—Ya he tratado de hablar con él, y cuando lo he hecho, él se enfada y me deja con la palabra en la boca. No puedo hacer más de lo que ya he hecho. No puedo protegerlo siempre.
—Es tu hermano, Miley —gruño el anciano—. Estás en deuda con él.
—Al parecer estoy en deuda con todo el mundo —comentó irritada mirándolo fijamente—. No puedo ir siempre tras él sacándole las castañas del fuego. Tiene que hacerse mayor.
—Por el camino que va, nunca lo conseguirá. ¿Por qué no organizas una fiesta en su honor? Invita a algunos de los buenos chicos del barrio.
—Ya lo intentamos una vez, ¿no te acuerdas? Se fue justo en lo mejor de la fiesta.
—Podríamos intentarlo de nuevo. ¿Por qué no hablas con él mañana por la noche?
—No estaré aquí mañana por la noche —dijo Miley lentamente.
El abuelo la miró boquiabierto.
—¿Qué?
—Tengo una cita.
—¿Una cita? ¿Tú? ¡Bien! —intervino Mack con entusiasmo—. ¿Con quién?
El abuelo frunció el entrecejo con furia.
—Yo sé con quién. ¡Con ese maldito Nick! Es con él, ¿no?
—Miles, tú no harías algo así, ¿verdad? —preguntó Mack mirándola acusadoramente con sus ojos castaños—. No con ese hombre, después de todo lo que ha hecho a Clay.
—Él no le ha hecho nada —puntualizó AsMiley—. Recuerda que Nick dejó a Clay en libertad. Sin embargo, podría haberlo procesado.
—No tenía ni una maldita prueba. No se habría atrevido a llevarlo a juicio —se burló el abuelo—. Bueno, escúchame, no vas a salir con ningún abogado que...
—Voy a salir mañana por la noche con el señor Nick —interrumpió con firmeza dirigiéndose al abuelo, aunque el corazón le latía a toda prisa y las manos le temblaban a causa del nerviosismo. Era la primera vez en la vida que Miley desafiaba deliberadamente a su abuelo.
—Traidora— murmuró Mack.
—Tú te callas —espetó Miley—. No tengo por qué dar cuentas a nadie —añadió mirando al abuelo—. Nick me gusta. Tengo derecho a una cita cada cinco años. Hasta tú deberías estar de acuerdo.
El abuelo titubeó al comprender que la ira no arreglaría nada.
—Escucha, querida, tienes que detenerte a pensar lo que haces. Ya sé que necesitas salir de vez en cuando, para alejarte un poco de tus responsabilidades en casa y en el trabajo. Pero ese hombre... Puede que te esté utilizando para espiar a Clay.
Ya había dicho algo parecido en otra ocasión, pero esa vez Miley estaba preparada para contestarle.
—Esta semana he comido con él todos los días y no ha mencionado a Clay ni una sola vez.
El abuelo pareció ultrajado, pero lo disimuló.
Abrió la boca para hablar, pero Miley se levantó y empezó a recoger la mesa.
—Muy bien, adelante —comentó el hombre con amargura—. No puedo detenerte. Pero, escúchame bien, te arrepentirás de esto.
—No, no lo haré —replicó con firmeza. Llevó los platos a la cocina sintiendo que las mejillas le ardían de pura rabia. "¡Dios mío, al menos eso espero!", se dijo mientras llenaba el fregadero con agua y jabón.
Clay regresó cuando Miley acababa de limpiar la cocina y se disponía a cerrar la casa para irse a dormir.
—Son más de las doce —comentó, y añadió con ironía—: ¿Estabas trabajando?
—Sí— contestó Clay. Por supuesto que sí, pero no en la clase de empleo que Miley creía. De modo que no era del todo mentira, se dijo.
—Exactamente ¿dónde? —preguntó ella.
Él arqueó las cejas.
—¿Para qué quieres saberlo? ¿Para tenerme controlado? Mientras trabaje y vaya a la escuela ¿acaso es asunto tuyo?
Miley apretó la mandíbula.
