domingo, 15 de abril de 2012

Capitulo 7.-


Nick estaba junto a la ventana mirando la gente caminar por la acera, pero no veía nada. Miley Cyrus estaba a punto de revelar su verdadera naturaleza después de haberla puesto entre la espada y la pared. Su respuesta mostraría qué había en su interior: o saldría corriendo de allí, repugnada por su proposición... o no. Y si no lo hacía...
Nick se agarró las manos. Sería tan corrupta, sucia y despreciable como su padre. Sería intocable para él.

Miley se quedó quieta. Nada se movía a su alrededor, pero en la habitación contigua Nick la esperaba para que se acostase con él. Para él era de lo más normal.
En su cerebro se formó la imagen de Nick Jonas saliendo del salón de baile con una prostituta del brazo: él pagaba por sexo. Entonces recordó que él le había pedido un precio por Beaumont que no sólo se pagaba en libras.
La sensación de bienestar que había sentido cuando él la besó que le había traído recuerdos maravillosos, ya no existía para ella.
Entonces pensó en su reacción ante él, en cómo había sido incapaz de controlar su cuerpo y la culpa la invadió. ¡Cielos, ella misma se había predispuesto a aquello! ¡Ella le había dado la idea! Sintió una náusea y cerró los ojos. La imagen de lo que había pasado no desapareció en la oscuridad: Nick Jonas le había dicho que le vendería Beaumont a cambio de su dinero y de sexo.
Beaumont, la razón por la que estaba allí... para recuperarlo.
Tenía que recuperar Beaumont. Le costara lo que le costara.
«Tenías que haberte dado cuenta de que él es así desde el momento en que le viste con esa prostituta, pero querías que fuera alguien diferente...»
No lo era, y el dolor de ver sus ilusiones rotas fue como un corte de navaja.
«¡Nada de eso importa ahora! Lo importante es saber qué vas a hacer».
Tenía que recuperar Beaumont para su madre. No tenía opción. «Tengo que hacerlo. No puedo dejar de hacerlo, porque si no, tendré que vivir toda mi vida con la culpa de haberle arrebatado Beaumont a mi familia». Fue entonces cuando una vocecilla le dijo: ¿Podrás vivir contigo misma si lo haces?
Aquello era irrelevante. No podía pensar en sí misma.
«Esto es real. Él lo dice en serio. Quiere que me acueste con él o no me venderá Beaumont».
Miley sintió que se ahogaba.
«Cómo reiría mi padre al ver que al final accedo a hacer lo que él siempre quiso que yo hiciera...»
Recordó una vez, cuando tenía dieciocho años y se estaba preparando para ir a una fiesta que daba su padre. Él la miró, le dijo que se dejara el pelo suelto y le informó quién de los invitados tenía debilidad por las chicas jóvenes.
—Quiero que seas dulce con él —le había dicho—, y que llegues hasta donde sea necesario. El contrato que tengo entre manos significa mucho dinero para mí.
Ella lo había mirado y había declarado que si le volvía a decir algo así en su vida, llamaría a los periódicos sensacionalistas, que estaban deseosos de tener un motivo para echarse sobre él.
Con eso su padre se había retirado y la había dejado temblando de miedo y de rabia, pero el desafío que ella le había lanzado, y a los que él no estaba acostumbrado, había funcionado.
Su madre había aparecido aquella mañana con más maquillaje de lo habitual. Su madre...
¿Qué demonios importaba? Una noche de sexo con Nick Jonas... podría soportarlo. Debería soportarlo. Además, si aquello era prostitución, la culpa era de él, no de ella.
«Aquí se acaba esta historia. No dejaré que mi madre siga sufriendo. Tiene que recuperar Beaumont; es lo único por lo que vive. Tengo que recuperarlo para ella. Lo necesita».
Y no sólo su madre. Muchos más necesitaban Beaumont.
Pensó en sus muros de ladrillo rojo bañado por el sol, en los bosques que rodeaban la casa, los jardines que se extendían hasta el valle. Era una bonita casa, pero era algo más que eso. Era un refugio de la injusticia del mundo, un santuario protector.
