miércoles, 4 de abril de 2012

Capitulo 5.-

Mientras subía al dormitorio, Miley se preguntó si para cuando acabara la semana se habría quedado sin trabajo.
Desde que Nick había ido a recogerla esa ma­ñana, había alternado entre mostrarse descarada y a la defensiva, dos actitudes nada típicas en ella.
Pero había algo en Nick que la hacía reaccionar así, algo que la hacía sentirse más sensible de lo normal. Cuando la miraba se volvía consciente de sus defectos... o del hecho de que no era bonita ni sofisticada.
¿Y por qué había querido hacerle creer que usaba y desechaba amantes como si fueran camise­tas?
Movió la cabeza, preguntándose si se habría vuelto loca. Cuando entró en el dormitorio trató de controlar la inquietud que le producía la idea de te­ner que pasar allí las siguientes seis noches.

Abrió uno de sus cajones de la cómoda y sacó un pijama y todo lo necesario para ducharse. Unos mi­nutos después, mientras se hallaba bajo el agua, nuevos horrores pasaron por su mente.
¿Y si se ponía a roncar por la noche? ¿Y si rechi­naba los dientes mientras dormía, o si, Dios no lo quisiera, babeaba? ¿Cómo iba a volver a mirarlo a la cara?
No debería haber aceptado aquello. Se cepilló el pelo casi con rabia, deseando poder volver atrás, al momento en que Nick, mirándola con sus picaros ojos azules, le pidió que se hiciera pasar por su es­posa. Fue en aquel momento cuando perdió la ca­beza. Desde que Nick la miró con aquellos ojos y ella accedió a hacerse pasar por su esposa, perdió la cordura.
Terminó de ducharse rápidamente y, tras secarse, se puso su recatado pijama color rosa pálido.
Abrió la puerta del baño y se asomó al dormito­rio, comprobando con alivio que Nick aún no había subido. Apartó rápidamente la colcha y tiró de la sá­bana encimera. Si iba a dormir en el sofá, al menos iba a hacerlo con una sábana.
Afortunadamente, ella era bastante pequeña, pero aquel diminuto sofá no estaba hecho para ser utili­zado como cama, y las piernas le colgaban incómo­damente de uno de los brazos.


Encontrando aquella posición imposible, se vol­vió de costado y acurrucó las piernas para encajar en el reducido espacio. Con un poco de suerte, se ha­bría quedado dormida para cuando Nick llegara.
Acababa de pensar aquello cuando la puerta se abrió y Nick entró en el dormitorio. Miley cerró de inmediato los ojos, simulando dormir.
Supo lo que hacía por los sonidos. Vació sus bol­sillos y dejó las llaves y las monedas encima de la cómoda. Luego suspiró a la vez que se sentaba en la cama.
¡Plaf! Se quitó un zapato.
¡Plaf! Se quitó el otro.
A continuación fue al baño y abrió el grifo de la ducha.
Miley abrió los ojos y cambió de posición, agra­decida. Se le había dormido una pierna y tuvo que flexionarla varias veces para restaurar la circulación de la sangre.
Cambió de posición una vez tras otra, tratando de encontrar la más cómoda para dormir. Volvió a que­darse paralizada cuando oyó que el agua dejaba de correr.
Unos momentos después se abrió la puerta del baño y Nick volvió al dormitorio, llevando consigo un penetrante olor a jabón y piel fresca. Era el aroma más provocativo que Miley había olido en su vida. Lamentó profundamente no tener un res­friado de nariz.
¿Cómo dormiría Nick? ¿Con pijama? ¿En cal­zoncillos? Esperaba que no se le ocurriera acostarse desnudo estando ella en la habitación. Cerró los ojos con fuerza, negándose a satisfacer su curiosidad.
—Puedes relajarte, Miley —dijo Nick con suavi­dad—. Estoy visible y decente.
Miley abrió los ojos y lo vio con unos pantalo­nes cortos de deporte rojos. ¿Decente? Suponía que sí, aunque no podía decirse que su ancho pecho, de­corado con una oscura mata de vello rizado, fuera precisamente decente. Como tampoco lo eran su liso abdomen, sus caderas estrechas y sus largas y mus­culosas piernas.
En la época en que estaba colada por él, trató de imaginar innumerables veces el aspecto que tendría bajo los elegantes trajes que siempre llevaba a la oficina. Pero ninguna de sus fantasías la había pre­parado para la realidad.
