jueves, 8 de marzo de 2012

Capitulo 6.-

La semana que Miley debía pasar en Nueva York para exhibir las prendas de un diseñador, se prolongó a cinco. Gracias a Corbin, Miley logró que las portadas de dos revistas especializadas usaran sus fotos, así que de repente se encontró con el hecho de que su carrera volvía a tomar impulso. Durante un mes recibió constantes encargos. Ella la llamaba a diario y la última vez le comentó que la esperaban muchos encargos a su regreso. La gente tenía mala memoria. Lucas Grabeel era historia.
Revisaba su agenda en el vuelo de regreso cuando se dio cuenta. Volvió a pasar las páginas para asegurarse de que no se había equivocado. La marca acostumbrada del inicio de su ultimo período no estaba. Llevaba tres semanas de retraso.
El asombro la inmovilizó antes de hacerla temblar. Había perdido peso la últimas semanas, pero lo atribuía al exceso de trabajo. Además, para la cámara, una modelo jamás está demasiado delgada.
Gracias al trabajo, había podido olvidar los días que pasó en Italia. Estaba cansada y ocupada para lamentarse de lo que ya no podía cambiar. Ya estaba olvidado. Había cometido un error y aprendería a vivir con él... Eso era lo que se decía cuando su mente divagaba.
Y ahora eso. No era posible que le sucediera. Nunca imaginó la posibilidad de quedarse embarazada y ahora debía enfrentarse a ella. Desafiante, repasó las circunstancias que podrían haber provocado su retraso, pero el temor se negaba a desaparecer.
Al llegar, compró una prueba de embarazo en la farmacia del aeropuerto. Hasta eso la avergonzaba. La llamaron por el altavoz mientras estaba en la caja, y se quedó paralizada.
David y Lisa habían ido a recibirla. Se lo agradecía mucho, pero su adquisición reciente le pesaba una tonelada en las manos.
 
—Tenemos una sorpresa para ti —anunció la señora.
 
—¿De qué se trata? —preguntó la chica al abordar el coche de David.
 
—La casa es tuya. Dentro de una semana ya no la necesitaré...
La semana próxima. La boda que Miley tanto temía.
 
—David quería comprar tu apartamento, pero cuando llamamos a la agencia nos dijeron que ya lo habían vendido —Lisa suspiró—. Creía que estaría siglos en el mercado, pero estaba equivocada.
La joven inclinó la cabeza sin saber para dónde mirar. Había alquilado un apartamento en Highgate antes de ir a Nueva York.
 
—Quiero que te quedes con la casa. Después de todo, tú la compraste para mí —insistió Lisa.
 
—Un detalle muy generoso por tu parte —le indicó David con una sonrisa de aprobación—. Siempre te agradeceré que cuidaras de tu madre cuando ella se negó a aceptar mi ayuda económica.
—No necesito que nadie vele por mí —murmuró Lisa, cortante, pero le sonrió a David.
La casa. Miley ni siquiera había pensado en ella. Pero la llevaron allí. Sus propios cojines adornaban la sala de Lisa. Y la cristalería de su madre fue reemplazada por la colección de ranas ornamentales que tenía desde la infancia. Lisa la tomó del brazo y ella tuvo que reprimir las lágrimas.
La casa tenía dos dormitorios con su propio baño, sala-comedor con acceso directo a la cocina y un íntimo jardín. De pronto, volvía a tener un hogar que podía llamar propio. Sentada en la cama del dormitorio principal, abrió el paquete con la prueba de embarazo y oyó a su madre desde la planta baja.
 
—¿Qué quieres cenar?
 
—No tengo apetito.
 
—¡Pamplinas!
 
Cuarenta minutos después lo sabía, pero seguía inmóvil, sentada en el borde de la bañera, diciéndose que tal vez se había equivocado al hacer la prueba y volvió a leer las instrucciones. Estaba aterrada. Se sentía como una adolescente, no como una mujer adulta. Embarazada. Era una broma de mal gusto. No podía creer que una equivocación pudiera tener consecuencias tan terribles.
Tres días después, su madre la sorprendió vomitando en el baño, por segunda mañana consecutiva.
 
—Has contraído algún virus —musitó la señora, ansiosa—. Llamaré al doctor.
 
—¡No!
 
Ignorando su protesta, la señora fue hacia el teléfono.
 
—¡No lo hagas!
 
—No seas tonta —Lisa seguía marcando.
 
—¡Por todos los santos... no estoy enferma, estoy embarazada! —exclamó la chica con un sollozo de frustración. Al ver la expresión de Lisa, comprendió su error. No tenía intenciones de decírselo hasta que regresara de su luna de miel.
Tardó una hora en tranquilizar a Lisa. Con ojos tan hinchados como los de su madre por el llanto, musitó:
 
—No quería que lo supieras todavía.
 
—¿Qué le voy a decir a David?
 
—¡No te atrevas a decírselo! —jadeó la joven.
 