Para todos a los que protegía.
Y el único modo de recuperarlo era acostándose con Nick Jonas. Él lo había dejado claro.
Por un momento, Miley pensó que se le rompería el corazón, pero, con un esfuerzo sobrehumano, aplastó aquella dolorosa sensación y se puso la máscara que había llevado toda su vida. Eso la ayudaría a pasar por lo que tendría que pasar.
«Puedo hacerlo. Tengo que hacerlo porque si no, no podré perdonarme a mí misma. Tengo que hacerlo porque no me queda otro remedio, pero esto no es culpa mía. Tengo que hacerlo».
Lentamente abrió los ojos y fue hacia la puerta.

Nick, con los nervios en tensión y a la espera de que Miley Cyrus le diera una prueba de su verdadera naturaleza, decidió darse una ducha.
«Por Dios, que no esté fuera cuando salga. Que se haya ido corriendo. Así podré correr tras ella, arreglarlo todo. Por favor, que sea la mujer que quiero que sea».
Ése había sido su único pensamiento toda la noche, pero había ocultado sus sentimientos todo el rato, menos cuando la besó. No debería haberla besado. Había sido una locura probar sus labios de nuevo, y una tortura el dejarla tras hacerle esa infame oferta que estaba rezando con todas sus fuerzas que ella rechazara.
«Que no esté fuera cuando yo salga».
Nick cerró el grifo y se secó con una toalla que después se enrolló en la cadera.
Impasible, abrió la puerta del baño.
«Que no esté fuera».
Ella estaba allí.
Sintió que algo impactaba sobre él, como si le hubieran disparado. Ya lo sabía. Ya tenía su respuesta, y no le gustaba nada. Se quedó con la mano apoyado en la jamba de la puerta un momento mientras la sensación de desilusión se veía reemplazada por otra distinta.
Ella le daba la espalda, tenía el pelo suelto sobre los hombros y se estaba quitando la ropa metódicamente. Había puesto la falda y la chaqueta del traje encima de una silla, sus zapatos y el bolso en el suelo junto a ésta, y estaba quitándose las medias.
Él la miró sin poder hacer nada, aunque su mente le pedía a gritos que reaccionara.
Ella bajó las manos por las piernas recogiendo las medias, primero una y luego la otra. Después las sacudió ligeramente y las colocó sobre la falda. Después, se quitó el liguero y las braguitas y las añadió al montón.
Él empezó a sentir cómo el sudor le corría por la frente.
Ella había pasado a ocuparse del sujetador. Con un movimiento que a él le pareció complicado, se lo quitó por debajo de la combinación de seda.
Nick sintió un tremendo calor en la entrepierna al verla poner el sujetador encima de todo lo demás. La tensión de su cuerpo era pura agonía.
«Líbrate de ella, por Dios. ¡Dile que se marche!»
En ese momento, él apartó la mano de la jamba de la puerta y dijo:
—Bonito espectáculo, Miley, pero has perdido el tiempo. El trato está cancelado.
Su voz era gélida, como la de un muerto.

Miley se quedó petrificada. Se había dado cuenta de que él estaba allí porque había dejado de oír el ruido de la ducha, pero no podía girarse ni si con ello salvara su vida. Se había convertido en una especie de autómata. Tenía que quitarse la ropa para poder meterse en la cama con él y tener sexo con Nick Jonas. Así él le vendería Beaumont y su madre estaría segura, y todos los demás que necesitaban Beaumont. La lógica de todo aquello era irrefutable.
Miley oyó sus palabras, pero no acabó de comprenderlas.
Al girarse para verlo, el corazón le dio un vuelco en el pecho. El no llevaba nada más que una toalla alrededor de la cintura, y su cuerpo era puro músculo. La sangre le ardía en las venas, pero entonces comprendió su frase.
¿Qué había querido decir? Ella había hecho lo que él le había pedido. Estaba lista para pasar la noche con él y recuperar Beaumont de la única manera que él le estaba permitiendo.
