lunes, 12 de marzo de 2012

Capitulo 13.-

Excepto por el silencio inusual de Clay, las semanas que siguieron fueron las más felices de la vida de Miley. Comía con Nick siempre que su trabajo se lo permitía. Sólo hubo una nota amarga: las obras de reforma de la oficina de Nick en los juzgados concluyeron y tuvo que abandonar el edificio de Miley para trasladarse con todo su personal. Nick pareció tan disgustado como ella, y le prometió que, a pesar de todo, pasarían juntos el mismo tiempo.
Ella no le creyó al principio, pero resultó cierto. El se las arregló para organizar su trabajo de modo que pudiera comer con ella al menos dos veces por semana. Además, como él mismo recordó, disponían de  los sábados y domingos para estar juntos. A veces la preocupaba que nunca la invitara a su casa, pues sentía curiosidad acerca de cada detallé de su vida. Quería ver el lugar en que vivía, qué libros leía, qué clase de cosas coleccionaba, incluso en qué muebles se sentaba. Sin embargo, pasaban mucho tiempo visitando lugares o simplemente paseando con el coche. A menudo Miley llevaba una cesta de jira y se acercaban al lago Lanier en Gainesvílle, o iban a ver las pintura rupestres de Helen, en lo alto del Chattahoochee. En una ocasión, Nick la llevó al campo de batalla de la guerra civil en Kennesaw, en el condado de Cobb, cerca de Marietta. Lo pasaban bien, y ella se sentía cada vez más profundamente enamorada.
La conmovía que nunca hiciera comentario alguno sobre su vestuario. Nick sabía que no tenía demasiado dinero, así que la llevaba a sitios donde no pudiera sentirse incómoda y se aseguraba de que nunca estuvieran a solas durante mucho rato. Desde la tarde en que la besó de forma tan ardiente en el bosque, había habido poca pasión en su relación. Miley añoraba el sensual placer de sus caricias, pero no quería ponerle las cosas aún más difíciles. Le bastaba con que él disfrutara de su compañía. De hecho, estaba segura de que así era. —Un fin de semana fueron a una tienda de animales y Nick se compró un perro. No era un basset hound, porque no encontraron un ejemplar de esa raza en toda la ciudad, sino un scottie. La pequeña bola de pelaje negro y rizado era una preciosidad. Nick rió divertido con las carantoñas del animal y lo bautizó inmediatamente con el nombre de MacTavish. A pesar de su apretada agenda durante las semanas en que se reunía el tribunal, Nick se las arreglaba para estar todo el tiempo posible con Miley y su nueva mascota, que siempre iba de excursión con ellos.
En un par de ocasiones en que Clay se había quedado con el abuelo, Mack les había acompañado. El chico disfrutó mucho con las agradables salidas campestres y se lo contó a todos sus amigos de la escuela.
Él y Nick se estaban haciendo amigos. El pequeño escuchaba con desmesurada atención lo que Nick le decía. Mack y Clay todavía estaban peleados, pero este último se sentía tan desgraciado que apenas si advertía lo que sucedía alrededor, ni siquiera se percató de la fascinación de su hermana por el fiscal del distrito. Había caído en una trampa sin salida. Hacía tiempo que había roto cualquier lazo que le uniera a Miley, últimamente no le decía nada, ni siquiera a dónde iba cuando salía de casa. La trataba como a una extraña.
El procurador J. Lincoln Davis ofreció una espléndida barbacoa para anunciar con pompa y fanfarria su candidatura a fiscal del distrito. Invitó a Nick, pero éste, según dijo a Miley, no tenía intención de convertirse en catapulta de Davis por lo que no se acercó por la fiesta.
Fue un error. Inmediatamente después del anuncio, Davis empezó a cortejar a la prensa. El blanco de su primera estocada fue Nick. Según él, se estaba ablandando con los traficantes de droga y no había hecho progreso alguno en su investigación de la muerte por sobredosis de crack del niño de la escuela primaria. Las drogas se convirtieron en la plataforma de lanzamiento de Davis, y Nick en su cabeza de turco. Éste, como era característico en él, ignoró los ataques de su contrincante y continuó haciendo su trabajo. Por su parte, se sentía frustrado por la falta de progresos en el caso de Dennis. Sus ayudantes, que trabajaban en colaboración con la policía, no habían sido capaces de establecer conexión alguna entre los Harris y el tráfico de drogas en la escuela primaria.
Hacía tiempo que había olvidado el motivo que le había inducido a salir con Miley, el de tener vigilado a Clay. Cada día que pasaba estaba más encantado con ella, y aunque Miley mencionaba a su hermano de vez en cuando, nunca se refería a nada serio.
Mack, sin embargo, le había contado algo que ni siquiera le había dicho a Miley.
