Miley seguía hablando, pero él no oía nada. Estaba muy lejos de allí; había retrocedido treinta y tres agonizantes años en el tiempo.
—No te vayas, Ili. Te echaré de menos.
Ella lo abrazó con fuerza.
—Lo hago por ti, Nick. Y ya verás como vuelvo... llevaré un vestido precioso y te traeré regalos. Te mandaré dinero para que no tengas que ir al orfanato y puedas acabar de estudiar. Es lo que nuestros padres hubieran querido, y estarían muy orgullosos de ti. Todo será fantástico.
El se abrazó con toda la fuerza de un niño de diez años a su hermana.
—Pero no quiero que te vayas. Quiero que te quedes.
—No puedo —ella sacudió la cabeza—. Trabajaré en Francia, en Italia y por todo el mundo; es lo que me han dicho. Podré ganar dinero y mandártelo para que puedas estudiar, como papá y mamá querían. Ya sabes lo difíciles que están las cosas aquí, pero en los países ricos hay más oportunidades. Nick, seré cantante y llevaré ropa bonita, y un hombre rico se enamorará de mí. Te lo contaré todo por carta, no te preocupes. Cuando haya ganado suficiente dinero, volveré, Nick. Volveré contigo.
Le revolvió el pelo tras apartarlo de sus brazos, y le sonrió.
—Nick, te prometo que volveré contigo. Eres el mejor hermanito del mundo.
Ella lo abrazó con fuerza.
—Lo hago por ti, Nick. Y ya verás como vuelvo... llevaré un vestido precioso y te traeré regalos. Te mandaré dinero para que no tengas que ir al orfanato y puedas acabar de estudiar. Es lo que nuestros padres hubieran querido, y estarían muy orgullosos de ti. Todo será fantástico.
El se abrazó con toda la fuerza de un niño de diez años a su hermana.
—Pero no quiero que te vayas. Quiero que te quedes.
—No puedo —ella sacudió la cabeza—. Trabajaré en Francia, en Italia y por todo el mundo; es lo que me han dicho. Podré ganar dinero y mandártelo para que puedas estudiar, como papá y mamá querían. Ya sabes lo difíciles que están las cosas aquí, pero en los países ricos hay más oportunidades. Nick, seré cantante y llevaré ropa bonita, y un hombre rico se enamorará de mí. Te lo contaré todo por carta, no te preocupes. Cuando haya ganado suficiente dinero, volveré, Nick. Volveré contigo.
Le revolvió el pelo tras apartarlo de sus brazos, y le sonrió.
—Nick, te prometo que volveré contigo. Eres el mejor hermanito del mundo.
Nick era ya un adulto y estaba escuchando a otra mujer hablar; a otra hermana que había hecho lo que tenía que hacer para cuidar de su hermano.
¿Sabría Ileana el tipo de trabajo que le esperaba en el extranjero? Él no lo sabía. Nunca la había vuelto a ver.
Pero Miley Cyrus sí sabía lo que él quería de ella; se lo había dicho muy claro, y ella lo había hecho.
—Aquí hay veinticinco niños —seguía diciendo ella con voz clara—, incluyendo a Charlie. Tiene parálisis cerebral porque nació prematuro; mi madre se puso de parto tras una de las palizas periódicas a las que la sometía mi padre. Él accedió a financiar todo esto para evitar una denuncia, de eso sí me aseguré. El tener a otros niños aquí beneficia a Charlie y a los otros niños, pues podemos darles una buena atención, cuidados médicos, y Charlie vive con su familia y sus amigos. Este sitio está muy bien para ellos. Hay mucho terreno y una piscina cubierta, que les encanta. No quieren irse de aquí, porque la nueva casa que he comprado con el dinero que tenía para recuperar Beaumont no tiene piscina, ni tanto terreno, y aún no está adaptada para las sillas de ruedas. Tendremos que prescindir de parte del personal, pues ahora no dispongo del dinero que me pasaba mi padre, así que... —Miley se detuvo; al mirar a lo lejos, su rostro pareció alarmado.
Nick giró la cabeza y vio a Maitland llegar con una mujer delgada de mediana edad. Amabel Cyrus. A pesar de su sonrisa, Nick vio que estaba tensa.
—¿Señor Jonas? —su tono amable era igual que el de su hija—. ¿Qué tal está? Soy Amabel Cyrus. Lo siento, no sabíamos que vendría.
