martes, 13 de marzo de 2012

Capitulo 18.-

Miley durmió hasta la mañana siguiente. Cuando despertó aún estaba vestida, pero tapada con la sábana. "Nick, sin duda", se dijo con amargura. Bueno, al menos no la había desnudado mientras estaba indefensa. Y por qué iba a hacerlo, se preguntó, si ya lo había visto todo. Ya no le resultaría interesante.
Mack se había levantado y estaba viendo los dibujos animados que emitían los sábados. Miley se precipitó en la cocina para preparar tostadas y café para ella y cereales para su hermano. Casi tropezó con Nick, repantigado en una silla con las largas piernas extendidas.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Miley—. ¿No te fuiste a casa anoche?
—Es obvio que sí —dijo él con indiferencia, indicando los pantalones grises y la camisa azul de rayas que llevaba puestos. Estaba recién afeitado y Miley percibió su delicioso aroma masculino cuando se detuvo insegura junto a él—. Come algo y luego iremos los tres a ver al abuelo.
Se quedó boquiabierta de horror.
—¿Vas a ir? ¡No puedes! ¡Si te ve conmigo morirá de un infarto!
—Apuesto a que no, pero ya hablaremos después.
Parecía totalmente decidido y Miley no se sintió con ánimos de discutir con él. Se rindió, aunque se prometió que sólo por el momento. Echó hacia atrás un mechón de cabello castaño cobrizo.
—Bueno, supongo que podré comerme una tostadita de canela —murmuro—. Voy a prepararlas.
—Ya las he hecho yo. Hay una fuente en el horno. Mack y yo te hemos dejado un par. —Luego añadió alzando su taza de café humeante—. El café ya está listo. Por supuesto, me encantaría servirte una taza, pero no me atrevo —prosiguió con una sonrisa—. Temo que me la tires encima. Miley se aclaró la garganta.
—No puedo permitirme perder más piezas de la vajilla —dijo. Se ciñó el cinturón de la vieja bata azul con orgullo, y se disculpó, siento lo sucedido. Tengo los nervios a flor de piel.
Él asintió.
—Mi libro explica que las mujeres sufren ligeras alteraciones emocionales durante el embarazo a causa de los cambios metabólicos —replicó con sencillez—. Come algo.
Ella abrió la boca para decir algo, pero Nick enarcó una ceja y pareció capaz de mostrar alguna reacción impredecible, de modo que Miley se encogió de hombros y se dispuso a untar una tostada y a servirse café.
La observó sentarse frente a él, sonriendo débilmente al ver que ella aceptaba la situación de mala gana.
Si no hubiera tenido el estómago tan revuelto, habría soltado algún sarcástico comentario para borrar esa sonrisa burlona de su cara. Miró fijamente la tostada, sin estar muy segura de poder digerirla.
Alzó la mirada hacia él y volvió a bajarla después de mordisquear la tostada y sorber un poco de café. Esperó hasta comprobar que no lo devolvía antes de probar un segundo bocado. Era el hombre más atractivo que había visto jamás. Cuando lo miraba, sentía ligeros escalofríos que recorrían su espina dorsal. Podía pertenecerle, si accedía a casarse con él. La perspectiva la tentaba. Pero no estaba segura de los motivos que movían a Nick. Quizá sólo quisiera al bebé o se sintiera culpable por cómo la había tratado. Quizá eran ambas cosas, porque le había hecho ciertos comentarios hirientes, aunque debía reconocer que ella le había pagado con la misma moneda.
Nick se removió en su silla.
—¿Te encuentras bien? —preguntó él. Ella asintió—. Estupendo. —Sorbió un poco de café y sacó el inevitable purito, pero no lo encendió. Lo dejó junto a su taza, y al percibir la curiosa mirada de ella añadió—: Esperaré a que salgamos. No quiero agravar tu malestar.
—Qué considerado.
—¿Has decidido qué quieres hacer con el niño? —preguntó él sin mirarla.
Su aparente indiferencia fue más elocuente de lo que él creía. Miley miró su perfil y percibió el dolor que lo embargaba. Parecía tan autosuficiente y acostumbrado a la soledad que ni siquiera en sus más absurdos sueños le hubiera imaginado como un hombre hogareño. Pero últimamente todo en él parecía indicar que deseaba tener un niño de su propia sangre.
Asió la taza de café entre sus fríos dedos.
—Me aparto de mi camino para no pisar a las hormigas empezó titubeante—. Una vez traté de reanimar a una culebra a la que había golpeado con la azada, y eso que me asustan mortalmente las serpientes. —Fijó la vista en su propio reflejo en la taza de café, ajena a la intensa mirada de Nick—. Un aborto no me dejaría vivir. Supongo que hay mujeres capaces de hacerlo, sobre todo si no desean al niño. Yo quiero tener a este niño. Lo deseo de verdad.
Él emitió un profundo sonido desde lo más hondo de su garganta.
Un sonido tan extraño que ella alzó la mirada, pero Nick ya se había levantado de la silla y se dirigía a la salita de estar. No volvió. Miley comió un poco más y bebió más café. No quería sacar conclusiones sobre cómo había reaccionado Nick, de modo que dejó el resto de su frugal desayuno y se fue a vestir.
Él estaba sentado en el porche fumando un cigarro cuando Mack fue a buscarle.
—Miles se está vistiendo —comentó. No sabía muy bien qué decir a Nick. Parecía distinto; alterado, pálido. No lograba adivinar el porqué de su aspecto—. ¿Está usted bien? —preguntó inseguro.
Nick dio una calada al purito.
—Estoy bien. Siéntate.
Mack se sentó junto a él en el balancín y se reclinó.
—¿Por qué está Miley tan furiosa con usted?
Los anchos hombros de Nick se encogieron y volvieron a caer.
—Espera a tener la edad de Clay y te lo explicaré.
—Es por el bebé, ¿verdad?
