Nick Jonas apretó el volante con fuerza cuando su Ferrari Maranello amenazó con patinar sobre la helada carretera.
El paisaje rural de campos y árboles estaba cubierto por una gran capa de purísima nieve. No había otros coches. En un día en que la policía había aconsejado a la gente quedarse en casa y evitar las peligrosas condiciones de la carretera, Nick disfrutaba del reto de probar su habilidad al volante. Aunque poseía una legendaria colección de coches casi nunca tenía la oportunidad de conducirlos él mismo. Podría no saber muy bien dónde estaba, pero eso le preocupaba poco. Seguía confiando en que, en cualquier momento, encontraría una entrada a la autopista que le permitiría regresar a Londres y, por tanto, a la civilización.
Nick no se arredraba ante dificultad alguna... sencillamente porque las dificultades no existían para él. Llevaba una existencia tranquila y bien organizada. Cualquier problema, cualquier incomodidad se evitaba con una buena inyección de dinero. Y el dinero no era obstáculo para un hombre como él.
La fortuna de los Jonas, forjada originalmente en la construcción de barcos, había empezado a mermar cuando Nick era un adolescente. Aun así, su conservadora familia se quedó estupefacta cuando decidió no seguir los pasos de su padre y su abuelo, convirtiéndose en cambio en financiero. Unos años después, sin embargo, los murmullos de desaprobación se habían convertido en aplausos cuando Nick tuvo un éxito meteórico.
Ahora, a menudo aconsejaba a gobiernos sobre sus inversiones. Nick era, a la edad de treinta y cuatro años, no sólo adorado como un ídolo por su familia, sino un magnate de las finanzas y un adicto al trabajo.
En cuestiones más personales, ninguna mujer le había interesado durante más de tres meses. Su poderosa libido y sus emociones estaban férreamente controladas por una mente ágil y bien disciplinada. Su padre, sin embargo, había estado a punto de casarse por cuarta vez antes de morir...
La manía de su padre de enamorarse de mujeres cada vez menos adecuadas siempre le resultó exasperante. Él no era así; de hecho, la prensa lo había acusado de ser de hielo por su trato con las mujeres. Orgulloso de su cuadriculado cerebro,Nick había hecho una relación de las diez cualidades que debería reunir una mujer para entrar en la lista de posibles candidatas. Ninguna lo había conseguido, ni siquiera se habían acercado.
El paisaje rural de campos y árboles estaba cubierto por una gran capa de purísima nieve. No había otros coches. En un día en que la policía había aconsejado a la gente quedarse en casa y evitar las peligrosas condiciones de la carretera, Nick disfrutaba del reto de probar su habilidad al volante. Aunque poseía una legendaria colección de coches casi nunca tenía la oportunidad de conducirlos él mismo. Podría no saber muy bien dónde estaba, pero eso le preocupaba poco. Seguía confiando en que, en cualquier momento, encontraría una entrada a la autopista que le permitiría regresar a Londres y, por tanto, a la civilización.
Nick no se arredraba ante dificultad alguna... sencillamente porque las dificultades no existían para él. Llevaba una existencia tranquila y bien organizada. Cualquier problema, cualquier incomodidad se evitaba con una buena inyección de dinero. Y el dinero no era obstáculo para un hombre como él.
La fortuna de los Jonas, forjada originalmente en la construcción de barcos, había empezado a mermar cuando Nick era un adolescente. Aun así, su conservadora familia se quedó estupefacta cuando decidió no seguir los pasos de su padre y su abuelo, convirtiéndose en cambio en financiero. Unos años después, sin embargo, los murmullos de desaprobación se habían convertido en aplausos cuando Nick tuvo un éxito meteórico.
Ahora, a menudo aconsejaba a gobiernos sobre sus inversiones. Nick era, a la edad de treinta y cuatro años, no sólo adorado como un ídolo por su familia, sino un magnate de las finanzas y un adicto al trabajo.
En cuestiones más personales, ninguna mujer le había interesado durante más de tres meses. Su poderosa libido y sus emociones estaban férreamente controladas por una mente ágil y bien disciplinada. Su padre, sin embargo, había estado a punto de casarse por cuarta vez antes de morir...
La manía de su padre de enamorarse de mujeres cada vez menos adecuadas siempre le resultó exasperante. Él no era así; de hecho, la prensa lo había acusado de ser de hielo por su trato con las mujeres. Orgulloso de su cuadriculado cerebro,Nick había hecho una relación de las diez cualidades que debería reunir una mujer para entrar en la lista de posibles candidatas. Ninguna lo había conseguido, ni siquiera se habían acercado.
Miley metió las manos en las mangas de su gabardina gris y movió los pies para que no se le quedasen congelados.
Se había perdido y por allí no había nadie para darle indicaciones de cómo llegar a la carretera general. Pero el pesimismo era algo ajeno a la naturaleza de Miley. Largos años viviendo una vida muy austera le habían enseñado que una visión negativa de las cosas desanimaba a cualquiera y no reportaba beneficio alguno. Ella era de las que siempre miraba el lado bueno de las cosas. De modo que, aunque se había perdido en medio de una carretera helada y desierta, estaba convencida de que algún conductor amable aparecería en cualquier momento. Daba igual que lo que le había pasado aquel día hubiera hecho gritar de frustración a la persona más tranquila del mundo.
Miley sabía que no se ganaba nada perdiendo los nervios por algo que uno no puede cambiar. Sin embargo, incluso para ella era difícil olvidar las ilusiones con las que había salido de casa para acudir a la entrevista...
Ahora se sentía como una ingenua por haber puesto en ella tantas esperanzas. ¿No llevaba meses buscando trabajo? ¿No sabía lo difícil que era encontrar un empleo fijo? Desgraciadamente, no estaba cualificada para ningún empleo. No tenía nada que hacer en un mundo que parecía obsesionado por los títulos universitarios. Además, no contaba con experiencia profesional y así era un problema conseguir referencias.
Miley tenía veintiocho años y llevaba más de una década cuidando de su madre enferma. La relación de sus padres se había deteriorado a causa de la enfermedad y su padre se había marchado de casa. Después de un año, había cesado todo contacto entre ellos. Su hermano, kevin, que era diez años mayor que ella, era ingeniero. Vivía en el extranjero y sólo hacía visitas ocasionales.
