-Qué suave es... -murmuró.
Nick sonrió al ver cómo brillaban sus ojos. Hacía tanto que no veía ese brillo en su mirada...
-Ya tiene un año y medio -le dijo-, y creemos que será una buena corredora, igual que su padre. He contratado a un entrenador y un jockey para que empiece a trabajar con ella a finales de esta misma semana.
Miley lo escuchaba en silencio mientras acariciaba las crines del animal, pero, de pronto, se oyó fuera un trueno, y la yegua se inquietó. Ella también dio un respingo, conteniendo el aliento ante el inesperado ruido.
-Parece que vamos a tener tormenta -murmuró Nick, girándose hacia las puertas abiertas del establo y observando cómo había oscurecido.
Salieron del pesebre y Nick echó el cerrojo de la puerta antes de que desandarán sus pasos hacia la salida. Él se detuvo justo en el umbral, elevando el rostro hacia el cielo, y Miley hizo otro tanto.
Densos nubarrones entre negros y azulados cubrían toda la bóveda hasta el horizonte. El fogonazo de un relámpago lo iluminó todo, y lo siguió otro trueno retumbante.
- La naturaleza en todo su esplendor -comentó él-. Hermoso, ¿no?
Pero Miley se había estremecido, y había aprehensión otra vez en sus ojos.
-A mí no me lo parece. Detesto los ruidos fuertes.
Nick se apoyó en el marco de la puerta, observándola.
-Ruidos fuertes... ¿como por ejemplo gritos? - inquirió.
Ella se volvió sorprendida. Nick inspiró lentamente.
-Miley, sé lo que ocurrió en realidad en tu matrimonio.
-¿De veras? -contestó ella, soltando una risa amarga.
-Henry nos lo contó todo. Ella se quedó callada un momento.
-¿Y creíste lo que te dijo? Eso sí que es sorprendente -le espetó con sarcasmo. Nick contrajo el rostro.
-Imaginaria que reaccionarías así. Miley volvió a girar la cabeza hacia el exterior y se estremeció de nuevo cuando otro trueno hizo retumbar el suelo. La lluvia empezó a caer con fuerza, mojando la tierra polvorienta. No podría regresar a la casa sin calarse hasta los huesos, y en su estado tampoco podía correr.
-Necesitábamos esta lluvia -murmuró Nick - Acabamos de empezar a plantar heno.
-¿Ah, sí? El ranchero metió la mano en el bolsillo de su camisa, pero la sacó vacía, resoplando con incredulidad.
-Demi me ha quitado el paquete de cigarrillos que llevaba... -farfulló meneando la cabeza-. Está empeñada en que deje de fumar, y como no le hago caso, ha pasado a la acción.
-Ya veo.
Nick enarcó una ceja.
-¿Eres capaz de pronunciar más de dos palabras seguidas?
Miley se daba cuenta de que estaba intentando ser amable, pero después de cómo la había tratado todo ese tiempo, le resultaba difícil darle otra oportunidad. Miró desesperada la casa en la lejanía, maldiciendo la lluvia por haberla aprisionado allí con Nick.
A él no se le escapó la impaciencia que reflejaba su rostro, y lo irritó de tal modo que no pudo contenerse.
-¡Maldita sea, Miley!, ¡estoy intentándolo!, ¿por qué no pones un poco de tu parte? -la increpó alejándose del marco de la puerta y dando un paso hacia ella. Ella, intimidada, retrocedió-. ¡Oh, por amor de Dios...! -gimió él-. No le he puesto la mano encima a una mujer en toda mi vida. Puede que de vez en cuando pierda los estribos, porque soy algo temperamental y no puedo evitarlo, pero eso no significa que vaya a hacerte daño, cariño.
Aquel apelativo afectuoso la dejó de piedra, y la joven bajó la vista azorada. Nick la miró con curiosidad, sorprendido por la reacción de Miley ante lo que había sido un simple lapsus. Sólo entonces reparó en las sombras bajo sus ojos.
-Apenas duermes por las noches, ¿no es cierto? -inquirió suavemente.
-Es que cuando me acuesto, empiezo a pensar en... -la voz de Miley se quebró-. No puedes imaginarte por lo que he pasado.
-Claro que lo imagino -murmuró él-. Miley, creo que no sería mala idea que recibieras algún tipo de terapia para superar el trauma.
