miércoles, 4 de abril de 2012

Capitulo 4.-

La cena resultó muy agradable. Miley y Nick fueron presentados a las otras dos parejas con las que iban a compartir aquella semana. Los primeros en llegar fueron Trent y Elena Richards, vecinos de los Robinson.
—Trent ha sido mi asesor ranchero desde que lle­gamos —explicó Brody—. Trabaja con su cuñado y son famosos en la zona por los pura sangre que crían.
Trent era un hombre corpulento y atractivo, y su esposa Elena era una belleza morena que lo miraba con auténtica adoración.
Nick no entendía qué hacían allí. Por su actitud, era evidente que se querían y se entendían muy bien. Llevaban casados dos años y tenían un bebé de dieciocho meses.
La otra pareja, Stan y Edie Watkins, contaron a los demás que llevaban diez años casados. Stan trabajaba como director general de la fábrica de ga­lletas de Brody en Chicago y Eddie hacía sustitucio­nes como maestra. No tenían hijos y, por la expresión de Eddie cuando lo dijo, aquel tema era dolo­roso.
Nick había tratado muy poco con gente casada. Dedicaba casi todo su tiempo al trabajo, a sus citas o a estar solo. Para él resultaba interesante ver a las otras parejas, comprobar la comodidad con que los maridos y sus mujeres se relacionaban.
A pesar de todo, siempre había creído que el ma­trimonio implicaba entregar partes de uno mismo que nunca se recuperaban. Y él no quería compartir ninguna parte de sí mismo con nadie. El matrimonio podía estar bien para otros, pero no para él.
Después de comer, las cuatro parejas fueron al cuarto de estar a beber algo. Como solía suceder habitualmente en todas las reuniones sociales, no pasó mucho tiempo antes de que las mujeres se reunieran en un grupo y los hombres en otro.
Mientras Stan hacía preguntas relacionadas con la vida en el rancho, Nick vio su atención dividida en­tre escuchar a los hombres y observar a las mujeres.
Miley lo había sorprendido con su facilidad de palabra durante la cena. En la oficina solía ser siempre muy silenciosa, pero esa tarde no había sido así. Había participado en un animado debate sobre política, haciendo reír a los demás con sus ocurren­cias en varias ocasiones.
Trató de imaginarse a Sheila en una situación si­milar, pero no pudo. Para Sheila, hablar de política significaba hablar del vestido que había llevado la primera dama en algún acontecimiento social.
Brody le puso una de sus enormes manos en un hombro.
—Te has casado con una mujer estupenda, amigo —dijo, sonriendo—. Siempre he sabido que eras un hombre de negocios hábil, pero debo confesar que tenía mis dudas respecto a tu vida privada. Al pare­cer, estaba equivocado —frunció el ceño pensativa­mente—. Lo que no entiendo es por qué en todos los artículos que he leído sobre ti no mencionan nunca a tu mujer.
—A Miley no le gusta ser el foco de atención. Prefiere pasar desapercibida —contestó Nick.
—Es una chica brillante y muy agradable. Eres un hombre afortunado —el rostro de Brody se ilu­minó mientras miraba a su propia esposa—. Sé muy bien lo que es ser afortunado —volviéndose hacia los demás hombres, añadió—: Ninguno de vosotros será el mismo después de esta semana. Os enrique­ceréis espiritualmente y os sentiréis más unidos que nunca a vuestras mujeres después de completar el encuentro de matrimonios organizado por mi es­posa. Y ahora, ¿quién está listo para otra bebida? —preguntó.
—Puedes rellenar la mía —dijo Nick. Tenía la sen­sación de que iba a necesitarla. Miró a su secretaria. Sin duda, podría simular amarla durante aquellos siete días.
—¿Por qué no salimos al patio? —sugirió Barbara al grupo—. A esta hora hace una temperatura muy agradable fuera —dijo, abriendo las puertas correde­ras que daban al florido patio.