Ella extendió una mano hacia él y Nick se la estrechó.
—Ha sido una decisión improvisada —dijo él—. Siento las molestias.
Su voz sonó brusca, y él lo sabía, pero no podía hacer más. Todo aquello había sido como un terremoto para él.
—Oh, nada de eso —replicó Amabel—. ¿Le apetece un café? ¿Quiere echar un vistazo por los alrededores?
Nick usó la parte de su cerebro que aún funcionaba. La mujer parecía tensa y debía estar haciendo un gran esfuerzo para no venirse abajo. Pero a pesar de todo, mantenía la compostura. Igual que Miley cuando había ido a visitarlo para comprar la casa y él le había expuesto sus condiciones. A ella no le cambió la expresión y simplemente aceptó sus condiciones. Aceptó todo lo que él le había hecho.
Su mirada cambió hacia la verde pradera y los niños que jugaban en sus sillas de ruedas como cualquier otro niño del mundo.
—Me temo que ha habido un malentendido...—Nick vio una chispa de miedo en los ojos de la mujer, pero no la dejó decir nada—. Beaumont es suyo. Le entregaré las escrituras enseguida. Yo me encargaré de pagar los sueldos de los empleados de los que haya tenido que prescindir, y le compraré la otra propiedad que tuvieron que comprar cubriendo todos los gastos asociados. Por favor, acepten... —su voz falló un segundo, y se detuvo para recuperar el mismo control que las dos mujeres—. Acepten mis disculpas más sinceras por este profundo malentendido —tomó aliento un momento antes de continuar—. Permítanme decir una cosa más. No tiene que preocuparse por su marido, señora Cyrus. Ahora está segura. Giles Cyrus está muerto.
Nick vio que la mujer se quedaba aún más pálida y que Miley contenía una exclamación. Tenía que marcharse. Tenía que irse en ese mismo momento. Se dio la vuelta para volver por donde había venido y Miley le siguió.
—¿Estás seguro? —Miley lo había agarrado de la chaqueta y preguntaba vehementemente—. ¿Estás seguro de que está muerto?
—Le mataron los miembros del cártel con el que blanqueaba el dinero —le dijo, dolido de verla así—. Giles Cyrus huyó en cuanto Hacienda empezó a investigar en sus cuentas, y pidió protección a sus antiguos aliados. A ellos ya no les convenía hacer tratos con alguien en busca y captura, y acabaron con él. Pronto oirás las noticias de la policía.
Algo se iluminó en sus ojos, y eso produjo una respuesta en él.
—Miley, no sabía nada de los niños. ¡Te juro que no sabía nada de esto! —intentó agarrarle la mano, pero ella se zafó como si le quemara—. Miley, tengo que hablar contigo. Tengo que...
Ella se giró y se marchó hacia donde se había quedado su madre con paso algo torpe por los nervios.
El sentimiento de culpa atravesó a Nick como un cuchillo al rojo.
«No lo sabía, no lo sabía».
Con la mente en blanco, volvió al coche.
—¿Es cierto? ¿Ya no tenemos que marcharnos?
La alegría de Charlie se apreciaba a pesar de su hablar dificultoso. Miley miró a su madre abrazar al niño.
—No, cariño. ¿Es genial, verdad? Podemos quedarnos aquí para siempre.
Miley sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, y no fue la única vez. La alegría fue inmensa.
Al día siguiente de la visita de Nick, recibieron en Beaumont las escrituras de propiedad de la casa, junto con un cheque por un valor muy considerable que significaba que podrían ampliar las instalaciones y comprar nuevo equipo médico.
Como su madre había dicho, era maravilloso, y no sólo para los niños, sino también para ella.
Miley fue pronto consciente del cambio que dio su madre, y el motivo no fue sólo el haber asegurado el paraíso que había construido para su hijo y otros niños con los mismos problemas que él, sino porque ella también estaría a salvo del monstruo que la tuvo aterrada desde el día de su boda.
Por eso no acababa de comprender el que su madre hubiera elegido llevar luto por su padre. Para ella, él no se merecía esa muestra de respeto, pero su madre decidió mantener las formas y la tradición tras la muerte de su esposo.
Pero el amor y el matrimonio aún estaban muy lejos para ella pues, aun con su padre muerto, no podría hacer su vida. Tardaría mucho en dejar atrás lo que Nick le había hecho la noche en que tocó las estrellas antes de que él la destruyera. ¿Qué hombre la querría? Nadie que ella conociera. Sabía lo que había hecho y que no había tenido opción, pero sabía también que aquella noche no la abandonaría nunca en su vida.