—Soy legalmente responsable de ti, así que tú verás si es asunto mío —replicó ella con un tono gélido—. No me gusta tu actitud engreída, y por lo que he oído de tu nueva novia, no creo que me gustara ella tampaco.
Clay puso los brazos en jarras.
—No me importa lo que pienses de ella, o de mí. Estoy cansado de que trates de organizar mi vida. ¿Por qué no te buscas un hombre?
—De hecho, ya he encontrado uno —dijo con vehemencia—. Voy a salir con Nick Jonas mañana por la noche.
Clay palideció.
—No puedes —replicó. Estaba seguro de que iba a tener problemas cuando sus amigos descubrieran que su hermana salía con su peor enemigo—. ¡Miley! ¡No puedes hacerlo!
—Oh, sí, sí que puedo —dijo ella—. Ya estoy harta de ser la madre y la niñera de todo el mundo. Quiero divertirme un poco, para variar.
—¡Nick es mi peor enemigo! —exclamó Clay.
—Pero no el mío explicó ella con calma—. Y si no te gusta, peor para ti. He tratado por todos los medios de que te dieras cuenta de con qué clase de gente estás yendo. No has querido escucharme, de modo que ¿por qué había de hacerlo yo? A tus amigos no les gustará que yo salga con el fiscal del distrito, ¿eh? Bueno, pues que se aguanten. No puedes detenerme, ¿verdad, Clay?
Se le veía muy afectado, y de hecho lo estaba. La mujer que le hablaba no parecía su dulce y comprensiva hermana. Parecía... distinta.
Se le veía muy afectado, y de hecho lo estaba. La mujer que le hablaba no parecía su dulce y comprensiva hermana. Parecía... distinta.
—Bueno, te arrepentirás —amenazó — Clay retrocediendo—. ¿Me oyes, Miley? ¡Te arrepentirás!
—Eso decís todos —murmuró Miley para sí después de que Clay se encerrara en su habitación dando un portazo. Cerró los ojos. ¡Dios!, si me dijeran que tengo que enfrentarme a esto cincuenta años más, me tiraría bajo las ruedas de un camión, se dijo.
Pensó en ello unos instantes, y llegó a la conclusión de que, dada la suerte que tenía últimamente, Clay conduciría el camión y éste estaría cargado de droga. Echó a reír casi con histerismo. Le pareció que la vida era demasiado complicada. A pesar de la atracción y el deseo que sentía hacia Nick, el simple hecho de salir con él significaba que las cosas empeorarían sensiblemente en su casa. Pero como le había dicho a su familia, tenía derecho a un poco de diversión, aunque tuviera que luchar con uñas y dientes para conseguirla. Y lo haría, se prometió, ¡lo haría!
Miley no vio a Clay durante todo el día siguiente. "Bueno, deja que refunfuñe", pensó con acritud. Ya era hora de que se enfrentara al hecho de que ella también tenía sus derechos. Sin embargo, durante toda la tarde tuvo la oscura sensación de que algo malo iba a suceder y estropearía su gran velada. Pero su abuelo dijo que se encontraba mal y Mack no le dio problemas. Ambos estaban huraños, naturalmente, pero no parecía que fueran a tratar de impedirle salir con Nick.
Se puso el vestido negro y recogió su cabello en un elegante moño. Completó el atuendo con unas medias oscuras y los zapatos de tacón y metió sus cosas en el bolso de fiesta de Maggie. Afortunadamente, pensó, Nick no vería lo que llevaba bajo el vestido. La combinación no era negra sino blanca, tenía varios años y unas manchas que no había logrado quitar ni con lejía. Además su ropa interior, de algodón y lacitos deshilachados, no era nada excitante. Gracias a Dios que no tendría que quitársela; resultaría demasiado embarazoso que él comprobara cuán pobre era en realidad.
El vestido era una extravagancia, y sintió una punzada de culpabilidad por ello. Pero sólo duró hasta que Nick llegó para recogerla y vio cómo le quedaba. Su mirada le reveló lo suficiente, incluso aunque hubiera prescindido del silbido y la ronca exclamación de admiración.
—¿Qué tal estoy? —preguntó Miley con la respiración entrecortada.
