Miley se puso unos vaqueros y un jersey rojo de cuello redondo y recogió su larga melena en una coleta para preparar la cena. Mientras freía el pollo, que acompañaría con puré de patatas y judías verdes de su huerto, doró unas galletas en el viejo horno. Quizá pudiera enderezar a Clay, pero no tenía idea de cómo iba a hacerlo. Hablar con él no servía de nada. Ya lo había intentado, y Clay o se largaba, negándose a escuchar, o se salía de sus casillas y la insultaba. Además, para empeorar las cosas, últimamente desaparecían billetes de la jarra en que guardaba el dinero obtenido de la venta de huevos. Estaba casi segura de que era Clay quien los cogía pero ¿cómo iba a preguntar a su propio hermano si le estaba robando?
Al final, optó por ingresar en un banco el dinero que quedaba en la jarra. Trató de no dejar a la vista nada que pudiera ser vendido o empeñado para obtener dinero fácil. Miley se sentía como una criminal, lo que aumentó su sentimiento de culpa por haber descuidado a su familia.
No tenía a quién contar sus problemas, excepto a Maggie y odiaba importunarla con sus desgracias. Todas sus viejas amigas se habían mudado para casarse o vivir solas en otras ciudades; al menos hablar la habría ayudado. No podía explicar al abuelo lo que ocurría, porque su salud era bastante precaria y no quería que se preocupase por Clay, así que le había dicho que ella se ocuparía del asunto. Quizá pudiera hablar con el señor Malcolm en la oficina y pedirle consejo. Era la única persona ajena a la familia que podía echarle una mano.
Sirvió la cena y llamó a Mack y al abuelo. El anciano bendijo la mesa y comieron mientras escuchaban cómo Mack se quejaba de las matemáticas, los profesores y la escuela en general.
—No pienso aprender matemáticas —dijo el niño mirando a Miley con sus ojos azules ligeramente más claros que los de ella. Su cabello era casi rubio, y a sus diez años era más alto de lo normal.
—Sí, lo harás —le espetó Miley—. Tendrás que ayudarme a llevar los libros un día de éstos. Yo no voy a vivir para siempre.
—Miley no digas esas cosas —intervino el abuelo con acritud—. Eres demasiado joven para hablar así. —Suspiró y bajó la vista hasta el puré de patatas que había en su plato—. Ya sé que te apetecería salir por ahí de vez en cuando, y que al tener que cuidar de nosotros...
—Basta ya —murmuró Miley mirándole fijamente—. No estaría aquí si no os quisiera. Acabad el puré. He hecho un pastel de cerezas de postre.
—¡Bien! ¡Mi favorito! —exclamó Mack sonriente.
—Puedes tomar todo el que quieras. —Y añadió con una amplia sonrisa—: Pero sólo después de que hayas hecho tus deberes de matemáticas y yo los haya corregido.
Mack esbozó una mueca de fastidio y hundió la barbilla entre las manos.
—Debí haberme ido con Clay. Dijo que podía hacerlo.
—Si te vas alguna vez con él, te quitaré la pelota de baloncesto y el aro —amenazó Miley utilizando la única arma de que disponía.
El muchacho palideció. El baloncesto era su vida.
—¡Vamos, Miles! ¡Sólo estaba bromeando!
—Eso espero. Clay frecuenta malas compañías y ya tengo bastantes problemas sin que tú te metas en más.
—Estoy de acuerdo —intervino el abuelo.
Mack alzó el tenedor.
—Muy bien. Me mantendré alejado de Bill y beep, pero no toquéis mi pelota de baloncesto.
—Trato hecho —prometió Miley tratando de no demostrar cuán aliviada se sentía.
Mientras el abuelo y Mack veían la televisión, fregó los platos, recogió la sala de estar y puso la lavadora. Después revisó los deberes de su hermano pequeño y lo metió en la cama, hizo acostarse al abuelo, se dio un baño, y cuando se disponía a ir a dormir, Clay irrumpió en la sala riéndose y apestando a cerveza.
El intenso olor hizo que Miley sintiera náuseas. Su experiencia no la había preparado para enfrentarse a algo así. Lo miró, furiosa e impotente, sintiendo desprecio por la clase de vida que lo había empujado a semejante trampa. A su edad, un muchacho necesita a un hombre que lo guíe, un ejemplo a seguir. Estaba buscando un brazo en que apoyarse y, en lugar de volverse hacia el abuelo, había topado con los hermanos Harris.
—¡Oh, Clay! —gimió. Se parecía mucho a ella, castaño y esbelto, pero sus ojos eran verdes, no color zafiro como los de Miley y los de Mack, y su rostro expresaba rudeza.
Él esbozó una amplia sonrisa.
—Estoy bien. Sólo he fumado un poco de marihuana antes de beberme unas cervezas. —Parpadeó—. Voy a dejar la escuela, Mi, porque es para inútiles y retrasados.
—No, no lo harás —dijo ella—. No estoy matándome a trabajar para ver cómo te conviertes en un vago profesional.
La miró con ojos vidriosos.
—Sólo eres mi hermana, Miley. No puedes decirme lo que tengo que hacer.
—Mírame —le ordenó—. No quiero que vuelvas a salir con los Harris. Te están metiendo en líos.
—Son mis amigos y saldré con ellos si me da la gana —concluyó. Estaba fuera de sí. También había fumado crack y su cabeza estaba a punto de estallar. Al principio había sido estupendo, pero ahora que los efectos estaban desapareciendo, se sentía más deprimido que nunca. De repente dijo—: ¡Odio ser pobre!
Miley lo miró fijamente.
—Entonces consigue un trabajo —dijo fríamente—. Yo lo hice. Encontré uno incluso antes de terminar la escuela. Trabajé en tres sitios antes de conseguir el empleo que tengo ahora e hice cursos nocturnos para asegurarme el puesto.
—Ya estamos otra vez, santa Miley —ironizó, arrastrando las palabras—. Así que trabajas. Estupendo. ¿Qué tenemos que demostrar a cambio? Somos asquerosamente pobres, y ahora que el abuelo está enfermo, será aún peor.
Ella sintió un nudo en el estómago. Sabía que era cierto, pero el hecho de que Clay se lo dijera en la cara no era precisamente de gran ayuda. Trató de recordar que estaba borracho, que no sabía lo que decía, pero aun así le dolieron sus palabras.
—Niñato egoísta ——dijo con acritud—. Mocoso desagradecido. Me estoy matando a trabajar y ahí estás tú quejándote de que no tenemos nada.
Él se tambaleó, se sentó pesadamente e inspiró con lentitud. Era probable que ella tuviera razón pero estaba demasiado borracho para que le importara.
—Déjame en paz —murmuró mientras se tendía en el sofá—. Lárgate y déjame en paz.
—¿Qué has tomado aparte de cerveza y marihuana? —quiso saber Miley.
—He fumado un poco, de crack —contestó él amodorrado—. Todo el mundo lo hace. Déjame tranquilo, tengo sueño.
Se tendió y cerró los ojos. Se durmió de inmediato. Miley, consternada, permaneció de pie junto a él. Crack. Nunca lo había visto, pero sabía muy bien por las noticias que era una droga ilegal. Tenía que detener a Clay de algún modo antes de que fuera demasiado tarde. El primer paso sería mantenerlo apartado de esos chicos, los Harris. No sabía cómo iba a hacerlo, pero debía encontrar una manera.
Lo cubrió con una manta, porque era más sencillo dejarle donde estaba que tratar de moverlo. Clay medía casi un metro noventa y pesaba mucho más que ella. No podía levantarlo. Crack, tenía que ser precisamente eso, No era necesario preguntarse cómo lo había conseguido; con toda probabilidad se lo habían proporcionado sus amigos. Bien, con un poco de suerte, no volvería a probar esa droga, lo detendría antes.
