LONDRES a principios de verano presentaba su mejor cara. A media tarde los parques y plazas estaban bañados por el sol, mientras los tacones de los zapatos de Miley resonaban sobre las losas de la acera del barrio de Mayfair. Las bellas casas georgianas de la aristocracia de los siglos XVIII y XIX, se habían convertido en tiendas y empresas como a la que ella se dirigía: la sede en Londres de AC Internacional.
El corazón le golpeaba con fuerza en el pecho.
No quería hacer aquello, no quería, pero no tenía elección.
Desesperada al conocer que Beaumont ya no pertenecía a su madre, Miley tuvo que reunir todas sus fuerzas y recursos para recuperar la propiedad.
¿Pero cómo?
El dinero que ella había ahorrado estaba invertido generando beneficios, pero si lo vendía, no habría tales. ¿Bastaría el producto de la venta de las acciones para recuperar Beaumont? Miley sabía que no podía acudir al primo de su madre, el actual vizconde Duncaster para pedirle ayuda, pues estaba en más apuros financieros que ellas. Entonces fue cuando la inesperada llamada de la tía abuela Marian, tía de su madre, vino a aportar un poco de luz a aquella pesadilla.
—Tu madre fue una beep por casarse con ese bruto, pero es mi heredera, así que lo mejor será darle el dinero ahora, que es cuando lo necesita —le había dicho, en su estilo siempre tan directo—. Espero de verdad que no volvamos a ver a tu padre, Miley, y deja de darme las gracias. Corre al banco a cobrar el cheque que te he enviado y vuelve a comprar Beaumont para tu madre.
¿Comprar Beaumont de nuevo? ¿Podría ser así de simple?
No tenía ni idea, pero lo que sí sabía era que habría pagado millones de libras por no tener que hacer lo que iba a hacer. Había escrito muy formalmente a los nuevos propietarios de Cyrus Enterprises proponiéndole la compra de la propiedad, y la respuesta la dejó helada: la secretaria del presidente de AC Internacional la llamó para informarle de que tenía una cita con él aquella misma tarde.
¿Por qué? Miley no podía dejar de preguntarse lo mismo una y otra vez. ¿Por qué Nick Jonas quería tratar con ella en persona y no dejaba ese asunto en manos del departamento financiero o de cualquier otra persona?
Miley no podía hacer nada más que acudir a la cita, pues era el único modo de recuperar Beaumont, y recuperar la casa era lo más importante en aquel momento. Mucho más importante que su deseo de no querer volver a ver nunca a Nicholas Jonas.
«¡Mentirosa! ¡Mientes al decir que no lo quieres volver a ver de nuevo!»
Pero no quería volver a pensar en él. El asunto de la desaparición de su padre la había tenido lo suficientemente distraída como para no pensar en él... al menos durante el día.
Por la noche, la cosa cambiaba. Era entonces cuando él volvía a sus pensamientos... atormentándola.
«Ese sueño en el yate... pareció tan real, tan increíblemente real... Él estaba junto a la cama y me tocaba... me acariciaba...»
Aun entonces, tras varias semanas, Miley sentía un extraño calor en el estómago cada vez que pensaba en aquello. Había tenido el mismo sueño una y otra vez, y aunque el efecto sobre su cuerpo era menor que la primera vez, aún era lo suficientemente poderoso como para producirle una oleada de sensualidad por todo el cuerpo.
Aun entonces...
«¡No! Sólo es una fantasía», se decía. «¡Él no existe! ¡Nick Jonas es igual que mi padre!»
Entonces fue cuando recordó que, por encima de todo, tenía que recuperar Beaumont.
El corazón le golpeaba con fuerza en el pecho.
No quería hacer aquello, no quería, pero no tenía elección.
Desesperada al conocer que Beaumont ya no pertenecía a su madre, Miley tuvo que reunir todas sus fuerzas y recursos para recuperar la propiedad.
