—Yo no me meto en una carrera a menos de que tenga buenas posibilidades de ganar —gritó Haynes mientras Nick pasaba por delante de su yate esa mañana. Nick se detuvo—. Me gusta observar a los otros pilotos en la carrera y tengo que admitir, Jonas, que me estás haciendo esforzarme más de lo que había esperado.
Nick apretó los dientes. Haynes era un cliente y aunque estaba loco de ganas de mandarlo al diablo, tenía que ser correcto.
—No se trata de una competición.
—Muchacho, eso no te lo crees ni tú.
Habían pasado tres días desde el paseo en globo. Tres días en los que Miley había estado comiendo en el barco de Haynes y saliendo con él cada noche. Tres días en los que el anillo de compromiso le había estado quemando a Nick en el bolsillo.
Nick tuvo que admitir un hecho indiscutible. Estaba celoso. Quería a Miley para él solo. Quizá, incluso, siguiera amándola.
—Piensa lo que quieras, Haynes. El cobertizo para que guardes tu moto se te instalará esta tarde. Y podrás irte —dijo Nick, y siguió andando hacia su barco. Su refugio.
—Mi instinto me dice que yo lo conseguiré antes que tú, Jonas.
A Nick se le tensaron los músculos. Sintió deseos de lanzarse al barco de Haynes y de saltarle unos cuantos dientes de un puñetazo, pero en lugar de eso, siguió caminando. Y saboreó una pequeña victoria.
Miley no había dormido aún con Haynes. Y Nick podía seguir esforzándose para que nunca lo hiciera.
Miley se dijo enfadada, que ya no sentía nada por los besos de Toby. Era culpa de Nick.
¿Cómo podía ella pensar en tener un futuro con Toby cuando no podía dejar de recordar todo el tiempo que había compartido con Nick? Recordaba cada caricia y cada mirada, y lo bien que lo habían pasado juntos antaño. Pero no podía permitirse el lujo de engañarse de nuevo.
Miley giró la cabeza y miró a Nick, que estaba sentado a su lado en el coche.
—Ahora pareces mucho más dispuesto a cumplir con las citas que hace unos pocos días —observó ella.
—¿No lo pasas bien? —preguntó Nick, tras detener el coche en el aparcamiento y apagar el motor.
—Sí —admitió ella. Por desgracia, lo pasaba demasiado bien. Tenía que sacarse a Nicholas Jonas de la cabeza, se dijo—. Pero no hace falta que agotemos todas las citas en una semana.
—¿Prefieres que me quede en mi barco jugando solitarios cada noche mientras tú sales con Haynes?
—No. Podrías visitar a tus padres. Tu padre pregunta por ti a diario. Llevas aquí trece días, Nick, y aún no los has llamado.
Nick puso gesto serio. Abrió la puerta del coche y salió primero para ayudarla a salir. La calidez de su contacto la estremeció. Miley intentó soltarse, pero él no la dejó. Caminaron de la mano por la acera.
Eso no estaba bien. Nada bien, se dijo ella.
Un carruaje de caballos blancos decorado con flores blancas, como los de los cuentos de hadas, los esperaba al final de la manzana. El conductor los saludó con su sombrero de copa.
—Buenas noches, señorita Cyrus, señor Jonas, suban.
Miley subió y se detuvo en seco. Había una rosa color melocotón en su asiento. Aquel tono, del color de amanecer, siempre había sido su favorito. ¿Habría comprado Nick la rosa? ¿O era una pura coincidencia, parte del paquete estipulado? ¿Y la hielera con champán que había en el banco opuesto? ¿Sería cosa de Nick? Prefirió no imaginar a Nick teniendo detalles bonitos con ella.
Miley tomó la flor y se acomodó en el asiento de cuero, mirando hacia los caballos. Nick se sentó a su lado, demasiado cerca. Pasó un brazo alrededor de los hombros de ella, tocando la piel que el vestido de tirantes dejaba al descubierto.
Había sido un error ponerse ese vestido, se dijo ella.
El conductor descorchó la botella de champán y sirvió dos copas. Se las tendió y tomó las riendas. El carruaje se puso en marcha.
—Por el pasado y por el futuro —brindó Nick, levantando su copa.