Se fue a su habitación y se tumbó sobre la raída colcha con la bata de algodón; se sentía muy vieja. Quizá vería mejor las cosas por la mañana. Pensó en pedir al reverendo Fox que hablara con Clay; seguro que le haría algún bien. Los chicos necesitan tener algo a que aferrarse, algo o alguien que les ayude a superar los malos momentos. Las drogas y la religión eran extremos opuestos de una cuerda de salvamento, y por supuesto era preferible la religión. Su propia fe la había guiado a través de varias tempestades. Cerró los ojos y se quedó dormida. A la mañana siguiente envió a Mack a la escuela, pero Clay no quiso levantarse.
—Hablaremos cuando vuelva a casa —dijo con firmeza—. No vas a volver a salir con esos chicos.
—¿Te apuestas algo? —preguntó él con mirada desafiante. Detenme, si es que puedes.
—Espera y verás— replicó ella, rezando para que se le ocurriera algo.
Se marchó a trabajar muy preocupada. Había pedido al abuelo que hablara con Clay, pero la actitud conflictiva del chico le hacía mantenerse al margen. Quizá porque al haber fracasado de forma tan rotunda con Scott, su hijo, su orgullo no le permitía admitir que estaba repitiendo su fracaso con Clay.
Maggie la observó sentarse en su escritorio con expresión triste.
—¿Puedo ayudarte en algo?— musitó de forma que nadie pudiera oírla.
—No, pero gracias —respondió Miley con una sonrisa—. Eres una buena persona, Maggie.
—Sólo soy un ser humano como tú —corrigió la mujer—. En la vida hay tempestades, pero pasan. Simplemente agárrate a un árbol hasta que el viento cese, es lo único que tienes que hacer. Después de todo, Miles, ningún viento, sea bueno o malo, sopla para siempre.
Miley rió.
—Trataré de recordarlo.
Y lo hizo. Exactamente hasta esa tarde cuando recibió una llamada de la magistratura para informarle de que Clay había sido detenido por posesión de drogas. El señor Gillen, el juez, le dijo que había avisado al fiscal del distrito y que ambos habían enviado a Clay al centro de detención de menores,, donde decidirían si ficharlo o no. Llevaba encima un puñado de crack cuando le detuvieron borracho junto a los Harris a las afueras de la ciudad.
Según el señor Gillen, la decisión de proceder con la acusación por posesión ilegal de drogas estaba en manos del fiscal del distrito, y Miley estaba segura de que Jonas no dudaría en condenarlo si contaba con las pruebas suficientes, pues era muy duro con los traficantes de drogas.
Miley dio las gracias a Gillen por telefonearla personalmente y se dirigió de inmediato al despacho de Bob Malcolm para pedirle consejo.
Malcolm le dio unas palmaditas en el hombro de forma ausente después de cerrar la puerta para librarla de las miradas curiosas de la gente en la sala de espera.
—¿Qué hago? ¿Qué puedo hacer? —preguntó con tristeza—. Dicen que llevaba encima más de cuarenta gramos. Que eso podía significar cargos por posesión ilegal.
—Miley, es tu padre quien debería ocuparse de este asunto —repuso él con firmeza.
—No está en la ciudad —contestó ella. Era verdad, no había estado en la ciudad en los últimos dos años, además nunca se había responsabilizado de sus hijos. Y añadió—: Y mi abuelo no está bien. Sufre del corazón.
Bob Malcolm negó con la cabeza y suspiró. Guardó silencio unos instantes.
—De acuerdo —dijo al fin—. Iremos a ver al fiscal del distrito e intentaremos hablar con él. Llamaré para concertar una cita. Tal vez podamos hacer un trato.
—¿Con el señor Jonas? Tenía entendido que no hacía tratos con nadie —apuntó Miley con nerviosismo.
—Depende de lo severa que sea la acusación y de las pruebas que posea. No le gusta malgastar el dinero de los contribuyentes en un juicio que no pueda ganar. Ya veremos.
La secretaria del fiscal dijo a Malcolm que Nick Jonas tenía unos minutos libres en ese preciso momento.
—Subimos ahora mismo. —Colgó el auricular—. Vámonos, Miles.
—Espero que esté de buen humor —comentó ella, y se miró en el espejo. Su cabello estaba pulcramente recogido en un moño y su rostro pálido a pesar del ligero toque de maquillaje. Pero era evidente que su falda escocesa de lana tenía más de tres años y los zapatos negros se veían gastados y arañados. Los puños de su blusa blanca de manga larga estaban raídos y en sus manos se adivinaban los estragos del trabajo en la granja. No era una señorita acomodada y había líneas en su cara que no eran propias de una mujer de su edad. Se temía que no iba a causar muy buena impresión en el señor Jonas. Parecía exactamente lo que era: una mujer de campo muy atareada, responsable y nada sofisticada. Quizá eso actuaría en su favor. No dejaria que Clay acabara en la cárcel. Se lo debía a su madre. Ya le había fallado demasiadas veces.
La secretaria del señor Jonas era alta, morena y muy profesional. Saludó amablemente a Bob Malcolm y Miley.
—Les está esperando ——dijo señalando una puerta cerrada—. Pueden pasar.
—Gracias, Daphne —respondió el señor Malcolm—. Vamos, Miles, la cabeza bien alta.
Llamó brevemente a la puerta y la abrió dejando que Miley le precediera. No debió haberlo hecho. El rostro que descubrió al otro lado del gran escritorio de madera cubierto de documentos la hizo detenerse en seco.
—¡Usted! exclamó de forma involuntaria.
Él apagó el puro largo y fino y se levantó. Hizo caso omiso de la exclamación y no sonrió ni hizo gesto alguno de bienvenida. Tenía la misma actitud fría e intimidante que en el ascensor.
—No era necesario que trajera a su secretaria para tomar notas— dijo a Bob Malcolm—. Si quiere negociar una declaración de culpabilidad, me ceñiré a lo que le diga después de oír los hechos. Siéntense.
—Se trata del caso Cyrus.
—El menor —asintió Jonas—. Los chicos con que anda son escoria. El más joven de los Harris ha estado vendiendo droga en la escuela entre clase y clase. Su hermano trafica con todo, desde crack hasta caballo, y ya ha sido condenado una vez por intento de robo. Entonces entró y salió del reformatorio, pero ahora es mayor de edad. Si lo pesco de nuevo, lo encerraré.
Miley había permanecido sentada e inmóvil.
—¿Y el chico Cyrus? —susurró con voz ronca.
Jonas le dirigió una mirada gélida.
—Estoy hablando con Malcolm, no con usted.
—No lo comprende —insistió ella arrastrando las palabras—. Clay Cyrus es mi hermano.
Él entrecerró los ojos azules, y la miró de una forma que la hizo encogerse.
—El apellido Cyrus me es conocido. Otro Cyrus estuvo aquí hace unos años acusado de robo. La víctima rehusó testificar y salió libre. Le habrían condenado sin remisión si hubiera conseguido llevarlo a Juicio—.¿Algún pariente suyo?
Miley titubeó.
—Mi padre.
Jonas no dijo una palabra. No fue necesario. Miley adivinó exactamente qué opinaba de su familia según su escala de valores. "Se equivoca —quiso decir—. No todos somos así." Pero antes de poder hablar él se volvió hacia Malcolm
—¿Debo asumir entonces que usted representa legalmente a su secretaria y a su hermano?
No... —empezó Miley, pensando en los gastos legales que no podía afrontar.
—Sí —interrumpió Malcolm—. Se trata de una primera falta y el chico actuó movido por las circunstancias.
—Ese chico es un rebelde, un adolescente que se niega a cooperar —corrigió Jonas, y añadió—: Ya he hablado con él, y no considero en absoluto que se viera obligado a hacer lo que hizo.
Miley imaginó cómo habría reaccionado Clay ante Jonas. Debido al ejemplo de su padre no sentía respeto alguno por los hombres.
—No es un mal chico —dijo—. Son las compañías que frecuenta... Por favor, trataré de ocuparme de él.