Mientras salían, la segregación por sexos ter­minó. Trent se sentó con su esposa junto a una de las mesas. Stan ocupó un pequeño sofá con Edie y Nick se sentó junto a Miley en una mecedora do­ble.
Barbara tenía razón. Fuera hacía una temperatura muy agradable. La conversación fue sencilla e in­trascendente, centrada en el tiempo y en las costum­bres de la vida en el rancho. Poco a poco, Nick sin­tió que empezaba a relajarse. Y mientras se relajaba se hizo consciente de sensaciones que no había no­tado antes.
Su pierna estaba apoyada contra la de Miley, y podía sentir el calor que el cuerpo de esta irradiaba a través de los vaqueros, mientras su fresco y delicado perfume parecía envolverlo.
—¿Qué tal estás? —preguntó, en voz lo suficiente­mente baja como para que nadie pudiera oírlos.
—Bien —contestó Miley, inclinándose un poco hacia él—. Estoy asombrada con mi capacidad para mentir. Nunca había imaginado que pudiera hacerlo tan bien.
—Sí, voy a tener que vigilarte más de cerca cuando volvamos a la oficina —bromeó Nick.
—Ya basta de secretitos al oído, tortolitos —dijo Brody, interrumpiendo su conversación—. Seguro que todos os estáis preguntando qué va a suceder exactamente esta semana. Si creéis que va consistir en disfrutar de la excelente carne de Montana y en pasear por el pintoresco pueblo de Mustang, tenéis razón. Pero va a ser mucho más que eso —pasó un brazo por los hombros de su mujer—. Supongo que este es un buen momento para que Barbara os haga saber lo que vais a hacer.
Barbara sonrió a todos.
—En primer lugar, os prometo que va a ser una experiencia maravillosa para todos. Llevéis casados diez años o diez días, este programa esta diseñado para que profundicéis en vuestra relación y logréis que sea más feliz y completa.
—Creo que lo que más me ha gustado ha sido lo de la carne de Montana —dijo Stan. Los demás rie­ron mientras Edie le daba un suave codazo en el costado.
Barbara se unió a las risas.
—Sé que puede pareceros un poco inquietante, pero os prometo que cuando acabe la semana seréis perso­nas diferentes... mejores maridos y mejores esposas.
Nick sintió una punzada en el estómago a causa de la ansiedad. Él no quería convertirse en una per­sona diferente. Estaba satisfecho con cómo era en aquellos momentos. Y eso era precisamente lo que no le gustaba del matrimonio... Las mujeres espera­ban que sus compañeros cambiaran.
—Empezaremos a las nueve de la mañana —conti­nuó Barbara—. Trabajaremos en grupo hasta las doce. Después de comer trabajaré por separado con cada pareja durante una hora —sonrió a Nick y a Miley—. Empezaré con vosotros a la una. Tras el tra­bajo individual, podréis hacer lo que queráis hasta las seis. Después de cenar tendremos otra sesión de grupo de ocho a nueve. Y ese será el programa dia­rio durante toda la semana —mirando a su alrededor, añadió—: ¿Alguna pregunta?
—Más o menos un millón —contestó Stan—. Pero supongo que si espero a mañana la mayoría queda­rán contestadas.
Nick quería preguntar si podía echarse atrás, si era demasiado tarde para volver a su casa.
Miley rió.
—¿Os habéis fijado en que todas las mujeres esta­mos deseando empezar y los hombres tienen as­pecto de querer salir corriendo?
Las parejas se miraron. Era cierto. Los tres hom­bres se habían movido al borde de sus asientos, como si estuvieran a punto de saltar. Todos rieron, aunque los hombres con un matiz de incomodidad.
Barbara asintió.
—No os preocupéis, amigos, es perfectamente na­tural. Los hombres siempre son más reacios al cam­bio. Por encima de todo, son criaturas de costum­bres —sonrió afectuosamente a su marido—. Incluyendo al mío. Pero creo que Brody podrá ase­guraros que el curso no es doloroso y que seréis más felices cuando haya acabado.