—No me mires así —dijo él al ver su expresión confusa—. Ya no hay trato. Eso es todo. Ponte la ropa y márchate. No voy a venderte Beaumont.
Su voz fue como un chirrido metálico.
—¿Qué? ¿Qué has dicho? —Miley lo miró a los ojos y empezó a ahogarse en ellos.
—Ya me has oído. Vístete y márchate de aquí.
Entonces ella volvió a la realidad y al por qué estaba allí. Y no comprendió nada.
—¿Cómo?
—No discutas, Miley—dijo él, controlando la emoción que por un momento había aparecido en su rostro—. No hay trato, no hay venta y no hay discusión posible. Vete.
Ella sólo oyó una frase de todo eso: «no hay venta». No podría comprar Beaumont. Se acabó el refugio para todos aquellos que lo necesitaban.
— ¿Por qué?
Necesitaba una respuesta, pero él la miró y declaró una vez más.
—He dicho que no quiero discusiones. Vístete y vete.
La ola de emociones que crecía dentro de ella rompió por fin contra la orilla. ¿Cómo la había hecho pasar por aquello y después le decía que no le vendería la casa? ¿Iba a mandarla a casa con las manos vacías después de lo que le había hecho?
La furia y la desesperación hicieron presa de ella. Miley dio un paso adelante y lo agarró de un brazo. Le pareció de acero, pero no le importó. Nick Jonas le había dicho que no habría venta, y le clavó las uñas en los dos brazos.
Él no se movió, ni un músculo. Estaba rígido por la tensión. La miró y ella notó el estrés que ocultaba tras el velo que cubría su mirada.
No iba a vender. Miley no podía sacarse eso de la cabeza.
Bueno, pues sí lo haría. Ella tendría que convencerlo de que mantuviera el trato, y más después de haberle obligado a entrar allí y quitarse la ropa, hacer lo que el monstruo de su padre le había pedido tantas veces que hiciera: acostarse con un hombre por interés.
Por necesidad. Por necesidad desesperada.
Nicholas Jonas era un degenerado que compraba a las mujeres, y ella iba tener que venderse a él, pero no iba a dejar que la engañara.
Con los ojos brillantes, Miley le pasó las manos por los brazos, levantó la cabeza y una cascada de pelo dorado cayó sobre sus hombros. Sus pechos se adivinaban bajo la fina tela de la combinación, y ella se acercó más a él, sus pechos rozando su torso, e inmediatamente sintió cómo los pezones se endurecían.
Él la miraba sin luz en los ojos. Miley vio que apretaba las mandíbulas en un ejercicio de autocontrol, y supo que tenía que romperlo. Él había sido el que la había llamado a su cama y después rechazado.
No iba a venderle la casa.
Sí, Nick tenía que vender, y ella acabaría rompiendo su autocontrol.
De repente, él sacudió los brazos y se zafó de ella. La agarró por los hombros con una fuerza enorme y ella sintió que se quedaba sin respiración. Por un segundo, Miley pensó que la empujaría hacia atrás. A Miley le llameaban los ojos, la combinación se había deslizado y dejaba ver sus pechos llenos y sus pezones endurecidos.
Él estaba tenso, con la cara contraída, y entonces, en vez de apartarla, la trajo hacia sí y la besó.
Miley se sintió triunfante. Por un segundo la invadió una furiosa satisfacción, pero enseguida pasó. Fue como si algo más poderoso de lo que había sentido nunca la llevara en volandas. La sensación la devoró.
Él la besó con furia y la sujetó de modo que Miley no podía moverse, ni pensar ni sentir nada más que la lujuria de su boca, su cuerpo duro y contra él y sus lenguas entrelazándose y buscándose.
A ella se le escapó un gemido mientras sus manos apretaban sus duros bíceps mientas él buscaba su boca y cambiaba de ángulo constantemente. Ella le correspondía mordiendo, dejándose y siguiéndolo. Su cuerpo sufrió una sacudida, desde la boca, los pechos a cada rincón de su cuerpo, que le produjo un calor violento e insoportable.
