domingo, 8 de abril de 2012

Capitulo 7.-

—¿Estás loco? —Miley taladró a Nick con la mirada en cuanto entraron en su dormitorio—. ¿Has perdido la cabeza, o qué?
Nick alzó las manos en un intento por aplacarla, aunque sabía que merecía su enfado.
—Lo siento. La verdad es que no sé qué me ha pa­sado.
Pero sí sabía lo que le había impulsado a hacer aquella ridícula declaración. Por primera vez en su vida había sentido envidia. Había envidiado a las otras parejas por su evidente afecto, por los lazos de unión que había entre ellos, que no parecían dismi­nuirlos individualmente, sino más bien al contrario. Había visto el brillo de sus ojos mientras hablaban de sus respectivas familias y había deseado aquello para sí mismo.
—Me he visto superado por la situación —dijo, fi­nalmente.
—Pues mientras tú te veías superado por la situa­ción, a mí me has dejado embarazada —replicó Miley.
—Pero yo no he pretendido dejarte embarazada —de pronto, Nick se dio cuenta de lo divertido de la situación y de sus propias palabras. Se sentó en el borde de la cama y miró a Miley, que caminaba de un lado a otro de la habitación—. Aunque no tenía­mos exactamente planeado el embarazo, prometo que estaré a tu lado cada paso del camino, tanto fi­nanciera como emocionalmente.
Miley dejó de caminar, lo miró fijamente unos segundos y rompió a reír, como si acabara de darse cuenta de lo ridícula que se había vuelto su conver­sación.
Se acercó a la cama y se sentó junto a Nick.
—¿Y qué piensas hacer dentro de seis meses, cuando Brody quiera ver a nuestro hijo? ¿Alquilar uno?
—¿Hay algún sitio para hacerlo? —Nick rió al ver el renovado enfado de Miley—. No sé... no puedo pensar con tanta antelación. De momento me con­formo con superar esta semana.
—Yo debería negarme a seguir adelante con esta farsa y hacer el equipaje para irme a casa de inme­diato.
Nick asintió.
—Y yo no te culparía por ello —se pasó una mano por el pelo y miró a Miley. Como siempre, llevaba el pelo sujeto a la altura de la nuca. Sintió el im­pulso de alargar una mano para soltárselo y liberar todos aquellos rizos.
Al recordar el beso que habían compartido sintió el deseo de volver a saborear sus labios, de sentir el calor de su cuerpo contra el suyo.
Le parecía extraño haberla considerado alguna vez poco atractiva. Aunque no era bonita en un sen­tido clásico, su rostro irradiaba una calidez que hacía olvidar que sus rasgos eran bastante irregulares. Y sus ojos, de un precioso color castaño dorado, atraían inevitablemente la atención.
—¿Y hemos elegido ya el nombre para nuestro re­toño? —preguntó Miley, sacando a Nick de sus ab­surdos pensamientos.
—Por supuesto. Nick Júnior si es niño, y Demi si es niña.
—Parece que has pensado mucho en ello —Miley ladeó la cabeza y miró a Nick con curiosidad—. En­tiendo de dónde viene el Nick Júnior, ¿pero qué me dices del Demi?
—Mi padre me contó que mi madre siempre quiso tener un Nick y una Demi. Murió antes de tener una Demi, y he pensado que así podemos hacer que su deseo se cumpla.
Miley alzó una mano y le acarició la mejilla.
—Bajo tu actitud machista hay un hombre muy agradable, Nick Jonas.
Nick sintió el calor de sus dedos en la piel y as­piró su aroma. Un inmediato deseo se apoderó de él. Deseo de hacerle el amor, de excitarla hasta que por sus venas corriera lava, de unirse a ella como nunca se había unido con otra mujer.
Se levantó bruscamente.
—Voy a prepararme para meterme en la cama —dijo, y entró en el baño.
Mientras permanecía bajo el agua de la ducha trató de averiguar con exactitud lo que le estaba pa­sando. Hacía tiempo que no sentía el deseo que acababa de experimentar por Miley.
Había querido hacerle el amor, conectar con ella no solo físicamente, sino también mental y espiritualmente. Desde Sarah, lo que había tenido con las demás mujeres a las que había conocido era mero sexo, sin ninguna otra conexión.
Sarah. Hacía años que no pensaba en ella, a pesar de que, en otra época, lo había sido todo para él. Y Nick se lo dio todo: los sufrimientos de su pasado, las esperanzas de su futuro... Adoraba su pelo cas­taño, su pequeña figura, su forma de arrugar la nariz cuando se ponía pensativa, su forma de comer, su expresión cuando dormía.
