lunes, 16 de abril de 2012

Capitulo 11.- FIN


EL TREN se estaba acercando a Londres. Miley no había estado allí desde que huyó de Nick, pero ahora tenía que volver a enfrentarse a él, y sentía un terrible nudo en el estómago.
Era más que miedo, pero no sabía exactamente qué. Y no se atrevía a preguntar.
La condujeron al mismo despacho que la primera vez que estuvo allí, y tras el escritorio estaba el mismo hombre que la primera vez. Dios, no tenía que haber ido.
Pero no se movió de allí, apretó la mandíbula y trató de controlar sus emociones. Tenía que hacerlo.
Él se movió hacia ella; Miley vio que sus movimientos carecían de la fluidez habitual, y que su rostro tenía un tinte grisáceo y cansado, como si no comiera ni durmiera.
Pero algo más que la sorpresa fue lo que sintió ella al verlo acercarse. Era una sensación familiar, algo que no debía permitir.
Las palabras salieron de sus labios salvajes y sin control. Tenía que saberlo... aquello no tenía sentido.
—¿Por qué me hiciste eso? Rescatas a chicas como Sofi, pero me trataste a mí como lo hiciste... ¡no tiene sentido!
Su voz sonó hostil y cortante.
—Traté de decírtelo —él se puso aún más gris—. Creí... creí que eras como tu padre.
Sus ojos parecían buscar el rostro de Miley, pero bajó la mirada. Era como si no tuviese derecho a ello.
—¡No tenías derecho a tratarme así! —Miley casi se ahogaba con las palabras.
—Lo sé —dijo él en voz baja—. Lo supe cuando —se detuvo, pero se obligó a continuar—... cuando comprendí lo que motivó tu comportamiento. Aquello fue una tortura, Miley, el saber por qué tú... tú... —fue incapaz de terminar la frase—. Fue una tortura.
Al ver su rostro, como envejecido, Miley sintió algo que no podía sentir por Nick Jonas. Era imposible. Aquel hombre era un monstruo que la había chantajeado por su cuerpo. ¿Cómo podía estar frente a él sintiendo aquello después de lo que había pasado en sus manos? ¿Cómo podía sentir lástima por él?
Pero había algo en él, en sus agónicas palabras, que traspasó la ira que le llenaba el pecho.
«No puede darme pena. Es enfermizo».
Miley estaba luchando contra algo que llevaba dentro y que intentaba salir a la superficie.
—Aquello fue una tortura para mí —continuó él—, porque cuando vi a tu hermano y a los otros niños y me di cuenta de lo que había hecho, supe que me había convertido en la persona a la que llevaba persiguiendo toda mi vida para destruirle. Me había convertido en él.
El ambiente se estaba enrareciendo y Miley lo miraba cada vez más tensa, sintiendo que iban a saltar chispas de su cuerpo en cualquier momento.
—¿Por qué? —le susurró ella—. ¿Por qué? ¿Qué te hizo?
Él la miró sin verla, como si estuviera viendo a otra persona.
—Cuando era niño, mis padres murieron en un terremoto. No quedó nadie vivo de mi familia —se detuvo un momento, casi incapaz de continuar—, más que mi hermana Ileana. Ella se encargó de mí. Ella era lo único que yo tenía. Cuando yo tenía diez años, ella se marchó. Aceptó un trabajo por el que ganaría bastante dinero para que yo pudiera estudiar. Yo estaba en un colegio religioso muy bueno, interno, e Ileana sabía, como mis padres, que si yo pudiera estudiar, tal vez podría tener un futuro mejor que el que tenían predestinados el resto de los niños de la aldea. Cuando mis padres murieron, no teníamos dinero. El país era un caos por la desgracia natural y por el revuelo político. No había esperanza y para que Ileana pudiera pagar mi educación, tuvo que marcharse a otro país.
Nick volvió a detenerse en su relato y Miley no se movió. Empezaba a sentir un frío aterrador
—¿Tengo que decirte en qué consistía el trabajo en el extranjero? —continuó él, mirándola—.—Ya conoces a Sofi y a las otras mujeres. Eso fue lo que le pasó a Ileana. Después de tantos años, aún no sé si ella sabía lo que le esperaba, pero me imagino que sí, porque en sus ojos había algo más que pena cuando se despidió de mí. Ella lo hizo por mí, por darme un futuro. Y por eso —se detuvo, como si las palabras se le hubieran acabado. Se estremeció—. Por eso, Miley, cuando me dijiste: «ven a ver esto...» —la voz se le quebró en la garganta—. Cuando vi a los niños en silla de ruedas... cuando vi a tu hermano...