El carruaje, la flor y la bebida, combinados con el traqueteo de los caballos, hicieron que el corazón de Miley se sintiera como en una montaña rusa. No podía permitirse caer otra vez bajo el embrujo de Nick.
¿Qué mejor manera de romper el encanto que intentar averiguar por qué la había dejado? Miley necesitó otra copa de champán y quince minutos para encontrar el valor necesario.
—¿Qué hice para que me dejaras? —preguntó ella al fin, cuando su paseo estaba cerca de terminar.
—Nada —respondió él, mirándola.
—Vamos, Nick, los dos sabemos que eso no es cierto.
—Miley, no fue por ti.
—Entonces, ¿por qué? —inquirió ella con desconfianza.
—Déjalo.
—No puedo —respondió ella. No pensaba hablarle de todos los hombres que la habían dejado desde que él se había ido. No necesitaba su compasión—. Si tuviste algún problema o una de las peleas que solías tener con tu padre, podrías habérmelo contado.
—¿Él nunca te dijo nada? —preguntó él, desviando la mirada.
—Ni una palabra. Por eso sé, que yo fui la causa de que te fueras.
—¡Maldición, no es cierto!
—Entonces, cuéntame cuál fue la causa. Ese día, ni siquiera sabía que habías regresado de Nueva Orleáns, y cuando me enteré de que habías estado en la oficina, ya te habías ido. Nick, ¿cómo pudiste pasar por delante de mi despacho sin ni siquiera detenerte a decirme hola o adiós?
—No puedo explicártelo —contestó él, sin mirarla.
Miley no había contado, con que una vez que ella se había armado con el valor suficiente para hacerle esas preguntas, Nick se negaría a responder.
—¿Acaso te levantaste por la mañana y sin más decidiste que querías empezar de nuevo lejos de aquí?
Cuando Nick la miró, Miley se sobresaltó al ver tanta tristeza en sus ojos. Escondían mucha agonía y secretos. La causa de su marcha debía de ser demasiado horrible como para compartirla con ella.
—Miley, no fue por ti. Aunque no creas nada más de lo que te diga, cree esto.
Miley quería creerlo. De veras. Pero el silencio de Paul acerca del asunto le parecía la prueba de que Nick estaba mintiendo.
—Solías confiar en mí, Nick.
—Solía confiar en mí mismo —replicó él, sin mirarla.
Las palabras de Nick la dejaron anonadada. Pensó que igual él había conocido a otra persona y había decidido desaparecer, dejándola a ella anclada en el pasado.
Nick se sintió acongojado al ver tanto dolor en los ojos de ella. Hizo varios intentos de iniciar una conversación, sin éxito.
Cuando llegaron a casa de Miley después del paseo, ella se quitó el chal blanco y dejó los hombros al descubierto, con un vestido de tirantes negro y blanco. No llevaba sujetador ni tenía ninguna marca del bronceado en su piel color miel. El escote de su vestido hacía resaltar sus pechos. A Nick se le hizo la boca agua sólo de verla.
Miley cerró las persianas. Miró a Nick.
—¿Ella era mejor que yo en la cama?
—¿Qué? —preguntó él, sorprendido.
—Dijiste que solías confiar en ti. Eso significa que debiste de conocer a alguien en Nueva Orleans. Alguien que te tentó y te resultó más excitante que yo. Alguien capaz de ofrecerte más cosas que yo.
—¿De dónde has sacado esa loca idea? No hubo otra mujer, Miley.
—Claro que sí. Si no, no te habrías ido de esa manera. Sé lo mucho que Yates Jonas significaba para ti. Pero no quisiste pasarme a la otra mujer por delante de las narices. Por eso te fuiste. No era necesario que lo hicieras, Nick. Yo lo hubiera soportado si me hubieras contado la verdad.
¿Cómo podía Miley pensar que él era capaz de amar a otra mujer más que a ella? Nick se acercó a ella y la agarró los brazos. Su piel era muy suave. Sabiendo que no debía hacerlo, pero sin poder controlarse, la acarició desde los hombros hasta las muñecas.
