domingo, 8 de abril de 2012

Epilogo.

Miley se miró en el espejo del dormitorio que Nick y ella habían compartido durante su semana de falso matrimonio. Vestida con un vestido de novia con botones de perla y velo de deli­cado encaje, era la viva representación de su fantasía favorita. Solo que aquello era real, y en unos minutos iba a convertirse en la señora de Nick Jonas.
Se estremeció de placer, pensando en las cuatro semanas anteriores. Hacía un mes desde que Nick y ella se habían declarado su amor ante la casa de su nuevo rancho.
Los días previos habían sido un remolino de ex­citación, mientras se preparaban para la boda que los convertiría en la pareja casada que una vez simu­laron ser. Fue idea de Brody que se casaran en la bi­blioteca en la que siguieron el curso de Barbara. Y ellos aceptaron, decidiendo que lo que querían pre­cisamente era una ceremonia pequeña e íntima.
Apartó la mirada del espejo al ver que su madre entraba en la habitación. Los ojos de Janette brilla­ron con orgullo maternal mientras miraba a su hija.
—Estás deslumbrante.
Miley se ruborizó antes de echar un último vis­tazo al espejo.
—No esta mal —dijo, con sencillez.
El amor de Nick le había dado el mejor regalo de todos: la capacidad para mirarse en el espejo, para aceptar sus puntos fuertes y reconocer sus debili­dades. Le había hecho comprender que la belleza apenas tenía nada que ver con el físico, sino que procedía del corazón. Y su corazón estaba lleno de ella.
—Me han enviado para decirte que ya es la hora —Janette se acercó a su hija y la besó en la mejilla—. Me alegro tanto por ti, Miley... Este es uno de los días más felices de mi vida.
Miley abrazó a su madre afectuosamente.
—Te quiero, mamá.
—Y yo a ti, pero hay un hombre abajo que lleva quince minutos caminando de un lado a otro como un león enjaulado, deseando demostrarte cuánto te quiere.
—Ya estoy lista.
Miley y su madre salieron de la habitación. Ja­nette precedió a su hija por las escaleras. Cuando se acercaban a la puerta de la biblioteca, todas las luces se apagaron.
—Mamá...
—No te preocupes, cariño —susurró su madre mientras abría las puertas.
Miley se quedó sin aliento al mirar al interior de la biblioteca. Velas. Cientos de velas iluminaban la habitación, y un intenso aroma a azahar invadía el aire.
Velas y azahar. Recordó el día en que había ha­blado con Nick sobre cómo había sido su supuesta boda. La escena que había ante ella era como la que le había descrito aquel día. Se había acordado.
Nick estaba junto a la chimenea, increíblemente elegante con un esmoquin negro, faja rosa clara y pajarita. Lo había recordado todo, y el corazón de Miley se henchía de amor por él.
Avanzó hacia Nick, impulsada por su amor y atraída por el que brillaba en los ojos de él mientras la miraba. Aquel hombre la amaba, y ella sabía en el fondo de su corazón que nunca la abandonaría. Lo que habían encontrado juntos era especial... La ma­gia que surgía cuando todo estaba bien.
—Esta vez no me vais a engañar —dijo Brody, con su poderosa voz. Señalando al reverendo que espe­raba junto a Nick, añadió—. He comprobado sus cre­denciales. Es un reverendo de verdad y esta boda va a ser totalmente real —sonrió a Miley y luego a Nick—. Y espero que muy pronto tengamos también un bebé de verdad.
Babara apoyó una mano en el brazo de su esposo.
—Vamos, cariño, deja que empiece la ceremonia.
La ceremonia pasó en un suspiro. Cuando Nick puso el anillo de su madre en el dedo de Miley, esta noto que había hecho que lo ajustaran. Enca­jaba perfectamente en su dedo, como ellos encaja­ban entre sí. Mientras el reverendo los declaraba marido y mujer, Miley miró a su marido a los ojos y supo que era bella porque amaba y era amada.

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