domingo, 8 de abril de 2012

Capitulo 10.-

Rosas Rojas. Enormes. Eso fue lo primero que vio Miley cuando llegó al despacho el lunes por la mañana. El florero, que estaba en medio de su escritorio, no sirvió para animarla.
Si Nick Jonas creía que iba a cambiar de opi­nión porque le hubiera comprado unas flores, estaba equivocado.
Miley se había pasado casi todo el domingo buscando trabajo en la prensa. Había rodeado varios anuncios con un círculo rojo.
No podía creer que hubiera sido tan estúpida, tan vulnerable como para haberse enamorado perdida­mente de Nick. Sabía con certeza que lo que sentía por él iba mucho más allá de la mera atracción física. Lo amaba profundamente, tanto física como espiri­tual y emocionalmente. Era todo lo que siempre había querido en un hombre, y sabía que nunca lo tendría.
Tomó el florero y lo sostuvo sobre la papelera. Si Nick viera las flores allí comprendería lo poco efec­tivo que había sido su plan. Qué típico en él hacer algo así para conseguir lo que quería...
Pero sintiendo el aroma de las flores tan cerca, viendo su exquisita perfección, fue incapaz de tirar­las. En lugar de ello, dejó el florero sobre el archivador metálico que había tras su escritorio, donde pu­dieran admirarlas las personas que acudieran a la oficina sin necesidad de que ella las estuviera viendo todo el rato.
Su primera ocupación del día iba a consistir en llamar a algunas agencias de empleo para concertar citas con posibles secretarias. En cuanto había reco­nocido que estaba enamorada de Nick, había com­prendido que no podía seguir trabajando para él. Pero tampoco iba a dejarlo en la estacada. Tenía que conseguir una buena sustituta.
Ocupó su asiento ante el escritorio y miró la foto de Nick en la pared opuesta. ¿Cómo iba a pasarse allí dos semanas con su atractivo rostro delante?
Encendió con más energía de la necesaria el or­denador, decidiendo que debía mantenerse lo más ocupada posible para no pensar en él. Catorce días. Eso era todo lo que tendría que soportar.
Y después, la ilusión de empezar un nuevo tra­bajo, de conocer nuevos compañeros, serviría para mantenerla distraída.
Mientras trataba desesperadamente de conven­cerse de ello, Nick salió de su despacho.
—Oh... estás aquí —dijo.
Estaba más atractivo que nunca. Vestido con una chaqueta azul marino, pantalones y camisa blanca, aparte de elegante resultaba increíblemente sexy. El color de la chaqueta realzaba el tono de sus ojos... unos ojos que estaban mirando a su alrededor, evi­dentemente, en busca de las flores. Finalmente, las localizó en lo alto del archivador, pero su expresión no reveló nada.
—Te dije que vendría por la mañana, como de cos­tumbre —dijo Miley, y a continuación, respiró pro­fundamente para relajarse.
¿Por qué tenía que ser tan atractivo? ¿Por qué te­nía que quererlo? ¿Por qué no había podido enamo­rarse de un hombre sencillo y corriente? ¿Por qué tenía que ser Nick el que había capturado su cora­zón?
—¿Puedes venir al despacho un momento? —pre­guntó él.
Miley asintió y sacó su carta de renuncia del bolso. La había escrito el día anterior por la tarde, decidida a colocarla sobre el escritorio de su jefe a primera hora de la mañana.
Lo siguió al despacho y él cerró la puerta, pero luego no se sentó tras su escritorio, como solía hacer.
—Tenemos que hablar —dijo, dando un paso hacia ella.
Miley se hizo consciente de los poderosos lati­dos de su corazón. ¿Podría oírlos Nick? ¿Sabría que latía de amor por él?
—¿Vas a dictarme? ¿Necesitas que tome nota para alguna cita? —preguntó, logrando a base de gran es­fuerzo mantener un tono de voz controlado.
—¿Has leído la tarjeta que había en las rosas? —preguntó Nick.