Sucedió un fin de semana que Nick estaba en la granja. Había ido a ver cómo Mack hacía funcionar el tren mientras esperaba a Miley. El muchacho se levantó de repente, se asomó al vestíbulo y luego cerró la puerta, para sentarse de nuevo junto a Nick.

—No puedo decírselo a Miley —dijo al cabo de unos instantes, jugueteando con un empalme de las vías—. Ya está bastante alarmada al respecto. Pero tengo que decírselo a alguien. —Alzó la mirada, y Nick pudo ver la preocupación en su rostro—. Señor Nick, Clay trató de obligarme a decirle quién compraría drogas en mi escuela. Cuando me negué, se puso furioso. —Se mordió dolorosamente el labio—. Es mi hermano y lo quiero, lo querría aunque fuese una rata. Pero no deseo que mueran más niños. No me cuenta nada, pero le oí hablar con Son Harris por teléfono. Se supone que debe encontrarse con él y Bubba en el aparcamiento de los almacenes Quick el próximo viernes a medianoche. Se trata de algo importante, pero Clay parecía no querer hacerlo, porque oí cómo intentaba echarse atrás. —Se le humedecieron los ojos—. ¡Es mi hermano! No quiero hacerle daño, pero me pareció que Son lo amenazaba.
Nick atrajo al chico hacia sí y lo abrazó con firmeza mientras lloraba. No sabía demasiado sobre niños, pero estaba aprendiendo deprisa. Mack, en concreto, tenía un gran corazón y mucho coraje. No quería delatar a su hermano, pero temía por él.
—Haré lo que esté en mi mano por Clay —le aseguró con tono tranquilo, y extrajo un pañuelo para secar las lágrimas del niño con ruda ternura—. Y nadie, en especial Miley, sabrá jamás dónde obtuve la información. ¿Te parece bien?
Mack asintió.
—¿He hecho lo que debía? —preguntó compungido—. Me siento como una sabandija.
—Mack, a veces hacer lo apropiado requiere enormes dosis de valentía. Es duro elegir entre un miembro de tu familia y tus principios. Pero si los traficantes de droga persisten en lo que están haciendo, morirán más niños. Esto es un hecho. Los Harris son responsables de la mayoría de la basura que entra en las escuelas. Si soy capaz de apresarlos, muchas vidas se librarán de la angustia de la adicción. Le ofreceré a tu hermano el mejor trato posible. Si estás en lo cierto y los Harris lo mantienen junto a ellos mediante amenazas, quizá pueda proponerle una declaración de culpabilidad a cambio de su testimonio. Ya veremos. ¿Está suficientemente claro?
—Sí, creo que sí. Pero aun así me siento fatal —murmuro.
Nick suspiró profundamente.
—¿Cómo crees que me siento yo cuando mi trabajo lleva a alguien a la silla eléctrica, Mack?, ¿Cómo crees que me siento aunque esa persona sea culpable?
—¿De verdad tiene que hacer algo así? —preguntó el chico.
—Es algo que ha ocurrido en dos ocasiones en los últimos siete años; sí, he tenido que hacerlo, aunque no resultó fácil. Cualquier persona puede ser capaz de matar si cree que tiene un motivo contundente para hacerlo.
Mack no entendió esto último, pero asintió. Se sintió como si se hubiera quitado un gran peso de encima, pero le dolió pensar que quizá estaba colaborando a que su hermano acabara en la cárcel.
Nick volvió a la salita antes de que Miley reapareciese, de modo que no supo de su conversación con Mack. Pero él no había pensado en otra cosa en toda la semana.
Se sentó a su escritorio frente a una pila de informes de casos que debían ser llevados por él o sus colaboradores. Tanto a él como a su secretaria les resultaba difícil y trabajoso fijar fechas para las visitas, citar a los testigos y asegurarse de que todos ellos acudieran a los juicios, además de clasificar después los informes. Hacer acopio de las montañas de documentos y detalles meticulosos era un trabajo de pesadilla que en ocasiones era pagado con creces, pero que en otras desembocaba en una desesperada confusión de testigos inadecuados, jurados incapaces y abogados defensores recelosos. Nick se hallaba rodeado de los restos de un almuerzo tardío, con un purito apoyado en el vaso de café de plástico, con un teléfono que no paraba de sonar y una agenda llena de citas. Pensó con malicioso placer que J. Lincon Davis se merecía su puesto.
Cuando llegó el viernes, Nick ya había advertido del encuentro en el aparcamiento a un contacto del departamento local de policía; un hombre del que sabía con certeza que no podía ser sobornado. Pasó la información a su investigador sólo como medida de precaución y se fue a recoger a Miley.
Clay estaba en la granja. La familia estaba acabando de cenar y Clay parecía más nervioso y demacrado que nunca. Miraba a Nick con cautela y exhibía una conducta rebelde y hostil.
—¿Otra vez aquí? —ironizó mientras se levantaba de la mesa, sin hacer caso a la furiosa mirada de Miley—. ¿Por qué no te vienes a vivir de una vez?
