domingo, 8 de abril de 2012

Capitulo 12.- FIN

Nick se había quedado sin ideas. Cortejar a las mujeres que no le preocupaban había sido fácil. Conquistar a la mujer que amaba era lo más difícil que había hecho en su vida.
La tarde anterior había estado con un agente in­mobiliario visitando algunos ranchos cercanos. En cuanto vio el tercero supo que aquel era el lugar de sus sueños, la tierra encantada en la que se hallaba su futuro. Todo lo que tenía que hacer era convencer a Miley de que ella formaba parte de su futuro.
La miró de reojo, con el corazón latiéndole tan fuerte que se preguntó si ella podría oírlo. Sabía que había llegado el momento de la verdad. Si Miley lo rechazaba tras su declaración final, tendría que en­contrar el modo de vivir sin ella. Y esa idea lo ate­rrorizaba.
Recordó el día en que Miley le dijo entre risas que él nunca estaba solo, dando a entender que siempre tenía alguna bella mujer a su lado. Pero él no mintió cuando le dijo que se sentía solo. Hasta la semana anterior, se había sentido solo todos y cada uno de los días de su vida de adulto.
tenía a Miley tan firmemente grabada en su corazón, no podía imaginar el resto de su vida sin ella. En pocos minutos estarían en el lugar en que tenía intención de pasar su futuro, y quería com­partir ese futuro con Miley.
No dijo nada mientras giraba en el camino de tie­rra que llevaba a la casa del rancho. A lo lejos se al­zaba un viejo establo gris con una veleta de metal en el tejado. Detuvo el coche ante la casa, apagó el mo­tor y se volvió hacia Miley.
Ella miró la casa a través de la ventanilla, sin que su expresión revelara la más mínima emoción.
—Es sobre lo que hablamos la última noche en Mustang —dijo Nick—. Una bonita casa ranchera ro­deada por una valla blanca de madera, algunos acres de terreno y un establo en el que guardar un par de caballos.
—¿Por qué estás haciendo esto? —preguntó Miley, con sus preciosos ojos marrones llenos de lá­grimas—. ¿Por qué me estás torturando de este modo? —abrió la puerta y salió rápidamente del co­che.
Nick la siguió hasta donde se había detenido. Miley miraba la casa mientras las lágrimas se des­lizaban lentamente por sus mejillas.
No lo quería. No lo amaba. De lo contrario, no sería tan infeliz.
Nick caminó hasta la casa y se sentó en el por­che, frente a ella. Respiró profundamente y se pasó una mano por el pelo, sintiendo un terrible vacío en su corazón.

—No sé qué hacer —dijo—. No sé cómo hacerte comprender cuánto te necesito, cuánto te quiero.
El dolor que había sentido cuando Sarah lo dejó no era nada comparado con el que desgarraba su co­razón en aquel momento, mientras Miley permane­cía donde estaba, manifestando con sus lágrimas una infelicidad que no podía significar nada bueno para él.
—Dime que no te importo y te dejaré en paz, Miley —se levantó y caminó hasta ella. Sintió el im­pulso de estrecharla contra su corazón para que pu­diera oír el amor que desprendía cada uno de sus latidos. Pero no la tocó—. Dime que no sientes nada por mí y no volveré a molestarte. Pero tienes que mirarme a los ojos y decirme que quieres que me vaya. Tienes que mirarme a los ojos y decirme que no hay esperanza —su voz se rompió mientras susu­rraba la última frase.
Miley cerró los ojos. Tras respirar temblorosa­mente, volvió a abrirlos y miró a Nick.
—La semana que pasamos en Mustang fue má­gica... pero fue una farsa —se frotó las lágrimas con una mano—. Nada de lo que sucedió durante esa se­mana fue real, y tampoco lo es lo que estás sintiendo ahora.
Nick la tomó por los hombros, esforzándose por contener su enfado.
—No me digas que lo que siento no es real. Sé lo que hay en mi corazón y puedo distinguir entre lo que es real y lo que no —su enfado se esfumó, dando paso a un insoportable dolor—. Te quiero, Miley. Quiero despertar cada mañana contigo entre mis brazos, y acostarme cada noche sabiendo que vas a estar a mi lado. Ahora dime que no me quieres. Dime que no te importo.
Miley se apartó de él.
—No puedo decirte eso. ¿No lo comprendes? No puedo decirte que no me importas. No puedo decirte que no te quiero.
Sus palabras fueron como un bálsamo para Nick, aunque seguía sin ver el más mínimo destello de fe­licidad en los ojos de Miley. Apoyó ambas manos sobre sus mejillas, preguntándose qué estaría pa­sando por su cabeza.
—Háblame, corazón. Dime qué va mal, dime por qué estás llorando.
—Tengo miedo —aquellas palabras surgieron con evidente esfuerzo de los labios de Miley.
—¿Miedo de qué? —preguntó Nick.
Miley volvió a apartarse de él y se abrazó a sí misma, como protegiéndose.
—Solo he amado a un hombre en mi vida, Nick, y se fue de mi vida sin mirar atrás. No podría soportar entregarte mi corazón y que, al cabo de un tiempo, me lo devolvieras.

