El teléfono sonó poco después de las siete de la mañana. Miley saltó de la mesa en la que estaba tomando café y fue a responder, esperando que el ruido no hubiera despertado a su madre o a su hermano.
—Buenos días — la profunda voz de Nick la envolvió en una capa de calidez.
—¿Qué puedo hacer por ti? —preguntó fríamente, tratando de reprimir la emoción que se agitó en su interior.
—Hace una mañana maravillosa. El cielo está tan brillante y azul... Un fondo perfecto para un mensaje de amor. Nos vemos en la oficina a las nueve.
A continuación colgó, dejando a Miley totalmente confundida. ¿A qué había venido aquello? Colgó el auricular y frunció el ceño, pensativa. ¿Un mensaje de amor? ¿El precioso cielo azul?
Ciñéndose la bata, con el corazón latiéndole aceleradamente, salió al porche delantero.
Nick tenía razón. Hacía una mañana maravillosa. El aire estaba cargado de frescura, aunque el sol ya se hallaba sobre el horizonte y el cielo era un fondo perfecto para el avión que lo atravesaba, soltando humo en forma de letras.
—Oh, no —susurró cuando las primeras se hicieron visibles. Horrorizada, vio cómo su nombre se iba escribiendo en el cielo.
—¿Miley? ¿Va todo bien?
Miley se volvió y vio a su madre mirando el cielo. Un momento después, Brian se reunió con ellas.
—¿Qué pasa? —preguntó, siguiendo la mirada de su madre y de su hermana hacia el cielo—. ¡Oh, vaya! ¡Es genial!
Siguieron mirando en silencio mientras el avión terminaba de escribir MILEY, TE QUIERO en letras enormes.
Los ojos de Miley se llenaron de lágrimas mientras leía el mensaje de Nick. Aunque aquello no fuera un truco para conservarla como secretaria, aunque de verdad se creyera que estaba enamorado de ella, ¿cuánto tiempo durarían sus sentimientos? La locura que se había apoderado momentáneamente de él pasaría y se daría cuenta de que no estaba enamorado de ella.
No podía ceder. No podía permitirse caer en la fantasía que Nick trataba de crear. No soportaría perder la felicidad que le daría tener su amor.
—¡Ese tipo debe de estar loco por ti, Miley! —exclamó Brian. Pasándose una mano por el pelo revuelto, añadió—: Yo me vuelvo a la cama.
Miley miró a su madre. Esta la miraba con gesto especulativo.
—¿Necesitas hablar?
Las lágrimas que Miley había contenido durante aquellos días se desbordaron. Por unos momentos fue incapaz de hablar, sintiendo que tenía el corazón en la garganta.
Su madre la tomó cariñosamente por un brazo y la llevó de vuelta a la cocina.
—Siéntate —dijo, y a continuación entregó a su hija un pañuelo—. Y ahora, cuéntame lo que pasa —añadió, sentándose junto a ella.
Miley sorbió por la nariz, tratando de contener las lágrimas, que parecían imparables.
Su madre permaneció pacientemente a su lado mientras lloraba, palmeándole la mano.
Finalmente, las lágrimas dejaron de manar y Miley pudo hablar. Primero habló de la semana en Mustang. Aunque no mencionó el hecho de que ella y Nick habían compartido la misma cama, si habló del curso de Barbara y de la cercanía que este había creado entre ellos.
—Creo que siempre he estado un poco enamorada de él —dijo, mientras secaba las últimas lágrimas de sus mejillas—. Pero esta última semana las cosas se me han ido de las manos.
Janette frunció el ceño.
—Debo haberme perdido algo. Me dices que quieres a Nick y, por lo que acabo de ver en el cielo, él también te quiere, así que, ¿cuál es el problema?
Miley suspiró.
—En primer lugar, no estoy segura de que me quiera. Creo que nuestra semana en Mustang lo ha confundido. En segundo lugar, aunque él crea sinceramente que me quiere, ¿cuánto durará? ¿Cuánto tiempo pasará antes de que decida cortar y salir corriendo como...?
—Como tu padre —concluyó Janette—. Ay, cariño —un profundo ceño marcó su frente mientras miraba a Miley con tristeza—. Te he observado a lo largo de los años y debería haber visto las cosas con más claridad, debería haberte dicho algo antes... cuando eras más joven.
Miley miró a su madre con curiosidad.
—¿De qué estás hablando? ¿Qué tenías que haberme dicho antes?
Janette suspiró profundamente antes de contestar.
—Como ya sabes, poco después de que tu padre nos dejara desarrollé un problema de corazón. Pero hasta este momento no me había dado cuenta de que a ti te había pasado lo mismo.
Miley miró a su madre, confundida.
—No comprendo...
—Cuando Brian era pequeño y tú estabas en el colegio lo utilizabas como escudo contra las citas. Siempre estabas demasiado ocupada para relacionarte, y preferías hacer cualquier cosa antes que salir.
—Eso no es cierto... —protestó Miley.
Janette alzó una mano para interrumpirla.