—Lo estoy considerando —contestó Nick imperturbable, y siguió fumando su cigarro indiferente al comportamiento de Clay—. Me da la sensación de que a Miles no le iría mal un poco más de ayuda de la que recibe.
Clay enrojeció. Abrió la boca para decir algo, pero, finalmente, cambió de opinión. Hizo un ademán despreciativo y salió por la puerta trasera dando un sonoro portazo.
—No tiene derecho a hostigar a mi nieto —intervino nervioso el abuelo.
¿Ah, no? —respondió Nick con expresión inocente—. ¿Olvida quién tiró la primera piedra?
El abuelo se levantó con visible esfuerzo. No miró a Nick.
—Me voy a la cama, Miley. No me encuentro bien.
—¿Quieres que me quede contigo? —preguntó Miley preocupada—. ¿Seguro que estarás bien?
"Por el amor de Dios, ¡basta! —quiso gritar Nick—. ¡No dejes que te utilicen de esa manera!" Pero no podía interferir. Ella tenía todo el derecho de velar por su familia. Su amorosa preocupación formaba parte de su naturaleza.
El abuelo miró a Miley y luego a Nick. Le habría gustado decir que sí, que debía quedarse junto a él. Pero la expresión del rostro de Miley lo detuvo aunque ella se hubiera ofrecido.
—No, sólo me siento un poco cansado. Mack y yo jugaremos a las damas, ¿verdad?
Mack forzó una sonrisa.
—Claro que sí. Que lo pases bien, Mi.
—Volveré pronto —prometió ella. Cogió un jersey, pues hacía frío aunque ya estaban a finales de primavera, y se lo colocó por los hombros. Llevaba el viejo vestido camisero floreado con zapatos de tacón bajo y una blusa rosa, y había dejado que el cabello le cayera suelto sobre los hombros. Se sentía muy joven cuando estaba con Nick, quien esa noche parecía preocupado y todavía no había mencionado adónde iban.
La había telefoneado antes para decirle que no podría llegar hasta después de la cena, porque tenía que acabar un trabajo pendiente. Cuando se presentó, llevaba unos vaqueros, camisa de cuadros y botas. Su aspecto era mucho más informal que el de costumbre, más incluso que cuando iban de excursión.
—He estado ayudando a un vecino a mudarse explicó mientras subían al Thunderbird blanco—. Le prometí hace un mes que estaría disponible cuando me necesitara, y me ha llamado precisamente esta noche. Espero que no estés muy enfadada por no haber podido cenar con vosotros.
—En absoluto —contestó suavemente—. Más bien estoy asombrada de que en lugar de haber salido corriendo hace tiempo, prefieras verme todos los días.
Él enarcó las cejas.
—¿Por qué iba a salir corriendo?
—Si no lo sabes, no pienso decírtelo —contestó sonriendo—. ¿Adónde vamos?
—A mi casa. Creí que te gustaría ver dónde vivo.
Miley miró su perfil y se preguntó si sentía la necesidad de un acercamiento físico con la misma intensidad que ella. Ansiaba yacer en sus brazos y hacer el amor con él; era un deseo nacido del estado emocional en que se hallaba. Lo amaba. Era lo más natural del mundo desear ese grado de intimidad con él, aunque Miley pretendía que, antes de dar ese paso gigantesco, él se comprometiera con ella de algún modo, que dijera que le importaba, que hablara del futuro. Nunca había hablado de matrimonio o de una relación permanente, pero ella sabía que no salía con nadie más. Y parecía que ella le importara, aunque él no lo admitiera.
Entró en un camino privado que partía de una calle tranquila de las afueras y se detuvo ante un garaje. La casa, de obra vista, era muy elegante, y tenía un jardín en la parte de atrás con una fuente y bebederos para los pájaros. Pensó que a la luz del día la casa resultaría impresionante con el césped perfectamente cortado y los altos setos que la rodeaban y la protegían de las miradas curiosas de los vecinos.
Él abrió la puerta interior del garaje y la guió hasta un descansillo alfombrado, tras el cual se veía la sala de estar, el comedor y el vestíbulo.
—¡Es enorme! —exclamó Miley.
—Demasiado grande para mí solo, pero ha sido mi hogar durante mucho tiempo. ¡Hola, MacTavisb! —saludó al animal que había acudido ladrando con entusiasmo y posaba las patas delanteras en los muslos de Nick.
Alzó al perro, lo colmó de mimos y rió mientras volvía a dejarlo en el suelo.
—Le enseñé a hacer sus necesidades en un periódico la primera semana, porque si no esto estaría hecho un desastre. Ven. Le pondremos este pavo en la cocina con los restos de su cena. Normalmente hago que se vaya a dormir mucho antes que yo, así puedo concentrarme en mi trabajo. Se vuelve muy pesado cuando requiere atención. —No añadió que estaba demasiado encariñado con el cachorro para negarle esa atención.