—Simplemente perfecta —murmuró él sonriendo con calidez. Llevaba un traje oscuro y una camisa blanca que contrastaba con su piel morena.
—Entra —balbuceó Miley, tan avergonzada por los desvencijados muebles y la harapienta alfombra, así como por la mirada furibunda de Clay, que había aparecido tan sólo unos minutos antes, y parecía que pretendiera pegar un tiro a Nick de un momento a otro. Ni siquiera se molestó en saludarle. Se volvió airadamente y abandonó la habitación.
A Nick no pareció importarle, ni siquiera se fijó en lo que le rodeaba. Estrechó despreocupado las manos de un renuente abuelo y un nervioso Mack.
—La traeré de vuelta sobre las doce —aseguró al abuelo.
Éste permitió que Miley lo besara en la mejilla.
—Que lo pases bien —dijo con brevedad.
—Gracias, lo haré. —Miley guiñó un ojo a Mack, que sonrió de mala gana y volvió a concentrarse en la televisión.
Nick cerró la puerta tras ellos. Miley se habría echado a llorar. Sabía que tanto el abuelo como Mack habían actuado bajo la influencia de Clay; trataban de demostrar que le apoyaban. Pero Mack se había mostrado retraído y malhumorado todo el día y ni siquiera le había dirigido la palabra a su hermano. De hecho, Miley había notado que su conducta hacia Clay era más hostil aún que hacia Nick.
—Deja de preocuparte. No esperaba una comitiva con banderas y fuegos artificiales —comentó éste secamente mientras le abría la portezuela del coche, un modelo nuevo, aunque no un Mercedes sino un Thunderbird turbo cupé. Era blanco con asientos tapizados en rojo; un vehículo de línea deportiva—. Bueno, ¿qué te parece? —preguntó con impaciencia.
—Es precioso ——dijo Miley amablemente. Él rodeó el coche y se sentó tras el volante. Cuando se alejaban, Nick añadió—: De todas formas, siento lo de mi familia.
—No hace falta que te disculpes. —La observó bajo el débil resplandor de las farolas y sonrió—. ¿Un vestido nuevo? ¿Y en mi honor?
Miley rió.
—Sí, y espero que no vayas a alardear de ello.
—Jovencita, un hombre con mi aspecto, con mi obvio encanto y mi modestia tiene un montón de cosas de las que alardear —dijo con una sonrisa maliciosa.
Ella se sintió flotar. Le parecía estar viviendo un sueño.
—Eres muy diferente a como te había imaginado —dijo pensando en voz alta—. No eres ni severo ni inaccesible.
—Ésa es mi imagen pública —explicó él—. Tengo que convencer al electorado de que estoy muy cerca de ser el enemigo público número uno. Un buen fiscal de distrito debe parecer peor que Cara Marcada. —Frunció el entrecejo pensativo—. Deberia conseguir un estuche de maquillaje para que mi imagen fuera más convincente. Por supuesto, no me entusiasma demasiado la perspectiva de presentarme a una tercera legislatura.
—¿Cómo llegaste a ser fiscal de distrito? —preguntó Miley con sincero interés.
—Me cansé de ver que las víctimas sufrían mayor castigo que los criminales— dijo simplemente. Pensé que podía hacer algo al respecto. Y lo he hecho, aunque sea poco. —La miró—. Hay muchas cosas que no andan bien en el mundo, pequeña.
—Lo he notado. —Se apoyó contra el reposacabezas y observó el duro rostro de Nick bajo la tenue iluminación de la calle—. Pareces cansado— añadió al reparar en sus ojeras.
—Lo estoy —dijo él—. Ayer pasé la mayor parte de la noche en la sala de urgencias de un hospital.
—¿Por qué? —inquirió Miley con suavidad.
El rostro de él se ensombreció.
—Vi cómo moría de sobredosis un niño de diez años —respondió con brutal franqueza.
—¡¿Diez años?!
—Sí— masculló. Miley observó que su rostro se endurecia aún más—. Estudiaba quinto en la escuela de Curry Station. Había tomado crack. Al parecer era de buena familia y recibía una asignación sustancial para su edad. No sacaba muy buenas notas y los otros niños le hacían la vida imposible. Es sorprendente cómo los chicos son capaces de detectar la debilidad de otro y atacarle.