—Tendrá que enterarse... Miley, ¿cómo pudiste acostarte con un extraño al que conociste en una fiesta? —la señora volvió a llorar.
 
Eso era lo peor de todo a los ojos de su madre. La chica apartó la mirada, deseando poder decirle la verdad, pero era imposible. No pudo cerrar los ojos esa noche. Lisa y David se casarían al día siguiente. Y ella había arruinado la boda de su madre. La conciencia la atormentaba. Como si eso no fuera suficiente, sabía que al día siguiente tendría que volver a ver a Nick.
 
¿Sería posible que Lisa le diera la noticia? ¿Cómo se la daría ella misma? Las palabras correctas para hacerlo no acudían a su mente. Después de ver a Corbin salir casi desnudo de su dormitorio, ¿cómo iba a creer que el niño era suyo? Inmersa en sus pensamientos, Miley sólo daba vueltas en la cama.
Cuando bajó a desayunar, la sorprendió ver a Lisa sonriente.
 
—Puedes contratar a una niñera y nosotros nos quedaremos con el bebé cuando tengas que viajar. David adora a los niños. Estará feliz... una vez que se reponga de la sorpresa. Después de todo, la sociedad ha cambiado mucho. Las madres solteras ya son más aceptadas. ¿Quieres una tostada o dos?
 
—Mamá, yo... —de pronto se encontró envuelta por los brazos de su madre—. El olor de se tocino me revuelve el estómago —terminó en un murmullo.
 
La boda se celebraría en el Registro Civil. La primera persona a la que Miley vio fue a Nick. Tropezó en la entrada, incapaz de quitarle la vista de encima.
—Allí está Selena —murmuró Lisa—. Olvidé decirte que vendría. Maravillosa, ¿no te parece? David dice que es la más prometedora. Es banquera y tiene dos carreras universitarias...
 
El estómago de Miley se revolvió al ver a la mujer de más de uno ochenta de pie al lado de Nick. Era despampanante.
 
—Fui tan tonta aquella noche que cenamos juntos —continuó Lisa—. Llegué a pensar que Nick y tú...
 
La llegada de David afortunadamente silenció a su madre.
 
«Tiene otra mujer. Bueno, ¿qué esperaba, qué te asusta?» Miley no podía responder esa pregunta. Sólo sabía que el verlo con ella la había destrozado. Una vez concluida la breve ceremonia, se acercó al hermano de David y su esposa.
 
— ¿Les molestaría llevarme...?
 
—Puedes venir con nosotros, Miley —la voz sedosa de Nick fue como un puñal que se encajaba entre sus costillas.
 
La chica se volvió despacio. Nick se hizo cargo de las presentaciones. Selena le brindó una sonrisa velada mientras la evaluaba.
 
—He oído hablar tanto de ti, que ya me parece que te conozco.
 
—Las malas noticias vuelan —comentó Miley.
 
—Miley... —el tono de voz de Nick era gélido y, al mirarlo, el corazón de la chica dio un vuelco.
 
—No ha sido mi intención ofenderte —dijo Selena—. Te pido disculpas.
 
—No, lo siento —se disculpó Miley, tratando de controlarse—. Estoy muy sensible hoy.
 
— ¿Quieres que te llevemos? —se obligó a ofrecerle Nick.
 
—Miley irá con nosotros —anunció David, poniendo una mano sobre el hombro de la joven—. Tenemos un asunto muy delicado que tratar.
 
Pálida y tensa, Miley no reprimió una mirada de reproche a su madre.
 
—Veo que no has perdido el tiempo —comentó.
 
—Es lógico que tu madre confíe en mí —interpuso David, molesto—. Soy su esposo y tu padrastro. ¿Es cierto? ¿Estás esperando un hijo?
 
—Mamá, ¿cómo has podido hacerme esto? —murmuró Miley, avergonzada.
 
—Saldremos de luna de miel y no quiero dejarte sola —manifestó Lisa—. Sólo le he pedido consejo.
 
—Siempre fuiste tan... vulnerable —musitó David, entre dientes.
 
— ¡No es de tu incumbencia! —estalló la chica. Ya no era una niña.
 
— ¿Pero y de Nick? —los ojos astutos de su padrastro la miraron con insistencia.
 
— ¿Qué tiene esto que ver con Nick? —preguntó la señora, con evidente sorpresa.
 
— ¿No crees que Nick sería preferible a un extraño que conoció en una fiesta?- David sacó la billetera y extrajo un recorte de periódico que entregó a su esposa.
 
— ¿Qué es eso? —exigió saber la joven al borde de la histeria.
 
— ¿Cuándo tomaron esta foto? —preguntó Lisa, asombrada—. ¿Por qué no me lo dijiste? Soy tu madre.
 
—Fue tomada en Pisa hace unas seis semanas. El edificio del fondo es el del aeropuerto —manifestó David—. Fue publicada en un periódico italiano y alguien me la envió hace algunas semanas. No quería alterarte, Miles.
 