— traes mucho trabajo a casa? —preguntó Miley acariciando a MacTavish antes de que lo encerraran en la cocina con la comida, agua y su alfombrilla para dormir.
—Me veo obligado a hacerlo. Davis cree que quiere este trabajo, pero si él lo consigue, se va a llevar una desagradable sorpresa cuando descubra de qué poco tiempo libre dispone para pasarlo con sus amiguitas.
La precedió hasta la sala de estar, decorada con muebles antiguos y presidida por una chimenea.
—¡Es preciosa! —exclamó Miley—. ¿Utilizas la chimenea en invierno?
—No. En realidad es de gas —respondió con una sonrisa—. Aunque parezca absurdo, no dispongo de tiempo libre para cortar leña. ¿Quieres una copa?
—¿De qué? —preguntó ella con tono comedido.
—Me temo que este bar sólo dispone de whisky con agua —bromeó mientras sacaba una botella panzuda de cristal y dos vasos bajos y cuadrados—. No temas, me aseguraré de que el tuyo sea muy aguado, pequeña.
Sirvió las bebidas, le tendió la suya y se sentó junto a ella en el amplio y mullido sofá.
Miley tomó un sorbo de su bebida y esbozó una mueca. Aun estando rebajada con agua, le pareció bastante fuerte. Alzó la vista para observar el perfil de Nick y sonrió.
—En realidad no eres muy diestro a la hora de aprovecharte de una chica —bromeó—. Se supone que debes emborracharme y arrastrarme hasta la cama.
—¿De verdad? —Frunció el entrecejo—. ¡Vaya! por que no lo has dicho antes?
—Hago humildemente lo que puedo —le aseguró. Se quitó el jersey, se descalzó y dobló las piernas hasta colocar los pies en el sofá, bajo su falda. Era tan agradable estar allí con él; parecía que el mundo entero estuviera muy lejos.
Pero cuando miró a Nick, éste tenía la mirada perdida y una expresión ausente, con el entrecejo fruncido y sujetando despreocupadamente el vaso entre sus dedos.
—¿Qué ocurre? —preguntó con dulzura.
—Lo siento —murmuró él mirándola—. De vez en cuando detesto mi trabajo. Esta noche me gustaría olvidar que alguna vez deseé ser fiscal.
—¿De verdad? —Buscó su mirada y su corazón se desbocó al ver su expresión. Con nerviosa deliberación, dejó su bebida en la mesilla junto al sofá. Le quitó su vaso de la mano y lo dejó junto al de ella. Entonces, en un arranque de valentía, se sentó en sus rodillas y echó los brazos a su cuello.
Él la miró, todavía pensativo, y la dulce y perfumada calidez de su cuerpo lo sedujo. La deseaba desde hacía mucho tiempo. Esa noche ya no podía soportar más. Clay le preocupaba, ella le preocupaba, el trabajo le preocupaba. Había alcanzado su límite y la deseaba lo suficiente como para arriesgar cualquier cosa. Esa noche se sintió dispuesto a todo. Además, ella parecía sentir lo mismo. Los ojos de Miley reflejaron un ligero temor, pero sus labios estaban abiertos y la expresión de su rostro lo decía todo.
—Te sientes osada, ¿eh? —susurró él con voz profunda y áspera—. Muy bien, veamos cuán valiente eres.
Deslizó la mano hasta los botones del vestido. Desabrochó el primero, en el cuello; luego el siguiente en el inicio de la suave curva de sus senos. Desabrochó uno más entre sus pechos. Ella lo detuvo, asiendo su mano con nerviosismo.
—No tan valiente después de todo —la reprendió con suavidad.
—No... no es eso. —Se mordió el labio y bajó la vista hasta su amplio pecho—. Supongo que estás acostumbrado a mujeres que pueden permitirse ropa interior atrevida y seductora. La mía está vieja y usada; y es de algodón, no de seda y con encajes. No quería que la vieras.
Él contuvo la respiración. No Podía creer lo que oía. Alzó su mentón para que lo mirara y preguntó con suavidad:
—¿De verdad crees que me importa? ¿O que lo advertiría siquiera? Dulce e inocente muchacha, lo que quiero ver son tus bonitos pechos, no tu sujetador.
Miley sintió fuego en las mejillas. Fue consciente de su propia respiración entrecortada cuando alzó la mirada hacia el rostro de Nick, que expresaba calma y solemnidad. Parecía muy adulto y masculino, dominaba por completo la situación. Entonces supo, sin necesidad de preguntar, que no era inexperto. La sangre le ardió a causa de la excitación que habían provocado en ella sus palabras, por lo que estaban haciendo.