—Te equivocas. Mucho. Lo nuestro era muy bueno. Pero no fue suficiente para hacerme olvidar… —comenzó a decir Nick, y se interrumpió. Su relación con Miley no había sido suficiente para hacerle olvidar la infidelidad de su padre y el miedo a que él pudiera acabar haciendo lo mismo. No podía explicárselo—. No fue suficiente para hacer que me quedara.
—Es obvio —dijo ella, encogiéndose.
Miley intentó apartarse, pero Nick la sujetaba con fuerza. Él no podía encontrar las palabras adecuadas para convencerle de que el problema no había sido ella. Así que recurrió a la única herramienta que tenía: La pasión que aún vibraba entre ellos. E hizo lo que había querido hacer desde que la había recogido en su casa hacía tres horas. Lo que había querido hacer desde que ella le había comprado en la subasta hacía dos semanas. La besó.
Miley no respondió al primer beso. Pero con el segundo, se suavizó. Y con el cuarto, lo abrazó por la cintura y le dio la bienvenida con su lengua. Nick levantó la cabeza un momento, para tomar aliento.
Miley estaba muy excitada. Su respiración se había acelerado y sentía el pulso latiéndole como loco en el cuello. Nick le quitó uno de los pasadores que llevaba en el pelo y su cabello dorado le cayó en cascadas sobre los hombros, rozando las manos de él como si fuera seda.
Nick creyó no poder soportar la velocidad con que le estaba latiendo el corazón. ¿Cómo podía sentir tanta pasión por ella, incluso más que cuando habían sido novios? Pero así era. El deseo lo atravesaba, al punto de hacerle olvidar las buenas maneras. Sintió ganas de echarla sobre el sofá y lanzarse sobre ella como si fuera un barco pirata al abordaje. Deseaba tocarla, saborearla y entrar en ella hasta que los dos estuvieran demasiado débiles como para moverse.
Nick le acarició los labios con el pulgar y luego le recorrió la espalda con las manos una y otra vez. Miley tembló. El deseo se reflejaba en sus pupilas. Él respiró el aroma de su aliento. Y tuvo que besarla de nuevo, una y otra vez.
El sentido común le dijo a Nick que debía ir más despacio y considerar las consecuencias de sus acciones, pero no podía. Después de años de negarse la persona que realmente amaba, la pasión estaba estallando como una olla a presión. Acarició los pechos de Miley por encima del vestido, saboreando los gemidos de placer que ella emitía.
Entonces, Nick descubrió dónde estaba la cremallera, en la espalda del vestido, y la bajó. Metió las manos por debajo de la tela para encontrarse con su piel, suave como la seda. La agarró de los glúteos y la apretó contra sí.
Los pechos de Miley se aplastaron contra el torso de él. Ella le levantó la camisa y le acarició la espalda, haciéndolo estremecer ante el contacto.
Aquello no tenía nada que ver con Haynes, se dijo Nick, ni con ninguna competición. Quería hacer el amor con la mujer que nunca había olvidado.
Si sus sentimientos por Miley no habían menguado después de ocho años sin verse, entonces nunca lo harían. Quizá él no había heredado la debilidad de su padre. Sin duda, ella merecía lo mejor y sin duda también él podía ofrecerle más estabilidad que Haynes.
Cuando Miley le mordisqueó la mejilla, Nick tembló. Si hacía el amor con ella esa noche, no volvería a abandonarla. ¿Cómo podía persuadirle de que le diera una segunda oportunidad? Y si lo conseguía, ¿estaría ella dispuesta a pagar el precio? No podrían vivir allí y dirigir Yates Jonas juntos, como habían planeado hacía ocho años. Tendría que convencerle de que se fuera con él a Florida, sin contarle por qué no podían quedarse en Carolina del Norte.
Eso podría ser la parte más difícil.
Revisitar el pasado siempre era un error. Aquella noche, Miley se dijo que si se iba a la cama con Nick, se daría cuenta de que lo había idealizado y había exagerado su magia.
De pronto, recordó la advertencia de Demi. ¿Acaso estaba inventando excusas para justificar lo injustificable? ¿Era un error acostarse con él?
No. Nick era como una resaca de la que ella no parecía poder recuperarse. Y los hombres de Yates Jonas aseguraban que la única cura para una resaca era el alcohol.