¿Pero cómo?
El dinero que ella había ahorrado estaba invertido generando beneficios, pero si lo vendía, no habría tales. ¿Bastaría el producto de la venta de las acciones para recuperar Beaumont? Miley sabía que no podía acudir al primo de su madre, el actual vizconde Duncaster para pedirle ayuda, pues estaba en más apuros financieros que ellas. Entonces fue cuando la inesperada llamada de la tía abuela Marian, tía de su madre, vino a aportar un poco de luz a aquella pesadilla.
—Tu madre fue una beep por casarse con ese bruto, pero es mi heredera, así que lo mejor será darle el dinero ahora, que es cuando lo necesita —le había dicho, en su estilo siempre tan directo—. Espero de verdad que no volvamos a ver a tu padre, Miley, y deja de darme las gracias. Corre al banco a cobrar el cheque que te he enviado y vuelve a comprar Beaumont para tu madre.
¿Comprar Beaumont de nuevo? ¿Podría ser así de simple?
No tenía ni idea, pero lo que sí sabía era que habría pagado millones de libras por no tener que hacer lo que iba a hacer. Había escrito muy formalmente a los nuevos propietarios de Cyrus Enterprises proponiéndole la compra de la propiedad, y la respuesta la dejó helada: la secretaria del presidente de AC Internacional la llamó para informarle de que tenía una cita con él aquella misma tarde.
¿Por qué? Miley no podía dejar de preguntarse lo mismo una y otra vez. ¿Por qué Nick Jonas quería tratar con ella en persona y no dejaba ese asunto en manos del departamento financiero o de cualquier otra persona?
Miley no podía hacer nada más que acudir a la cita, pues era el único modo de recuperar Beaumont, y recuperar la casa era lo más importante en aquel momento. Mucho más importante que su deseo de no querer volver a ver nunca a Nicholas Jonas.
«¡Mentirosa! ¡Mientes al decir que no lo quieres volver a ver de nuevo!»
Pero no quería volver a pensar en él. El asunto de la desaparición de su padre la había tenido lo suficientemente distraída como para no pensar en él... al menos durante el día.
Por la noche, la cosa cambiaba. Era entonces cuando él volvía a sus pensamientos... atormentándola.
«Ese sueño en el yate... pareció tan real, tan increíblemente real... Él estaba junto a la cama y me tocaba... me acariciaba...»
Aun entonces, tras varias semanas, Miley sentía un extraño calor en el estómago cada vez que pensaba en aquello. Había tenido el mismo sueño una y otra vez, y aunque el efecto sobre su cuerpo era menor que la primera vez, aún era lo suficientemente poderoso como para producirle una oleada de sensualidad por todo el cuerpo.
Aun entonces...
«¡No! Sólo es una fantasía», se decía. «¡Él no existe! ¡Nick Jonas es igual que mi padre!»
Entonces fue cuando recordó que, por encima de todo, tenía que recuperar Beaumont.
Nick estaba sentado tras un antiguo escritorio estudiando con gesto adusto unos informes. Pero no era lo que ponía en los informes lo que provocaba su malestar. ¿Cómo se le podía haber ocurrido la idea de llamar a Miley Cyrus a su presencia? Lo que tenía que haber hecho era dejar que se pudriera, como su padre.
Pero no podía hacerlo. La tentación de volver a verla una vez más lo consumía y él, como un tonto, había cedido a la tentación. Quería volver a ver su pálida belleza, la misma que veía en sus sueños, aunque supiera lo que ella ocultaba tras la máscara.
Quería volver a verla, a pesar de todo, pero... quería algo más, algo que aún no estaba preparado para admitir. Ni siquiera a sí mismo. Mucho menos, a sí mismo.
—Señorita Cyrus, el señor Jonas.
La asistente personal de Nick anunció la llegada de Miley, y ella entró en su oficina con el corazón acelerado.
