lunes, 9 de abril de 2012

Capitulo 3.-

LOS LABIOS de Miley eran más suaves y dulces de lo que se había imaginado en sueños. Habían sido un desafío para su ego de macho.
Mientras el cuerpo de Nick se llenaba de la fuerza de la pasión, sentía una profunda respuesta de placer en ella, o en él, no estaba seguro, puesto que una ola de deseo había tensado todos los músculos de su cuerpo masculino y no podía distinguir entre sus sensaciones y las de ella.
Los labios de Miley se abrieron y él la besó más profundamente. Luego deslizó sus manos hacia sus pechos. Y, ¡Dios santo!, ¡eran tan hermosos!, pensó. Pequeños, redondos, pezones erguidos, perfectos.
Los suaves suspiros de placer de Miley finalmente penetraron el rojo velo de deseo que nubló su cerebro. Nick se quedó quieto, mientras sentía que la dulce boca de Miley se aferraba a la suya, que sus pequeñas manos se deslizaban hacia arriba y que se entrelazaban con sus cabellos, atormentándolo.
El dejó escapar un profundo suspiro.
¿Qué diablos estaba haciendo?, pensó.
Era un estúpido.
Nick se puso derecho y se apartó de ella, de una tentación irresistible, desesperado por recuperar el control.
No se atrevió a mirar sus ojos azules sorprendidos, y se dio la vuelta para ocultar la evidencia de su dolorido sexo erecto.
—El vino... —dijo él con la voz cargada de deseo aún.
Había sido un desastre. Unos segundos más y le habría hecho el amor allí mismo, en el sofá. ¡Y la pequeña Miley se merecía algo mejor!
Las manos de Nick temblaron mientras sirvió el vino.
Por primera vez en su vida se despreció. ¡Hacía tanto tiempo que no estaba con una mujer que se estaba convirtiendo en un animal!
El alcohol no era buena idea en su estado. Pero si se apartaba de Miley en aquel momento, como le ordenaba su sentido común, ella se habría dado cuenta de que lo que le había sucedido a él había sido catastrófico.
Debía actuar como si aquel beso no hubiera significado nada para ninguno de los dos. Ni siquiera se disculparía diciéndole que era mejor olvidarlo.
Miley estaba en estado de shock. Su cuerpo estaba ardiendo.
¿Por qué la había besado? ¿Por qué había dejado de besarla?
¿No se había dado cuenta que ella no deseaba que dejara de besarla?
Aquel beso había sido mágico. ¡Y ella lo había estado deseando desde el momento en que lo había visto! ¿No lo sabía él?
Por supuesto que sí. Solo que se había propuesto festejar fraternalmente su cumpleaños. ¿Por pena hacia la pobre chica de la limpieza?
¿Y ella qué había hecho? ¡Prácticamente se lo había comido vivo!
Y, para empeorarlo, él le había tocado los pechos...
Y ella, en aquel estado de delirio, ¡habría hecho cualquier cosa que le hubiera pedido Nick! ¡Pero él, en cambio, se había apartado, en estado de shock, y ella se había sentido humillada y ridícula!
Una lágrima se deslizó por su mejilla y cayó en un pétalo de la camelia. Ella se borró la lágrima con el dorso de la mano.
Nick se había dado la vuelta. Tenía dos copas en la mano. Estaba muy frío, pensó ella.
No podría soportar la idea de que Nick la tomase por una desvergonzada, que realmente estaba dispuesta a desnudarlo.
Miró a Nick y notó que sus facciones estaban relajadas. Una sonrisa amable se dibujó en su boca sensual. Se acercó a Miley y le dio una copa de vino. Él se sentó en una esquina del sofá con su copa en la mano. Estiró las piernas y las cruzó a la altura de los tobillos, lo más lejos posible de Miley, sin mirarla, como si quisiera evitar el más mínimo contacto.
—Podrías haber invitado a familiares o amigos esta noche para celebrar tu cumpleaños, Miley —le comentó, tratando de que su voz no dejara entrever las ganas que tenía de volver a besarla, de acariciarle el cabello, de explorar su delicioso cuerpo, de poseerla.
Nick se acomodó, incómodo, intentando borrar la punzada de sexo de su mente y su cuerpo.
—Puedes tener visitas fuera de horas de trabajo. Ni Madge ni yo queremos que te sientas en una prisión mientras estés trabajando aquí.
Miley se sintió aliviada. Agradecía que no hiciera ningún comentario acerca de su comportamiento. Al parecer, Nick había vuelto a la relación empleada-jefe y no podía quejarse, si quería conservar algo de dignidad.