Fue de repente. Miley lo deseaba. Lo deseaba hasta perder el sentido. Buscó su torso con urgencia con las manos y se apretó contra él, deseosa de sentir el duro golpear de sus caderas contra las de ella. Entonces la toalla desapareció; cómo o dónde, a Miley le daba igual. Se echó sobre él acariciándole la espalda y agarrándolo con fuerza.
Estaba muy excitada. Quería más, mucho más. Sintió que le quemaba el aire en los pulmones y empezó a jadear.
Él la levantó en brazos y con un solo movimiento, la dejó sobre la cama. Ella exhaló y él se colocó inmediatamente encima, aplastándola con su cuerpo. Miley levantó las caderas hacia él, deseosa de sentir la presión de la masculinidad contra su piel. La excitación creció en ella al notar su erección y se revolvió, ardiendo de necesidad, de deseo por lo que llevaba queriendo desde la primera vez que lo vio en el casino.
Él le colocó las muñecas por encima de la cabeza, inmovilizándola y exponiendo sus pechos a sus caricias y pellizcos hasta que ella gritó de pasión.
Ella se dio cuenta de que no quería parar, ni siquiera un segundo para analizar las sensaciones que recorrían su cuerpo. Aquello era lo único que quería; no había nada más en el mundo que el deseo en el que ella se estaba consumiendo. Mientras intentaba librarse de su agarre, como si quisiera que la soltara para que pudiera acariciarla en su punto más palpitante, él acariciaba un pecho con la mano que tenía libre. Entonces, sin avisar, bajó la cabeza y empezó a chuparla y lamerla hasta que ella estuvo a punto de explotar de excitación. Ella logró soltar las manos y le agarró la cabeza, pero entonces él cambió de pecho para repetir lo que acababa de hacer: mordisquear los pezones, lamerlos, besarlos... ella tenía la cabeza echada hacia atrás y las pupilas dilatadas, pero sintió que le faltaba algo. Ya no notaba sus caderas y se revolvió para buscarlo. Lo que encontró fue la mano de Nick, y ella separó instantáneamente los muslos para él.
Consumida por la pasión, frenética de deseo, se levantó hacia él con las piernas ligeramente separadas y la espalda arqueada. Estaba ciega a todo lo que no fuera su pasión. Durante un momento, él la hizo esperar mientras buscaba el camino, y entonces entró con fuerza en ella, llenándola completamente.
Ella gritó y se inclinó bruscamente hacia delante. La sensación explotó en ella. Él la penetró con más fuerza aún y ella volvió a gritar, una y otra vez hasta que todo su cuerpo pareció a punto de echar llamaradas. Cuando él entró en ella por última vez, ella levantó las caderas todo lo que pudo, ejerciendo la máxima presión posible con los músculos de las piernas contra él. Al hacerlo, explotó en placer, en una sensación tan increíble que volvió a gritar por la intensidad y la duración del clímax.
De repente, Miley se echó hacia delante, bajando la cabeza, y lo rodeó con las piernas. Al moverse a su ritmo, tuvo otro orgasmo igual de intenso que una explosión estelar que la consumió.
Ella seguía unida a él, moviéndose con él como si nada en el mundo pudiera separarlos mientras ardían.
—¡Miley! ¡Oh, Miley! —el grito que salió de su garganta le llegó a ella a lo más profundo del alma.
Le soltó las muñecas y se abrazó a ella, y ella le correspondió de un modo que le sorprendió mientras la sensación de clímax desaparecía poco a poco. Sus cuerpos se habían fundido en uno solo.
—Miley —dijo él, y susurró algo más en su idioma con la voz entrecortada.
Lentamente se apartó de encima de ella y le apartó el pelo de la cara. En sus ojos había algo distinto y ella sintió que le daba un vuelco el corazón. ¿Qué había pasado? No podía responder a aquella pregunta. Sólo sabía que había sido algo milagroso que iluminaría el resto de su vida.
—Nicholas—susurró, y sonrió.
