martes, 10 de abril de 2012

Capitulo 4.-

Miley se despertó de su turbulento sueño mucho antes de la madrugada. Contuvo el aliento y se apartó del tibio cuerpo desnudo de Nick.
Le dolía el cuerpo y cada milímetro de su piel le quemaba por sus besos. Pero eso no era nada comparado con el dolor de su corazón.
Las imágenes eróticas se agolpaban en su mente. Imágenes de las caricias de Nick en su deseoso cuerpo, de sus labios, de sus manos volviéndola loca. Y su reacción inmediata, salvaje, desvergonzadamente abandonada a su deseo. La había vuelto loca de deseo. Le había rogado con impaciencia:
—Ámame... ¡Por favor, ámame!
Ahora esas imágenes la atormentaban.
—Te deseo... ¡Cómo te deseo! —le había dicho él.
Y la había poseído.
Cuando ella había gemido de dolor, Nick había parado y ella se había movido frenéticamente contra él, invitándolo a que se adentrase más profundamente. Porque no quería que parase. Por nada del mundo.
Y entonces tampoco Nick había podido frenar su desbocado deseo. Le había agarrado el trasero, y con la respiración entrecortada se había internado más profundamente, eróticamente, suavemente. Y Miley se había sumergido en un placer trascendente, al margen de todo, excepto del delicioso goce del acto de hacer el amor.
Hasta que su cuerpo había explotado en un cataclismo de éxtasis que la llevó a la cima del placer junto con él.
Nick la había abrazado, lo recordaba.
Ahora intentaba reunir el coraje para recordarle que debía marcharse a su habitación antes de que alguien se despertase.
No habían hablado durante aquella unión perfecta. Nick solo la había abrazado y le había acariciado el cabello en la oscuridad hasta que ella se había quedado dormida.
Pero no había dormido relajadamente.
¿Qué iba a pensar de ella? Era terrible imaginarlo.
Apenas lo conocía y ya se había acostado con él. Se había portado como una cualquiera!
Le había rogado que la amase, pero el amor no entraba en aquel lote. Nick había hecho el amor porque ella debía de haberle enviado las señales adecuadas.
Así que no podía culparlo. Cualquier hombre habría aceptado algo que se le ofrece en bandeja.
Era como su madre.
Molly Cyrus había hecho el amor con un hombre inalcanzable y no había medido las consecuencias, viviendo solo para la siguiente vez que viera a su amante secreto.
Así que tal vez no debiera culpar a su padre por lo ocurrido, después de todo. Tal vez no hubiera sido lo suficientemente fuerte como para rechazar algo que se le ofrecía abiertamente.
Miley se estremeció al pensarlo. En aquel momento Nick se movió y preguntó en español:
— ¿Tienes frío, cariño? Ven a mi lado. Yo te daré calor.
—No creo que sea buena idea —se apartó Miley, avergonzada.
No había nada que deseara más que volver a hacer el amor con él, pero no podía hacerlo.
—Solo quiero hablar contigo. Te doy mi palabra de honor —le aseguró Nick.
Tiró de ella y la apoyó en las almohadas. Luego la tapó con las mantas.
Miley deseaba desaparecer de la faz de la tierra.
Seguramente Nick le haría prometer que no contaría nada a nadie sobre lo que acababa de ocurrir.
No querría que nadie supiera que el respetado y rico hombre de negocios se había acostado con la humilde mujer de la limpieza.
Y ella no podía decirle que era la hija de un miembro de la realeza.
No podía decírselo a nadie hasta que no se lo dijera a su padre, y tal vez ni siquiera entonces. Porque tal vez Marcus no quisiera que le recordasen indiscreciones de su pasado, o le dijera que no quería saber nada de ella.
Además, cuando se enterase Nick. la odiaría por ser la hija, fruto del engaño de Marcus a su querida tía.
Nick se apoyó en un codo.
Miley esperó a que Nick le dijera algo horrible. La luz del amanecer entró por la ventana de la pequeña habitación.
—Tengo que marcharme. Madge se levanta temprano y no quiero comprometerte —dijo él.
