domingo, 22 de abril de 2012

Capitulo 8.-


El súbito ruido de una puerta abriéndose dio a Miley un susto de muerte. Recelosa, miró al otro lado de la habitación. La invadió la cólera cuando vio la silueta de Nick en la puerta.
—¿Qué es lo que quieres? —inmediatamente Miley se arrepintió de la pregunta al tiempo que él esbozaba una malévola sonrisa. Ella, sin achantarse, le aguantó la mirada.
—Ésa es una buena pregunta —repuso él deteniéndose al borde de la cama—. Estoy seguro de que conoces la respuesta —dijo provocativamente. La mirada de Nick la recorrió de arriba abajo.
¿Cómo se atrevía aquella pequeña bruja a desafiarlo de nuevo?, pensó él. La noche anterior la había despojado de su inocencia con menos delicadeza de la que hubiese querido. Pero después de la conmoción inicial, ella no se había ido a la zaga; tenía las marcas que lo demostraban. Entonces, ¿a qué demonios estaba jugando? En su rostro se dibujó una sonrisa fría.
Miley, por su parte, percibía la creciente tensión. Casi podía palpar su rabia, pero no quiso responder a su provocación. Simplemente se lo quedó mirando fijamente mientras el corazón le latía con fuerza en el pecho. La seguridad con la que poco antes se había convencido de que Nick entendería la situación se desvaneció en un instante. ¿Y qué había pasado con las llamadas que supuestamente tenía que hacer?
—¿No dices nada, Miley? —dijo mientras la contemplaba con aquella mirada dura como el acero.
—Dijiste que ibas a trabajar —respondió intentando dominarse.
—Es cierto, pero Anna, mientras me reñía por dejarte ir a la cama sola, también mencionó que habías elegido un dormitorio como estudio —dijo con una sonrisa burlona—. Es un alma cándida, y no creo que se le haya ocurrido pensar que dormirías aquí. Pero mira por dónde yo no soy tan crédulo y decidí echar un vistazo.
—Ah.
Ah —imitó—. ¿Eso es todo lo que tienes que decir?
Miley tragó saliva y reunió el coraje suficiente.
—Te dije anoche que no volvería a dormir contigo.
—¿Por qué? —inquirió con esa arrogancia que la sacaba de quicio—. Después de anoche no hay lugar de tú cuerpo que no conozca —era verdad, pero eso no la ayudó a contener sus nervios.
—Eres repugnante —lo insultó, apartando la mirada.
Nick se acercó amenazante.
—Vete —le exigió. En realidad, no se trataba sólo de pedirle que saliera de la habitación, sino también de su cerebro—. Vete ya.
Sin pronunciar ni una palabra él se acercó aún más y le quitó la colcha de un tirón.
—Ni se te ocurra —le advirtió ella, agarrando la colcha con una mano antes de arrojarle la taza.
La taza rebotó en su pecho, cubriéndole de chocolate. Él se sacudió inmediatamente y ella lo contempló horrorizada por lo que había hecho. Normalmente era una mujer tranquila y apacible que detestaba la violencia. «Ay, Dios mío, podría haberlo quemado», se dijo arrepentida.
—Lo siento, lo siento de veras —se disculpó con un tremendo sentimiento de culpabilidad.
Nick estaba furioso.
—Más te vale que así sea —maldiciendo, la sacó de la cama y la cargó a hombros. Ella, muy asustada, intentó luchar, pero él era demasiado fuerte. Entró como un huracán en el baño y, tras dejarla en el suelo, cerró la puerta. Algo mareada por haber estado cabeza abajo, Miley tardó un momento en situarse. Cuando lo hizo, vio que él se había quitado la camisa y tenía el vello del pecho mojado y pegajoso de chocolate.
—Lo siento de veras —intentó disculparse de nuevo, pero era demasiado tarde.
Él le dirigió una mirada asesina. La sujetó firmemente por la cintura, se deshizo de los zapatos y la metió en la ducha con él.
Abrió el grifo, la dio media vuelta para tenerla de frente y le puso el jabón en la mano.
—Ahora vas a limpiar cada gota que me has derramado encima —le ordenó en tono conminatorio.
El chorro de agua caía encima de ella, que lo miraba aterrada. Él se encontraba a pocos centímetros, por lo que no necesitaba sus lentes de contacto para ver que cada músculo, cada tendón de su atlético cuerpo estaba tenso de rabia.