En ese momento vio que sus ojos habían cambiado. Ya no había calidez en ellos y, de repente, como si hubieran tirado de una cadena, se apartó de ella y se puso en pie. Por un momento ella admiró su cuerpo, pero cuando él le devolvió la mirada antes de ir al baño, Miley sintió frío.

Nick se agarró al lavabo mientras se miraba al espejo. Su respiración aún no había recuperado el ritmo normal y el aire le quemaba en los pulmones.
Cielos, ¿cómo se había dejado manejar por ella de esa manera? ¿Cómo la había dejado vencer sus defensas? ¡Ni siquiera quería tocar su cuerpo corrupto!
Se sentía acalorado por el acto sexual, y casi podía aún sentir su cuerpo debajo del suyo y sus piernas rodeándole la cintura. Sintió que se había entregado a ella en cuerpo y alma, porque aquello había sido una fantasía hecha realidad, y más que eso.
Pero, horrorizado, se dio cuenta de lo que había hecho. Fue al ver su sonrisa, su sonrisa de victoria. Él había sucumbido a su manipulación.
Aquello había sido una burla a sus esperanzas de haberse equivocado con ella. La rabia lo invadió. Miley Cyrus con su hermoso cuerpo corrupto, lo había utilizado.
Nick entrecerró los ojos y notó que su corazón reducía el ritmo de sus latidos. Había tomado una decisión. Si Miley creía que ya lo había hecho caer en sus redes, se había equivocado.
Pensó en cómo ella lo había arrastrado a su nivel, pero las tornas cambiarían y él utilizaría su corrupción contra ella. Sería consciente de su error y eso le daría una lección inolvidable. Después y sólo después de eso, podría echarla y librarse de ella. Por un segundo, sus ojos se llenaron de repugnancia, pero enseguida desapareció. Tenía que centrarse en lo que iba a hacer.

A Miley le temblaban las manos mientras intentaba ponerse la falda. No se había molestado en ponerse la ropa interior, pues lo que quería era salir de allí corriendo cuanto antes. Sabía que tendría que enfrentarse a él y también que no debía marcharse sin hacer que aceptara el cheque por Beaumont, pero no podía volver a verlo. No podía.
Le dejaría el cheque en la recepción del hotel y después echaría a correr para salvar su vida y su cordura.
¿Qué acababa de hacer? ¿Cómo podía haber reaccionado de ese modo ante él, transformándose en una máquina de placer bajo sus manos? ¿Y cómo pudo pensar tumbada a su lado que lo que había en sus ojos era...?
¡No! No había visto nada en sus ojos, nada. Había sido una ilusión, había visto lo que quería ver, que el hombre que la besó la primera vez era real y era Nicholas Jonas, el mismo que la había llevado a un paraíso cuya existencia desconocía.
Pero Nick no era aquel hombre. No había ocurrido ningún milagro y, como el primer beso, todo había sido una ilusión, pero la más cruel de todas. Él había pasado de estar inflamado de pasión a alejarse de ella sin mirarla.
Miley intentó ignorar el dolor que la atravesaba. Tenía que hacerlo. Lo que tenía que hacer era marcharse, enseguida.
—¿Te vas a algún sitio?
La voz era serena, casi normal.
Ella dio un respingo en el momento en que se subía la cremallera de la falda. Nick había salido del baño con una toalla enrollada a la cintura y esa extraña opacidad en los ojos que le provocó a Miley un escalofrío.
—La condición de la venta, Miley, era que pasaras la noche conmigo —se detuvo un momento—. Ahora que me has hecho cambiar de idea, quiero que te quedes toda la noche. O no habrá venta —dio unos pasos hacia ella que estaba inmóvil—. Vamos a librarnos de estos estorbos.
Y se quitó la toalla antes de buscar la cremallera de su falda. La falda cayó al suelo y Miley sintió que el corazón le golpeaba contra el pecho de un modo terrible. Algo iba mal, algo le decía que empezara a gritar.
—No —dijo ella, sin emoción alguna.
—¿No? —él pareció medianamente sorprendido—. ¿No quieres que te venda tu casa?