Casado ahora e instalado en Nueva Zelanda, Kevin que volvió para el funeral de su madre unos meses antes casi le había parecido un extraño. Pero cuando su hermano se enteró de que él era el único beneficiario del testamento se sintió tan aliviado, que le habló francamente de sus problemas económicos. De hecho, le había dicho que el dinero de la venta de la casa sería un salvavidas para él. Sabiendo que tenía que mantener a sus tres hijos, Miley ni siquiera le recordó que sería un salvavidas para él, pero ella no recibiría ni un céntimo. Entonces, no sabía que le iba a resultar tan difícil encontrar trabajo o alojamiento.
El silencio del paisaje cubierto de nieve fue roto entonces por el ruido de un motor en la distancia. Sonriendo, Miles se acercó a la carretera para llamar la atención del conductor...
Nick no vio a la mujer mientras tomaba la curva y luego no le quedó más remedio que dar un volantazo. El deportivo patinó en el hielo, dio una vuelta sobre sí mismo y se deslizó por la carretera hasta chocar contra un árbol...
Con los oídos retumbándole por el terrible crujido del metal, Miley se quedó donde estaba, inmóvil. Incrédula y boquiabierta, observó al conductor, un hombre alto y Castaño, salir del coche a toda velocidad. Se movía tan rápidamente como su coche, fue lo primero que pensó.
-¡Apártese! -le gritó él, pues el fuerte olor a gasolina le había alertado del peligro-. ¡Apártese de ahí!
El coche se incendió y Miley intentó apartarse, pero el hombre tiró de su brazo para alejarla más rápidamente. Tras ellos, el tanque de gasolina explotó y la fuerza de la explosión la levantó del suelo. El extraño evitó la caída sujetándola por la cintura, pero la tumbó en el arcén y se colocó encima para protegerla.
Sin aliento,Miley se quedó en el suelo, intentando respirar mientras pensaba que aquel hombre le había salvado la vida. Cuando levantó la mirada, se encontró con una piel de bronce y unos exóticos ojos de color dorado, muy brillantes.
Tenía la ropa empapada, pero lo que le importaba en aquel momento era saber por qué esos ojos le resultaban tan familiares. De niña había visitado un zologico en el que había un león en su jaula, furioso y frustrado. Con los ojos brillantes, desafiando a todo aquel que osara mirarlo, el animal paseaba por su humillante celda con una dignidad que a Miley le había roto el corazón.
-¿Se ha hecho daño? -preguntó él, con una voz ronca de profundo acento mediterráneo que le produjo escalofríos.
Miley negó con la cabeza. El hecho de que la hubiera aplastado contra el arcén lleno de nieve no tenía importancia en comparación con esos ojos. Tenía las pestañas muy largas, un rostro angular y muy masculino que poseía una belleza hipnótica.
Nick observó los ojos más Azules que había visto nunca. Estaba convencido de que no podían ser de verdad de ese color y sospechaba también del claro cabello cobre que enmarcaba su rostro ovalado.
-¿Qué demonios hacía en medio de la carretera?
-¿Le importaría apartarse? -murmuró Miley.
Nick se apartó musitando algo en su idioma. No se había dado cuenta de que estaba encima de la mujer responsable de la destrucción de su coche. Cuando tomó su mano para ayudarla a levantarse, se le ocurrió un pensamiento extraño: tenía la piel tan blanca, suave y tentadora como la nata.
-No estaba en medio de la carretera... temí que pasara de largo sin verme -explicó Miley, temblando de frío.
El hombre era altísimo, tan alto, que tenía que echar la cabeza hacia atrás para hablar con él.
-Estaba en medio de la carretera -insistió Nick-. Tuve que dar un volantazo para no atropellarla.
Miley miró el coche, que seguía ardiendo. Era evidente que en poco tiempo sólo quedarían un montón de hierros quemados. Era un modelo deportivo y, seguramente, muy caro. Y que intentase culparla por el accidente la hizo sentir un escalofrío de ansiedad.
-Siento mucho lo de su coche -se disculpó, para evitar conflictos. Habiendo crecido en una familia con fuertes personalidades, estaba acostumbrada a asumir el papel de pacificadora.
Se había perdido y por allí no había nadie para darle indicaciones de cómo llegar a la carretera general. Pero el pesimismo era algo ajeno a la naturaleza de Miley. Largos años viviendo una vida muy austera le habían enseñado que una visión negativa de las cosas desanimaba a cualquiera y no reportaba beneficio alguno. Ella era de las que siempre miraba el lado bueno de las cosas. De modo que, aunque se había perdido en medio de una carretera helada y desierta, estaba convencida de que algún conductor amable aparecería en cualquier momento. Daba igual que lo que le había pasado aquel día hubiera hecho gritar de frustración a la persona más tranquila del mundo.
Miley sabía que no se ganaba nada perdiendo los nervios por algo que uno no puede cambiar. Sin embargo, incluso para ella era difícil olvidar las ilusiones con las que había salido de casa para acudir a la entrevista...
Ahora se sentía como una ingenua por haber puesto en ella tantas esperanzas. ¿No llevaba meses buscando trabajo? ¿No sabía lo difícil que era encontrar un empleo fijo? Desgraciadamente, no estaba cualificada para ningún empleo. No tenía nada que hacer en un mundo que parecía obsesionado por los títulos universitarios. Además, no contaba con experiencia profesional y así era un problema conseguir referencias.
Miley tenía veintiocho años y llevaba más de una década cuidando de su madre enferma. La relación de sus padres se había deteriorado a causa de la enfermedad y su padre se había marchado de casa. Después de un año, había cesado todo contacto entre ellos. Su hermano, kevin, que era diez años mayor que ella, era ingeniero. Vivía en el extranjero y sólo hacía visitas ocasionales.
Casado ahora e instalado en Nueva Zelanda, Kevin que volvió para el funeral de su madre unos meses antes casi le había parecido un extraño. Pero cuando su hermano se enteró de que él era el único beneficiario del testamento se sintió tan aliviado, que le habló francamente de sus problemas económicos. De hecho, le había dicho que el dinero de la venta de la casa sería un salvavidas para él. Sabiendo que tenía que mantener a sus tres hijos, Miley ni siquiera le recordó que sería un salvavidas para él, pero ella no recibiría ni un céntimo. Entonces, no sabía que le iba a resultar tan difícil encontrar trabajo o alojamiento.