Brody asintió.
—Os elegí a vosotros para esta semana porque me gustáis. No os considero tan solo asociados profesionales, sino también amigos. Querría que todos disfrutarais de un matrimonio tan feliz como el mío con Barbara. Ella me enseñó a abrirme completamente, y os enseñará a vosotros lo mis­mo.
Barbara se levantó.
—Ahora voy a retirarme. Estáis en vuestra casa, así que sentíos libres para hacer lo que queráis. Nos veremos por la mañana.
—El desayuno es a las siete y media —dijo Brody, levantándose—. Buenas noches.
Un largo silencio siguió a la marcha de la pareja.
—No sé vosotros —dijo Stan, finalmente—, pero yo estoy aterrorizado.
Edie rió.
—Actúas como si esperaras que Barbara fuera a hacerte una lobotomía.
—Y puede que así sea. Tal vez ese sea su secreto para mejorarnos —replicó Stan, haciendo reír de nuevo a los demás—. Supongo que si mañana vamos a tener un día tan ajetreado, más vale que nos retire­mos.
Edie asintió y se levantó.
Trent tocó el hombro de su mujer y ambos se le­vantaron.
—Creo que nosotros también vamos a acostarnos.
Un instante después, Nick y Miley se quedaron solos en el patio.
—Yo no me siento nada cansada —dijo Miley, y Nick creyó percibir en su voz un toque de ansiedad. Supuso que se debía a que se acercaba el momento de compartir el dormitorio.
No sabía cómo aplacar su inquietud. Sin duda, Miley ya debía suponer que no iba a intentar nada, pero la idea de pasar la noche en la misma habita­ción con él debía de ponerla nerviosa.
—Por mucho que lo retrasemos, acabaremos te­niendo que subir al dormitorio —dijo, con suavidad.
—Lo sé —replicó Miley, ramente a la defen­siva—. Solo he comentando que no me sentía can­sada.
—Me ha parecido que estabas un poco nerviosa. Comprendo que tiene que ser una situación un poco incómoda para ti, porque puede que no hayas pa­sado nunca la noche con un hombre.
A pesar de la oscuridad, Nick vio que Miley se ruborizaba. Pero cuando lo miró no lo hizo avergon­zada, sino enfadada.
—¿Y qué te hace pensar que nunca he pasado la noche con un hombre? ¿Qué te hace pensar que no he tenido un amante... o docenas de ellos? —pre­guntó, con un toque de arrogancia que Nick encon­tró bastante atractivo
—Yo... había supuesto...
—¿Has supuesto que porque no soy espectacular­mente atractiva no he tenido amantes? —interrumpió Miley—. ¿Crees que como no soy rubia y no tengo los pechos grandes ningún hombre puede encon­trarme deseable?
—No... no es eso —dijo Nick, sorprendido por su repentina furia—. No tiene nada que ver con tu as­pecto —trató de buscar las palabras adecuadas para explicar sus pensamientos—. Yo... Te rodea un halo de inocencia que... he asumido que probablemente carecías de experiencia.
—Es más inteligente preguntar que asumir —dijo Miley, rígidamente.
El dudó un momento, sabiendo que no debía pre­guntar, pero fue incapaz de contenerse.
—Entonces, ¿cuántos amantes has tenido?
Miley lo miró a los ojos.
—Eso no es asunto tuyo, Nicholas Jonas —se le­vantó—. Y ahora, creo que me voy a la cama —sin es­perar a Nick, se volvió y entró en la casa.
Nick miró cómo se alejaba. Sin duda, había logrado contrariarla. Y ella había logrado ponerlo en su sitio, a la vez que había despertado su curiosidad. Tenía la sensación de que su secretaria ocultaba en su personalidad muchas más cosas de las que se veían a simple vista. Y sospechaba que aquella iba a ser una semana para recordar

No hay comentarios:

Publicar un comentario