miércoles, 4 de abril de 2012

Capitulo 3.-

No tardaron mucho en deshacer el equipaje. Nick ocupó los dos cajones inferiores de la cómoda y el lado izquierdo del armario.
Miley se quedó con los dos cajones superiores y con el lado derecho. Resultaba extrañamente íntimo ver la ropa de los dos colgando en el interior.
—Menos mal que me dijiste que preparara un equipaje informal —dijo ella, mientras colocaba unos vaqueros en el cajón.
¿Por qué?
—Porque si esto hubiera sido más formal, no habría podido traer la clase de ropa que sin duda utilizaría la esposa de Nick Jonas.
Nick se sentó en el borde de la cama y le sonrió.
¿Y qué ropa crees que utilizaría mi mujer?
Miley se encogió de hombros, deseando que se levantara de la cama, deseando que no fuera tan atractivo. Toda aquella situación resultaba obscena mente íntima, y lamentaba haber aceptado formar parte de ella.
—Seda —contestó—. Mucha seda, trajes de moda y vestidos vaporosos. Estoy segura de que tu mujer sería muy elegante y seguiría la última moda.
—Me alegra que puedas imaginarte a mi mujer con tanta facilidad. Yo no puedo, desde luego —Nick se levantó y fue hasta la ventana—. Nunca he deseado una esposa, y aún no he encontrado a ninguna mujer que me haya hecho cambiar de opi­nión.
—¿De qué tienes tanto miedo? —Miley formuló la pregunta sin pensárselo dos veces.
Nick se volvió a mirarla con expresión divertida.
—Qué típicamente femenino decir eso. Solo por­que no quiero casarme asumes que tengo miedo al compromiso, o que temo la intimidad, o que hay al­guna otra explicación seudo psicoanalítica.
—Tienes razón. Te estaba concediendo el benefi­cio de la duda. La verdad es que probablemente eres demasiado egoísta y estás demasiado centrado en ti mismo como para querer compartir tu vida con al­guien —Miley se cubrió la mano con la boca, horro­rizada por lo que acababa de decir.
Nick se quedó mirándola y su boca esbozó una media sonrisa.
—Probablemente esa sea la valoración de mi ca­rácter más sincera que me han hecho nunca.
—Yo... lo siento, pero me había enfadado.
Nick alzó una mano.
—No lo estropees disculpándote, por favor —su sonrisa se ensanchó—. Y eres muy buena juzgando el carácter de las personas. Soy egoísta y egocéntrico. También soy testarudo y difícil, así que no puede decirse que tenga una personalidad muy adecuada para el matrimonio.
—Si Brody pudiera oírte ahora...
—Menos mal que no puede —Nick miró a Miley con gesto especulativo—. Supongo que eres una de esas románticas incorregibles que solo se sienten completas compartiendo su vida con un hombre.
—Al contrario. No necesito un hombre para que colme mi vida —Miley siempre había creído que su felicidad dependía de sí misma. No vivía esperando a que un hombre la completara—. Sin embargo, con el tiempo sí me gustaría compartir mi vida con al­guien.
Apartó la mirada de Nick, recordando todas las noches que había soñado estar entre los brazos de alguien, sintiendo el calor de otro cuerpo junto al suyo. Algún día no muy lejano esperaba compartir sus días y sus noches, sus sueños y sus decepciones con algún hombre especial.
—No me preocuparía estar sola el resto de mi vida, pero no es lo que yo elegiría.
—Pues yo sí —replicó Nick.
Miley rió.
—Oh, Nick, tú nunca estás solo. Pasas de una mu­jer a otra sin apenas respiro.
Él la miró, sorprendido.
—Pero siempre me siento solo —frunció el ceño mientras se pasaba una mano por el pelo—. Vamos a dar una vuelta por el rancho —su tono impaciente hizo saber a Miley que había tocado un tema deli­cado—. Estoy seguro de que a Brody no le importará que echemos un vistazo hasta la hora de la cena.
Miley asintió. Estaba deseando salir de los es­trechos confines del dormitorio. Además, la conver­sación le había afectado. Había hablado en serio, pero lo cierto era que la idea de entregar su corazón a otra persona le daba bastante miedo. Lo había he­cho una vez y salió escaldada. No volvería a hacerlo con facilidad.
Bajaron las escaleras y salieron al porche.
—¿Hacia dónde vamos? ¿A la derecha o a la iz­quierda? —preguntó Nick, señalando.