—Seguramente. —Suspiró con cansancio y se mesó el espeso y oscuro cabello con impaciencia. Miró al muchacho con una sonrisa más tierna de lo que creía—. Recuerdo cuando tenía tu edad. Me gustaba ir a pescar con la familia de mi mejor amigo y leer tumbado en la cama. Fue una época estupenda. Sin complicaciones.
—Ya. —Mack colocó uno de sus pies calzados con zapatillas deportivas en el balancín y apoyó el mentón en la rodilla—. Pero ¿no es mejor ser mayor? Al menos nadie te da órdenes y te dice lo que debes hacer.
—¿Eso crees? —Nick se reclinó con un largo suspiro y dio otra calada—. Mack, hijo mío, hay muchas personas que dan órdenes. Todo el mundo, desde el último mono hasta el juez que preside cada caso, me dice lo que tengo que hacer. Si tienes un trabajo, tienes un jefe que te mande.
Mack pensó en ello.
—Bueno, sí —dijo sonriendo a Nick—. Pero puedes elegir el trabajo.
—Eso no te lo discuto.
—Miley engordará mucho, ¿verdad?
Nick asintió y esbozó una sonrisa que intrigó a Mack.
—Parecerá una calabaza.
—¿Será niño o niña?
—Aún no lo sabemos —respondió con suavidad, y añadió con una sonrisa—: No estoy seguro de querer saberlo. Me gustan las sorpresas, ¿a ti no?
—Las agradables —convino Mack—. Pero Miley no se casará con usted, señor Nick.
—Sí lo hará —murmuró él ausente, mientras se imaginaba arrastrando suavemente a Miley hasta una iglesia bajo la mirada atónita de los viandantes. Luego añadió—: Lo hará por el bien del niño aunque no lo haga por el mío.
—Eso significa que usted será de la familia.
Nick dio otra calada al cigarrillo.
—Irrevocablemente.
Mack bajó distraídamente la mirada hasta la zapatina.
—¿Y qué hay de Clay, señor Nick? Yo le delaté.
Nick rodeó los hombros del muchacho con gesto despreocupado.
—Tú y yo somos los únicos en el mundo que lo saben. Y nadie se enterará. ¿De acuerdo?
—Pero...
Nick se volvió hacia él y clavó su mirada en la del niño.
—¿De acuerdo? —repitió.
—De acuerdo. Y gracias —añadió inseguro Mack.
—Un hombre tiene que  velar por su joven cuñado, no crees? —preguntó Nick con una amplia sonrisa. No se permitió pensar cómo afectaría esto a su relación con Miley cuando las cosas por fin salieran a la luz.
En el interior de la casa, Miley se puso unos vaqueros que ya le quedaban demasiado estrechos y un suelto blusón holgado a rayas, con mangas abombadas, que le tapaba la cintura. Se cepilló el cabello, se dio un ligero toque de maquillaje y fue a reunirse con Mack y Nick en el porche.
Se les veía muy cómodos allí sentados, Zac fumando su eterno cigarro y meciendo el balancín con una de sus largas piernas, mientras él y el chico charlaban como si fueran viejos amigos.
—¿Lista? —preguntó Nick levantándose a la vez que lo hacía Mack—. Yo conduciré.
—Buena idea —asintió Mack—. El coche de Miley a veces funciona y a veces no. Nunca se sabe.
—Es un buen coche —protestó ella.
—Pero no es precisamente nuevo —dijo Mack y emitió un silbido entusiasta cuando subió al asiento trasero del coche de Nick—. ¡Genial! —exclamó examinándolo todo, desde el cenicero hasta el brazo central abatible.
—¿No te aburres en la sala de espera del hospital? —preguntó Nick ceñudo mirando a Mack por el retrovisor, pues suponía que el chico era demasiado pequeño para entrar en la habitación de su abuelo.

—Le dejan entrar a verlo explicó Miley adivinando con rapidez el curso de sus pensamientos—. El abuelo está ahora en la residencia HealthRex. Te dije que lo habían trasladado, ¿no te acuerdas?
—Tenía mucho en que pensar —murmuró él—. Lo había olvidado. ¿Está mejor?
Miley observó a Mack, que miraba por la ventanilla, y de nuevo a Nick, e hizo un gesto de negación.
Él esbozó una mueca.
—Se ha rendido.
—Exacto. He tratado de hablar con él, pero cierra los ojos y me ignora. —Asió el dobladillo de su blusón y examinó las puntadas. Se lo había confeccionado ella misma el año anterior, y debía reconocer que no estaba nada mal.
—Necesita algo que le haga revivir —musitó Nick.
—No, necesita descansar.
—El descanso no le hará salir de donde está. —No dijo nada más, y dejó que Mack, que se sentía excitado, hablara con Miley, mientras ella reflexionaba sobre lo que había dicho Nick.
—No harás que se ponga nervioso, ¿verdad? —preguntó ella con cautela cuando recorrían el largo e inmaculado pasillo hacia la habitación que el abuelo compartía con otro paciente.
—Por supuesto que no —contestó Nick con expresión inocente.
Miley no le creyó ni por un instante. Los tres entraron. La otra cama estaba vacía, pero sobre ella había una bandeja con restos del desayuno, así que era de suponer que alguien la ocupaba. Miley cogió una de las sillas y Nick la otra, mientras Mack se dirigía a la cabecera de la cama y asía la mano del anciano.
—¡Hola, abuelo! —dijo el muchacho—. ¿Cómo estás hoy? Te echamos de menos en casa.
Los párpados del viejo temblaron, pero no abrió los ojos.
—De acuerdo, nos sentimos solos —añadió Miley—. ¿Te sientes mejor?
Siguió sin haber respuesta.
Nick miró a los dos hermanos y luego se levantó y se acercó a la cama.
—Se ha perdido un desayuno estupendo esta mañana —dijo intencionadamente, y se llevó un dedo a los labios cuando Miley abrió la boca para hablar—. Por no mencionar el fabuloso café que he preparado.
Los pálidos ojos azules del anciano se abrieron y miraron a Nick.
—¿Qué hacía usted... en mi casa?
—Trataba de cuidar de Miley y de Mack —contestó rápidamente.