—¿A qué estás esperando? —le dijo mientras la agarraba de la muñeca y le llevaba la mano hasta su pecho—. ¡Límpiame!
Ella se olvidó de su amor propio y se puso a frotar aquel poderoso pecho. Fue una tortura llena de sensualidad palpar la cálida y húmeda piel, la potente musculaturas de sus pectorales.
—Usa las dos manos —le ordenó con severidad.
Ella cerró los ojos y puso las manos llenas de jabón en su pecho, moviéndolas en círculos cada vez más amplios, lo que le proporcionaba un evidente placer. Ella respiraba con dificultad, sin poder reprimir el cariz que estaban tomando sus pensamientos.
Con los ojos abiertos de par en par, Miley retrocedió hasta que la pared de la ducha la detuvo.
—Ya está —dijo ella.
Mojado e intentando mantener su cólera bajo control, la miró furioso. Nick captó el reflejo del deseo en las profundidades violeta de sus ojos. Al contemplar al trasluz de la tela empapada aquellos pechos tan bien torneados, la rabia se transformó en una emoción muy distinta.
—Todavía no has terminado —le dijo—. No está a mi gusto —se quitó los pantalones y la despojó del camisón.
—No —se opuso Miley con poco convencimiento.
Un sentimiento de victoria recorrió su cuerpo así como un perverso deseo de poseerla de forma tan salvaje que nunca más se volviera a atrever a desafiarlo. Pasó un brazo por su cintura y la estrechó contra él.
—Sí, Miley—replicó codicioso—. El chocolate chorreó por todo mi cuerpo. Debes limpiarme más abajo —le dijo en un tono sugerente mientras descendía con una mano siguiendo la forma de su columna hasta abarcar la redondez de sus nalgas. Durante un instante sintió que oponía una leve resistencia. Entonces la apretó contra su ávido sexo y sintió que Miley respondía con un estremecimiento.
Mojada y desnuda, Miley era perfectamente consciente de aquella presión contra su vientre. Lo miró fijamente a los ojos, y lo que vio en ellos provocó en su cuerpo una reacción en cadena. Atravesada por el deseo, apenas podía respirar.
—Cada acción tiene una reacción. Recuérdalo, Miley, y nos llevaremos bien. Pero esta vez te ahorraré tus rubores —dijo con dulzura mientras en sus ojos brillaba una luz non sancta. Tomó el jabón de su mano y frotó ambos cuerpos con él.
Ella sentía la presión de su formidable miembro. Nick acarició el estómago de Miley encendiendo un deseo que la sacudió hasta lo más profundo de su ser. Cuando a continuación la aprisionó entre sus poderosos muslos, no pudo reprimir un gemido de placer.
Él la enjabonó por todas partes. Ella cerró los ojos mientras él iba explorando y acariciando su carne caliente y húmeda. Todo pensamiento de resistirse se desvaneció de su mente. Se estremeció cuando la mano de él volvió a recorrer su vientre y sus pechos. No podía decir en qué momento él había soltado el jabón. El agua le impedía ver y todo su cuerpo vibraba de placer.
—Tienes un cuerpo verdaderamente delicioso —le susurró él al oído.
Ella lanzó un gemido y se aferró a sus hombros. Él la apretó contra sus muslos y la besó con tal intensidad que ante su empuje, se vio obligada a apoyar la cabeza contra la pared de la ducha, respondiendo a su vez con avidez.
La lengua de él exploró todos los rincones de su boca. Él la tomó de las nalgas y la levantó en vilo mientras ella, instintivamente, cruzaba las piernas en torno a su cintura, deseosa de sentirlo dentro de su cuerpo, de que la poseyera en el límite entre el placer y el dolor.
Él la miró y, encendido de pasión, la penetró intensa y profundamente.
Ella gritó mientras su cuerpo seguía instintivamente el furioso ritmo que él imponía. La boca de Nick buscó su pecho y metiéndose el pezón en la boca comenzó a chuparlo vorazmente mientras su sexo arremetía con mayor ímpetu y rapidez. Ella pensó que iba a morir de placer, y clavó los dedos en su nuca. Sintió todo su cuerpo saturado de una tensión increíble, deshecha luego en portentosos espasmos que parecían no tener fin. Apenas oyó el gruñido animal que lanzó Nick cuando aquel formidable cuerpo se estremeció violentamente, derramando en ella su semilla mientras ambos se unían en un asombroso clímax. Las aparentemente interminables descargas fueron disminuyendo y ella hundió la cabeza en la curva de su cuello.