—Cuando Brian se hizo demasiado mayor como para que pudieras utilizarlo como escudo, utilizaste tu trabajo. Te ofrecías para trabajar horas extras, y también los fines de semana, impidiendo así que se desarrollara tu vida personal. Y esa actitud se debía al miedo.
—¡Eso es ridículo! —Miley prácticamente saltó de su silla, incapaz de seguir sentada mientras su madre diseccionaba su vida con la precisa intuición y la sabiduría de una madre.
—No, es cierto. El abandono de tu padre te dejó un vacío en el corazón, un vacío tan profundo que nunca has sido capaz de sanarlo, y temes dejar entrar a otro hombre en tu vida —Janette suspiró—. Conozco tu dolor, porque yo también lo he sufrido.
Miley dio la espalda a su madre y sus ojos se llenaron de lágrimas mientras pensaba en lo que acababa de decirle.
¿Era cierto? ¿Había quedado más marcada de lo que creía por el abandono de su padre? ¿Había utilizado a Brian como pretexto contra las relaciones, contra el dolor?
—Miley —la voz de su madre la hizo salir de su torbellino interior—. Conozco ese dolor y ese miedo porque son los que me han mantenido sola todos estos años —Miley se volvió a mirarla y su madre continuó—. Si quieres a Nick... y si él te quiere a ti, acéptalo. Aférrate a él y no lo sueltes. No dejes que el miedo haga que te quedes sola en la vida. Quiero para ti algo más que eso —Janette se levantó—. Ahora voy a echarme un rato. Piensa en lo que te he dicho, Miley. Piénsalo bien antes de tirar por la borda algo que podría implicar tu felicidad.
Con la mente hecha un caos, Miley miró a su madre mientras salía de la cocina.
«Aferrare a él y no lo sueltes», había dicho. ¡Cuánto le gustaría poder hacerlo! ¡Cuánto le gustaría perderse en el amor de Nick, sumergirse en la fantasía que sus palabras de amor desataban en su mente y en su corazón!
Su madre tenía razón. Tenía miedo. Pero era un miedo aún más profundo que el que su madre creía.
No solo era el miedo al abandono, sino también a la ineptitud, a saber que nunca podría dar la talla que Nick buscaba en una mujer.
Su madre nunca entendería ese miedo en particular, y ella era reacia a hablar sobre el tema. Sabía que su madre le quitaría importancia, que le diría que era una chica guapa y muy especial. Pero ella sabía la verdad. Era, y siempre sería, «enanita».
Pocos minutos después de las ocho, Miley llamó a la oficina y dejó un mensaje en el contestador diciendo que no iba a trabajar. Después de la apabullante declaración de amor de Nick, se sentía demasiado vulnerable como para verlo en persona.
A las nueve, Brian se fue a la universidad y su madre salió para ir al médico y luego a almorzar con unas amigas, dejando a Miley a solas con sus pensamientos.
Y cuando Miley no quería pensar, trabajaba. Pasó la mañana limpiando el cuarto de estar, tratando de no pensar en lo que estaría haciendo Nick, en cómo estarían yendo las entrevistas con las secretarias o en por qué no la había llamado después de haberle enviado aquel mensaje por el cielo.
Tal vez, alguna de las posibles secretarias fuera una atractiva rubia de generosos senos que además tuviera cerebro. Tal vez, esa nueva chica le había hecho olvidar su «amor» por ella.
Eran casi las dos cuando se sentó a la mesa de la cocina con la carpeta Maxwell frente a ella. Trabajar. Cualquier cosa para mantener la mente apartada de Nick.
Pero, a pesar de que no quería saber nada de él, el silencio del teléfono la estaba exasperando. Si la quería tanto, ¿por qué no la llamaba?
A las cuatro sonó el timbre de la puerta. Cuando abrió se encontró a Nick y a Brody Robinson, que le dedicó una agradable pero también desconcertada sonrisa.
—Nick... ¿qué hacéis aquí? —preguntó, con cautela.
—Eso es lo que llevo preguntándome las tres últimas horas —dijo Brody—. Se ha presentado en Mustang esta mañana temprano para decirme que lo siguiera hasta aquí, que tenía algo importante que decirme, pero que debía hacerlo aquí, contigo delante.
—Nick... no seas loco —dijo Miley, esperando que no tuviera intención de hacer lo que temía.
—Estoy loco —replicó él—. Loco por hacerte entender que te quiero de verdad —Nick se volvió hacia Brody—. Tengo algo que decirte, y no es precisamente algo de lo que esté orgulloso. Te mentí.
Brody frunció el ceño.
—¿Me mentiste? ¿Sobre qué?
—Miley y yo no estamos casados. Simulamos estarlo porque pensé que te perdería como cliente si averiguabas que estaba soltero.
—Entonces, ¿quién es ella? —Brody señaló a Miley.
—Mi secretaria.
Brody abrió los ojos de par en par.
—¿Y has dejado embarazada a tu secretaria?
—¡No! —exclamaron Miley y Nick al unísono.
Brody se pasó una mano por el rostro, perplejo, y Nick continuó rápidamente con sus explicaciones.