El señor Cyrus hizo un esfuerzo para sentarse.
—¡No, no puedo creerlo, maldito bribón sin escrúpulos! —Forcejeó para librarse de la sábana—. No quiero que andes por ahí con mi nieta sin carabina. Ya le has hecho bastante daño a esta familia.
—Parece como si ya lo supiera, ¿verdad? —dijo Nick mirando a Miley, que estaba horrorizada por la exasperante despreocupación con que hablaba al anciano. Este se detuvo justo cuando iba a levantarse.
—¿A qué te refieres?
—Al bebé que va a tener Miley —contestó Nick dejándola sin habla.
El abuelo enrojeció de ira. Miró ceñudo y furioso a Nick.
—¡Canalla! ¡Si tuviera mi bastón te daría una paliza!
—Primero tendrá que comer y recuperar las fuerzas —dijo él con aparente indiferencia—. Y volver a su casa, por supuesto.
—Lo haré, puedes estar seguro —musitó el anciano. Luego clavó la mirada en el rostro ruborizado de Miley y preguntó—: ¿Cómo has podido hacerlo? ¡Tu abuela debe de estar revolviéndose en su tumba!
Miley bajó la mirada, avergonzada e incómoda. Ya todos sabían lo que ella y Nick habían hecho. Era la prueba viviente.
—¿Por qué adoptas esta actitud? —la regañó Nick con mirada ceñuda—. Un bebé no es algo de lo que haya que avergonzarse. Y en cuanto a usted, ya está bien —dijo al abuelo clavando en él la mirada antes de que pudiera intervenir—. Miles y yo queremos tener ese niño. Ha sido concebido demasiado pronto, pero ninguno de nosotros quiere librarse de él.
—¡Espero que no! espetó el abuelo esbozando una mueca de disgusto. Luego, con una mirada cautelosa en sus desvaídos ojos azules, añadió—: No se casará con usted, ¿verdad? —preguntó con una sonrisa—. Le tomó el pelo con lo de Clay. Ella lo sabe.
Empecé a salir con ella en parte porque quería tener controlado a Clay —admitió Nick con calma, pero odiándose mientras lo decía.
—Eso me pareció —dijo el abuelo.
Miley no lo miró. Ya lo sabía, pero resultaba doloroso escucharlo de sus labios.
Nick se percató de la expresión herida que se dibujó en su rostro pálido y pecoso y sintió haber pensado así alguna vez. Sus sentimientos hacia ella habían cambiado drásticamente en las semanas en que salieron juntos, y se arrepentía del motivo por el que había iniciado su relación con Miley. Pero, a la larga, era mucho mejor decir la verdad. Sería más probable que le creyera cuando le revelara la auténtica razón por la que quería casarse con ella. Pero, de momento, no iba a creer nada que él dijera, pues estaba demasiado ofendida, de modo que llevaría tiempo. Tenía que ganarse de nuevo su absoluta confianza, demostrarle cómo sentía, antes de hacer confesiones. Y, por el momento, tenían otras prioridades: el abuelo y Clay.
El abuelo, sin embargo, constituía cada vez menos un problema; o cada vez más, dependiendo del punto de vista.
—Quiero salir de aquí —gruñó el anciano, y forcejeó, jadeando por el esfuerzo, para sacar las piernas por un lado de la cama. Sus deseos de morir habían hecho que casi no comiera, así pues estaba muy débil—. Maldita sea, no permitiré que siga haciéndolo.
—¿Que siga haciendo qué?. —preguntó Nick educadamente mientras le acomodaba de nuevo con cuidado y trataba de no sonreír ante el arranque de genio del anciano.
—¡Comprometiendo a mi nieta! —exclamó.
—Yo no la he comprometido, Yo...
—¡No te atrevas a decirlo! —le interrumpió Miley al advertir la mirada maliciosa en los oscuros ojos de Nick.
Él se encogió de hombros.
—Muy bien. Sólo iba a decirle que tú me obligaste.
—¡No lo hice!
—Has arruinado mi reputación —prosiguió Nick con tenacidad y una cómica expresión ofendida que hizo que Mack sofocara una risilla—. Hiciste que me expusiera al ridículo público. Todo el mundo creerá que soy fácil. Las mujeres garabatearán mi número de teléfono en los lavabos. Me harán la vida imposible en el trabajo. Y es todo culpa tuya. ¡Ya sabías lo débil que era!
El abuelo no supo con exactitud cómo interpretar lo que el fiscal decía. En sus tiempos, si una mujer se comportaba de ese modo, se consideraba indecente. Sin embargo, Nick y Miley estaban hablando del niño que habían concebido, y ni siquiera estaban casados. El único consuelo estribaba en que ambos querían ese bebé. Además percibió algo en el modo en que Nick miraba a Miley cuando ella estaba distraída.
Se reclinó lentamente, todavía afectado por la perspectiva de Nick mudándose a su granja y tomando posesión de sus dominios. Pero se sentía más vivo que desde aquella terrible noche en que Clay había sido arrestado y él había ido al hospital.
 
—¿Te encuentras bien? —preguntó Miley con dulzura.
Asintió y aspiró profundamente.
—Mi corazón está bien. Dicen que me recobro de forma satisfactoria. —Y añadió ligeramente avergonzado tras reconocer por fin que el largo confinamiento no había servido para nada, pues aunque había esperado morir, el Señor parecía tenerle reservada alguna otra cosa—: Siento los gastos que mi convalecencia ocasiona, Miley.
—No te preocupes por el dinero —explicó Miley con suavidad—. Tengo la situación dominada.
—En ese caso, ¿qué tal si lo sacamos de aquí el lunes y lo llevamos a su casa? —propuso Nick cambiando de tema. No quería que el abuelo preguntara nada más sobre cómo se pagaban las facturas. Miley quizá se preguntara sobre la inexistente financiación gubernamental y descubriera que él corría con los gastos. No quería que sospechara nada, así como tampoco deseaba que supiera lo que había hecho por Clay, al menos no todavía.
—Quiero irme a casa, pero no que esté usted allí —dijo el abuelo con firmeza.