—Mi hermano pequeño estudia en Curry Station —intervino Miley aturdida—. Y está en quinto curso.
—Entonces estoy seguro de que se enterará el lunes —dijo Nick con acritud—. Va a ser un bombazo para la prensa, y ¿adivinas quiénes serán los protagonistas?
—Tú y la policía —aventuró con astucia.
Él asintió.
—Era hijo único y sus padres estaban deshechos. Les prometí que encontraría a los culpables aunque fuera lo último que hiciera. Y lo dije en serio —añadió con frialdad—. Los cogeré, y cuando los tenga, haré que los encierren.
Miley retorció las manos en el regazo negándose a pensar que Clay estuviera involucrado de algún modo en ese asunto. Cerró los ojos.
—Diez años... —murmuró.
Él encendió un purito y bajó la ventanilla para no molestar con el humo a Miley.
—Mack no consume drogas, ¿verdad? —preguntó mirándola.
Ella hizo un gesto de negación con la cabeza.
—Mack no. Es demasiado sensible. Se parece más a mí que Clay. No he consumido drogas en toda mi vida. Sólo una vez tomé una copa, y no me gustó. —Sonrió sin alegría—. Soy realmente anticuada. Supongo que es porque vivo en un espacio muy pequeño y tengo poco contacto con el mundo moderno.
—No te pierdes gran cosa —murmuró Nick mientras se desviaba a la derecha alejándose del creciente tráfico nocturno del fin de semana—. Por lo que veo todos los días, el mundo moderno se va directo al infierno.
—Debes de creer que hay esperanza, o habrías abandonado hace mucho tiempo.
Aún lo creo —dijo—, Las autoridades políticas me presionan para que me presente a una tercera candidatura, pero estoy harto. Llevo a los criminales ante un tribunal y los jueces y los jurados hacen que los suelten. El primer traficante de drogas al que procesé fue condenado a cadena perpetua y salió al cabo de tres años. ¿Qué te parece?
—¿Siempre ocurre lo mismo?
—Depende de los contactos que tenga el acusado —explicó—. Si trabaja para algún magnate de la droga que lo considere lo bastante valioso, siempre hay hilos políticos que pueden moverse y manos que untar. Hoy en día nada es blanco y negro. Nunca creerías hasta qué punto está extendida la corrupción. Estoy cansado de la política, las negociaciones de culpabilidad, las cárceles repletas y los tribunales.
—Dicen que los juzgados funcionan muy mal —dijo Miley—. A veces tardamos meses en fijar la fecha para un caso.
—Es cierto. Cada mes reviso varios centenares de casos, de los cuales sólo alrededor de veinte o treinta llegan a juicio. No es broma —comentó al ver la expresión de ella—. En el resto se negocia una declaración de culpabilidad o se abandonan por falta de pruebas. No te imaginas lo frustrante que resulta tratar de abarcar tantos casos sin los adecuados recursos humanos. Y entonces, cuando al fin consigues preparar un caso y llevarlo a juicio, dos de cada tres veces el defensor o el abogado de oficio es requerido aparte, o no conseguimos que un testigo crucial se presente y tenemos que aplazar de nuevo el juicio. Tengo un caso que ha llegado hasta el banquillo tres veces y el hombre al que trato de procesar todavía está en la cárcel esperando ser juzgado. —Gesticuló airadamente con la mano que sostenía el cigarrillo—. Lo que más duele es tener que encerrar a un criminal novato junto a los profesionales. Recibe una educación que el dinero no puede pagar, y eso no es lo peor. —Se detuvo en un semáforo y añadió mirándola—: Supongo que sabes que algunos chicos son violados en la prisión, ¿verdad?
Miley asintió con la cabeza.
—Sí. El oficial tutelar lo mencionó cuando liberaron a Clay.
La mirada de él se hizo más aguda.
—Trataba de asustarlo, y espero que lo consiguiera. De todas formas, no mintió.
—Digamos que Clay es duro de pelar —murmuró ella crispando los dedos sobre el bolso de noche de Maggie—. No se asusta con facilidad.