—Convencí a Miley para que se hiciera pasar por mi esposa, pero ahora me he enamorado de ella y quiero que nos casemos, pero no me cree porque te mentí.
—¿De verdad te llamas Miley? —preguntó Brody, como necesitando alguna verdad a la que agarrarse.
Miley asintió, con el estómago echo un nudo a causa de la ansiedad. Nick estaba loco. No debería haber hecho aquello. No debería haberse arriesgado a perder a Brody como cliente para demostrar algo que ella nunca creería.
Brody suspiró y miró a Nick.
—No sé lo que pasa entre vosotros. Quise que te beneficiaras del curso de Barbara porque me caes bien. Deberías haber sido sincero conmigo desde el principio.
Nick asintió con evidente pesar.
—Ahora lo sé... y si decides cambiar de agencia de publicidad, lo entenderé.
—¿Cambiar de agencia? —Brody miró a Nick como si hubiera perdido la cabeza—. Soy un hombre sencillo, Nick. Me gusta el calor del hogar y la familia, pero los negocios son los negocios. Tú eres el mejor en lo tuyo. ¿Por qué iba a querer cambiar de agencia? —moviendo la cabeza, sacó del bolsillo las llaves de su coche—. No sé qué pasa entre vosotros. Nunca he visto a dos personas que parecieran más casadas que vosotros dos —miró a Miley—. Si eres lista, cariño, te casarás con él y lo sacarás del pozo en que se ha metido. Cuando ha llegado esta mañana a buscarme estaba totalmente desquiciado. Se ha tomado muchas molestias para traerme hasta aquí y aclarar las cosas... aunque debo confesar que estoy más confundido que nunca —se encogió de hombros—. Y ahora me vuelvo a Mustang, donde mi esposa es mi esposa y sé exactamente cómo están las cosas —a continuación, dio media vuelta y fue hasta su coche, que se hallaba aparcado tras el de Nick.
—Estás loco —dijo Miley en cuanto estuvieron solos, recordando lo que había dicho Nick la última noche que pasaron en Mustang—. Te tomaste un montón de molestias para nada.
—¿Qué quieres decir?
—El último día me confesaste que en el fondo no supondría un gran problema para la agencia perder a Brody como cliente —replicó Miley, poniéndose de nuevo en guardia ante la atractiva presencia de Nick.
Él se quedó mirándola.
—Ven a dar un paseo conmigo.
—¿Qué? —el repentino cambio de tema confundió a Miley.
—Vamos. Solo ven a dar un paseo. Hay algo que quiero enseñarte —Nick alargó una mano hacia ella.
—¿Qué quieres enseñarme, Nick? —Miley quería gritarle, patear el suelo y rogarle que se fuera. Quería arrojarse a sus brazos y rogarle que la abrazara fuerte, muy fuerte.
—Tú ven conmigo —la vulnerabilidad de la mirada de Nick atravesó las defensas que Miley había tratado de erigir contra él.
A pesar de sí misma, aceptó la mano que le ofrecía y dejó que la llevara hacia el coche. Sabía que era una locura pasar un solo minuto en su presencia. La conversación con su madre la había dejado confundida, débil y vulnerable, y lo último que quería era caer presa de la fantasía de amor de Nick.
Una vez en el coche hizo acopio de todas sus fuerzas, sabiendo que iba a necesitarlas para contrarrestar el nuevo asalto que sin duda se avecinaba.
Nick le sonrió mientras ponía el coche en marcha.
—¿Recibiste mi mensaje esta mañana? —preguntó, cuando ya estaban en la autopista.
—¿Te refieres a esa exagerada muestra de tontería? —replicó Miley. Sabía que estaba siendo mezquina, pero no encontraba otro modo de mantener la distancia emocional.
Nick hizo un gesto de pesar.
—Vaya.
—¿Adonde vamos? —preguntó Miley y, sin esperar a que respondiera, añadió—: No importa adonde me lleves. Aunque me llevaras a la luna, nada cambiaría.
—Sé paciente conmigo, Miley —dijo Nick, suavemente—. Puede que mis intentos previos hayan sido extravagantes y excesivos, pero esta es la primera vez que estoy tan enamorado, y desconozco las reglas.
Miley miró por la ventanilla para que Nick no viera las lágrimas que ardían en sus ojos. Debería haberle cerrado la puerta en las narices. No debería haberse ido con él. Estaba a punto de desmoronarse, y no quería hacerlo delante de él.
Unos minutos después, Nick entró en una carretera por la que Miley no había circulado nunca. Tras hacer un giro a la izquierda y otro a la derecha, tomaron un camino que no parecía conducir a ningún sitio.
Miley se movió en el asiento, tratando de imaginar qué se traería entre manos Nick. ¿Iría a enseñarle algún viejo edificio con una nueva declaración de amor escrita en letras grandes en sus paredes?
No importaba. Nada importaba. Nada de lo que Nick Jonas dijera o hiciera la haría cambiar de opinión. Nunca había creído que la amara de verdad. Nunca se había permitido esperar... o soñar, porque la realidad siempre era demasiado dolorosa.
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