El silencio del paisaje cubierto de nieve fue roto entonces por el ruido de un motor en la distancia. Sonriendo, Miles se acercó a la carretera para llamar la atención del conductor...
Nick no vio a la mujer mientras tomaba la curva y luego no le quedó más remedio que dar un volantazo. El deportivo patinó en el hielo, dio una vuelta sobre sí mismo y se deslizó por la carretera hasta chocar contra un árbol...
Con los oídos retumbándole por el terrible crujido del metal, Miley se quedó donde estaba, inmóvil. Incrédula y boquiabierta, observó al conductor, un hombre alto y Castaño, salir del coche a toda velocidad. Se movía tan rápidamente como su coche, fue lo primero que pensó.
-¡Apártese! -le gritó él, pues el fuerte olor a gasolina le había alertado del peligro-. ¡Apártese de ahí!
El coche se incendió y Miley intentó apartarse, pero el hombre tiró de su brazo para alejarla más rápidamente. Tras ellos, el tanque de gasolina explotó y la fuerza de la explosión la levantó del suelo. El extraño evitó la caída sujetándola por la cintura, pero la tumbó en el arcén y se colocó encima para protegerla.
Sin aliento,Miley se quedó en el suelo, intentando respirar mientras pensaba que aquel hombre le había salvado la vida. Cuando levantó la mirada, se encontró con una piel de bronce y unos exóticos ojos de color dorado, muy brillantes.
Tenía la ropa empapada, pero lo que le importaba en aquel momento era saber por qué esos ojos le resultaban tan familiares. De niña había visitado un zologico en el que había un león en su jaula, furioso y frustrado. Con los ojos brillantes, desafiando a todo aquel que osara mirarlo, el animal paseaba por su humillante celda con una dignidad que a Miley le había roto el corazón.
-¿Se ha hecho daño? -preguntó él, con una voz ronca de profundo acento mediterráneo que le produjo escalofríos.
Miley negó con la cabeza. El hecho de que la hubiera aplastado contra el arcén lleno de nieve no tenía importancia en comparación con esos ojos. Tenía las pestañas muy largas, un rostro angular y muy masculino que poseía una belleza hipnótica.
Nick observó los ojos más Azules que había visto nunca. Estaba convencido de que no podían ser de verdad de ese color y sospechaba también del claro cabello cobre que enmarcaba su rostro ovalado.
-¿Qué demonios hacía en medio de la carretera?
-¿Le importaría apartarse? -murmuró Miley.
Nick se apartó musitando algo en su idioma. No se había dado cuenta de que estaba encima de la mujer responsable de la destrucción de su coche. Cuando tomó su mano para ayudarla a levantarse, se le ocurrió un pensamiento extraño: tenía la piel tan blanca, suave y tentadora como la nata.
-No estaba en medio de la carretera... temí que pasara de largo sin verme -explicó Miley, temblando de frío.
El hombre era altísimo, tan alto, que tenía que echar la cabeza hacia atrás para hablar con él.
-Estaba en medio de la carretera -insistió Nick-. Tuve que dar un volantazo para no atropellarla.
Miley miró el coche, que seguía ardiendo. Era evidente que en poco tiempo sólo quedarían un montón de hierros quemados. Era un modelo deportivo y, seguramente, muy caro. Y que intentase culparla por el accidente la hizo sentir un escalofrío de ansiedad.
-Siento mucho lo de su coche -se disculpó, para evitar conflictos. Habiendo crecido en una familia con fuertes personalidades, estaba acostumbrada a asumir el papel de pacificadora.
Nick miró los patéticos restos de su Ferrari, que sólo había conducido dos veces, y luego miró a la chica. Su ropa era vulgar, barata. De mediana estatura, era lo que su padre habría llamado una «chica sana» y lo que sus delgadísimas amigas, que disfrutaban metiéndose unas con otras, habrían descrito como «gorda». Pero entonces recordó lo femeninas que le habían parecido sus curvas mientras estaba tumbado sobre ella y sintió un escalofrío de deseo.
-Es una pena que no pudiera evitar el árbol -siguió Miley.
-Evitarla a usted era mi prioridad, señorita -replicó él, irritado ante lo que veía como un velado ataque a sus dotes como conductor-. Y en ese intento, podría haberme matado.
El escalofrío de deseo había desaparecido. Nick lo achacó al golpe contra el árbol que, seguramente, lo había privado de juicio y causado que su libido le gastase una mala pasada. Esa chica debía ser la menos atractiva que había conocido en su vida.
-Pero afortunadamente, los dos debemos dar las gracias por...
-Teos mu! Explíqueme por qué debo yo dar las gracias en este momento -la interrumpió él. Seguía nevando y la nieve empezaba a teñir su pelo de blanco-. Está nevando, empieza a anochecer, mi coche favorito ha quedado reducido a cenizas junto con mi móvil y estoy en medio de una carretera desierta con una extraña.
-Pero estamos vivos. Ninguno de los dos ha resultado herido -señaló Miley, intentando disimular que le castañeteaban los dientes.
Nick dejó escapar un suspiro. Estaba perdido en medio de una carretera desierta con Pollyanna.
-¿Puedo usar su móvil?
-Lo siento, no tengo móvil.
-Entonces supongo que vivirá cerca de aquí... ¿dónde está su casa? -preguntó él, mirando alrededor.
-No vivo por aquí. Ni siquiera sé dónde estoy.
Nick arrugó el ceño, como si acabara de confesarle algo terrible.
-¿Cómo puede ser eso?
-No soy de aquí -explicó Miley-. Es que me trajeron para una entrevista de trabajo. Luego empecé a andar y... pensé que no estaría lejos de la carretera general...
-¿Cuánto tiempo lleva caminando?
-Un par de horas. Pero no he visto ninguna casa. Por eso no quería que pasara usted sin verme. Estaba un poco preocupada...
Nick se percató de que estaba temblando. Tenía la gabardina empapada.
-¿Por qué está tan mojada?
-Hay un riachuelo por ahí detrás... no lo había visto hasta que me caí en él.
Él la estudió, muy serio.
-Debería habérmelo dicho antes. Con esta temperatura, podría acabar sufriendo hipotermia... y yo no quiero problemas.
-No voy a darle ningún problema -replicó ella.