—Lo siento, pero tengo que hacerlo —dijo Nick despreocupadamente—. La casa se cae a pedazos. Debo pintar, arreglar puertas, reparar los marcos... No puedo permitir que mi futura esposa viva en una casa en ruinas.
—¡Yo no soy tu futura esposa! —exclamó Miley furiosa.
—¡Es mi casa! —secundó el abuelo.
—¿Cómo puedes soportarlo? —preguntó Nick a Mack con un suspiro teatral—. ¡Dios santo, pobrecillo!
Mack rió. Le gustaba mucho Nick y no creía que Miley tuviera la opción de seguir adelante sin casarse.
La discusión continuó, pero Nick los ignoró hasta que empezaron a hablar de Clay y de su juicio.
Mack se dirigió a las máquinas expendedoras de bebidas y golosinas del vestíbulo con un montón de monedas que le había dado Nick.
—¿Quién es ese Davis que va a defenderle? —preguntó el abuelo.
—Es un abogado de color... —empezó Miley.
—¿Negro? —la interrumpió el abuelo. 
—Negro —confirmó Nick en un tono que impidió continuar al anciano—. No es una palabra soez. J. Davis es uno de los abogados defensores más famosos del país. Gana cerca de medio millón de dólares al año, y es el mejor que hay. Ha rechazado sus honorarios para defender a Clay, así que quizá deba considerar la posibilidad de olvidar sus prejuicios racistas hasta que el juicio termine.
La mirada de los pálídos ojos azules del abuelo se hizo más penetrante.
—Podemos estar de acuerdo o no en cuanto a los prejuicios. Me figuro que ninguno de los dos cedería un milímetro en nuestros puntos de vista. Sí dice que ese Davis es un buen abogado, eso es lo único que cuenta. No quiero que Clay vaya a la cárcel.
—Cumplirá condena —contestó Nick con lentitud—. Espero que lo comprenda. Quebrantó la ley. No hay forma de impedir que reciba algún castigo por involucrarse en el tráfico de drogas, no importa quién le defienda. El cargo que más puede perjudicarle es el de intento de homicidio y hay pruebas sustanciales para relacionarlo con él.
—Me importan un comino las pruebas —intervino Miley con obstinación—. Conozco a Clay, y sé que nunca haría algo así.
Nick opinaba lo mismo a raíz de lo que le había contado Clay. Pero no pretendía compartir todavía esa información.
—Sin embargo, en lo relativo a la venta de estupefacientes puede negociarse una declaración de culpabilidad para reducir la pena —continuó como si Miley no hubiera abierto la boca—. Considerando que es su primera falta, quizá no pase mucho tiempo en la cárcel. Obtuve una condena por tráfico de cocaína hace algunos años. El culpable fue condenado a diez años, y sólo cumplió diez meses. Todo es posible.

—¿No hay posibilidad de que usted rehúse incriminarle por el intento de asesinato, por el bien de Miley? —sugirió el abuelo con solemnidad.
—No tengo esa opción —replicó Nick—, y usted lo sabe.
—Ya veo. —El abuelo tiró de la sábana con expresión ausente y ceñuda—. Ya veo.
—Si refuta las pruebas de la acusación e involucra a sus cómplices, conseguirá reducir su pena —añadió Nick. Y si podemos relacionar a los Harris con la muerte de Dennis, les caerán bastantes años.
—¿Y qué pasa con Miley si decide hacerlo? —inquirió preocupado el abuelo—. La gente que es capaz de colocar una bomba en un coche quizá no se detenga a la hora de hacer daño a una mujer.
—Lo sé —contestó Nick, y sus ojos azules no parpadearon—. Tendrán que vérselas conmigo para llegar hasta Miley. No le harán daño. Se lo garantizo.
Miley enrojeció sorprendida de que pareciera dispuesto a protegerla con tal ferocidad. Bajó la vista cuando él la miró.
El abuelo también se percató de la actitud protectora del fiscal, y esbozó una sonrisa, pero no permitió que él lo viera.
—¿Clay ya ha decidido dar ese paso? —preguntó.
—Todavía no —contestó Miley.
—¿Has ido a verlo últimamente?
Ella esperaba no tener que responder a esa pregunta, pero ya no tenía opción. Todos la miraban.
—Ahora hay un hombre que comparte celda con Clay —explicó despacio—. Está acusado de intento de violación. Él... Bueno, en realidad no dijo nada, pero me miró de una forma que me puso la carne de gallina, no he vuelto a ir. Sé que Clay entiende por qué. A él tampoco le gustó.
—¿Por qué no me lo dijiste? —exigió Nick. La, sangre se le aceleró en las venas al imaginar a Miley en esa clase de situación. Ése era un problema que él podía resolver al instante, tan sólo con una llamada telefónica.
—¿Cómo iba a decírtelo? —se quejó Miley acalorada—. ¡No hemos hablado en semanas!
—Hemos estado hablando durante dos días —le recordó él también bastante furioso.
—No me lo preguntaste —replicó ella con arrogancia.
Nick la miró ceñudo.
—Bueno, pues no volverá a ocurrir. Haré que lo trasladen de la celda de Clay e iremos juntos a verlo.
—A Clay no le hará mucha gracia.
—¿Por qué?
—Tú no le gustas —contestó ella frunciendo el entrecejo—. ¿o es que no lo sabes? ¡Tú le delataste, por el amor de Dios!
Mack palideció y abrió la boca para hablar, pero Nick le hizo callar con una furiosa mirada.
—Quizá tengas razón. Ve tú sola.
Clay estaba haciendo lo que él le había dicho ocultando a Miley que Nick había estado en su celda y había conseguido que Davis lo representara. Nick no quería revelar la verdad a Miley hasta estar seguro de sus sentimientos. La gratitud era un pobre sustituto para el amor. Pero le dolía que le culpara por el arresto de Clay, y ésta era una cruz que tendría que llevar para siempre, pues no podía decirle que era Mack quien le había delatado. No iba a dejar que el muchacho sufriera por ello.