Pero ella sacudió la cabeza.
-Ahora no podría. Estoy demasiado cansada. Necesito descansar y no tener que pensar o recordar cosas que me hacen sentir mal -respondió dejando escapar un suspiro. Bajó la vista incómoda. No le gustaba hablar de aquello con Nick. No quería que le tuviera lástima-. Nick, sé que aquí soy una molestia para ti. ¿Por qué no quieres que vaya con Demi a vuestro apartamento de Victoria?
-¿Quién ha dicho que no quiera? -le espetó él entornando los ojos.
-Demi. Dice que no haces más que darle excusas por las cuales no puede usar el apartamento.
-No son excusas -respondió él-. Son razones, buenas razones.
La expresión en el rostro de Miley le indicó que no lo creía.
-Durante el día estarías sola porque Demi estaría trabajando -le explicó pacientemente-. Aquí siempre estamos la señora Bird o yo.
-Tú no eres responsable de mí -protestó ella.
-Sí que lo soy. Soy responsable del fideicomiso que te dejó Jared.
-Pues no lo quiero, no quiero ese dinero -respondió Miley -. Aunque no lo creas, el dinero no fue la razón por la que me casé con él.
-Ese dinero te pertenece -insistió Nick-, y lo tendrás lo quieras o no.
El rostro de Miley se alzó, y por un instante él creyó haber conseguido encender la chispa que había estado tratando de sacar de ella, el modo de hacerla salir del caparazón en el que se había metido y hacerla volver al mundo. Sin embargo, tan pronto como se hubo encendido, aquella pequeña chispa se apagó.
-No tengo fuerzas para pelearme contigo, Nick- le dijo Miley-. Cuando esté bien buscaré un trabajo y un lugar donde vivir, y desapareceré de tu vida para siempre.
Aquello era precisamente lo que él temía. Quería hablar con ella, explicarle cómo se sentía, pero la lluvia estaba parando, y Miley salió del establo como si la estuviera persiguiendo una jauría de perros de presa.
Al día siguiente le habían dado la tarde libre a la señora Bird, así que Demi y Miley se fueron a la cocina para hacer ellas mismas una tarta para la cena.
-Mi hermano está hoy más irritable que de costumbre -le comentó Demi a su amiga mientras batía los huevos-. Nunca lo había oído lanzar semejantes epítetos.
Desde luego era imposible no darse cuenta, se dijo Miley, que llevaba un buen rato tratando de ignorar la discusión que se oía a través de la ventana abierta. Giró la cabeza en esa dirección. Desde allí podía verse el gran edificio de metal donde se guardaban los vehículos que se utilizaban en el rancho. Y, precisamente en ese momento, Nick estaba reparando una camioneta con dos de sus hombres. La joven observó que uno de ellos tiraba enfadado una llave inglesa al suelo y se alejaba a grandes zancadas farfullando algo y lanzando los brazos al aire.
-¡Hawkins, vuelve aquí o búscate otro empleo! -le gritó Nick.
-¡Pues me buscaré otro! -le espetó Hawkins girando la cabeza, pero sin detenerse-. ¡No puede haber nada peor que esto!
-¡Gallina! -voceó burlón el otro hombre.
-¿Quieres irte con él, Charlie? -le preguntó Nick con ojos relampagueantes.
Charlie se apresuró a recoger del suelo la llave inglesa y se la entregó a su jefe, quien, cubierto de grasa de arriba abajo, volvió a inclinarse sobre el motor de la camioneta.
Miley estaba temblando. Los gritos y las voces enfadadas la ponían muy nerviosa, y Nick acababa de mostrarse más volátil de lo que jamás hubiera imaginado que pudiera ser. Según parecía, al estar en su propio rancho y no sentirse obligado a controlar su temperamento como lo hacía en los actos sociales, ante la gente, era aún más terrible.
-¿Cómo puedes soportarlo? -le preguntó a Demi, frunciendo las cejas.
Su amiga dejó lo que estaba haciendo y giró la cabeza hacia ella.
-No es como Jared -le dijo con suavidad-, no es un hombre violento. De hecho, en el fondo es un pedazo de pan. Lo que ves no es el auténtico Nick -le señaló un bote a Miley-. Pásame la esencia de vainilla. Gracias. Mi hermano siempre ha ocultado su verdadero yo bajo esa coraza llena de pinchos -continuó- para evitar que la gente pueda darse cuenta de lo vulnerable que es en realidad.