—Te has ruborizado —susurró Nick abriendo lentamente su vestido y prosiguiendo con lo que había empezado. La desabrochó hasta la cintura, con sensual lentitud sin dejar de mirarla a los ojos—. ¿Te gusta que te desnude así?
—Sí —musitó Miley con los ojos muy abiertos por la excitación. Se movió, inquieta, deseando que él hiciera algo, lo que fuera. Pero Nick se detuvo con la mano en su cintura y jugueteó con el ojal.
La sangre se le aceleraba en las venas. Miley había soñado con esa escena durante semanas. Casi no había pensado en otra cosa. Ella era virgen. No había tenido contacto íntimo con un hombre, pero allí estaba, entre sus brazos, esperando, anhelando sus caricias, haciendo que él experimentara sensaciones que había dejado muy atrás, en la adolescencia.
Nick abrió los labios para respirar y trató de reprimir su deseo, de saborear cada segundo de ese encuentro.
—¿Te cuesta respirar? —preguntó a Miley con voz aterciopelada, profunda.
—Sí —susurró ella esforzándose por sonreír.
Los dedos de Nick ascendieron por su estómago hasta la curvatura de sus pechos y volvieron a descender, un pausado tormento que repitió una y otra vez, observándola con arrogante placer, hasta que ella empezó a seguir el movimiento de sus dedos arqueando rítmicamente el cuerpo. Trató de reprimir un suspiro ahogado pero no lo consiguió.
Su mano libre se cerró en la espesa mata de cabello detrás de la nuca y tiró de él mientras la otra mano continuaba sus lentas y excitantes caricias. Miley casi no sentía la tensión en su cuero cabelludo. Todo su cuerpo estaba concentrado en el ansia desesperada de que él tocara sus pechos. Inspiró profundamente y, temblorosa, se arqueó una vez más hacia la mano que le infligía la dulce tortura.
Entonces, por fin, la mano de Nick no se detuvo y se cerró sobre uno de sus pechos, acariciando el duro pezón. Miley emitió un leve quejido mientras su cuerpo se convulsionaba a causa de esa pequeña culminación.
Nick estaba impresionado. Nunca hubiera creído que una muchacha virgen pudiera ser tan sensual, tan fácilmente excitable. Pero reconoció el deseo en el rostro de Miley, y perdió la cabeza. Con un rudo murmullo, arrancó el vestido de sus hombros y luchó con el cierre del sujetador, consciente de que ella le ayudaba con respiración febril.
La boca de él recorrió sus pechos, sus pezones. Miley sintió una desagradable presión en el bajo vientre, una sensación que se hizo más y más intensa hasta resultar dolorosa. Enterró los dedos en el espeso cabello de Nick y atrajo su cabeza aún más hacia sí, sintiendo sus dientes y apreciando la ligera abrasión que producían en su piel suave. Él chupó uno de sus pechos hasta que el ardor de la succión la hizo arquearse en otra placentera convulsión.
Nick era puro fuego. No había experimentado nada tan frenético e incontrolado en toda su maldita vida. La desnudó sin otro pensamiento que el de tenerla debajo de él. Sus manos temblaron sobre la piel aterciopelada, su boca la devoró, la saboreó, en el silencio de la estancia, roto tan sólo por las respiraciones entrecortadas de ambos.
Los vaqueros le quedaban apretados y Nick soltó una maldición mientras forcejeaba para bajárselos. Luchó para quitarse la camisa y los calzoncillos, los zapatos y los calcetines, sin dejar de recorrer con su boca febril el cuerpo de Miley, haciéndola su esclava hasta que estuvo desnudo.
Los labios de Nick producían en la piel ardiente de Miley un prolongado y doloroso placer. Su aliento la hacía sentirse aliviada, agradecida. Estaba ardiendo. Pero él era minucioso, lento, apasionado y experto, sus manos recorrieron todo su cuerpo, su boca, la parte interior de sus muslos, hasta obligarla a emitir una dulce queja.
De repente se halló tumbada de espaldas sobre la alfombra y se estremeció cuando la boca y el cuerpo de Nick reanudaron su movimiento. Sus labios ascendieron por su vientre con sensual lentitud, se detuvieron en sus pechos y finalmente encontraron su boca. Introdujo la lengua con delicadeza, con ternura, mientras su cuerpo se deslizaba sobre ella hasta cubrirla totalmente. El vello de su cuerpo resultaba abrasivo contra su piel suave, pero también excitante, celestial. El frescor de su piel se fundió con el ardiente cuerpo de Miley. Le sintió entre los muslos, tanteando. Ella abrió las piernas, muy lejos ya de poder rechazarle, desesperada por conocerle, desesperada por que él la llenara. La necesidad se había convertido en angustia.
Las manos de Miley tiraron de él. Nick alzó la cabeza y clavó su mirada en la de ella, dejando en suspenso el salvaje deseo de ambos.
—Mira hacia abajo —exigió con aspereza—. Míranos.