Avanzó un paso más, invadiendo por completo el espacio personal de Miley y obligándola a dar un paso atrás.
—No. Pero estoy segura de que dice que quieres que siga trabajando para ti —Miley le alcanzó su carta de renuncia—. Aquí está mi respuesta.
Nick tomó la carta, la leyó y luego la arrugó en un puño.
Miley frunció el ceño.
—No importa lo que hagas con ella. Ya te he avi­sado, y eso es lo que importa.
—Escúchame, Miley —Nick se acercó aún más y ella quiso dar otro paso atrás, pero la puerta cerrada se lo impidió. Él apoyó las manos a ambos lados, impidiéndole moverse—. La tarjeta de las rosas no dice nada sobre el trabajo. No te pido que no lo de­jes —dijo, mirándola con una intensidad que Miley no había visto nunca en sus ojos—. Deberías haberla leído. Dice que te quiero.
El corazón de Miley pareció detenerse un mo­mento. Luego, un punzante dolor lo atravesó. Miró a Nick, incapaz de creer lo que acababa de decirle.
Una intensa rabia se acumuló en su interior. Trató de reprimirla, pero siguió aumentando. Con un solo movimiento, pasó bajo uno de los brazos de Nick y se volvió para encararlo.
—Serías capaz de hacer cualquier cosa por conse­guir lo que quieres, ¿verdad? —dijo, indignada—. ¿Cómo eres capaz de fingir que me amas para con­seguir que siga trabajando para ti?
—¡No! —Nick parecía horrorizado—. ¡No, no es eso! —protestó.
—Qué conveniente —continuó Miley—. Casual­mente, has descubierto que me quieres justo cuando he decidido presentarte mi renuncia —lo apartó a un lado sin miramientos y agarró el pomo de la puerta con una mano—. Debería haber supuesto que intenta­rías cualquier cosa para lograr que me quedara, pero nunca habría imaginado que pudieras caer tan bajo —abrió la puerta—. ¡Me voy a almorzar! —exclamó.
—¿A almorzar? Pero si acaban de dar las nueve...
—Pues despídeme —le espetó Miley. Cerró de un portazo, tomó su bolso del escritorio y salió de la oficina. Mientras abandonaba el edificio se preguntó cómo era posible que se hubiera enamorado de un tipo tan miserable. Pero Nick no podía saber cuánto le había dolido su falsa confesión de amor, porque no sabía que ella lo amaba de verdad
Caminó rápidamente hasta la cafetería en la que so­lía almorzar. Ocupó su taburete habitual junto al mos­trador y pidió un desayuno completo, aunque lo úl­timo que le apetecía en aquellos momentos era comer.
Mientras esperaba a que le sirvieran la comida dio un sorbo a su café, preguntándose por qué ha­bría sido tan cruel con ella el destino. Solo había amado a tres hombres en su vida: a su hermano, a su padre... y a Chris.
Aunque ella hubiera sido Atila, sabía que Brian la habría querido. Prácticamente lo había criado. Entre ella y su hermano había un lazo que nadie podría romper nunca.
Pero cuando su padre los abandonó se quedó to­talmente destrozada. Él era su héroe, el hombre más importante de su vida, y nunca comprendería cómo podía haberlos dejado con tanta facilidad.
Pensándolo mejor, se dio cuenta de que Nick y su padre tenían mucho en común. Su padre era un hom­bre muy atractivo, capaz de ganarse a cualquiera. Y también era ambicioso, como Nick. En su profesión de vendedor de seguros, no tenía competidor.
Cuando se fue, se llevó consigo la mitad del co­razón de Mileye. Y Nick le había robado la otra mi­tad, dejando en su pecho tan solo un vacío.
Nick le había dicho a Miley que la quería y ella se había ido a almorzar. Pero lo absurdo de la situa­ción no lo hizo reír.