La expresión de sus ojos era indescriptible y Miley casi no podía respirar de la presión que sentía en los pulmones.
—Tú eras Ileana; te sacrificaste igual que ella por tu hermano. Y yo... yo me había convertido en tu padre y en los otros hombres que le hacen esas cosas a Sofi, a Ileana y a las otras mujeres.
Calló, como repugnado.
—¿Dónde está Ileana ahora, Nick? —preguntó Miley cuando pudo articular palabra.
Él no dijo nada. Sólo la miró, pero ella esperó.
—Tu padre la mató. Dio una fiesta en una playa, en la casa privada del corrupto primer ministro de un país africano e invitó a mucha gente. Una de las chicas le irritó porque no quiso hacer lo que él quería. Por eso la pegó. La pegó hasta matarla.
El tiempo se detuvo y Miley sintió ganas de vomitar.
—Mi padre mató a tu hermana.
Su voz sólo reflejaba el horror que sentía.
—Tardé bastante en averiguar las circunstancias de su muerte, pues no hubo investigación, desde luego. Tu padre era un hombre rico, y el primer ministro tenía contactos... Además, la chica no era más que una prostituta y, ¿quién iba a echar de menos a una prostituta? Las prostitutas no tienen a nadie más que a sus chulos y a los hombres que pagan por sus servicios. Pero Ileana tenía amigas, y algunas la habían visto morir aquella noche. Cuando las encontré, me contaron lo que pasó. No podrían testificar ante ningún juez, así que supe que tendría que tomarme la justicia por mi mano.
Se volvió a hacer el silencio.
—No tuve que matarlo. Bastó con dejárselo a aquellos que lo harían. Ellos serían los vengadores de la muerte de mi hermana —miró a Miley—. Tu padre no tuvo una muerte dulce. Se tarda un tiempo en golpear a un hombre hasta la muerte.
Justicia. Habían hecho justicia con su padre. Había pagado por todos sus pecados. Tantos pecados... y el peor de ellos, el asesinato.
Unos brazos la guiaron hasta una silla. Miley bajó la cabeza y enseguida la levantó. Cuando lo hizo, él apartó las manos de ella, como si le quemara.
—Cielos, Miley. Lo siento. No te lo tenía que haber contado. No te lo tenía que haber contado.
—No... no... —Miley se pasó una mano por la frente—. Me debías odiar de verdad. Por ser su hija...
—¿Odiarte? — Nick estaba de pie delante de la ventana, y su silueta se recortaba contra la luz de la calle.
Miley se empezó a levantar. No tenía sentido seguir allí. El horror de lo que había escuchado la había impresionado. Nadie debería pasar nunca por algo así.
—¿Cómo no ibas a odiarme?
Entonces la habitación empezó a darle vueltas, y se dejó caer sobre la silla.
—¡Miley!
Ella movió la cabeza, casi sin voluntad. Veía a Nick borroso, intentando sujetarla, pero entonces, la soltó. Como estuviera contaminada.
—Me hiciste aquello para castigarme por ser su hija. Ahora lo entiendo.
Él bajó la cabeza, reconociendo su error.
—Y ahora soy yo el que recibe el castigo —su voz era gélida como el viento ártico—. Castigado por tu odio. Por el odio que me tengo a mí mismo por haberme convertido en lo que me he convertido: en un hombre como tu padre.
—No digas eso —replicó ella, como si sus palabras le dolieran—. No puedes decir que eres como esos hombres que van con prostitutas y las matan.
—Ése no es el motivo por el que no soy como tu padre, Miley—Nick tomó aire—. Soy como él porque... porque disfruté del sexo contigo. Fue muy excitante y erótico —la miró y vio en sus ojos el terror y la deshumanización que también él había sentido—. No podía haber hecho lo que te hice si no lo hubiera considerado excitante —bajó la mirada—. Como dijiste, te obligué a pasar la noche conmigo y, aunque lo que hice me resultaba repugnante, también me gustó. Por eso soy como él.
Entonces ella se levantó.
—¡Nada de eso! Cielos, ¿es que crees que los hombres como mi padre sienten repugnancia por ellos mismos? Desde luego que no. Creen que las chicas a las que usan son basura, pero no ellos —dio un paso adelante. Sus ojos llameaban—. Tú eres diferente. Tú sabes lo que hiciste y te odias por ello. Te odiabas por haber sucumbido a los encantos de la mujer que creías que yo era. Y eso significa que no eres como ellos. ¡No lo eres!
Algo le estaba ocurriendo a sus negros ojos. El vacío que había en ellos estaba cambiando.