La obligó a bajar la mirada y él también lo hizo. Y entonces empujó con fuerza.
La impresión de ver cómo se unían, de ver cómo un hombre llenaba a una mujer de una forma tan turbadora, amortiguó la punzada de dolor producida por la repentina penetración. Gimió, pero antes incluso de que el sonido escapara de sus labios, él la llenó completamente con una suave arremetida.
Se tendió sobre ella, apoyado con los codos, y la miró a los ojos.
La sorpresa por lo sucedido se reflejó en el rostro de Miley, en su súbita palidez y en la tensión de su cuerpo bajo el de Nick.
—Relájate —susurró él. Alzó una mano para acariciarle el desordenado cabello, para tranquilizarla. Sentía los músculos de Miley tensarse alrededor de su miembro, incrementando su placer, pero sabía que ello le impediría disfrutar a ella—. Relájate, Miley, relájate para mí. Ya no te haré más daño.
La voz de Nick era suave, pero Miley sentía la tensión de su cuerpo musculoso. Tragó saliva, comprendiendo sólo entonces lo que le estaba permitiendo hacer. Y ya era tarde, demasiado tarde para detenerlo.
—Estás... dentro de mí —dijo con tono áspero—. Dentro de mi cuerpo.
Esas palabras casi lo enloquecieron. Cerró los ojos y apretó los dientes luchando por dominarse, temblando.
—Sí —susurró, y emitió una profunda espiración—.  ¡Oh, Dios, qué suave eres!
Nick no pudo evitar moverse rítmicamente sobre ella, aunque había pretendido retardar ese momento, pero el crudo comentario de Miley le había hecho traspasar sus propios límites. Se movió con un ritmo lento y profundo que era puro suplicio febril, apretando los dientes sin apartar la mirada de los ojos de Miley.
—Fiebre —susurró—. Haces que arda de fiebre. ¡Tenía que poseerte, Miles, tenía que... poseerte!
Miley sintió sus arremetidas. Experimentó una aguda punzada de placer y se lamentó dulcemente.
—¿Así? —murmuró él, y se movió de nuevo sobre ella sin dejar de mirarla.
—¡Sí! ——dijo ella con un suspiro.
—Aguanta —musitó él, ya casi sin aliento—. ¡Deja que te lleve hasta el cielo!
Pareció que surgieran las llamas, como de una hoguera. Por fin Miley cerró los ojos cuando la angustia se hizo insostenible. De su garganta salieron sonidos que nunca había escuchado antes; sonidos graves y profundos. Se arqueó hacia él mientras el placer se hacía tan insoportable que le rogó que terminara, y luego le rogó que no lo hiciera.
Miley jadeó. Percibió unos latidos tan intensos y rápidos que se asustó, y parecían ser de su corazón y el de él. Estaban empapados en sudor, y Miley sintió, con maravillado asombro, su ancha espalda húmeda bajo sus manos, su cuerpo entre las piernas, laxo y relajado.
—¿Podrás perdonarme? —susurró él con fatiga.
Miley movió las manos hasta sus hombros y los acarició. Todavía formaba parte de su cuerpo, de su alma.
—Oh, Dios mío —musitó.
Nick percibió el asombro en su voz y levantó la cabeza. Su cabello estaba tan húmedo como el resto de su cuerpo, sus ojos oscurecidos por el remordimiento y la agotada satisfacción. Miley tenía el rostro arrebolado, los labios enrojecidos por la presión de su boca. Bajó la vista hacia las débiles marcas que sus labios habían infligido en sus pechos suaves y rosáceos. Le parecieron muy bellos. Había estado demasiado excitado para admirarlos, pero entonces su mirada saboreó la suave curvatura, los pezones malva ya blandos y relajados.
—Te deseaba demasiado para contenerme —dijo con serenidad—. Lo he intentado, pero hacía demasiado tiempo, Miley, un montón de tiempo... Y no creo que jamás haya deseado algo con tanta intensidad como te deseaba a ti esta noche.
—Yo también te deseaba —admitió ella. No fue capaz de mirarle a los ojos. Recorrió con la vista la longitud de sus cuerpos, fascinada por una intimidad que nunca había experimentado antes.
Él siguió su mirada y se incorporó con brusquedad, brindándole una visión que la dejó sin habla.
Nick soltó una carcajada, mientras se tendía boca arriba junto a ella y sentía la ligera abrasión de la mullida alfombra en su espalda húmeda.
—Será mejor que te vayas acostumbrando —bromeó—. Vas a descubrir que el sexo es peor que comer cacahuetes. Una vez nunca es suficiente.
Miley se incorporó hasta sentarse, se sentía ligeramente incómoda y un poco avergonzada.
—El lavabo está por ahí —indicó él interpretando su expresión.