Se sentó en su silla y apoyó pesadamente la es­palda contra el respaldo. Sabía que había hecho mal engañando a Brody y a Barbara, y a las otras pare­jas, en Mustang. Lo sabía, y sin embargo lo había hecho, y estaba pagando el precio por ello.
Después de haber estado mintiendo ante Miley sin pestañear, ¿cómo iba a convencerla de que la quería de verdad? ¿Cómo iba a recuperar su credibi­lidad ante ella después de haberla sacrificado en be­neficio de su negocio?
Tenía que hacer algo. No podía quedarse allí sen­tado sin hacer nada.
A almorzar. Miley se había ido a almorzar. La encontraría, proclamaría su amor una y otra vez, hasta que lo creyera.
No podía admitir que ella no lo quisiera, aunque solo fuera un poco. Habían compartido demasiados momentos íntimos como para creer que era comple­tamente indiferente. Él la había besado, pero ella le había correspondido. Sin duda, lo había besado por­que sentía algo por él.
Con renovada confianza, salió de la oficina. Pero, una vez fuera, frunció el ceño, confundido. Miley había sido su secretaria durante dos años y él ni si­quiera sabía dónde solía ir a almorzar.
¿Habría ido en coche o andando? A la izquierda del edificio había varios restaurantes de comida rápida. A la derecha, un restaurante normal y otro italiano.
El restaurante normal, decidió. Caminó rápida­mente por la acera, con el corazón latiéndole de an­ticipación. Tenía que hacerle comprender. De algún modo, tenía que conseguir que lo creyera.
Entró en el restaurante y miró a su alrededor. Su corazón latió aún más deprisa al ver a Miley junto a la barra. Por un momento permaneció donde es­taba, mirándola.
¿Cómo era posible que hubiera tardado tanto en fijarse en ella? Una semana antes no habría sido ca­paz de recordar sus rasgos, y en aquel instante sería incapaz de olvidar nada de ella. ¿En qué había es­tado pensando aquellos dos últimos años?
Miley estaba mirando su plato, moviendo la co­mida de un lado a otro con el tenedor. Nick se fijó en la elegante curva de su cuello, en la recatada po­sición de sus piernas. Su corazón se llenó de ternura, una ternura que nunca había sentido.
Cuando el hombre que estaba sentado junto a ella se levantó, Nick ocupó el taburete.
—Miley —dijo.
Ella lo miró con expresión de incredulidad.
—No puedo creerlo. ¿Qué haces aquí?
—Me gusta comer con la mujer a la que amo —re­plicó Nick, disfrutando con el rubor que cubrió las mejillas de Mileu—. ¿Sabes lo a menudo que te ru­borizas y lo encantador que resulta?
—Estás loco —replicó ella—. Has perdido por com­pleto la cabeza.
—No estoy loco, estoy enamorado —dijo Nick, y a continuación giró en el asiento para encarar a los de­más comensales—. ¡Estoy enamorado! —gritó, sor­prendiendo a los clientes—. Estoy enamorado de esta mujer y ella no quiere darme la más mínima oportu­nidad.
—Si tú no lo quieres, querida, yo me lo quedo —bromeó una mujer mayor, guiñando un ojo a Nick.
—Vamos, dale al menos una oportunidad —dijo un hombre que estaba sentado a la barra.
Miley bajó de su asiento y corrió hacia la puerta.
—¡Eh! —exclamó la camarera—. ¡Aún no me ha pa­gado!
Nick sacó un par de billetes de su chaqueta, los dejó sobre el mostrador y corrió tras Miley.
—¡Espera!
No podía creer lo rápido que se había movido. Tuvo que correr a toda velocidad para alcanzarla.
—Miley... por favor —la tomó por el brazo. Ella se liberó de un tirón y luego se volvió hacia él.
—No sé por qué estás jugando a esto, Nick, pero no va a funcionar —él vio el brillo de las lágrimas en sus ojos y lamentó de inmediato sus impulsivos actos.
—Lo siento si te he avergonzado —dijo, suave­mente—. He pensado que tal vez me creerías si lo de­cía en alto y delante de otras personas.