Miley estaba a punto de llorar. Era un verdadero caballero. No la trataba como a una ramera. Sino que estaba pensando en ella.
Nick le quitó un mechón de pelo de la frente y le agarró la barbilla.
—Eras virgen, Miley. Debería lamentar lo que sucedió, debería disculparme, pero, sinceramente, no puedo. Fuiste tan... —hizo una pausa, como si su aptitud para hablar inglés lo hubiera abandonado. Deslizó la mano por el cuello de Miley y le dijo— Fue sensacional...
Sus caricias, su fragancia, su belleza… la mareaban.
Ella hubiera deseado abrazarlo y decirle que lo amaba. Volvió a excitarse. Pero sus siguientes palabras la enfriaron.
—Como esta ha sido tu primera vez, no creo que hayas usado nada para protegerte.
Ella lo miró con la boca abierta.
—Me refiero a protección contra un embarazo.
Miley se quedó sin palabras, y negó con la cabeza. Estaba demasiado avergonzada de su comportamiento como para decir algo.
—Yo tampoco me puse nada. Es inexcusable. Podrías estar embarazada, Miley. Es algo en lo que los dos tenemos que pensar.
Oyó el roce de tela de la ropa de Nick mientras este se vestía. Miley sintió ganas de llorar.
—Tenemos que hablar más detenidamente de este tema. Mientras tanto, prométeme que no te preocuparás —dijo Nick antes de abandonar la habitación.
Miley jamás se había sentido tan sola.
¿Cómo no se iba a preocupar? La historia podría repetirse y su vida ser un desastre, igual que la de su madre. ¿Cómo podía no preocuparse?

Nick se dio una ducha rápida, se cambió de ropa y salió de la casa en la madrugada de primavera.
Un paseo lo ayudaría a aclarar su mente y a poder estar seguro de las decisiones que empezaban a tomar forma.
Luego, como solía hacer, actuaría.

— ¡Para algunos está bien! —exclamó Sharon mientras comía un huevo con salchichas.
Sharon vio a Nick por la ventana de la cocina y miró. Era normal que mirase. Era tan guapo que cualquiera hubiera mirado. Con aquel vaquero y aquel jersey grande estaba muy atractivo.
Miley sintió un malestar en el estómago.
Desde que había decidido bajar a desayunar su estómago estaba revuelto. Sentía náuseas por momentos, como si se tratase de las náuseas de un embarazo. La preocupaba que pudieran ser el resultado de lo que había sucedido la noche anterior.
—Tienes que admitirlo, es un tío bueno de verdad - dijo Sharon, tomando una tostada con mermelada. Miley no había podido tomar nada prácticamente.
—El señor debe tener hambre -dijo Madge. Y se levantó de la mesa.
De pronto Miley pensó que si la historia se volvía a repetir...
— ¿Está casado? —preguntó de pronto Miley en voz alta, cuando no había sido su intención hacerlo.
— ¡No! —exclamó Madge—. Una vez, cuando le dije que era hora de que asentara la cabeza, me dijo que por qué iba a tener que contentarse con una flor cuando podía tener un ramo —Madge chasqueó la lengua—. Sin embargo, algún día le llegará el momento.
— ¿Estás fantaseando con la posibilidad de ligártelo? - exclamó Sharon—. Olvídalo. Si hubiera alguna posibilidad, yo me lanzaría de cabeza. Pero supongo que elegirá a una de su clase. Una mujer fantástica, con pedigrí y mucho dinero. No se contentará con menos.
¡Como si necesitase que se lo recordasen!, pensó Miley. Se excusó y se marchó.

Nick entró en la casa por la zona de servicio. Se quitó las botas de andar y se puso unas zapatillas. La casa olía a beicon y huevos. Pero cuando había entrado se había sentido tan decepcionado que temió volverse loco.
No había rastro de Miley. Solo un plato con una tostada a medias, donde debía de haber estado comiendo. Madge estaba haciendo café. Sharon estaba comiendo la última que quedaba en la panera. El mono marrón le tiraba en las costuras.