—Tampoco yo, a su edad —dijo Nick—. Es una vergüenza que tu padre se haya despreocupado de vosotros, Mi. Lo que más necesita ahora ese chico es un hombre que le dé ejemplo.
—Si mi abuelo fuera el hombre que solía ser, habría sido capaz de hacer algo con respecto a Clay —dijo Miley—. Pero su salud ha sido muy delicada este último año, y yo no soy lo suficientemente fuerte como para enfrentarme a un muchacho que me sobrepasa en tamaño. No puedo ponerlo sobre mis rodillas y darle una azotaina.
Él rió suavemente y arrancó cuando el semáforo hubo cambiado.
—Ya me lo figuro. Pero a su edad unos azotes no son la solución. ¿No se puede razonar con él?
—No desde que anda por ahí con sus nuevos amigos. Ahora no ejerzo influencia alguna sobre él. Incluso ha dejado de acudir a las citas con el psicólogo. —Luego añadió bajando la mirada hasta su regazo—. Al menos dice que tiene un trabajo.
—Estupendo. —Dio una calada al cigarro—. Espero que le vaya bien. —No tentó a la suerte. Se preguntó si Clay tenía realmente un empleo o mentía a su hermana para justificar sus actividades nocturnas. Pensó que valdría la pena comprobarlo.
Miley volvió a apoyarse contra el reposacabezas y lo miró fijamente sonriendo.
—Me alegra que me invitaras a salir.
—A mí también. Pero todavía no me has dicho qué quieres hacer después de cenar —dijo él—. ¿Quieres ir al cine o a bailar?
Ella negó la cabeza.
—Me da igual —dijo Miley, era cierto. Le bastaba con estar con él.
—En ese caso, iremos a bailar —concluyó él—. Puedo ir solo al cine, pero bailar solo es más difícil. La gente te mira extrañada, y eso desprestigiaría mi imagen.
Miley rió divertida.
—Estás loco.
—Tienes razón —dijo Nick mientras entraba en el aparcamiento de uno de los mejores restaurantes de Atlanta—. Ningún hombre en su sano juicio haría mi trabajo. —Aparcó, detuvo el motor y se volvió para mirarla con evidente interés bajo la luz de las fárolas—. Me gusta de verdad tu vestido —comentó—, pero creo que estarías aún más bonita con el cabello suelto.
—Tienes razón —dijo Nick mientras entraba en el aparcamiento de uno de los mejores restaurantes de Atlanta—. Ningún hombre en su sano juicio haría mi trabajo. —Aparcó, detuvo el motor y se volvió para mirarla con evidente interés bajo la luz de las fárolas—. Me gusta de verdad tu vestido —comentó—, pero creo que estarías aún más bonita con el cabello suelto.
—No —protestó ella sonriendo—. He tardado casi media hora en hacerme el recogido.
—No te llevaría ni la mitad de tiempo soltarlo, ¿verdad? —murmuró él secamente clavando una maliciosa mirada en la suya.
—Pero...
Nick siguió el contorno de su boca con el dedo índice, haciendo estragos tanto en su corazón como en su maquillaje, y murmuró:
—Me gusta el cabello largo —murmuró.
Por supuesto, Miley estaba segura de que él no se rendiría hasta imponer su criterio. Tenía la reputación de ser un hombre pertinaz en los juicios. Exhaló un audible suspiro de derrota y alzó las manos para sacar las horquillas de su cabello. Eso le pasaba por tratar de parecerle elegante.
—Así está mejor— concluyó Nick cuando ella terminó de cepillar los largos mechones para que cayeran en suaves ondas sobre sus hombros desnudos—. Huele a flores silvestres.
—¿Sí? —susurró ella. Se le hacía difícil respirar con el rostro de él tan cerca del suyo. Alzó la mirada hacia los ojos oscuros de Nick que parecían ver en su interior y su corazón palpitó.
Él también la miró detenidamente. Miles tenía una cualidad que nunca había descubierto en otras mujeres: una exagerada empatía, una forma de sentir el dolor de la gente que la rodeaba. Tenía genio y era fuerte, pero no eran esas cualidades las que le atraían.