Y eso lo llevaba dentro como una pesada carga de la que nunca podría librarse. Sus sueños se lo decían una noche tras otra.
Nick desconectó el teléfono y suspiró agotado y frustrado. Su asistente llevaba tres semanas intentando concertar una cita con Miley. Tenía que hablar con ella, era imperativo y necesario, pero ella no quería. Se había cerrado a él del todo.
Miró por la ventana apretando la mandíbula. No podía viajar, porque tenía que estar en Inglaterra, disponible por si Miley Cyrus le daba una oportunidad.
Suspiró de nuevo. Tendría que ir a buscarla. No quería hacerlo; no quería ir al lugar donde había conocido la verdad sobre Miley y esa verdad lo había arrastrado a un pozo de negrura.
Pero si era el único modo de verla, lo haría.
—Dile a Maitland que quiero el coche listo en quince minutos —le dijo a su asistente.
Miley estaba en la piscina ayudando con la clase de natación. A los niños les encantaba la clase de natación, pues en el agua podían moverse con más facilidad. Al otro lado de la piscina Charlie y su amigo Tom jugaban a salpicarse entre risas.
—Miley, tu madre te llama —le dijo una de las trabajadoras desde el borde del agua.
¿Qué pasaría? Su madre sabía que estaba en la piscina y no la habría llamado si no fuera algo importante. Sintió un escalofrío de aprensión. Había vivido toda su vida en tensión, y los meses que habían pasado desde la huida de su padre del Reino Unido, con la amenaza de perder Beaumont habían sido tan estresantes, que no podía relajarse de verdad en ningún momento.
Y además, estaba aquel asunto de Nick Jonas intentando contactar con ella cada dos por tres...
Su rostro se endureció. Todo el mundo tenía instrucciones de rechazar sus llamadas.
Haciendo un esfuerzo, intentó pensar en otras cosas. Empezó a pensar en todo lo que se necesitaba hacer en Beaumont a corto plazo y así llegó hasta la salita de su madre, pero entonces otros recuerdos la asaltaron.
¡No! No pienses en ello, se dijo con rabia. Abrió las puertas correderas con fuerza, pensando que él no existía, que no tenía por qué recordar la opinión que él había tenido de la clínica antes de conocerla y que no debía permitirle el paso a su mente.
Su madre estaba en la salita.
Nick Jonas estaba con ella.
Miley casi dio un paso atrás, pero el rostro de su madre se iluminó al verla.
—Miley, ya estás aquí —le dijo—. Ven a sentarte.
Miley sintió un terrible nudo en el estómago que apenas le dejaba respirar. Como a cámara lenta, vio que Nick se levantaba del sillón en el que estaba sentado. Ella decidió no mirarlo y caminó lentamente hacia el sofá donde estaba su madre.
—El señor Jonas me estaba diciendo lo mucho que le gustaría ver lo que hacemos en la clínica. Seguro que tienes un momento para enseñarle los alrededores, ya que él se ha tomado la molestia de venir.
—No ha sido molestia en absoluto, señora Cyrus. Tenía muchas ganas de volver en circunstancias más agradables para todos —respondió Nick con suavidad.
Amabel inclinó la cabeza. Llevaba una falda negra y un suéter y chaqueta de cachemir del mismo color, adornada solamente con su habitual collar de perlas.
—Señor Jonas, tengo que decirle una vez más lo agradecida que le estoy. Sé que en términos legales, Beaumont era suyo...
—No —Nick levantó una mano y su voz falló ligeramente—. Lo que pasó con esta casa nunca debería haber ocurrido. Lo único que he hecho ha sido rectificar una situación que no debía haber tenido lugar. Ahora, si su hija puede tomarse un rato, le agradecería mucho que quisiera...
—Me temo que no es el momento más oportuno...
La voz de Miley sonó cortante, y su madre la miró disgustada.
—Querida, el señor Jonas es un hombre ocupado, y también muy generoso —había un tono reprobatorio en su voz.
Miley apretó los dientes. No podía hacer una escena delante de su madre, pero tenía que sacar a Nick Jonas de allí.
—Muy bien —murmuró—, si me acompaña, señor Jonas.
Se levantó bruscamente del sofá y abrió la puerta. Él la siguió hacia la entrada, cerrando la puerta de la salita tras él.