-A otro perro con ese hueso -replicó Miley incrédula-. Tu hermano tiene un corazón de hielo.
Demi dio un ligero respingo que Miley no advirtió, y dejó el bote de vainilla sobre la encimera de la cocina con un carraspeo.
-Pero, tú no lo odias, ¿verdad? -inquirió vocalizando tan alto y claro como si estuviera recitando una frase en una obra de teatro.
Su amiga se sonrojó y la miró extrañada. Empezó a protestar, preguntándole a qué venía aquello, pero Demi insistió.
-¿Odias a mi hermano?
-No, por supuesto que no... -farfulló Miley bajando la vista-, pero estos últimos años las cosas habrían sido más fáciles para mí si lo hubiera odiado. Jared hizo de mi vida un infierno. No puedes imaginar lo que era para mí que me acusara por sentimientos que yo no podía evitar, y que me refregara por la cara todo el tiempo el hecho de que Nick me hubiera rechazado. Estaba celoso de Nick... horriblemente celoso, a pesar incluso de que no me quisiera tampoco para él. Pero no pudo soportarlo cuando se enteró de lo que sentía por tu hermano. Aquella última noche me habría matado si...
Un leve sonido detrás de ellas le hizo volver el rostro, y encontró al ranchero de pie en el umbral de la puerta trasera. Su rostro estaba pálido, y sus facciones tensas.
-¿Siempre escuchas las conversaciones de los demás? -le espetó Miley, dando por fin una muestra de carácter-. Vamos, siéntate y ponte cómodo -le dijo con sarcasmo, extendiendo un brazo para alcanzar una silla.
Al hacerlo, le dio sin querer con el codo a un paquete de harina que había justo en el borde de la encimera, y estuvo a punto de caer al suelo, pero se agachó y lo salvó antes de que lo tocase, no sin cierta torpeza en sus movimientos.
-La señorita Elegancia... -masculló Nick burlón.
Lo había dicho sin malicia, casi sin pensar, sólo porque ella había reaccionado de un modo hostil a su presencia, pero para Miley aquello fue la gota que colmó el vaso.
Vio cómo la expresión altiva del ranchero se convertía al instante en una de arrepentimiento al recordar, demasiado tarde, lo que Henry les había revelado acerca de cómo Jared se metía con ella, pero Miley había perdido el control sobre sí misma.
Ni siquiera pensó. Movida por la furia que la sacudía por dentro, se giró sobre los talones y le lanzó el paquete de harina con todas sus fuerzas.
La bolsa de papel se rompió nada más chocar contra su pecho, y de pronto se vio cubierto de arriba abajo por una fina capa blanca que se mezcló con la grasa, y envuelto en una nube de polvo.
-Alquitranado y emplumado... -murmuró Demi divertida, prorrumpiendo en grandes carcajadas.
Nick, que se había quedado de piedra, la miró furibundo, y después a Miley, quien estaba tan sorprendida como él por lo que acababa de hacer. Miley vio un destello amenazador en los ojos castaños de Nick, lo vio enrojecer de ira, y sintió que las rodillas le temblaban al recordar el modo en que Jared había reaccionado las pocas veces que se había atrevido a plantarle cara. Alzó la vista aprehensiva y contrajo el rostro, esperando que explotara, esperando que la golpeara... Pero no ocurrió.
Nick había visto la expresión de temor en sus ojos, y eso hizo que controlara al punto su enfado, aunque jamás la habría pegado, como era obvio que ella temía.
-Para ser una mujer que odia la violencia -le dijo con los labios blancos por la harina-, no se puede decir que seas precisamente pacífica.
Y, con una media sonrisa, salió de la cocina, dejando tras de sí un reguero blanco.
- ¡Y que te sirva de lección! -le gritó su hermana burlona-: ¡no se debe enfadar a una mujer que está cocinando!
Charlie, que estaba fuera esperándolo, empezó a reír sin poder parar, y los improperios de Nick se oyeron en todo el rancho.
Miley estaba hecha un flan por lo que acababa de hacer, y todavía no podía creerse que Nick no hubiera tomado represalias. Se sentía tan confundida y a la vez tan aliviada, que rompió a llorar. Demi la abrazó, incapaz de mantener el rostro serio ante lo tragicómico de la situación:
-Oh, vamos, Miley, no se morirá por un poco de harina... Además, si no consigue quitársela, ya que está engrasado y enharinado, siempre podemos echarlo en una sartén y freírlo bien...