Miley arrebató el recorte de las manos de su madre. Era una foto de ellos besándose en el aeropuerto. Nick era fácilmente distinguible, ella no tanto a los ojos de quien no la conociera bien.
 
—Estuvisteis juntos en Italia —declaró David, entre dientes.
 
— ¿Quieres decir que los dos fingieron... que nos engañaron? ¿Por qué? —Lisa estaba horrorizada.
 
—Dado que tu hija parece haber perdido la voz tendré que depender de Nick para obtener respuestas...
 
— ¡No, por favor! —Suplicó la chica—. No es de Nick... Quiero decir... No, no lo es... —estupefacta por el descubrimiento de David, Miley no podía pensar ni expresarse con coherencia.
 
— ¿No? —su padrastro la observaba atento—. Estuviste sola con Nick... ¿tres días? Yo no os dejaría solos ni una hora.
 
— ¡David! —le reprochó Lisa.
 
—Nick ha deseado a tu hija desde que la conoció —insistió él con frialdad—, y a juzgar por cierto incidente hace seis años, Miley no...
 
— ¡No es hijo de Nick! —exclamó la joven antes de sollozar, cubriéndose el rostro con las manos.
—Entonces, no puede importarte que hable con él —persistió David.
 
Miley bajó del coche y corrió hacia la casa donde había vivido tantos años. Sin contestar el saludo amable del ama de llaves, fue a encerarse en un baño.
Cuando volvió a hacer acto de presencia, los invitados estaban instalándose en el salón de baile donde se serviría el banquete de recepción. Jamás se alegró más de estar entre tanta gente, si bien su ánimo decayó al tener que sentarse en la mesa principal a corta distancia de Nick y de Selena.
La velada pasó entre brumas para ella. David la había destrozado. Nunca se había dado cuenta del parecido que había entre padre e hijo. Su padrastro jamás se había mostrado así con ella. Quería retirarse después del banquete, pero tenía que permanecer allí. Cuando empezó el baile, varios fueron a invitarla y tuvo que aceptar para cubrir las apariencias. Su miraba evadía la de Nick y la de Selena cada vez que se encontraba con ellos.
 
Cuando de pronto Nick intercambió parejas a la mitad de una pieza, Miley no estaba preparada para el enfrentamiento. Se tensó al instante y una mano firme a su espalda la acercó a él.
 
—Sonríe —le ordenó él, observando la intensa palidez que la invadía—. De lo contrario, diría que estás celosa por mi culpa.
 
—Para ti jamás sonreiré, Nick.
 
—Excepto en mi cama —replicó él con tono satírico y la hizo perder el paso—. Es cierto, hoy estás muy sensible —murmuró entre su cabello.
 
— ¿No has podido alquilar aún mi apartamento? —lo interrumpió ella—.Espero que pierdas dinero.
 
—Se lo vendí a un árabe impaciente —señaló—. Pero no me hubiera importado no sacarle utilidad. Obtuve lo que quería... y si deseo volver a tenerlo, estoy convencido de que no quedaría decepcionado. No es difícil conseguirte...
 
Mortalmente pálida, Miley se apartó de él en el momento que la música se detenía.
—Maldito —murmuró entre dientes al dirigirse furiosa a su lugar en la mesa.
 
—David se ha tranquilizado —le informó Lisa al sentarse a su lado.
 
—Qué bien... lo lamento —suspiró la chica—. Te he estropeado el día.
 
—Tonterías. Nunca he sido más feliz. Y si es hijo de Nick, eso arreglaría las cosas. David dice que tendrá que casarse contigo y lo hará por haber seducido a mi niña...
— ¡No soy una niña, mamá! —siseó Miley, abrumada.
 
—David dice que se lo tiene merecido...
 
—No es de Ni...
 
—No me mientas más, Miley.
 
—Lo siento.
 
—Estás perdonada —con una sonrisa forzada, Lisa se levantó y se fue.
 
Sofocada, la chica decidió salir del salón. Pronto podría marcharse. David y Lisa no saldrían de viaje hasta el día siguiente. En la biblioteca encontró a unas señoras italianas en animada charla. Se encaminó hacia el invernadero, segura de que allí estaría sola.
Pero el invernadero también estaba ocupado... Nick y Selena estaban fundidos en un apasionado abrazo que sólo los viejos amantes se dan. Alterada, se marchó de allí sin que la vieran.
 
Estaba destrozada. Hubiera querido ir a separarlos... ¿No habría sido la forma ideal de acabar el día? Mareada, fue a sentarse a un sillón, abrazándose para alejar el intenso dolor que sentía.
 
— ¿Has visto a Nick? —le preguntó David al asomarse por la puerta.
 
Miley se limitó a señalar hacia el invernadero con la mano. Estuvo tentada a decirle que se encontraba ocupado, pero no logró pronunciar las palabras. Estaba tan dolida, que creía que se derrumbaría. En su mente los imaginaba en una situación más íntima. Apretó los párpados angustiada, pero la imagen no desaparecía. Los veía apasionados entre las sábanas compartiendo el placer que ella conoció, y quiso morir.
Alguien le separó las apretadas manos y las apretó con fuerza.
—Lo lamento —manifestó David—. Siento mucho que hayas visto eso.
La compasión que había en su voz casi acabó con ella. No se atrevía a hablar.
 
