Dos minutos después la sonrisa de Nick se borró de forma súbita. Habían llegado dos nuevos invitados de última hora. Se trataba del embajador francés y de su acompañante, que en lugar de su esposa era una mujer muy alta y llamativa… Louisa.
¿Qué demonios estaba haciendo allí? Él había roto con ella una semana antes de que se celebrase la boda. Había salido muy bien parada de la ruptura. Nick le había comprado un apartamento de lujo en París y le había dado una considerable suma de dinero como compensación por poner punto final a su relación.
—Monsieur Distel, es un placer volverle a ver —dijo Nick mientras le estrechaba la mano—. Louisa —quiso limitar el saludo a un pequeño movimiento de la cabeza, pero no pudo evitar que ella le diera un beso en cada mejilla, uno de ellos muy cerca de la boca.
Miley había presentido el peligro desde el mismo momento en que Nick la soltó de la cintura. Había notado su tensión, y, siguiendo la dirección de su mirada, había visto a aquella alta y glamurosa mujer dirigiéndose hacia ellos. Lo primero que le llamó la atención fue la forma que tenía de mirar a Nick. Su intuición femenina le dijo que aquella mujer y su marido se conocían bien. De repente, los celos pincharon la feliz burbuja en la que había estado flotando las últimas semanas. En brazos de Nick, era fácil olvidar que éste había tenido unas cuantas amantes en el pasado, pero era algo imposible de ignorar estando delante de una. Miley respondió a las felicitaciones del embajador francés sin alterarse, pero cuando Louisa la saludó con una mirada llena de rencor casi perdió la compostura.
—Así que tú eres la afortunada; no eres como te imaginaba —la mujer la miró de arriba abajo—. Eres bastante pequeña.
—Ah, pequeña pero perfecta —intervino el embajador con la típica galantería francesa—. Y tienes también un hijo, lo que es un gran regalo para cualquier hombre.
Miley logró contenerse haciendo un colosal esfuerzo, pero por dentro estaba echando pestes.
—No es mi hijo —volvió la mirada hacia Nick—, ¿verdad, cariño?
Ella estaba enojada y herida, y no la culpaba. Él había hecho caso omiso de su preocupación sobre lo que pudiera pensar la gente acerca de quiénes eran los progenitores de Daniel. Debía tener cuidado o de lo contrario podrían saltar chispas entre Miley y la sofisticada pareja francesa. Louisa ya la había ofendido con la chanza sobre su estatura, y él sabía que en ese tema Miley era muy susceptible, aunque a sus ojos su mujer era perfecta.
Por una vez en su vida se sintió ferozmente protector e incómodo al mismo tiempo; emociones con las que no estaba familiarizado. Sabía que la mayor parte de los allí presentes identificaban a Louisa como su ex amante, y se sintió culpable de que su pasada relación hubiera puesto a Miley en aquella posición. Estaba decidido a remediarlo antes de que ella tuviera la ocasión de descubrirlo.
—No, claro que no, Miley. Todo el mundo sabe que es el hijo de mi hermana Delia. Pero el inglés del embajador no es tan bueno —dijo sonriéndola con cariño—. Discúlpame un momento mientras se lo explico en francés —ella asintió con la cabeza y él volvió su atención a Distel y a Louisa.
Esa estúpida condescendiente, pensó Miley, demasiado furiosa para articular palabra. Tomó otra copa de champán y escuchó atentamente la conversación que estaban manteniendo en francés. Se puso pálida; sus sospechas se veían confirmadas. Sufrió tal conmoción que pensó que iba a derrumbarse. Rápidamente apuró champán y cuando Mary se dirigió al cuarto de baño aprovecho la oportunidad para acompañarla. Había oído suficiente, más que suficiente.
—Esa mujer es la amante de Nick—dijo Miley según entraban a los aseos.
—No, te equivocas —se apresuró a responder Mary.
Miley miró a su amiga con escepticismo.
—Por favor, no te molestes en mentir por mí, no es necesario.
—Para ser precisos, no estoy mintiendo —suspiró Mary—. Pero no me sorprende que hayas adivinado que hubo un lío amoroso entre ellos. Era evidente por la forma que Louisa tenía de mirarlo. Pero, de verdad, Miley, no tienes nada de qué preocuparte. Nick se casó contigo. Él te ama y me consta que aquella aventura terminó; Andrew me lo dijo.
