Miley trataba de conjugar la tarea de hacer fotocopias para Maggie con la de pasar a máquina un informe que Nettie, una de las pasantes, necesitaba con urgencia, y su mente se evadía en el proceso. Había pasado unos días muy duros. Clay había estado más dificil que nunca: retraído, malhumorado y abiertamente antagonista. También Mack se comportaba de forma hosca, evitando a su hermano y negándose a decir a Miley por qué. Era peor que un campo de batalla. El abuelo estaba al borde de un ataque de nervios, y también Miley, que se iba a trabajar en un estado de gran excitación y deseando alejarse con el coche sin volver a mirar atrás.
—¿No puedes ir más rápido, Miley? —rogó Nettie—. Tengo que estar en el juzgado a la una y con el tráfico del mediodía tardaré tres cuartos de hora. A este paso no como.
—Voy todo lo deprisa que puedo, de verdad —aseguró Miley frunciendo el entrecejo mientras procuraba que sus dedos fuesen aún más rápido.
—Yo haré mis copias —propuso Maggie dándole una palmadita en la espalda a Miley. Tranquilízate, querida. Lo estás haciendo muy bien.
Su comprensiva actitud hizo que a Miley se le humedecieran los ojos. Maggie era un encanto. Apretó los dientes y se concentró al máximo en la tarea; finalmente, consiguió acabar a tiempo para que Nettie llegara al juzgado.
—¡Gracias! —exclamó la pasante, ya desde la puerta, y añadió sonriendo—: Te debo una comida.
Miley simplemente asintió y se reclinó para recuperar el aliento.
—Tienes un aspecto espantoso —comentó Maggie cuando volvió de la fotocopiadora—. ¿Algo va mal? ¿Quieres hablar?
—No serviría de nada —respondió Miley con una sonrisa afable—. Pero gracias de todos modos. Y gracias por ayudarme.
Maggie alzó el montón de fotocopias.
—No me importa. —Con una expresion seria No trates de hacer demasiadas cosas a la vez, ¿de acuerdo? Eres la más joven en el despacho y eso te coloca a veces en una situación de desventaja. No tengas miedo de decir no cuando no puedas cumplir un encargo. Vivirás más tiempo.
—Mira quién habla —bromeó Miley—. ¿No eres tú la que se ofrece para cualquier obra caritativa que suscribe el bufete?
Maggie se encogió de hombros.
—Será que no sigo mis propios consejos. —Consultó el reloj—. Son casi las doce. Ve a almorzar, yo iré en el segundo turno. Necesitas un descanso. —Observó con preocupación la delgada figura de Miley en su vestido camisero rosa, su cabello despeinado y su rostro sin rastros ya de maquillaje, y añadió—: Arréglate un poco primero, querida. Tienes peor aspecto que la comida de gato.
—¿Parezco una lombriz verdosa? —preguntó consternada.
Maggie la miró fijamente.
—¿Perdón?
—Bueno, eso es todo lo que come mi gato. —Se miró—. Me veo más bien como un gigantesco champiñón, pero una lombriz... ¡jamás!
—Lárgate de aquí —murmuró Maggie.
Miley rió. Maggie era como un tónico para ella. Lástima que no pudiera embotellarla y llevársela a casa por las noches. Estar en casa estaba siendo un suplicio mayor que el trabajo; además, sabía que estaba perdiendo terreno.
Salió del edificio y se dirigió a la cafetería de la esquina, y para su sorpresa se topó con el fiscal del distrito, el mismísimo Nick, en la cola para conseguir mesa.
—Hola, fiscal —saludó, tratando de disimular su sorpresa. Él estaba magnífico. El traje gris que llevaba hacía destacar sus hombros anchos y su piel morena.
—Hola —contestó mirándola con ligero interés—. ¿Dónde se había escondido? El ascensor estaba empezando a aburrirme.
Ella lo miró y arqueó las cejas.
—¿No me diga?. ¿ Por qué no prueba las escaleras? Quizá así consiga sacar de su escondrijo al conserje con el humo de sus cigarros
—¿No me diga?. ¿ Por qué no prueba las escaleras? Quizá así consiga sacar de su escondrijo al conserje con el humo de sus cigarros
Él se rió. No estaba fumando, pero Miley estaba segura de que sacaría uno de sus nauseabundos puritos en cualquier momento.