Era su calidez, su corazón tierno, su capacidad para abrirle los brazos al mundo entero. El amor era una carencia de la que Nick se resentía. Exceptuando a su tío, nunca se había sentido próximo a alguien. Su breve compromiso le había predispuesto contra las mujeres durante mucho tiempo, pero Miley le abría las puertas de su corazón. Fruncio el entrecejo, pues le disgustaba ser vulnerable de nuevo.
—¿Ocurre algo? —preguntó Mileey con voz ahogada sin comprender su expresión huraña.
Él clavó la mirada en sus ojos castaños con franco malestar, sonrió débilmente y retiró la mano de su cabello espeso y sedoso.
—Sólo estaba pensando— dijo sin darle importancia. Se inclinó y aplastó el cigarro en el cenicero—. Será mejor que entremos.
Sostuvo la portezuela del coche mientras ella se apeaba y la escoltó hasta el interior del sofisticado restaurante, donde cada comensal disponía de media docena de cubiertos. Miley apretó los dientes, dispuesta a no avergonzar a Nick con su comportamiento.
Desgraciadamente, el menú estaba en francés. Ella enrojeció y Nick, al ver su expresión, se habría abofeteado. Había pretendido ofrecerle una velada especial, no hacerla sentir fuera de lugar. Arrancó la carta de sus manos frías y temblorosas con una sonrisa tranquilizadora.
—¿Qué prefieres, pollo, carne o pescado? —preguntó suavemente.
—Pollo— contestó ella de inmediato, pues sabía que era el plato más barato y no quería abusar de él.
Él se inclinó y la miró fijamente.
—He dicho que qué prefieres —insistió Nick.
Ella se ruborizó ligeramente y bajó la mirada.
—Carne.
—Muy bien. —Hizo señas al camarero, que acudió en el acto, y pidió en lo que a Miley le pareció un francés impecable.
—¿Hablas francés? —preguntó.
Nick asintió con la cabeza.
—Francés, latín y un poco de cherokee. Supongo que es un don, parecido al de saber hacer un delicioso pastel de limón.
Ella sonrió.
—Lo creas o no, no te he traído aquí para hacerte sentir incómoda —dijo. La mirada de sus ojos oscuros Se hizo más penetrante y añadió—: Algo te preocupa además de la carta. ¿Qué es?
Al parecer no podía engañarle. De todos modos, qué importaba, pensó con temeridad. Había visto dónde vivía y debía de haberse hecho una idea de su falta de experiencia para alternar en sociedad.
—Todos estos cubiertos... —admitió señalándolos con un gesto—. En casa nada más utilizamos el cuchillo, el tenedor y la cuchara, y sé colocarlos gracias a las clases de urbanidad que me dieron en la escuela.
Él emitió una risa ahogada.
—Bien, trataré de enseñarte. —Lo hizo, y Miley se sorprendió de la variedad de tenedores que había para la ensalada y el postre y la colección correspondiente de cucharas. Finalmente apareció el camarero con los platos.
Miley observó durante toda la cena a Nick para saber qué cubiertos utilizar. Cuando llegaron al postre, un delicioso pastel de nueces coronado con una bola de helado de vainilla, se sentía como si hubiera sido educada en las artes culinarias.
—¿Qué hemos comido? —susurró cuando hubieron terminado el postre y se hallaron ante la segunda taza de cremoso café.
—Boeuf bourbonnaise —dijo Nick. Se inclinó hacia ella y bajó la voz—. En realidad no es más que el clásico estofado francés.
Ella rió suavemente.
—¿De verdad?
—De verdad. Está hecho con las especias que nosotros utilizamos en repostería y regado con un buen vino tinto.
—Tendré que buscar la receta en mis libros de cocina y prepararlo en casa —comentó Miley—. Aunque estoy segura de que el abuelo se lo daría al perro.
—¿Tenéis perro?
Ella recordó su enorme pastor alemán y sintió pena por él.
—Lo teníamos; un viejo galgo que se llamaba Blue. Pero el cartero lo atropelló el año pasado. Siento lo de Gus. Supongo que lo echas de menos.