-He visto un granero un poco más atrás. Deberíamos cobijarnos allí...
-No, en serio, estoy bien. En cuanto empiece a caminar otra vez se me pasará el frío -murmuró Ash.
Pero Zac vio que se le empezaban a poner los labios azules.
-No entrará en calor hasta que se quite esa ropa mojada -dijo, tomándola del brazo.
La idea de quitarse la ropa delante de un completo extraño era sencillamente absurda, pero le sorprendió su respuesta inmediata a lo que veía como una emergencia. En un segundo, el extraño había olvidado el deportivo destrozado para echarle una mano.
¿No era esa una típica respuesta masculina? Aunque no era tan común como a los hombres les gustaba creer, pensó Miley. Ni su padre ni su hermano la habían ayudado nunca. De hecho, los dos hombres de su vida habían huido de los sacrificios que exigía la enfermedad de su madre. Miley tuvo que aceptar que ninguno de los dos era suficientemente fuerte como para estar a la altura y como ella sí lo estaba, no tenía sentido culparlos por su debilidad.
-¿Cómo se llama? -le preguntó-. Yo me llamo Miley Cyrus.
-Es una pena que no pudiera evitar el árbol -siguió Miley.
-Evitarla a usted era mi prioridad, señorita -replicó él, irritado ante lo que veía como un velado ataque a sus dotes como conductor-. Y en ese intento, podría haberme matado.
El escalofrío de deseo había desaparecido. Nick lo achacó al golpe contra el árbol que, seguramente, lo había privado de juicio y causado que su libido le gastase una mala pasada. Esa chica debía ser la menos atractiva que había conocido en su vida.
-Pero afortunadamente, los dos debemos dar las gracias por...
-Teos mu! Explíqueme por qué debo yo dar las gracias en este momento -la interrumpió él. Seguía nevando y la nieve empezaba a teñir su pelo de blanco-. Está nevando, empieza a anochecer, mi coche favorito ha quedado reducido a cenizas junto con mi móvil y estoy en medio de una carretera desierta con una extraña.
-Pero estamos vivos. Ninguno de los dos ha resultado herido -señaló Miley, intentando disimular que le castañeteaban los dientes.
Nick dejó escapar un suspiro. Estaba perdido en medio de una carretera desierta con Pollyanna.
-¿Puedo usar su móvil?
-Lo siento, no tengo móvil.
-Entonces supongo que vivirá cerca de aquí... ¿dónde está su casa? -preguntó él, mirando alrededor.
-No vivo por aquí. Ni siquiera sé dónde estoy.
Nick arrugó el ceño, como si acabara de confesarle algo terrible.
-¿Cómo puede ser eso?
-No soy de aquí -explicó Miley-. Es que me trajeron para una entrevista de trabajo. Luego empecé a andar y... pensé que no estaría lejos de la carretera general...
-¿Cuánto tiempo lleva caminando?
-Un par de horas. Pero no he visto ninguna casa. Por eso no quería que pasara usted sin verme. Estaba un poco preocupada...
Nick se percató de que estaba temblando. Tenía la gabardina empapada.
-¿Por qué está tan mojada?
-Hay un riachuelo por ahí detrás... no lo había visto hasta que me caí en él.
Él la estudió, muy serio.
-Debería habérmelo dicho antes. Con esta temperatura, podría acabar sufriendo hipotermia... y yo no quiero problemas.
-No voy a darle ningún problema -replicó ella.
-He visto un granero un poco más atrás. Deberíamos cobijarnos allí...
-No, en serio, estoy bien. En cuanto empiece a caminar otra vez se me pasará el frío -murmuró Ash.
Pero Zac vio que se le empezaban a poner los labios azules.
-No entrará en calor hasta que se quite esa ropa mojada -dijo, tomándola del brazo.
La idea de quitarse la ropa delante de un completo extraño era sencillamente absurda, pero le sorprendió su respuesta inmediata a lo que veía como una emergencia. En un segundo, el extraño había olvidado el deportivo destrozado para echarle una mano.
¿No era esa una típica respuesta masculina? Aunque no era tan común como a los hombres les gustaba creer, pensó Miley. Ni su padre ni su hermano la habían ayudado nunca. De hecho, los dos hombres de su vida habían huido de los sacrificios que exigía la enfermedad de su madre. Miley tuvo que aceptar que ninguno de los dos era suficientemente fuerte como para estar a la altura y como ella sí lo estaba, no tenía sentido culparlos por su debilidad.
-¿Cómo se llama? -le preguntó-. Yo me llamo Miley Cyrus.
-Nick -contestó él, tomándola por la cintura para ayudarla a saltar una cerca.
-Ah, gracias -a Miles le sorprendió que tuviera tanta fuerza.
No recordaba que ningún hombre la hubiese tomado en brazos desde que tenía diez años. Pero nunca olvidaría las crueles bromas de sus compañeros por sus «generosas proporciones», nada parecidas a las de las chicas más populares del colegio.
Cuando estaba a punto de resbalar sobre un montón de nieve, Nick la tomó del brazo.
-Tenga cuidado.
Miley tenía los pies congelados y le resultaba difícil caminar. El edificio de piedra parecía cada vez más cerca e hizo un esfuerzo, pero la nieve era tan profunda que le resultaba imposible saber dónde ponía los pies.
Irritado, Zac la tomó en brazos para hacer los últimos metros.
-Déjeme en el suelo, por favor... se hará daño en la espalda... peso mucho y...
-No pesa mucho. Además, si se cae, podría romperse una pierna.
-Y usted no quiere problemas, ya lo sé -suspiró Miley mientras la dejaba en el suelo.
Dentro del granero estaban a resguardo de la tormenta, afortunadamente, pero antes de que pudiera reaccionar, Nick le estaba quitando la gabardina y la chaqueta a la vez.
-Pero bueno...
-Quítese la ropa y póngase mi abrigo -la interrumpió él.
Miley se puso colorada, pero aceptó el abrigo. Era demasiado práctica como para discutir.
-Voy a intentar encender un fuego -dijo Nick.
Lo mejor sería dejarla en el granero con una buena hoguera mientras él buscaba un teléfono. Saldría de allí más rápido por su cuenta.