—Su padre ha hecho ya un buen trabajo ocupándose de él —ironizó Jonas que desconocedor de la situación en su casa, la presionaba hasta la asfixia con lamentable facilidad, taladrándola con sus ojos oscuros mientras se reclinaba con un purito entre los dedos—. No hay razón para que el chico vuelva a la calle a menos que su situación familiar cambie, porque reincidiría en su falta.
Los ojos color zafiro de Miley se encontraron con los de él.
—¿Tiene usted un hermano, señor Jonas?
—No, que yo sepa, señorita Cyrus.
—Si lo tuviera, comprendería cómo me siento. Es la primera vez que ha hecho algo así. Es como si a uno se le escaparan los pollos del corral.
—Este pollito estaba en posesión de drogas ilegales. Cocaína, crack para ser exactos. —Jonas se inclinó, su ascendencia india se hizo más evidente que nunca, y fijó en ella su penetrante mirada amenazadora—. Precisa orientación, y obviamente, ni usted ni su padre son capaces de dársela.
—Eso ha sido un golpe bajo, Jonas —intervino Bob Malcolm con firmeza.
—Pero certero —contestó él sin disculparse—. A su edad, los chicos no cambian sin ayuda. Debió haberla recibido desde el principio, y quizá ya sea demasiado tarde.
—¡Pero ... ! empezó Miley.
—¡Pero ... ! empezó Miley.
—¡Maldita sea! Su hermano ha tenido suerte de que no le pillaran vendiendo esa bazofia en la calle —interrumpió secamente Jonas—. Detesto a los camellos. Haré lo que sea por encerrarlos.
—Pero Clay no es un camello —insistió Miley —con voz ronca y los ojos anegados en lágrimas.
Jonas no había sentido compasión en mucho tiempo, y no quería que este sentimiento le dominara en ese momento. Apartó la mirada.
—Todavía no —convino.. Suspiró con cansancio mirando alternativamente a Miley y Malcolm—. De acuerdo.. Gillen, el juez, dice que hará lo que yo decida. El chico niega la posesión. Dice que no sabe cómo fue a parar la droga a su bolsillo y los únicos testigos son los Harris. —Con una fría sonrisa añadió——: Ellos, por supuesto, corroboran la historia hasta el último detalle.
—En otras palabras —intervino Bob sonriendo levemente, no tiene con qué ir a juicio.
—Nada sustancial o convincente —reconoció Jonas, y añadió con una significativa mirada a Miley—: Por esta vez retiraré los cargos,
Miley se sintió desfallecer de alivio.
—¿Puedo verlo? —preguntó con un hilo de voz. Estaba demasiado dolida para decir nada más y ese hombre la detestaba. No recibiría de él ayuda o comprensión
—Sí. Quiero que Brady vaya también al centro de detención de menores para hablar con el chico, y habrá ciertas condiciones para dejarle en libertad. Ahora váyanse Tengo trabajo.
—De acuerdo, no le molestaremos más —dijo Malcolm poniéndose en pie, y añadió con tono formal—: Gracias Jonas.
Éste también se levantó. Con una mano en el bolsillo, observó la trágica expresión de la cara de Miley y se apoderó de él una mezcla de emociones. No pudo evitar sentir pena por ella. Se preguntó por qué su padre no había acudido. Estaba muy delgada y la tristeza de su rostro ovalado lo inquietó; esto le sorprendió, porque últimamente pocas cosas le importaban. No era entonces la picante y divertida compañera de ascensor; no, en esos momentos parecía haber perdido toda esperanza.
Observó cómo se marchaban desde la puerta de su despacho, luego la cerró sin dirigir una palabra a su secretaria.
—Iremos al centro de detención —dijo Bob Malcolm mientras subía al ascensor con Miley y oprimía el botón del sexto piso—. Todo irá bien. Si Jonas no consigue pruebas, no llevará el caso adelante. Clay se marchará con nosotros.
—Ni siquiera me ha escuchado —observó ella con voz ronca.
—Es un hombre duro. Probablemente sea el mejor fiscal de distrito que este condado haya tenido en mucho tiempo, pero en ocasiones puede resultar demasiado inflexible. Tampoco es fácil enfrentarse a él en un tribunal.
—Entiendo muy bien por qué.
Miley se dirigió al centro de detención de menores después del trabajo para ver a su hermano. Fue conducida a una pequeña sala de visitas, donde quince minutos más tarde entró Clay, asustado y agresivo a la vez.
—Hola, Miles —saludó con una sonrisa arrogante—. No te preocupes, no me han pegado. Tampoco van a meterme en la cárcel. He hablado con otros dos chicos que saben de qué va todo esto, y me han dicho que el hecho de que te traigan a este centro es algo así como recibir un cachete porque somos menores de edad. Saldré de ésta sin mover un dedo.
—Gracias —dijo Miley con mirada glacial y los labios apretados—. Muchas gracias por tu generosa consideración hacia tu abuelo y hacia mí. Es agradable saber que nos quieres lo bastante como para labrarte una reputación por nuestro bien.
Clay era muy rebelde, pero tenía sentimientos. Se atemperó de inmediato y bajó la vista.
—Ahora cuéntame lo que pasó —exigió Miley mientras se sentaba frente a él después de que se les hubiera unido el señor Brady, el oficial tutelar que llevaba el caso de Clay.
—¿No te lo han dicho? —preguntó el chico.
—Quiero que me lo cuentes tú.
Él la miró unos segundos y se estremeció.
—Estaba borracho —murmuró frotándose las manos en las perneras de los vaqueros—. Me propusieron fumar un poco de crack y yo acepté. Me quedé dormido en el asiento de atrás y no volví en mí hasta que nos paró la policía. Tenía los bolsillos llenos de esa bazofia, pero no sé cómo fue a parar ahí, te lo prometo, Miley —añadió. Sus hermanos y su abuelo eran lo único que amaba en este mundo. Detestaba lo que había hecho pero era demasiado orgulloso para admitirlo—. Se me pasó la borrachera cuando Jonas habló conmigo.
—Sólo la posesión ilegal de drogas podría suponer diez años de cárcel, si el fiscal del distrito decidiera tratarte como a un adulto —intervino el señor Brady mirando fijamente a Clay—. Y quizá no te hayas librado aún del todo. Al señor Jonas le gustaría que dieras con tus huesos en la cárcel.
—Sólo la posesión ilegal de drogas podría suponer diez años de cárcel, si el fiscal del distrito decidiera tratarte como a un adulto —intervino el señor Brady mirando fijamente a Clay—. Y quizá no te hayas librado aún del todo. Al señor Jonas le gustaría que dieras con tus huesos en la cárcel.
—No puede encerrarme, soy menor de edad.
—Sólo durante un año más. Y el reformatorio no te resultaría agradable, jovencito, te lo aseguro.
Clay había adoptado una actitud sumisa y algo menos agresiva. Se retorció las manos con nerviosismo.
—No voy a ir a la cárcel, ¿verdad?
—No por esta vez —corroboró el oficial tutelar—. Pero no subestimes a Jonas. Tu padre pecó de arrogante al librarse de la acusación de robo y por eso el fiscal no le tiene mucho cariño a tu familia. Es un hombre de moral rígida y no le gusta la gente que viola la ley, más te vale recordarlo. Todavía cree que tu padre amenazó a aquel testigo para que no hablara.
—¿Papá fue arrestado? —preguntó Clay atónito.
—Eso no importa ahora —intervino Miley endureciendo las facciones.
Clay la miró y percibió con cierto disgusto su rostro contraído, su tristeza. Sintió una punzada de remordimiento.
—Te lo diré sólo una vez —advirtió el señor Brady—. Has tenido suerte de salir con las manos limpias. Si la desperdicias, nadie será capaz de ayudarte, ni tu hermana ni yo. Quizá burles a la justicia por un tiempo, mientras seas menor de edad. Pero tienes diecisiete años, y si cometes un delito lo bastante grave, el fiscal del distrito tendrá autoridad para juzgarte como a un adulto. Si continúas enredándote con drogas, será inevitablemente cuestión de tiempo. Quisiera poder mostrarte lo que eso significa. Las cárceles están a rebosar, e incluso las mejores constituyen auténticos infiernos para los jóvenes convictos, Si no te gusta que tu hermana se meta en tu vida, te aseguro que te gustaría aún menos ser la muñequita de alguno de los presos. —Miró fijamente a Clay—. ¿Entiendes qué quiero decir, hijo? Serías para ellos como un juguete nuevo.