Miley no pudo menos que echarse a reír en medio de las lágrimas al imaginar a un Nick crujiente y dorado, con su sombrero y sus botas, sobre una enorme fuente y rodeado de lechuga.
A la hora de la cena, Nick bajó ya limpio y duchado. Miró airado a las dos jóvenes, que reprimían risitas e intercambiaban miradas divertidas, pero no dijo una palabra respecto a lo ocurrido. Sin embargo, cuando llegaron al postre, Nick se levantó sin decir nada, tomó su taza de café y salió del comedor en dirección al estudio.
-Se hace el ofendido -dijo Demi divertida-. ¿Por qué no le llevas su trozo de tarta para hacer las paces con él?
-No quiero hacer las paces con él.
-Por supuesto que quieres -insistió su amiga con una sonrisa maliciosa, sirviendo un trozo de tarta en un platillo y entregándoselo con un tenedor-. Anda, ve.
-Eres una mala amiga-la reprendió Miley frunciendo los labios-, sabías que estaba allí detrás de nosotras, ¿no es cierto?
Demi se sonrojó entre risas y se encogió de hombros.
-Lo siento, lo siento... Es sólo que quería que mi hermano se enterase de que no lo odias. Pensé que ayudaría a distender las cosas entre vosotros.
Miley entornó los ojos pero no contestó. Se levantó, tomó el plato, y lo llevó hasta el estudio. La puerta no estaba cerrada, pero llamó con los nudillos antes de entrar. Nick, sentado frente a una gran mesa de madera oscura, tenía un periódico abierto en una mano, y la taza de café en la otra.
-¿No querías un poco de tarta? -inquirió ella vacilante.
Nick bajó el periódico y se recostó en el asiento, mirándola fijamente.
-Te envía Demi, ¿no es así?
Miley no era buena fingiendo, y él se rió al ver que la expresión de su rostro la delataba.
-Ya me imaginaba que no vendrías aquí por tu propia voluntad.
La joven se acercó, ignorando el sarcástico comentario, y dejó la tarta sobre la mesa.
-No pretendía molestarte con lo que te dije esta tarde -se disculpó él quedamente-. Sé que no eres una persona torpe por naturaleza. Me sentí furioso conmigo mismo en el momento en que lo dije.
-Y yo reaccioné de un modo desproporcionado -admitió ella, dibujando arabescos invisibles con un dedo en la superficie de la mesa Perdóname tú también -alzó la vista hacia él-. Por un momento creí que me ibas a pegar, pero no lo hiciste.
Las facciones de Nick se tensaron.
-Ya te dije que yo jamás golpearía a una mujer.
-Bueno, siempre es mejor asegurarse -dijo ella.
Nick conocía la razón de su miedo, pero le ponía enfermo el sólo pensar en ello, porque se sentía horriblemente culpable por no haberse dado cuenta y haberlo impedido. Tomó un sorbo de su café y dejó la taza sobre la mesa, observando a Miley con una leve sonrisa en los labios.
-Supongo que no querrás que nos demos un beso y hagamos las paces, ¿verdad? -le preguntó de repente.
Los sorprendidos ojos de Miley se alzaron, encontrándose con los suyos.
-Oh, no tendría que ser un beso apasionado - aclaró Nick. Sus ojos seguían fijos en los de ella, con una mirada burlona pero extrañamente tierna-, pero te haría bien, ser besada de un modo que no te hiera.
-No quiero que un hombre vuelva a tocarme en toda mi vida -dijo ella con amargura.
-Comprendo que ahora te sientas así -respondió él suavemente-, pero no debes permitir que esa mala experiencia te predisponga contra todos los hombres en el futuro. Eres muy joven aún, y serías una madre tan dulce... Recuerdo el día que Mary Gibbs fue a la tienda de tu padre con su bebé -añadió en un tono melancólico, como si recordara aquellos días con especial cariño-, cómo te deshiciste en tiernas miradas y caricias con él...
-Pero... pero tú no estabas allí ese día... -replicó ella perpleja.