—No sabía lo de su compañero de celda —continuó— Debe de escasear el espacio. últimamente ha habido una serie de arrestos relacionados con las drogas y las cárceles del centro de la ciudad y de las afueras están a rebosar. Incluso están soltando a algunos delincuentes menores para poder retener a los responsables de crímenes más graves en el propio condado. Quizá en un futuro no muy lejano también nos veamos obligados a soltarlos. El hacinamiento en las prisiones puede ser peligroso.
—¿Por qué hay tanta gente en las cárceles? ¿Acaso el número de crímenes ha aumentado?
—No. De hecho, algunos crímenes como los asesinatos y las violaciones han descendido. Pero los casos se acumulan en los juzgados. Muchos de los que están en las cárceles esperan ser juzgados, como Clay. A veces, cuando sus casos van a juicio, es imposible encontrar a un testigo fiable, porque o han olvidado la fecha o están enfermos. El acusado vuelve a la cárcel y debe fijarse una nueva fecha para el juicio. Os sorprendería comprobar cuántos casos tienen que aplazarse porque al abogado defensor o de oficio le surge algún imprevisto y no puede presentarse. —Se encogió de hombros—. Constituye un problema generalizado. Nadie ha encontrado una solución, excepto la de construir más cárceles.
—Y eso cuesta dinero —intervino el abuelo, para que comprobaran que había estado escuchando—. Lo que afecta directamente al bolsillo del contribuyente.
—Exacto —dijo Nick—. Pero si se quiere un lugar en que metan a los criminales, se tiene que pagar para que los mantengan en él. Usted paga por su manutención. Lo mismo hago yo. La alternativa es soltarlos y contratar a alguien para proteger nuestras vidas y propiedades. No es una perspectiva muy atractiva, ¿verdad?
El abuelo negó con la cabeza.
—Deberíamos realizar ejecuciones públicas —sugirió—. No entiendo cómo la gente puede sentir lástima por un individuo que ha descuartizado a media docena de personas. ¿Qué hay de las pobres víctimas?
—Bueno —explicó Nick—, el sistema de justicia criminal de este país no es perfecto, pero es el mejor del mundo. Además de culpar a los liberales, también deberíamos incriminar a otros grupos de interés que tratan de persuadirnos de aplicar leyes como el estatuto de Rico, que nos permite confiscar dinero obtenido con el tráfico ilegal de drogas y otras ganancias fraudulentas.
—Amén —concluyó el abuelo con pasión—. Al parecer hoy en día las sucias maniobras políticas son lo habitual, aunque haya excepciones. Cada día se oye hablar de algún político que ha hecho algo poco ético. ¡Hoy en día a nadie le importa el honor!
—A algunos sí —contradijo Nick—. Pero su actitud al respecto es apática. Por otro lado, ¿por qué sólo alrededor de un tercio de la población acude a las urnas a votar?
—Eso me preocupa —admitió el abuelo—. Y siempre he votado, Y Miley también.
—Y yo —continuó Nick—. Pero hasta que la silenciosa mayoría empiece a involucrarse de verdad, nada cambiará demasiado.
Miley estaba radiante. El abuelo casi parecía el mismo de antes. Nick había logrado mediante sus hábiles trucos que volviera a luchar por la vida.
La enfermera entró para comprobar los signos vitales del abuelo y se sorprendió al verlo sentado en la cama y con color en las mejillas. No hizo preguntas, pero se fue sonriendo cuando de nuevo los dejó solos en la habitación.
Nick convenció a Mack y a Miley para irse unos minutos después, tras prometer al abuelo que él y Miley regresarían el lunes por la mañana para llevarlo a casa.
—¿Cómo nos las arreglaremos? —preguntó Miley—. Tendré que ir a trabajar.
—Yo también —contestó él con despreocupación, hurgando en su bolsillo en busca de las llaves mientras se dirigían hacia el coche—. Pero me tomaré una hora libre, y tú también.
—Pero no habrá nadie en casa para ocuparse del abuelo —se quejó.
—Sí que lo habrá —intervino Mack con una sonrisa—. Puedo darle sus medicinas y distraerle. Así no tendré que quedarme con la señora Addington. Es muy agradable, pero el abuelo y yo nos llevamos mejor.
Miley titubeó.
—No sé...
—Mack tiene casi once años —dijo Nick cuando regresaban en el coche a la granja—. Es listo y responsable. Tiene el teléfono de tu trabajo. También le daré el mío. Lo hará bien, de modo que deja ya de preocuparte, ¿de acuerdo?
Miley se rindió. Era demasiado para ella, y sentía un increíble cansancio. Se reclinó contra el reposacabezas y cerró los ojos.
—De acuerdo —murmuró soñolienta.
Se había dormido cuando llegaron a la granja. Nick se llevó un dedo a los labios, le dio a Mack la llave de la puerta y la alzó con suavidad.
Miley se despertó justo cuando él trataba de quitarle los zapatos en su habitación.
—Me he dormido —musitó.
—Ha sido una mañana muy larga —contestó Nick con dulzura—, y te fatigas con facilidad. Ahora descansa, pequeña.
—¿Y Mack?
—Ha ido a ver a su amigo John. Dijo que tú le dejabas ir. ¿Es cierto?
—Sí, la madre de John dijo que fuera cuando quisiera.
—Estás agotada por el exceso de trabajo. Mira que repartir periódicos... —murmuró mirándola ceñudo, de pie junto a la cama.
—Bueno, era lo único que podía compaginar con el trabajo en la oficina —dijo ella tratando de defenderse.
Los ojos chocolate de Nick se apartaron de su rostro pálido y pecoso, recorrieron su cuerpo esbelto y volvieron a fijarse en sus mejillas descarnadas y las grises ojeras.
—No debí permanecer alejado de ti tanto tiempo —dijo, y su voz profunda resultó agradable en la quietud de la habitación—. Pero me cuesta relacionarme con la gente, aunque esté de buen humor. He pasado solo la mayor parte de mi vida. Me enfureció que te preocuparas más por Clay que por mí, sobre todo porque había sido a mí a quien habían intentado asesinar. —Metió las manos en los bolsillos—. Quizá sea normal que antepongas a tu familia. Yo no tengo familia, así que, en realidad, no lo sé. Pero no debí dejar que el resentimiento me alejara de ti cuando más necesitabas a alguien.