—Gracias. Pero no tengo a nadie a quien invitar
—contestó Miley.
Al ver su cara de compasión, Miley deseó haberse tragado sus palabras. No quería que sintiera lástima por ella.
Sin saber qué hacer, Miley bebió un sorbo de vino. No era vino barato, como el que su madre y ella habían compartido en otras ocasiones.
— ¿A nadie? Perdona, Madge me dijo que habías perdido recientemente a tu madre, pero... ¿y tu padre y hermanos?
—No tengo hermanos. Mi familia solo hemos sido mi madre y yo.
El aparentar que no había habido beso alguno era una experiencia sofisticada y difícil para ella, pero al menos le permitía salvar su orgullo.
Nick se inclinó hacia adelante con la copa de vino en la mano, y preguntó:
—Y tu novio?
No era asunto suyo, pero apostaba cualquier cosa a que debía de tenerlos a montones, pensó Nick. A pesar de sus ingenuos ojos azules, el aura de vulnerabilidad que despedía, no era tan novata en el sexo. Se había excitado hacía un momento, y había estado más que deseosa de besarlo.
¡Podría haberla hecho suya allí mismo!
—No tengo novio —Miley bajó la mirada.
El la miró con los ojos brillantes, como si ella hubiera hecho algo malo. Pero Nick solo quería conversar amablemente y decirle que podía invitar gente a la casa. Estaba demostrándole que era un caballero.
— ¿Quieres decir que no tienes novio en este momento? —preguntó Nick, sin saber por qué insistía tanto en ese tema.
Miley bebió vino. Nick estaba muy sexy. Un verdadero hombre. Ella hubiera deseado que le diera la oportunidad de decirle buenas noches, gracias por el vino, y poder marcharse a su habitación. ¿Por qué insistía en preguntar por su vida amorosa? Si no podía estar interesado en ella...
Nick era rico, guapo, un exitoso hombre de negocios... No podía querer tener una relación con una don nadie como ella.
Probablemente quisiera controlarla un poco en ausencia de su verdadero jefe.
De pronto pensó que después de lo que había sucedido entre ellos, Nick debía de pensar que ella sería capaz de invitar a cualquiera a su cama.
La idea la hizo sentir descompuesta.
—Nunca he tenido novio —dijo ruborizada.
Sus compañeras de colegio le habían tomado el pelo por ello. Su madre no había querido que hiciera amistades fuera del colegio y, además, a ella no le había interesado tener novio. Le bastaba la experiencia de su madre para saber lo que podía resultar de una relación con un hombre.
—Dejé de estudiar para cuidar a mi madre. Estaba gravemente enferma. Tenía un cáncer que no podía operarse e iba a morir. En la etapa final de la enfermedad podría haber ido a un hospicio, pero ella no quería, y yo tampoco. La cuidé yo. Y no me dejaba tiempo para hacer relaciones sociales. Así que no se preocupe —respiró profundamente—. No voy a poner un cartel para que los hombres hagan cola a mi puerta.
Dicho aquello, Miley dejó la copa en la mesa y le deseó buenas noches con frialdad.
Nunca había sido tan contundente en su vida. Pero estaba enfadada con Nicholas Jonas.
Miley lo había puesto en su lugar. Era una experiencia nueva para él. Le gustaba el desafío que suponía. Pero no iba a aceptarlo.
Le había dicho que nunca había tenido novio, ¿sería cierto?
Al principio, se había sentido impresionado por su aura de inocencia. Luego, cuando la había besado, había cambiado de opinión. Su reacción le decía que no era la primera vez.
Ahora que lo pensaba, se daba cuenta de que había habido pequeñas señales... Y si hubiera querido poseerla allí mismo, ella lo habría dejado.
¿Era tan inocente como parecía?
Miró el movimiento de su trasero mientras subía las escaleras, y pensó que no. Definitivamente, no.
Una chica tan encantadora habría tenido montones de chicos rondándola desde la pubertad.
Nick bebió su vino y trató de relajarse. ¿Qué importaba que Miley  fuera sincera o no? Si él volvería a España en dos semanas y ella desaparecería de su vida... Aunque en realidad Miley era una empleada temporal, así que no formaba parte de su vida ni lo formaría.
Era diferente a las mujeres con las que él solía salir. Y muy sexy.
Se sirvió otra copa de vino, se quitó la chaqueta y la corbata y se desabrochó los botones de arriba de la camisa.
Estaba extraordinariamente acalorado.
Debía concentrarse en lo verdaderamente importante: en Terrina. Debía abrir los ojos de Marcus antes de que Terrina estuviera en Inglaterra y se comprometiera con él. Después, sería imposible.