El chico enrojeció.
—¡No! ¡Pelearía...
—Y perderías. Piensa en ello. Entretanto, recibirás asesoramiento —continuó el oficial tutelar—. Te hemos concertado visitas con un psicólogo y deberás acudir obligatoriamente. Espero que comprendas que ha sido idea de Jonas y que él personalmente controlará tu asistencia, por lo que te aconsejo que no te pierdas ninguna sesión.
—Maldito Jonas —murmuró Clay con aspereza.
—No es bueno que adoptes esta actitud —advirtió Brady con calma—. Estás metido en un buen lío. Jonas puede ser tu peor enemigo o tu mejor amigo, y te conviene más esto último.
Clay masculló algo y desvió la mirada hacia la ventana. Parecía como si odiara a todo el mundo.
Miley sabía exactamente cómo se sentía. Tenía ganas de llorar, juntó las manos con fuerza, para evitar que temblaran.
—De acuerdo, Clay, por ahora puedes irte con tu hermana. Ya seguiremos hablando otro día.
—Muy bien— contestó con voz tensa. Se levantó y estrechó de mala gana la mano de Brady—. Venga, hermanita. Vámonos a casa.
Ella no dijo nada. Anduvo hasta el coche como un zombi, se sentó al volante y arranco sin apenas esperar que Clay hubiera cerrado la puerta. Se sentía fatal.
—Siento que me cogieran —dijo Clay cuando se hallaban a medio camino de casa—. Me parece que lo estas pasando mal, atada como estás al abuelo, a Mack y a mí.
—No estoy atada —mintió—. Lo hago porque os quiero.
— El cariño no debería hacer que la vida de uno se convirtiera en una cárcel —concluyó Clay. La miró con una expresión astuta que ella no advirtió—. De verdad, Miles, no sabía dónde me metía.
— Estoy segura de ello —contestó, perdonándole todo, como siempre hacía. Se obligo a sonreír—. Sólo que ahora no sé qué hacer, como arreglármelas. El fiscal del distrito fue muy duro.
— Estoy segura de ello —contestó, perdonándole todo, como siempre hacía. Se obligo a sonreír—. Sólo que ahora no sé qué hacer, como arreglármelas. El fiscal del distrito fue muy duro.
—Ese Jonas —musitó él con voz gelida— Dios mío, cómo le odio. Vino a verme al centro de detención. Me taladró con la mirada e hizo que me sintiera como un beep. Dijo que acabaría como papá.
—¡Eso no es cierto! —exclamó Miley obstinada—. No tenía derecho a decirte algo así.
—No quería que me soltaran —continuó Clay titubeante—. Le propuso al señor Brady meterme en el reformatorio, y se enfureció cuando éste no estuvo de acuerdo. Dice que todo el que juega con drogas merece la cárcel.
—El señor Jonas puede irse al infierno —espetó ella con furia—. Saldremos adelante.
—Miles —empezó él—, podría buscar un trabajo; ya sabes, después de la escuela, para conseguir algo de dinero.
—Puedo arreglármelas —contestó atropelladamente, y añadió sin advertir la expresión de rabia de Clay, —no hace falta que trabajes. Me ocuparé de ti como siempre. Cuando acabes la escuela, trabajarás. Sólo te falta un año; no es mucho tiempo.
—¡Tengo diecisiete años! —estalló él—: Ya no necesito que se ocupen de mí. Estoy harto de no hacer nada excepto ayudar en la granja y de no tener dinero. Hay una chica que me gusta y no me hace ni caso. ¡Maldita seas! ¡Ni siquiera me dejas tener un coche!
—No me insultes —amenazó Miley—. No te atrevas a hacerlo.
—Déjame salir. —Tanteó en busca de la manecilla de la puerta sin apartar la mirada de su hermana—. Me largo, te lo juro. ¡Para el coche y déjame salir!
—Clay, ¿adónde vas? —le preguntó cuando se hubo apeado.
—A donde pueda ser quien quiero ser —contestó con tono áspero—. No soy tu niñito, Miley, soy tu hermano. No lo entiendes, ¿verdad? No soy un crío al que puedas mangonear. ¡Soy un hombre!
Miley se había inclinado hacia la puerta abierta, y al oír a Clay, se encogió ligeramente, con los ojos azules apagados y las facciones endurecidas.
—¡Oh, Clay!,—se lamentó—. Clay, ¿qué voy a hacer ahora?
Se desmoronó y las lágrimas rodaron por sus mejillas.
Él vaciló, debatiéndose entre defender su independencia y borrar esa expresión del rostro de Miley. No había pretendido hacerle daño, pero últimamente le costaba dominarse y experimentaba cambios bruscos de humor.
Se deslizó de nuevo en el asiento y cerró la puerta mientras la observaba con cautela. De repente se sintió mayor al comprender cuán fingida era en realidad la fortaleza de Miley. La culpa cayó sobre él como una piedra. No debía haberla agobiado aún más comportándose como un adolescente estúpido.
—Vamos, todo irá bien —dijo con tono inseguro—. Miley, por favor, deja de llorar.
—El abuelo se va a morir —susurró ella. Sacó un pañuelo del bolso y se secó los ojos—. Lo descubrirá, por mucho que tratemos de ocultárselo.
— Oye, ¿Y si nos mudáramos a Savannah?— sugirió él, y sonrió—. Podríamos construir yates y hacernos ricos. Esa ocurrencia la animó. Le devolvió la sonrisa.— Papá se enteraría de que teníamos dinero y vendría a buscarnos— contestó con sarcasmo.— Brady ha dicho que fue arrestado. ¿Tú lo sabías? Ella asintió con la cabeza. Clay se reclinó en el asiento y miró por la ventanilla.
—Miley, ¿por qué nos abandonó cuando mamá murió?
—Nos había abandonado mucho antes. Tú no lo recuerdas, pero siempre estaba por ahí con sus amigos, incluso mientras tú y Mack nacíais. Nunca estaba cuando lo necesitábamos. Finalmente mamá lo dejó marchar.
—No lo hagas tú, Miley —pidió él de repente volviéndose para mirarla—. Yo me ocuparé de todo. No te preocupes. —Ya había pensado en varias formas de Conseguir dinero para asumir parte de la carga económica que pesaba sobre los hombros de su hermana. Los Harris le habían sugerido algunas cosas. No tenía los prejuicios de Miley y había mucho dinero en juego. Si no se enteraba de lo que él hacía, no la haría sufrir, y tendría mucho cuidado de que no volvieran a cogerlo.
—Muy bien— Miley fijó la vista en la carretera preguntándose cómo le daría la noticia al abuelo, cómo iba a afrontar el futuro.
Confiaba en que Clay hiciera lo que le había dicho el oficial tutelar. Esperaba que haber sido arrestado le hubiera asustado. Quizá le hiciera rectificar.
No sabía qué hacer. La vida se había vuelto tan complicada que sintió ganas de escapar.
—¿En qué estás pensando? —preguntó Clay movido por un sexto sentido.
—En el pastel de chocolate que voy a preparar para cenar —mintió, mientras se esforzaba en sonreír.
El abuelo se tomó la noticia de la detención de Clay mejor de lo que Miley había esperado. Era una suerte que hubiera sido arrestado en la ciudad, y no en casa. Clay por una vez no se hizo el remolón a la hora de ir a la escuela y subió al autobús sin una queja seguido por Mack.
Miley acomodó al abuelo en la mecedora de la salita, preocupada por su silencio.
—¿Seguro que estarás bien? —preguntó después de darle las medicinas—. ¿Quieres que le pida a la señora White que te haga compañía?