Había gran cantidad de leña apilada contra un muro y Miley se escondió allí para quitarse la ropa con manos temblorosas. Quitarse los pantalones le resultó difícil porque tenía los dedos helados y la tela empapada se pegaba a sus piernas. Se quitó el jersey con la misma dificultad y luego, temblando violentamente, en sujetador, braguitas y botines, se puso el abrigo del extraño. Le llegaba hasta los pies y parecía una niña con la ropa de un adulto. El forro de seda le hizo sentir un escalofrío, pero el peso del paño le daba calor...
Nick estaba colocando troncos en el centro del granero. De nuevo, se sintió impresionada por su rapidez y eficacia. Era un hombre de recursos, pensó. No se quejaba, sencillamente hacía lo que tenía que hacer. Desde luego, había elegido a un ganador para quedarse tirada en la carretera.
Miley lo estudió, admirando el elegante corte de pelo, el carísimo y bien cortado traje gris que llevaba, con una camisa oscura y una corbata de seda. Parecía un ejecutivo, un hombre sofisticado, el tipo de hombre con el que le habría dado reparo hablar en circunstancias normales.
-Tenemos un pequeño problema... yo no fumo.
-Ah, creo que puedo ayudarle -se ofreció Miley, sacando un encendedor del bolso-. Yo tampoco fumo, pero pensé que mi futuro jefe podría fumar y... bueno, no quería mostrar una actitud de censura.
Mientras escuchaba aquella sorprendente declaración, Nick descubrió que aquella chica no era la menos atractiva que había conocido en su vida. Todo lo contrario. En el interior del granero, su pelo rubio parecía casi como el sol en contraste con el cuello oscuro del abrigo. Tenía las mejillas coloradas y los ojos brillantes. Estaba sonriendo y cuando sonreía todo su rostro se iluminaba. Perdida dentro de su abrigo, le resultaba extrañamente atractiva...
-Tome -dijo ella, ofreciéndole el encendedor.
-Efjaristó -se lo agradeció Nick, preguntándose por qué le gustaba esa extraña. Era de pelo rubio y más bien bajita, cuando a él le gustaban las morenas de piernas largas.
-Parakaló... de nada -contestó Miley, moviendo los pies para entrar en calor-. ¿Es usted griego?
Nick la miró, sorprendido.
-Sí.
Iba medio desnuda debajo de su abrigo, por eso la encontraba atractiva, se dijo a sí mismo, intentando apartar la mirada.
-A mí me encanta Grecia... bueno, sólo estuve una vez, pero me pareció un país precioso -siguió Miley-. Está usted acostumbrado a hacer fuego, ¿no?
-Pues no -contestó él, cortante-. Pero no hay que ser Einstein para hacer una hoguera.
Miley se puso colorada. Y cuando Nick vio su expresión fue como si le hubieran dado una patada en el estómago. ¿Desde cuándo era tan grosero? ¿Por qué no la trataba con un poco más de delicadeza?
-Perdone. Soy hombre de pocas palabras, pero es usted buena compañía -le aseguró.
Sonriendo como una colegiala, ella metió las manos por las mangas del abrigo.
-¿De verdad?
-De verdad -murmuró él, sorprendido y casi conmovido por su respuesta al más simple de los halagos.
La pobre tenía tanto frío, que sus escalofríos eran visibles. Cuando la leña empezó a arder, Nick estiró su metro noventa y cinco y se acercó.
-Hay una petaca en el bolsillo izquierdo. Tome un trago o se quedará helada.
-Yo no estoy acostumbrada al alcohol, no puedo...
-Tome un trago, no sea tonta -sonrió él, sacando la petaca.
Miley tomó un traguito y se puso a toser.
-Veo que lo decía en serio.
Ella respiró profundamente, moviendo los pies.
-Sí, pero es que tengo un frío...
Nick abrió los brazos.
-Venga, acérquese. Piense en mí como si fuera una manta.
-No, yo no puedo...
-No pasa nada, señorita. Tardará un rato en entrar en calor.
Miley levantó unos ojos tan Azules como el mas en un día de invierno.
-Sí, supongo...
-¿Lleva lentillas de color? -la interrumpió Nick, frunciendo el ceño ante la estupidez de la pregunta.
-¿Lentillas de color? Pero si ni siquiera puedo comprar maquillaje -los nervios de Miley la traicionaron cuando dio un pasito torpe hacia él. De repente, su corazón había empezado a dar saltos y apenas se atrevía a respirar.
-Tiene una piel perfecta, no lo necesita -dijo Nick con voz ronca, aplastándola contra su pecho. Tan cerca, no podía dejar de notar la suavidad de sus curvas. A pesar de los esfuerzos que hacía por controlar su reacción masculina, su libido estaba a cien por hora.
Miley no podía pensar aplastada contra aquel torso masculino. Cuando levantó la cara, sus ojos se encontraron y sintió que le pesaban las piernas, que tenía una extraña tensión en la pelvis. El hombre inclinó la cabeza y ella imaginó lo que iba a pasar antes de que pasara... pero aún sin creer que fuera a hacerlo.
Nick capturó su boca con urgencia. El beso la devastó, largo, interminable, su lengua explorando el interior de su boca. Estaba sin defensa contra esa salvaje sensación, porque su cuerpo despertó, de repente, a la vida. La tensión que sentía en el bajo vientre se convirtió en una espiral de calor que la recorrió entera con efectos explosivos. Sólo el deseo de respirar venció a ese perverso calor cuando tuvo que apartarse para llevar oxígeno a sus pulmones.
Nick la miraba con los ojos oscurecidos.
-Teos mu... No tenía intención... No debería haberla tocado, lo siento.
-¿Está casado? -preguntó Miley.
-No.
-¿Prometido? -Miley ya no tenía frío. Todo su cuerpo era como un horno.
-No -contestó él, arrugando el ceño.
-Entonces, no tiene que disculparse -declaró Miley, sin aliento, intentando evitar su mirada. Lo que le había hecho sentir era una revelación para ella y la había dejado increíblemente vulnerable y confusa.
Su primer beso de verdad y él se disculpaba. Sería horrible confesar que la había excitado, que si quería volver a hacerlo, tenía vía libre.
Miley se puso colorada hasta la raíz del pelo... ¿de dónde había salido ese pensamiento tan desvergonzado?
-Lo siento, la he molestado -dijo Nick.
Ella lo miró, con los ojos brillantes como fuego.
-No, no me ha molestado.