Miró la punta del libro que Miley debía de haber metido detrás de un cojín. Juró entre dientes.
Se había olvidado del tema del libro. Frunció el ceño nuevamente al ver el título del libro. Tenía un título extraño.
Miley no debía de haberse dormido aún. El libro le daría la oportunidad de dárselo con cortesía, y de hacerle saber que entre ellos no había ningún sentimiento, ni de rencor ni de ningún otro tipo, y cerrar definitivamente la historia entre ellos.
Miley se dio una ducha rápida y se puso el albornoz.
Su ropa estaba aún apilada en el suelo. Sharon y ella habían recibido instrucciones de llevar su ropa sucia todas las tardes al lavadero, para que la señora Partridge se ocupara de ella a primera hora de la mañana y evitar que se acumulase.

Miley la empujó debajo de la cama.
Fue a buscar el colgante que le había dejado su madre, regalo de Marcus. Lo agarró con manos temblorosas de donde lo había dejado, un lavamanos antiguo que servía de comodín. Desde que se lo había dado su madre, siempre lo llevaba puesto, por razones de seguridad.
Pero en aquel momento sintió rechazo a volver a ponérselo.
Se dio cuenta de lo cerca que había estado de caer en el mismo error que su madre. De hacer el amor con un hombre inalcanzable, de seguir por el camino de la desdicha.
Envolvió el colgante en un pañuelo de papel y lo metió en el fondo de un cajón. Se quedó aferrada al mueble con el corazón latiéndole sin cesar.
Hubiera sido tan fácil... Si Nick hubiera querido hacerle el amor ella no habría podido pararlo. No habría querido hacerlo. Y aunque era estúpido, su cuerpo aún lo añoraba. Sus pechos estaban sensibles a su tacto y tenía un ardiente calor entre sus piernas.
El solo recuerdo del calor de su lengua en su boca, las caricias en sus pechos moldeándolos, la hacía derretir de deseo.
Debía dejar de fantasear. Solo había sido un beso, ¡por Dios! Para él no había significado nada. Y encima, su reacción hacia él en lugar de excitarlo le había hecho echarse atrás.
Entonces, ¿por qué un solo beso le hacía perder la sensatez que siempre la había caracterizado?
¿Porque tenía veinte años y jamás había tenido novio y sus hormonas le estaban advirtiendo que era hora de que lo tuviera?
Pero había sido muy distinto de cuando la habían besado por primera vez... Había sido Dwayne Evans, el guapo de la clase, por el que todas las chicas suspiraban. La había acompañado a casa una vez. A ella no le había importado conversar con él, pero cuando la había agarrado y la había besado, ella solo había sentido rabia... ¡Al contrario que sus compañeras, que se habrían puesto locas de alegría!
Dwayne se había querido imponer, pero ella le había intentado pegar, y al menos había logrado que perdiera el equilibrio. El gesto de disgusto de Miley y su actitud con él había sido suficiente como para que Dwayne dijera a todo el mundo que Miley era una frígida, e hiciera otros comentarios sobre ella igualmente desagradables.
Al parecer, el modo en que Nick Jonas
 la había hecho sentir era un enigma.
Ella había ido a esa casa para descubrir la verdad sobre su padre, pero había descubierto algo más. Había descubierto que, al igual que su madre, podía ser una víctima de la lascivia.
Molesta consigo misma, se cepilló el pelo con energía.
Estaba conteniendo el llanto cuando, de pronto, golpearon la puerta.
Debía de ser Sharon, que había vuelto a casa.
Miley abrió la puerta con una sonrisa forzada.
Era Nick. Y lo peor era que no podía dejar de mirarlo.
Tenía el cabello despeinado, como si hubiera estado pasándose los dedos por la cabeza. Le daba una apariencia descuidada y peligrosa. Se había quitado la chaqueta y tenía la camisa blanca abierta en el cuello. Su torso era perfecto, a juzgar por lo bien que se ajustaba la prenda a él.
¡Y tenía ese maldito libro en la mano!
El silencio entre ellos fue eléctrico. Nick miró sus labios temblorosos.
—Te has olvidado el libro —dijo Nick, acercándose.
¿Tenía idea del efecto que ella tenía en él?, se preguntó Nick.
Se notaba que debajo de ese albornoz Miley estaba desnuda. El cinturón estaba apretado en su estrecha cintura.
Sus pechos erguidos empujaban la tela, y la abertura revelaba el rocío de sudor del valle que había entre medio de ellos. Él se imaginó sorbiendo aquella humedad e intentó quitarse aquella imagen de la mente, pero no pudo.