—Me da igual.
Nick sonrió.
—Siempre dejo que mi esposa tome las decisio­nes.
Miley le devolvió la sonrisa, ladeando la ca­beza.
—Supongo que solo si las decisiones son tan in­significantes como esta.
Nick rió.
—¿Cómo es que nunca muestras tanto ingenio en la oficina?
—Porque no tengo tiempo. Me mantienes bastante ocupada —Miley quiso añadir que lo que más tiempo le quitaba era encargarse de sus asuntos per­sonales, que le gustaría que se buscara una esposa de verdad para ocuparse de aquellos deberes, de ma­nera que ella pudiera centrarse en su carrera de pu­blicista. Pero mantuvo la boca cerrada, pues no que­ría empezar aquella larga semana metiendo la pata.
Se encaminaron hacia el gran corral que se ha­llaba junto al establo, donde había varios caballos.
—¿Te gustan los caballos? —preguntó Nick mien­tras se apoyaban contra la valla para observar a los animales.
—Sí, supongo. Lo cierto es que no lo sé. Nunca he estado cerca de ellos —contestó Miley.
—Supongo que Brody logrará que cabalguemos como auténticos vaqueros para cuando acabe la se­mana.
—Mencionaste que Brody compró este rancho hace poco, ¿no?
—Sí. Hace unos tres meses. Al parecer, se produjo algún tipo de escándalo y la dueña anterior, Rachel Emery, quiso irse de Montana. Brody lo compró a precio de ganga, y ahora está viviendo su sueño de ser un auténtico vaquero.
Miley rió.
—Parece un hombre muy agradable —dijo, mien­tras caminaban hacia los establos.
—Es un gran tipo —asintió Nick—. Es tal y como nuestra agencia lo ha promocionado: un poco anti­cuado, pero un hombre honrado y con altos valores morales.
Miley frunció el ceño, sintiendo una repentina ansiedad en la boca del estómago.
—Me siento mal engañándolo con esta farsa de matrimonio.
—Lo sé, pero no te preocupes demasiado. No esta­mos haciendo daño a nadie y los dos vamos a bene­ficiarnos de ello. Brody nunca notará la diferencia, así que no hay problema.
Miley asintió. Nick tenía razón. Había aceptado participar en aquella locura y ya no podía echarse atrás.
—Vamos —dijo Nick, tomándola con ligereza por el brazo—. Todo irá bien —la luz que brilló en sus ojos azules hizo que cualquier cosa pareciera posible. Sonrió picaramente—. ¿Has explorado alguna vez un establo?
Miley suspiró, preguntándose si habría alguna mujer capaz de decirle «no» a aquel hombre. Por sus venas corría el encanto de los picaros, y tenía la sensación de que podría convencer a cualquier mu­jer de que el cielo era verde, si se lo proponía.
El interior del establo estaba tenuemente ilumi­nado, y olía a heno, a cuero y a animales. No era un olor desagradable, aunque era la primera vez que Miley lo experimentaba.
Nick la condujo por aquel enorme edificio, mos­trándole las casillas de los caballos, los cajones lle­nos de grano y los pesebres. Miley se quedó sor­prendida ante su conocimiento de todos los utensilios que contenía el establo.
Tras recorrer la planta inferior, Nick tiró de una escalera deslizante y subieron al pajar, donde había apilados fardos de heno del suelo al techo.
—Una vez me llevé una buena tunda por ha­berme escondido en el pajar para fumar un cigarri­llo —dijo Nick, mientras se sentaba en uno de los fardos—. Tenía ocho años, y mi padre me echó una buena regañina porque podía haber incendiado el establo.
Miley se sentó en el fardo contiguo.
—No sabía que habías crecido en un rancho —le costaba imaginarlo en un lugar que no fuera la ciu­dad—. En todo lo que he leído sobre ti no se men­ciona que te criaras en un rancho.
—Hay algunas cosas sobre mi vida que no son de dominio público —contestó Nick en tono neutro—.Vivimos en un rancho desde que nací hasta que cumplí quince años. Me encantaba. No hay mejor forma de pasar la infancia y la adolescencia que al aire libre y entre animales —sus rasgos se tensaron y la sonrisa desapareció de su rostro cuando conti­nuó—. Desafortunadamente, a mi padre no se le daba muy bien el trabajo del rancho. Cuando cumplí quince años, el banco se quedó con la casa y las tie­rras.