—No necesito que me colmen de atenciones —masculló él. Su pecho enjuto se hinchó y volvió a hundirse, y preguntó con tono desdichado—: ¿En qué fallé a tu padre, Miley? ¿Y en qué he fallado a Clay? Mi hijo y mi nieto tienen problemas con la ley, y ese Jonas no se detendrá hasta que los encierre a los dos. Lo sé todo sobre él. Es un ogro.
—Es un fiscal —corrigió ella—, y hace su trabajo; lo hace apasionadamente, eso es todo. Al señor Malcolm le gusta.
El abuelo frunció el entrecejo y la miró.
— ¿Y a ti?
Miley se incorporó
—No digas tonterías. Es el enemigo.
—No lo olvides— advirtió con tono firme y el mentón alzado con altivez—. No suavices tu actitud con respecto a él. No es amigo de nuestra familia. Trató por todos los medios de encerrar a Scott.
—¿De modo que lo sabías?
Él se incorporó un poco.
—Sí, lo sabía. No había razón para contároslo a ti o a los chicos. No hubiera mejorado las cosas. De todas formas, Scott se libró de la cárcel. El testigo cambió de opinión.
—¿Fue él quien cambió de idea o papá le obligó a hacerlo?
El abuelo no la miró a los ojos.
—Scott no es mal chico, simplemente es diferente; tiene una forma distinta de ver las cosas. No fue culpa suya que la ley no le dejara en paz, como le pasa a Clay. Ese Jonas nos la tiene jurada.
—Scott no es mal chico, simplemente es diferente; tiene una forma distinta de ver las cosas. No fue culpa suya que la ley no le dejara en paz, como le pasa a Clay. Ese Jonas nos la tiene jurada.
Miley abrió la boca para decir algo, pero se detuvo. El abuelo no era capaz de admitir que había cometido un error con Scott; así pues, no iba a hacerlo con Clay. No conseguiría nada discutiendo con él, sobre el tema, pero eso suponía que todo el peso recaía sobre ella y que el futuro de su hermano estaba en sus manos. Era obvio que no podía esperar gran ayuda del abuelo.
—Miley, sea lo que sea lo que tu padre hizo o dejó de hacer, todavía es mi hijo —dijo él de repente aferrando con fuerza la silla con sus manos ajadas, y añadió—: Le quiero, y también quiero a Clay.
—Ya lo sé —dijo ella con dulzura. Se inclinó y besó su arrugada mejilla—. Nos ocuparemos de Clay. Va a recibir ayuda y orientación —Esperaba convencer a su hermano para que acudiera a las sesiones con el psicólogo sin demasiadas amenazas—. Saldrá adelante. Es un Cyrus.
—Es verdad. Es un Cyrus. —Sonrió—. Sabes, eres única. ¿Te he dicho alguna vez lo orgulloso que estoy de ti?
—A menudo —contestó Miley con una amplia sonrisa—. Cuando sea rica y famosa me acordaré de ti.
—Nunca seremos ricos y al parecer Clay va a ser el único famoso en la familia; tristemente famoso, sin embargo. —Suspiró—. Pero tú eres el corazón del equipo. No dejes que todo esto pueda contigo. A veces la vida es muy dura, pero ayuda a mirar a través de los problemas, pensar que han de venir tiempos mejores cuando los hayamos superado. A mí siempre me ha ayudado.
—Lo tendré en cuenta —prometió, y añadió—: Será mejor que me vaya a trabajar. Sé bueno. Hasta luego.
Condujo hacia la oficina con el corazón en un puño por el incierto futuro que se extendía ante ella. Debía hablar con Jonas, pues la asustaba que pretendiese enviar a Clay al reformatorio. Era probable que Jonas estuviera resuelto a conseguirlo y ella tenía que detenerlo. Iba a tener que tragarse su orgullo y revelarle la situación en que ella y su familia se hallaban, y la perspectiva la horrorizaba.
Su jefe le dio una hora libre. Miley telefoneó a la oficina del fiscal del distrito y solicitó una entrevista personal. Le dijeron que en ese momento iba a salir, pero que se reuniera con él en el ascensor y hablarían mientras tomaba café en el bar.
Su jefe le dio una hora libre. Miley telefoneó a la oficina del fiscal del distrito y solicitó una entrevista personal. Le dijeron que en ese momento iba a salir, pero que se reuniera con él en el ascensor y hablarían mientras tomaba café en el bar.
Animada porque se hubiera dignado a hablar cogió el bolso, se alisó la falda floreada y la camisa blanca y se precipitó fuera de la oficina.
Afortunadamente el señor Jonas, de mirada fría y cabello oscuro y ondulado, estaba solo en el ascensor, llevaba un abrigo largo y el eterno e infernal purito pendía entre sus dedos. La inspeccionó de arriba abajo de forma nada halagadora.
—¿Quería hablar conmigo? —dijo—. Pues vamos.
Oprimió el botón de la planta baja y no dijo una palabra hasta que entraron en la pequeña cafetería. Pidió un café para Miley y para él un café y una pasta; le ofreció una a ella, pero estaba demasiado nerviosa para comer algo.
Tomaron asiento en una mesa apartada y él la estudió detenidamente mientras sorbía el café. Llevaba como siempre el cabello recogido en un moño e iba sin maquillar. Su aspecto delataba que se sentía agotada y deprimida.
—¿Hoy no hay críticas mordaces sobre mi cigarro? —preguntó de pronto arqueando una ceja—. ¿Ni comentarios suspicaces acerca de mis modales?
Ella alzó su pálido rostro y lo miró como si nunca lo hubiera visto antes.
—Señor Jonas, mi mundo está cayéndose en pedazos y no me importan demasiado ni sus cigarros, ni sus modales ni cualquier otra cosa.
—¿Qué dijo su padre cuando le contó lo de su hermano?
Estaba cansada de fingir. Había llegado el momento de poner sus cartas sobre la mesa.
—No he visto a mi padre, ni he sabido nada de él desde hace dos años.
Él frunció el entrecejo.
—¿Y qué hay de su madre?
—Murió cuando mis hermanos eran pequeños; yo tenía dieciséis años.
—¿Quién cuida de ellos? —insistió Jonas—. ¿Su abuelo?
—Mi abuelo sufre del corazón. No es capaz de ocuparse de sí mismo y mucho menos de los demás. Vivimos con él y le cuidamos lo mejor que podemos.
Él dejó caer el puño sobre la mesa con tal fuerza que la hizo temblar.
—¿Me está diciendo que usted sola los mantiene a los tres?
A Miley no le gustó la expresión de su rostro atezado. Se apartó un poco.
—Sí.
—¡Dios mío! ¿Con su salario?
—El abuelo tiene una granja —explicó ella—. Cultivamos nuestras propias verduras y yo las congelo y hago conservas. También criamos terneros. Además, el abuelo cuenta con una pensión de la compañía de ferrocarriles y la seguridad social. Nos las arreglamos.
—¿Cuántos años tiene?
—Eso no es asunto suyo —dijo ella mirándolo fijamente.
—Acaba de hacer que lo sea. ¿Cuántos?
—Veinticuatro.
—¿Y qué edad tenía cuando su madre murió?
—Dieciséis.
Él dio una calada al purito y volvió la cabeza a un lado para exhalar el humo. Fijó su incisiva mirada en la de ella y Miley supo exactamente cómo se sentiría al sentarse en el banquillo de los testigos y ser interrogada por él. Era imposible no decirle lo que quisiera saber. Su mirada penetrante y su voz fría y autoritaria podían obligarla hablar a un vegetal.
—¿Por qué no se ocupa su padre de su familia?
—Ojalá lo supiera —replicó Miley—. Pero nunca lo ha hecho. Sólo aparece cuando se queda sin blanca. Supongo que ahora tendrá bastante dinero, porque no hemos vuelto a verlo desde que se marchó a Alabama.