Empezó a hacer planes de boda, para su vida en común. Creía con firmeza que lo que estaban cons­truyendo duraría toda la vida.
Pero, tras cuatro meses, Sarah decidió romper.
—Eres demasiado intenso, Nick. Yo solo quiero divertirme —le dijo, rompiéndole el corazón en mil pedazos.
Durante su último año de universidad, Nick vio cómo Sarah se divertía, saliendo primero con un compañero suyo, luego con otro. Sufrió aquel amor no correspondido como un auténtico y trágico poe­ta. Cuando terminó de sufrir, empezó a divertirse. Y no había dejado de hacerlo desde entonces.
Así que, ¿de dónde surgían aquellos sentimientos por Miley?, se preguntó mientras salía de la ducha. Aunque había bastantes similitudes físicas entre Sa­rah y ella, la personalidad de Miley era más fuerte, su sentido del humor era mejor y tenía una mente mucho más aguda. No recordaba haberse divertido tanto con Sarah como con ella.
Se puso los pantalones cortos de deporte y miró pensativamente su reflejo en el espejo. Aquel ines­perado e intenso deseo por Miley tenía que ser una reacción al cursillo que estaban recibiendo, unido a la cantidad de tiempo que pasaban juntos.
Se relajó. Sí, esa debía de ser la respuesta. No era tanto que deseara a Miley como que las circunstan­cias en que se hallaban habían favorecido el surgi­miento del deseo. Una vez comprendía su atracción por ella, podía enfrentarse a la situación con más calma.
Solo debía recordar que era un deseo nacido de las especiales circunstancias en que se hallaban. En cuanto se fueran de Mustang, volverían a su situa­ción inicial de jefe y secretaria, sin complicaciones emocionales ni físicas.
Esa noche se acostó convencido de que no sentía nada por Miley, de que los breves momentos de de­seo que había experimentado solo se debían a las es­peciales circunstancias de forzada intimidad en que se hallaban.
A la mañana siguiente despertó con el fragante aroma de Miley rodeando su cabeza. Sin abrir los ojos, supo que había vuelto a apoyar la cabeza sobre su pecho y que él la tenía rodeada con uno de sus brazos.
Por su pausada respiración, dedujo que aún dor­mía. Abrió los ojos y contempló su rostro, pregun­tándose cómo había podido considerarla alguna vez una chica corriente.
Sus rasgos eran fuertes y marcados, y estaban or­denados de una forma lo suficientemente poco con­vencional como para resultar interesantes, pero no corrientes. Tomó un mechón de su pelo entre los de­dos, no queriendo despertarla, pero necesitando aca­riciar su sedosa suavidad.
Pensó que así era como despertaban las parejas de todo el mundo. Uno en brazos del otro.
Y muchas de ellas empezaban la mañana ha­ciendo el amor, o hablando sobre sus planes para el día que los aguardaba.
Y esa era la clase de intimidad que siempre había asustado a Nick. Pero, de momento, con Miley en­tre sus brazos y la luz del amanecer entrando por la ventana, en lugar de asustado se sentía muy a gusto.
Sin darle tiempo a digerir sus pensamientos, Miley abrió los ojos. Por un instante, su luz ambarina iluminó a Nick, y una placentera sonrisa curvó sus labios. Pero, sin apenas transición, la sonrisa se es­fumó y ella se incorporó bruscamente en la cama.
—Lo siento —dijo, apartándose. Se habían soltado dos botones de la chaqueta de su pijama, regalando a Nick con la visión del inicio de sus senos—. No pretendía arrinconarte.
—No me he sentido arrinconado —replicó él. Se vio a sí mismo desabrochando el resto de los boto­nes, separando la tela hasta dejar expuesta la suave piel que ocultaban. Casi pudo saborearla en sus la­bios, sentir su calor...
—No sé por qué lo hago... Tal vez porque en casa suelo dormir en ese lado de la cama, o porque tengo frío de noche... No lo sé.
—Olvídalo, Miley. No hay problema —por algún motivo, aquellas excusas irritaron a Nick—. Sé que soy él último hombre de la tierra junto al que querrías acurrucarte —salió de la cama, más irritado con­sigo mismo que con ella.
Debía de estar teniendo una pesadilla mientras pensaba en hacer el amor con Miley, en compartir sus mañanas. Eso era lo que hacían los hombres ca­sados con sus esposas, y él no quería una esposa. Y no pensaba ablandarse y ponerse sentimental pen­sando en aquellas cosas. ¿Qué le estaba pasando? Debía controlarse.