Nick se sentó en el borde de la cama.
—¿Estás lista para que apague la luz?
—Sí —Miley rogó desesperadamente que no hu­biera notado que su voz había sonado una octava más alta de lo normal. Deseaba que apagara las lu­ces más de lo que había deseado nada en su vida. No quería pasar un segundo más mirándolo.
Respiró más tranquila cuando Nick apagó la luz y el cuarto se sumió en la oscuridad.
Pero cuando su mirada se adaptó, comprobó que por la ventana entraba suficiente luz de la luna como para permitirle ver a Nick mientras se metía en la cama.
—Buenas noches, Miley —dijo él, con una voz demasiado grave e íntima.
—Buenas noches —replicó ella, permaneciendo muy quieta.
Nick respiró profundamente, como si el colchón sobre el que se hallaba fuera enormemente cómodo. «El muy rata», pensó Miley, irritada. Probable­mente, el suelo sería más cómodo que aquel sofá.
Si iba a seguir adelante con aquella farsa durante toda una semana, necesitaba dormir bien por las no­ches, y eso no lo conseguiría ni en el sofá ni en el suelo.
Un ligero ronquido llegó desde la cama. Por su­puesto, Nick se había quedado dormido de inme­diato. Estaba disfrutando de su colchón. Lo miró, cada vez más irritada. Estaba tumbado de espaldas, con la boca ligeramente entreabierta. Incluso ron­cando resultaba atractivo.
Pero lo más atractivo en aquellos momentos para Miley era la mitad libre de la cama. Había espacio suficiente para ella. Ambos eran adultos. Nick no se sentía atraído por ella, y ella ni siquiera estaba se­gura de que él le gustara mucho. ¿Por qué no podían compartir la cama?
Los doscientos cincuenta dólares extra que le ha­bía ofrecido Nick por dejarle la cama no eran sufi­cientes. Sería una tontería pasarse la noche en aquel sofá estando la cama medio vacía.
Una vez tomada la decisión, se levantó y se cu­brió con la sábana. De puntillas, sin hacer el más mínimo ruido, se acercó a la cama y se tumbó cuida­dosamente junto a Nick.
Él se movió, volvió la cabeza y le dedicó una adormecida sonrisa.
—Vas a perder el derecho a parte de tu paga extra.
—Merece la pena —replicó Miley mientras su cuerpo se adaptaba al cómodo colchón—. Ese sofá es en realidad un potro de tortura.
Nick rió. Su risa hizo que Miley sintiera un cos­quilleo en la boca del estómago.
—Buenas noches —dijo, y volvió a quedarse dor­mido de inmediato.
Miley necesitó más tiempo para relajarse. Aun­que había suficiente espacio entre ellos, podía sentir el calor del cuerpo de Nick. Su fresco y atractivo aroma la rodeaba.
Cerró los ojos y respiró profundamente varias veces seguidas. Unos minutos después estaba dor­mida.
Algo le cosquilleó en la nariz. Brian con una pluma, pensó. Su hermano siempre estaba de broma.
Frunció el ceño. Algo no encajaba. Mustang, Montana. Estaba en Mustang, Montana. ¿Qué hacía allí Brian?
Cuando el último vestigio de sueño se esfumó, abrió los ojos. Piel. Eso fue lo primero que vio. Piel morena con vello oscuro... vello que le estaba cos­quilleando en la nariz.
El pecho de Nick. ¿Qué diablos hacía con la cara sobre el pecho de Nick? No se movió, asustada. Su respiración era muy regular, de manera que debía de estar dormido.
La tenía rodeada con uno de sus brazos y apo­yaba la mano sobre la parte baja de su espalda. Las piernas de los dos estaban enlazadas, aunque Miley no tenía idea de cómo habían llegado a adoptar aquella posición.
A pesar de todo, permaneció muy quieta, disfru­tando de la naturalidad con que sus cuerpos se ha­bían encontrado durante la noche. Podía sentir el la­tido del corazón de Nick bajo la mejilla, un delicado ritmo que resultaba provocadoramente ín­timo.
Los primeros rayos de la mañana asomaban por la ventana, iluminando la habitación con una luz do­rada e irreal. Irreal. La experiencia de estar entre los brazos de Nick resultaba irreal.