—Miley, ¿qué quieres que haga?
 
—Nada —respondió, suplicante. Su padrastro no le soltaba las manos.
—Nick tiene derecho a saberlo...
 
—No, ahora no —se obligó a decirle—. Yo no podría soportarlo.
 
—Lo amas —el señor soltó el aliento en un largo suspiro, apartando la mirada de la cara de la chica.
 
—No... —pero la negativa le sonaba falsa, vacía, ridícula a ella misma.
 
—Se casaría contigo... —David se interrumpió ante la expresión de la joven—. Pediría un coche para que te llevara a casa, pero es mejor que te quedes aquí. No me agrada la idea de que estés sola.
—Estaré bien —de alguna manera, Miley logró sonreír—. Creo que necesito estar sola.
Más tarde, ni siquiera recordaba cómo llegó a su casa. Se derrumbó, pero no con lágrimas. No podía llorar. La compresión y la amabilidad de David casi fue su perdición, pero ahora que estaba sola, sólo podía mirar el techo con expresión perdida.
Amaba a Nick. ¿Por qué lo descubría ahora que todo estaba perdido? Seis años de amargos malentendidos estaban entre ellos y su propio comportamiento confirmaba la opinión que él tenía de ella. ¿Por qué ideó esa escena con Corbin en el apartamento? Ahora jamás podría decirle que el hijo que llevaba en las entrañas era suyo. Nick la despreciaba, pero la consideraba físicamente atractiva. Él sólo quería sexo. En lo último en lo que pensaba era en engendrar un hijo.
¿Cómo podía odiar y amar a alguien al mismo tiempo? Ese día lo odiaba, pero lo había amado, deseado y necesitado con un anhelo que la sacudió hasta la médula de los huesos.
Eran más de las dos de la mañana cuando oyó que un coche se detenía frente a su casa. Al enderezarse en la cama oyó que la puerta del coche se cerraba y unos pasos que se acercaban a la entrada antes de que el timbre sonara con insistencia.
 
— ¿Quién es? —preguntó al pie de la escalera.
 
— ¿Quién diablos crees?
 
—Vete —protestó Miley, sentándose en los escalones.
 
— ¡Derribaré la puerta si es necesario!
 
— ¿Qué quieres? —preguntó cuando le abrió. La tensión y el temor la mantenían inmóvil, pero se obligó a ir a la sala a encender una lámpara.
 
— ¿Estás sola? —Nick estaba muy alterado. A pesar de que todavía llevaba puesto el traje, se había quitado la corbata y tenía la camisa desabrochada. Su mirada era fría y amenazadora—. Me han dicho que estás embarazada.
 
— ¿Y quién te ha dicho esa tontería? —replicó la chica, desafiante.
 
—Tu hermano...
 
— ¿Dylan? —Miley palideció.
 
—Estaba borracho. Lo llevé de regreso a la ciudad —comentó Nick con gran esfuerzo por mantener el control—. Después de dejar a Selena, empezó a balbucear. Dijo algo de que tu madre le pidió que te vigilara mientras ella está fuera y me comentó por qué.
—Eso no explica por qué estás aquí a las dos de la mañana.
 
— ¿Estás embarazada? —insistió Nick con furia apenas reprimida.
 
—No tengo por qué darte explicaciones —le espetó la joven—. No tengo por qué defenderme de los balbuceos de ebrio de Dylan.
 
—En Italia me dijiste que un día lamentaría haberte llevado allí. Si de eso se trata, lucharé contigo hasta vencerte —le prometió él con brutal claridad—. Le confesaste a tu madre que estás embarazada. Deseo saber si le mentiste... y de no ser así, ¡quiero saber quién es el padre!
La histeria se apoderaba de Miley. Tenía el estómago revuelto.
—Tranquilízate... no es tuyo —afirmó entre dientes, manteniéndose orgullosamente erguida.
 
—Entonces, ¿por qué cree tu hermano que lo es? —preguntó él, después de una pesada pausa.
 
—Saben lo del viaje a Italia. Fuimos fotografiados en el aeropuerto y alguien envió a tu padre un recorte de prensa —la voz temblaba a pesar de su esfuerzo por controlarse.
Nick maldijo entre dientes y fue a la ventana, dándole la espalda.
 
—Le he dicho que tú no eres el responsable —murmuró Miley.
—Entonces, ¿quién?
La chica no respondió. Estaba agotada por la tensión.
—Corbin Blue... —decidió él, volviéndose. En sus ojos brillaba la ira y la frustración—. Lo reconocí —agregó con esfuerzo.
 
—Bravo por ti —Miley no tenía fuerzas para luchar contra ese hombre.
 
— ¿Es hijo de él? ¡Exijo saberlo! —demandó Nick acercándose amenazador.
 