Tomó su ropa y fue al baño, dejando a una bo­quiabierta Miley a sus espaldas.
Miley sabía por qué Nick se había mostrado distante y ligeramente irritado con ella durante todo el día. Era porque, una vez más, se la había encon­trado prácticamente encima al despertar.
No sabía qué pensamientos inconscientes la atraían hacia él en medio de la noche. No controlaba las energías magnéticas que fluían entre ellos a esas ho­ras. Pero comprendía que aquello irritara a Nick.
Había permanecido frío y distante durante todo el desayuno, animándose solo cuando llegó el mo­mento de su sesión privada con Barbara. Y ella sabía que eso solo lo hacía en beneficio de la farsa en la que estaban metidos.
—Pecadillos —dijo Barbara, una vez que estuvie­ron sentados en la biblioteca.
—¿Cómo? —dijo Nick.
—Pecadillos —repitió Barbara—. Hábitos irritantes, manías del otro que os molestan. Eso es lo que quiero que exploréis hoy —alcanzó a cada uno un cuadernito y un bolígrafo—. Quiero que escribáis las pequeñas cosas que hace vuestra pareja que os mo­lestan. Sin tapujos.
Mileye miró el papel, tratando de pensar en algo que hubiera hecho Nick esos dos días que pudiera considerarse irritante. No logró pensar en nada. Ha­bía sido un compañero de dormitorio muy conside­rado, y no había prolongado sus estancias en el baño más de lo estrictamente necesario.
Lo miró de reojo y comprobó que estaba escri­biendo algo en su cuaderno. Frunció el ceño. ¿Qué estaría escribiendo sobre ella? ¿Qué podía haber he­cho que lo molestara?
Frunció el ceño aún más al volver a mirar su cua­derno. Tenía que pensar en algo. Todo el mundo te­nía sus manías, costumbres que molestaban a otros, como apretar el dentífrico por el medio o dejar la tapa del inodoro levantada...
Pero, durante el tiempo que habían pasado jun­tos, Nick no había hecho eso ni nada parecido.
Pero su matrimonio no era real y, por tanto, lo que escribiera tampoco tenía por qué serlo. Sonrió, empezando a disfrutar del ejercicio.
Barbara les dio un cuarto de hora para escribir.
—De acuerdo, supongo que ya habréis escrito las mayores ofensas —dijo finalmente, sonriendo—. Em­pecemos por Miley. ¿Qué es lo primero que has es­crito?
—Nunca me llama cuando va a llegar tarde del trabajo —contestó Miley, sin mirar a Nick. Si lo hacía, temía romper a reír.
—¿Y cómo te hace sentir eso? —preguntó Barbara.
Miley pensó un momento.
—Siento que no soy lo suficientemente importante para él, que me da por supuesto. A veces me molesto en preparar una cena especial para recibirlo. Enton­ces él no llama para avisar y cuando llega ya está todo frío —miró furtivamente a Nick. Sus ojos bri­llaban de risa... y con la promesa de una venganza.
—Nick, ¿oyes lo que Miley te está diciendo? ¿Que no llamándola le haces sentir que no es impor­tante para ti? —dijo Barbara.
—Lo he oído.
—Dile que lo sientes —Barbara sonrió como una madre que estuviera haciendo las paces entre sus hi­jos.
Nick asintió y tomó una mano de Miley.
—Lo siento, querida. No me había dado cuenta de que no llamándote hacía que te sintieras mal. Pro­meto mejorar en el futuro —estrechó su mano con una renovada promesa de venganza.
—De acuerdo... Bien —Barbara sonrió—. Y ahora es tu turno, Nick.
—Miley utiliza el sexo como un arma —dijo él.
Miley se quedó boquiabierta.
—No es cierto —protestó.
Nick asintió solemnemente.
—Sí es cierto —dijo, mirando a Barbara—. Si hago algo que la molesta, se niega a hacer el amor con­migo esa noche. No me deja que la abrace ni la bese. A veces siento que prácticamente tengo que rogarle para que me deje hacerle el amor.
—Eso es ridículo —protestó Miley.
Nick miró a Barbara con expresión abatida.
—Y ahora, lo más seguro es que esta noche no me deje tocarla, por mucho que lo desee.
Barbara miró a Miley.
—¿Te resulta física o emocionalmente incómodo el sexo?
—No —Miley lanzó una llameante mirada a Nick. Él sonrió con gesto compungido. No había duda de que era buen actor. Bajó la mirada hacia su regazo y luego volvió a mirar a Nick—. Lo siento. Quiero que sepas que no te rechazo consciente­mente. Pero cuando siento que no soy importante para ti se me quitan las ganas de hacer el amor. Y, la mayor parte del tiempo, tu trabajo es más impor­tante que yo o mis necesidades.