—Miley...
—Por aquí, señor Jonas —dijo ella, tomando el pasillo principal que llevaba a las salas de terapia.
Él la agarró por el codo y ella se quedó helada.
—Miley, he venido a hablar contigo, no a dar una vuelta por la casa. Tengo que hablar contigo.
Ella se giró hacia él. Estaba pálida.
—No, señor Jonas, no tiene que hablar conmigo. Y si es por eso por lo que está aquí, debo pedirle que se vaya —tomó aire—. Por favor, váyase.
Él la soltó. Ella no lo miraba.
—Miley—insistió él—. Tenemos que hablar. Me gustaría hacerlo en privado, pero si tú lo prefieres, podemos tener esta conversación aquí mismo. Te lo digo en serio. No me marcharé sin hablar contigo.
Ella lo miró y vio su rostro como tallado con cincel. Por un momento, se quedó sin aliento, y entonces se giró y fue hacia la puerta principal.
Él la siguió.
Miley tomó un camino que salía a la izquierda de la entrada de grava, que ascendía hacia una colina que protegía Beaumont. No le importaba si Nick Jonas la seguía o no; las gotas de lluvia acumuladas en las hojas de los árboles que caían sobre ella y el aire frío era lo único que notaba.
Ella sabía dónde iba: al mirador entre el bosque que daba a la pradera de la casa. El camino se hizo más empinado y ella apretó el paso. Unos pocos minutos más tarde, llegó a un templete de estilo griego con unos asientos de piedra en el interior. Había sido un refugio para ella, desde niña.
Mucho antes de que su hermano naciera, su madre pasaba tanto tiempo en Beaumont como podía, cuando no tenía que atender sus deberes como esposa de Giles Cyrus, y aquél era su espacio favorito, fresco en verano y con una vista preciosa.
También, y Miley lo sabía, estaba lejos de la casa y de la pradera, y nadie podría oírlos allí. Caminó hacia el interior del templete y se sentó en uno de los asientos, cruzándose de brazos.
En la entrada se recortó la figura de Nick Jonas contra el cielo gris.
—¿Y bien? —preguntó.
Su voz sonaba distinta, pero se la veía aún más tensa que en la casa.
Por un momento, él no dijo nada.
Miró a las praderas, desiertas entonces por el mal tiempo, y volvió sus ojos hacia Miley.
—¿Por qué no me dijiste por qué querías volver a comprar la casa?
A Miley le pareció que su acento sonaba más pronunciado.
—Lo hice —su voz era brusca.
Él sacudió la cabeza.
—Lo único que dijiste era que la propiedad era de tu madre, eso fue todo. Nunca me dijiste para qué se usaba este lugar.
—¿Cómo? Sabías que esto era una clínica. Lo mencioné varias veces.
—Una clínica de rehabilitación. Eso fue todo lo que dijiste. Y, como el resto del mundo, pensé... —tomó aire—. Pensé que los rumores serían ciertos y esto sería una especie de clínica discreta donde alcohólicos y drogadictos de la clase alta podrían recibir caros tratamientos en privado.
—¿Quieres decir alcohólicos y drogadictos como mi madre y yo misma?
—Había rumores sobre tu madre... de que bebía demasiado. Ahora, por supuesto, entiendo el motivo —Nick se quedó en silencio y su expresión cambió—. Cielos, si lo hubiera sabido... si lo hubiera sabido... —la vehemencia de su voz casi daba miedo. Dio unos pasos y se quedó quieto de repente.
Por un momento, se hizo un silencio sepulcral. Miley podía oír los latidos de su corazón en el pecho. Lo miró, pero él no le devolvió la mirada. Su rostro parecía una máscara gris.
—Perdóname, por favor. Perdóname por lo que te hice —le dijo él en un susurro. Miley lo miró.
—No puedo —le dijo.
Se puso de pie, con los brazos aún cruzados, pues sentía mucho frío. Un frío que le llegaba a los huesos.
—No puedo perdonarte —repitió—. No puedo perdonarme a mí misma.
—¿A ti misma? —Nick levantó las cejas.