Aquella mujer lo tentaba y excitaba como ninguna otra, simplemente con estar allí delante. No tenía necesidad de los calculados gestos femeninos a los que cínicamente se había hecho inmune.
Debía haber dejado el libro donde lo había encontrado. No tendría que haber ido a su habitación, pensó.
Le entregó el libro.
Ella dio un paso atrás y él oyó el roce de la tela al moverse cuando sus dedos se rozaron. La sensación fue eléctrica, y el libro se cayó al suelo.
Después de un momento de silencio, los dos se agacharon para recogerlo.
 El cabello de Miley cayó sobre su cara, y los pálidos rizos se curvaron sobre su cuello. El borde del albornoz se abrió.
Nick se excitó involuntariamente. Miró la curva de su muslo suave y extendió la mano. Le rodeó la cintura.
Luego la hizo levantar y la apretó contra su cuerpo. Aspiró la fragancia a jabón de su piel, sintió el calor de su cuerpo a través de la tela. Y no pudo resistir la tentación: bajó la cabeza para besarla.
Miley se sintió como si se quemase viva. Sus piernas se debilitaron, como si fueran de barro. Se apretó contra él y se derritió de placer. Cuando sintió la dureza de su excitación masculina, no pudo controlar más su reacción. Y cuando él deslizó su lengua por entre sus labios entreabiertos, ella se abandonó por completo a aquella sensación.
¡Si aquello era lo único que conocería de la gloria, estaba dispuesta a aceptarlo! Los arrepentimientos quedarían para más tarde, cuando llegase la luz del día.
Cayó sobre ella causándole estragos en el cuello, con una mano la desvestía mientras que la otra se movía con desesperada urgencia debajo del albornoz, el contacto de la palma de la mano caliente con la piel le resultaba erótico y enloquecedor.
Ella se retorció y abrió más las piernas para acomodar el tamaño macizo de él, aquella voluptuosa presencia que la inmovilizaba, calor contra calor.
Los labios de ella soltaron un jadeo de placer cuando él sorbió el pezón y atrajo las puntas erectas, succionando, lamiendo, torturando las puntas sensibles mientras le arrancaba las bragas con la mano que tenía entre las piernas, dejándola desnuda, vulnerable y en llamas al deslizarle un dedo largo entre los pliegues mojados hasta encontrar el punto maduro de su sexo.
Gemidos interrumpidos brotaban de la garganta de ella, un sonido similar a los gemidos roncos que emitía Nick mientras movía los labios febrilmente entre los pechos, tironeando, mordisqueando, jugando hasta que los pezones se volvieron dos exuberantes puntos de placer, que se dilataban, que le rogaban que los acariciaran, mientras él masajeaba esa protuberancia sensible que tenía entre los labios inferiores, con los dedos empapados en las calientes humedades.
Ella lo asió de los cabellos cuando él le levantó las caderas para llevárselas a la boca y la tomó de la manera más carnal que un hombre podía tomar a una mujer, succionándole la diminuta protuberancia mientras le acariciaba los pezones, con esa lengua que trabajaba tan mágicamente como ella jamás había imaginado, que jugueteaba salvajemente, explorando su tamaño entero, deslizándose en su interior como una llama ardiente, entrando y saliendo, llevándola al borde y manteniéndola allí, torturándola con su experta seducción hasta que ella le rogaba que la penetrara. Lo quería adentro, para que la poseyera, para pertenecerle, aunque sólo fuera por esa noche.
-Miley... -gimió él al tiempo que se deslizaba por su cuerpo con el miembro erecto presionando profundamente contra ese dulce sitio que palpitaba por él.
Ella captó su mirada y la sostuvo mientras sus dedos temblorosos bajaron por el pecho hasta los botones del pantalón. Quería sentirlo, sostener todo ese poderío caliente y rígido entre sus manos, acariciarlo como él la había acariciado a ella.
-Miley -Intentó decir de nuevo, con la voz deshilachada, dolorida-. No aguanto más.
Tal confesión venida de un hombre como él la hizo sentirse poderosa, como si al menos en aquel momento ella lo poseyera como a un esclavo. Él le pertenecía.
El último botón se desabrochó. Entonces aquel trozo entero y sedoso quedó entre sus manos, quemándoselas mientras lo exploraba: el glande grueso, la vena latiendo, hasta las bolsas ceñidas que cubrió con las manos. El sonido discordante de la inspiración le demostró que le estaba dando placer y le dio más seguridad mientras lo masajeaba.