Miley entrelazó sus dedos con los de él y lo guió escaleras arriba.
No estaba segura de que quisiera hacerlo. Pero ya lo había intentado todo en los últimos ocho años y no había conseguido quitárselo de la cabeza, así que sólo le restaba jugarse esa última carta.
—Debemos hacer esto si queremos dejar atrás el pasado —dijo ella.
—¿Debemos?
—Debemos —afirmó ella, y comenzó a desabotonarle la camisa.
Miley le acarició el pecho desnudo y bajó la mano hasta los pantalones de él, tocando su erección. Nick dejó escapar un silbido, le agarró la mano y se la subió, haciéndole recorrer su vientre, hasta su pecho. Ella sintió cómo le latía el corazón, a toda velocidad. Él le besó los nudillos, la muñeca, el brazo.
Mareada de sentir tanto deseo, Miley tomó aliento y guió a Nick hasta el santuario de su dormitorio. La luz de la luna se colaba por las ventanas, iluminando su habitación. Nunca antes había compartido esa habitación con ningún hombre.
Ni siquiera con Toby.
Toby. Su futuro. Toby, el hombre que había sido increíblemente comprensivo cuando ella se había negado a ir más allá en su relación. Aunque parecía que se le estaba empezando a acabar la paciencia.
Nick le acarició los costados y alrededor de los pechos. Y Miley dejó de pensar en Toby. Se le endurecieron los pezones. Necesitaba con toda su alma que Nick la tocara.
—Por favor…
—¿Por favor, qué? —preguntó él en voz baja—. ¿Esto? —dijo, acariciándole los pezones con los pulgares—. ¿O esto? —añadió, tomándolos entre sus dedos.
—Las dos cosas —respondió ella, y se mordió los labios.
Nick le acarició los pechos y la besó en el cuello, haciendo que a ella le temblaran las piernas.
Cuando él apartó las manos, Miley abrió la boca para protestar, pero Nick la detuvo, besándola en los labios. Fue un beso profundo y apasionado, que desenterró memorias y sentimientos muy antiguos.
No, no, no. Se suponía que tener sexo con Nick no tenía que ser tan bueno, se dijo ella.
Pero era delicioso. El deseo la poseyó como un remolino en el vientre expandiéndose en todas direcciones.
La espalda y la cintura caliente de Nick no le resultaban familiares. Tenía músculos que ella no recordaba. Lo mismo pasaba con su pecho. Era diferente. Pero su sabor… Eso no había cambiado.
Nick la acariciaba con seguridad y determinación. Entonces, la soltó y dio un paso atrás, dejando unos centímetros entre ellos. Miley se obligó a abrir los ojos y se dio cuenta de que él le había quitado el vestido. La tela cayó al suelo, acariciándole las piernas, junto a la camisa de él.
Cuando se acercó a ella de nuevo, ambos cuerpos se fundieron. Pecho con pecho.
Miley se esforzó en recordar su plan. Intentó buscarle fallos a su amante.
Nada, no encontró ninguno.
Tenía que seguir buscando.
Le desabrochó el cinturón del pantalón y le bajó la cremallera. También le bajó los calzoncillos y contuvo el aliento. Su tamaño y su grosor no había sido una memoria idealizada por el tiempo y la distancia. Ninguno de los pocos amantes que había tenido después de él lo superaba. ¡Maldición!
Ella lo rodeó con sus manos, acariciando la carne caliente hacia arriba y hacia abajo.
—El preservativo —rugió él, y le detuvo la mano.
Miley cayó entonces en la cuenta de lo que estaba a punto de hacer. Titubeó. Dormir con Nick podía ser lo correcto o podía ser muy, muy equivocado. ¿Se atrevía a correr el riesgo? Tenía que hacerlo. El resto de su vida estaba en juego. No podía seguir viviendo en el limbo.
—En el cajón de arriba. En la mesilla de la derecha —dijo ella.
Nick se quitó los zapatos y el resto de la ropa y Miley se quitó los tacones. Al hacerlo, perdió altura y se sintió más pequeña y vulnerable. Apenas le llegaba a él a la barbilla con la cabeza. Se le secó la boca y su pulso se aceleró aún más.