—No tienes derecho a preguntarme eso —temerosa, la joven dio un paso atrás.
— ¡Quiero la verdad! —Nick la asió por las muñecas y la acercó a él con violencia—. Si no es mío, ¿de quién es?
 
— ¡Vete al diablo! —jadeó Miley, tratando de soltarse.
 
— ¡Dímelo! —rugió él.
 
—No es cosa tuya —la chica logró hacer acopio de la energía que le quedaba.
 
—Prefiero verte muerta que henchida por la semilla de otro hombre —reconoció entre dientes.
— ¿Te has vuelto loco? —preguntó Miley, horrorizada, a punto de desplomarse.
 
—Obsesionado. ¿Eso te complace? —Preguntó Nick—. ¿Eso te complace? Lo dudo, porque tú estás igual que yo...
 
— ¡No!
 
—No te gusta verme con otra mujer. Eso te dolió —aseguró, satisfecho—. No pudiste ocultarlo. Era como un puñal que se clavaba en tus entrañas. Te puso enferma. Te aterrorizó...
 
—No... ¡Te odio! —la transpiración perlaba la frente de Miley.
Nick la acercó más, manteniéndola sujeta con una mano por el cabello.
—Hace un par de siglos te habrían quemado en la hoguera por hechicera, pero puedes arder en mi cama en lugar de ello...
 
— ¡Suel... suéltame! —incrédula, Miley sentía sus senos chocar contra el pecho firme de Nick. Con la otra mano él la atrajo por las caderas y la acunó entre sus muslos. Su excitación despertó espirales que en oleadas la ahogaban y cerró los ojos en rechazo salvaje—. ¡No... No!
 
No se rendiría a esa excitación, se dijo con fiereza cuando él bajó la cabeza y, en lugar del ataque que ella esperaba, le besó de forma juguetona el labio inferior, haciéndola contener el aliento.
 
—Nick, por favor... —su propia voz le parecía que llegaba de mucha distancia, ahogada.
 
—Por favor, ¿qué? —él introdujo su lengua centímetro a centímetro entre los labios de Miley. El mundo se detuvo.
 
—Detente —gimió ella.
 
—Lo deseas tanto como yo —Nick introdujo la lengua por completo en su boca y la joven se aferró a él con fuerza. Él la hacía retroceder, levantándola para oprimirla contra la pared.
Nick hundió los labios en el cuello sensible de Miley, haciéndola estremecer. Con las manos le acarició los muslos y lo sintió estremecerse contra ella.
Le mordisqueó el hombro frustrada. El poco control que le quedaba se evaporaba rápidamente.
 
—Dime que mientes —le pidió Nick con urgencia.
 
— ¿Acerca de qué? —Miley estaba perdida en un mundo de sensaciones.
 
—Dime que no estás embarazada —le pidió él con una voz mezclada de ira y súplica.
 
—Pero lo estoy... —sollozó la joven en la cumbre de la excitación.
 
—Maldita —murmuró salvaje, apartándose de ella.
Miley abrió los párpados. Nick estaba a corta distancia, con la respiración agitada sin intentar ocultar su evidente excitación, mirándola con insistencia.
 
— ¿Y el bebé definitivamente no es mío? —Insistió él con fuerza—. ¿Cómo puedes estar segura de que no es mío?
Miley lo recordó entre los brazos de Selena y la furia la hizo reaccionar. Reconocer la verdad ante él sería la última humillación.
 
—Definitivamente no es tuyo —manifestó subrayando cada frase.
Nick maldijo en italiano y levantó las manos, exasperado.
—No podré vivir con la idea de que te acostaste con alguien después de hacerlo conmigo. Si quieres comportarte como una cualquiera, tú asumirás la responsabilidad de las consecuencias... ¡no yo! No te quiero, no con el hijo de otro hombre.
La chica se cubrió las orejas con las manos, inclinando la cabeza a la vez que una oleada de mareo la dominaba. Creía que se sofocaba cuando desfalleció y cayó al suelo, deslizándose contra la pared.
Se sentía tan mareada cuando despertó, que temía mover un músculo.
—Ya vuelve en sí —manifestó una voz desconocida—. Tal como dije que sucedería. Si alimentara mejor a su esposa y la dejara acostarse a una hora más razonable, estaría en mejores condiciones. Las mujeres embarazadas necesitan mucho descanso y una dieta sana.
—Embarazada —repitió Nick, inseguro, con un tono de disgusto como si se tratara de una enfermedad contagiosa.
 
—Si esa es su actitud, no me extraña que ella esté matándose de hambre... ¿qué ha comido hoy?
 
—Un trozo de pastel de bodas. Nada más.
Miley abrió los ojos, sorprendida por la respuesta exacta. ¿Cómo lo sabía? Debió estarla observando. Él había llamado al médico, un anciano de apariencia amable, próximo a la jubilación.
 
— ¿Y usted no le dijo que comiera más? —exigió a Nick.
—Estoy bien... lamento que lo hayan molestado —replicó Miley, tratando de enderezarse.
 