—Miley, no merezco tu perdón. No me perdones, por favor.
Ella lo miró a los ojos. Era como si se estuviera hundiendo en ese vacío y fuera a perderse en él. Pero ella lo sostuvo.
Nick, tienes que olvidarte de todo lo que hiciste. Eres un buen hombre y has sufrido mucho —ella se estremeció y siguió mirándolo como si su vida dependiera de ello—. Tienes que dejar atrás la carga de tu culpa —Miley se detuvo. También ella se sentía más ligera, como si ya no hubiera carga que llevar—. Nick, piensa en todas las cosas buenas que has hecho: piensa en las chicas que has rescatado, en que has hecho justicia a un asesino que mató a tu hermana y pegó a su mujer hasta dejar inválido a su hijo. Sin ti, mi padre aún seguiría libre por el mundo, y posiblemente volvería a matar. Y sí, yo te perdono completamente. Ahora —la garganta se le cerró—, ahora tienes que perdonarte a ti mismo, Nick.
Ella fue hacia él, que estaba rígido e inmóvil, pero sus ojos sí mostraban vida.
—Escúchame, Nick. Nuestras vidas han estado marcadas y malditas por mi padre. Causó tanto horror en su vida que ahora no podemos dejarlo ganar —tomó aire—. Sofi dijo que teníamos que luchar, y eso es lo que tenemos que hacer: tenemos que luchar contra el horror, juntos, Nick. Podemos hacerlo, Nick, y podemos ganar —ella lo miraba, pero su rostro parecía el de una máscara. Miley le obligó a levantar la cara y le acarició la frente—. Y así es como tenemos que luchar —dijo, y rozó ligeramente sus labios con los de él—. Así —sus ojos brillaban con algo más poderoso y más fuerte que toda la corrupción y el horror.
—Hazme el amor, Nick Usa el regalo del sexo para lo que fue inventado. No para corromper y ensuciar, sino para celebrar que somos humanos y celebrar... algo más —dejó caer las manos lentamente—. Tuvimos un momento en el que nos vimos el uno al otro como realmente somos. En esos segundos a la orilla del mar, éramos nosotros mismos, aunque los dos creímos que el otro era una ilusión. Pero la ilusión era cierta.
—Eso era lo que yo intentaba volver a encontrar —interrumpió él—. Oh, querida Miley, créeme cuando te digo que era lo único que buscaba cuando te hice pasar por aquella pesadilla. Estaba buscando en ti a la mujer a la que había seguido y seguiría hasta el infierno. Estaba desesperado por encontrarla... era la mujer de quien me quería enamorar.
Su rostro se contrajo de dolor de nuevo. Nick no vio cómo los ojos de Miley se iluminaron cuando él dijo esas palabras, pues sólo podía ver la oscuridad de su alma.
—Al no encontrarla, al pensar que era la criatura corrupta del hombre al que odiaba con todas mis fuerzas, entonces... entonces quise castigarte por no ser ella. Por destruir mis esperanzas y la fantasía a la que besé bajo la luz de la luna.
—Fue real. Yo soy la realidad que buscabas. Y el hecho de que me buscaras, oh, Nick, el que intentaras encontrar a la verdadera Miley después de que yo huyera de ti por no soportar el peso de mi pasado, eso me dice que tú eres la realidad que yo buscaba.
Ella extendió las manos hacia él.
—¡Oh, Nick! Quiero que seas mi realidad. Te necesito. Te necesito mucho.
Sus ojos se llenaron de lágrimas y, al verlo, él exclamó y la abrazó contra su pecho.
—¡Miley! ¡Oh, Miley!
Él empezó a hablar y a hablar, y aunque ella no lo entendía, sabía lo que estaba diciendo mientras ella lloraba en silencio contra su pecho. Entonces la separó de él para mirarla. En sus ojos sólo había luz; la oscuridad había desaparecido.
—Mi único amor nació de mi único odio —dijo él, con la mirada fija en ella—. Ha sido un milagro, el regalo más grande que se pueda recibir: tu amor...
Ella lo miró y entrelazó las manos con las de él.
—Y yo tengo el tuyo. Lo veo en tus ojos.
—Y nunca volverás a llorar —dijo él, inclinando la cabeza para besarla—. Porque te daré mi vida. Mi vida y mi amor para el resto de mis días.
—De nuestros días —dijo ella—. Pero sí lloraré, Nick. Llevo demasiados años conteniendo mis emociones, pero ahora puedo llorar y volveré a hacerlo, pero entonces te alegrarás, te lo prometo —y lo besó con dulzura—. Confía en mí. Serán lágrimas de felicidad.


   
                                  FIN

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