Él se movía de arriba abajo en contacto con los dedos exploradores, con los ojos fuertemente cerrados. Un gruñido profundo y sensual se le escapó de los labios; el sonido rompió en ella como una marea erótica y la volvió más audaz. Jugaba con el dedo en la punta satinada, esparciendo la única perla húmeda alrededor del glande,
Entonces él abrió los ojos de golpe, y la pasión y el ardor de esa mirada a ella le arrancaron la respiración de los pulmones.
Miley se arqueó contra el cuerpo de él, apretó la erección masculina contra su valle húmedo y se deslizó suavemente, muy suavemente a lo largo de su miembro, como una invitación tentadora y desvergonzada.
-Te deseo Nick dentro de mí. Para que tú seas el primero -Él gimió y dejó caer la cabeza; los cabellos suaves como plumas le rozaban la piel. Ella le aferró la cara entre las manos, y le obligó a mirarla.
-Dios... -Él apoyó la frente en la suya, aún se frotaba contra ella, tanteaba con la punta del pene el clítoris tenso con cada meneo, le apretaba las caderas con furia, encendía un ardiente tumulto de deseo, con la respiración violenta junto a su oído- Estuve pensando en esto... en estar dentro de tí, en cómo lo sentirías.
Él agitó la cabeza bruscamente, un brillo salvaje se reflejó en sus ojos.
ella inspiró, atrajo la cabeza de el hacia sí, y le besó de la forma en que había querido besarlo toda la noche, todo el día. Siempre, se diría.
La unión de sus bocas era carnal, húmeda; él hundía la lengua mientras se meneaba más fuerte contra el cuerpo de ella, mas rápido, acariciándole apenas las puntas sensibles de los pezones, con un susurro erótico que describía sensaciones solamente de placer, atrayéndola hacia un laberinto oscuro y caliente de urgencia sexual donde él era su única salvación
Le pasó un brazo por la espalda para subirla y besarle el pezón; aquel simple contacto la dejó al borde del éxtasis con el cuerpo convulsionado, rompiéndose en millones de pedazos, como si la hubiesen empujado sobre un banco rocoso.
-Si... -El lamía el clítoris tenso, sin darle tregua al tumulto que le había generado en su interior, introduciéndole en el cuerpo el dedo más largo para probar su presteza, con una expresión dolorosa en el rostro, tratando de
controlarse cuando ella se elevaba y empujaba la mano, hasta que la compuerta que refrenaba su control explotó.
Le cogió las muñecas con una sola mano y se las llevó arriba de la cabeza.
-Miley -dijo con un gruñido- Mientras las palpitaciones le seguían corriendo por las venas en una oleada de placer ardiente, hirviente, Nick la penetró de una sola embestida rápida y desgarradora; la penetración fue profunda, dolorosa y placentera, caliente como el fuego.
Miley soltó un grito, hundiéndole las uñas en la espalda cuando el empujaba más. Era tan grande, demasiado grande.
-Nick...
-Ssh... Haré que se sienta mejor, te lo prometo. -Se meneo lentamente al principio, entrando y saliendo, empujando cada vez un poco más, una dulce presión que terminaba en la unión de ambos cuando él la llenaba, profundo y ceñido levantándola en cada poderosa embestida.
Miley le besó la curva del cuello, probó la sal de su piel, saboreó su esencia y el almizcle y embriagador olor a sexo. De manera instintiva, ella alzó las piernas alrededor de sus caderas y elevó la pelvis, aumentando el placer que vibraba entre los cuerpos ardientes.
Oh, Dios, él era suyo, todo entero dentro de ella, caliente, duro y profundo. Y ella se sentía insaciable. En llamas.
Él había despertado algo en ella, algo que necesitaba con desesperación.
Algo que ella temía que ningún hombre le volvería a despertar jamás.
Y todo el tiempo él la miraba a los ojos mientras le hacía el amor. No la dejaba volver la mirada ni negarle ser testigo ni de una milésima de lo que ella estaba sintiendo: esa pasión desenfrenada y una emoción tan intensa que le inundaba cada uno de los sentidos.
Él se inclinó hacia delante y le humedeció el pezón, echándole su aliento en la punta fruncida y dolorida mientras le susurraba:
-Dame lo que no le has dado a ningún otro hombre.
Ella lo hizo, estallando una vez más, todo el placer y la presión le atravesó el centro de su ser. Endureció los músculos, apretando el miembro largo y tieso, atrayéndolo hacia su interior más y más profundo aún. Él la aferró de las caderas mientras la embestía emitiendo un sonido gutural que le desgarraba la garganta hasta que finalmente encontró su propio alivio.
Miley se deslizó hacia el suelo en una nube de saciedad.

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