—Ya he hecho que saliera a causa del humo —dijo—. Le he prendido fuego a la papelera esta mañana. ¿No ha oído la alarma?
La había oído, pero Maggie había comprobado que era una falsa alarma.
—Está bromeando —dijo ella sin saber si estaba bromeando.
—No es broma. Estaba hablando por teléfono y no busqué un cenicero. —Y añadió—: Un error que no cometeré de nuevo. Mi secretaria hizo que el jefe de los bomberos me llamara personalmente y me enviara algunos folletos sobre prevención de incendios. —Apretó los labios y sus ojos brillaron—. ¿Por casualidad no será pariente suya?
Miley rió.
—No lo creo, pero parece que es la clase de secretaria que yo contrataría.
Él movió la cabeza en un gesto de negación.
—¡Mujeres! ¡Ningún hombre está a salvo! —Observó la larga cola con resignación y se levantó la manga para echar un vistazo al reloj—. En teoría dispongo de dos horas, pero he tenido que hacer que pasaran a maquina mis notas y revisar otro informe antes de conseguir salir a almorzar.
Negó con la cabeza—. Tener la oficina tan lejos de los juzgados no está siendo demasiado práctico.
—Piense en el ejercicio físico que hace —comentó ella—. Debería considerarlo un sobresueldo.
—Lo sería, si necesitara perder peso. —Observó el cuerpo delgado de Miley. Usted lo ha hecho. —De repente preguntó—: ¿Cómo está su hermano?
La inquietaba que la mirase de ese modo. Se preguntó si tendría visión microscópica, porque en efecto su mirada parecía traspasar la piel.
—Está bien.
—Espero que siga por el buen camino —prosiguió sin alterarse—. Los hermanos Harris están a punto de meterse en graves problemas. Si sigue con ellos, puede encontrarse en aprietos de los que usted no será capaz de sacarlo.
Ella alzó la mirada.
—¿Le metería en la cárcel?
—Si quebrantara la ley, sí —contestó—. Soy un funcionario público. Los contribuyentes esperan que me gane el sueldo. Deben de haberle dicho qué opino de los traficantes de droga.
—Mi hermano no vende droga, señor Nick —dijo muy sería—. Es un buen chico, pero frecuenta compañías poco recomendables.
—Ya sabe que a veces eso puede ser peligroso. Las cárceles están llenas de buenos chicos que jugaron a seguir a un líder y llegaron demasiado lejos. —Aguzó la mirada—. ¿Recuerda que le dije que se estaba planeando algo gordo? ¿Quizá un asesinato? No lo olvide. Procure que su hermano se quede en casa por las noches.
—¿Cómo? —preguntó Miley tendiendo las manos—. Es más corpulento que yo, y ahora ni siquiera me escucha. —Se frotó los ojos y prosiguió con un hilo de voz—: Señor Nick, estoy cansada de cargar con todo.
Él la cogió del brazo.
Él la cogió del brazo.
—Vámonos.
Miley se sorprendió cuando Nick la apartó de la cola y la empujó suavemente hacia la puerta.
—El almuerzo —protestó ella.
—Al infierno con este sitio. Comeremos en un Crystal.
Miley— nunca había subido a un Mercedes. Los asientos eran de piel auténtica de color gris, acolchados, con reposacabezas y muy cómodos. Incluso olían a cuero. El salpicadero era de madera, probablemente de calidad. La carrocería azul metalizado relucía y la belleza de la tapicería interior la dejó embelesada.
—Parece impresionada —dijo Nick al tiempo que ponía el motor en marcha.
—El motor es muy potente, ¿verdad? —comentó Miley al abrocharse el cinturón—. Los asientos parecen de piel auténtica. ¿Es automático?
Él sonrió con indulgencia.
—Sí, sí y sí. ¿Qué coche tiene usted?
—Un tanque Sherman renovado; al menos, eso parece por las mañanas. —Le sonrió—. No tiene que llevarme a comer. Se le va a hacer tarde.