Ella asintió y recogió el vestido y la ropa interior sin mirarlo. Todo lo que había creído saber sobre el sexo no tenía nada que ver con la realidad. Nick le enseñó no sólo la mecánica del acto sexual, sino el febril e incontrolable deseo que lo precedían. Había sido tan ingenua al creer que podría contener sus propias ansias, que podría echarse atrás. Supo qué era el auténtico abandono. Se había entregado sin una sola protesta. ¿Qué pensaría Nick de ella?
Se ruborizó mientras dejaba su ropa en el lavabo y buscaba una toalla. ¿Le importaría si se daba una ducha?
En el momento en que sacaba una toalla de un armario, él abrió la puerta y entró sonriendo con dulzura ante su tímida reacción.
—Está bien —dijo suavemente. La atrajo hacia sí y Miley sintió que volvía a excitarse tan sólo con tocarle.
Emitió un suspiro. No podía creer lo que estaba sucediendo.
Él se apartó un poco y la recorrió con la mirada, acariciando con los dedos los pezones repentinamente endurecidos con una expresión de calma satisfacción.
—Yo también te deseo otra vez —dijo—. Pero primero nos ducharemos. Esta vez lo haremos en la cama, y pienso demorarme un montón de tiempo contigo. Quiero oírte gritar de placer antes de poseerte por segunda vez.
Ella se estremeció con el impacto de sus palabras, y antes de que pudiera decir algo, él la besó. Gimió contra su boca, se abrazó a su poderoso cuerpo y sintió la erección de él con un fiero orgullo de su propia condición de mujer.
Cuando abrió el grifo y la metió en la ducha, no protestó. Se frotaron el uno al otro despacio, en silencio. Al terminar, se envolvieron en sendas toallas y los dedos de él la acariciaron mientras la secaba y le susurraba palabras que la hicieron temblar de deseo.
Entonces la alzó en sus brazos, la llevó al dormitorio y la dejó sobre el grueso y acolchado cubrecama. Se quedó de pie junto a ella, mirándola durante largo rato. Y por primera vez también ella pudo observarlo con detenimiento. Su piel era oscura, y no por haberse bronceado al sol. Un vello espeso se rizaba sobre su pecho amplio y musculoso y descendía por el estómago plano hasta las ingles. Tenía un cuerpo bello y armonioso; finalmente, Miley reunió el valor para posar sus ojos en su parte más íntima y no vacilar cuando su tallo reaccionó violenta y ostensiblemente ante su mirada.
También él la admiraba. Dejó que su mirada descendiera desde los pechos llenos y pecosos hacia la estrecha cintura y las caderas redondeadas para finalizar en sus piernas largas y esbeltas. Pensó que era hermosa desnuda; hermosa y deseable. Ya se arrepentirían al día siguiente, pero esa noche iba a hacer que se sintiera orgullosa de ser mujer.
Se deslizó en la cama junto a ella y se arqueó sonriendo sobre Miley con claras intenciones.
—La luz —susurró ella mirando de reojo hacia la lámpara de la mesilla de noche.
—Hicimos el amor la primera vez con la luz encendida —recordó él. Deslizó su mano larga y morena por su piel rosácea hasta un lugar que no había tenido el tiempo o la paciencia necesarios para acariciar antes.
Ella suspiró lánguidamente y retuvo su mano. Nick negó con la cabeza
—. Te has entregado a mí, es demasiado tarde para establecer límites, pequeña.
—Sí, pero... —Se arqueó y se estremeció mientras él encontraba la llave de su plenitud.
—Eso es —susurró él con mirada ardiente de placer mientras observaba cómo respondía a sus caricias, al principio tímidamente y luego con absoluto abandono, arqueándose, respirando profundamente y retorciéndose bajo sus dedos—. Eso es, déjame satisfacerte. Quiero que sepas lo que voy a darte esta vez. Así, sí, pequeña, así...
Miley exclamó su nombre en voz alta y los espasmos la hicieron incorporarse contra su voluntad mientras él la miraba con ojos brillantes de orgullo y excitación, hasta que finalmente yació exhausta y temblorosa y sus ojos muy abiertos buscaron los de él.
—¿Creíste que antes habías llegado al orgasmo? —susurró Nick, ahora sabes que no. Pero lo harás esta vez. Lo harás, te lo prometo.
Su boca recorrió con suavidad sus pechos besándola perezosamente, esperando a que estuviera relajada de nuevo y respondiera a las caricias de sus labios sobre su piel. Ella se tensó. Los pezones se contrajeron bajo su lengua, al tiempo que Miley emitía gemidos entrecortados.
Nick se tomó su tiempo para arrastrarla hacia el placer poco a poco, jugueteando con su boca y su cuerpo con perezosos movimientos que al final la atormentaron de frustrado deseo. Se quejó débilmente y se retorció bajo las manos que la torturaban, mientras susurraba cosas de las que sabía que iba a sentirse avergonzada, aunque se sintió incapaz de impedir que brotaran de sus labios. El rió mientras la excitaba, jactándose de su temeraria respuesta, de sus ardientes ruegos.