—Supongo que yo no ayudé mucho a que las cosas se resolvieran al decir que ojalá la bomba hubiera cumplido su objetivo —musitó ella observando sus duras facciones—. No lo dije en serio. Me dolió que vigilaras a Clay y ordenaras su arresto. Creo que eso fue lo que más daño me hizo.
Nick apretó los dientes. Representaba el mayor obstáculo para su futuro en común y no podía hacer nada al respecto, no sin incriminar a Mack. Apartó la mirada.
—No soy perfecto, querida —dijo con brevedad—. Nunca lo he pretendido.
Ella asintió. Se recostó en la almohada con un fatigado suspiro.
—Gracias por lo que has hecho por el abuelo. Pero ahora podemos arreglárnoslas solos.
—Me alegra oírlo, pero no te las arreglarás sin mí —insistió obstinado. Se acercó a la cama y la miró ceñudo—. Comprendo que no quieras tenerme cerca, pero necesitas a alguien, y a menos que escondas a un hombre debajo del colchón, tendrás que conformarte conmigo. No puedes pasar por todo esto sola.
—Lo he hecho durante todos estos años —protestó ella con pasión.
—Pero es la primera vez que estás embarazada.
—¡Nick! —exclamó furiosa.
Él se sentó en la cama, se inclinó sobre ella y clavó su oscura mirada en sus hostiles ojos turquesa.
—Nunca he conocido a alguien la mitad de cabezota que tú —dijo casi sin aliento. Su mirada descendió hasta la tierna boca de Miley—. O tan dulce. Me siento solo, Miley, muy solo.
Sabía cómo ganar, se dijo Miley con amargura, mientras su aliento a tabaco se mezclaba con el de ella. Nick apartó los despeinados mechones de cabello cobrizo de su rostro y se inclinó para besarle los párpados. El corazón de Miley se aceleró y su respiración se entrecortó de repente cuando los labios descendieron a sus mejillas y luego, inevitablemente, a su boca entreabierta.
—¿Recuerdas lo que sentiste aquella noche? —preguntó Nick cerca de sus labios, y oyó el suspiro ahogado que surgió de la garganta de Miley al susurrar esas explícitas y excitantes palabras—. Sí, lo recuerdas, ¿verdad? Recuerdas cómo nos unimos sobre la alfombra, sin importarnos el lugar, ciegos y rendidos al dulce y agudo placer de nuestros cuerpos unidos en aquel ritmo angustioso.
Las manos de él descendieron por su garganta hasta la suave prominencia de los pechos bajo el blusón. Miley se tensó cuando sus dedos trazaron círculos alrededor de ellos, y sintió que la fiebre que de él emanaba la poseía.
—Me mordiste —susurró Nick alzando la cabeza para que ella indagara en sus velados ojos—. Y al final, recuerdo haberme alegrado de que las ventanas estuvieran cerradas, para que los vecinos no oyeran con qué pasión pronunciabas mi nombre.
—Basta —pidió ella con aspereza—. ¡No, Nick!
—Sssshh —silbó él rozando sus labios con los de ella. Deslizó las manos bajo el blusón para desabrochar el sujetador. Lo apartó y ella sintió sus fríos dedos contra su piel ardiente, aplacando el dolor que él mismo había producido.
—Por favor —rogó Miley con voz ronca. Sus manos lo ayudaron y levantó el blusón hasta la barbilla mientras se arqueaba y dejaba que él la mirara, invitando a su boca—. Por favor, Nick, ¡esto no es justo!
Él sostuvo delicadamente un pecho entre sus manos y frotó el pezón malva primero con la nariz y luego con los labios. Finalmente, lo asió con la boca en una suave y lenta succión que hizo que el cuerpo de Miley se tensara de placer. Dejó de protestar y cerró los ojos.
La mano libre descendió hasta los vaqueros y encontró desabrochado el botón de la cintura. Sonrió contra su pecho mientras bajaba la cremallera de modo que sus largos dedos acariciaron posesivos la suave hinchazón producida por su hijo.
—¿Ya notas al bebé? —susurró, al tiempo que ascendía hasta posar sus labios sobre los de ella.
—En realidad no —contestó insegura—. Es muy pronto para que se mueva.
—Es tan pequeño —dijo él mirándola a los ojos—. Vi una foto en uno de los libros que he comprado. A los dos meses cabría en mi mano y ya estaría perfectamente formado.
La sangre de Miley ardió al ver la expresión de su rostro y escuchar sus palabras dulces, profundas.
—Has estado con otras mujeres —dijo lentamente.
—Unas cuantas —admitió él con calma—. Pero nunca he disfrutado tanto con nadie como contigo. Apenas fui capaz de quitarme la ropa a tiempo. Por eso estás embarazada, no supe dominarme.
—Yo tampoco —reconoció ella—. Fue tan agradable cuando empezaste a acariciarme. Nadie lo había hecho, nunca me habían acariciado así. Sentía la piel tan ardiente que me quemaba y sólo deseaba sentir tu cuerpo contra el mío.
La boca de Nick se fundió en la de ella, mientras con una mano se levantaba la camisa. La alzó contra el para sentir sus pechos contra su piel fría y velluda. Miley se estremeció. Su cuerpo lo deseó al instante. Así de simple, así de profundo.
—¿Y si entra Mack? —susurró cuando él volvió a levantar la cabeza.
Nick vio el deseo, la ansiedad reflejada en sus ojos. Él también la deseaba con la misma intensidad.
—Cerraré la puerta por si vuelve. —Echó el pestillo y volvió junto a ella, quitándose la camisa por el camino. Después acabó de desnudarse mostrando claramente su excitación.