—No se preocupe, dispongo de tiempo. Miley, ¿su hermano trafica con droga?
Se quedó boquiabierta.
—¡No!
Nick la miró de soslayo mientras cambiaba de carril.
—Una respuesta muy clara. Procure que siga alejado de la droga. Tengo los ojos puestos en la familia Harris. Voy a encerrarles antes de que expire mi cargo, no importa lo que cueste. Una cosa es la droga en las calles, pero en una escuela primaria... Nunca permitiré algo así en mi distrito.
—¡No habla en serio! —exclamó Miley—. En el centro de Atlanta quizá, pero no en la primaria de Curry Station.
—Encontramos crack en la taquilla de uno de los niños. Tenía diez años y ya vendía droga. —La miró frunciendo el entrecejo—. Dios mío, no es posible que sea tan inocente. ¿No sabe que cada año cientos de niños de primaria acaban en la cárcel por traficar con narcóticos? ¿Que en Georgia uno de cada cuatro niños tiene padres drogadictos?
—No lo sabía —admitió. Apoyó la cabeza contra la ventanilla—. ¿Qué ha sido de los niños que en la escuela jugaban con ranas, tenían abejas encantadas y hacían burbujas con espuma?
—Es una generación equivocada. Estos niños disecan abejas y la única espuma que ven es la de la cerveza. Por supuesto, todavía van a la escuela, y aprenden cosas en primaria que yo no descubrí hasta que era bachiller. Conocimiento acelerado, señorita Cyrus.
—Es una generación equivocada. Estos niños disecan abejas y la única espuma que ven es la de la cerveza. Por supuesto, todavía van a la escuela, y aprenden cosas en primaria que yo no descubrí hasta que era bachiller. Conocimiento acelerado, señorita Cyrus.
Queremos que nuestros niños sean adultos pronto para no tener que preocuparnos por los traumas infantiles. Estamos produciendo adultos en miniatura, y los niños sin una estructura familiar estable son los primeros de la clase.
—Las madres trabajan... empezó Miley.
—Desde luego. Alrededor del cincuenta por ciento de las madres trabaja, mientras sus niños están en la calle, encerrados en casa o repartidos entre padrastros y madrastras. —Encendió un purito sin preguntarle si le molestaba, pues sabía que así era—. Las mujeres no disfrutarán de una verdadera igualdad hasta que los hombres sean capaces de concebir.
Ella esbozó una sonrisa irónica.
—Me parece que tendrían un parto espantoso.
Nick rió por lo bajo.
—Sin duda, y con la suerte que tengo seguro que en mi caso vendría con los pies por delante. —Negó con la cabeza—. Hoy he tenido un mal día. Además, esta semana he procesado a dos menores como adultos. Estoy harto. Desearía que los padres se ocuparan de sus malditos críos. Ésta es mi queja favorita.
—Usted no tiene hijos, ¿verdad? —preguntó Miley con timidez.
Él detuvo el coche en un restaurante de hamburguesas Crystal y aparcó.
—No. Soy anticuado, creo que los niños vienen después del matrimonio. —Se apeó y ayudó a Miley a salir del coche, luego cerró la puerta—. ¿Le apetece una hamburguesa o chile con carne?
—Chile —contestó ella al instante—. Con salsa Tabasco.
—Usted es una de ésas, ¿verdad? —preguntó con una expresión burlona en sus ojos oscuros.
—¿Una de ésas? —quiso saber Miley.
—¿Una de ésas? —quiso saber Miley.
Nick tendió las manos hasta coger las suyas y ella retuvo el aliento. La llevó hasta la puerta del restaurante y al mirarla captó la expresión de inesperado placer en su dulce rostro ovalado, en sus brillantes ojos color zafiro. Pareció tan sorprendida como él cuando el contacto produjo una oleada de electricidad desde su mano al interior de su cuerpo que le hizo sentir una tensión placentera.
—Manos suaves —advirtió ligeramente ceñudo—, pero dedos callosos. ¿Qué hace usted en casa?
—Lavar, cocinar, fregar, cultivar y podar... Son manos de mujer trabajadora.