Él estudió con calma el rostro de Miley, durante unos segundos hasta que ella sintió que le flaqueaban a causa de la intensidad del escrutinio. Pensó que era un hombre sombrío. Además, el traje mil rayas azul marino le hacía parecer aún más alto y elegante. La herencia india había modelado su rostro anguloso, aunque al parecer la sangre irlandesa: era la responsable de su carácter temperamental.
—No me extraña su aspecto —comentó él con tono ausente.— Parece agotada. Primero pensé que debía de ser por un amante exigente, pero ahora entiendo que es por exceso de trabajo.
Miley enrojeció intensamente y le miró.
—Lo considera un insulto, ¿no? —preguntó él con voz aún más profunda, y puntualizó con aspereza—: Pero usted misma me dijo que era la querida de alguien.
—Le mentí —reconoció, inquieta, y añadió con obstinación—: Además, ya tengo bastantes problemas como para buscarme más llevando una vida disoluta.
—Ya veo. Así que es de esa clase de chicas; de ésas que las madres arrojan a los brazos de sus hijos.
—Espero que nunca me arrojen a los suyos —ironizó Miley—. No le aceptaría ni en bandeja de plata.
Él arqueó una ceja.
—¿Por qué no? —quiso saber, y alzó el mentón para sonreír con genuino sarcasmo—. ¿Acaso le ha dicho alguien que soy mestizo?
Miley se ruborizó.
—No quería decir eso. Es usted un hombre muy frío, señor Jonas —dijo, y su cercanía la hizo estremecerse. Olía a alguna exótica colonia y a tabaco, y ella sentía el calor que emanaba de su cuerpo. Hacía que se sintiera nerviosa, débil e indecisa, y resultaba peligroso sentirse así ante el enemigo.
—No soy frío, soy prudente. —Se llevó el purito los labios—. Es preciso ser prudente hoy en día. En todos los sentidos.
—Eso dicen.
—En ese caso, sería mejor que dejara de untar miel a ese misterioso sujeto que la mantiene. ¿No dijo usted que era la amante de uno de sus jefes?
—No lo decía en serio —protestó ella—. Usted me miraba con absoluto desprecio, y se me ocurrió contarle esa mentira.
—Debí habérselo mencionado ayer a Bob Malcolm— murmuró él.
—¡No habría sido capaz!
—Por supuesto que sí —contestó con soltura—. ¿No le han dicho que no tengo corazón? Dicen que encerraría a mi propia madre.
—Estoy segura de ello después de lo de ayer.
—Su hermano va a ser una causa perdida si no lo hace entrar en cintura —recomendó—. Ésa es la razón de que fuera tan duro con él. Necesita una mano firme. Por encima de todo, necesita el ejemplo de un hombre. Que Dios la ayude si su héroe es su padre.
—No sé qué siente Clay por papá —dijo Miley honestamente. No quiere hablar conmigo porque piensa que lo trato como a un niño. Quería hablar con usted para que supiera la situación que tenemos en casa. Creí que podría ayudarle saber algo de sus antecedentes.
Jonas le dio un bocado a la pasta con sus dientes fuertes y blancos y lo tragó con un sorbo de café.
—En otras palabras, creyó que podría ablandarme.— clavó su mirada en la de ella—. Tengo sangre india. No hay dulzura en mí, mis prejuicios acabaron con ella hace mucho tiempo.
— También es un poco irlandés —titubeó—, y de familia acomodada. Eso debió de facilitarle las cosas.
— Usted cree? —Su boca sonreía pero sus ojos no—. Yo era único; un caso singular. El dinero hizo mi camino un poco más fácil, pero no apartó los obstáculos; tampoco mi tío, que me toleraba porque él era estéril, y yo, el último Jonas, me ayudó demasiado. Dios, cómo odiaba que fuera así. Además, mí padre nunca se casó con mi madre.
—Oh, entonces usted es... —se interrumpió en seco y enrojeció.
—Ilegítimo. —Asintió y esbozó una sonrisa fría y burlona—. Exacto. —La observó, esperando, desafiándola a decir algo. Como no lo hizo, rió con amargura—. ¿Sin comentarios?
—No me atrevería.
Él terminó el café.
—No podemos elegir nuestra vida; eso es un hecho. —Tendió una mano fina, morena y sin anillos y acarició suavemente la mejilla de Miley—. Asegúrese de que su hermano acude a las sesiones con el psicólogo. Siento haberme precipitado al extraer conclusiones acerca de él.
Esta inesperada disculpa en un hombre como Jonas hizo que se le humedecieran los ojos. Se apartó, avergonzada de mostrarle su flaqueza. Pero su reacción fue inmediata e inesperada.
—Vámonos de aquí —dijo él. La hizo levantarse y coger el bolso, arrojó en la papelera los restos del desayuno y la arrastró fuera de la cafetería hacia el interior de uno de los ascensores que permanecía abierto y vacío.
Jonas cerró las puertas, y cuando el ascensor comenzó a ascender, oprimió el botón de parada y lo detuvo entre dos pisos. La atrajo hacia sí con brusquedad y la abrazó suave pero firmemente.
—Vamos —murmuró al oído de Miley—. Ha estado reprimiéndose desde que el chico fue arrestado. Adelante, desahóguese.
Miley no había disfrutado en muchas ocasiones de la comprensión de otras personas. No había habido brazos que la estrecharan, que la reconfortaran. Siempre había sido ella la que consolaba, la que apoyaba. Ni tan sólo el abuelo comprendía cuán vulnerable era.
Pero Jonas veía a través de su máscara, con tanta facilidad como si no la llevara.
Pero Jonas veía a través de su máscara, con tanta facilidad como si no la llevara.
Las lágrimas brotaron de sus ojos y se deslizaron por sus mejillas, y le oyó murmurar palabras dulces de consuelo con su voz profunda, mientras le acariciaba el cabello y la estrechaba contra su pecho. Miley se aferró a las solapas de su abrigo y pensó en lo extraño que resultaba encontrar comprensión en un lugar tan peculiar.
El cuerpo de Jonas era cálido y fuerte, y por una vez era agradable dejar que otro llevara la carga, sentirse indefensa y femenina. Se relajó entre sus brazos y dejó que él soportara su peso, entonces una extraña sensación se apoderó de ella. Sintió que le ardía la sangre y una fuerte opresión en el estómago. Todo su cuerpo se tensó.
Alzó la cabeza y, poco a poco, se apartó de él, desconcertada por la repentina e indeseada atracción hacia ese hombre. Pero al hacerlo sus miradas se encontraron y él no apartó sus ojos oscuros de los de ella. Por un largo y exquisito segundo una chispa de electricidad ardió entre ellos. Miley se sintió sin aliento, pero no pudo adivinar en su rostro inexpresivo lo que él sentía.
De hecho, también Kilpatríck se había estremecido. La expresión de los ojos de Miley le era familiar, pero era nueva para ella, y él lo sabía. Su inocencia era evidente. Ella lo intrigaba, lo excitaba. Era extraño, porque era muy distinta de las mujeres duras y sofisticadas que él prefería. Ella era vulnerable y femenina a pesar de su fortaleza. Deseó soltar su largo cabello y abrirle la blusa y demostrarle cómo era sentirse mujer en sus brazos. Y ese pensamiento fue lo que le hizo apartarla de sí con suavidad pero con firmeza.
—¿Se siente mejor? —preguntó.
—Sí, sí. Lo... lo siento —respondió ella titubeante.
Sintió que las manos de él la separaban y fue como si la cortaran en dos. Quería seguir abrazada a él. Pensó que era debido a la novedad de la situación. Se apartó los mechones de cabello que se habían soltado del moño y percibió unas débiles manchas en el abrigo de Nick—. Le he mojado.
—Se secará. Tenga. —Le tendió un pañuelo y observó cómo se secaba los ojos. Descubrió que admiraba su fuerza, su coraje. Había asumido mayor responsabilidad que muchos hombres, y la sobrellevaba con gran entereza.
El rostro de Miley apareció finalmente tras el pañuelo y sus ojos enrojecidos buscaron los de él.