Experimentaba muchas sensaciones diferentes, pero no estaba molesta; sorprendida, sí. Aturdida y emocionada también. Había vivido durante muchos años en un mundo exento de emociones. Nick era lo más emocionante que le había pasado nunca y era tan grande su fascinación, que le dolía negarse el placer de mirarlo.
-Pensaba dejarla aquí sola... -empezó a decir él, estupefacto por su falta de control.
-¿Por qué? -lo interrumpió ella, asustada.
-Para buscar un teléfono. Tiene que haber alguna casa por aquí.
-Pero yo llevo su abrigo... Será mejor esperar hasta que se haga de día -murmuró Miley, mirando por la ventana. Los copos de nieve se arremolinaban con el viento y ya ni siquiera podía ver la carretera.
Nerviosa, se puso en cuclillas para calentarse las manos frente a la hoguera.
-Hábleme de su entrevista -la invitó Nick, percatándose de su aturdimiento-. ¿Qué tipo de trabajo está buscando?
-Acompañante de una anciana, pero al final no me han hecho la entrevista -suspiró ella-. Cuando llegué a la casa, me dijeron que un familiar había ido a vivir con la señora y que el puesto ya no estaba libre
-¿Y no se molestaron en llamarla para cancelar la entrevista?
-No.
-¿Y la dejaron ir, con esta tormenta de nieve? -exclamó Nick, furioso.
-Les pregunté por qué no me habían llamado, pero la señora con la que hablé me dijo que ella no tenía nada que ver porque no había puesto el anuncio -suspiró Miley, encogiéndose de hombros-. Así es la vida.
-Es usted demasiado buena. ¿Por qué quería un trabajo de ese estilo?
-No estoy capacitada para hacer otra cosa... al menos, de momento -Miley quería un techo y un trabajo fijo antes de poder hacer lo que era su gran ambición: estudiar diseño-. También necesito alojamiento y ese trabajo me habría venido muy bien. ¿Dónde iba usted?
-A Londres.
-¿Por qué me ha besado?
Resultaba difícil saber cuál de los dos se quedó más sorprendido por esa pregunta: Miley, que no había pensado antes de hablarle a Nick, a quien nunca le habían exigido explicar sus motivaciones.
-¿Usted por qué cree?
Miley se miró las manos.
-No tengo ni idea... lo he preguntado por curiosidad.
-Es usted muy sexy.
Ella levantó la mirada.
-¿Lo dice en serio?
-Sí. Y soy un experto, se lo aseguro -contestó Nick, sin vacilar.
Mils sonrió. Le gustaba su franqueza. De modo que tenía éxito con las mujeres... Normal. Era un hombre muy guapo y debía tener chicas haciendo cola.
Pero estaba más interesada por lo que había dicho antes. Aunque pareciese un milagro, había dicho que le parecía sexy. Miley se veía a sí misma como una chica más bien normal... y un poco gordita. Llevaba toda la vida deseando ser delgada. Para eso, había hecho dietas, ejercicio... su peso variaba de mes en mes, pero nunca había conseguido la figura que deseaba. Incluso su madre solía lamentar que tuviera tan buen apetito.
Sin embargo,Nick, un hombre guapísimo, la encontraba sexy. Y lo había probado sucumbiendo a unos encantos que ella no creía poseer. Miley pensó que lo querría para siempre por permitirle, aunque sólo fuera una vez, sentirse como una mujer guapa. Había esperado lo que le parecía una eternidad para oír esas palabras y de verdad creyó que moriría sin oírlas.
-¿A qué se dedica? -le preguntó.
-Inversiones.
-O sea, que está todo el día delante de un ordenador haciendo números... supongo que será un poco aburrido, ¿no? Pero, en fin, alguien tiene que hacerlo.
Nick había conocido a muchas mujeres que fingían interés por las finanzas sólo para impresionarlo. Miley, sin embargo, hacía todo lo contrario.
-¿Quiere chocolate? -preguntó ella entonces, sacando del bolso una enorme chocolatina.
-Sí, antes de que se derrita -rió Nick tomando la chocolatina que Miley, sin querer, había puesto demasiado cerca de la hoguera.
Pero al recordar el sabor de sus labios la risa desapareció, reemplazada por un turbador deseo de volver a besarla. Tomó un trozo de chocolate, pero en lugar de comerlo lo puso entre sus labios.
-Oh -Miley cerró los ojos-. Qué rico.
Nick se quedó transfigurado por su expresión. No podía apartar los ojos de ella. Se preguntó si reaccionaría así en la cama... Intentaba controlar aquel absurdo ataque de deseo, pero su normalmente disciplinada libido se portaba como un tren a punto de descarrilar.
-Haría cualquier cosa por un trozo de chocolate...
No terminó la frase al ver el brillo en los ojos del hombre. Reconociendo el deseo en esos ojos, se inclinó hacia delante, sin pensarlo siquiera, para buscar sus labios. Con un gemido ronco, Nick se puso de rodillas en el suelo y la besó hasta que empezó a darle vueltas la cabeza.
-Yo te compraría chocolate todos los días -dijo absurdamente.
-No quería... no quería que fuese una provocación -murmuró Miley.
-Lo sé -sonrió él, tomando su cara entre las manos-. Pero que seas tan sincera me parece muy refrescante -añadió, tuteándola.
-Otras personas piensan que soy demasiado extrovertida.
-Yo no conozco a mucha gente así. Y te deseo tanto que me duele... Es la primera vez que me pasa esto.
-Ah, gracias -a Miles le sorprendió que tuviera tanta fuerza.
No recordaba que ningún hombre la hubiese tomado en brazos desde que tenía diez años. Pero nunca olvidaría las crueles bromas de sus compañeros por sus «generosas proporciones», nada parecidas a las de las chicas más populares del colegio.
Cuando estaba a punto de resbalar sobre un montón de nieve, Nick la tomó del brazo.
-Tenga cuidado.
Miley tenía los pies congelados y le resultaba difícil caminar. El edificio de piedra parecía cada vez más cerca e hizo un esfuerzo, pero la nieve era tan profunda que le resultaba imposible saber dónde ponía los pies.
Irritado, Zac la tomó en brazos para hacer los últimos metros.
-Déjeme en el suelo, por favor... se hará daño en la espalda... peso mucho y...