—Buenos días —el pecho de Nick vibró mientras hablaba.
Miley estuvo a punto de caerse de la cama al apartarse de él.
—Creía que estabas dormido —dijo, sofocada.
—Llevo un rato despierto, pero parecías tan dor­mida que no he querido molestarte.
—Lo estaba. Muy dormida... total y profunda­mente —Miley quería que supiera que no se había arrimado a él conscientemente. Qué situación tan embarazosa.
Nick sonrió y estiró los brazos por encima de la cabeza.
—He dormido de maravilla. ¿Y tú?
Miley asintió, deseando salir de la cama, pero también cautivada por la situación. Estaba total­mente loca, decidió.
—Yo también, gracias a que decidí dejar el sofá.
Nick giró hasta ponerse de costado y se apoyó en un codo. Su mandíbula estaba ligeramente en­sombrecida por la barba de la mañana. Tenía el pelo revuelto, con unos mechones asomando por aquí y por allá, y, sin embargo, Miley no lo había visto nunca con un aspecto tan atractivo y mascu­lino.
Permaneció sentada en la cama, sabiendo que te­nía el pelo hecho un desastre y que no llevaba ni una gota de maquillaje tras el que ocultarse.
Se ruborizó bajo la intensidad de la mirada de Nick.
—Me estás mirando —dijo, insegura.
—Así es —asintió él. Alargó una mano y le acarició un mechón de pelo rizado—. ¿Por qué lo llevas siem­pre sujeto atrás?
—Lo tengo demasiado rizado y rebelde.
—Es precioso —Nick dejó caer la mano y se incor­poró en la cama. Con expresión ligeramente irritada, tomó su reloj de la mesilla de noche—. Será mejor que nos preparemos para bajar a desayunar. Son casi las siete.
—Puedes pasar primero al baño —ofreció Miley.
—Bien.
Sin dudarlo, Nick salió de la cama, sacó del ar­mario la ropa que se iba a poner y entró en el baño.
Miley miró la puerta cerrada, preguntándose qué lo habría irritado. ¿Su pelo? Eso no tenía sen­tido. Había dicho que era precioso. El rubor le tiñó las mejillas al recordar aquella palabra.
Tal vez se había asustado al verla sin nada de ma­quillaje, o le había molestado que se hubiera echado sobre él mientras dormía. Qué embarazoso... Y eso que solo era la primera noche...
Aún le quedaban otras cinco por delante. Se es­tremeció al pensarlo, sin saber si el estremecimiento se debía al temor... o al placer.
La sesión de la mañana transcurrió sin proble­mas. Nick trabajó mentalmente en una de sus nue­vas campañas de publicidad mientras Barbara les daba una conferencia sobre la historia del matrimo­nio y los motivos por los que aquella institución era tan importante para la sociedad. A Nick no le preo­cupaba ni lo uno ni lo otro.
Miley estaba sentada junto a él, escuchando atentamente. La miró disimuladamente. Como de costumbre, se había sujetado el pelo atrás. Pero sus oscuros rizos castaños se negaban a ser sometidos, y se salían del pasador que intentaba sujetarlos.
Había sido extraño despertar con ella práctica­mente encima. Su suave aliento le acariciaba el pe­cho y había sentido la presión de sus senos contra el costado. Al despertar, su primer impulso había sido el de apartarse a toda prisa. Pero no lo consiguió y, según pasaban los segundos, la sensación empezó a parecerle más y más agradable.
El cuerpo de Miley encajaba perfectamente con el suyo. La sentía pequeña y vulnerable mientras dormía, pero también sexy y atractiva.
Al acariciarle el pelo, una ola de calor había reco­rrido todo su cuerpo. El deseo sexual que se apoderó de él lo tomó totalmente por sorpresa.
Valoraba demasiado las habilidades de Miley como secretaria como para perderlas por mantener relaciones sexuales con ella. Porque serían relacio­nes sexuales, no hacer el amor. Y tenía la sensación de que Miley querría más; querría que hicieran el amor, no tener relaciones meramente sexuales. Aun­que sabía que no era asunto suyo, aún le intrigaba saber cuántos amantes había tenido.
—Ahora vamos a hacer un descanso para comer —dijo Barbara, apartando la atención de Nick de la mujer que tenía a su lado.
Una hora después, Nick y Miley se reunían con Barbara en la biblioteca para su sesión individual.