Sintió una gran satisfacción al darse cuenta de la facilidad con que le había devuelto la pelota.
—Parece que una de las cosas en las que necesitáis trabajar es en el respeto mutuo —dijo Barbara—. En eso y en aseguraros de que vuestra pareja sienta que es lo más importante para vosotros. ¿Qué más tienes en tu lista, Nick?
—Miley se sujeta el pelo.
Instintivamente, Miley se llevó una mano a la nuca, donde tenía el pelo sujeto con un pañuelo azul.
—Me lo sujeto atrás porque es más cómodo que pasarme el día peleándome con él.
—A mí me gustaría que lo llevaras suelto. Tienes un pelo precioso, pero nunca lo enseñas —dijo Nick. El humor había desparecido de su mirada. En su lu­gar, Miley percibió un destello de sincero anhelo.
—Podría... podría soltármelo a veces —el brillo de los ojos azules de Nick le produjo un cosquilleo en la boca del estómago.
—Eso parece fácil de arreglar —dijo Barbara, atra­yendo la atención de Miley y de Nick hacia ella—. Unos días puedes llevarlo suelto y otros sujeto —son­rió a Miley—. Tu turno de nuevo. ¿Qué más has es­crito?
Miley miró su cuaderno, tratando de olvidar el único momento en que había percibido aquella emo­ción en la mirada de Nick.
Sin duda, debía de haberlo imaginado. Tratando de aligerar el ambiente, eligió un tema de su lista que pensaba que lo haría reír.
—A veces me trata como a una secretaria en lugar de como a una esposa —dijo—. Y puedo asegurarte que no paga a su secretaria la mitad de lo que se me­rece —se sintió aliviada al ver que la mirada de Nick volvía a sonreír.
El resto de la sesión pasó rápidamente mientras Barbara les hablaba sobre cómo evitar los malos há­bitos y reforzar los buenos.
—La comunicación es la base de un matrimonio saludable y feliz —concluyó.
—Voy a salir a dar una vuelta con Trent. Quiere llevarme al rancho de su cuñado para que vea algu­nos de sus caballos —dijo Nick cuando la sesión ter­minó—. Estaremos de vuelta en un par de horas.
—De acuerdo —dijo Miley, pensando que aquella salida tenía menos que ver con los caballos que con la necesidad de Nick de estar menos con ella.
Probablemente no se había parado a pensar en lo larga que podía resultar una semana simulando estar casado con una mujer que no le interesaba y con la que se veía obligado a compartir hasta la cama.
Tenía un par de horas antes de la cena, de manera que subió al dormitorio y se sentó cómodamente en la cama para leer una revista que había llevado con­sigo.
Pero ninguno de los artículos que hojeó logró ha­cerle apartar la mente de su jefe.
Sabía lo que estaba pasando. El enamoramiento que sintió por Nick cuando empezó a trabajar para él había regresado con más fuerza.
No estaba segura de cuándo había sucedido, pero era un hecho.
Miró el anillo que llevaba en el dedo. El dia­mante destelló bajo la luz que entraba por la ven­tana.
Era un anillo precioso, pero no encajaba bien en su dedo. Como Nick y ella, que tampoco encajaban. El anillo podía retocarse para que se adaptara a su mano, pero no podía hacerse lo mismo con las per­sonas. Y no debía olvidar eso.
Sería una tontería alimentar cualquier pensa­miento romántico en lo referente a Nick. Ella sabía mejor que nadie la clase mujeres que le gustaban. Se había ocupado de mandarles flores, de comprarles regalos, de reservar mesa en restaurantes de moda para Nick y su acompañante del momento.
No podía competir con aquellas desenvueltas y bellas mujeres, y el mero hecho de intentarlo sería una locura. Enanita. El apelativo de su padre resonó en su mente. Era evidente que a Nick le gustaban las mujeres físicamente bellas, pues nunca lo había visto con ninguna que no lo fuera. Su vida amorosa parecía un desfile de concursantes para el título de Miss Universo.
Ncik podía pensar que su pelo era bonito, o dis­frutar con su sentido del humor. Pero eso estaba muy lejos del amor. Los hombres como Nick no se enamoraban de las mujeres como ella.
Pero no estaba seriamente enamorada de él. Solo estaba un poco encaprichada, y eso no iba a llevar a nada más. No podía permitir que se convirtiera en algo más profundo, porque solo una tonta permitiría que su jefe le rompiera el corazón.

No hay comentarios:

Publicar un comentario