—Oh, Miley. Si pudiera, volvería atrás en el tiempo y me convertiría en tu padre para llenar el vacío que dejó en ti cuando se fue. Pero no puedo ser tu padre. Solo puedo ser el hombre que te ama, que te amará durante el resto de tu vida.
—Pero eso no es posible —susurró Miley—. No... no soy bonita. No puedes quererme... en realidad no.
Nick la miró, asombrado.
—¿Quién diablos te ha dicho que no eres bonita?
—Mi padre.
Nick respiró profundamente, preguntándose como era posible despreciar a un hombre al que no conocía.
—Ven aquí —dijo, alargando una mano hacia Miley—. Ven —insistió—. Vamos a sentarnos a hablar en el porche.
Miley dudó un momento, buscando algún tipo de seguridad en la mirada de Nick. Él asintió, son­rió, y ella tomó su mano. Luego caminaron hasta el porche y se sentaron en uno de los escalones.
—Ahora, cuéntame cuándo tuviste esa absurda conversación con tu padre.
Miley se ruborizó y Nick supo que sería capaz de hacer cualquier cosa para que nadie volviera a hacer daño a aquella mujer.
—Fue poco antes de que nos dejara —empezó ella, en un susurro—. Me dijo que nunca podría depender de mi físico para salir adelante, y que más me valía ser lista.
—Ahora deja que yo te pregunte algo, Miley Cyrus—Nick apoyó dos dedos bajo la barbilla de Miley y le hizo volver el rostro hacia él—. ¿Qué edad tenías cuando tu padre te dijo eso? ¿Ocho años? ¿Nueve?
Miley dudó y luego asintió.
—Corazón, nunca he visto una niña de nueve años con aspecto de llegar a ser una belleza de mayor. ¿Cómo iba a saber tu padre el aspecto que tendrías a los veintiocho años?
—Pero...
Nick apoyó un dedo sobre los labios de Miley para impedirle hablar.
—¿Cómo iba a saber que esos ojos color caramelo acabarían brillando con tal esplendor? ¿Cómo iba a saber que tu sonrisa podría iluminar una habitación y llenarla de calor? —acarició con una mano la se­dosa piel de su mejilla—. ¿Cómo iba a saber un hom­bre, lo suficientemente cruel como para abandonar a su familia, lo que es la verdadera belleza?
Vio que sus palabras empezaban a calar en Miley, lo notó en su respiración, en la ligera relaja­ción de su cuerpo. Era una pequeña grieta en la mu­ralla que había alzado en torno a su corazón.
—Te amo, Miley. Y cuando te miro, mi cora­zón late más deprisa y mi pulso se acelera. Eres más bella de lo que nunca imaginarás... porque eres la mujer que amo.
Un gemido escapó de la garganta de Miley, no de dolor, sino más bien de liberación del dolor... de­jando espacio para que surgiera una nueva emoción.
—Te amo, Nick.
El corazón de Nick se llenó de gozo al oír aque­llas palabras. Era asombroso que aquellas meras pa­labras bastaran para hacerle creer que cualquier cosa era posible, que había sido agraciado con el tesoro más precioso de la tierra.
Se levantó, tirando de Miley con suavidad para que lo siguiera. No retuvo nada cuando la tomó en­tre sus brazos y la estrechó contra su pecho.
—Te quiero, Miley. Cásate conmigo. Quiero que seas mi esposa. Comparte tu vida conmigo, aquí, en esta casa.
Miley rompió a llorar de nuevo, pero en esa ocasión Nick supo que las lágrimas no eran debidas a la tristeza, sino a la felicidad de una mujer segura del amor de su hombre.
—Sí —logró decir, entre lágrimas—. Sí, quiero...
No tuvo oportunidad de decir más, porque Nick no pudo esperar para apoderarse de sus labios. La besó larga y profundamente, sellando su futuro jun­tos con la promesa de un amor eterno.
Cuando el beso terminó, Miley le acarició el rostro amorosamente.
—Creo que me enamoré de ti el primer día que te vi... cuando me entrevistaste para el puesto de secre­taria —de pronto, abrió los ojos de par en par y dio un paso atrás—. Nick... ¿y las entrevistas de hoy? Si has ido a Mustang, supongo que no habrás podido hacerlas.
—No te preocupes por eso —contestó él, volviendo a tomarla entre sus brazos—. Las secretarias van y vienen. Siempre puedo contratar una nueva secreta­ria, pero una esposa... eso es otra historia. Desde ahora mismo te prometo que tú vas a ser la única es­posa que voy a tener para el resto de mi vida.
Mientras Miley lo miraba con sus ojos dorados y cálidos, llenos de amor, Nick supo que amaría a aque­lla mujer, a su antigua secretaria... para siempre.


                                  FIN

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