Él se encogió de hombros.
—Gracias.
—No hay de qué.
Ella trató de sonreír.
—¿No deberíamos volver a poner en marcha el ascensor?
—Me parece que sí; creerán que se ha estropeado y mandarán a un técnico. —Se subió la manga y echó una ojeada al grueso reloj de oro que brillaba sobre su piel morena de espeso vello negro—. Tengo un juicio dentro de una hora. —Preocupado, hizo que el ascensor ascendiera de nuevo.
—Apuesto a que es usted muy duro en un juicio —murmuró ella.
—Hago lo que puedo. —Detuvo el ascensor en el sexto piso y la estudió con una mirada no exenta de amabilidad—. No se preocupe demasiado, le saldrán arrugas.
—En una cara como la mía, ¿quién iba a notarlas? —Suspiró—. Gracias otra vez. Que tenga un buen día.
—Lo intentaré... —Oprimió un botón y encendió un purito mientras las puertas se cerraban.
Miley se volvió y cruzó la recepción aturdida, resultaba increíble que Jonas le hubiera dicho algo agradable. Quizá aún estaba dormida y lo había soñado.
No era la única en sentirse así. Jonas estuvo pensando en ella todo el día. En el juicio tuvo que hacer un esfuerzo por apartarla de su mente— Sólo Dios sabía cómo había logrado despertar su interés con tanta facilidad. Tenía treinta y cinco años y una mala experiencia con una mujer que le había hecho rodearse de una coraza de hielo. Las mujeres entraban y salían de su vida, pero su corazón permanecía inexpugnable, hasta que esa joven aspirante a solterona con su cara pálida y pecosa y sus ojos azules había empezado a contender verbalmente con él en el ascensor. En realidad había llegado a ansiar esos encuentros y disfrutaba de su actitud algo provocativa, su insolente manera de andar y el brillo de sus ojos cuando reía.
Era sorprendente que aún riera con las responsabilidades que le había tocado llevar. Le fascinaba. Recordó lo que sintió al estrecharla entre sus brazos mientras lloraba, y la tensión de su propio cuerpo que se había vuelto inmune a todo sentimiento, o así lo había creído.
Eso sí, estaba seguro de que no era una vampiresa. Su carácter esencialmente honesto y compasivo le impediría herir de forma intencionada el orgullo de un hombre. Hizo una mueca al recordar cómo Francine había hecho que su cuerpo ardiera de deseo para después burlarse mientras se apartaba de él y le recriminaba por su debilidad. Se rumoreaba que se había marchado a Sudamérica, con el encargado del archivo, a pesar de que ella y Jonas estaban comprometidos. Lo cierto era que la había encontrado en la cama con una de sus amigas, y entonces comprendió el placer que ella sentía al atormentarlo. Había llegado a admitir que detestaba a los hombres, y le había dicho que no se quedaría con él a ningún precio; sólo estaba jugando, disfrutando con su sufrimiento.
No sabía que existiera esa clase de mujeres. Gracias a Dios no la amaba, pues la experiencia le habría destrozado el corazón. En cualquier caso, mantuvo sus sentimientos a salvo de las mujeres. Su orgullo estaba herido por lo que Francine le había hecho, y no quería dejarse dominar de nuevo por la pasión, desear a una mujer hasta el límite de la locura.
Por otro lado, ¡la señorita Cyrus le volvía loco! Sólo se dio cuenta de lo sombría que debía de ser su expresión cuando el testigo al que estaba interrogando le dio atropelladamente una serie de detalles que ni siquiera le había pedido. El pobre hombre había creído que su enojo iba dirigido a él y no quiso arriesgarse a ocultar nada. Jonas interrumpió el monólogo del testigo e hizo las preguntas claves para obtener las respuestas que precisaba antes de volver a su asiento. El abogado defensor, un hombre de color llamado J. Lincoln Davis, ocultaba su sonrisa tras unos papeles. Era mayor que Nick, de ingenio rápido, robusto, con la piel color café con leche y los ojos oscuros. Era uno de los abogados más ricos de Cúrry Station, y probablemente uno de los mejores, y el único adversario que había vencido a Nick en los últimos años.
—¿Dónde estaba usted durante el juicio? —susurró Davis cuando el jurado se retiró—. Dios mío, ha estrujado a ese pobre hombre, ¡y era su testigo!
Jonas sonrió débilmente mientras reunía sus papeles y los colocaba en el maletín.
—Me he despistado —murmuró.
—Eso es una primicia. Habrá que colgar una placa o algo así. Hasta mañana.
Asintió de forma ausente. Por primera vez había perdido la concentración en un juicio. Y todo a causa de una secretaria larguirucha de cabello castaño.
Debería estar pensando en el hermano de la chica. A la hora del almuerzo había mantenido una larga conversación con su investigador, que le había informado de los rumores acerca de un golpe importante relacionado con las drogas que se iba a llevar a cabo. Jonas trabajaba en un caso de tráfico de crack. Tenía dos testigos y su primera impresión fue que tal vez éstos fueran el blanco. El investigador le había dicho que estaba prácticamente seguro de que Clay Cyrus estaba relacionado de alguna forma con los traficantes a causa de su amistad con los Harris. Si el chico llevaba tanto crack encima, era posible que estuviera traficando con él.
En realidad, tener que procesar al chico no le preocupaba, pero sí pensar en Miley. ¿Cómo reaccionaría cuando supiera que él había metido a su hermano en la cárcel? Tenía que dejar de pensar en ello. Su trabajo era encerrar criminales. No debía dejar que sus sentimientos se interpusieran en su labor. Sólo le quedaban unos meses como fiscal del distrito y quería que fueran fructíferos.
Volvió a la oficina sumido en sus pensamientos. Se preguntó si los traficantes se arriesgarían a cometer asesinatos para mantener intacto su territorio. Si llegaba a haber muertes en su distrito, se vería obligado a conseguir pruebas contra los culpables para encerrarlos. Frunció el entrecejo. Esperaba que el hermano de Miley Cyrus no acabara de nuevo en su oficina como participante en esa lucha territorial relacionada con la droga.
Por su parte, Miley estaba sumida en la rutina del trabajo. Escribía informes de manera mecánica en la máquina de escribir eléctrica, mientras Nettie, una pasante cualificada tanto para hacer indagaciones en apoyo de la labor de los abogados como para el trabajo de secretaria, introducía antecedentes para otro caso en el ordenador. Miley la envidiaba, pero no podía permitirse los cursos de formación requeridos para acceder a la condición de pasante, aunque ello habría significado un incremento salarial.
Estaba preocupada por el abuelo. Su silencio durante el desayuno había resultado inquietante. A la hora del almuerzo telefoneó a la señora White para pedirle que fuera a su casa y comprobara si el abuelo estaba bien. A la señora White le gustaba visitar al anciano caballero. Además, era una enfermera jubilada, y Miley se consideraba afortunada por tenerla como vecina.
Deseaba que Clay sentara por fin la cabeza. Ya tenía bastante trabajo tratando de educar a los chicos sin tener además que sacarlos de la cárcel. Mack adoraba a su hermano mayor. Si Clay seguía así, cabía la posibilidad de que en poco tiempo Mack tratara de emularle.
Llegó la hora de irse a casa sin que casi se diera cuenta. Había sido un día ajetreado y se sentía agradecida por ello. Los días que transcurrían lentamente le daban demasiado tiempo para pensar.
Recogió el bolso y la raída chaqueta gris y se despidió. Pensó que el ascensor estaría lleno a esa hora del día, y el ritmo de su corazón se aceleró mientras cruzaba el vestíbulo de la oficina. De todos modos, el señor Jonas todavía estaría arriba trabajando.
Pero no era así. Estaba en el ascensor cuando ella entró, y le sonrió. Miley no podía imaginar que el fiscal había calculado su encuentro con exactitud, pues conocía su hora de salida. Pensó con cinismo que era sorprendente lo ridículamente que se comportaba a causa de esa mujer.