Hasta con el mono de trabajo Miley le parecía sexy, pensó Nick, recordando su imagen, cuando recuperó la cordura y se le pasó la frustración por no encontrarla. No veía la hora de hablar con ella, pero podría hacerlo a la hora de la comida.
—Aprovecha ahora, Sharon —le dijo Madge a Sharon. Tenía el café en una mano y la panera llena de tostadas recientes—. Miley es muy dura para esto. Y no quiero venir y encontrarte cotilleando y perdiendo el tiempo.
Nick se reprimió una sonrisa cuando Sharon puso los ojos en blanco y se puso de pie.
—Trabajaré esta semana completa y luego lo dejaré. Este trabajo es muy aburrido, y no estoy acostumbrada a que me traten como a una niña. Mi novio quería ir a una discoteca anoche, pero no pudimos. Me propuso no venir a dormir aquí. Me podría haber quedado en su casa. Me propuso que os dejase colgados. Pero le comenté que no me pagarían si no trabajaba toda la semana. Y no pienso limpiar suelos gratis.
Miró a Nick con la cara roja, como buscando su aprobación. A él le venía bien que se marchase Sharon. Era perfecto para sus planes.
—Lamentaremos perderla, Sharon. Parece tenerlo decidido, así que no le insistiré en que se quede —dijo Nick.
Sharon se marchó de la cocina.
-¡Esa chica es tan poco de fiar como el resto de su familia! El señor Marcus espera que la casa esté reluciente cuando vuelva con su prometida. Miley es trabajadora, pero no puede hacerlo sola, ni siquiera ayudándola yo. Y es tarde para poner otro anuncio.
—Relájate, Madge. Siéntate, ¿quieres? —Nick le hizo señas hacia la silla que estaba frente a ella y empezó a comer el beicon de su plato.
Tenía apetito a pesar de los fantasmas y remordimientos que lo habían acompañado por la mañana temprano.
Pero había hecho frente a esos fantasmas. No había excusa que justificase su comportamiento.
Pero al menos ya sabía qué debía hacer.
—Déjamelo a mí —le dijo a Madge.
Y cuidadosamente le habló de las decisiones que había tomado. Madge alzó las cejas al enterarse de cuáles eran los planes de Nick para Miley.
Media hora más tarde había puesto en funcionamiento la primera parte de su plan. Una pareja de limpiadoras se presentaría al día siguiente por la mañana.
Lo único que le quedaba por hacer era informar a Miley de los cambios en el servicio doméstico. ¿Acaso no le gustaban los desafíos a él?
Subió las escaleras y se dirigió a la habitación donde estaban trabajando las muchachas, guiado por la risa fuerte de Sharon. Estaban en el dormitorio principal.
La puerta estaba abierta. Al acercarse oyó decir a Sharon en respuesta a una pregunta que había hecho Miley.
— ¿La cabaña Briar? Claro que la conozco. Es la cabaña de una finca. El jardinero principal vive allí. ¿Por qué me lo preguntas? ¿Conoces a alguien?
—No, no. Una persona que sabía que venía a trabajar aquí me la mencionó. Me dijo que era muy bonita. Y no sabía dónde estaba.
—Tienes que doblar a la derecha al final del camino de entrada, bajando la cuesta. Luego vuelves a doblar a la derecha y tomas un sendero y llegas enseguida. Es bonita, si te gustan las rosas y esas cosas. Yo prefiero otro tipo de lugares.
Nick se sonrió. Evidentemente Sharon no apreciaba la vida rural. Entró en la habitación. Sharon estaba echada en la cama de Marcus, encima de una colcha sucia, mirándose las uñas comidas de las manos.
Lo vio y se levantó de la cama. Pero él solo tenía ojos para Miley. Estaba de espaldas, limpiando los’ cristales de la gran ventana. El sol de la mañana iluminaba su cabello como si fuera de fuego. A diferencia de Sharon, Miley estaba poniendo el alma en su trabajo. Se ganaba cada penique de lo que cobraba.
Sintió ternura por ella. Aquello lo sorprendió. Ocurriese lo que ocurriese, no permitiría que Miley sufriera por lo que había ocurrido la noche anterior. Había sido mágico, instintivo, mucho más trascendente que otras relaciones que había tenido.