Él las alzó y las volvió entre las suyas, cálidas y alargadas, luego estudió los dedos finos y elegantes de uñas cortas sin pintar. Sí, eran manos que trabajaban, pero bonitas a pesar de todo. Impulsivamente, se inclinó y apoyó los labios sobre los nudillos.
— ¡Señor Nick! —dijo Miley ruborizándose.
Él alzó la cabeza y sus ojos sonrieron.
—Es sólo mi parte irlandesa que sale a la superficie. La parte cherokee, por supuesto, la habría subido a la grupa del caballo y la habría llevado lejos de aquí a la puesta de sol.
—¿Montaban a caballo?
—Sí. Algún día le contaré todo sobre ellos.
Cuando entrelazó sus dedos con los de ella y la condujo al interior del restaurante, Miley se sintió como si anduviera en sueños.
Recogieron su pedido, encontraron una mesa vacía y tomaron asiento. Miley comió lentamente, mientras él devoraba dos hamburguesas con queso y dos raciones de patatas fritas.
—Dios, estoy muerto de hambre —murmuró—. Estos días no tengo tiempo ni para comer. Mi agenda está demasiado llena y trabajo la mayoría de noches y fines de semana. Hasta reviso casos mientras duermo.
—Creía que disponía de ayudantes para eso.
—Nuestro volumen de trabajo es increíble —explicó—, a pesar de las declaraciones de inocencia y culpabilidad. En la cárcel hay gente que no debería estar allí esperando que sus juicios encuentren un hueco en el calendario. No hay suficientes juzgados, ni suficientes jueces, ni suficientes cárceles.
—¿Ni suficientes fiscales?
Él le sonrió por encima de su batido de chocolate.
—Ni suficientes fiscales —confirmó. Sus ojos oscuros recorrieron su rostro y volvieron a fijarse en los de ella. La sonrisa se desvaneció y su mirada expresó mayor intimidad—. No quiero intimar con usted, Miley.
Costaba un poco acostumbrarse a su franqueza. Miley tragó saliva.
—¿No?
—Todavía es virgen, ¿verdad?
Ella se sonrojó.
—No es difícil adivinarlo ——dijo arqueando una ceja. Terminó el batido de chocolate, y añadió—: Pues bien, yo no voy por ahí seduciendo a vírgenes. Mi tío Sanderson quería que fuera un caballero en lugar de un piel roja, de modo que me enseñó modales exquisitos. Tengo conciencia, gracias a su maldita educación.
Miley se removió en el asiento. No sabía si hablaba en serio o en broma.
—Yo no me meto en la cama con extraños... —empezó.
—No, usted no se metería, sería yo quien la llevaría hasta ella —puntualizó él—. Y yo no soy un extraño. Es cierto que a veces prendo fuego a mi oficina y le piso la cola a mi perro, pero eso no me parece tan raro.
Ella esbozó una sonrisa dulce y sintió una cálida oleada en su interior cuando lo miró. Apreció la fuerza de su rostro de pómulos prominentes, la apostura y la elegancia de su cuerpo. Era un hombre que irradiaba sensualidad. Le estaba robando el corazón; y ya no había salvación posible para ella.
—No soy una mujer moderna —explicó con calma—. Soy muy convencional. Fui educada de forma estricta, a pesar de mi padre, y me inculcaron creencias religiosas. Supongo que le pareceré anticuada...
—Mi tío Sanderson era diácono en la iglesia baptista —interrumpió Nick—. Fui bautizado a los diez años y estudié en un colegio religioso hasta que fui a la universidad. Usted no es el único espécimen anticuado que ronda por aquí.
—Ya, pero usted es un hombre.
—Eso espero. —Suspiró—. De otro modo, me he gastado una fortuna en un vestuario que no puedo llevar.
Miley rió con genuino placer.
—¿De verdad es usted? Quiero decir, ¿es usted el mismo hombre huraño que conocí en el ascensor?
—Tenía muchas razones para serlo. Me sacaron de mi confortable oficina para meterme en una especie de aeropuerto en las alturas, me dejaron sin mi cafetería favorita, me inundaron de casos pendientes de apelación... Tenía motivos para estar de mal humor. Además, ahí estaba esa irritante jovencita que no dejaba de insultarme.