-Yo nunca dejé de verte, Miley. Nunca. Solía ir cerca de la tienda, y te observaba largo rato a través del escaparate -dijo él abruptamente. Daba la impresión de que le pesara el no haber podido evitarlo-. Dios, sigues sin comprenderlo, ¿verdad?
Miley frunció las cejas y sacudió la cabeza.
-Tengo Treinta años -le dijo él pacientemente-, y tú sólo veintitres.
Ella siguió mirándolo del mismo modo, como si siguiera sin ver el problema. Nick exhaló un profundo suspiro.
-Tengo 7 años más que tú -le dijo-. ¿No lo ves?, ¿no te das cuenta de la tremenda carga en que esa diferencia de edad se podría convertir para ti?
Los ojos de Miley escrutaron su apuesto rostro.
-Hace ya mucho que dejé de penar por ti, Nick. Me dejaste muy claro que no sentías nada por mí. No te odio, pero ya tampoco te amo. Te aseguraste de que así fuera, y ahora ya no tienes de qué preocuparte -le dijo sin expresión alguna en sus ojos-. Nunca volveré a molestarte.
Se dio la vuelta y se dirigía ya hacia la puerta, cuando, antes de que pudiera alcanzarla, vio que el largo brazo de Nick se adelantaba y la cerraba con un golpe seco.
Miley, nerviosa, no se movió, pero él la tomó por los hombros y la hizo girarse hacia él, arrinconándola contra la puerta con expresión entre irritada y atormentada.
-Tú no lo entiendes, Miley -farfulló con voz ronca-. ¡Estoy tan endiabladamente cansado de comportarme con nobleza...!
Y se inclinó sobre ella, tomando sus labios, de un modo tan repentino que ella no tuvo tiempo de reaccionar. Miley gimió en señal de protesta bajo la cálida aunque insistente presión de su boca, y sus manos subieron al pecho masculino para intentar apartarlo.
Nick despegó sus labios de ella lo justo para poder hablar.
-No voy a hacerte ningún daño -le dijo con ternura-. Ni siquiera te tocaré. No me rechaces, Mi. Por esta vez, deja que ocurra.
Miley no hacía más que repetirse que aquello era una locura, pero el breve contacto de los labios de Nick sobre los suyos después de tanto tiempo había sido para ella como el suplicio de Tántalo, y un recordatorio de lo que pudo haber sido y no fue.
Incapaz de negarse otro fugaz instante de felicidad, la joven no luchó contra ello, y dejó que sus labios se rozaran otra vez con los de Nick en una suave fricción que poco a poco se fue tornando más apasionada. Sin embargo, tal y como le había prometido, él en ningún momento la agarró ni la aprisionó. Sólo sus labios se tocaron, durante segundos que parecieron interminables.
Cuando finalmente Nick levantó la cabeza, Miley estaba sin aliento, y los ojos castaños del ranchero escrutaron su rostro con solemnidad.
-Eso es lo que podía haber sido, Miles-murmuró-. Y, aun así, sería sólo la punta del iceberg.
-No me atormentes -le rogó ella con amargura.
-¿Atormentarte? -repitió Nick frunciendo el ceño.
-No podría volver a pasar por eso -murmuró Miley, contrayendo el rostro-. Jared siempre me decía que sólo habías jugado conmigo, que nunca habías sentido el menor deseo por mí porque era delgada y poco femenina, y...
- Miley, yo no... -comenzó Nick. Pero ella se dio la vuelta y abrió la puerta-. No es cierto que yo...
-Sí que lo es -replicó Miley tristemente, mirándolo por encima del hombro-. Tú mismo me lo dijiste aquella noche, en la fiesta del club de tiro.
-Te mentí -replicó él sin saber cómo hacer que lo creyera.
Miley esbozó una débil sonrisa, intentando demostrarle que no le importaba.
-Está bien, Nick, no pasa nada. De eso hace ya mucho tiempo. Sólo te pido que, por favor... por favor no vuelvas a intentar hacerme sentir algo por ti. Los dos sabemos que ahora tienes... nuevos intereses.
Y se marchó antes de que Nick comprendiera a qué se estaba refiriendo: Delta. En ese momento el ranchero se habría abofeteado. Después de todo era natural que lo pensase cuando la había invitado a cenar estando ella en la casa. Se preguntó si podría algún día hallar un modo de arreglar las cosas, de hacerle ver que se había dado cuenta de que estaba equivocado.

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