—Me gustaría que os sentarais en el suelo, frente a frente —dijo Barbara, señalando la gruesa alfombra que había junto a la chimenea.
Nick se sentó y Dulce hizo lo mismo. Él se pre­guntó si sus rasgos revelarían la misma ansiedad que los de Miley. Mientras se miraban vio la ten­sión que adelgazaba sus labios y oscurecía su mi­rada. Tenía la sensación de que aquella iba a ser la primera prueba real de su «matrimonio», y ella de­bía de estar pensando lo mismo.
¿Podrían hacer creer a Barbara que llevaban dos años casados, que habían compartido las intimida­des y secretos que en todo matrimonio se compar­tían?
Nick tomó las manos de Miley y se sorprendió al comprobar lo suaves y femeninas que eran. No se había fijado hasta entonces, pero tenía unas manos muy bonitas, con dedos largos y delgados y las uñas pintadas de rosa. El esmalte de las uñas lo conmovió extrañamente, pues resultaba un detalle extremada­mente femenino en su eficiente secretaria.
Ella le estrechó las manos y él no supo si trataba de transmitirle seguridad o si quería que él la recon­fortara. Por si acaso, le devolvió el apretón, pregun­tándose si tendría idea de lo nervioso que estaba.
—De acuerdo, empezaremos con Miley. Quiero que compartas con Nick el mejor momento que re­cuerdes desde tu infancia hasta los dieciocho años.
—Eso es fácil —dijo Miley, mirando a Barbara—. El día que mi madre trajo del hospital a mi hermano recién nacido.
—No me lo cuentes a mí —Babara señaló a Nick—. Cuéntaselo a él. Háblale de aquel día y de lo que sentiste.
Miley miró a Nick.
—Tenía nueve años cuando nació Brian. Para en­tonces, mi padre ya se había ido, y mi madre se po­nía enferma muy a menudo, así que supe que iba a tener que ocuparme mucho de Brian —sonrió y sus ojos se iluminaron al recordar—. Parecía más un monito que un bebé. Tenía la cabeza llena de pelo ne­gro y la carita arrugada como la de un anciano —rió al recordar y el sonido de su risa estremeció a Nick como si hubiera dado un trago de buen licor—. Pero en cuanto rodeó uno de mis dedos con los suyos supe que haría cualquier cosa por él —continuó—. Supe que iba a ser una gran responsabilidad para mí, pero no me importó.
Nick recordó el momento en que entró en casa de Miley y la vio peleando en broma con su her­mano. Sus mejillas estaban acaloradas por el es­fuerzo, pero sus ojos, sus rasgos y todo su cuerpo estaban iluminados por el amor que sentía por su hermano.
Aquella misma sonrisa iluminaba su rostro en ese instante, transformándolo de normal a casi bello.
—Ese día supe que ya no era Miley Cyrus, la hija de Roger y Janette Cyrus, sino Miley Cyrus, la hermana mayor de Brian Cyrus —su son­risa se desvaneció, dando paso a una expresión pen­sativa—. Incluso entonces supe que, mientras yo lo quisiera, aquel bebé me querría incondicionalmente. Fue el mejor día de mi vida.
—Y tu hermano aún te quiere incondicionalmente —dijo Nick con suavidad, recordando la escena de la que había sido testigo el día anterior por la mañana.
Miley sonrió.
—Casi todo el tiempo. Ahora es tu turno. ¿Cuál fue el día más feliz de tu vida?
Nick frunció el ceño, pensativo, tratando de re­cordar un día de su vida que pudiera compararse con el que Miley acababa de compartir con él.
—El día que tuve mi primer caballo —las palabras surgieron de su boca sin ningún esfuerzo. Sonrió mientras el recuerdo se abría paso en su memoria. Hacía años que no pensaba en aquel día—. En aquella época tenía siete años. Cuando regresé del colegio a casa, mi padre me dijo que fuera al establo por un trozo de cuerda que necesitaba. Hice lo que me dijo y, cuando estaba a punto de salir, escuché el resoplido de un animal y el sonido de los cascos de un caballo.
Por un momento se sintió trasladado al viejo es­tablo. A los siete años, lo que más quería en el mundo era un caballo propio. Se consideraba un va­quero, pero era imposible ser vaquero sin tener ca­ballo.