—Permanezca donde está —el médico la contuvo con una mano sobre su hombro—. Quiero verla en mi consultorio el próximo jueves. No se moleste en llevar a su esposo. Estaremos mejor sin él —con esa declaración el doctor se dispuso a marcharse—. No se moleste, señor Jonas, encontraré la salida solo.
El silencio se prolongó mucho después de que la puerta se cerrara al salir el doctor. Nick estaba rígido de pie junto a la ventana.
 
—No sé qué hago aquí —declaró entre dientes.
La joven se dio cuenta de que, bajo la bata, vestía un camisón de su madre que no llevaba cuando bajó, y se ruborizó.
 
—Me pusiste esto...
 
—El menor de mis pecados —murmuró Nick.
 
—No necesitaba al médico...
 
— ¿Qué se suponía que debía hacer cuando te desmayaste? ¿Pasar por encima de ti y marcharme?
 
—Sí —afirmó ella, molesta al recordar todo lo sucedido—. Iría más con tu actitud.
 
—Estaba demasiado asombrado y confuso cuando llegué esta noche. No pensé bien lo que decía —declaró Nick con voz controlada, pero airada—. Debí esperar hasta haberme calmado. Es evidente que estás embarazada. ¿Por qué ibas a mentir?
—No importa...
 
—Lo que hubo entre nosotros ha acabado...
Miley cerró los ojos con un dolor intenso, reconociendo que no era tan insensible como imaginaba. No podría salir adelante sin Nick y no podía estar cerca de él. No sabía qué sería peor.
 
—Tiene que ser así —continuó—. Nunca olvidaría que te acostaste con Corbin después de estar conmigo en Italia.
Atontada, la chica negaba con la cabeza sobre la almohada.
—Jamás podría aceptar al hijo de otro hombre en estas circunstancias. ¿Cómo permitiste que te tocara después de estar conmigo? —le espetó él, airado.
 
—No quiero hablar de eso —Miley volvió la cabeza hacia otro lado.
 
— ¿Al fin te avergüenzas, a pesar de que es demasiado tarde? —preguntó Nick, burlón, entre dientes.
—Nunca confiarías en mí... en todos estos años jamás has confiado en mí, nunca me has dado el beneficio de la duda —lo condenó ella con desolación, hablando para sí y sin escucharlo—. No puedo soportar eso. Nunca pude soportarlo.
 
—Y no tendrás que soportarlo a partir da ahora. Te deseé tanto y durante tanto tiempo, que era como un veneno en mi sangre. Estaba decidido a tenerte a cualquier precio. Creí que podría exorcizarte con el sexo, pero lo único que obtuve fue una obsesión mayor. No me agrada lo que me haces —confesó Nick—. No me agrada la forma en que me comporto contigo. Me gusta controlar la situación... un resabio de mi infancia... y contigo no puedo hacerlo.
Lo mismo ocurría con ella y en ocasiones... como en ese momento, eso la aterrorizaba. Lo odiaba por haberla lastimado, porque no la amaba, por insultarla, pero al imaginarlo saliendo por la puerta, quería hacerlo volver para que el dolor y los insultos continuaran. La destrucción era más tolerable que el vacío.
 
— ¡Vete! —le exigió de pronto.
 
—Pareces tan frágil y a la vez tienes la fuerza suficiente para desafiarme —declaró Nick con un suspiro de frustración—. Desde niña, siempre me has desafiado.
 
—Necesitaba a alguien que me abrazara y me diera seguridad —Miley había vuelto la cara contra la almohada.
 
—No podía exponerme a esa cercanía —aseguró él con disgusto por sí mismo.
 
—Quisiera que te fueras.
—No es cierto... en ocasiones adivino lo que quieres antes de que lo pienses. ¿Quién es el padre? —insistió él sin advertencia previa, pero su voz estaba rígidamente controlada—. ¿Es Corbin?
 
— ¿Acaso importa?
 
—En realidad prefiero no saberlo —reconoció con dureza.
 
— ¡Maldito seas, Nick!
 
—Necesitas comer algo —comentó él en tono prosaico—. ¿Qué quieres?
 
—Estás loco.
 
—A más no poder. Estás enferma, estás embarazada y tus muñecas tienen las marcas de mis dedos —enumeró, cortante—. ¿Cómo esperas que me sienta?
Él salió de la habitación. Temblorosa, Miley levantó las manos para examinar sus muñecas. Las marcas de los dedos de Nick adquirían tonos violáceos. Cuando la asió, no le dolió. Su piel se marcaba con facilidad y eso debía de ser terrible para él, si bien no le duraría mucho el disgusto. Se iría para regresar al lado de Selena. Fue un acierto mentirle, se dijo con desolación. El tortuoso ciclo de destrucción interior terminaría y ella podría sanar. Nick la dejaría en paz.
Tardó mucho, pero al fin Nick regresó con un tazón de sopa.
Miley reconoció que se encontraban en un estado temporal de suspensión de hostilidades. Amanecía, Recordó otro amanecer y sus mejillas se encendieron y escondió la cara dentro del tazón. La sopa estaba tan caliente como sus mejillas. Tomó el alimento bajo la mirada vigilante de Nick. A la luz del amanecer, él parecía tan triste como ella.
Recordó lo que Nick había dicho. Enfermedad... obsesión... exorcismo. Y sexo. Malo, destructivo, peligroso. Nada halagador. ¿Y qué fue lo que dijo de su niñez? Que le gustaba controlar. ¡En Nick, eso no era una sorpresa!
 