—Sí —su voz era muy calmada, como si otra persona hablara por sus labios—. Sé que lo que hice tuvo una justificación moral. No podía permitirme el lujo de mandarte al infierno porque no podía fallar a mi madre ni a mi hermano, ni a los otros niños. Por ellos, no tuve otra opción más que hacer lo que me pedías, pero eso no cambia nada —su voz apenas era audible—. He visto a mi padre y a otros hombres como él usar a las mujeres por el sexo, y tú hiciste lo mismo que ellos. Me trataste como a la peor de las prostitutas. Aunque algún día sufra de amnesia, eso no podré olvidarlo. Lo que hice esa noche. Nada lo podrá borrar de mi mente. Nada.
Ella calló y bajó la mirada. ¿Qué más podía decir? Al levantar la mirada, sintió un torbellino de emociones que le pasaba por encima, zarandeándola, consumiéndola y atrapándola. Y entonces fue como si se encontrara en el centro de la tormenta, de una tormenta que no sólo venía formándose desde que conoció a Nick, sino desde que nació.
Su rostro se contrajo. El tornado que la sacudía había afectado a su voz:
—¡No tenías derecho a hacerlo! —le espetó furiosa, llena de rabia—. ¡No tenías derecho! Aunque quisiera este lugar no para Charlie y los otros niños, sino porque mi madre fuera una alcohólica o yo una drogadicta. ¡Eso no te daba derecho a tratarme como lo hiciste! —su palabras quemaban de la vehemencia con que ella las pronunciaba—. Me hiciste hacer algo que Dios nos dio para celebrar la vida y lo destruiste. Y no me digas que el sexo es natural ni nada parecido, porque el sexo que tú me pusiste como condición aquella noche no lo era. Aquello podría haber sido una película porno. ¡Y no te atrevas a decirme que el porno hoy en día es bueno y no hay que hacer revuelo por ello, porque yo no quiero que mi vida sexual sea así! Ningún ser humano decente lo quiere. ¡Y lo sabes! ¡Ni hombre ni mujer! Pero tú lo hiciste, tú querías que fuera así. Querías que fuera sumisa. ¿Y sabes cuál fue tu última traición? El hacer que yo sintiera placer con todo aquello. Yo no quería, no quería que fuera así, y mucho menos, disfrutar con ello —un escalofrío la estremeció—. Pero no pude detenerlo, porque nuestros cuerpos están destinados a disfrutar con el sexo, el regalo que Dios nos dio. ¡Y no trates de decirme que soy una neurótica reprimida! No es nada de eso. Es sólo que yo quería que fuera real. Quería que... —su voz se apagó.
El no se movió, pero había algo en sus ojos. Por un momento, sus ojos fueron un espejo para ella, pero el momento pasó enseguida, y pronto el lugar lo ocupó el vacío.
—Miley... No puedo deshacer lo que te hice. No puedes imaginar lo mal que lo estoy pasando con todo esto, pero quiero que entiendas algo... te lo suplico... Cuando... esa noche, yo pensaba que tú eras... así. Pensé que tú eras de esas mujeres.
Ella lo miró incrédula.
—¿Pensaste que yo era...? —se calló un momento y después sus palabras salieron como de una metralleta—. ¿Cómo te atreves a culparme a mí por aquello y decir que pensabas que yo era de ésas? ¿Qué te hizo pensar eso? ¿Qué pruebas tenías para creerlo? Hasta el día que fui a tu oficina con la oferta por Beaumont, lo único que había pasado entre nosotros había sido un beso. ¡Un beso! ¡Y de lo más inocente! ¿Cómo pudiste pensar que iba a pasar de eso a...? su voz se acalló, repugnada. Miley sintió náuseas.
—Pensé que eras ese tipo de mujer porque... —se detuvo unos segundos y después continuó—. Porque tu padre me ofreció acostarme contigo la noche que cené en el yate.
Ella sintió que la sangre se le congelaba en las venas mientras lo miraba.
—¿Qué?
—Me mostró la puerta de tu camarote. Estabas en la cama, medio desnuda. Parecías estar dormida, pero podías estar fingiendo, esperando a que yo llegara por orden de tu padre. Él pensó —su voz sonó cruda—. Pensó que si yo me acostaba contigo, detendría la compra —su voz cambió y se tornó urgente—. Miley, comprende que había rumores sobre ti... Decían que eras tan devota de tu padre que estabas dispuesta a hacer todo lo que él te pidiera, hasta acostarte con los hombres que le podían ser útiles. Hombres como Pierre Roflet, cuyo padre es presidente de un banco y podría haber ayudado a tu padre a evitar la compra de su empresa. Pierre estaba allí, en la Côte d'Azur...