—Dijiste que ya no había trato —dio un paso hacia atrás.
—Ahora sí, Miley. ¿No es eso lo que querías?
No, lo que ella quería no era un trato de ese tipo. Sintió que estaba a punto de tener un ataque de histeria, pero vio algo en sus ojos que había cambiado. Era como si algo le hubiera abandonado. O lo invadiera.
—¿Qué decides, Miley? —insistió él—. ¿Seguimos adelante con el trato o te vas con las manos vacías?
Con las manos vacías... Si se iba, perdería Beaumont y todo aquello no habría servido para nada.
«Pensé que habíamos compartido algo increíble, pero me había equivocado. Me equivoqué desde el principio».
—Si te digo que sí —susurró ella—, ¿me venderás Beaumont?
—Tienes mi palabra —dijo él con una sonrisa—. Y yo siempre mantengo mi palabra.
Dio un paso hacia ella, y ella tuvo que contenerse para no apartarse.
—Ahora —dijo él, tomándole la mano y haciendo que diera un paso hacia él—, lo que me acabas de dar ha estado muy bien... muy excitante, pero... no es lo que tenía en mente.
Ella volvió a ver esa extraña mirada. La había dejado a los pies de la cama, que aún estaba cubierta con la colcha.
—Arriba —dijo, y la levantó como si fuera una pluma—. De rodillas, Miley —dijo Nick con la misma voz ligera.
Se acostó junto a ella y le levantó el pelo de la nuca para besarla. Después le tomó los senos en las manos. Los sintió suaves y pesados en su palma, con los pezones ya inflamados. Le dio suaves pellizcos, no muy fuertes, apenas lo suficiente para una rápida sensación de dolor mezclado con placer.
La sintió estremecerse, sintió el calor de su trasero apretado contra él, supo que ella podía sentir su erección palpitando en ese lugar. Le acarició los pechos y comenzó a descender, mientras sus manos le rozaban los costados. Le mordisqueó el lóbulo de la oreja, el costado del cuello.
—Abre las piernas, Miley.
Ella soltó un leve gemido pero hizo lo que le indicaba, y él deslizó los dedos en su interior. Ella estaba humedecida y lista para él, cálida, resbaladiza, tensa. Se demoró allí apenas un instante, acariciándola, sintiendo crecer la humedad, oyéndola soltar suaves gemidos de pasión, luchando contra la oleada de calor que le obligaba a mantener el control a toda costa.
La penetró con una única y violenta embestida, empalándola mientras ella mantenía las caderas firmemente apretadas. ¡Dios, se adaptaba tan perfectamente a él, lo recibía con tanta ansiedad! Nick salió de ella para de inmediato penetrarla aún más profundamente. Miley respondió con dulces sonidos que lo incitaron a moverse cada vez con más violencia. Afuera y nuevamente adentro, aferrándola de las caderas, cada vez más enérgico, más rápido, más profundo.
Lo que quedaba de su enfado desapareció, reemplazado por otra cosa, algo que comenzó a crecer en su interior. Aumentó y se expandió cambiando de forma, creciendo hasta convertirse en un terrible anhelo, una necesidad tan poderosa que lo aterró. Se le despertó un deseo incontenible. Sintió desesperación por mirarla a los ojos, mirarle la cara mientras él le proporcionaba placer. Quería saborearla, olerla, llenarse con la propia esencia de Miley.
Salió de su cuerpo y la obligó a volverse para penetrarla una vez más. La besó apasionada, eróticamente, lamiendo las paredes de su boca con la lengua, reclamando sus labios con la misma intensa posesividad con que tomaba su cuerpo.
—Miley...
Le deslizó las manos por debajo de las caderas y se hundió en ella, desesperado por reclamarla, por hacerla parte de él. Miley gimoteó y su cuerpo se tensó alrededor del de él, cerca ya del orgasmo. Nick pudo sentir la fuerza de ese orgasmo cuando finalmente llegó en forma de leves espasmos que le rodearon el miembro hasta enloquecerlo. La embistió con fuerza, dejando que llegara su propio alivio, que los susurrados gemidos de placer que emitía Miley le entibiaran el alma mientras ella colmaba su deseo.