—Entonces aún no teníamos ningún caballo. Se­guí el sonido hasta la última casilla del establo y allí estaba... la yegua joven más bonita del mundo. Me miró con sus líquidos ojos marrones y apoyó el hocico en mi pecho, como buscando mi corazón, y en ese momento supe que íbamos a ser muy buenos amigos.
—¿Cómo la llamaste?
—Bandida. Tenía una mancha oscura alrededor de los ojos y se me ocurrió enseguida —Nick suspiró, re­confortado por el recuerdo—. Creo que incluso enton­ces ya sabía que teníamos dificultades financieras, y eso hizo que el hecho de que papá me hubiera rega­lado aquella yegua fuera aún mucho más especial.
La expresión de Miley reflejaba los gratos re­cuerdos de Nick. Sus ojos irradiaban calidez y sus labios estaban curvados en una complaciente son­risa.
—Estupendo. Lo estáis haciendo muy bien —la voz de Barbara sorprendió a Nick. Por unos segundos había olvidado que estaba allí con ellos—. Por vues­tras expresiones deduzco que no solo estáis disfru­tando de vuestros recuerdos, sino también de los del otro. Ahora quiero que hagáis algo más difícil. Quiero que compartáis el día más doloroso de vues­tras vidas mientras crecíais.
El primer impulso de Nick fue el de retirar sus manos de las de Miley y decir que no. Ya se sentía como si hubiera sufrido una pequeña invasión en las zonas de su intimidad que con tanto esmero prote­gía.
Hacía años que no pensaba en Bandida, en aquellos días en el rancho en que fue real y completa­mente feliz. Sus recuerdos eran suyos, y se sentía rea­cio a compartirlos.
Pero antes de que pudiera expresar su protesta, Miley suspiró profundamente.
—Eso también es fácil. El día que mi padre se fue —dijo. Sus expresivos rasgos reflejaban miles de emociones, la más fuerte era la tristeza, y un sentido de pérdida tan profundo que Nick sintió su eco en el rincón más oculto de su corazón.
Estrechó sus manos con más fuerza mientras ella se mordía el labio inferior, luchando contra las lágri­mas que ya asomaban a sus ojos.
—Ni siquiera sabía que mi padre y mi madre te­nían problemas. Nunca peleaban, mamá estaba em­barazada y yo pensaba que todo iba bien, que vivía en un mundo seguro. Entonces, una mañana de ve­rano encontré a mi padre haciendo las maletas —una lágrima rodó por sus mejillas y Nick reprimió el impulso de acariciarla—. Me dijo que tenía que irse, que no era feliz viviendo con nosotros —iba a decir algo más, pero cerró la boca, como si hacerlo fuera demasiado doloroso.
En los dos últimos días Nick la había visto aver­gonzada, indignada e irritada. A lo largo de sus dos años de secretaria la había visto como eficiente, pro­ductiva y capaz. Nada lo había preparado para aque­lla suave vulnerabilidad, para el dolor que le produ­cía ser testigo del sufrimiento de Miley. ¿Cómo era posible que le afectara tanto?
—No volví a verlo ni a saber nada de él desde aquel día. Se fue sin mirar atrás... y siempre me pregunté si se habría quedado si yo hubiera sido más lista, más guapa, mejor.
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire, re­velando los anhelos y la tristeza de una niña abando­nada.
—Dile a Miley lo que sientes, Nick —dijo Bar­bara con suavidad—. Dile lo que sientes respecto a lo que te ha contado.
Nick miró a Miley a los ojos, vio su necesidad de consuelo y comprendió que no podía bloquear su corazón contra el dolor que ella sentía.
—Lo siento por ella. Me duele el corazón. Desea­ría que nunca hubiera tenido que pasar por algo así.
—Díselo a ella, no a mí.
—Lo siento por ti —corrigió Nick—. Ojalá hubiera estado allí, ojalá te hubiera conocido entonces para haber podido decirte que fue él quien más perdió, porque no llegó a saber que tenía una hija maravi­llosa, con un gran corazón.
Y era cierto. A pesar de no conocerla bien, Nick intuía que su capacidad de amar era enorme. Lo ha­bía notado cuando había hablado de su hermano.
Se preguntó qué se sentiría siendo el objeto de tanto amor. Sin duda, sería algo espectacular.
—¿Y tú, Nick? —preguntó Barbara—. Comparte con Miley el peor día de tu vida.