—Desde luego que me has avergonzado —dijo Miley, apartando una lágrima de su mejilla.
—Eso era lo último que pretendía —dijo Nick, sinceramente. Cuando Miley volvió a caminar, él la siguió, buscando frenéticamente algo que decir... cualquier cosa que sirviera para convencerla de que era cierto que estaba enamorado de ella.
—Miley... sé que mentí a Brody, pero ahora no estoy mintiendo.
—No solo mentiste diciendo que estábamos casa­dos. ¡También les dijiste que estaba embarazada! —lo acusó Miley.
—Y creo que deberíamos seguir juntos por el bien del bebé —bromeó Nick. Su corazón se encogió al ver que su broma no había servido para animar a Miley—. Si con ello consigo que me creas, estoy dispuesto a decirle a Brody que todo fue una farsa.
—No seas ridículo —le espetó Miley—. No quiero que corras el riesgo de perderlo como cliente.
Cuando llegaron a la entrada de la oficina, se vol­vió y miró a Nick. Los ojos de Miley revelaban una emoción que él no pudo discernir; tal vez pesar, o tristeza, o una mezcla de ambas.
—Lo único que quiero es que me dejes hacer mi trabajo durante estas dos semanas, que no me nie­gues que me quede y que no me digas que me quie­res. Necesito un cambio en mi vida, y nada de lo que digas podrá hacerme cambiar de opinión.
Nick no sabía qué decir. No quería dejar que se fuera. No quería hacer lo que le decía, pero tampoco quería hacerla infeliz.
Suspiró y se pasó una mano por el pelo.
—De acuerdo —asintió, finalmente—. Te dejaré tra­bajar tranquila y no volveré a decirte que te quiero durante el resto del día —la expresión de Miley mostró un evidente alivio mientras él abría la puerta de la oficina—. Pero sólo por hoy —añadió—. No puedo garantizarte nada respecto a mañana.
Y mantuvo su promesa durante el resto del día. Después de la semana que habían estado fuera, tenía mucho trabajo pendiente en la oficina y pasó largo rato devolviendo algunas llamadas.
Poco después del mediodía, Miley lo llamó por el intercomunicador para decirle que tenía una lla­mada de Sheila. En lugar de responder en su despa­cho, Nick salió y tomó el teléfono de Miley.
—¿Ha echado de menos mi pequeño Nick a su dulce Sheila? —preguntó Sheila con voz de niña desde el otro lado de la línea.
—Quiero que seas la primera en saberlo, Sheila. Esta semana pasada me ha sucedido algo increíble —Nick mantuvo la mirada fija en Miley—. Me he enamorado perdidamente de una mujer maravillosa —los ojos de Miley se abrieron de par en par a la vez que Sheila colgaba de golpe—. ¿Hola? ¿Hola? —Nick colgó el teléfono—. Hmm, parece que no le apetecía hablar de ello.
Miley volvió a descolgar el teléfono y se lo al­canzó.
—Llámala —dijo, frenética—. No puedo creer lo que acabas de hacer. Llámala y dile que ha sido una broma.
Nick tomó el auricular y volvió a dejarlo sobre el aparato.
—No pienso hacerlo. No ha sido una broma —la miró un momento, queriendo decirle más, pero re­cordó su promesa. Sin añadir nada más, se volvió y entró en su despacho.
Mientras se sentaba ante el escritorio, recordó lo que Sheila le había dicho la última vez que se vie­ron.
Profetizó que uno de aquellos días iba a entre­garle su corazón a una mujer que lo rompería en pe­dazos, o algo parecido.
¿Le habría lanzado una maldición? ¿Sería Miley esa mujer?
Cerró los ojos, recordando el dulce sabor de sus besos, la música de su risa. ¿Cómo podía conven­cerla de que su amor era cierto, y no solo una ma­quinación para conseguir que se quedara?