-No pesa mucho. Además, si se cae, podría romperse una pierna.
-Y usted no quiere problemas, ya lo sé -suspiró Miley mientras la dejaba en el suelo.
Dentro del granero estaban a resguardo de la tormenta, afortunadamente, pero antes de que pudiera reaccionar, Nick le estaba quitando la gabardina y la chaqueta a la vez.
-Pero bueno...
-Quítese la ropa y póngase mi abrigo -la interrumpió él.
Miley se puso colorada, pero aceptó el abrigo. Era demasiado práctica como para discutir.
-Voy a intentar encender un fuego -dijo Nick.
Lo mejor sería dejarla en el granero con una buena hoguera mientras él buscaba un teléfono. Saldría de allí más rápido por su cuenta.
Había gran cantidad de leña apilada contra un muro y Miley se escondió allí para quitarse la ropa con manos temblorosas. Quitarse los pantalones le resultó difícil porque tenía los dedos helados y la tela empapada se pegaba a sus piernas. Se quitó el jersey con la misma dificultad y luego, temblando violentamente, en sujetador, braguitas y botines, se puso el abrigo del extraño. Le llegaba hasta los pies y parecía una niña con la ropa de un adulto. El forro de seda le hizo sentir un escalofrío, pero el peso del paño le daba calor...
Nick estaba colocando troncos en el centro del granero. De nuevo, se sintió impresionada por su rapidez y eficacia. Era un hombre de recursos, pensó. No se quejaba, sencillamente hacía lo que tenía que hacer. Desde luego, había elegido a un ganador para quedarse tirada en la carretera.
Miley lo estudió, admirando el elegante corte de pelo, el carísimo y bien cortado traje gris que llevaba, con una camisa oscura y una corbata de seda. Parecía un ejecutivo, un hombre sofisticado, el tipo de hombre con el que le habría dado reparo hablar en circunstancias normales.
-Tenemos un pequeño problema... yo no fumo.
-Ah, creo que puedo ayudarle -se ofreció Miley, sacando un encendedor del bolso-. Yo tampoco fumo, pero pensé que mi futuro jefe podría fumar y... bueno, no quería mostrar una actitud de censura.
Mientras escuchaba aquella sorprendente declaración, Nick descubrió que aquella chica no era la menos atractiva que había conocido en su vida. Todo lo contrario. En el interior del granero, su pelo rubio parecía casi como el sol en contraste con el cuello oscuro del abrigo. Tenía las mejillas coloradas y los ojos brillantes. Estaba sonriendo y cuando sonreía todo su rostro se iluminaba. Perdida dentro de su abrigo, le resultaba extrañamente atractiva...
-Tome -dijo ella, ofreciéndole el encendedor.
-Efjaristó -se lo agradeció Nick, preguntándose por qué le gustaba esa extraña. Era de pelo rubio y más bien bajita, cuando a él le gustaban las morenas de piernas largas.
-Parakaló... de nada -contestó Miley, moviendo los pies para entrar en calor-. ¿Es usted griego?
Nick la miró, sorprendido.
-Sí.
Iba medio desnuda debajo de su abrigo, por eso la encontraba atractiva, se dijo a sí mismo, intentando apartar la mirada.
-A mí me encanta Grecia... bueno, sólo estuve una vez, pero me pareció un país precioso -siguió Miley-. Está usted acostumbrado a hacer fuego, ¿no?
-Pues no -contestó él, cortante-. Pero no hay que ser Einstein para hacer una hoguera.
Miley se puso colorada. Y cuando Nick vio su expresión fue como si le hubieran dado una patada en el estómago. ¿Desde cuándo era tan grosero? ¿Por qué no la trataba con un poco más de delicadeza?
-Perdone. Soy hombre de pocas palabras, pero es usted buena compañía -le aseguró.
Sonriendo como una colegiala, ella metió las manos por las mangas del abrigo.
-¿De verdad?
-De verdad -murmuró él, sorprendido y casi conmovido por su respuesta al más simple de los halagos.
La pobre tenía tanto frío, que sus escalofríos eran visibles. Cuando la leña empezó a arder, Nick estiró su metro noventa y cinco y se acercó.
-Hay una petaca en el bolsillo izquierdo. Tome un trago o se quedará helada.
-Yo no estoy acostumbrada al alcohol, no puedo...
-Tome un trago, no sea tonta -sonrió él, sacando la petaca.
Miley tomó un traguito y se puso a toser.
-Veo que lo decía en serio.
Ella respiró profundamente, moviendo los pies.
-Sí, pero es que tengo un frío...
Nick abrió los brazos.
-Venga, acérquese. Piense en mí como si fuera una manta.
-No, yo no puedo...
-No pasa nada, señorita. Tardará un rato en entrar en calor.
Miley levantó unos ojos tan Azules como el mas en un día de invierno.
-Sí, supongo...
-¿Lleva lentillas de color? -la interrumpió Nick, frunciendo el ceño ante la estupidez de la pregunta.
-¿Lentillas de color? Pero si ni siquiera puedo comprar maquillaje -los nervios de Miley la traicionaron cuando dio un pasito torpe hacia él. De repente, su corazón había empezado a dar saltos y apenas se atrevía a respirar.
-Tiene una piel perfecta, no lo necesita -dijo Nick con voz ronca, aplastándola contra su pecho. Tan cerca, no podía dejar de notar la suavidad de sus curvas. A pesar de los esfuerzos que hacía por controlar su reacción masculina, su libido estaba a cien por hora.
Miley no podía pensar aplastada contra aquel torso masculino. Cuando levantó la cara, sus ojos se encontraron y sintió que le pesaban las piernas, que tenía una extraña tensión en la pelvis. El hombre inclinó la cabeza y ella imaginó lo que iba a pasar antes de que pasara... pero aún sin creer que fuera a hacerlo.
Nick capturó su boca con urgencia. El beso la devastó, largo, interminable, su lengua explorando el interior de su boca. Estaba sin defensa contra esa salvaje sensación, porque su cuerpo despertó, de repente, a la vida. La tensión que sentía en el bajo vientre se convirtió en una espiral de calor que la recorrió entera con efectos explosivos. Sólo el deseo de respirar venció a ese perverso calor cuando tuvo que apartarse para llevar oxígeno a sus pulmones.
Nick la miraba con los ojos oscurecidos.