—Usted empezó —puntualizó Miley.
—Sólo me defendía —corrigió él.
Ella jugueteó con el vaso de café de plástico.
—También yo. Apuesto a que es usted muy duro en un juicio.
—Eso dicen. —Reunió los restos de la comida en la bandeja y dijo—: Debemos irnos. No quisiera meterle prisa, pero tengo un juicio dentro de media hora.
—Lo siento. —Miley se levantó de inmediato—. No me había dado cuenta de que era tan tardé.
—Yo tampoco —admitió él. Se apartó para dejar que ella le precediera hasta la papelera y al exterior del establecimiento. Había subido un poco la temperatura, pero todavía hacía frío, y Miley se arrebujó en su chaqueta. La mirada de Nick se posó en la prenda. Estaba muy usada, probablemente tendría tres o cuatro años. El vestido tampoco era nuevo, y los zapatos negros de tacón estaban gastados. Le incomodó comprobar con qué poco vivía. Y en cambio parecía tan habituada, tan cómoda; excepto cuando se mencionaba a su hermano, claro. Había conocido a mujeres ricas con una actitud crítica hacia todos y hacia todo, pero Miley, que no tenía prácticamente nada, parecía disfrutar de la gente y de la vida.
—Vive usted con poco —comentó mientras conducía de vuelta a la oficina.
—Todo el mundo tiene problemas —contestó ella con soltura—. Y yo intento vivir con los míos. —Añadió con una sonrisa—: No son peores que los de los demás. En general disfruto de la vida, señor Jonas.
—Nick —corrigió él—. Es un nombre irlandés.
—¡No! —exclamó Miley con fingida sorpresa.
—¿Cómo creyó que me llamaba? ¿George Piedra Erguida, Henry Rostro de Mármol o alguna cosa parecida?
Ella se cubrió la cara con las manos.
—¡Oh, Dios mio ! exclamó entre risas.
—Mi madre se llamaba Irene Tally explicó. Su padre era irlandés y su madre cherokee. De modo que sólo una cuarta parte de mí es india, no la mitad. Aunque da igual, maldita sea, estoy muy orgulloso de mi sangre cherokee.
—Mack intenta que el abuelo admita que tiene sangre cherokee —comentó Miley—. Estudia las culturas indias este semestre en la escuela, y siente mucha curiosidad por saber cómo utilizaban la cerbatana con que cazaban. ¿Sabía que la tribu cherokee era la única del sureste que cazaba con ese arma?
—Sí, lo sabía. Soy cherokee —le recordó.
—Sólo una cuarta parte, usted mismo lo ha dicho, y esa cuarta parte podía no haberlo sabido.
—Deje ya de ser tan puntillosa.
—Au contraire, nunca he sido muy aficionada a las puntillas —aseguró con desdén,
Él no captó inmediatamente el doble sentido.
— ¡Dios mío! —silbó entre dientes—. Es usted rápida, mi querida señorita.
—Rápida, pero no ligera, señor mío —concluyó Miley
El sofocó una risa.
—Eso ya me lo figuraba. Dígale a Mack que los cherokees no utilizaban curare en sus dardos. Sólo los indios sudamericanos conocían ese veneno.
—Se lo diré. —Bajó la vista hasta el bolso en su regazo—. Usted le gustaría.
—¿Usted cree? —Deseaba desesperadamente invitarla a salir, conocer a su familia. Redundaría en su beneficio porque Clay era íntimo de los Harris y significaría una vía de acceso. Pero no quería herir a Miley, y lo haría si jugaba con sus intereses. Era mejor dejarlo correr de momento—. Ya hemos llegado.
Miley tuvo que sobreponerse a la desilusión. Después de todo la había invitado a comer. Debía sentirse agradecida por las migajas y no resentida porque no le hubiera ofrecido un banquete. De modo que le brindó una brillante sonrisa cuando lo que deseaba era llorar.
—Gracias por el chile —dijo suavemente cuando hubieron descendido del coche.