Cuando una mujer había sido testigo de que uno era capaz de mentir sin inmutarse, ¿cómo conven­cerla de que estaba diciéndole la verdad? Por des­gracia, no tenía la respuesta a aquella pregunta.
—¿Señor Jonas? —la voz de Dulce llegó a tra­vés del intercomunicador—. Jess Maxwell ha venido a verlo.
Jess Maxwell. Un cliente en potencia. Nick apretó el botón del intercomunicador.
—Hazlo pasar. Y haz el favor de concertar algunas citas para entrevistar a otras posibles secretarias.
Sonrió, satisfecho. Tal vez, el camino para lograr que Miley comprendiera que lo que pretendía no era conservarla como secretaria era contratar otra. Así no podría acusarlo de estar utilizando su amor para conservarla.
La puerta de su oficina se abrió, dando paso a un hombre joven y elegantemente vestido.
—Me alegro de verlo, señor Maxwell —dijo Nick, levantándose para estrechar su mano.
Durante las siguientes dos horas, Nick y Jess Maxwell hablaron de negocios. Cuando terminaron, Nick tenía un nuevo cliente. Tras acompañarlo hasta la salida, se detuvo ante el escritorio de Miley y le entregó una carpeta.
—¿Qué es esto? —preguntó ella con cautela.
—Los detalles del asunto Maxwell. Acabo de cap­tarlo como cliente y Jess Maxwell tiene mucho di­nero y ganas de gastarlo en una buena campaña pu­blicitaria.
—¿Y qué se supone que tengo que hacer al res­pecto?
—Llévate la carpeta a casa y trabaja en algunas ideas. Dijiste que querías verte más implicada en el proceso creativo. Esta es tu oportunidad.
Miley frunció el ceño.
—Esto no va cambiar nada, Nick —dijo, sin mi­rarlo—. Voy a irme, y nada me hará cambiar de opi­nión.
Nick sintió que su estómago se encogía. ¿Sería realmente posible que a Miley no le hubiera afec­tado la semana que acababan de pasar juntos? ¿No había sentido la magia que surgía entre ellos cuando se besaban y acariciaban?
Le había hecho una promesa. No volvería a de­cirle que la amaba. Pero no le había prometido no tocarla.
Alargó una mano y la tomó por la barbilla, obli­gándola con firme delicadeza a mirarlo. Y por un instante percibió en su mirada un destello que le dio esperanza, una emoción que ella ocultó rápidamente apartándose de él y poniéndose en pie.
—Me voy a casa —Miley tomó su bolso y la car­peta—. Trabajaré en algunas ideas esta tarde y las trae­ré mañana por la mañana —dijo, sin mirarlo—. Tam­bién he organizado tres entrevistas para mañana por la mañana con posibles secretarias —se acercó a la puerta—. Hasta mañana.
Nick asintió.
—Miley —ella se detuvo con la mano en el pomo de la puerta y volvió la cabeza—. No pienso renunciar —dijo Nick, con suavidad, pero también con firmeza.
Miley se ruborizó intensamente antes de salir.
Nick se quedó mirando la puerta, pensando fre­néticamente que debía haber algún modo de con­vencerla de que su amor era verdadero. Amar a Miley era lo primero que hacía bien en mucho tiempo.
Regalarle las rosas había sido una estupidez. Du­rante aquellos dos años le había encargado tantas veces que enviara ramos a otras mujeres que debería haber imaginado que con ello no lograría nada. Miley era una mujer muy especial, y debía pensar en algo especial para consquistar su corazón.
Se pasó toda la noche pensando en cómo conven­cerla de que la amaba. Si de verdad creyera que ella no sentía nada por él, la dejaría en paz. Pero no lo creía. Los besos y caricias que habían compartido la semana anterior habían sido muy reveladores. Y sa­bía que solo el temor y la inexperiencia de Miley les había impedido hacer el amor la última noche.
Sí, creía tener una parte de su corazón. Solo tenía que encontrar el modo de conquistarlo todo.

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