Cuando hubo terminado se desplomó sobre la cama al lado de ella, sin soltarla, manteniéndose dentro del cuerpo de Miley. Permanecieron un momento en silencio, mientras Nick no dejaba de pensar en ella, en las emociones que le despertaba, en las preguntas que hostigaban su mente. Había querido casarse con ella.
Llovía a la mañana siguiente. Miley estaba sola en la cama, mirando el techo y escuchando el tráfico matutino, pero no se podía mover.
Nick caminaba a paso rápido por las calles mojadas mientras la lluvia caía sobre él y le empapaba el pelo. Tal vez, si siguiera así mucho tiempo podría llegar a sentirse limpio. La ducha que había tomado después de estar con Miley Cyrus no le había dado esa sensación. Ya nunca volvería a sentirse limpio.

Miley estaba helada, pero no se podía mover. Si se movía, sentiría su cuerpo, sentiría que aún existía. Pero, ¿qué importaba eso? Nada ni nadie podría cambiar lo que había hecho. Lo que le habían hecho a su cuerpo.
Esas manos le habían subido la combinación exponiendo sus pechos para acariciarlos, y le habían presionado la espalda para que bajara para él. Todo con el mismo tono ligero y amistoso, al que ella obedeció, hundiendo la cara en la colcha, con los brazos estirados, expuesta y excitada.
Las manos le habían acariciado todo el cuerpo y después había buscado entre sus muslos la carne húmeda y excitada que se estremeció ante su contacto. La acarició hasta que ella gimió y sollozó, y entonces la penetró con el dedo acercándola cada vez más al borde, con destreza y sensibilidad hasta que ella estuvo a punto de estallar en un orgasmo contra su dedo. Ella se estaba estremeciendo cuando él se colocó tras ella y con un solo movimiento le agarró las caderas y penetró su carne temblorosa.
Ella había llegado al orgasmo enseguida, de un modo imparable, mientras él la penetraba una y otra vez desde atrás.
—Bien, Miley —había dicho él, acariciándole la espalda—, pero ahora tienes que hacer algo por mí.
Él se apartó de ella y la tumbó sobre la cama antes de echarse sobre ella. La miró un momento, completamente excitado, con esa extraña mirada en los ojos.
—La noche es joven, Miley. ¿Qué podemos hacer ahora? Creo que tenemos tiempo para casi todo...
Y había habido tiempo para cada posición imaginable, para un orgasmo tras otro. Durante los breves periodos que Nick Jonas necesitó para recuperar su potencia, no la dejó tranquila. Él se ocupó de excitarla una y otra vez, con los dedos, con la lengua y la boca hasta que la convirtió en una maraña de sensaciones de la que no podía escapar. Pero Miley no volvió a sentir ese momento milagroso de la primera vez. Aquello era muy distinto.
Pero su cuerpo respondía, no había sido capaz de resistirse a lo que él le hacía, y eso fue lo peor de todo.
Cuando él por fin se había levantado de la cama, le había apartado el pelo de la mejilla y le había dicho, complacido:
—Ha estado muy bien, Miley, y mantendré la palabra que te di. Te venderé la casa, pero —se detuvo un momento mientras le acariciaba la mejilla y la miraba con ojos vacíos—... por el doble de la suma que me has ofrecido.
Se había incorporado y la había mirado. Su rostro estaba oculto en la penumbra.
—Dime mañana si puedes conseguir el dinero. Puedes localizarme en mi oficina, pero —le había apartado un mechón de pelo—, no intentes persuadirme de que haga lo contrario como sueles hacer. Ya he tenido bastante, Miley—había ido hacia el baño, pero cuando llegó a la puerta, se giró—. ¿Habrá venta, Miley? ¿Podrás reunir el dinero para mañana? ¿Crees que te mereces una inversión tan grande? ¿Crees que vales algo en absoluto?

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