Miley ya no tenía energía para protestar. Su cuerpo ya estaba tenso por la pasión. Conocía íntimamente el de Nick y lo deseaba, lo exigía. Habla pasado mucho tiempo. Él era el padre de su hijo, y le amaba. Permaneció muy quieta mientras las manos de él la desnudaban. Pero cuando sus labios presionaron ávidos de deseo su vientre, inspiró profundamente.
Nick se deslizó sobre la fría colcha junto a ella, su cuerpo moreno ensombrecía la piel pálida de Miley. Los ojos le brillaban al sonreír por la franca impaciencia que ella mostraba.
—Dios, los recuerdos me han vuelto loco —musitó. Bajó la mirada hacia sus pechos y los acarició con reverencia, mientras ella le observaba y respiraba jadeante ante tan erótica visión.
Se inclinó y besó sus senos con ternura, disfrutando de su suavidad. Se deslizó sobre ella, de modo que Miley sintió su cuerpo tenso contra sus muslos, y sus piernas poderosas se movieron entre las de ella en un ritmo lento que se acompasaba al temblor del propio cuerpo de Nick.
Ash sintió que la tocaba íntimamente, probándola, y luego volvía a retirarse, con las manos apoyadas sobre la colcha a la altura de la cabeza, mientras todo su cuerpo se fundía con ternura con el de ella y él emitía una risa profunda satisfecho por cómo Ash reaccionaba a sus caricias.
Zac siguió tanteando con su cuerpo, al tiempo que sus labios jugueteaban con los de Ash, atormentándola en el ardiente silencio de la habitación. Y todo el tiempo ella lo miraba con el corazón tan desbocado que hacía temblar sus senos, el cuerpo tembloroso a causa de un deseo que él estaba transformando en urgencia.
—¿Me deseas? —susurró Zac con malicia, avanzando y retrocediendo con sus caderas, observando cómo Ash se arqueaba en un desesperado movimiento de búsqueda.
—Sí —gimió jadeante —. ¡Por favor, Zac, por favor!
—Todavía no —musitó él rozándole los labios con los suyos—. No me deseas lo suficiente.
—Sí... ¡Te deseo!
Él mordisqueó su labio inferior y sus movimientos se volvieron más sensuales, más provocativos. Los débiles y rítmicos intentos la hicieron estremecerse y tiró de los brazos de él.
—No —susurró Zac. La besó con rudeza y rodó bruscamente hasta quedar tendido de espaldas. Su erección era tan evidente que Ash no podía apartar la mirada de su tallo—. Si me deseas, tendrás que tomarme tú—. La tentó con suavidad, con una mirada tan sensual y oscura que hizo que la recorriera un hormigueo.
Ash no sabía cómo hacerlo, pero su cuerpo ardía de pasión. Le necesitaba desesperadamente. Con más entusiasmo que habilidad, montó sobre él a horcajadas y ruborizándose, trató de unir su cuerpo al de él. Zac sonrió arrogante al ver sus esfuerzos y por fin sintió lástima de ella.
—Así, pequeña, así —musitó, al tiempo que la alzaba y la guiaba.
Ash gimió cuando él la invadió sin encontrar resistencia, y Zac esbozó una sonrisa ardiente.
—Ahora —jadeó él cuando el placer lo recorrió—. Muévete sobre mí, así.
La enseñó, la retuvo contra él con dedos de acero en sus caderas, la observó con feroz posesión. Nunca le había gustado esa postura con otras mujeres, pero era locamente excitante con Ash. Le gustaba la tímida fascinación que se reflejaba en sus ojos, la forma en que se ruborizaba cuando la alzaba y la obligaba a mirar; pero, sobre todo, le gustaron los débiles sonidos que surgieron de su garganta cuando el placer la poseyó por completo.
—Aún estás débil —susurró él cuando las fuerzas de Ash flaquearon. La hizo girar hasta que estuvo tendida junto a él, y con una mano le sujetó las caderas para acompasar sus movimientos.
—Ahora mírame —exigió.
Ash abrió sus nebulosos ojos y clavó la mirada en la de él, mientras Zac se movía contra ella, dentro de ella, con un ritmo lento y marcado que hacía audible cada contacto de sus cuerpos.
—Siénteme.
—¡Oh!— exclamó Ash al sentir la primera punzada aguda del placer.
La mano de él se deslizó y atrajo sus caderas con rudeza hacia sí.
—Más fuerte —susurró él con aspereza—. Quiero que te unas tanto a mí que tengan que separarnos.  ¡Eso es! ¡Sí! —Apretó los dientes y alzó la otra mano para empujar con más fuerza clavando los dedos en las caderas de Ash, mientras él se movía rítmicamente, cada vez más rápido, abrasando con sus ojos los de ella, y con la respiración jadeante y entrecortada.
Ash oía el rechinar de los muelles del colchón bajo ellos, los atormentados latidos del corazón de Zac, su respiración, pero su atención se centraba en la ardiente tensión que surgía de la parte baja de su columna y se irradiaba por todo su cuerpo en un fantástico ascenso. Se aferró a sus musculosos brazos, moviéndose con él mientras el placer la poseía con una intensidad que la hizo sollozar levemente.
—Mírame exigió él con aspereza—. Quiero ver tus ojos cuando alcances el clímax.
Ash lo intentó, pero los espasmos fueron repentinos y agudos, y tras un gemido de asombro sus ojos se cerraron y se abandonó presa de una ardiente confusión de angustia y satisfacción.
—Ash —dijo Zac con un sonido gutural. Retuvo el aliento y luego se desahogó con un suspiro ahogado, mientras apretaba fuertemente sus caderas y se estremecía contra ella en pleno éxtasis.
Pareció transcurrir mucho tiempo antes de que relajara la dolorosa presión en sus caderas, pero tampoco la soltó. La rodeo con ternura y la acunó entre sus brazos sus cuerpos todavía íntimamente unidos mientras luchaban por respirar.
—No... No hemos debido hacerlo —susurró Ash con amargura, ligeramente avergonzada por su flaqueza.
—Hemos concebido un niño —dijo él con dulzura. Sus labios le acariciaron la mejilla, el cuello—. Me perteneces.