Ella le devolvió la sonrisa y sintió que su corazón daba un vuelco repentino, que desde luego, no fue a causa del movimiento del ascensor.
Salieron juntos en la planta baja y él anduvo junto a ella como si no tuviera nada mejor que hacer.
—¿Se encuentra mejor? —preguntó mientras tenía abierta la puerta de la calle.
—Sí gracias. —No se había sentido tan tímida ni tan falta de palabras en toda su vida. Alzó la vista hacia él y se sonrojó como una colegiala.
A él le gustó ese signo delator. Hizo que se animara.
—Hoy he perdido un caso —comentó de manera ausente. El jurado ha creído que acosaba deliberadamente a un testigo y ha fallado en favor de la defensa.
—¿Lo estaba haciendo?
—¿Acosarle? —Su ancha boca esbozó una sonrisa amarga—. No, Tenía la mente en otro lugar y él se interpuso.
Miley conocía muy bien esa oscura mirada. Comprendía perfectamente cómo debía de sentirse un testigo bajo su presión.
Estrechó con fuerza el bolso.
—Siento que haya perdido el caso.
Él se detuvo en plena acera y la observó pensativo. Vaciló, se preguntaba cómo reaccionaría si la invitaba a salir. Se dijo que estaba loco por plantearse siquiera tal cosa, ya que no debía de modo alguno involucrarse en su vida.
—¿Cómo se tomó la noticia su abuelo? —preguntó en cambio.
—Con bastante entereza —contestó—. Los Cyrus somos duros de pelar.
—Asegúrese de saber qué hace su hermano los próximos días —dijo él de repente. La cogió del brazo y la apartó con cautela de los transeúntes—. Hemos recibido el soplo de que se está planeando algo en la ciudad, tal vez un asesinato. No sabemos de quién o dónde o cómo, pero estamos seguros de que está relacionado con el tráfico de drogas. Hay dos bandas que luchan por conseguir el dominio en el sector de la distribución. Los hermanos Harris están involucrados en este asunto, y si trataran de utilizar a su hermano como cabeza de turco, considerando los problemas que ya tiene... —se interrumpió.
Miley sintió un escalofrío.
Miley sintió un escalofrío.
—Es como andar por una cuerda floja —comentó—. No me importa velar por mi familia, pero nunca pensé que tuviera que enfrentarme a problemas relacionados con drogas y asesinatos. —Se estremeció y se arrebujó en el abrigo. Alzó la mirada, brevemente vulnerable, hasta toparse con la de él y susurró—: Es tan duro a veces.
Él contuvo el aliento. Al mirarle de esa forma había hecho que se sintiera aún más alto.
—¿Ha llevado alguna vez una vida normal? ——quiso saber.
Ella sonrió.
—Cuando era pequeña, supongo. No desde que mi madre murió; desde entonces hemos estado solos, el abuelo, los chicos y yo.
—Ninguna vida social, supongo.
—Siempre pasaba algo: un virus, paperas, varicela, el corazón del abuelo... —Rió suavemente———. De toda formas, nunca he tenido una cola de pretendientes esperando en mi puerta. —Bajó la vista hasta su bolso—. Mi vida no está tan mal. Me necesitan. Tengo un propósito, algo que mucha gente no tiene.
Él sentía algo parecido respecto a su trabajo: que era necesario y que le llenaba. Pero sólo con su pastor alemán experimentaba emociones reales que no eran ni rabia ni indignación. Nada de amor. Su mundo laboral se centraba en la justicia moral, la protección de las masas y la condena de los culpables. Nobles propósitos, quizá, pero también una vocación solitaria. Y hasta hacía poco no había comprendido cuán solitaria.
—Supongo —murmuró ausente, tenía la mirada fija en su boca, un arco perfecto, rosa pálido y de aspecto delicado que le hacía desear desesperadamente besarla.
Ella alzó la vista y la franca mirada de Nick la desconcertó.
—¿Se trata de mis pecas? ——dijo de repente.
Él arqueó sus gruesas cejas y la miró a los ojos con una sonrisa.
—¿Qué?
—Parecía intrigado por algo —murmuró Miley—. Pensé que tal vez no le gustaban mis pecas. No debería tenerlas, pero también tengo reflejos cobrizos en el pelo. Mi abuela era una flamígera pelirroja.
—¿Se parece usted a sus padres?
—Mi padre es rubio —respondió— y de ojos azules nos parecemos mucho. Mi madre era menuda y de cabello y ojos oscuros, y ninguno de nosotros ha salido a ella.
—Me gustan las pecas —dijo él súbitamente cogiéndola desprevenida. Consultó su reloj—. Tengo que irme a casa. La sinfónica de Atlanta toca esta noche una obra de Stravinsky. No quiero perdérmela.
—¿El pájaro de fuego? —preguntó Miley.
Él sonrió.
—Pues sí. Mucha gente la detesta.
—A mí me encanta —puntualizó ella—. Tengo dos versiones: una moderna y otra clásica. Aunque siempre las escucho con auriculares, porque a mi abuelo le gustan los viejos discos de Hank Williams y mis dos hermanos prefieren el rock duro. Soy una carroza.
—¿Le gusta la ópera?
—Madame Butterfly y Turandot y Carmen... —Suspiró—. Y adoro escuchar a Plácido Domingo y Luciano Pavarotti.
—Vi Turandot en el Metropolitan Opera House de Nueva York el año pasado —comentó Nick. Estudió su rostro con una mirada cálida—. ¿Suele ver los especiales de ópera en la televisión?
—Vi Turandot en el Metropolitan Opera House de Nueva York el año pasado —comentó Nick. Estudió su rostro con una mirada cálida—. ¿Suele ver los especiales de ópera en la televisión?
—Cuando está libre — explicó—. Sólo tenemos un televisor, y es pequeño.
—Han hecho una película de Carmen con Plácido Domingo —dijo él—. Yo la tengo.
—¿Es buena?
—Si a uno le gusta la ópera, es fantástica. —Buscó con su mirada los ojos de ella y se preguntó por qué era tan difícil dejar de hablar y despedirse. Tenía una belleza tímida y hacía que la sangre le palpitara en las venas.
Ella también lo miró y sintió que le temblaban las rodillas. "Ha ocurrido muy deprisa" se dijo, y a la vez que lo pensaba su mente negaba la posibilidad de cualquier clase de relación con ese hombre. Era el enemigo. No podía permitirse ser débil. Debía recordar que Nick pretendía encerrar a su hermano. Sería desleal a su familia si dejaba que algo ocurriera. Pero su corazón se debatía contra esa lógica. Se sentía sola y había sacrificado lo mejor de su juventud por su familia. ¿Acaso no merecía algo para ella?
—¿Profundos pensamientos? —preguntó él con suavidad al ver cómo su rostro cambiaba de expresión.
—Profundos y oscuros —contestó Miley. Sus labios se abrieron para dejar escapar un suspiro. Él la miraba como Miley creía que un hombre debía de mirar a una mujer que deseaba, y su mirada la inquietaba la excitaba y aterrorizaba a la vez.
Él vio el miedo en primer lugar, incluso pudo sentirlo. No deseaba verse involucrado en la vida de esa mujer más de lo que ella quería, y consideró que mejor despedirse.
—Tengo que irme. No pierda de vista a su hermano —dijo recuperando la compostura.
—No lo haré, gracias por la advertencia.
Él se encogió de hombros. Sacó un cigarro y lo encendió mientras se alejaba, su ancha espalda impenetrable como una pared.
Miley se preguntó por qué se había molestado en hablar con ella. ¿Cómo podía estar interesado en una mujer como ella?
Mientras se dirigía al aparcamiento en busca de su coche, se vio reflejada en un escaparate. "Oh, claro que sí", se dijo con sarcasmo al ver el rostro delgado y pálido que le devolvía el cristal. Con toda seguridad era la clase de mujer que atraería a un hombre tan atractivo.
Puso los ojos en blanco y siguió andando, resuelta a dejar atrás sus ingenuas ensoñaciones.
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