—Miley, ¿estás bien?
Miley oyó la pregunta y levantó la cabeza. Él la estaba mirando, esperando una respuesta, y de repente ella se sintió terriblemente insegura. Aferrada a él como una enredadera, la situación se le hizo embarazosa. Pero su integridad personal no le permitía darle una respuesta. Él sólo la había tocado y ella se había derretido como el hielo bajo el fuego.
—Estoy bien —murmuró.
Era la respuesta que Nick quería escuchar, y lentamente la dejó en el suelo, cerró el agua, tomó ambas mejillas entre sus manos y le retiró el pelo de la cara antes de besarla en los labios con dulzura.
—Estupendo, yo también. Así que no más disputas acerca de lo de dormir en mi cama —la sacó de la ducha en volandas y la envolvió con una toalla.
Ella era tal como la recordaba de su primer encuentro años atrás. Los pechos, altos y firmes; los pezones sonrosados y perfectos; y la cintura estrecha. Además, ahora sabía que su pelo rubio era natural. Ella era mucho más de lo que esperaba. Desde un principio había notado como lo miraba, sabedor de que podía ser suya, pero nunca hubiera imaginado que se entregaría a él de una manera tan salvaje.
—Y nada de arrojar más tazas de chocolate. No me enfado con facilidad, pero tengo mi carácter —admitió, y se envolvió en otra toalla.
Miley lo miró impotente. Era increíble: tan tranquilo, lo tenía todo bajo control. Por el contrario, ella ya no se reconocía. Su franqueza le llevó a reconocer que había sido su mal genio lo que había hecho estallar la confrontación. En cuanto a lo que había pasado después, era tanto culpa suya como de él.
—Ay, Dios mío, no puedo creer lo que he hecho en el baño —dijo ella sin advertir que estaba hablando en voz alta.
—No se lo diré a nadie si tú no quieres —se burló Nick, con una amplia sonrisa.
El buen humor de Nick y su sonrisa bonachona resultaron irresistibles, y no pudo por menos que devolverle la sonrisa.
—Lo he dicho sin pensar —admitió Miley, y no tardó en perder de nuevo la cabeza. Nick, relajado y feliz, era demasiado seductor.
—Yo pensaré por los dos, y en el futuro creo que deberíamos dormir en nuestra habitación —afirmó mientras la tomaba en brazos—. De ese modo tendremos un largo y feliz matrimonio.
—Es el comentario más machista que he oído nunca —replicó Dulce—. ¿Y dejarás de llevarme en volandas todo el tiempo? Sé caminar —protestó.
En sus brazos ella se sentía indefensa y vulnerable, además de sentir algunas otras emociones en las que prefería no pensar.
—Me encanta la forma en que caminas, pero es mucho más rápido si te llevo a la cama yo —dijo él con una malvada sonrisa mientras la sacaba en brazos del baño.
—Por favor, déjame en el suelo. Debo recoger mi ropa —ella miró alrededor de la habitación y comenzó a forcejear—. Anna se horrorizará si ve el desbarajuste que hemos organizado.
—Te preocupas demasiado —bromeó—. A Anna no le importará; cuenta con muchas personas para que la ayuden a limpiar.
Él echó un vistazo al cuarto y se detuvo. Había estado demasiado enfadado como para observar la habitación cuando entró. Algunos muebles habían sido desplazados junto a una pared, y había un caballete delante de la ventana, en cuya repisa se agolpaban cuadernos, pinturas y otras cosas.
—Pintas —dijo sorprendido—. ¿Por qué no me lo dijiste?
—Soy ilustradora. Pensé que era obvio. Te dije que el traje de la boda era elección de Daniel. Era del mismo estilo que el del hada del dibujo que tiene en la pared de su cuarto en casa, el que hice para un libro infantil. Como ves, no soy tan inútil como tú crees. ¿Y me vas a dejar bajar?
Nick de pronto cayó en la cuenta del dibujo de la habitación del niño. Esa era la razón por la que Miley tenía un aire familiar el día de la boda. Se dio cuenta de que su vestido era una réplica del que llevaba el hada, aunque en Miley era mucho más sexy.
—No te creí cuando dijiste que Daniel había elegido tu vestido —confesó con gesto de asombro. Su mujer era una artista talentosa, por no mencionar los otros talentos que ya conocía.
Ella nunca dejaba de sorprenderlo. La abrazó más fuerte y le dio un repentino beso en la frente.
—Tú y yo tenemos que hablar. Quiero saber qué otras cosas me ocultas. Pero no aquí.
Ella echó una ojeada a la desordenada habitación mientras él se dirigía hacia la puerta, y por alguna razón sintió que le debía una explicación.
—Le pedí a Anna un cuarto que me sirviera de estudio. Ella no sabía que iba a dormir aquí.
—Si, lo sé —corroboró Nick—. Anna es una romántica empedernida y no hay motivo para desengañarla. Suerte que ni tú ni yo nos hacemos ese tipo de ilusiones, ¿verdad?
—No estoy segura de entenderte —dijo Miley en voz baja mientras él abría la puerta de la suite principal y la dejaba en el suelo con suavidad.
—Anna tiene unas ideas acerca del amor y del matrimonio que no se corresponden con la realidad. Tal vez porque nunca ha estado casada —puntualizó cínicamente—. Escucha a alguien que sabe: lo que hay entre nosotros es mucho mejor.
—¿Y qué es exactamente lo que hay entre nosotros? —preguntó Miley, desilusionada. El apasionado amante de hacía un rato, el hombre que había despertado su cuerpo de un modo que nunca hubiera podido imaginado, estaba otra vez mirándola con una expresión fría y sarcástica. Se preguntó por qué sería tan duro de corazón, o si acaso no tendría corazón en absoluto.
—Tenemos un hijo del que ocuparnos, y tenemos esto —dijo dándole un beso que dejó sus labios temblando y su temperatura en ascenso.
—Sexo —exclamó ella.
—No lo desprecies tan rápido, Miley. El buen sexo es mucho más de lo que nunca han tenido los supuestos enamorados —aseguró con rotundidad—. Y aunque tu mentalidad conservadora lo rechace, la química sexual que hay entre nosotros es pura dinamita.
—Debo creerte, ya que no tengo más experiencia que lo que tú me has enseñado. Según Delia, experiencia es lo que tienen los hombres de esta familia una vez pasada la pubertad. Son célebres por sus obedientes esposas e incontables amantes —replicó ella burlonamente.
—Maldita Delia. Cuando se le metía una idea en la cabeza no había quien se la sacase, igual que nuestra madre.
—¿Tu madre?—inquirió curiosa, olvidando momentáneamente la antipatía que sentía hacia Nick.
Una fría sonrisa se dibujó en el rostro de Nick.
—Tu interés por mi familia, aunque se remonta a tiempo atrás, ha sido bastante irregular, cariño. Quizás ya es hora de que oigas la verdad —la llevó a la cama y, rodeándola por la cintura, se sentó a su lado—. Tú y yo tenemos que hablar para aclarar algunas cosas. Como dijiste, antes pensaba que todo lo que hacías era cuidar de niños, pero ahora sé que estaba equivocado. Eres toda una artista. Mañana tendrás un estudio en condiciones para ti. Pero del mismo modo, la imagen que tienes de mí está totalmente influida por lo que te contó Delia de la familia, que no es necesariamente cierto.
—Si tú lo dices —resopló ella. Nick ignoró la pulla.
—Al contrario de lo que crees, mi padre nunca culpó a Delia del suicidio de nuestra madre. Si había que culpar a alguien, era probablemente a mí.
—¿A ti? —exclamó sorprendida e intrigada.
—Sí. Después de nacer yo, ella sufrió una crisis. Estuvo entrando y saliendo del hospital durante años. ¿Por qué crees que hubo un lapso de quince años entre Delia y yo? —continuó sin esperar respuesta—. Mi padre la adoraba. El médico que la atendía sugirió que mi madre podía padecer de depresión posparto, un concepto relativamente nuevo para la época. Mi padre creyó en el diagnóstico y estaba decidido a que no volviera a quedarse embarazada, aunque a la postre el médico también diagnosticó trastorno bipolar. Pero todo el mundo se equivoca. En cuanto a que mi padre tuviera una amante, él nunca miró a otra mujer hasta mucho después de la muerte de mi madre.
—Pero Delia… —al darse cuenta de que lo que le había dicho Anna aquel mismo día hacía más verosímil la versión de Nick, Miley no continuó la frase. Según Anna, la madre de Nick nunca se preocupó por él. Lo cual, por otra parte, explicaba su fría actitud hacia las mujeres. No era de extrañar que un niño a quien su madre no había dado muestras de cariño creciera sin ser capaz de querer.
—Escucha un momento —dijo Nick bruscamente—. Aunque no me resulta fácil admitirlo, considerándolo bien, es posible que Delia tuviese el mismo problema.