-Teos mu... No tenía intención... No debería haberla tocado, lo siento.
-¿Está casado? -preguntó Miley.
-No.
-¿Prometido? -Miley ya no tenía frío. Todo su cuerpo era como un horno.
-No -contestó él, arrugando el ceño.
-Entonces, no tiene que disculparse -declaró Miley, sin aliento, intentando evitar su mirada. Lo que le había hecho sentir era una revelación para ella y la había dejado increíblemente vulnerable y confusa.
Su primer beso de verdad y él se disculpaba. Sería horrible confesar que la había excitado, que si quería volver a hacerlo, tenía vía libre.
Miley se puso colorada hasta la raíz del pelo... ¿de dónde había salido ese pensamiento tan desvergonzado?
-Lo siento, la he molestado -dijo Nick.
Ella lo miró, con los ojos brillantes como fuego.
-No, no me ha molestado.
Experimentaba muchas sensaciones diferentes, pero no estaba molesta; sorprendida, sí. Aturdida y emocionada también. Había vivido durante muchos años en un mundo exento de emociones. Nick era lo más emocionante que le había pasado nunca y era tan grande su fascinación, que le dolía negarse el placer de mirarlo.
-Pensaba dejarla aquí sola... -empezó a decir él, estupefacto por su falta de control.
-¿Por qué? -lo interrumpió ella, asustada.
-Para buscar un teléfono. Tiene que haber alguna casa por aquí.
-Pero yo llevo su abrigo... Será mejor esperar hasta que se haga de día -murmuró Miley, mirando por la ventana. Los copos de nieve se arremolinaban con el viento y ya ni siquiera podía ver la carretera.
Nerviosa, se puso en cuclillas para calentarse las manos frente a la hoguera.
-Hábleme de su entrevista -la invitó Nick, percatándose de su aturdimiento-. ¿Qué tipo de trabajo está buscando?
-Acompañante de una anciana, pero al final no me han hecho la entrevista -suspiró ella-. Cuando llegué a la casa, me dijeron que un familiar había ido a vivir con la señora y que el puesto ya no estaba libre
-¿Y no se molestaron en llamarla para cancelar la entrevista?
-No.
-¿Y la dejaron ir, con esta tormenta de nieve? -exclamó Nick, furioso.
-Les pregunté por qué no me habían llamado, pero la señora con la que hablé me dijo que ella no tenía nada que ver porque no había puesto el anuncio -suspiró Miley, encogiéndose de hombros-. Así es la vida.
-Es usted demasiado buena. ¿Por qué quería un trabajo de ese estilo?
-No estoy capacitada para hacer otra cosa... al menos, de momento -Miley quería un techo y un trabajo fijo antes de poder hacer lo que era su gran ambición: estudiar diseño-. También necesito alojamiento y ese trabajo me habría venido muy bien. ¿Dónde iba usted?
-A Londres.
-¿Por qué me ha besado?
Resultaba difícil saber cuál de los dos se quedó más sorprendido por esa pregunta: Miley, que no había pensado antes de hablarle a Nick, a quien nunca le habían exigido explicar sus motivaciones.
-¿Usted por qué cree?
Miley se miró las manos.
-No tengo ni idea... lo he preguntado por curiosidad.
-Es usted muy sexy.
Ella levantó la mirada.
-¿Lo dice en serio?
-Sí. Y soy un experto, se lo aseguro -contestó Nick, sin vacilar.
Mils sonrió. Le gustaba su franqueza. De modo que tenía éxito con las mujeres... Normal. Era un hombre muy guapo y debía tener chicas haciendo cola.
Pero estaba más interesada por lo que había dicho antes. Aunque pareciese un milagro, había dicho que le parecía sexy. Miley se veía a sí misma como una chica más bien normal... y un poco gordita. Llevaba toda la vida deseando ser delgada. Para eso, había hecho dietas, ejercicio... su peso variaba de mes en mes, pero nunca había conseguido la figura que deseaba. Incluso su madre solía lamentar que tuviera tan buen apetito.
Sin embargo,Nick, un hombre guapísimo, la encontraba sexy. Y lo había probado sucumbiendo a unos encantos que ella no creía poseer. Miley pensó que lo querría para siempre por permitirle, aunque sólo fuera una vez, sentirse como una mujer guapa. Había esperado lo que le parecía una eternidad para oír esas palabras y de verdad creyó que moriría sin oírlas.
-¿A qué se dedica? -le preguntó.
-Inversiones.
-O sea, que está todo el día delante de un ordenador haciendo números... supongo que será un poco aburrido, ¿no? Pero, en fin, alguien tiene que hacerlo.
Nick había conocido a muchas mujeres que fingían interés por las finanzas sólo para impresionarlo. Miley, sin embargo, hacía todo lo contrario.
-¿Quiere chocolate? -preguntó ella entonces, sacando del bolso una enorme chocolatina.
-Sí, antes de que se derrita -rió Nick tomando la chocolatina que Miley, sin querer, había puesto demasiado cerca de la hoguera.
Pero al recordar el sabor de sus labios la risa desapareció, reemplazada por un turbador deseo de volver a besarla. Tomó un trozo de chocolate, pero en lugar de comerlo lo puso entre sus labios.
-Oh -Miley cerró los ojos-. Qué rico.
Nick se quedó transfigurado por su expresión. No podía apartar los ojos de ella. Se preguntó si reaccionaría así en la cama... Intentaba controlar aquel absurdo ataque de deseo, pero su normalmente disciplinada libido se portaba como un tren a punto de descarrilar.
-Haría cualquier cosa por un trozo de chocolate...
No terminó la frase al ver el brillo en los ojos del hombre. Reconociendo el deseo en esos ojos, se inclinó hacia delante, sin pensarlo siquiera, para buscar sus labios. Con un gemido ronco, Nick se puso de rodillas en el suelo y la besó hasta que empezó a darle vueltas la cabeza.
-Yo te compraría chocolate todos los días -dijo absurdamente.
-No quería... no quería que fuese una provocación -murmuró Miley.
-Lo sé -sonrió él, tomando su cara entre las manos-. Pero que seas tan sincera me parece muy refrescante -añadió, tuteándola.
-Otras personas piensan que soy demasiado extrovertida.
-Yo no conozco a mucha gente así. Y te deseo tanto que me duele... Es la primera vez que me pasa esto.
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