—Oh, qué triste —Miley tuvo que contenerse para no inclinarse hacia él y consolarlo con una caricia.
Nick se encogió de hombros, como si la pérdida no le hubiera importado, aunque Miley sabía que no era así.
—Probablemente fue lo mejor que pudo pasarle a mi padre. Nos fuimos a vivir con su hermano y se puso a trabajar con este en su tintorería. Al parecer, cayó en el lugar adecuado en el momento justo, por­que dos años después tenían cinco tintorerías y más dinero del que podían gastar.
A pesar de sus palabras, Miley percibió un dolor oculto en su interior, dolor por un hogar perdido, por un traslado forzoso. Por primera vez tuvo la sensa­ción de que había mucho más tras el playboy y el te­naz hombre de negocios que había visto hasta en­tonces en su jefe. Había en él un sorprendente punto vulnerable que resultaba a la vez evocador e inquie­tante.
Apartó aquella sensación a un lado. No quería pensar en Nick más que como en su jefe, un hom­bre que le estaba pagando espléndidamente por ha­cerse pasar por su esposa. Un hombre que, de no ser por aquello, nunca le habría dedicado una segunda mirada.
Nick no sabía por qué le había hablado a Miley del rancho. Era algo que nunca le había dicho a na­die. Se trataba de un episodio doloroso de su vida que lo había impulsado a tratar de alcanzar el éxito profesional para poder conseguir la clase de invulnerabilidad que se lograba con el dinero y el poder.
Nick observó a Miley mientras caminaban, como si fuera a encontrar en ella el motivo de su atípica revelación.
Tal vez se había debido a que no se parecía nada a las mujeres con las que solía salir. Menos atractiva y vivaz, carecía del revestimiento de sofisticación de las mujeres que solían atraerlo. Sin embargo, ha­bía algo en ella que lo había hecho abrirse. Tenía una calidez natural que invitaba a las confesiones.
Resultaba extraño, porque él no era nada dado a las confidencias. Sin duda, no volvería a suceder.
—En el trayecto hasta aquí hemos hablado de nuestro matrimonio y de nuestra boda, pero no he­mos hablado sobre nuestras aficiones —miró a Miley con curiosidad—. ¿Qué sueles hacer en tu tiempo libre?
—¿Tiempo libre? —Miley lo miró como si hu­biera hablado en otro idioma.
Él sonrió, arrepentido.
—Recuérdame cuando volvamos que no te tenga tantas horas trabajando. Llevo demasiado tiempo haciéndote trabajar de sol a sol.
—No me importa —dijo Miley, sinceramente—. Me gusta trabajar para ti... cuando haciéndolo aprendo algo sobre el negocio de la publicidad —se detuvieron al salir del establo—. Es cuando me ocupo de tus asuntos personales cuando tengo la sensación de estar perdiendo el tiempo —se ruborizó ligeramente—. Preferiría aprender lo que sabes sobre publicidad que tener que ocuparme de enviar rosas a la última de tus amantes —el color de sus mejillas se intensificó, como si la palabra «amante» fuera más que un poco atrevida.
—Las mujeres a las que envío rosas no son siem­pre mis amantes, Miley —protestó Nick—. A veces son asociadas profesionales, o amigas, o simple­mente mujeres con las que salgo sin que necesaria­mente me acueste con ellas.
—Claro —replicó Miley en tono irónico.
De repente, Nick sintió la imperiosa necesidad de que lo creyera.
—Tengo la impresión de que consideras que tengo la moral de un gato callejero, y eso no es cierto.
Miley tenía el rostro más expresivo que había visto en su vida. Primero mostró incredulidad y, a continuación, inseguridad y timidez; y mientras Nick contemplaba el desfile de aquellos sentimien­tos, se fijó en que tenía los ojos castaños. No un castaño ordinario, sino un ámbar dorado que irradiaba una calidez que lo bañó como los rayos del sol.
Una especie de campanilla desafinada sonó a lo lejos, rompiendo la magia del momento. Miró hacia la casa y vio a Brody en el porche, haciendo sonar un gran triángulo metálico.
—Parece que ha llegado la hora de comer —dijo—. Y de volver a ponernos las máscaras de casados.
Mientras caminaban hacia la casa, Nick apartó a un lado aquella momentánea necesidad de con­vencer a Miley de su sólida fibra moral. No le im­portaba lo que pensara de él. Era eficiente en su trabajo y había aceptado hacerse pasar por su es­posa durante una semana. Eso era todo lo que le importaba.

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