Nick la agarró por los glúteos, inclinó la cabeza y le devoró la boca mientras la guiaba hacia atrás, hacia la cama. Él apartó la colcha y haciendo una pausa, miró a su amante.
La luz de la luna iluminaba la habitación, pero el rostro de Nick estaba en la penumbra. ¿Le gustaría a él lo que estaba viendo?, se preguntó Miley. Deseaba que se arrepintiera por haberla dejado.
Sacó pecho y los ojos de Nick se clavaron en sus senos. Él era el tipo de hombre al que le encantaban los pechos. Había pasado horas adorando los de ella, besándolos y acariciándolos.
—Hermosa —dijo él, y le acarició un pezón.
Luego, Nick bajó con su dedo hasta el ombligo de ella y hasta el elástico de su ropa interior. A Miley se le puso la piel de gallina de excitación. Él jugueteó con su pubis rizado, llegó hasta su parte más húmeda. Una insoportable excitación se despertó dentro de ella. Se apretó contra él, pidiendo más. Pero él sólo quería darle un aperitivo de lo que estaba por llegar.
Nick se arrodilló, frotó su rostro en la entrepierna de ella e inhaló con fuerza. Miley cerró los ojos al recordar como él solía hacer lo mismo hacía años. Con suavidad, él le bajó la ropa interior, despacio.
Si aquello era un error, era demasiado tarde para dar marcha atrás. Cada célula del cuerpo de Miley le estaba pidiendo más. Le rodeó el cuello con los brazos y levantó los pies, uno por uno, para liberarse de la ropa interior. Nick levantó la vista hacia ella, pero Miley no le pudo ver los ojos, no pudo comprobar si había en ellos tanto deseo como el que ella sentía.
Con impaciencia, Miley alargó la mano hacia la mesilla y encendió la lamparita de noche. Pero antes de que ella pudiera ver su expresión, Nick bajó la cabeza y la enterró en su entrepierna. La tomó de las caderas y le hizo sentarse en la cama.
Miley se sentó, pues sus piernas estaban a punto de doblársele de todos modos. Nick le acarició con la punta del dedo. Ella gimió, pidiendo más. El aliento de él se acercó a su parte más íntima.
No era bueno que se sintiera tan bien, se dijo Miley, mientras se aferraba a las sábanas y echaba la cabeza hacia atrás. Levantó un poco las caderas, rogándole a su amante en silencio que saciara su deseo.
Nick subió las manos hasta los pechos de ella. Oh, era demasiado bueno, pensó Miley. Estaba demasiado cerca del clímax. Arqueó la espalda y contuvo el aliento. Entonces, él levantó la cabeza. Frustrada y decepcionada, ella se hundió en el colchón con un gruñido.
Nick abrió el cajón de la mesilla y encontró el preservativo. Se lo puso y se colocó sobre ella, haciendo que abriera las piernas. Encontró la entrada y se introdujo en ella en profundidad. Miley lo rodeó con sus brazos y sus piernas, apretándolo contra sí, saboreando todas las sensaciones que la recorrían.
Miley no había olvidado lo bien que se sentía cuando la penetraba, lo profundo de su contacto y lo bien que sus cuerpos encajaban. Nick entró y salió una y otra vez, más hondo en cada arremetida, más deprisa. El tiempo no había cambiado, lo rápido que él conseguía hacerle llegar a la cima. El orgasmo llegó con la fuerza de cinco huracanes. Ella le arañó la espalda y ahogó su grito de placer ocultando la boca en los hombros de él.
Pero Nick no había terminado. Le besó los pechos y los lamió, despertando en ella otra oleada de deseo. Se enterró dentro de ella y siguió besándola como si nunca pudiera saciarse. Entonces, Nick se puso tenso y gritó el nombre de ella mientras llegaba al clímax, haciendo que ella tuviera otro orgasmo.
Él se incorporó un poco sobre los codos, encima de ella. Sus cuerpos continuaron fundidos, sus alientos entremezclados.
Mientras Miley luchaba por calmar su respiración, un pensamiento repentino la conmocionó: Nick no la había decepcionado. Ni un poco.
¡Maldición!
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