Pero no quería pensar en ello.
Lo borraría de su memoria y se aseguraría de que no volviera a ocurrir.
Miley no se había dado cuenta de su entrada silenciosa en la habitación.
—Supongo que no recuerdas a la familia que vivía en la Cabaña Briar, antes de que el jardinero actual ocupase su puesto, ¿no?
—Yo sí —intervino Nick.
La vio quedarse pasmada.
—Ha habido un cambio de planes, señoritas —dijo él.
Sharon se había puesto a limpiar relajadamente ahora.
—He decidido contratar a un equipo de limpieza. Empezarán a trabajar mañana. Les pagarán hasta el final de la semana, así que pueden hacer las maletas y marcharse ahora.
Miley se puso pálida. A pesar de haberle dicho que no se preocupase por nada, le estaba ordenando que se marchase.
¡Encima, ella no había averiguado nada sobre su padre!
Ni siquiera había tenido la oportunidad de ver la cabaña donde había vivido su madre los primeros dieciocho años de su vida.
Pero no podía hacer nada. No tenía contrato con Troone Manor ni nada que la amparase como para poder seguir en el puesto de trabajo.
Miley recogió los artículos de limpieza. Observó que Nick daba unos papeles a Sharon y esta se marchaba.
Alzó la barbilla, a pesar del dolor que estaba causándole.
¡No iba a llorar!
¡Nick podía guardarse su asqueroso dinero! ¡Ella no iba a aceptar más que lo que le correspondía por esos días!
Nick se volvió hacia ella lentamente y la miró. Miley se dio la vuelta para marcharse. No podía mirarlo. Porque entonces caería en la tentación. Como su madre, se había enamorado perdidamente del hombre del que debería haber huido.
—Tú no te vas a ningún sitio —dijo él—. Dejé que se marchase Sharon porque el trabajo no es trabajo para ella. Contigo es distinto.
¿Porque trabajaba más? ¿Porque no se quejaba?
A Miley le dolió aquello.
Hacía un momento había estado a punto de llorar. Ahora sentía algo diferente.
Ella lo amaba, pero debía terminar con aquello. Si para huir de Nick tenía que olvidarse de su padre, lo haría. Porque si se quedaba cerca de él, se arriesgaría a amarlo más profundamente. A no poder tener una relación con otro hombre nunca más.
—Tú no me necesitas. Las limpiadoras profesionales lo arreglarán todo. Yo no haré más que molestar. Es mejor que me marche.
Se sentía vacía, desesperadamente vacía, sufriendo una pérdida imposible de soportar.
Lo mejor era marcharse. Si se quedaba estaría esperando todo el tiempo una sonrisa, una mirada, una palabra amable, no dormiría por las noches añorando que él estuviera con ella.
—Olvídate de la limpieza -dijo Nick impacientemente—. Es posible que te haya dejado embarazada, ¿no lo recuerdas? Quiero tenerte cerca hasta saber si estás embarazada. Me he aprovechado de ti, algo de lo que me arrepiento profundamente. No obstante, me haré cargo de mis responsabilidades. Así que te quedas.
¿Qué quería decir con aquello? ¿Que si estaba embarazada la llevaría a una clínica privada y le pagaría un aborto?
—Puedo arreglarme sola.
Nick se acercó a ella. Le tomó la barbilla y le dijo:
—No, no puedes. Y aunque pudieras, yo no lo permitiré. Me siento culpable solo con lo que ha sucedido, así que no quiero más motivos para estarlo —respiró profundamente y añadió— Cámbiate de ropa. Te llevaré a almorzar. Y mientras comamos te contaré mis planes.
Miley abrió la boca para decirle gracias. Pero él se lo impidió poniéndole la mano en los hombros y diciendo:
—Por favor, Miley, ven —sonrió.
Ella casi se ahogó en su sonrisa y en esos ojos grises. Y con aquella fragancia masculina casi se emborracha.
Asintió y bajó la cabeza. No podía negarle nada si se lo pedía de aquel modo.
Al parecer, era un caso perdido en lo concerniente a Nick.

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