Nick frunció el ceño pensativamente unos mo­mentos. Luego se encogió de hombros.
—Me temo que soy una de esas personas cuya in­fancia fue común y corriente.
—¿Y la muerte de tu madre? —preguntó Miley.
Nick volvió a fruncir el ceño.
—Sé que suena terrible, pero solo tenía cinco años entonces. No tengo muchos recuerdos del día de su muerte. Estuvo hospitalizada tanto tiempo durante mi infancia que era poco más que una desconocida para mí cuando murió —miró a Miley y luego a Barbara—. Creo que no tengo la clase de recuerdos traumáticos que me pides que comparta.
—¿Y la venta del rancho? —preguntó Miley, ha­ciendo que Nick lamentara al instante haberle con­tado aquello.
—Sí, tienes razón —asintió—. Ese fue un día duro.
—Profundiza en él, Nick—dijo Barbara—. Deja que Miley sepa cómo te sentiste ese día, tu decep­ción, tu dolor.
«Miente», ordenó una voz interior a Nick. «In­venta algo para satisfacer a Barbara, simula que es­tás compartiendo, pero guárdate tus sentimientos y emociones para ti». Sin embargo, mientras pensaba aquello, la verdad surgió de sus labios.
—Mi padre no pudo hacer frente a la hipoteca y el banco sacó el rancho a subasta. Aquel fue el día más terrible de mi vida.
Su padre y él vieron cómo el equipo del rancho, los muebles, los animales, todo lo que había sido su vida hasta entonces, era vendido por mucho menos de su valor.
A pesar del tiempo transcurrido, Nick sintió en aquellos momentos la misma rabia que entonces, la misma impotencia.
—Incluso Bandida fue subastada —su voz se cargó de emoción mientras recordaba cómo se llevaron a su caballo a un tráiler.
Solo había sentido aquel dolor otra vez en su vida, cuando tenía veinte años y Sarah Washington le dijo que ya no lo amaba.
—Oh, Nick, cuánto lo siento —dijo Miley, emo­cionada. Se inclinó hacia él, como queriendo to­marlo entre sus brazos.
—Adelante —dijo Barbara—. Abrazaos. Durante los próximos minutos quiero que os abracéis y os con­soléis mutuamente.
Antes de que Nick se diera cuenta de cómo había pasado, Miley estaba en su regazo, con los brazos en torno a su cuello y el rostro enterrado en este.
Nick cerró los ojos y respondió abrazándola. Los senos de Miley presionaron contra su pecho mien­tras se sentaba a horcajadas sobre él. Era una posi­ción muy provocativa, y Nick trató de distanciarse de ella. Pero era imposible.
Su pelo olía a flores recién cortadas y su cuerpo le ofrecía la calidez del sol. La presencia de Barbara quedó olvidada, así como el juego al que estaban ju­gando. Nick se negó a pensar y se centró exclusiva­mente en el placer de tenerla entre sus brazos.
Miley alzó el rostro y lo miró.
—Siento que perdieras a Bandida —dijo, con dulce sinceridad—. No hay nada peor que perder algo que amas.
Incapaz de reprimir el impulso, Nick alzó una mano y acarició un mechón suelto del pelo de Miley.
—Y yo siento que tu padre fuera tan estúpido —re­plicó—. Y lo era, porque si no no te habría dejado.
—Me gustaría que siguierais consolándoos durante unos minutos. Después, el ejercicio habrá aca­bado —Barbara se encaminó a la puerta y sonrió—. Nos veremos esta tarde a la hora de cenar —añadió antes de salir de la biblioteca.
En cuanto la puerta se cerró a sus espaldas, Nick supo que debía soltar a Miley. De momento, el juego había terminado. Sin la presencia de Barbara ya no tenían por qué fingir.
Pero soltar a Miley en aquellos momentos pare­cía imposible. Quería sentir su calidez. Quería que siguiera rodeándolo con sus brazos. Quería que si­guieran consolándose mientras las heridas que ha­bían abierto sanaban lentamente.
Mirando a la mujer que sostenía entre sus brazos, comprendió que no tenía intención de soltarla hasta haber hecho una cosa más. Era una locura, pero no iba a permitir que algo tan ridículo como el sentido común lo refrenara.
Respiró profundamente, se inclinó hacia delante y tomó los labios de Miley entre los suyos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario