Su madre y ella solían usar ropa de segunda mano. Tal vez no les hubiera quedado perfecta, o no hubiera sido del género o color que ellas hubieran elegido, pero les había servido para abrigarse y vestirse decentemente.
Pero, ¿qué más daba? Seguramente él no esperaría que ella pareciera una modelo, ni la llevaría a un lugar distinguido.
Y ahora que lo pensaba mejor, no había necesidad de que la llevase a ningún sitio. Podría haberle hablado de sus «planes para ella» en el momento. Y ella no debería de haber aceptado la invitación, se dijo. Pero cuando le había rogado que aceptase, no había podido resistirse, pensó, mientras se ponía unos vaqueros viejos limpios y una camiseta color turquesa.
¡Era su primera cita con un hombre al que normalmente verían con mujeres sofisticadas y ella iba vestida como si fuera a trabajar en el jardín de la casa!
Pero no era realmente una cita. Lo que sucedía era que Nick estaba preocupado por su posible embarazo y por la posibilidad de que ella dijera en público que él era el padre.
Miley se cepilló el cabello hasta que este brilló como la seda y se pintó los labios para sentirse un poco mejor.
Si Nick quería que ella se quedara allí hasta que supieran si estaba embarazada, podía mentirle, si era necesario. No le gustaba mentir, pero en aquella situación se justificaba.
No tendría el período hasta dos semanas más tarde, pero él no lo sabía. Así que en un par de días, por ejemplo, podría decirle que no estaba embarazada, y marcharse.
No podía soportar la idea de que él la estuviera observando, lamentando lo que había sucedido, cuando para ella había sido algo tan hermoso. No quería que le arruinase los recuerdos de lo que habían compartido. Prefería intentar superar el amor que sentía por él a su manera, a su tiempo.
Se quitó las zapatillas y se puso unos zapatos de cordones. Ya estaba lista. Se dispuso a poner su mejor cara cuando fue a su encuentro.
Nick le abrió la puerta de su Mercedes plateado. Miley intentó no fijarse en lo apuesto que estaba con aquel suéter de cachemira negro.
Debía permanecer inmune a su presencia. Iban a hablar de un asunto importante; de los planes que él tenía para ella. Así que debía guardar la compostura si quería impresionarlo y hacerle ver sus derechos acerca de su propio cuerpo.
Pero su compostura se vio debilitada cuando después de un rato de conducir en silencio, Nick detuvo el coche y le dijo:
—Querías ver la cabaña del jardinero, ¿verdad?
—Nick se giró en el asiento y, rodeando el respaldo del asiento de Miley con su brazo, añadió— ¿Es por alguna razón en particular? Es una cabaña normal, no tiene nada de interés, que yo sepa.
Miley sintió un nudo en la garganta. Tenía ganas de llorar, pero giró la cabeza para que él no notase lo afectada que estaba.
Por el modo en que Nick había aparcado, no podía ver bien la cabaña si no se movía y se acercaba a la cabeza de Nick.
Con dedos temblorosos, Miley se desabrochó por fin el cinturón de seguridad y abrió la puerta.
Salió del coche, deseando que sus piernas la sostuvieran mientras miraba el lugar donde había nacido su madre. Una punzada de añoranza le dio en el corazón.
La cabaña tenía un techo a dos aguas. Unas cortinas relucientes adornaban las pequeñas ventanas. Salía humo por la chimenea y la rodeaba un jardín con rosas y narcisos, salpicado de berzas.
A un lado había un viejo peral, del que colgaba un columpio. ¿Estaría allí desde que su madre había sido niña? ¿Se habría columpiado su madre entre las flores, soñando con su futuro? Sueños que se habían transformado en una pesadilla...
—Si quieres verla por dentro, no creo que a la señora Potts le importe.
Miley se puso tensa. No lo había oído salir del coche. Había estado inmersa en sus recuerdos.
Recordó que su madre le había contado que su abuela había muerto un año después de la muerte de su abuelo... Recordó la cara de tristeza de su madre más tarde, cuando le había contado que el dinero que habían recaudado después de vender los muebles y efectos personales, tarea que había sido encomendada al administrador de la finca y a un abogado, la recaudación había ido a parar a la caridad, de acuerdo con el testamento de su abuela...
—No —contestó Miley.
Sentía demasiado dolor como para seguir removiendo el pasado. Un pasado en el que Marcus Troone había hecho mucho daño a su madre, y que le hacía desear venganza.
—Le has preguntado a Sharon si recordaba al antiguo jardinero. Y te he dicho que yo sí, ¿te acuerdas? Yo recuerdo a Joe Cyrus, de las vacaciones que pasé durante mi infancia con Marcus y mi tía. ¿Eres familiar de ellos?
Miley tembló. El viento de marzo era frío. Y no había motivo para mentirle.
—Eran mis abuelos —balbuceó--. Yo... Quería ver dónde habían vivido.
— ¿No los visitaste nunca?
Era evidente que no. Y también era extraño.
Miley agitó la cabeza. El viento había despeinado su cabello y un mechón le cubría los ojos, tapándole la visión. Su mano tembló cuando se lo quitó.
— ¿No los has conocido? —Nick no podía creerlo.
Los abuelos de Nick lo habían tratado como a un príncipe. Cuando vio la cara triste y pálida de Miley sintió pena. Le rodeó los hombros y la atrajo hacia él. Miley estaba temblando. Tenía frío.
Haciendo un esfuerzo, Miley intentó recomponerse. Debía hacerlo. El modo en que él la estaba abrazando era una prueba para su fuerza de voluntad. ¡Deseaba tanto apretarse contra él! ¡Rodearlo con sus brazos! ¡Aferrarse a la maravillosa fuerza de su cuerpo viril y contarle todo!
—Si quieres verla por dentro, no creo que a la señora Potts le importe.
Miley se puso tensa. No lo había oído salir del coche. Había estado inmersa en sus recuerdos.
Recordó que su madre le había contado que su abuela había muerto un año después de la muerte de su abuelo... Recordó la cara de tristeza de su madre más tarde, cuando le había contado que el dinero que habían recaudado después de vender los muebles y efectos personales, tarea que había sido encomendada al administrador de la finca y a un abogado, la recaudación había ido a parar a la caridad, de acuerdo con el testamento de su abuela...
—No —contestó Miley.
Sentía demasiado dolor como para seguir removiendo el pasado. Un pasado en el que Marcus Troone había hecho mucho daño a su madre, y que le hacía desear venganza.
—Le has preguntado a Sharon si recordaba al antiguo jardinero. Y te he dicho que yo sí, ¿te acuerdas? Yo recuerdo a Joe Cyrus, de las vacaciones que pasé durante mi infancia con Marcus y mi tía. ¿Eres familiar de ellos?
Miley tembló. El viento de marzo era frío. Y no había motivo para mentirle.
—Eran mis abuelos —balbuceó--. Yo... Quería ver dónde habían vivido.
— ¿No los visitaste nunca?
Era evidente que no. Y también era extraño.
Miley agitó la cabeza. El viento había despeinado su cabello y un mechón le cubría los ojos, tapándole la visión. Su mano tembló cuando se lo quitó.
— ¿No los has conocido? —Nick no podía creerlo.
Los abuelos de Nick lo habían tratado como a un príncipe. Cuando vio la cara triste y pálida de Miley sintió pena. Le rodeó los hombros y la atrajo hacia él. Miley estaba temblando. Tenía frío.
Haciendo un esfuerzo, Miley intentó recomponerse. Debía hacerlo. El modo en que él la estaba abrazando era una prueba para su fuerza de voluntad. ¡Deseaba tanto apretarse contra él! ¡Rodearlo con sus brazos! ¡Aferrarse a la maravillosa fuerza de su cuerpo viril y contarle todo!
Pero no debía hacerlo. Sería una tontería hacerlo. Nick le había hecho mucho daño cuando había dicho que lamentaba haberle hecho el amor. No podría soportar intentar acercarse a él y que la rechazara, pensando que buscaba algo más que su consuelo.
—Los vi dos veces —balbuceé. Luego se corrigió—:
Visitaron a mi madre cuando nací yo, así que no recuerdo aquella vez. Luego volvieron cuando yo tenía diez años.
Sus abuelos habían tenido una actitud fría y de reproche en aquella oportunidad. No habían hablado prácticamente con ella y la atmósfera había sido tensa. Cuando se habían marchado, su madre había corrido a llorar al cuarto de baño. Ella la había oído a través de la puerta. Pero cinco minutos más tarde había salido y le había sonreído, aunque sus ojos habían estado rojos e hinchados, y le había propuesto un programa excepcional: ir al cine a ver una película de dibujos animados, una salida tan excitante que borró el triste incidente.
—Tienes frío —dijo Nick—. Vamos. El Toro, el bar del pueblo, siempre tiene el fuego encendido, y un menú aceptable.
Nick había pensado llevarla a un lugar más especial que el pub local, pero la pobre estaba muy afectada y lo único que quería era darle calor y que se relajara lo más rápido posible.
No era tonto, se dijo Nick mientras ponía en marcha el coche y daba marcha atrás. Podía sacar conclusiones.
Solo habían estado su madre y ella. No había habido padre. Era evidente que su madre había sido madre soltera, y posiblemente los abuelos de Miley hubieran desaprobado tanto lo que había sucedido que le habían dado la espalda a su madre.
Sintió rabia. No iba a poder hablar hasta que pudiera controlar su rabia. ¿Su padre sería algún peón de la zona? ¿Habría desaparecido al enterarse de que su chica estaba embarazada?
No podía comprender cómo alguien hubiera sido capaz de hacer algo así. ¡Si Miley estuviera embarazada, él cumpliría con su deber! Su hijo tendría un padre, y se aseguraría de que no les faltase de nada a Miley y a su bebé.
¿Conocería él a la madre de Miley? Debía de conocerla... Intentó recordar... Las vacaciones de verano pasadas con Marcus y su tía, algunas veces con sus padres, otras, solo. Habían sido vacaciones llenas de aventuras: pescaba, montaba a caballo, construía casas en los árboles y generalmente hacía travesuras. Demasiado entretenimiento como para recordar a las familias de los empleados de la finca.
Pero recordaba que Joe Cyrus tenía una hija.
Incluso que esta había ayudado a su padre en los jardines un verano...
Consciente de que su silencio hacía poner más ansiosa a Miley, Nick lo rompió:
— ¿Has aceptado el trabajo temporal en la mansión porque querías ver la cabaña de tus abuelos?
—En parte —respondió ella.
No le contaría el resto. Lo único que había sentido Nick por ella era una lascivia de la que ahora se arrepentía. Además, si sabía la verdad, Nick la despreciaría por ser quien era. Y no quería que odiase a su madre por ser la mujer con a que Marcus había engañado a su querida tía.
—Y después... Después de que tu madre se fue del pueblo... ¿Adónde fue? Por lo que me dices, sus padres no la ayudaron en nada. ¿Cómo se las arregló?
La idea de que unos padres dejaran a su suerte a una hija embarazada le parecía terrible a Nick. Y en aquel caso, era casi un asunto personal, admitió internamente, sorprendido por aquellos sentimientos.
Miley se movió en el asiento. Nick hablaba con un tono tal de condena, que se sintió juzgada. Claro que en su ambiente de riqueza las madres solteras que vivían una vida desgraciada no existían. Si un miembro de su círculo social cometía el error de quedarse embarazada, la harían casar discretamente.
Nick Jonas sería un hombre rico y poderoso, pero no sabía nada del mundo real. Jamás se habría preocupado por no tener dinero suficiente para la siguiente comida ni se habría vestido con la ropa de otro.
—Los vi dos veces —balbuceé. Luego se corrigió—:
Visitaron a mi madre cuando nací yo, así que no recuerdo aquella vez. Luego volvieron cuando yo tenía diez años.
Sus abuelos habían tenido una actitud fría y de reproche en aquella oportunidad. No habían hablado prácticamente con ella y la atmósfera había sido tensa. Cuando se habían marchado, su madre había corrido a llorar al cuarto de baño. Ella la había oído a través de la puerta. Pero cinco minutos más tarde había salido y le había sonreído, aunque sus ojos habían estado rojos e hinchados, y le había propuesto un programa excepcional: ir al cine a ver una película de dibujos animados, una salida tan excitante que borró el triste incidente.
—Tienes frío —dijo Nick—. Vamos. El Toro, el bar del pueblo, siempre tiene el fuego encendido, y un menú aceptable.
Nick había pensado llevarla a un lugar más especial que el pub local, pero la pobre estaba muy afectada y lo único que quería era darle calor y que se relajara lo más rápido posible.
No era tonto, se dijo Nick mientras ponía en marcha el coche y daba marcha atrás. Podía sacar conclusiones.
Solo habían estado su madre y ella. No había habido padre. Era evidente que su madre había sido madre soltera, y posiblemente los abuelos de Miley hubieran desaprobado tanto lo que había sucedido que le habían dado la espalda a su madre.
Sintió rabia. No iba a poder hablar hasta que pudiera controlar su rabia. ¿Su padre sería algún peón de la zona? ¿Habría desaparecido al enterarse de que su chica estaba embarazada?
No podía comprender cómo alguien hubiera sido capaz de hacer algo así. ¡Si Miley estuviera embarazada, él cumpliría con su deber! Su hijo tendría un padre, y se aseguraría de que no les faltase de nada a Miley y a su bebé.
¿Conocería él a la madre de Miley? Debía de conocerla... Intentó recordar... Las vacaciones de verano pasadas con Marcus y su tía, algunas veces con sus padres, otras, solo. Habían sido vacaciones llenas de aventuras: pescaba, montaba a caballo, construía casas en los árboles y generalmente hacía travesuras. Demasiado entretenimiento como para recordar a las familias de los empleados de la finca.
Pero recordaba que Joe Cyrus tenía una hija.
Incluso que esta había ayudado a su padre en los jardines un verano...
Consciente de que su silencio hacía poner más ansiosa a Miley, Nick lo rompió:
— ¿Has aceptado el trabajo temporal en la mansión porque querías ver la cabaña de tus abuelos?
—En parte —respondió ella.
No le contaría el resto. Lo único que había sentido Nick por ella era una lascivia de la que ahora se arrepentía. Además, si sabía la verdad, Nick la despreciaría por ser quien era. Y no quería que odiase a su madre por ser la mujer con a que Marcus había engañado a su querida tía.
—Y después... Después de que tu madre se fue del pueblo... ¿Adónde fue? Por lo que me dices, sus padres no la ayudaron en nada. ¿Cómo se las arregló?
La idea de que unos padres dejaran a su suerte a una hija embarazada le parecía terrible a Nick. Y en aquel caso, era casi un asunto personal, admitió internamente, sorprendido por aquellos sentimientos.
Miley se movió en el asiento. Nick hablaba con un tono tal de condena, que se sintió juzgada. Claro que en su ambiente de riqueza las madres solteras que vivían una vida desgraciada no existían. Si un miembro de su círculo social cometía el error de quedarse embarazada, la harían casar discretamente.
Nick Jonas sería un hombre rico y poderoso, pero no sabía nada del mundo real. Jamás se habría preocupado por no tener dinero suficiente para la siguiente comida ni se habría vestido con la ropa de otro.
A su mente acudieron imágenes de su madre, cansada y pálida, pero con una sonrisa para ella. ¡Nadie la despreciaría!
—Mi madre era fuerte. Y yo también. Vivimos de un modo que te espantaría. Nuestra casa era un piso que nos dio el ayuntamiento, y lo pusimos bonito, a pesar de lo que lo rodeaba: graffitis, ascensores rotos y huecos de escaleras
—Mi madre era fuerte. Y yo también. Vivimos de un modo que te espantaría. Nuestra casa era un piso que nos dio el ayuntamiento, y lo pusimos bonito, a pesar de lo que lo rodeaba: graffitis, ascensores rotos y huecos de escaleras
que apestaban.
Miley siguió:
—Mamá trabajaba duro limpiando oficinas, y cuando yo tuve edad, trabajé por las tardes y los sábados en la tienda de Jean. ¡Pudimos arreglarnos solas, sin necesidad de coronas, ropa cara, coches y sirvientes que nos resguardasen de los problemas de la vida cotidiana!
Había estado a punto de decir un infantil: «Toma!», pero Miley se paró a tiempo.
El coche llegó a un pub en las afueras del pueblo.
Nick se sonrió disimuladamente. A pesar de su aspecto de vulnerabilidad, Miley escondía una gran fortaleza de espíritu cuando se trataba de algo que le importaba. Y eso le gustaba.
Tenía ganas de decirle que debía sentirse orgullosa de su madre y de sí misma, pero se lo pensó mejor. Lo único que lograría sería que Miley le dijera que no necesitaba que se hiciera el paternal con ella.
Sintió ganas de decirle que había cosas que la riqueza no podía comprar: el amor, la lealtad, por ejemplo. Pero, evidentemente, ella ya lo sabía.
Así que se calló.
Miley estaba sentada de brazos cruzados, como a la defensiva... Nick volvió a reprimirse una sonrisa. Paró el coche y le abrió la puerta.Miley siguió:
—Mamá trabajaba duro limpiando oficinas, y cuando yo tuve edad, trabajé por las tardes y los sábados en la tienda de Jean. ¡Pudimos arreglarnos solas, sin necesidad de coronas, ropa cara, coches y sirvientes que nos resguardasen de los problemas de la vida cotidiana!
Había estado a punto de decir un infantil: «Toma!», pero Miley se paró a tiempo.
El coche llegó a un pub en las afueras del pueblo.
Nick se sonrió disimuladamente. A pesar de su aspecto de vulnerabilidad, Miley escondía una gran fortaleza de espíritu cuando se trataba de algo que le importaba. Y eso le gustaba.
Tenía ganas de decirle que debía sentirse orgullosa de su madre y de sí misma, pero se lo pensó mejor. Lo único que lograría sería que Miley le dijera que no necesitaba que se hiciera el paternal con ella.
Sintió ganas de decirle que había cosas que la riqueza no podía comprar: el amor, la lealtad, por ejemplo. Pero, evidentemente, ella ya lo sabía.
Así que se calló.
Era evidente, por su actitud, que Miley no quería estar allí. No quería comer con él. El lenguaje de su cuerpo lo demostraba.
Nick se acercó a ella y le desabrochó el cinturón de seguridad, puesto que era evidente que ella no lo iba a hacer.
Su mano apenas rozó su pecho y su corazón se aceleró al sentir aquel breve contacto. ¡Cómo lo excitaba!
Se echó hacia atrás rápidamente. No se fiaba de su cuerpo traidor. Había cometido un error imperdonable. No quería repetirlo.
Luego salió del coche y la esperó.
—Date prisa - dijo él—. Hay tormenta, me parece.
Había nubes en el cielo, y se estaba levantando viento.
Miley salió del coche. Su cabellera rojiza no le llegaba ni al hombro a Nick, y él olió su fragancia a flores frescas.
Se reprimió las ganas de hundir su boca en su pelo, y se dio la vuelta abruptamente, para atravesar el patio que había a la entrada del bar. Pasó por al lado de mesas y sillas de madera que había al aire libre. Esperó con las manos en los bolsillos a que ella lo alcanzara. Luego le hizo señas hacia el bar, donde había una chimenea.
Miley eligió una mesa cerca del fuego e intentó relajarse. Poco a poco se le fue pasando el frío. Nick estaba hablando con el hombre de la barra. ¡Qué atractivo era! ¡No podía creer que la hubiera invitado a comer!
¿Habría invitado el señor Marcus a su madre a aquel pub? No, claro que no. El había sido un hombre casado, y sus encuentros debían de haber sido secretos.
Intentó no hurgar más en el pasado para no amargarse. Quería relajarse y olvidar su enfado con Nick. Él no tenía la culpa de haber nacido en una familia rica...
Era mejor que pensara en cosas bonitas... ¿Habría estado allí su madre con sus amigas, hablando de exámenes, de peinados y de sus actores favoritos?
Antes de enamorarse de Marcus, su madre había sido feliz...
—Estás mejor aquí cerca del fuego? —preguntó Nick cuando volvió.
Se sentó frente a ella. Apartó el cenicero que había en la mesa, el jarro de asa rota con narcisos que la adornaba, y extendió la carta escrita a máquina.
Luego miró a Miley. Tenía los ojos brillantes. Era hermosa. Vestida con ropa elegante debía de quedar deslumbrante...
Tragó saliva. Iba a ser difícil tenerla cerca para asegurarse de que no se marcharía sola con su posible hijo, y no tocarla.
Le dio la carta.
—Elige lo que quieras —le dijo.
La observó dejar a un lado la carta.
Evidentemente, él no estaba haciendo las cosas como debía.
Era la primera vez que estaba con una mujer que lo hacía sentir como un adolescente dominado por sus hormonas.
Nunca había hecho el amor sin protección. Nunca había corrido el riesgo de dejar embarazada a una chica con un hijo no deseado... Pero, ¿era un hijo no deseado?
La imagen del cuerpo de Miley embarazada, teniendo al bebé en brazos, lo hizo derretir, y su cerebro se nubló.
«¡Dios santo!», exclamó interiormente en su idioma. ¿Qué diablos le estaba sucediendo?
Le sirvieron el café que había pedido en la barra. También había pedido un pastel de la cabaña para los dos, puesto que era la única comida casera. Prefirió no pedir vino.
Intentó controlarse.
— ¿Tienes pasaporte? —le preguntó Nick de pronto, con cortesía.
—Por supuesto que sí. ¿Por qué no iba a tenerlo? ¿Es que las empleadas domésticas no viajan al exterior en el mundo en el que vives tú?
—Frecuentemente —él escondió una sonrisa. Sus ojos azules eran como piedras preciosas. Y su barbilla desafiante, muy delicada—. Cuéntame cosas de tus viajes.
Miley suspiró.
—Fui a París, con el colegio.
Ella no le había dicho a su madre que habían organizado un viaje. Porque sabía que no iba a poder pagarlo. Pero la secretaria del colegio había escrito a todos los padres de la clase, y su madre había dicho que ella no iba a quedarse sin ir.
Y había aceptado otro trabajo de limpieza para que fuera. Miley sintió un nudo en la garganta al recordarlo y no pudo contestar cuando Nick le preguntó:
— ¿Te lo pasaste bien?
Nick se dio cuenta de que algo la había entristecido. No le gustaba verla triste. A diferencia de las mujeres que había conocido, ella era incapaz de ocultar sus emociones. Había demostrado una felicidad radiante ante una felicitación de cumpleaños que a él no le había costado nada pronunciar, y cuando le había dado como regalo una flor robada en el invernadero. Y ahora la tristeza de algo que él no conocía también era evidente.
Al ver aquella tristeza en sus ojos, Nick se juró que en las siguientes semanas averiguaría todo acerca de Miley. Era importante.
Tan importante como saber que ella había sido capaz de darle la generosidad de su cuerpo...
Nick carraspeó. La vio acomodarse en la silla con incomodidad cuando sirvieron la comida.
Cuando volvieron a estar solos, le dijo:
—Si te preguntas por qué quiero saber lo del pasaporte, te cuento que tengo que volver a España. Pensaba hacerlo dentro de diez días aproximadamente. Pero ahora que los planes para la limpieza de la casa han cambiado, adelantaré la fecha de mi viaje. Quiero que vengas conmigo.
Ella se quedó muda, en estado de shock.
— No podría hacer eso! —Miley se puso colorada.
No tenía sentido que él la quisiera llevar, a no ser que hubiera cambiado de parecer en cuanto a tener sexo con ella. La tentación era muy grande, pero tenía que resistirla.
Una aventura pasajera con Nick le haría más daño del que ya había sufrido.
—No tienes opción —comentó Nick—. Yo tengo que estar en España, así que tú también. Es posible que te haya dejado embarazada, por si te has olvidado —añadió, y probó la tarta de la casa—. Tengo que estar seguro. Yo no soy un hombre que no me haga cargo de mis responsabilidades. Necesito que estés donde pueda verte. No quiero que sientas pánico y desaparezcas.
Miley deseó que la tragase la tierra.
Dejó el tenedor con dedos temblorosos. Era verdad. No hacía como su padre. Pero, ¿tenía que ser tan directo? Se sintió humillada. ¡Y ella que había pensado que lo que quería era volver a hacer el amor porque le resultaba irresistible!
—Piénsalo como unas vacaciones pagadas —dijo él con seguridad en sí mismo, sin saber lo que se le estaba pasando por la cabeza a Miley.
Ella se preguntó cómo podía ser tan frío al hablar de una situación tan importante.
Y lo peor era que en lugar de decirle que era un estorbo, lo que la hubiera ayudado a odiarlo, la hacía estar cerca de él y fantasear con que pudiera ocurrir el milagro de que se enamorase de ella.
Pero usara el tono que usara, ella no iría a España con él. No se rebajaría a que la arrastrase con él como si fuera una maleta, ¡por si resultase ser una bomba de tiempo!
Claro que siempre le quedaba la posibilidad de ir al aseo y volver diciéndole que le había bajado el período, ¡y asunto terminado!
Miley apretó la boca, indecisa, y entonces él le dijo:
—Estaremos en la casa de mi madre, en las afueras de Jerez. Tendrías compañía... Marcus está allí con su prometida también. Él es una persona afable. Y supuestamente tú irás a ayudar a que Terrina organice la mudanza a Inglaterra —Nick dejó el tenedor. Había terminado la comida—. La ayudarás a hacer las maletas y preparar cosas. Le gustará la idea de tener una criada personal. Yo tengo que ocuparme de negocios allí, así que mi regreso anticipado no causará sorpresa.
Nick suspiró. No había querido hacerlo. Pero los métodos que iba a tener que emplear para deshacerse de Terrina le desagradaban.
Miley sintió una mezcla de excitación y de inquietud. Era arriesgado. Pero lo haría.
Podía aguantar ser una molestia para Nick si con ello veía cara a cara a su padre.
Miley volvió a levantar el tenedor y dijo:
—De acuerdo. Iré. ¿Cuándo nos marchamos?
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