—Y tú le creíste —Miley se sentó en la silla más cercana. Ella sabía que Nick no la amaba, pero no podía creer que fuera tan insensible como para dejar que su amante lo besara delante de ella—. Odio decírtelo, Mary, pero tu marido mintió, y antes de que añadas nada más, has de saber que domino el francés a la perfección y que lo entendí todo.
Mary se desplomó en otra silla.
—Hablas francés. Ay, no. Pero espera un segundo, Nick sólo habló durante un momento, luego el embajador y Louisa lo interrumpieron. No han conversado más que unos minutos antes de irnos. Así que ¿qué diablos dijeron que te alterara tanto?
—Más que suficiente. Nick explicó que Daniel era el hijo de su hermana y luego preguntó a Distel si su esposa se encontraba indispuesta. El embajador contestó que sí, y en un tono más bien sarcástico añadió que pensaba que a Nick no le importaría que Louisa lo acompañase ya que habían sido viejos amigos. A continuación intervino Louisa dirigiéndose a Nick y estas fueron sus palabras: «En realidad, mon cher, no tienes nada de qué preocuparte. No se me ocurriría molestar a tu pequeña esposa contándole lo nuestro. Me consta que te casaste con ella sólo por el niño. Recuerdo todos y cada uno de los detalles de la última noche que pasamos juntos la semana anterior a tu boda. Y hace diez días, cuando me diste las escrituras del apartamento…» —Miley se detuvo e intentó contener las lagrimas. Luego continuó estoicamente—. «Sabía que era para apaciguar tu mala conciencia. Después de casi cuatro años te entiendo perfectamente, cher, y cuando vuelvas puedo prometerte…». En ese punto ella comenzó a reírse y tú me diste una excusa para ir al baño, por lo cual te estaré eternamente agradecida —concluyó Miley.
—Menudo mal bicho.
—Desde luego, pero una pareja perfecta para el mentiroso de mi marido. Obviamente aún se ven. Me dijo que iba a Nueva York, pero según esa mujer se vieron en París hace diez días.
—Eso no lo sabes —Mary intentó consolarla—. No escuchaste la respuesta de Nick. Probablemente desmintió lo que decía Louisa. ¿Por qué si no, sólo un momento antes, Nick, que nunca en su vida ha dado muestras de afecto en público, te dio las gracias por casarte con él y te besó delante de todo el mundo? Eso debe significar algo; tienes quedarle una oportunidad.
Miley se levantó con los ojos en blanco.
—Creo que no —respondió tajante.
—Venga, Miley, no puedes creer ni por un instante que Nick prefiera a una mujer como ésa antes que a ti. Volvamos. No vas a dejar que una lagarta como Louisa te fastidie. Y si hay algo que yo pueda hacer…
—No te preocupes Mary —dijo Miley. Por un instante se sintió derrotada, pero había recibido demasiados golpes en su vida como para darse por vencida tan fácilmente. Estaré bien y no montaré ninguna escena. Tienes razón, es hora de regresar a la fiesta.
—¿Estás segura?
—Desde luego —aseveró Miley, y abrió la puerta. Según volvía hacia el salón de baile, sintió un extraño desapego ante lo que la rodeaba. El sonido de la gente, las risas, la música, nada de ello podía penetrar la indiferencia que se había instalado en torno a ella como una invisible coraza. Nada había cambiado, se dijo a sí misma. Aún tenía a Daniel. Siempre había sabido que Nick era un mujeriego impenitente; así se lo dio a entender su propia hermana. Y en cuanto a los hombres, jamás volvería a amar a ninguno. Nick tenía razón: el amor era una ilusión, una ilusión que ya había padecido y que ahora podría olvidar. Miley había llorado al perder a su familia y a su amiga; su marido, en cambio, no era digno de una sola lágrima.
No había señal de la pareja francesa cuando regresaron al salón de baile. Andrew y Nick estaban enfrascados en una conversación, pero los dos se volvieron al ver entrar a Mary y a Miley. Nick enseguida se dio cuenta de que algo iba mal. La frágil sonrisa que ella le dirigió hablaba por sí sola. Él se acercó a ella y le pasó el brazo por la cintura.
—Te he echado de menos —susurró dulcemente. Ella no respondió; simplemente se quedó inmóvil—. Tengo muchas ganas de bailar contigo —lo intentó de nuevo. Inclinó la cabeza y le dijo al oído—: Quiero tenerte en mis brazos.
—Lo siento, estaba charlando con Mary —Nick la sacó a la pista de baile y ella no objetó nada; puso la mano en el hombro de él y dejó que llevase el ritmo.