-Zac...
Él rodó hasta colocarse sobre ella, su cuerpo poderoso entre las piernas de Ash, sosteniendo su peso con los brazos. Clavó su mirada en la de ella y empezó a moverse, muy despacio. Ella se excitó de inmediato y se entregó sin protestas.
Esa vez hicieron el amor más despacio y con mayor dulzura y las explosiones de placer fueron tan tiernas como los besos que intercambiaron. La boca de Zac retuvo la de ella, mientras sus cuerpos firmemente unidos se estremecían al unísono en oleadas de placer hasta alcanzar la plenitud.
—Qué ternura —susurró Zac rozando sus labios con los de ella—. Tú y yo nunca hacemos el amor dos veces del  mismo modo. Cada vez es nueva, y hermosa, y totalmente satisfactoria.
Ash escondió el rostro en su húmedo cuello, aferrándose a él. Se sentía débil a causa del placer agotador.
—Me has seducido.
—La seducción es egoísta. Esto no lo ha sido. Mis intenciones son muy honorables. He hecho todo lo posible para conseguir que te casaras conmigo y dar un apellido a mi hijo, pero te has negado. Te deseo. Y tú me deseas.
Ash no podía negarlo, pero no la hacía sentirse mejor con respecto  a su rápida capitulación. Empujó suavemente los hombros de Zac y él alzó la cabeza.
—No te preocupes —susurró él—. No puedes quedar embarazada si ya lo estás.
Ella le  golpeó en el pecho.
—Serás bestia!
—No. Soy un hombre normal con apetitos normales y no puedo vivir como un eunuco. Dios, ¿tienes idea de lo hermosa que estás cuando tu cuerpo llega al éxtasis? —preguntó con suavidad mirando sus ojos asombrados—. Tu piel brilla, tus ojos se oscurecen excepto por una pequeña línea verde pálido, tus labios están llenos y abiertos, y pareces una sirena. Me pierdo al mirarte. —Respiró con dificultad—. Mirarte me hace traspasar mis propios límites.
Ash bajó la mirada con las mejillas enrojecidas.
—Tú no quieres mirarme, ¿no? —continuó él con aspereza—. ¿Te avergüenza mirarme cuando estoy excitado?
—Sí —admitió ella.
—Te acostumbrarás a mí. Esto es algo muy personal, Ash. No hay normas, ni requisitos, excepto el placer. El hecho de compartir es lo más importante.
—Es sólo... sexo —se quejó ella.
Zac la hizo volver el rostro hacia él.
—No vuelvas a decir eso. El sexo es una mercancía de intercambio. Tú y yo no practicamos el sexo, hacemos el amor. No lo abarates con frías etiquetas sólo porque te resulta embarazoso acostarte conmigo.
—¡No me gustan los interludios casuales!
—Esto no es un interludio, ni es casual. Llevas a mi hijo en tus entrañas. Y tarde o temprano te casarás conmigo —añadió.
—¡No, no lo haré! —exclamó furiosa—. ¡Tú no me amas! Sólo me deseas.
Él la miró fijamente con acritud. Estaba tan ciega como un topo y era tan inocente como un niño. ¿Por qué no se daba cuenta?
—Piensa lo que quieras —dijo secamente. Se incorporó, asombrado por la expresión del rostro de Ash cuando se separaron, por el modo en que bajó la mirada.
Se levantó y se vistió mientras ella recogía su ropa y trataba de no mirarle.
La obligó a levantarse de la cama y enmarcó su rostro con las manos, mientras su cuerpo esbelto, fuerte y cálido se apretaba contra el de ella y la miraba con solemnidad.
—Tú me perteneces —dijo con dulzura—. No pienso marcharme, ni rendirme. Más vale que te acostumbres a tenerme cerca. Mack y el abuelo me necesitan y tú también.
—Tú no les gustas —murmuró ella.
—A Mack sí. Tu abuelo se acostumbrará. —Sus manos bajaron hasta las caderas de ella—. Ash, llevas a mi hijo en tu interior —susurró, dejándola atónita—. Si confiaras en mí, aunque sólo fuera un poco, podríamos disfrutar de una vida agradable juntos.
Ella bajó la vista y la fijó en su pecho.
—Una vez confié en ti —dijo con tono desdichado— y nos traicionaste.
No podía responder a eso. Su cuerpo se tensó.
—Sólo hacía mi trabajo —replicó—. Mi trabajo no tiene nada que ver con mi relación contigo y con el bebé.
Ash se mordió el labio.
—Muy bien, pensaré en lo que has dicho. Pero no quiero que esto vuelva a ocurrir, por favor —susurró, mirando de soslayo hacia la cama.
Él le alzó la barbilla y miró sus ojos rebeldes.
—No puedo prometértelo. Te deseo demasiado. Lo que hemos hecho en esa cama es tan natural como respirar. El deseo no es una enfermedad infecciosa. Tú y yo vamos a estar juntos durante mucho, mucho tiempo y tendremos un niño que deberemos criar. Te estoy ofreciendo un compromiso, para toda la vida. Si no te gusta hacer el amor fuera del matrimonio, entonces cásate conmigo.
—Mi familia... —empezó Ash sintiéndose desdichada.
—Tienes que decidir quién va primero, ellos o yo —la interrumpió Zac con firmeza—. Házmelo saber cuando lo averigües. Entretanto, será mejor que me vaya a casa. ¿Estarás bien sola?
Ella asintió.
—Mack no tardará en llegar.
Él la observo despacio.
—Crees que soy cruel al obligarte a elegir, pero hay una razón. Algún día lo entenderás.
Ash no contestó. Él posó su mirada en su vientre y luego se volvió y abandonó la habitación.
Ella no lo vio salir. Tenía mucho en que pensar. La iba a hacer elegir entre su familia y él, y no tenía idea de cómo hacerlo, especialmente después de lo que había pasado ese día.
El domingo fue a la iglesia, visitó a su abuelo y pensó en todo lo sucedido. A la mañana siguiente, estaba hecha un manojo de nervios.

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