Cuando le pareció que se abandonaba por completo al suplicio, se colocó sobre ella y la penetró en un largo y lento movimiento que la cogió desprevenida e hizo que se convulsionara de inmediato. Nick nunca había visto una respuesta tan inmediata en una mujer.
Se concentró en su propio placer, consciente de que ella ya había sobrepasado el suyo antes siquiera de que él empezara. Aun así le llevó largo tiempo y ella le siguió todo el camino, su propia satisfacción desbordándose una y otra vez antes de la arremetida final que hizo que él se arqueara en una convulsión que arrancó un sonido agonizante de su garganta. Nunca había gritado antes, pero esa vez el placer casi lo había subyugado por completo.
Se derrumbó sobre ella, temblando por el esfuerzo, demasiado débil para moverse, incluso demasiado débil para respirar.
—Mi pequeña —susurró dejándose caer a su lado y atrayéndola hacia sí para estrecharla con fuerza entre sus brazos, y añadió—: Te necesito, Miles.
Ella lo oyó, pero no dijo nada. Nick se preguntó si ella comprendía que nunca había admitido necesitar a nadie en su vida, o que decirlo equivalía para él a una declaración de amor.
De hecho, ella no lo sabía. Esbozó una cansina sonrisa y enterró el rostro en su cuello, besándolo y percibiendo su sabor a sal, a colonia y a pura masculinidad.
—Te quiero —susurró adormecida.
El aliento de Nick se detuvo en su garganta. Nunca había escuchado nada tan dulce, aunque Miley sólo lo hubiera dicho para justificar su entrega. Sus músculos se contrajeron; no podía dejar de estremecerse.
—Nunca había sido así —musitó casi para sí—; nunca había sido tan violento que creyera morir. Es la primera vez que el placer me domina de esta manera y me induce a gritar.
—Me has torturado —murmuró Miley.
—Te he excitado hasta el límite de la locura —rectificó él, también soñoliento. La atrajo aún más hacia sí—. Eso es lo que lo ha hecho tan placentero para ambos. No pude aguantar lo suficiente la primera vez. Perdí el dominio de mi cuerpo.
—Yo también —admitió Miley—. Te deseaba. ¡Cuánto te deseaba! —Se estremeció—. Todavía te deseo, incluso ahora, ¡Nick! —Se lamentó, agitándose entre sus brazos mientras sentía que ardía de nuevo.
—Yo también te deseo —susurró él—. Pero no podemos hacer el amor de nuevo, te haría daño, cariño mío.
—Nunca me habías llamado cariño.
—Nunca te había hecho el amor —susurró en su oído, y la besó dulcemente. Frunció el entrecejo cuando un pensamiento inquietante acudió a su mente de forma repentina, y añadió, vacilante—: Miley.
—¿Qué? —susurró ella.
Sus labios se deslizaron por la mejilla de Miley.
—No he usado preservativos —musitó junto a sus labios.
Tres sucesos ocurrieron a la vez: a Miley le dio un vuelco el corazón y volvió bruscamente a la realidad al comprender que ninguno de los dos había sido lo bastante sensato como para tomar precauciones; Nick alzó la cabeza al comprender las posibles consecuencias de sus propias palabras, y entender asimismo lo inconscientes que habían sido, y el teléfono sonó, estridente y riguroso.
Nick observó ceñudo la expresión inquieta de Miley y tendió una mano para descolgar el auricular.
—Nick —dijo con aspereza. Escuchó unos instantes, tras los cuales su rostro cambió y palideció. Miró asustado a Miley—. Sí. Sí, lo comprendo. Estaré ahí mañana a primera hora. Está bien. Sí, lo era. Buenas noches.
—¿Qué ocurre? —preguntó Miley. Se incorporó y el miedo se reflejó en sus ojos.
No sabía cómo decírselo, sobre todo después de lo que acababa de suceder. No quería que se enterara de lo que había pasado, pero ya no había forma de evitarlo.
—Acaban de detener a Clay —dijo despacio—. Lo acusan de posesión ilegal de cocaína e intento de distribución. También lo acusan de asalto con agravantes.
—¿Asalto con agravantes?, ¿ Qué significa eso? —musitó con la mente en blanco.
—En este caso, intento de asesinato —explicó Nick—. La policía ha registrado el coche de su novia y han encontrado explosivos plásticos como los que utilizaron para volar mi coche —murmuró entre dientes—. Estaban en una caja de herramientas que la chica asegura que pertenece a Clay. Creen que tu hermano puso la bomba en mi vehículo.
Miley se puso de pie, temblorosa. Se dirigió hacia el lavabo para coger su ropa, pero no consiguió llegar, porque cayó desvanecida a los pies de Nick.

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