—¿Estás bien? —preguntó advirtiendo que sucedía algo raro. Ella miró para otro lado.
—Claro. ¿Por qué no iba a estarlo? —continuó mirarlo. Él la apretó con más fuerza, pero, en contra de lo que esperaba, su maravilloso cuerpo no reacciono. Podía estar físicamente en sus brazos, pero mentalmente se encontraba muy lejos de allí.
—¿Te dijo Mary algo que te molestara?
—No —repuso ella.
Durante un momento Nick sintió una emoción desconocida: una mezcla de cólera y miedo. Intentó convencerse de que su imaginación le estaba jugando una mala pasada. Miley era como una masa inerte en sus brazos, pero había una explicación: su timidez en público. Además, era lógico que estuviese tensa, ya que era el centro de todas las miradas.
—Relájate; eres la mujer más hermosa que hay en este lugar y todo el mundo te admira.
—Lo dudo —afirmó, incrédula, con brusquedad.
¿De verdad Nick creía que ella era tan poca cosa que necesitaba del falso consuelo de un tipo tan arrogante y mentiroso como él? Sin embargo, Nick siempre había estado en lo cierto en algo: el ardor que sentía cuando él la tocaba no era, tal como él había dicho, más que sexo. Afortunadamente ya no sentía nada en sus brazos. Aquella traición había matado del todo su amor por él.
—¿Estás segura de que estás bien? No tenemos que quedamos mucho más si no quieres.
—Al contrario: pienso bailar toda la noche —pese a su sonrisa, en su interior sólo había ira y frustración.
Cuando entró en la limusina, Miley se sentó todo lo lejos que pudo de Nick. No quería mirarlo ni hablar con él, así que cerró los ojos y reclinó la cabeza sobre el asiento. Ella se había pasado la noche bailando y riendo, y él había tenido el descaro de decirle que había sido la reina del baile. Tenía la sensibilidad de una serpiente, pero estaba decidida a no dejarse destrozar.
Cuando llegaron, salió escopetada para la casa sin detenerse. Una vez en la suite principal, se desabrochó el collar y lo dejó caer junto con los pendientes y la pulsera. Se dirigió al vestidor y allí se quitó las horquillas del pelo. Abrió un cajón y escogió la prenda menos glamorosa que vio: un camisón. Cuando volvió a entrar al dormitorio, Nick estaba de pie en medio de la habitación. Se había quitado la chaqueta y la corbata, su camisa estaba desabotonada hasta la cintura y en su mano tenía las joyas que ella había arrojado al suelo.
—¿No te parece algo descuidado dejar esto en el suelo? ¿Vas a decirme qué es lo que te ocurre, Miley? Estaba empezando a tener un mejor concepto de ti, pero está visto que me equivocaba, a menos que tengas algún tipo de explicación para actuar de la forma en que lo has hecho.
—¿Y qué sabes tú de mi forma de actuar? Piensas que me conoces muy bien sólo porque compartimos cama y fluidos corporales, pero no me conoces en absoluto. Si me conocieras, te habrías enterado de que viví en Suiza hasta los catorce años. De los cuatro idiomas que se hablan allí, domino dos: el italiano y el francés. ¿Es necesario que siga? —ella vio cómo él se ruborizaba. Hacía muy bien en sentirse culpable.
—Ah, oíste lo que dijo Louisa. Fue una imprudencia por mi parte, pero hablé en francés para evitarte un mal trago.
—Qué atento eres —dijo ella con sarcasmo.
—Escuchaste que fue mi amante, y lo lamento, pero no tienes ningún motivo para sentirte celosa, Miley. Aquello terminó antes de casarnos, y mientras esté contigo no necesito a ninguna otra mujer, lo juro.
Miley no podía dar crédito. Aquello era demasiado.
—Debes de pensar que me chupo el dedo si esperas que me crea una sola palabra de lo que dices. Eres el canalla más mentiroso, manipulador y arrogante que he tenido la desgracia de conocer. Has estado liado a esa mujer durante años. ¿Me tomas por tonta? La semana anterior a nuestra boda estabas en su cama. Delia me dijo lo infieles que eran los hombres de vuestra familia, y por Dios que tenía razón. Tuviste incluso la desfachatez de decirme hace diez días que ibas a Nueva York cuando en realidad fuiste a ver a esa mujer recién salido de mi cama; una cama donde, por cierto me llamaste ma petite, una expresión francesa, cuando tuvimos relaciones sexuales por primera vez. Ahora ya sé por qué: por la fuerza de la costumbre. Luego, para rematarlo todo, descubro que has regalado a tu amante un apartamento y Dios sabe qué más. Y te preguntas por qué han terminado las joyas que me regalaste en el suelo —la mirada de Miley expresaba todo el rechazo que sentía hacia él.