Su despacho debió ser en el pasado el salón de la casa; tenía cortinas de terciopelo y óleos en las paredes, una preciosa chimenea llena de flores y un impresionante escritorio de roble tras el que una figura familiar se estaba poniendo en pie.
Cielos, él tenía aún el mismo efecto sobre ella, el mismo atractivo... «¿Por qué no puedo controlar mi reacción? ¿Por qué?»
Angustiada e irritada a partes iguales, dejó ambas sensaciones a un lado para evitar desviarse de su objetivo: comprar Beaumont.
«Si sobreviviste a la cena en el yate, sobrevivirás a esto».
A pesar de su nerviosismo, ella tenía un aspecto muy sereno y profesional. Llevaba un traje de falda y chaqueta gris, de corte moderno pero modesto. Los zapatos hacían juego con el conjunto: estilo salón con tacón medio, y el pelo recogido en un moño bajo.
—Señor Jonas, me alegro de que aceptara recibirme. Gracias —no procedía decir que preferiría estar en cualquier otro lugar de la tierra en aquel momento.
—Señorita Cyrus...
Él no le quitaba la mirada de águila de encima, y ella se acercó muy recta hasta él. Le pareció más alto y más impresionante con su traje; tenía más aspecto de poderoso y rico ejecutivo que con el esmoquin. Uno de ésos que hacen que el mundo tiemble tras sus acciones, y a los que no les gusta perder el tiempo.
—Siéntese, por favor.
Ella obedeció con una sonrisa y se sentó en una silla frente a su escritorio. Él se sentó también.
—En mi carta les indicaba mis intenciones de comprar una propiedad que aparece actualmente en los libros de Cyrus Enterprises —empezó ella.
Él no se movió ni dijo nada, simplemente esperó.
Ella continuó con voz cristalina.
—He traído una tasación de mercado realizada por una de las inmobiliarias más prestigiosas del país, y espero que lo considere un precio justo —sacó un sobre del bolso y lo dejó frente a él, pero él no lo tocó y siguió mirándola.
—¿Qué propiedad es?
Miley tragó saliva para intentar deshacer el nudo que tenía en la garganta. Aquello no era fácil, pero tenía que hacerlo.
—Es una pequeña casa de campo llamada Beaumont, en los Chilterns, al noreste de Londres. Actualmente se utiliza como centro clínico de rehabilitación...
Por un momento, el cuerpo de Nick Jonas se puso rígido, pero enseguida volvió a la normalidad.
—¿Una clínica? —su voz no mostraba expresión alguna.
—Sí. La tasación que he traído contempla su uso en la actualidad.
—Dime, ¿por qué quieres comprar la propiedad?
—Ha pertenecido a mi madre hasta hace poco, señor Jonas. Pasó a formar parte de los bienes de Cyrus Enterprises hace poco tiempo, y ahora mi madre... se arrepiente de haber cedido la propiedad a la empresa.
Su voz era inexpresiva. La rabia que sentía al pensar en cómo su padre se había apropiado de Beaumont no debía salir a la luz. Aquello no importaba en aquel momento, sólo tenía que mantener la calma y pedirle a Nick Jonas que le vendiera la propiedad.
—Seré sincera con usted, señor Jonas. La propiedad no tiene ningún sentido en las hojas de balance de la empresa más que como... obstáculo... para la reciente compra por parte de su compañía. Estoy segura de que sus asesores financieros le aconsejarán vender esta propiedad e invertir su valor en otros bienes. Como le decía, estoy dispuesta a pagar el precio de mercado por la propiedad —e hizo un gesto con la cabeza hacia el sobre que había dejado frente a él.
Él siguió sin tomarlo. En su lugar, levantó el teléfono y le pidió a su asistente personal que averiguara todo lo relativo a una propiedad de Cyrus bajo el nombre de Beaumont. Después colgó y volvió a mirar a Miley.