—Ha sido un placer. —Alzó su mano hasta el rostro de Miley y con el pulgar acarició su labio inferior de forma experta y deliberada—. Si éste no fuera un lugar público, señorita Cyrus —dijo posando la oscura mirada en la boca de ella—, pondría mis labios en los suyos y la besaría hasta que le temblaran las rodillas.
Ella contuvo el aliento. Los ojos oscuros de Nick la hipnotizaban, así que debía hacer algo o se arrojaría a sus pies y le rogaría que lo hiciera.
—¿Siempre le afectan, de ese modo las hamburguesas? —susurró, tratando de dominarse.
Él no pudo hacerlo. Soltó una carcajada y retiró la mano.
—¡Diablos! ¡Eres sorprendente! exclamó
Miley se sentía orgullosa de sí misma. Había conseguido mantener la compostura sin herir demasiado el orgullo de Nick. Le había hecho reír. Se preguntó si sería tan fácil como parecía.
—¡Qué vergüenza! Insultar a una dama en público, señor fiscal del distrito —dijo con insolencia, y con una sonrisa añadió—: Muchas gracias por el almuerzo, y por el apoyo. No me deprimo con facilidad, pero últimamente las cosas se han complicado en casa.
—No tiene que darme explicaciones —dijo él con amabilidad. Sentía el deseo de protegerla, y no estaba acostumbrado a ese sentimiento.
—Será mejor que entre —dijo por fin Miley.
—Sí. —Su mirada se clavó en los ojos color zafiro de ella y el tiempo pareció detenerse. El deseo de atraerla hacia él y besarla le hizo vibrar. Se preguntó si ella sentía lo mismo, y por eso antes había reaccionado a la defensiva.
—Bueno... hasta la vista.
Él asintió con la cabeza.
Miley obligó a sus pies a moverse, pero estuvo segura de flotar durante el trayecto hacia el edificio. No sabía que unos ojos curiosos la habían visto marcharse con Nick y regresar con él.
—Tu hermana es íntima del fiscal, Cyrus —dijo Son Harris a Clay esa noche—. Hoy han comido juntos. No podemos dejar que continúe esta situación, que Nick llegaría hasta nosotros a través de ti.
—No seas estúpido —replicó Clay con nerviosismo—. Miles no está interesada en Nick, estoy seguro.
—Él y su investigador se están acercando demasiado. Quizá tengamos que deshacernos del fiscal —añadió escrutando con sus pequeños ojos la expresión incrédula de Clay—. En las próximas semanas vamos a recibir una entrega importante y no podemos permitirnos complicaciones.
—¿Crees que matar al fiscal del distrito no acarrearía complicaciones?— Clay rió, porque a Son le encantaba exagerar.
—No, si culpan a algún otro de ello.
Clay se encogió de hombros.
—Bueno, pues no cuentes conmigo. Soy muy malo disparando.
Son lo miró fijamente.
—Estamos pensando en algo menos peligroso, algo como volar su coche. —Sonrió ante la expresión inquieta de Clay. Esto sí se te da bien, ¿verdad, Clay? En la feria de la ciencia del año pasado hiciste un buen papel con los explosivos. A la policía no le será difícil averiguarlo, ¿no crees? No le será nada difícil. —Son le dio una palmadita—. Así pues, sé un buen chico y trata de convencer a tu hermano, de lo contrario tendremos que volar al fiscal de distrito y cargarte a ti con el muerto.
—Mack no cambiará de opinión —dijo Clay titubeante. Son había bebido demasiado y quizá estaba bromeando. Seguro que no pretendían hacer algo tan estúpido. Era imposible. Pensó que sólo trataban de asustarlo, porque temían que Miley pudiera decir algo a Nick, eso era todo. ¡Dios, no podían hablar en serio!
—Será mejor que Mack cambie de opinión de una maldita vez —amenazó Son con una voz dulce que presagiaba problemas. Sus ojos dilatados se encontraron con los de Clay ¿Me oyes, Clay? Será mejor que coopere, y pronto. Queremos vender en la escuela primaria y vamos a conseguirlo. Así pues, ¡espabila!
Miley volvió a casa flotando en una nube. Sólo pensaba en Kilpatríck y sus problemas parecían estar muy, muy lejos. No se percató de que Mack y Clay desaparecían unos minutos mientras ella preparaba la cena y el abuelo veía las noticias.
Mack estaba pálido cuando entró en la cocina, pero no dijo una palabra. Murmuró algo sobre que no tenía hambre y evitó mirar a Miley a los ojos. Ella lo siguió hasta su habitación secándose las manos en un trapo.
—Mack, ¿ocurre algo?
Él se volvió y abrió la boca para hablar, pero miró más allá de Miley y la cerró de golpe.
—No pasa nada, ¿verdad, Mack? —intervino Clay, y dijo sonriendo—: ¿Qué hay para cenar?
—¿Vas a quedarte a cenar? —preguntó Miley.
Él se encogió de hombros.
—No tengo nada mejor que hacer, al menos esta noche. Pensaba jugar con el abuelo a las damas.
Miley sonrió con alivio.
—Seguro que le gustará la idea.
—¿Cómo te ha ido hoy? —preguntó Clay mientras volvían a la cocina y ella supervisaba los panecillos que estaba horneando.
—Oh, muy bien —contestó—. El señor Nick me ha invitado a comer.
—¿Estás haciéndote íntima del fiscal del distrito? —ironizó Clay aguzando la mirada.
—No ha tenido nada que ver contigo —contestó Miley con firmeza—. Es un hombre agradable. Sólo hemos ido a comer.
—¿Agradable, Nick? —Rió amargamente—. Desde luego que lo es. Intentó meter a papá en la cárcel, y ahora va por mí. Pero es un tipo agradable.
Miley enrojeció.
—¡No tiene nada que ver contigo! —insistió—. ¡Por el amor de Dios, tengo derecho a un poco de diversión en mi vida! explotó. Cocino, limpio y trabajo para manteneros. ¿Ni siquiera tengo derecho a salir a comer con un hombre? Tengo veinticuatro años, Clay, y prácticamente no he salido. Yo...
—Lo siento —interrumpió Clay con sinceridad—. De verdad, perdona. Sé que trabajas muy duro por nosotros. —Se volvió, sintiéndose avergonzado. ¡Había tantas cosas que no podía decirle! Se había propuesto ayudarla con algo de dinero extra, pero sabía que no podía hacerlo porque Miley querría saber de dónde procedía, y todo habría desembocado en un lío espantoso.
Son Harris le tenía bien cogido, y él no quería ir a la cárcel. Suspiró y observó por la ventana el firmamento nocturno. Quizá podía convencer a otro niño, alguien con menos escrúpulos que su hermano pequeño.
Clay se volvió hacia Miley. A ella le gustaba el fiscal y a él no. Pero pensar que los Harris habían hablado de matarlo...
"¡Dios mío —pensó—, vaya lío!" Volvió al cuarto de estar mientras Miley acababa de preparar la cena. Siempre podía llamar a Nick y prevenirlo, pero ¿y si se trataba de una broma? Son solía gastar bromas de mal gusto, y no podía estar seguro de que el supuesto asesinato no lo fuera. "Después de todo —reflexionó—, ¿de dónde va a sacar Son Harris a un asesino?" Exacto. Le estaban presionando. Se sintió más tranquilo, porque, sin un matón, Son no se atrevería a hacer nada. Todo había sido una bromita pesada, ¡y había caído como un tonto! ¡Qué vergüenza!
—¿Qué tal una partida de damas después de cenar, abuelo? —preguntó al anciano sentado en el diván forzando una sonrisa.
Miley dispuso la cena a toda prisa y se fue a dormir, determinada a ignorar el desánimo de Mack, el forzado buen humor de Clay y la falta de entusiasmo del abuelo. Ya era hora de que viviera su propia vida; estaba dispuesta a hacerlo aunque tuviera que endurecerse para conseguirlo. No Podía sacrificarse para siempre. Cerró los ojos Y vio el rostro de Nick Jonas Nunca había deseado a nadie lo suficiente como para enfrentarse a su familia. Hasta entonces.
No hay comentarios:
Publicar un comentario