—¿Pensaste eso de mí?
Había algo en su voz que indicaba tanto dolor como si le estuvieran clavando un cuchillo en el pecho.
—No lo sé, no te conocía. Por eso...
Su voz se oscureció, pero ella no notó nada más que las monstruosidades que le estaba diciendo.
—Por eso decidí averiguar la verdad por mis propios medios —siguió él—. Te puse esa condición esperando que la rechazaras, y cuando no lo hiciste... —apartó la vista de ella y la fijó en el muro de piedra—. No pretendía acostarme contigo, sino sólo... probarte. Por eso te dije que no la primera vez. Te dije que te marcharas a casa. Pero no aceptaste mi negativa y aceptaste mis «condiciones de venta». Y... cuando viniste hacia mí... sucumbí —se quedó pálido—. Me rendí, no pude resistirme a ti. Para mí fue como si tú me hubieras arrastrado a tu nivel, y no podía dejar que ganaras ni que tus trucos habían podido conmigo, puesto que yo no pretendía tocarte. Por un momento pensé que aquello iba más allá del trato. Después te hice lo que te hice.
Él se detuvo. Parecía tener dificultades para hablar y después, con un gran esfuerzo, acabó.
—Y después me negué a darte lo que querías para demostrarte que todo había sido en vano. Te dejé sin nada. Sabía que era un golpe bajo, pero estaba tan disgustado conmigo mismo y porque tú me hubieras tendido esa trampa que... te devolví el golpe.
Se calló. Sólo se podía oír los gritos de los niños y el canto de algún pájaro, pero nada más.
Lentamente, Nick volvió a hablar, como si cargara con un peso insoportable.
—Resultó que tú no eras la mujer que yo quería que fueras. Eras una mujer dispuesta a hacer lo que fuera necesario... —se detuvo en seco—. ¡Oh, Dios, Miley! ¡Me equivoqué del todo contigo!
A ella le ardía el rostro de furia y dio un paso atrás.
—¿Que te equivocaste conmigo? ¿Te atreves a decirme eso a la cara? ¿Quién demonios te crees que eres para probar a la gente para saber si esos asquerosos rumores eran ciertos? ¿Que mi padre me «prostituía»? ¿Que yo me acostaba con quien creía que podía beneficiarme, a mí o a mi padre? ¿Por qué crees que tenías algún derecho a someterme a esa prueba denigrante para satisfacer tu curiosidad? —Miley tomó aire hasta llenarse los pulmones—. ¿Quién te crees que eres para juzgar a una mujer? ¿Crees que aquellas posturitas porno las ejecuté yo sola? ¡Tú estabas allí! ¿Qué tipo de hombre se mete en una situación como ésa? El que cree que sólo las mujeres pueden ser promiscuas, y no los hombres... el que cree que las actrices porno son basura, pero no los hombres que ven sus películas... —se atragantaba de furia, pero tenía la sensación de que independientemente de lo que le gritara, él seguiría inmutable, como si aquello no le afectara—. Me das asco. Vienes y me dices que te equivocaste sobre mí... ¡Yo no me equivoqué sobre ti! Pierre Roflet me abrió los ojos sobre ti; me dijo que la mujer con la que saliste del hotel de Francia era una prostituta, que le había ofrecido a él también sus servicios. Pero a ti no te importaba pagar por sus servicios ni hacerme lo que me hiciste cuando creías que yo no era muy distinta de ella. Gracias a Dios que Pierre me dijo lo que era aquella chica, porque así pude sacudirme ese hechizo de luna y ver qué clase de hombre eras. ¡Qué clase de hombre eres! —Miley sentía tanto dolor en la garganta que apenas podía hablar—. Sé lo que eres; mi padre usaba a esas chicas —su voz no reflejaba ni un atisbo de piedad—. Un hombre que cree que puede permitirse probar a alguien no merece respeto. ¡Tú no mereces mi respeto! Y no vuelvas a acercarte a mí.
Lo miró por última vez.
—Sal —le dijo—. Márchate de mi vista y de mi vida.
Nick estaba tan serio que parecía que su piel se iba a romper de tanta tensión. Por un momento abrió la boca como si fuera a hablar, pero se quedó en silencio. Entonces la miró. Después bajó la cabeza, se giró y se marchó.
Tras él, Miley se quedó temblando. Las sombras se estaban apoderando de la tarde y de su alma.
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