—¿De verdad piensas eso? —exclamó Miley.
—Sí —asintió—. ¿No se te ocurrió nunca que Delia te cedió el cuidado del niño con demasiada facilidad? Además, parece que apenas pasaba tiempo con él.
—No, desde luego que nunca pensé tal cosa —contestó Miley. No quería creer que Delia pudiera haberse equivocado, porque de ser así sus propias acciones serían insostenibles—. Ella me pidió que me hiciese cargo de Daniel antes de que naciera. Me dijo que…
—Sé lo que te dijo —la interrumpió—. Y debes de estar en lo cierto; olvida lo que he dicho y retomemos el hilo de nuestra conversación —a Miley le rompió los esquemas que Nick estuviera de acuerdo con ella, lo que sucedió a continuación la dejó aún más perpleja.
Nick puso la mano en su mejilla e inclinó la cara de Miley hacia él.
—En cuanto a mí —dijo mirándola a los ojos con una intensidad inusitada—, soy mayor que tú, y naturalmente han pasado algunas mujeres por mi vida. Pero puedo asegurarte que siempre he sido monógamo mientras he mantenido una relación, y nunca le fui infiel a mi esposa mientras ella no lo fue conmigo.
—Entiendo —murmuró Miley. La trágica pérdida de Tina y del bebé quizás ayudara también a explicar la poca fe que Nick tenía en el amor. Tal vez, al contrario de lo que Miley había escuchado, sí había estado enamorado de ella.
—Me pregunto si de veras lo entiendes —dijo, tomando la mano de ella para llevársela a sus labios y besar el anillo de oro—. El nuestro podrá ser un matrimonio de conveniencia, Miley, pero no hay ninguna razón para que no sea mutuamente provechoso. Tú y yo tenemos mucho más en común de lo que crees.
—Estás bromeando; un acaudalado banquero de mundo y una ilustradora hogareña. No veo qué podemos tener en común —observó escéptica.
—Los dos adoramos a Daniel y queremos lo mejor para él, ¿cierto? —ella asintió con la cabeza—. Los dos disfrutamos de nuestro trabajo —ella asintió de nuevo—. El sexo es fabuloso, y en tanto que recuerdes que soy el único hombre con quien vas a dormir no debería haber ningún problema.
—¿Y qué pasa contigo? —replicó Miley—. Tú mismo me dijiste que no podrías contar el número de mujeres con las que has estado, y de una forma muy machista tienes el descaro de exigirme fidelidad.
—Sí, eso es. Pero tú puedes exigirme lo mismo y yo accederé encantado. ¿Es eso lo que quieres?
Veinticuatro horas antes le habría respondido que le importaba un pimiento lo que hacía o dejaba de hacer, pero ahora, abrazada por él y sintiendo la calidez de sus muslos desnudos presionando los suyos, sabía que decir eso sería mentir. Sí que le importaba. Porque, para bien o para mal, lo quería, y la mera idea de que pudiera serle infiel le revolvía el estómago.
—Sí, la fidelidad ha de ser recíproca —manifestó con rotundidad, pero decidida a no dejarle ver sus sentimientos, se vio obligada a justificar su respuesta—: Debemos ser un buen ejemplo para Daniel.
—Tienes razón, claro. Me inclino ante tu gran sabiduría —dijo él solemnemente en tono de mofa.
—Muy gracioso —ella intentó liberar su mano, pero él la agarró con más fuerza.
—Hablo completamente en serio, Miley. Estoy cien por cien a favor de una relación cerrada. Contigo no necesito ninguna otra mujer. Así que firmemos una tregua. Deja de tomarte a mal el hecho de que disfrutes del sexo. Relájate, deja de pelear conmigo y yo dejaré de, ¿qué es lo que dijiste? —sonrió—. Yo dejaré de llevarte en volandas todo el tiempo. ¿De acuerdo?
Él le lanzó una mirada llena de confianza. Aquel demonio engreído sabía que sólo tenía que mirarla así para tenerla en sus brazos, pensó Miley. Pero ella no podía dejar de sonreír ante su audaz propuesta, y asintió con la cabeza. No tenía elección: con independencia de que fuera sólo sexo, como Nick pensaba, o algo más, como ella se temía, él había despertado un apetito en ella, una necesidad a la que todavía no estaba dispuesta a renunciar; si era que acaso lo estaba alguna vez, pensó mientras hundía la cabeza en la almohada.

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