Él jugueteó con la taza de fina porcelana china con expresión ausente. Asintió con la cabeza.
—La casa está muy silenciosa y ya no tengo a quién llevar de paseo.
—Nick, ¿por qué no compras otro perro? —preguntó con suavidad—. De verdad, es lo mejor. Hay tiendas de animales por toda Atlanta. Seguro que encontrarás un cachorro que te guste.
Él buscó con la mirada los dulces ojos de Miley.
—¿Cuál te gusta a ti?
Ella sonrió.
—Me gustan los collies, pero he oído que no se adaptan bien al clima caluroso del Sur. Y al parecer dejan pelos por todas partes.
Él se reclinó en el asiento.
—A mí me gustan los basset hounds.
Miley rió.
—A mí también.
—Tendrás que acompañarme cuando vaya a comprarlo —dijo él de repente—. Después de todo, ha sido idea tuya.
Miley sintió que la recorría una oleada de placer.
—Me gustará hacerlo.
—Estupendo. Quizá el próximo fin de semana. Tengo una agenda muy apretada, pero encontraremos el momento.
Miley se preguntó cómo reaccionaría si le dijera que se estaba enamorando de él. Probablemente se reiría y pensaría que bromeaba; pero era la verdad. Lo encontraba atractivo y disfrutaba estando con él.
—Vamos a bailar un rato a la nueva sala de fiestas que han abierto en el subterráneo de Atlanta —propuso Nick consultando su reloj. Arqueó una ceja—. Una vez dijiste que te gustaba la ópera.
—Bueno, sí... —empezó ella.
—El mes que viene estrenan Turandot en el Fox. Podríamos ir.
—¿A una ópera de verdad? —Miley contuvo el aliento.
—Sí. Puedes ponerte ese vestido —dijo, y añadió dirigiéndole una larga y significativa mirada—. Eres muy guapa, Miley.
Ella sonrió.
—No, no lo soy, pero gracias por decirlo.
—Vámonos.
Después de pagar la cuenta se levantó y rodeó la mesa para ayudar a Miley. La observó con cálida curiosidad mientras se dirigían a la puerta. Parecía encontrar fascinante el restaurante. Él pensó que ella era lo más fascinante que le había pasado. Pretendía introducirla en un nuevo mundo de lujo y cultura, aunque sólo fuera por unas semanas. Disfrutaba con su compañía. últimamente la soledad le agobiaba y le gustaba tener a quien llevar por ahí. El solo hecho de salir una noche se le antojaba una agradable novedad, y el asombro de Miley por todo lo que la rodeaba hacía que valiera la pena.
Sólo un pensamiento desagradable enturbiaba el placer de la velada. Se había convertido en el objetivo de un atentado y todavía no habían descubierto quién había puesto la bomba en su coche. Quizá ponía en peligro la vida de Miley al dejar que la vieran con él, y eso le preocupaba. No quería que le hicieran daño. Sin embargo, se convenció de que sólo iban a por él; y de que Miles no corría peligro. Esa noche no quiso pensar ni en Clay ni en los Harris.
La llevó a los subterráneos de Atlanta, a una de las salas de fiestas más recientes, y Miley se sintió en otra galaxia. Ésa era la Atlanta que nunca había visto, el mundo nocturno de brillantes destellos que convertía en amigos a los desconocidos.
—Es fantástico —exclamó cuando hubieron tomado asiento cerca de la pista de baile—, pero no creo que pueda hacer eso. —Señaló a varias parejas que parecian contorsionistas mientras seguían el ritmo trepidante.
—Yo tampoco— dijo él con sequedad. Había pedido ginger ale para los dos, en lugar de su habitual whisky con agua. No quería que Miley pensara que era un bebedor. Y de hecho, no lo era; disfrutaba de un whisky ocasional, pero de ahí no pasaba su interés por la bebida.
—¿Nunca ponen música lenta? —preguntó Miley.
Justo en ese momento sonó una melodía suave y nostálgica. Nick se levantó y tendió la mano. Miley le dio la suya y lo siguió hasta la pista de baile.