—¿Has terminado ya de crucificarme? —preguntó Nick con aspereza mientras la sujetaba por la cintura.
—Dios ayude a Daniel con un padre como tú. En cuanto a mí, no quiero que me vuelvas a tocar en tu vida.
Aquel último golpe era más de lo que Nick podía soportar. No era ningún santo, y era cierto que se había acostado con Louisa la semana previa a la boda, pero sobre todo porque ella se lo suplicó. Después de decirle que habían terminado, sintió lástima y accedió, pero no se quedó a dormir y se marchó antes de medianoche. La aparición de Louisa en la fiesta le pilló desprevenido, pero le parecía intolerable que su esposa hubiera pensado tan mal de él, que creyera que había mentido cuando había dicho que iba a Nueva York.
La atrajo hacia él, hundió la mano en su pelo y, con una pasión enfurecida, se arrojó a su boca. Él notó su resistencia, y luchó contra el deseo de hundirse aún más en ella, de hacerla saber de la forma más primitiva que era suya.
Hizo un gran esfuerzo por suavizar la rabia de su beso pero ella seguía rígida en sus brazos. Frustrado y enojado puso la mano bajo el camisón, subiendo por la pierna en busca de su sexo mientras con la boca capturaba su pecho a través de la tela.
De pronto la coraza de indiferencia que había ayudado a Miley toda la noche se hizo añicos Y la dejó en carne viva. Ella arremetió salvajemente contra él, pero era como dar golpes contra un muro. Su cerebro lo rechazaba, pero en su cuerpo se despertó un deseo incontrolable.
Él la tomó en sus brazos y la dejó desnuda sobre la cama. El camisón se había quedado por el camino. Una pierna musculosa se interpuso entre las de ella mientras una boca ávida le devoraba los pechos. El cuerpo de Miley se arqueó de forma convulsa. Sólo era consciente de cómo su poderoso miembro la penetraba y la llenaba a impulsos cada vez más profundos. Hasta que un torbellino de sensaciones estremecedoras la elevó por los aires, culminando en una explosión sensual tan intensa que durante un momento dejó de respirar.
Notó cómo el peso de Nick cedía. Tumbados en la cama uno junto al otro, sólo se oía el acelerado latido de sus corazones y su respiración jadeante. Miley se había quedado sin palabras. Su cuerpo la había dejado por mentirosa. Él se recostó sobre un codo y la miró a los ojos.
—Así que no querías que te volviera a tocar en la vida —se burló sin acritud—. Al igual que me sucede a mí, Miley, ya no puedes resistirte al deseo que existe entre, nosotros.
—Esa es tu jactanciosa opinión —le espetó ella.
—No es una opinión, sino un hecho, y para demostrártelo no te tocaré de nuevo, no hasta que tú me lo pidas. Y dudo que tengamos que esperar mucho. Algunas mujeres, una vez que han probado el sexo, ya no pueden pasar sin él, y me da la impresión de que perteneces a esa clase de mujeres.
—Ni lo sueñes —bufó ella. Sentía vergüenza de su propia debilidad y lo odiaba con todas sus fuerzas. Quería pegarlo, destrozar su colosal orgullo—. Solo estoy aquí por Daniel, y para dejar las cosas claras déjame decirte que la cicatriz de mi tripa no es de una apendicitis, sino de un accidente. Así que si albergas la esperanza de que algún día me pueda quedar embarazada, olvídalo. No puedo tener hijos.
En su explosión de rabia, había confesado su mayor secreto, pero la reacción de Nick no fue la que ella esperaba. Él la miró y le acarició la cicatriz con la mano —No me importa no tener un hijo biológico. Tenemos a Daniel—dijo sin alterarse—. Lamento lo que ha ocurrido esta noche, y no espero que me creas ciegamente. Pero si hubieras escuchado un poco más habrías oído cómo le recordaba a Louisa que la relación había terminado para siempre, y que había sido compensada generosamente por su amistad. No tienes nada de qué preocuparte; bórralo de tu mente.