— ¿Por qué tienes que controlar? —le preguntó ella.
—Crecí con una mujer como tú —la expresión de él se veló—. Un espíritu libre. Cualquier hombre, en cualquier lugar, en cualquier momento...
Como tú... Miley se tragó su frustración.
 
— ¿Qué mujer?
 
—Mi madre. Y no se avergonzaba de serlo. Mi padre la adoraba, pero no soportaba sus aventuras. Por eso él se divorció, pero a ella le fue asignada mi custodia. Aborrecía la vida que llevaba a su lado. Era muy posesiva y muy volátil...
 
—Tú eres igual.
 
—Sólo contigo —Nick esbozó una media sonrisa gélida—. Y eso puedo dominarlo. No quiero llevar una vida libertina con ninguna mujer. Quiero una esposa dócil y conservadora, así cuando me aburriera de ella me marcharía y me buscaría una amante.
 
— ¡Espero que tu esposa organice orgías desenfrenadas mientras tú estés en la oficina! —exclamó la chica con una oleada de dolor y asco.
 
—Tú lo harías, ella no. Aceptará las cosas como son. Muchas mujeres lo hacen. Aceptan su posición social y el dinero, los hijos y un marido cuyas infidelidades son discretas.
 
—La sopa está quemada —declaró ella, volviéndose para darle la espalda y hundió las uñas en la almohada. No soportaba su sinceridad. Nick no trataba de lastimarla. Sólo manifestaba lo que él consideraba lo haría feliz... o tan feliz como creía que podría ser sin perder el control absoluto de la situación.
—Debes acudir a esa cita con el doctor —le indicó Nick—. Si necesitas algo... Procura no avisarme, a menos que sea una emergencia —agregó después de una pausa.
Miley escuchó atenta hasta que el sonido del motor de su coche desapareció. Entonces, empezó a reír como una loca hasta que el llanto reemplazó la risa. El Ángel de la Oscuridad era un cobarde. Un hombre que no merecía sus lágrimas, ni era digno de ser el padre de su hijo.
 
—He pasado la semana muerta de risa siguiendo la vida de la pobre de Silvia Grabeel con su adorado e incomprendido Lucas —comentó Monique entre risas—. ¡Llegó hasta el extremo de llevar a una de sus mujeres a comer a su casa e hizo pasar a su esposa por su hermana!
 
—Silvia Philips es una tonta. Se merece lo que le pasa —agregó alguien más—. Yo lo habría dejado hace mucho y no permitiría que un hombre me tratara de esa manera.
 
—Tiene dos hijos pequeños y Lucas nunca le dio mucho dinero —declaró Miley, muy quedo—. Acababa de cumplir dieciocho años cuando se casó con él. Nunca tuvo que trabajar. Comprendo cómo debe sentirse...
 
— ¿Cómo puedes sentir lástima por ella después de lo que Lucas te hizo? —indagó Monique, asombrada.
 
—Yo también le he hecho mucho daño —señaló Miley.
 
—Ella fue la primera en reconocer que lo dejaste en el momento en que te enteraste que era casado...
 
—Y eso limpió tu nombre después de toda la basura que se publicó de ti —aportó Corbin—. En cambio, las otras... Las calles están atestadas de mujeres ruborizadas esta semana.
Sus compañeros de mesa siguieron comentando la historia que Silvia Philips decidió vender a una revista cuando Lucas la abandonó, llevándose a sus hijos y a la atractiva niñera a Nueva York.
 
— ¿Te sientes bien? —le preguntó Monique, preocupada al verla ponerse de pie, muy pálida.
 