Él era mucho más alto, pero sus cuerpos se fundieron como si hubieran sido creados para adaptarse el uno al otro. Él apoyó una mano de Miley en su pecho, contra el suave tejido de su chaqueta, y la cubrió con una de las suyas, grande y cálida. Con la otra ciñó su cintura y la atrajo hacia sí de forma que se apoyara contra él mientras bailaban, la mejilla de ella a la altura de su hombro.
Era una delicia sentirla tan cerca. Su cuerpo era suave y cálido y exhalaba un arorna de flores silvestres. Bajó la vista hacia ella, tan vulnerable y confiada en sus brazos, y pensó que nunca se había sentido tan satisfecho. Pero también se sentía febrilmente atraído por su feminidad, ardía en deseos de tenerla aún más cerca, de inclinar la cabeza y besar sus labios suaves, de enseñarle qué era la pasión.
Miley no era consciente de ese deseo, pero sí del que ella misma sentía. El contacto de su cuerpo tenso y firme contra sí hacía que el corazón le latiera muy deprisa. Exhalaba un intenso olor a colonia y a jabón, un aroma masculino que actuaba como una droga sobre sus emociones. Hacía años que no bailaba con alguien; nunca con alguien como Nick. La guiaba hábilmente por la pista, como si bailar fuera otro de sus dones naturales, y probablemente lo era. Sabía mucho sobre las mujeres, y esa sala de fiestas parecía de su agrado. Miley pensó que seguramente habría llevado a otras mujeres a lugares parecidos, a bailar de ese modo; Sólo que, al finalizar la velada, no las habría llevado de vuelta a casa. Sintió que ardía al imaginar a Nick con bellas desconocidas, y su cuerpo sé tensó entre los brazos de él.
—¿Qué ocurre? —preguntó él con voz profunda y arrastrando las palabras. Tenía los labios a escasos milímetros de la frente de Miley.
—Nada —susurró ella.
Nick presionó ligeramente la cintura de Miley y luego subió la mano por su espalda hasta donde terminaba el vestido. Ella la sintió cálida y sensual sobre su piel desnuda.
—Dímelo, Miles.
Ella suspiró ligeramente y alzó la vista hacía él. No se había percatado de que su rostro estuviera tan cerca. En la penumbra, Parecía más oscuro, más duro, y al pensar en la diferencia de edad que los separaba, lo sintió muy lejos de ella.
— Por qué me invitaste a salir? —susurró Miley.
El no sonrió. Clavó su mirada en la de ella y casi dejó de bailar. Su cuerpo se movió lentamente contra el de ella mientras la música resonaba y otras parejas pasaban de largo.
—¿No se te ocurre algún motivo? —preguntó él suavemente.
Miley contuvo el aliento.
—¿A causa del pastel de limón? —aventuró.
La mano de él ascendió hasta su espeso cabello y la obligó a ladear la cabeza en el ángulo adecuado mientras se inclinaba hacia ella.
—A causa de esto —susurró él.
Miley no podía creerlo. Sorprendida, abrió desmesuradamente los ojos cuando los labios de él rozaron los suyos una y otra vez, en una lenta y seductora exploración.
La mano que asía su cabello se contrajo haciéndola gemir y separar los labios. Él emitió un profundo suspiro y empezó a moverse de nuevo al son de la música. Su boca no tocaba la de Miley, pero se mantenía a escasos milímetros de ella mientras bailaban.
Ella alzó tímidamente la mirada, mientras sentía su aliento con aroma a café sobre sus labios.
—Es excitante, ¿verdad? —susurró Nick, mientras acariciaba el cabello de Miley provocando en ella una violenta reacción—. Media Atlanta nos rodea, y yo te estoy haciendo el amor en una pista de baile.
—No... no lo estás haciendo —balbuceó ella.
—¿No? —Sonrió.
Miley nunca había visto una sonrisa así en el rostro de un hombre. La asustaba y la seducía a la vez. Nick la obligó a echar aún más hacia atrás la cabeza y efectuó un rápido giro hasta colocar una de sus largas y fuertes piernas entre las de ella. El contacto hizo que Nick no pudiera reprimir un suspiro, incluso con la boca de él rozando la suya.
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