Nick Jonas le dio las gracias al conductor que le abrió la puerta y se acomodó en el asiento trasero del coche. El conductor rodeó el elegante vehículo negro, se sentó tras el volante y empezó moverse en medio del tráfico londinense más madrugador.
Por un momento Nick pensó en que todo aquel lujo le parecía algo normal y en el largo trayecto que había recorrido en quince años, desde que salió de un puerto del Adriático el día que cumplía los dieciocho años, con poco más que la ropa que llevaba puesta y sus ardientes ojos negros.
Pero sus ojos ya no ardían. Ahora estaban velados y era imposible leer en ellos.
Nick se acomodó en el asiento de cuero y tomó uno de los periódicos que le habían dejado allí. Buscó la sección de finanzas del Financial Times:
Cyrus—AC Internacional: se cierra el cerco, anunciaba el titular.
Leyó el titular sin que su rostro cambiara de expresión, y siguió ojeando el periódico. Sólo se detuvo ante una fotografía; había sido tomada en un acontecimiento social y estaba junto a una columna que trataba de la batalla financiera de AC Internacional por el control de Cyrus Enterprises. La mirada de Nick se fijó en una sola persona de las que aparecían en la foto.
Giles Cyrus.
Él dominaba la fotografía, al igual que intentaba dominar todo lo que le rodeaba. Llevaba esmoquin; su pelo se había vuelto gris. Aparentaba la edad que tenía, pensó Nick, sin mostrar emoción alguna. Por un momento se quedó mirando la imagen del hombre que estaba siendo objeto del sitio sin piedad dirigido por él. Después, miró a las otras personas de la foto.
Había dos mujeres, una a cada lado de Cyrus. Una debía tener la misma edad que él, aunque su rostro se conservaba increíblemente bien. La honorable Amabel Cyrus, hija del sexto vizconde de Duncaster, miraba a su alrededor con expresión regia. Nick se preguntó sarcásticamente si mantendría esa expresión en la discreta clínica de desintoxicación que se decía que frecuentaba.
Había otra mujer a la izquierda de Cyrus, pero tenía la cara girada hacia otra persona que no aparecía en la fotografía. Nick apenas veía de ella más que un hombro desnudo, la silueta de su vestido de noche, un mechón de pelo claro, un brillo de diamante en su oreja, pero sabía perfectamente quién era.
Miley Cyrus, veinticinco años y única hija de Giles Cyrus.
Nick entrecerró los ojos y arrugó los labios en un gesto cínico.
Como su aristocrática madre, Miley Cyrus era una chica sofisticada que adornaba el brazo de su rico padre en Dulcentos como aquél. Miley no necesitaba una cosa tan banal como un puesto de trabajo, pues el dinero de su padre le permitiría dedicarse al lujo y a las compras todos los días de su vida si quería.
La expresión de Nick se volvió aún más cínica. En realidad, se rumoreaba que Miley Cyrus trabajaba y vivía de su sueldo... si a lo que hacía se le podía llamar trabajo.
Giles Cyrus, un hombre que conseguía lo que quería de cualquier manera, no estaba en contra de utilizar todos los medios a su alcance; se casó con Amabel por su estatus social, dejando a un lado su pequeña y conocida «debilidad» que la dejaba cada vez con más frecuencia «fuera de la circulación», pero no le molestaba aprovecharse de la belleza y juventud de su hija.
Nick miró fijamente la foto. Tal vez no pudiera ponerle cara a Miley Cyrus, pero esa inclinación de la barbilla y la espalda recta, le daban un aire a su madre, un aire distinguido e intocable.
Nick volvió a arrugar los labios; por lo que había oído, Miley Cyrus no era para nada intocable... hacía excepciones, y sus ojos se encendieron como brasas, cuando papaíto se lo pedía.
Apartó el periódico bruscamente.
Ni Miley Cyrus ni la honorable Amabel le interesaban en absoluto. No entraban para nada en sus planes. Sólo Giles Cyrus: su presa.
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