Ella no pudo descifrar su expresión, pero algo en sus ojos le provocó un escalofrío.
De repente, sintió miedo.
Al colgar el teléfono y mirarla, Nick volvió a sentir cómo sus músculos se tensaban. Llevaba todo el día intentando relajarse, pero a medida que la hora de la cita con la hija de Cyrus se acercaba, él se ponía peor y a punto estuvo de cancelar la reunión.
Pero no lo hizo, y allí estaba ella, con su sobria apariencia. Como ya pensó en el pasado, tenía que descubrirse antes ella. La imagen que proyectaba era de lo más anodina... pero, no para él. La sencillez de su vestuario hacía más evidente su belleza y su gracia natural: su fino perfil, sus ojos verdes grisáceos, su pelo claro... se quedó sin respiración de nuevo al mirarla.
¿Por qué tenía que ser Miley Cyrus la mujer que era? ¿Por qué tenía que ser digna hija de su padre, su instrumento? ¿Cómo podía una mujer como Miley Cyrys ser la mujer que era? Con ese aspecto... como si nada sórdido la hubiera tocado nunca.
Una vocecilla en su cerebro luchaba por ser escuchada. Él no quería hacerlo, pero... «¿Cómo sabes que es la mujer que crees que es? ¿Cómo puedes estar seguro?»
Nick enseguida apartó la voz. Su padre se la había servido en bandeja y había visto con sus propios ojos cómo ella reaccionaba al contacto. ¡Sabía la verdad!
«La única verdad acerca de Miley Cyrus es que la deseas, la deseas más que a ninguna otra mujer del mundo. El recuerdo de aquel beso bajo la luz de la luna te atormenta. ¿Cómo puedes estar seguro de que ella no estaba dormida? Ella es hija de su padre, pero eso no es culpa suya. La estás prejuzgando, pero no puedes estar seguro de que lo estés haciendo bien. Estás echando sobre ella la culpa de su padre, y su padre está acabado. ¿Por qué sigues condenándola sin más pruebas?».
Muy bien, pensó con rabia, y con algo más. Si la había juzgado mal, si la oferta de su padre había sido contra su voluntad y esperaba de él que se le hubiera echado encima sin su consentimiento, porque eso era lo que Giles Cyrus habría hecho, podría saberlo pronto. Su padre había desaparecido, y ella era libre para tomar sus propias decisiones. Nick apretó los labios: ¿qué tipo de decisiones tomaría ella en aquellas circunstancias?
—Tengo que atender un asunto importante en br —le dijo—. Seguiremos hablando de esto durante la cena.
Miley lo miró consternada.
—¿Cena? —repitió.
—Sí. En el Arlington. A las... —miró su reloj de muñeca—. A las nueve.
Él se dirigió hacia la puerta con paso decidido dando por finalizada la entrevista. Miley se puso de pie, sin poder creer lo que le estaba pasando. Ella sólo quería comprar Beaumont, no cenar con Nick Jonas.
—Creo que me será imposible cenar esta noche —dijo, con más firmeza de la que habría deseado.
—Si tienes algún otro compromiso, cancélalo —le dijo él desde la puerta que daba al despacho de su asistente—. A no ser que no te interese seguir discutiendo este asunto.
—No tengo ningún interés en discutir nada. Sólo quiero que me venda la casa de mi madre, porque la necesita desesperadamente, y también...
Miley calló. Aquello no tenía ningún sentido. Los hombres ricos como Nick Jonas hacían lo que querían cuando querían. Ella lo sabía por su padre. Por eso tomó aire, intentó recuperar la compostura y dijo.
—De acuerdo. ¿A las nueve en el Arlington, no? —dijo, con una amable sonrisa.
—Sí, hasta entonces...
Ella salió del despacho delante de él.
—La señorita Cyrus se marcha —le dijo a la asistente. Después cerró la puerta tras ella. Miley salió del edificio en un mar de confusión.
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