—Tengo que ir al baño de nuevo —informó Miley con una sonrisa tensa.
Se sentía mal y tenía un dolor en el vientre. No era la primera vez que eso sucedía. A veces el dolor era pasajero, pero en otras era bastante molesto.
Iba a ir al médico, pero estaba casi segura de qué era lo que padecía. El manual del embarazo que había comprado hablaba de un dolor producido por la distensión natural de los ligamentos del útero y decía que no era nada de qué preocuparse. Iría al médico, se prometió. Sólo para estar segura.
Al mirar su imagen ante el espejo del baño, hizo una mueca. El vestido holgado ocultaba su vientre abultado, pero aun así se sentía tan gorda como una ballena. Sus siete meses de embarazo eran toda una carga, se dijo, maliciosa.
Se había mantenido tan ocupada, que el tiempo había pasado volando, pero en ocasiones como esa, en compañía de amigos, algo más que el cansancio la abrumaba. Era una combinación de soledad, autocompasión y vacío y se despreciaba por su debilidad. Después de todo, era muy afortunada, no estaba sola, excepto por la falta de un hombre en su vida que le diera apoyo.
David y Lisa la llamaban por teléfono casi todos los días, o se presentaban en su casa,haciendo fallar la profecía de Nick de que pasarían la mayor parte del tiempo viajando. Dylan la visitaba con regularidad llevando cada vez un muñeco de peluche más para una colección ya numerosa. Y lo mejor de todo, Corbin y Monique regresaron a Londres para establecer su propia agencia de modelos y se casarían al día siguiente. Por eso Miley estaba decidida a no aguarles la fiesta.
Sus amigos fueron maravillosos con ella. Cuando tuvo que dejar de hacer pases de modelos por las dimensiones de su vientre, Corbin y Monique le ofrecieron empleo. Monique tenía tal demanda en la profesión, que tenía poco tiempo para ayudar a Corbin en la administración de la agencia. Y él también salía con frecuencia, de modo que Miley les venía como anillo al dedo para encargarse de las labores de oficina.
No era rica, pero tampoco tenía deudas. Logró trabajar el tiempo suficiente para liquidar sus compromisos y redujo su tren de vida. Se tocó el vientre en un gesto protector instintivo. Los años venideros serían difíciles.
Monique discutía molesta con Corbin cuando Miley regresó a la mesa y se produjo un silencio pesado.
 
— ¿Queréis que me vaya y regrese después? —inquirió Miley en broma.
 
—Pareces cansada —le indicó Corbin, cortante—. ¿Quieres irte a casa?
 
—Mi querido Corbin, tu tacto es asombroso —comentó Monique—. ¿Por qué debe irse Miley a casa? ¿Sólo porque él está aquí?
 
—Sólo pensé...
 
— ¡Mira, allí está! —Monique tomó el brazo de su amiga de pronto.
Miley no quería mirar. Un frío súbito la invadió. Nick se encontraba allí. Sólo él era capaz de despertar tal furia instantánea en Monique. En ocasiones lamentaba haber dicho a sus amigos la verdad, pero sabía que serían discretos y no le pareció conveniente seguir con una cadena de mentiras que se alargaría la vida entera.
 
— ¡Cerdo maldito! —Siseó Monique—. Esa que lo acompaña es Isabel Dunning.
Mentalmente, Miley la añadió a una lista interminable. En cinco meses, Nick había salido con casi todas las mujeres de la mejor sociedad londinense, pero ninguna había permanecido mucho tiempo a su lado. Los columnistas de sociedad estaban encantados con sus devaneos. Pero ignoraban algo que Miley sabía: él buscaba en la sociedad una esposa apropiada que no tuviera escándalos en su pasado.
 
—Se pondrá gorda dentro de unos años —vaticinó Monique, venenosa.
Miley se volvió, a pesar de haberse propuesto lo contrario. No había visto a Nick desde aquella noche en su casa. Su acompañante era una rubia preciosa, vestida con elegancia. ¿Y Nick? Un nudo se formó en su garganta y un estremecimiento la recorrió. Como siempre, estaba magnífico. No podía apartar la vista de él.
— ¿Quieres bailar? —le preguntó Corbin.
 
—Sí, bailen —Monique le dio un empujón—. Lúcete ante él.
Miley se encontró en la pista de baile sin saber en realidad cómo había llegado allí. Al hacerla girar sus amigos con más entusiasmo que habilidad, vio a Nick en varias ocasiones. ¿Era su imaginación, o había perdido peso? Tal vez la escasa luz era lo que hacía que sus facciones parecieran más afiladas y avejentadas.
De pronto se despreció a sí misma. No era una adolescente enamoradiza que seguía añorando a un hombre que la había tratado mal. ¿En dónde estaba su orgullo? Mientras ella luchaba por sobrevivir, Nick se divertía con una larga sucesión de mujeres. Y un sexto sentido le decía que pronto anunciaría sus planes matrimoniales. Al pensar que pronto se casaría, la frente se le perló de sudor.
La imagen también la hizo sentirse mareada. ¿Guardaría silencio David cuando Nick le llevara a su prometida? Sabía que a David cada día que pasaba le resultaba más difícil callarse. Tal vez cinco meses atrás tenía la esperanza de que su hijo y ella se reconciliaran. Pero después de tanto tiempo, David yo no abrigaba esa esperanza.
 
— ¿Podríamos regresar a la mesa? —preguntó a Corbin, sin aliento.
 
— ¿Bailo demasiado deprisa? Lo siento —se disculpó él—. Sigo olvidando...
«Yo no», reflexionó Miley. Corbin le puso una mano en la espalda para apoyarla y para su mala fortuna eligió el camino que los acercaría a la mesa de Nick. Se encontraron cara a cara en el pasillo.
 
—Miley... —Nick se quedó inmóvil.

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