La facilidad con que él pasó por alto su confidencia la enojó aún más. Para Miley era un tema muy delicado, pero Nick se mostraba tan imperturbable ante la noticia que obviamente no parecía importarle lo más mínimo lo que ella pudiera sentir.
—¿Es eso lo que hizo tu primera mujer cuando se enteró de la existencia de tus amantes? ¿O Tina nunca supo lo infiel que eras? ¿Le mentiste con la misma facilidad con que me has mentido a mí cuando le decías que eras fiel? —preguntó llena de amargura.
—Yo nunca te mentí, ni a Tina, aunque tampoco le habría importado mucho. Tina actuaba por su cuenta. Tenía veintitrés años cuando la conocí, y nos casamos porque de otro modo no podía acostarme con ella.
Y, según Delia, por la empresa de su padre, pensó Miley con desagrado.
—Antes de que preguntes nada —se anticipó Nick, como si le estuviera leyendo el pensamiento—, la fusión con la compañía bancaria de su padre le benefició fundamentalmente a él. Es cierto que queríamos expandirnos a Estados Unidos, pero teníamos opciones mucho mejores que la suya, y tuve que trabajar como un esclavo para que la operación resultara rentable. En cuanto a lo demás, te conté la verdad cuando te dije que le fui fiel mientras ella también lo fue conmigo. Lo que no te conté es que yo no fui su primer amante, y desde luego no el último. La monogamia era algo completamente ajeno a su naturaleza.
Y a la de él, pensó Miley sin piedad.
—No tengo la costumbre de dar cuenta de mis actos pasados a nadie, pero en este caso haré una excepción. Puedo decir por la expresión de tu cara que, al igual que todas las mujeres, nunca vas a dar por zanjado este tema si no conoces hasta el último detalle —dijo cínicamente—. Cuando conociste a Tina en Grecia llevábamos casados siete años y, que yo supiera, al menos había tenido ya tres amantes. Takis, su primo, había sido uno de ellos. Continuamos casados principalmente para no disgustar a nuestros padres, que eran grandes amigos. Por otra parte, como no tenía intención de volverme a casar jamás, tampoco veía la necesidad de divorciarme. Si esto ofende tu mojigata forma de pensar, lo siento, pero es la pura verdad.
Ella se quedó mirándolo fijamente. Durante un instante tuvo la curiosa sensación de que él necesitaba que ella lo creyese. No, Nick no necesitaba a nadie. En todo caso, Miley ya no sabía qué creer. Nick había puesto su vida del revés, y allí estaba ella tumbada a su lado, saciada de sexo. Si tenía un gramo de sentido común, empaquetaría sus cosas y se iría cuanto antes.
—Si lo que dices es cierto, lo siento —dijo poco convencida.
—No hay por qué, y no necesito tu compasión. No cambia nada. Tú y yo estamos casados y tenemos a un niño al que cuidar, y eso es todo lo que importa.
Él tenía razón en un sentido. A menos que abandonase a Daniel, algo que nunca haría voluntariamente, todo lo demás era irrelevante. No se había casado con Nick por su forma de ser, ni por el sexo. Sexo, pensó Miley, eso era todo lo que había entre ellos, nada más. Su sueño de que Nick llegase a quererla no era más que una quimera.
—Si no te importa, debo levantarme y darme una ducha —dijo ella.
—Pídemelo amablemente y te acompaño.
—Cuando las ranas críen pelo —soltó ella. Se levantó de la cama y se fue corriendo al baño.
Al volver a la habitación, Nick estaba durmiendo.
Cuando despertó a la mañana siguiente, él no estaba. Se dio cuenta de que por primera vez había dormido a su lado sin rozarla y sin darle el habitual beso de buenos días. Estaba claro que se había propuesto cumplir su amenaza. Ella juró en silencio que nunca volvería a tocarlo.
Cuando él regresó aquella noche era como si nada hubiera cambiado. En la cena Nick le dijo que al día siguiente se irían a la isla a pasar dos semanas de vacaciones coincidiendo con la Semana Santa. La niñera se tomaría unos días libres pero se les uniría después.
Al acostarse, todo lo que hubo fueron unas escuetas «buenas noches». Él le dio la espalda y en pocos minutos ya estaba profundamente dormido. Para Miley no fue tan fácil. La esperanza que había arraigado en su corazón durante aquellas últimas semanas había muerto.
Al día siguiente se subieron a un pequeño avión. Daniel estaba loco de contento, Miley callada y Nick tan reservado como de costumbre.
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